martes, 17 de marzo de 2020

Cosas básicas


            Resulta complicado escribir de algo que no sea el coronavirus; pero, al mismo tiempo, resulta complicado hacerlo. Tenemos a todos los medios de comunicación ocupados en ello, tanto hablando directamente de ello como intentando darnos un rato de evasión entretenida que indirectamente nos lo recuerda. Además, considerando el tiempo que pasamos con el móvil, podemos añadir a todas esas redes sociales infestadas de mensajes al respecto, desde los apocalípticos, los conspirativos, los humorísticos, los críticos, los funestamente negativos… Y eso sin entrar en las noticias falsas, de las que deberíamos cuidarnos mucho. Todas ellas cubren tan amplio espectro que es probable que todo haya sido dicho ya y sólo estemos repitiéndonos. Si miramos el aspecto económico de todo esto nos puede dar un chungo porque las cosas están bien complicadas. La incertidumbre es el principal enemigo de los mercados financieros. El miedo al futuro. Y en una economía como la que impera en occidente desde hace lustros, sostenida en la refinanciación de productos y derivados, si se empiezan a caer los valores que sustentan el castillo de naipes, todo se va al cuerno. Es lo que, básicamente, pasó hace diez años y ya sabéis como acabó todo.
            Además, ha sido la propia economía la que ha conseguido que el virus se expanda como lo ha hecho, sin lugar a dudas. Hay una tautología innegable: parar la economía significa parar la vida social, por eso ha costado tanto tomar las medidas draconianas en las que estamos ahora mismo. Y, seguramente, por eso no se han podido tomar antes. Pensadlo: si al comenzar esta epidemia en China se hubieran cerrado las fronteras y nos hubieran metido en nuestras casas, lo más fino que se habría llevado el Gobierno habrían sido las columnas de opinión de los periodistas de ideología contraria. Si por cosas más sencillas oímos a los políticos utilizar las mismas estructuras semánticas que a cualquier tabernero del siglo dieciocho, suponeos qué se habría escuchado en la Carrera de San Jerónimo al paralizar toda la actividad productiva no imprescindible del país. Por desgracia, tomar esas medidas sólo han sido posibles cuando el miedo se ha instalado en el pecho de los ciudadanos. E incluso en esas circunstancias, hemos visto como los aficionados del Atlético de Madrid se metieron todos hacinados en el estadio de fútbol del Liverpool. O como ciudadanos italianos de Bérgamo, ciudad de la Lombardía, se vinieron a Valencia hace justo una semana.
            ¿Estupidez? ¿Negligencia? ¿Irresponsabilidad? No lo sé, pero ¿de quién? ¿De los aficionados o de los políticos? En realidad, ¿necesitamos que nos digan lo que tenemos que hacer o somos personas versadas? Son muchas preguntas las que surgen, sin duda. No todo es tan sencillo como parece en un hilo de FaceBook. No lo es, salvo cuando lo valoras a toro pasado y yo no tengo la respuesta, sólo alguna opinión quizá demasiado tangencial.
            Resulta complicado escribir de algo que no sea el coronavirus, no obstante. Es prácticamente lo único que ocupa nuestra cabeza en estos momentos, condicionando las veinticuatro horas del día de una forma u otra. No obstante, se puede decir que la inmensa mayoría del mundo –no conozco la realidad africana– está ocupada en una misma cosa, un mismo pensamiento, un mismo objetivo, y eso no había sucedido desde hacía mucho tiempo. Quizá ni siquiera había sucedido en la historia del ser humano. No deja de resultar, en cierto modo, descorazonador que haya tenido que ser algo tan luctuoso lo que consiga unir nuestras mentes humanas en un único objetivo. Sin embargo, como le comentaba a mi amigo irlandés, soy un optimista compulsivo, y creo que el hecho de estar unidos por un mismo pensamiento y un único objetivo nos puede enseñar cosas que antes desconocíamos. Hay que estar atento a las posibles lecciones que nos lleguen. No es mal momento para recapacitar sobre todas esas cosas que antes considerábamos básicas y por las que sufríamos y que, en circunstancias como éstas, nos enseñan que pueden ser interesantes, pero no imprescindibles. No pasa nada por darle vueltas a dónde pasar las vacaciones, qué reforma quieres hacer de tu casa o a qué restaurante te apetece salir el fin de semana. Los seres humanos necesitamos momentos de esparcimiento, de disfrute. Una cierta dosis de hedonismo.
            Sin embargo, tenemos que entender una cuestión muy simple: hay muy poquitas cosas básicas que deban ser las que nos roben el aliento y nos produzcan angustia real. Todo lo demás es igual de tangencial que preocuparnos en estos momentos de quién ha tenido la culpa de que hubiera grandes concentraciones de personas cuando en China ya estaba en pleno apogeo la pandemia. Ahora que hemos de planificar qué hay en la despensa, que nos preocupamos por no tirar basura el más mínimo resto de comida, que procuramos guardar unas medidas de higiene básicas y que no podemos ver a nuestras personas más queridas, tenemos que analizar cuáles son las cosas que nos hacen simplemente disfrutar –algo muy importante– y cuales son aquellas por las que deberíamos perder el sueño. Por suerte, nos va a sobrar tiempo para hacerlo en los próximos días.

Alberto Martínez Urueña 17-03-2020

No hay comentarios: