miércoles, 9 de diciembre de 2015

Tableros de ajedrez. Parte II


            Los tableros de ajedrez simplifican la situación, es un juego entre dos mentes, a cual más privilegiada, para anticipar, calcular y englobar mejor que el adversario. La vida real es otra cosa, los bandos pueden confundirse, y las responsabilidades diluirse entre una gran masa de personas. Aficionado como soy, entre otras cosas, a la historia, siempre me han resultado interesantes los análisis no ya de las batallas o de las causas, sino la dialéctica sociológica de las agrupaciones personales que convierten voluntades individuales en una masa irracional y amorfa. Uno de los quebraderos de cabeza del siglo veinte deviene de una pregunta interesante, y ésta versa sobre la responsabilidad del pueblo alemán en las atrocidades perpetradas por su gobierno y por su ejército durante las décadas de los treinta y los cuarenta tanto en su propio territorio como en los territorios vecinos. ¿Hasta dónde se puede considerar culpable a un señor que no votó ni militó en el partido nazi –al menos hasta que el hecho de no hacerlo implicaba un riesgo para su vida y la de los suyos– o que no participó como parte activa en el ejército? Siempre hubo dudas en los mandos intermedios sobre su conocimiento, participación y responsabilidad en las matanzas, así que es aún más complicado dilucidar la culpabilidad del pueblo alemán, individuo a individuo.

            Hay que ponerse en contexto. En los años treinta –y menos en los cuarenta, con la guerra– no había televisión, únicamente había radio y prensa escrita. Las noticias estarían manipuladas, a Berlín únicamente llegaría lo que pudiera ser útil, y de los guetos que se formaron en Europa del Este… Quién sabe. Hoy en día nos horrorizamos al conocer lo que sucedió en Varsovia, o en otras ciudades –la Wikipedia es una gran fuente de información para una primera toma de contacto–, y nos parece increíble que todo sucediera con la complacencia de la población no judía. Pero en aquella época… Todo eso quedaría muy lejos de Berlín y de los berlineses y alemanes puros.

            Los propios dirigentes europeos actuaron con una indolencia y una cachaza ante los informes de sus servicios de inteligencia que no tienen parangón. Incluso dentro de sus clases dirigentes, les había de los que se llamaron o se sospecharon simpatizantes de los nazis, aunque la diplomacia, ya sabéis: a los caballeros se les presupone la nobleza.

            Los meses posteriores a la Segunda Guerra Mundial pusieron de manifiesto lo sucedido en lugares como Auschwitz-Birkenau, Dachau o Treblinka. Hoy en día incluso existen los negacionistas, y lo tildan todo de una maniobra publicitaria por parte de los judíos para ganarse el favor de las Naciones Unidas, pero sólo son unos pocos. El resto podemos visitar las instalaciones de aquellas duchas, y los hornos donde se deshacían de los muertos. Podemos ver las fotografías de los cuerpos amontonados y los rostros de los poquísimos supervivientes. Y podemos escuchar los testimonios. Son cosas que han querido reflejar en multitud de películas, y es una historia que no deberíamos dejar caer en el olvido, pero lo que se vivió allí… Eso sólo lo saben los que estuvieron. Gente normal y corriente, con sus vidas, sus ilusiones y sus sueños, como podrían ser los franceses, los ingleses o los americanos, que de la noche a la mañana pasaron por aquel tremendo holocausto donde sufrieron la mayor parte de las atrocidades que se pueden cometer sobre un ser humano: la separación de los seres queridos, todo tipo de torturas y experimentos, la eliminación sistemática de cualquier rastro de dignidad humana y por último el asesinato en masa. Todo ello, con las herramientas que estáis pensando. Todo eso, con el silencio o incluso la complacencia del pueblo alemán, que votó en las urnas de manera mayoritaria a Hitler.

            ¿Hasta donde llega la responsabilidad del pueblo alemán ante las barbaridades que hicieron sus dirigentes? ¿Se les puede exigir por el hecho de que miraron a otro lado, o quizá es que aquellos campos de concentración quedaban lo suficientemente lejos de sus casas como para que pudieran obviarlos? ¿Qué beneficios sacaban con ignorarlo todo, o incluso justificarlo? Una aproximación rápida a las Leyes de Núremberg –en resumen, considerando a unos seres humanos inferiores a los otros, con menos derechos– hace que los pelos de todo el cuerpo se ericen y amenacen con rasgarte toda la ropa, y sin embargo, fueron aclamadas y vitoreadas por aquella masa de rubios y altos de ojos azules. O quizá es que tenían miedo a los psicópatas de la chupa de cuero negro y las insignias…

            Los tableros de ajedrez de la vida son complicados. Hoy en día Internet ha convertido en imposible que las tragedias caigan en el olvido, y aún así siguen existiendo. Han convertido en mundo en un lugar más pequeño y más conectado, pero las atrocidades siguen ahí, en el patio trasero de nuestra Europa, antes Polonia, hoy Oriente Medio. Y sigue siendo cierto que no es fácil dividir en negras y blancas, y analizando con cuidado tus posturas y tus ideas puedes llegar a sorprenderte. Hay que tener cuidado con las clasificaciones entre buenos y malos, vigilar con detenimiento el contenido –si acaso lo tiene– de los discursos que enfervorecen a las masas y no caer presa de aquellos mensajes que te puedan convertir en cómplice de los monstruos de nuestros días. Porque todas las épocas han tenido los suyos, y dentro de unas decenas, o quizá cientos de años, por encima de la Historia escrita por los vencedores, los académicos buscarán y escribirán sobre los nuestros.

 

Alberto Martínez Urueña

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