martes, 29 de mayo de 2018

Estabilidad


            Mañana del día 29 de Mayo, escuchando la radio. Cuestiones sobre la sentencia. Cómo el PP estableció un sistema institucional de corrupción para robar y establecer una ya probada judicialmente caja B y financiar elecciones. Condena como beneficiario a título lucrativo: aprovecharse del dinero robado sin saber que era robado. El problema radica, según escucho, en que de haber estado vigente el Código Penal actual, habría sido imputado por delitos penales, según comentarios de la propia Fiscalía, ya que hasta el año 2010 no permitía imputar este tipo de delitos a partidos políticos. Cospedal en directo, Comisión de Investigación en el Congreso. Afirmaciones incorrectas en su declaración en la Comisión de Investigación en el Congreso: dos magistrados duda de la declaración del testigo Rajoy. Falso –que ya sería grave–: dudan los tres magistrados de forma unánime.

            Leo y escucho que hay quien afirma que la inestabilidad que está afectando a la bolsa y a la prima de riesgo –hacía tiempo que no hablábamos de nuestra querida prima– viene determinada por la moción de censura presentada por el PSOE. Cualquiera que me haya leído, sabe que los socialistas no son santo de mi devoción: aunque su ideario se acerca más a mis convicciones que las que defiende un partido como el PP, no les considero suficientemente limpios como para poder ser fiables. Pero volvamos al texto: el argumentario, por lo tanto, es no presentar una moción de censura. Como si lo del párrafo primero no pasara, o no fuera urgente. No se habla de la evidencia: Mariano Rajoy debería haber dimitido y convocado elecciones, y eso es lo que provoca la inestabilidad, la necesidad de que la sociedad española representada en el Congreso le obligue a irse. ¿No veis la tragedia? Es terrible lo asumido que tenemos en España esa gran verdad: aquí nadie dimite por nada. O al menos muy poca gente. Por lo tanto, yo afirmo que si hay inestabilidad, ésta la provoca Mariano Rajoy por no dimitir, porque nos obliga a buscar la forma de echarle.

            Pero hablemos de estabilidad. ¿Qué es la estabilidad? Dice la RAE que es algo que tiene la cualidad de estable; y, sobre el adjetivo estable, que se mantiene sin peligro de cambiar, caer o desaparecer. Que se mantiene sin peligro de cambiar. La estabilidad económica que se pretende mantener en este país, por tanto, supone que nada ha de cambiar para que los parámetros no se deterioren. Es decir, nos plantean que tenemos que tragarnos la estabilidad de un sistema institucional de corrupción para evitar que la situación se vuelva inestable. Pero es que la inestabilidad, en este caso, puede ser lo más deseable: nos puede permitir cambiar la situación para que esta sea mejor que la que tenemos. Podemos pasar a tener una situación en la que los políticos sepan que robar no sale gratis, que al final, se acaba pagando, y, por lo tanto, que tengan en incentivo necesario para no delinquir.

            Analicemos qué es la estabilidad. Una mujer maltratada vive una situación de tremenda estabilidad: sabe que las palizas son permanentes. Un niño que pasa hambre en África también tiene una situación de estabilidad absoluta: no come lo que necesita de manera estructural. La sociedad española tiene, desde hace años, una situación de estabilidad enorme, pero no envidiable: la maltratan de manera sistemática. La situación de deterioro de la Sanidad y de la Educación es estable. La falta de inversión en I+D+i es terriblemente estable: se deteriora año tras año, y nos condena a un futuro de extrema estabilidad carente de valor añadido en sus procesos productivos. La situación de estabilidad de las instituciones también es más que notable: se conoce perfectamente su endogamia, politización y falta de eficiencia en sus fines fundacionales o constitucionales. La falta de medios en los organismos de control como son la Justicia, la Agencia Tributaria, la Intervención General de la Administración Tributaria es estable desde hace años, no cambia nada.

            No soy tonto, aunque lo parezca: cuando me hablan de estabilidad sé que hacen referencia a las tasas de crecimiento de la macroeconomía. Lo que yo me pregunto es si la gente no se da cuenta de que la estabilidad miserable de la que he hablado en los anteriores párrafos está lastrando a la economía española, impidiendo sea buena de verdad, no esa que tenemos hoy en día, que acepta crecer a corto plazo hipotecando sin ninguna vergüenza el crecimiento a largo mediante el establecimiento de una estructura social, económica y política verdaderamente fuerte. Porque lo que sí que podemos aceptar como desgraciadamente estable son las promesas de nuestros políticos sobre reformas auténticas que solventen lo que antes mencionaba y la miserable gestión que hacen de ellas cuando llegan al poder. ¿Estabilidad, me decís? Pues vale, pero eso sólo es una palabra vacía que por desgracia tiene el contenido que os presento. Sinceramente, creo que España debería plantearse consumir menos de esa estabilidad cortoplacista y ahorrar para poder tener una estabilidad a largo plazo que le permita ocupar tantos recursos ociosos como tenemos. Y esto sí que es verdadera economía, no la de asumir la trágica realidad de ser robados por quienes dicen defender los intereses generales. Y no me entréis en lo de la buena gestión, porque esto, per se, ya la convierte en nefasta.

 

Alberto Martínez Urueña 29-05-2018

lunes, 28 de mayo de 2018

Prolifiko 2018


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            Hacía tiempo que no compartía con vosotros este tipo de título. Ya sabéis que cuando aparece algún texto con él suele tener que ver con esa faceta mía, no demasiado aceptada, aunque sea conocida. Según a quien preguntes…




            No llevo en esto ni veinte años, no tanto como con los textos que os mando, pero es interesante hablar sobre la evolución de la música que hago, los ambientes agresivos, tétricos, violentos, de los primeros años han ido dando paso a otra forma de hacer las cosas. No he abandonado ese toque reivindicativo en el que tomo partido por unas u otras opciones en letras en las que no pretendo ser políticamente correcto. Eso lo puedo dejar para los textos, el sentido de la música es diferente.


            Ya sabéis que no suelo poner nombres y apellidos de nadie en mis canciones, y en este caso ocurre exactamente lo mismo. En algunas ocasiones, ha habido personas que me han preguntado por qué, o que incluso han tildado esta costumbre de poco valiente por mi parte. Quizá pueda tener algo de eso, pero los motivos conscientes son otros. Me explicaré con cuidado: no creo que las personas puedan caber en una definición, en una clasificación, en un cliché… Las personas no admiten definiciones, y mucho menos, definiciones estáticas como las que lanzo en las canciones. La idea es otra.


            La idea que rige mis canciones parte del intento de plantear cuestiones absolutas que puedan o no aplicarse de manera relativa a alguno de los aspectos que componen nuestra vida, nuestra persona, en mayor o menor medida. Es evidente que cuando hablo de maltratadores no creo que esto se pueda aplicar a demasiada gente, pero, sin embargo, cuando hablo de las personas que van con el piloto automático, obedeciendo de forma subconsciente los mandatos predeterminados de nuestra estructura social, sin preocuparse de autodescubrirse… Aquí la cosa cambia. Todos tenemos, en mayor o menor medida, un poco de esto. Todos tenemos que hacer el esfuerzo de despertar.


            También hablo de vivencias pasadas, de cosas con las que, en el pasado, podía estar más o menos de acuerdo, pero que con el paso del tiempo ya no me convencen. Y hablo siempre desde mi propio punto de vista, sin pretender decir que el mío sea el más correcto. Hay una tendencia bastante extendida y bastante equivocada por parte de nosotros, personas adultas, de considerar que con los años hemos alcanzado una serie de verdades, cuando en realidad, lo único que hemos hecho ha sido cambiar la perspectiva con la que miramos un hecho concreto.


            Por supuesto, hay cuestiones sobre las que no puedo dejar de hablar, y espero que nunca me sepulte la insensibilidad de la que a veces parece haberse impregnado nuestro Occidente. Más allá de las ideas o consideraciones políticas de cada uno, hay verdades que son incuestionables. En este disco tenemos la canción de Tiempos negros en la que, sin entrar en responsables directos, hablo de las tragedias humanitarias que acosan a los más débiles, a los niños, y que, con independencia de las posibles soluciones que cada uno pretenda aportar o defender, es una realidad que a mí se me hace irrespirable. Todavía recuerdo la fotografía que apareció en las portadas con el cadáver de un niño tirado en una playa. Esas cosas siguen pasando hoy en día, aunque los medios de comunicación estén en otras historias.

            Precisamente, de los medios de comunicación hablo en otro de los temas, Generadores de opinión, y de cómo estos medios de masas no pueden ser, aunque lo intenten, plataformas asépticas e independientes de quienes pagan las facturas. Denuncio esa falsa libertad de prensa en la que, en lugar de informar sobre los hechos concretos que suceden a nuestro alrededor, aplican una tendenciosidad incuestionable, generando opiniones, en lugar de aportar hechos para que seamos los propios ciudadanos los que podamos formar nuestros propios criterios. Robándonos ese derecho de forma velada, aportando en su lugar una comodidad mezquina que nos permite vivir sin hacer nuestros esfuerzos. Formar nuestra propia opinión es un derecho, y al mismo tiempo, una responsabilidad que hemos de asumir para vivir en una democracia real.


            Por último, en mis canciones también hablo de por qué sigo haciendo esto, porque música y por qué este tipo de música. Una disciplina artística en la que, lo reconozco, tampoco soy demasiado bueno, sólo hago lo que puedo y lo hago exactamente igual que hago los escritos, sólo con lo puesto, dejando en cada una de mis composiciones, las que sean, una parte de lo que soy.

            En fin, ahí os dejo el enlace para que podáis descargaros, si queréis, las canciones del disco, y también las portadas que he realizado. Hoy ya no hay soporte físico, pero bueno… Siempre nos queda la opción de grabar en nuestra memoria la imagen de cada disco que escuchamos.




Alberto Martínez Urueña 28-05-2018




PD: aquí tenéis el enlace:










viernes, 25 de mayo de 2018

No todos son iguales


            Durante muchos años, después de la última etapa de Felipe González y el inicio de la primera legislatura de nuestro bienamado líder Ánsar –hoy en día es probable que incluso el mismo lo pronuncie así– tuvimos buena ración de que la izquierda era delincuente y tramposa, y a los hechos juzgados nos podíamos remitir. Teníamos Filesa, teníamos los GAL… Que yo recuerde, a la derecha sólo le pasó rozando el caso Naseiro, cuya causa no se tradujo en una condena no porque fuese inocente, sino porque la prescripción de los posibles delitos impidió entrar a juzgarlos. En aquella época, no todos eran iguales: había unos delincuentes que no eran fiables, y había unos grandes gestores que propiciaron el milagro español.

            El paso de los años nos trajo sucesos. No voy a ponerme aquí a describir los casos de corrupción porque no me da con dos folios que mando. Me basta con mencionar Rodrigo Rato y todos os situáis, pero si no, buscad por internet. Asombraos del número de casos, y escandalizaros del chorreo de dinero público que ha supuesto. Os dejo unos enlaces para que abráis boca, aunque no quede demasiado literario:




            Echadle un rato, porque ese mensaje de M.Rajoy sobre unas pocas manzanas podridas es mentira. Son muchas manzanas podridas, una sobre otra, por mucho que afiliados y simpatizantes honrados, que por supuesto les hay, quieran mirar para otro lado para evitarle disgustos a su partido, y para evitarse conversaciones perdidas.

            Datos (no actualizados con la Gürtel): PP, 29 condenados, 171 imputados. PSOE, 6 condenados, 102 imputados. Ahora decidme si no hay diferencias. Pero por supuesto, ambos partidos son una auténtica vergüenza, dos organizaciones incapaces de controlarse a sí mismas. Si son incapaces de autogestionarse, ¿cómo pretenden gestionar lo nuestro?

            ¿Todos son iguales? Podríamos pensar que es cierto, o no, pero entonces, ¿qué pasa con los partidos que no tienen pasado,  y por lo tanto, no tienen delitos sobre sus cabezas? ¿Son todos iguales? Yo no pido el voto para nadie, pero me niego a aceptar que son todos iguales, porque es mentira. Están los incoherentes, están los aprovechados, están las marcas blancas del IBEX, están los que no cuentan, están los animalistas, los verdes, los comunistas… Por lo tanto, están los delincuentes –los que forman parte de una corrupción sistémica, o incluso los que han construido esas estructuras criminales–, y luego están los que no. Porque, a pesar de que en España haya personas incapaces de discriminar entre unos y otros, esa diferencia existe. Todos somos iguales, salvo el grupo al que pertenecen ellos. Les pregunto: ¿son todos los funcionarios iguales?, ¿o todos los responsables de RRHH?, ¿o son todos los maestros iguales?, ¿o los autónomos, o los empresarios? No conozco ningún grupo que se salve del ataque de quien no sabe discernir más allá de los clichés que afectan a cada colectivo. Y con los políticos pasa lo mismo.

            Y luego están los cínicos, los que no hacen grupos porque todos somos humanos sin paliativos, seres amorfos que vamos a lo nuestro, a nuestro propio interés, pisando al resto, un resto en el que curiosamente están ellos incluidos, pobres víctimas. Como sólo conocen sus motivos, son los únicos motivos que existen, y por supuesto, los únicos honorables. Los motivos de los demás, como son desconocidos, son subrepticios y malignos. No ven que con ese comportamiento lo único que ponen de manifiesto son sus propias miserias, sus miedos y sus complejos. Y yo me niego, por sistema, a aceptar semejantes premisas porque he tenido la suerte de ver a muchas personas jugándose la honra, las amistades e incluso el pellejo por hacer las cosas como deben, de acuerdo a su conciencia, con la única motivación de actuar por principios honrados y honestos. Personas con sus incoherencias, con sus miserias internas, con sus contradicciones y sus miedos, pero que en un determinado momento levantaron la cabeza dijeron: “¡aquí estoy yo!”, e hicieron lo que debían hacer sin preocuparse de otra cosa.

            No me habléis del mal menor, de la gestión económica o de otras sutilezas. Lo que hemos tenido estos últimos años es estabilidad, por supuesto, pero porque en realidad lo que tenemos es una inestabilidad continua que no se distingue bien de lo anterior. Un chorreo de dinero en corrupción sólo superado por el chorreo de la mala gestión que no es delictiva, pero sí aprovechada y éticamente reprobable. Viviendas vendidas a fondos-buitre, desviación contractual en el Sector Público, proyectos de inversión insostenibles, aeropuertos sin sentido, bibliotecas sin libros, pabellones en cada pueblo, museos vacíos, conform letters… Todo esto no es delito, no, pero es un completo desastre. Esto no es estabilidad económica, es algo muy distinto que bebe de las aguas de una política económica pensada en la época de Ánsar para favorecer a los invitados de una boda ampliamente mencionada en los medios de comunicación.

            No me vengáis con que todos son iguales porque es una sucia mentira que sólo sirve para tapar las miserias propias y para exculpar conciencias amargadas. En España hay mucha gente intentando hacer las cosas bien aunque no siempre lo consigan, aunque haya veces en que se les olvide, o aunque tengan que luchar contra viento y marea porque no encuentran la defensa social y el ejemplo institucional que necesitan. No todos son iguales porque no todos somos iguales: la inmensa mayoría de mis lectores, provenientes todos de distintos grupos sociales, no están condenados por corrupción como el PP. Sois gente honrada, sin importar de la ideología que os represente.

 

Alberto Martínez Urueña 25-05-2018

viernes, 18 de mayo de 2018

Esa trágica izquierda actual


            Os lo juro por la madre de Snoopy que cuando leí la noticia me froté las manos con fruición y empecé a barruntar este texto. Por fin metralla de la buena, carnaza para los tiburones, metida de pata hasta el corvejón. Porque no me podréis negar que, después de haber escrito ríos de tinta sobre la moralidad y la decencia económica, indicando cuáles han de ser los principios de todo ser humano o cosa que se le parezca, lo de Pablo e Irene no tiene ni medio pase. Enhorabuena, amigos de la derecha española, habéis conseguido la prueba para demostrar en qué no se diferencian de vosotros esos de PODEMOS. A todos, izquierdosos o derechones, nos gusta la buena vida, los coches caros, las casas grandes y las cuentas corrientes abultadas.

            Os voy a contar un secreto: la contención o no del consumo impulsivo, del gasto, el consumo responsable, o dicho de otra manera, la supresión de las necesidades superfluas, vulgarmente llamadas caprichos, no depende de la ideología. Eso es una convicción a la que algunas personas, pocas, llegan a lo largo de una vida recorriendo un camino muy especial. El resto de los mortales, en el que nos podemos incluir la mayoría, nos complace el simple hecho de consumir, sea lo que sea, cada uno lo suyo. Pasamos de un producto a otro pensando que hacemos algo nuevo, pero en realidad, únicamente nos movemos de forma compulsiva manipulados por estímulos externos que nos convierten cosas fugaces en espejismos permanentes. Por desgracia, vivimos en la cueva de Platón, y utilizo ese símil para expresar que esto es propio del ser humano desde que existimos. Dicho de otra manera, querer ser rico no es de izquierdas o de derechas; para bien o para mal, es humano.

            El charco en el que se han metido estos dos bocachanclas ha sido precisamente por pretender ser lo contrario. Que yo sepa, no son eremitas, no son monjes de clausura ni han hecho voto de pobreza. Esa presunta ejemplaridad que pretendían tener cuando denunciaron a De Guindos por comprarse una casa cara es ridícula, seas de derechas o seas de izquierdas, solamente era la pretensión de hacer ruido para tener visibilidad entre la gente que lo estaba pasando mal. Ahí radica, de hecho, el gran problema de la izquierda en el siglo veintiuno: todavía no han entendido que para ser de izquierdas no tienes por qué vivir en el arroyo, ser pobre de pedir o un misionero que da su vida por los demás. El problema de la izquierda en el primer mundo es que pretende seguir siendo la del tercero, pero eso es imposible. Tiene que redefinirse, pero no lo consigue, acomplejada precisamente por sí misma, por ser como es.

            No engaño a nadie si os digo que me considero rojo casi negro, eso está claro, pero también sabéis que no me caso con ningún partido de izquierdas de los que veo en la actualidad. Veo a esa izquierda como una ideología reaccionaria a la que si le quitas el enemigo de derechas no sabría qué programa político plantear. Construyen su mensaje en negativo, agrediendo al contrario, y eso repele a mucha gente que, sin ser terrateniente o dueño del capital, ha alcanzado un estatus social que no es el de una persona que vive en el arroyo y no tiene para dar de comer a sus hijos tres veces al día. La gente ya no tiene ganas de lanzarse a las barricadas, entre otras cosas, porque ya nadie se muere de hambre en Occidente. Esa izquierda no entiende a una sociedad que no tiene ganas de ser agresiva.

            No me canso de decirlo: ser de izquierdas no significa rehuir de la riqueza. Un tipo emprendedor que monta una empresa y se forra puede ser de izquierdas o de derechas; de hecho, desde mi punto de vista, puede ser lo que le dé la gana. La diferencia entre la izquierda y la derecha desde un punto de vista económico es otra, y afecta no a la existencia de ricos, sino a una pregunta muy sencilla: ¿qué hacemos con los pobres? Siempre he dicho que no tengo problemas con que haya gente rica; lo que no quiero es que haya gente a la que la pobreza le robe su dignidad como ciudadano.

            Esto se desgrana en dos preguntas más: la primera es ¿qué entendemos por pobre?; y la segunda, ¿hasta qué punto estamos dispuestos a redistribuir?, es decir, ¿hasta qué punto estamos dispuestos a ayudar a los que menos tienen? De aquí se derivan otro par de cuestiones muy interesantes para las que hay respuestas encontradas: ¿ayudar a los necesitados puede ser económico? Hay ciertas corrientes ideológicas que argumentan que la existencia de una capa social marginada y excluida genera una inestabilidad social y un problema sobre el consumo que contrae a toda la estructura económica, por lo que tener ciudadanos con un mínimo de capacidad económica sería incluso positivo para los que más tienen, más allá de los reparos que puedan tener en ayudar a alguien que consideran vago, haragán y que no se lo merece. Otra pregunta interesante apelaría a la mayor o menor humanidad de una sociedad en su conjunto para con sus débiles, marginados y necesitados. Es una elección social que se compone de las elecciones individuales de cada uno de nosotros.

            En todo caso, la izquierda debería entender que en el siglo XXI ya no sirve la misma dialéctica de la revolución industrial, y a los hechos me remito. Mucho menos en una sociedad globalizada e hiperconectada como la de hoy en día. Debería dejar de construir discursos en contra de nadie y empezar a fabricar una dialéctica que sea atrayente no sólo por lo que promete quitar a los ricos, sino por lo que puede aportar para todos. Pasar de una dialéctica de guerra social anacrónica a otra que sea inclusiva, positiva y constructiva en la que puedan integrarse diferentes estratos sociales.

 

Alberto Martínez Urueña 18-05-2018

viernes, 11 de mayo de 2018

La jaula


            Si algo de lo que te da una empresa, página web, o quien sea es gratis, ten claro que el producto con el que comercian eres tú.

            “Saber que una ardilla se muere delante de tu casa en este momento puede ser más relevante para tus intereses que el hecho de que la gente se muera en África”, Zuckerberg, fundador de Facebook.

            La publicidad es la fuerza que guía la manera en la que los algoritmos son construidos y ya existe un mercado de miles de millones de euros que se basa en la recolección de data personal a través de cookies y en su venta, en cuestión de microsegundos, al mejor postor.

            Sandy Parakilas, Director de Operaciones de Facebook ha decidido no solo renunciar a la compañía, sino al estilo de vida que promueve, uno en donde tu atención, ese bien cada vez menos atento, es disputado por un sinfín de notificaciones de likes, de vídeos recomendados que se reproducen automáticamente, y de alarmas indicándote que ya has caminado 10mil pasos o que tienes que tomar más agua.

            “Facebook es un problema para la salud pública y la democracia”, Chamath Palihapitiya, exvicepresidente de Facebook.

            “Los ciclos de retroalimentación a corto plazo impulsados ​​por la dopamina [se refiere a los likes e interacciones emocionales en Facebook] que hemos creado están destruyendo el funcionamiento de la sociedad […]. No hay discurso civil, no hay cooperación; hay desinformación, falsedad. Y no es un problema estadounidense, no se trata de anuncios rusos. Este es un problema global”, Chamath Palihapitiya, exvicepresidente de Facebook.

            “Los creadores de Facebook explotaron una vulnerabilidad de la psicología humana", Sean Parker, primer presidente de Facebook.

            “Estábamos en el interior. Sabemos lo que miden las empresas, sabemos cómo hablan, y sabemos cómo funciona la ingeniería […]. Los superordenadores más grandes del mundo están dentro de dos compañías, Google y Facebook, ¿y a donde los apuntamos? A los cerebros de las personas, a los niños”, Tristan Harris, ex especialista en ética de Google.

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            Estos comentarios son los que he ido leyendo en los últimos meses al respecto de las redes sociales, de Facebook, Instagram, Twitter, pero también con respecto a Google, Amazon y otras tecnológicas. Internet, que en un principio fue concebida como un lugar de libertad y de intercambio de información, se ha corrompido hasta el punto de convertirse en una jaula de barrotes invisibles de la que se empiezan a acuñar términos como el efecto burbuja de filtro. Esto significa que únicamente aparecen en tus buscadores, redes sociales y navegador principal aquellas noticias que “optimizan” tu satisfacción como consumidor, es decir, te dan aquello que te hace tu experiencia de internet más satisfactoria. Esto viene determinado por tu historial de búsqueda, pero no sólo por eso. Hoy en día Internet, con Facebook y Google a la cabeza, lo saben todo sobre ti y, gracias a los superordenadores con los que cuentan y los procesos de Big Data, personalizan tu experiencia. Te aíslan de todo lo que pueda resultarte desagradable. Optimizan tu experiencia. Y todo esto, además, gratis. Google no cuesta dinero. La cuenta de Facebook no cuesta dinero. Deberían encenderse todas las alarmas.

            Pero habrá quien diga que cuál es el problema. No en vano,  no deja de ser un modelo de negocio. Dejemos de lado el hecho fundamental de condicionarte hasta extremos insospechados para que gastes dinero en cosas que no necesitas para retroalimentar el círculo de la economía, círculo que hay quien ve como un engaño de las élites extractivas, y hay quien lo ve como simplemente un modo más de organizar la sociedad en la que vivimos. Cuestionémonos si el uso de estas tecnologías puede estar deteriorando a las personas en sí mismas.

            Las redes sociales provocan una conducta adictiva, al punto de que en imágenes del cerebro se observa un claro deterioro en las mismas zonas que afectan a los drogadictos. “En el cerebro disminuye la cantidad de materia blanca en las regiones donde se controlan las emociones de las personas, la toma de decisiones y la capacidad de concentración y atención”. Susan Greenfield, neurocientifica, rectora de la Universidad Heriot-Watt y con un currículum imposible de exponer en tan pocas líneas.

            “Cerca del 70% de los usuarios de Facebook visita el sitio a diario y cuando deja de hacerlo siente ansiedad”, estudio realizado por investigadores de la Universidad de Bergen (Noruega).

            Ahora que cada cual saque sus propias conclusiones. Es cierto, y yo lo he defendido en esta columna, que las herramientas no son ni buenas ni malas, todo depende de cómo se usen. Sin embargo, la evidencia científica nos está golpeando con la evidencia de que, curiosamente, la inmensa mayoría de las personas perdemos la batalla cuando tenemos que decidir de qué manera usarlas. Y esto es consecuencia del diseño e implementación que han llevado a cabo sus creadores. Punto. Así es como funciona la economía, y cuando alguien me habla de ciudadanos (en realidad consumidores) libres, bien informados y responsables me echo a temblar porque la jaula de barrotes invisibles cumple con su cometido con una eficiencia endiablada.

 

Alberto Martínez Urueña 11-05-2018

viernes, 4 de mayo de 2018

Hacéoslo como queráis


            Sobre este tema se han escrito ríos de tinta, porque atañe a una cuestión que no deja de resultar fundamental. Para todos. El que lo niegue tiene un problema mental severo. Os hablo de la muerte.

            En días como hoy en que nos ocupan la cabeza con cuestiones de todo tipo, unas importantes como la disolución de ETA, y otras completamente superfluas como los ejercicios de onanismo político que acometen con entusiasmo nuestros dirigentes, se nos pasa por alto que en las Cortes Generales están otra vez con lo de la muerte digna. Ya os podéis imaginar el panorama… El gallinero todo revuelto, la peña diciendo sandeces para salir en la foto, insultos, miradas agresivas… Nuestros políticos y sus esfuerzos por estar a la altura de la ciudadanía son encomiables. Aunque no lo consigan.

            El tema de la muerte es algo mucho más sencillo que todo esto. A mí modo de ver. En primer lugar, el suicidio no es delito. Hace un tiempo tuve las dudas al respecto, pero ya las solventé adecuadamente. Sólo faltaba… Otra cosa será lo que tenga que decir la conferencia episcopal al respecto, pero hoy en día podemos responderles que nos la suda sin tener dudas de si nos meterán en la trena. Lo único, procurad no acompañarlo con un “putos cuervos”, o un “que os den”, porque se ofenden, y ofenderlos a ellos es un delito contra la sensibilidad religiosa, o algo así que se inventaron para que te puedan meter la mano donde ellos quieran. Yo, personalmente, no tengo demasiado problema con el suicidio en sí; me preocupa más una sociedad desalmada que lleve a algunos de sus ciudadanos a querer terminar así su vida, sin darles las opciones de solucionar el problema que les lleve a ello.

            La muerte digna, de todas formas, es otra cosa. Tiene que ver con que se te agota la pila, llegas al final del calendario, y aquí, hay quien tiene la suerte de que viene de forma súbita, sorpresiva y, además, rápida. Pero hay otros a los que se les complica el tránsito, y lo que debería ser un tranquilo devenir por una autopista, se convierte en una tortuosa carretera de montaña. Pero no acaba aquí el símil, sino que imaginaros que, además, esa carretera no llegase a ninguna parte, sólo a un precipicio como el que tienes a tu derecha, pero después de muchas más vueltas y muchos más vómitos por el mareo. Una especie de nadar y nadar para morir en la orilla.

            Yo no tengo claro qué haré cuando me toque. Primero hay que ver de qué manera me sucede. Si resulta que, conduciendo mi coche, me destazo contra un árbol y me dejo los sesos expuestos sobre el volante, el debate se me acaba. Pero si resulta que me quedo tetrapléjico, vegetal y enganchado a una máquina de respiración asistida, no estaría demás poder elegir que me dejen de tocar los cojones. Exhalar un “iros a tomar por culo, degenerados” a esos a los que les gusta ver momias humanas enchufadas a un artilugio mecánico que alarga de manera artificial una vida que esa persona no quiere seguir viviendo. Y digo esto, como puedo hablar de cáncer terminal o cualquier otra marranadita de las que nos acaban torciendo el pico. Porque está muy bien eso de la religión de que nuestra vida no es nuestra, que es de Dios que nos la dio, y sólo él decide cuando nos toca espicharla. Pero precisamente por eso opino que si el cuerpo ya no es capaz de albergar el alma –y se le conserva mediante tecnología– eso es que Dios ya le haya llamado a su casa y el médico que le enchufa, más el obispo que lo bendice, más el político que lo permite se están comportando en contra de la voluntad de Dios. Además, de comportarse como unos completos hijos de puta. Porque encuentro dónde viene el plazo mínimo de agonía para determinar que eres buen cristiano.

            Al margen de consideraciones católicas, apostólicas y romanas, hay que tener en cuenta que, en este siglo veintiuno, ese tipo de premisas son aplicables a quienes quieran cogerlas. Al resto, a los que decidimos pasar de tales doctrinas, esas cosas nos quedan lejos. Dicen que la vida no es nuestra, pero los protagonistas de ese relato de terror se consideran con la suficiente legitimación moral como para tutelarnos en nuestras decisiones. A protegernos de nosotros mismos. No estamos hablando de que seamos unos psicópatas, o unos violadores, o unos ladrones agresivos que pretendamos llevarnos por delante a otras vidas humanas. No, no es eso. Es que no nos apetece sufrir más de lo necesario. Habrá quien acepte sufrir un poco, otros que quieran sufrir un poco más y otros que no quieran sufrir una mierda. ¿Quién ha de determinar dónde está el grado óptimo de sufrimiento que salvaguarde la rectitud ética y moral de una persona? Es más, ¿por qué una persona tiene que ser ética y moral en el comportamiento que le afecte a sí misma?

            Yo tengo claro cuál ha de ser el régimen legal de la muerte digna: que cada cual se lo haga como le guste. Como se vea con ganas de aguantar. No critico al que quiera estar enganchado a la máquina hasta que a ésta se le acaben las pilas, o hasta que la Seguridad Social decida que ya vale de hacer gasto, y tampoco critico al que no quiere verse convertido en una sombra de lo que antes fue. No es una cuestión de buscar razones para permitir esto: es que no hay una sola razón para impedirlo. Por eso, ya dejo dicho de antemano que, si me llega el momento en que no pueda curarme de lo que tenga, dejadme morir con quiera acompañarme en esos momentos; y, si puede ser consciente, pues casi mejor. Y, una vez muerto, a todos los que se opongan, les podéis decir que ésta no pienso guardársela.

 

Alberto Martínez Urueña 04-05-2018