jueves, 7 de abril de 2016

Las dos ramas del crimen


            Cuando los frikis de la economía nos ponemos a charlar, como solemos hacer mis amigos Alfredo, Franky y yo mismo, y hacemos análisis sesudos sobre tal o cual medida para intentar salvar el mundo, no acabamos de ponernos de acuerdo. Cada cual entiende causas y efectos, motivaciones de los agentes y sus incentivos económicos de una manera o de otra, más neoliberal o más keynesiana. Al final son dos maneras de entender la realidad, y como en cualquier ciencia social que se precie, la respuesta nunca está demasiado clara. Y es que esto no es una ciencia exacta, por mucho que los pseudocientíficos de la Comisión Europea, del Fondo Monetario Internacional o del Banco Mundial pretendan vendernos una verdad unívoca que no existe.

            Sin embargo, cuando estudias en la facultad todas esas ecuaciones maravillosas que funcionan tan bien sobre el papel, ninguna de ellas incluye una problemática específica, o al menos, no las que me explicaron a mí en las clases de teoría económica. Ninguna de esas ecuaciones considera la avaricia desmedida de los poderes fácticos y la detracción de recursos de la economía que provocan con unas acciones tan sencillas como son las de evasión y elusión fiscal a través de los paraísos fiscales.

            Es más, gran cantidad de los debates públicos, desde hace años, tales como los problemas de financiación de la Sanidad, la Educación, los servicios públicos, las pensiones, se basan en la incapacidad del sistema para financiarlos debido al creciente coste que suponen, al envejecimiento de la población, a la falta de crecimiento económico sostenible en el medio y largo plazo, a la crisis de los países emergentes… Y todas las teorizaciones creadas ad hoc intentan explicar esta problemática en base a sesudos estudios repletos de datos recopilados mediante procedimientos estadísticos arduamente elaborados, encuestas, estudios macroeconómicos de medición del PIB que tratan de contarnos cómo el ratio entre ingresos que tenemos y costes que suponen estos servicios cada vez es más desfavorable. Cada universidad con sus expertos y con sus enfoques, por supuesto.

            Y luego resulta que no va de esto. No va de que cada vez haya menos cotizantes a la seguridad social en función del número de jubilados. No va de que cada vez haya más parados en relación con el número de afiliados, ni ratios y correlaciones casuales entre la tasa vegetativa de la población y su relación con el porcentaje de personas mayores de setenta y cinco años. O al menos no va fundamentalmente de esto. No, no, es una cuestión relacionada con los nuevos bucaneros del siglo XXI, o más bien, es la misma cuestión de siempre, la de todos los siglos, la de los que se lo llevan crudo. Y la de los que lo permiten. Esos que crean sistemas fiscales y judiciales llenos de boquetes por la que se van escapando los millones que no se dedican a pagar impuestos y a inversión productiva. Y creando una red de desinformación suficiente que despiste las atenciones para que el tinglado no cante demasiado. No es una cuestión de ideología, como siempre defiendo; tiene más que ver con una estructura criminal con dos ramas, una encargada de llevarse la pasta y otra encargada de crear las estructuras que lo permiten. Y luego se lo reparten, lo mandan a sus cuentas opacas con la que financian sus lujos. Mientras, el discurso oficial argumenta que no pueden subir los impuestos a los ricos porque se llevarían el dinero a otros lugares. Manda huevos… Esto lo hacen sin necesidad de subírselos.

            Y no voy a entrar en los conglomerados de empresas que, de una forma u otra, se relacionan con nuestros dirigentes públicos. Unos tienen participaciones directas en empresas y otros las fundan y después les adjudican contratos; o primero legislan a su favor y después pasan a formar parte de su plantilla, ya sea como consejeros delegados, ya sea como asesores externos. A todos ellos les interesa la existencia de los paraísos fiscales. A todos ellos les beneficia.

            En el año dos mil ocho, con la brutal crisis económica, la caída de Lehman Brothers y los ciudadanos pidiendo cabezas que cortar, los dirigentes mundiales clamaron al cielo contra estos lugares. Igual que durante los siglos XVI y XVII, cuando una de esas ramas de la estructura mafiosa decían perseguir a la otra al tiempo que firmaban patentes de corso a gente de dudosa honorabilidad como el capitán Drake, que tenían sus refugios tanto en el Caribe como bien cerquita de sus reyes, los antiguos políticos. Nada nuevo bajo el sol, salvo que hoy en día nos han vendido la aparente libertad de poder elegir cada cuatro años quién va a ser el encargado de seguir permitiendo que este latrocinio se perpetúe.

            No os preocupéis: la furibunda velocidad mediática sepultará esos papeles de Panamá con la misma eficacia que las canciones del verano se suceden una tras otra inhumando bajo sucesivas capas de mediocridad a la cultura musical de nuestro tiempo. Y nos quedará, dentro de otros tres o cuatro años, que alguien vuelva a descubrir el dorado: una nueva filtración en la que, cambiando el nombre de Panamá por otro distinto, asistiremos anonadados a un listado de nombres y apellidos que aglutine, como ha sucedido esta semana, una desvergüenza contra la que no sabremos cómo luchar.

 

Alberto Martínez Urueña 7-04-2016

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