martes, 21 de febrero de 2017

El mundo que viene


            A veces pretender escribir sobre determinados temas desde un punto de vista positivo y hacia la luz, como decía en uno de mis últimos escritos, se convierte en una tarea sumamente complicada. Cuando hablamos del mercado laboral, y más viviendo en España, el tema se torna resbaladizo: corres el riesgo de que unos te llamen demagogo, populista o incluso comunista, y que por otro lado, insultes la sensibilidad de las personas que sufren las inclemencias en las que llevamos sumidos demasiado tiempo. Yo, desde luego, no tengo los cojones de pedir a una familia con todos sus miembros en paro que tengan paciencia, que la economía se está recuperando y que dentro de poco ellos también notarán la mejoría. Yo, sin considerarme religioso, creo que esta gente se merece un poco más de esa caridad cristiana de la que algunos hablan y no practican. Y desde luego, no se me ocurre decirles que la única opción que les queda –no hablo con las medidas que se están adoptando, sino con las que se podrían adoptar– pasa por aceptar un contrato de media jornada por cuatrocientos euros que se convertirá en un trabajo precario a tiempo más que completo. Es lo que hay, dicen algunos. Por supuesto, acepto yo, pero añado que éste es el estado de cosas que la política económica ha decidido que sea, y también afirmo que esas decisiones podrían haber sido otras.

            Éste es el estado de cosas, pero las perspectivas, que deberían ser esperanzadoras con los datos de crecimiento de la economía española, no son nada halagüeñas. Y no sólo por la cerril obcecación de un gobierno no ya neoliberal, ideología que podría admitir como premisa que funciona, sino bochornosamente caciquil conforme a las mejores costumbres ibéricas. No sólo por eso, sino por los olores de cambio que se vaticinan para cualquiera que lo sepa ver.

            Parece que la era digital hace tiempo que nos acompaña, pero todavía no conocemos prácticamente nada de sus efectos. Sí que es cierto que los ordenadores hace tiempo que nos acompañan, ya sea a través de una caja enorme y una pantalla con letras verdes o a través de un teléfono móvil de última generación. Sin embargo, la tecnología digital todavía está dando sus primeros pasos en lo que a automatismos, inteligencia artificial, realidad virtual o realidad aumentada se refiere. Eso, sin contar la posible explosión de la computación cuántica que hoy en día todavía es ciencia ficción, igual que lo era llevar un completo ordenador en el bolsillo hasta hace no demasiado tiempo. Amazon plantea una superficie comercial de cuatro mil metros cuadrados con tres dependientes, Tesla tiene su factoría sin trabajadores, en San Francisco hay un restaurante sin camareros y una cafetería con un brazo robótico que te pone el café en la barra. Pero sin darte los buenos días… Y así, tenemos hasta ejemplos de Inteligencia Artificial capaces de crear música difícilmente reconocible entre canciones humanas, transformando por completo la noción de arte a la que estamos acostumbrados, y de la que hablaré en otro de estos escritos.

            Las revoluciones, y en concreto las industriales, siempre han implicado grandes problemas de adaptación y han generado muchas incertidumbres e incuantificables sufrimientos. Han transformado la vida de las personas de una manera absoluta, modificando los usos y las costumbres a todos los niveles. Pensad en cómo la llegada de la máquina de vapor y después el motor de explosión modificó la forma y posibilidades de transporte. Lo mismo pasó con la agricultura, con el turismo, con la fabricación, con el sector textil… Lo cambió todo. Y los procesos a través de los cuales las sociedades se amoldaron a estos avances fueron en muchos casos traumáticos. El hacinamiento en las ciudades se multiplicó hasta extremos insospechados, y todavía, hoy en día, no hemos sabido resolver en gran medida los problemas derivados de tales movimientos migratorios. Sin embargo, no todos los miedos que se vaticinaron se acabaron materializando, y después de esas revoluciones industriales la humanidad ha seguido un progreso que nos ha traído unos niveles de vida y unas posibilidades muy superiores a los que disfrutaron en épocas pretéritas como el Medievo o la época clásica.

            Precisamente por eso, por lo desconocido que hay más allá del telón traslucido del futuro, quiero conservar la esperanza sin olvidarme de las tragedias que traen los cambios y las adaptaciones. Quiero pensar que toda esa sustitución de mano de obra ofrecerá nuevas posibilidades que hoy en día no somos capaces de imaginar, igual que los hombres del siglo diecisiete no podrían ni vislumbrar las grandes presas hidroeléctricas, las centrales fotovoltaicas o los gigantescos molinos de viento, y la capacidad de todas ellas de generar una energía limpia y cada vez más barata.

            No creo en un futuro apocalíptico. Eso está bien para plasmarlo en una serie de televisión en donde una tormenta solar o una pandemia nos retrotraiga a las épocas del salvaje oeste. La sociedad seguirá avanzando hacia delante, sabremos cómo será la sociedad después de esta revolución industrial, y tendremos una calidad de vida mejor, igual que después de las anteriores revoluciones. Sólo espero que sepamos cuidar de todos aquellos que corran el riesgo de quedarse en la cuneta del progreso porque, como ya he dicho en otras ocasiones, la grandeza de cada sociedad no viene reflejada en los fríos datos del PIB: se demuestra en la capacidad que tenga de proteger a los más débiles.

 

Alberto Martínez Urueña 9-02-2017

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