viernes, 12 de septiembre de 2014

La cueva. Parte III


            Sábado, 1 de Septiembre
        
            Las advertencias de las autoridades han ido en aumento. Después de que se filtrase lo sucedido en el hospital (era imposible que aquello no se supiese), la gente del pueblo parece que ha enloquecido. Los jóvenes tenemos prohibida la salida por la noche, los padres se han levantado en pie de guerra, aunque no se sabe contra quién, y la policía recibe llamadas de lo más variopintas. Al parecer es típico en estas situaciones de tensión que la gente empiece a ver fantasmas por las calles.

            Evidentemente, yo no dije nada a nadie de lo que había visto la tarde del miércoles, salvo a mis amigos. Me tomarían por loco casi seguro; de hecho, en un primer momento, ellos mismos no se creyeron nada de lo que conté. Pero cuando el jueves, es decir, ayer, se filtró todo lo sucedido, tuvieron que admitir al menos que algo muy raro había sucedido en aquella planta del hospital. Aunque nadie puede explicarlo, por lo menos yo no quedo como un imbécil que se inventa cosas.

            La cuestión es que algo le pasó a Óscar allí abajo en esa cueva, y ese algo estaba relacionado con los hechos posteriores, eso seguro. Y también algo debió de pasarles a sus amigos, porque los espeleólogos siguen buscándoles y no han encontrado rastro de ellos. Al menos que se sepa, porque todos son rumores.

            Lo del grupo de espeleólogos es otro tema, o espeleolocos, como les llama mi padre. En un principio llegaron cinco, y estaban superemocionados con el tema: al parecer una gruta que ha estado sellada desde hace miles de años es algo relevante para ellos. Sin embargo a los cuatro días, el jueves, Ángel volvió a hablar con Rafa, el policía, y éste le contó que a una de ellas la habían tenido que sacar sus propios compañeros, echa un manojo de nervios, y que no ha vuelto a aparecer por el pueblo. Según cuentan, la vieron meterse en su coche de prisa y corriendo y largarse por la carretera como alma que lleva el diablo.

            Ayer mismo, el viernes, ha desaparecido uno de ellos. Debe ser muy complicado, porque van todos atados, pero al parecer la cuerda se rompió, y cuando quisieron darse cuenta ya no estaba con ellos. Se pusieron a buscarle entre todos, y al acabar el día les vio aparecer por la salida de la gruta. Salían bastante alterados, llevando consigo los enseres rotos y manchados de su compañero, y unas bolsas extrañas. Se pusieron allí mismo a discutir con el jefe de policía y con el alcalde: casi se les oía desde donde estábamos. Es una exageración, claro, se necesitaban prismáticos para verles, porque han colocado un cordón de seguridad a más de un kilómetro de distancia. Además, como la gruta está en una zona un poco inaccesible, necesitamos subirnos a unos pinos para poder verlos, porque está como metida en una hondonada. Si mi madre se entera de que nos hemos subido a lo alto de uno de esos pinos, que pueden tener como poco quince metros, para ver la entrada de esa cueva, soy hombre muerto.

            La cuestión es que hoy, viernes, no han querido entrar. De aquella emoción por ver qué podían encontrar en esa rareza científica han pasado a no querer poner un pie dentro de ella, y se les ve en el bar del hotel, sentados ellos solos, como esperando a que alguien les diga qué es lo que han de hacer. Cualquier cosa, menos entrar en la cueva. Por lo que cuentan, algún cuerpo de policía se va a hacer cargo de la custodia mañana mismo, y mientras tanto, han prohibido que nadie se acerque. Veremos qué sucede.


Continuación del viernes, de madrugada.


            Son las doce y media de la noche. Ya me había acostado cuando he oído unos golpecitos en la ventana de mi habitación, y me he levantado a ver qué pasa. No me lo he podido creer, pero allí estaba Ramón, y al lado suyo, Ángel y Felipe, y también Pedro. Al parecer, de alguna manera se habían puesto de acuerdo en verse en casa del primero para contarle todos los acontecimientos del día que ya he relatado, y a Ramón le ha entrado una especie de histeria por perderse todo aquello. Ya sabéis, su madre… En fin, la cuestión es que cuando se ha enterado de que mañana viene la policía, le ha entrado la necesidad de ver la cueva por sí mismo. O al menos acercarse y poder ver lo que todo el mundo le está contado de segundas antes de que lo cierren definitivamente.

            Entre Pedro y yo le hemos intentado hacer ver la tontería que todo eso suponía, pero creo que su madre, con tanto atarle en corto, le ha provocado esta reacción de rebeldía, y rápidamente hemos visto que no se le pasaría más que yendo de noche a esa zona. A ver, no es la primera vez que nos escapamos por la noche y nos vamos a tirar piedras al río, o a cualquier otra cosa… El pueblo, por la noche, se ve de otra manera, y los bosques de los alrededores son muy misteriosos. Pero claro, no estaba pasando nada de lo que está pasando. Pero de repente, Ángel ha dicho que está de acuerdo con Ramón, y claro, Felipe, todo lo que diga su hermano… Así que hemos quedado en un cuarto de hora en la salida del pueblo, con unas cuerdas, zapato duro y algo de ropa, porque parece que la noche está bastante fría. Sólo faltaba que cogiéramos algo por andar haciendo el tonto, por ahí, por la noche. Cerca de esa cueva.

Alberto Martínez Urueña 08-09-2014

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