viernes, 14 de febrero de 2020

Extremadamente colorido


            Si os habéis asomado a la actualidad en los últimos días, os habréis encontrado con noticias de todo tipo. Las más resultonas vienen a ser las que protagonizan los hooligans de las Cortes Generales, ya sean de un lado o de otro, lanzándose excrementos verbales al más puro estilo de comedor de colegio. Hablan de Cataluña, de Venezuela o de que la abuela fuma. Luego, si os movéis por círculos mediáticos más heterodoxos, sabréis que en España hay problemas de los de verdad. Están los importantes a nivel global, no las tonterías con las que nos inflaman los ánimos esos pirómanos y que a lo único que amenazan es a nuestro ego. Hablo de esas que nos pueden machacar de lo lindo, y no tardando: el medioambiente y el cambio climático, la contaminación de todo tipo, los problemas migratorios derivados de las crisis climáticas o bélicas, el envejecimiento, las superbacterias…
            Y dentro de las reales, también tenemos las que nos afectan en el día a día. La luz ha subido un ochenta y cinco por ciento en los últimos quince años. Esto, al margen de que exista el argumento de que “eso es el mercado, amigo”, se puede explicar desde el punto de vista de que, en realidad, en España no hay un mercado energético que funcione aproximadamente como uno competitivo, sino oligopolístico. Estamos en la terna de precios más caros de Europa y ni se hace nada para evitarlo, ni tampoco se hizo en su momento, ni tiene visos de que vaya a solucionarse.
            Pasa exactamente igual con el mercado de los combustibles, en donde las alzas del precio del petróleo se trasladan automáticamente al precio, mientras que los descensos, ya si eso, para más adelante. La razón viene determinada por un mercado de oligopolio dentro de nuestro territorio, igual que el anterior, teniendo ambas una característica común, y es que su elasticidad precio-demanda es muy baja. Es decir, que da igual que el precio que tengan, que si sube el precio, te va a costar un huevo y parte del otro reducir su consumo. Eso de los oligopolios en sectores estratégicos está muy mal visto en la Unión Europea, pero aquí en España, esas empresas consiguen dos cosas: perder la vergüenza de montarse un oligopolio y políticos que regulan a su favor y a los que contratan cuando salen del Consejo de Ministros. Combo perfecto.
            Otra noticia que vemos con una cierta recurrencia es la evolución de los precios de la vivienda en España. En un afán masoquista totalmente descontrolado por mi parte, se me ha ocurrido buscar datos por internet así, a capón y sin chaleco antibalas. Y he de decir que el gobierno debería contraindicarlo en medios de comunicación de amplio alcance y concluir con lo de “Ministerio de Sanidad, Gobierno de España” con un locutor de voz grave. Hoy nos dicen que los precios de la vivienda han subido un cinco por ciento y nos parece poco porque claro, cinco es un número pequeño y, además, simpático pues te permite hacer rimas graciosas. Pero, sobre todo, porque a principios de siglo, tenemos incrementos cercanos al treinta por ciento por ciento. Si buceamos en los anales históricos de los años ochenta, vemos que, a mediados de década, el precio rondaba los trescientos cincuenta euros por metro cuadrado mientras que en dos mil siete casi alcanzamos los dos mil novecientos euros. El incremento en esos veintidós años es de casi el mil por ciento. El salario anual medio en España en mil novecientos ochenta y cinco era de seiscientos doce euros, y en dos mil diecisiete vienen a ser, netos, unos mil quinientos euros. Tenemos un incremento de los salarios netos en España que no llega al doscientos cincuenta por ciento.
            ¿Veis el dónde está el quid de la cuestión?
            Aquí hay un problema, ¿no? Ves cómo han subido los salarios, lo comparas con los precios de mercados básicos y no admite ningún tipo de debate. Da igual lo que hayas visto en tu micromundo, da igual si ves que los precios de las viviendas aumentan y aun así todavía no tenemos grandes masas poblacionales viviendo en la puta calle. Da igual si hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. La cuestión básica es que los fríos datos dicen que somos más pobres, que tenemos menos margen de maniobra y que esto no tiene visos de mejorar. Esto hay a quien le parece bien, hay a quienes nos parece mal y hay a quien se la suda por completo porque gana más de cien mil al año y no se preocupa del resto (hay quien gana más y sí que lo hace, ojo). Hay de todo. Pero más allá de estas cuestiones, y utilizando las herramientas que me dio estudiar una Licenciatura de Economía y el gusto por la temática, una sociedad que no puede ahorrar es una sociedad comparativamente peor situada que otras que sí que lo hacen. Es una sociedad que no puede crear puestos de trabajo, que no puede invertir y que resiste cada vez peor los problemas sociales derivadas de una población cada vez más tensionada. Es una sociedad incapaz de crear riqueza y consumo, y la excusa de que los bares siguen llenos no vale, porque la caña cuesta dos euros.
            Esto sí que es capaz de romper un país: no pone fronteras físicas, pero crea diferentes tipos de ciudadanos que, por un mecanismo injusto, tienen menos derechos que otros. Y antes de que nadie se me soliviante, todavía no he dicho que haya responsables, eso sería otro debate con otras consecuencias. Aquí lo único que he hecho es plantear una fotografía para decir que sí, es cierto, el mundo está peor que en los ochenta. Ahora, vendrán sesudos tertulianos a explicarnos cómo se hace la o con un canuto y a enfrentarnos los unos con los otros porque yo lo hago de una manera y tú de otra, pero no hace falta ser muy listo para explicarse el porqué del auge de los colores extremos en los parlamentos nacionales que hemos visto en los últimos años.

Alberto Martínez Urueña 14-02-2020

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