viernes, 20 de marzo de 2015

Para no partirnos la cara. Parte III


            Normalmente, cuando tengo el tema elegido, redactar el texto de la semana es cuestión de poco tiempo, media hora o cuarenta minutos, sin contar las correcciones. Sin embargo, os juro por la gloria de mi teclado que éste es el tercer borrador y ahora mismo no sé si será el último. Porque, para no partirnos la cara, he escrito un par de columnas previas en las que he dejado claro mi respeto por las personas que profesan la fe católica, y también el cierto saber que todavía conservo de la doctrina.

            Plantear mi postura al respecto es más complicado. Y no por falta de claridad, sino porque la crítica es tan amplia que no acierto a empezar por ningún punto y acabo liándome la manta a la cabeza sin darle cierta estructura lógica. Toda la base ideológica del cristianismo tal y como lo montaron en los primeros siglos se basa en un aspecto clave, y es la divinidad de su fundador. Es básico además que los textos seleccionados por los padres de la iglesia han sido inspirados por el Espíritu Santo, por lo que todo lo que contienen se considera inamovible, aunque sí interpretable. Por ellos. Que las interpretaciones hayan variado a lo largo de los siglos no indica nada más que… Bueno, la verdad no sé que indica. Además de los textos seleccionados y recopilados en la Biblia, tenemos las ocasiones en que los sucesivos Papas han hablado ex cátedra –nuevamente la cuestión del Espíritu Santo–, las encíclicas, los estudios teológicos oficiales, las explicaciones filosofales… Qué queréis que os diga, no me he leído más que la primera, y del resto he estudiado a Santo Tomás de Aquino, explicado por un fraile que dio un énfasis especial a esas clases, mientras denostaba a otros como Nietzsche. Que yo recuerde. De todo lo demás, sólo tengo referencias de oídas.

            Lo importante es el mensaje, me dicen familiares y amigos seguidores de la doctrina. El mensaje básico de Jesucristo. Justo lo que la cúpula episcopal –la que ha montado el tinglado y decide por donde va la corriente oficial– no practica. La –grata– sorpresa ante las últimas demostraciones del nuevo papa Francisco no hacen sino demostrar esto. Pero el mensaje de Jesucristo, el de amor, hermandad, paz y concordia es común a otras muchas corrientes ideológicas, desde las filosofías orientales yoguis o budistas a los desbarres que vivieron los jipis en la campa de Woodstock gracias a los alucinógenos. Por lo tanto, ¿qué nos queda?

            Podríamos decir que es una herramienta válida para impregnar la sociedad con estos valores que tanta falta hacen hoy en día. Hasta ahí estaríamos de acuerdo. El problema con esto me viene de una metáfora farmacéutica. Dos medicamentos con el mismo principio activo pueden causar problemas o no, o problemas diferentes, en función del paciente y en función del excipiente que contengan. ¿Veis por donde van los tiros? El excipiente que contiene la iglesia católica, a mí personalmente, me parece sumamente venenoso. En muchas ocasiones, mortal de necesidad. Para el alma.

            No voy a entrar en ciertos ramajes extremistas que tiene este árbol acostumbrado a enraizarse sobre antiguos templos paganos; tampoco voy a entrar a valorar su pasado histórico y las costumbres de celebrar sus autos de fe con grandes barbacoas; voy a dejar al margen la selección de sus supuestas efemérides para que coincidiesen con otras festividades previas y ajenas. En fin, voy a dejar al margen todos los ejemplos manidos pero que sirven para evidenciar una intención más o menos manipuladora en sus costumbres. Ni tan siquiera haría falta mencionar cómo han silenciado los delitos cometidos por sus pastores –al parecer, necesitamos que nos guíen–, o las publicaciones donde  sugieren “Mujer, cásate y sé sumisa”, o esa manía que les ha entrado de que la doctrina ha de ser introducida en los jóvenes a través de una clase que compute en el cálculo de la nota  media necesaria para cursar estudios universitarios. Extraña correlación de ideas, como cuando al niño gordo pero inteligente le bajaban la nota media porque no era capaz de correr los cien metros en un tiempo determinado.

            Dejo que cada cual crea lo que le venga en gana, os lo aseguro. No pido a nadie que comparta mis creencias, de las que a lo mejor algún día os hago participes de manera oficial. Creo que la conciencia es individual y cada uno tiene libertad para orientarla en la dirección que quiera, salvo que lo haga hacia la falta de respeto a otro ser humano. Entonces es cuando me solivianto. Y me resultan tan evidentes los intentos de la iglesia católica, sobre todo de la Conferencia episcopal española, de imponer sus criterios y su modo de vida más allá de los límites que marcan sus seguidores que no me puedo callar. Lo dije cuando estaba Paco Clavel y lo digo ahora que no conozco al nuevo. Evangelicen lo que quieran, lo respeto, pero dejen de una vez en paz a los que queremos liberarnos del yugo opresor de una secta que lleva controlando el cotarro desde que Constantino I inicialmente y Teodosio con posterioridad vieron la utilidad de romper la libertad de culto del Imperio Romano y establecer una oficial, la que más de moda estuviera, y les tocó a ellos.
 

Alberto Martínez Urueña 20-03-2015

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