Estaba aquí
escribiendo desde hace días un texto que rompiese la tónica de los dos últimos,
escritos hace ya un mes. Parece que haya estado de vacaciones, pero no, la
cuestión es más complicada. He estado buscando la manera de escribir un
contrapunto a mis dos últimos títulos, sobre los tiempos oscuros, algo que
hablase de que el mundo no va tan mal como parece. Quizá sea verdad que vamos
de cráneo, pero no quiero aceptarlo como premisa sin luchar, sin buscar otras
opciones.
Es fácil
entender la diferencia entre lo coyuntural y lo estructural. Si nos fijamos en
este último, estamos mucho mejor que hace cincuenta o cien años. La mortalidad
infantil ha descendido en España del doce al cero coma cuatro por ciento, y la
esperanza de vida ha subido cincuenta años en España en cien años. Esto sucede
con otros muchos datos y son irrefutables.
Otra cosa es
la coyuntura. La realidad parece ser diferente según qué informe elijamos para
comparar, según qué diario leamos, según el periodista, la cadena televisiva o la
línea editorial de un determinado medio de comunicación. Parece diferente según
a quién preguntes. Más allá de los medios de comunicación, si fuéramos capaces
de leer los matices de cada uno de los ciudadanos, nos encontraríamos con
sorpresas, con más de una incoherencia y con desinformación a raudales, en
muchos casos aceptada sin problemas a la hora de formar una opinión crítica.
Os contaba que
vivimos tiempos oscuros y, sin embargo, puede que haya menos tragedias que
antaño y mucha más información sobre las que quedan sin solventar. Además,
tendríamos que definir lo que supone una tragedia evitable y lo que es el
simple devenir de la vida, unas veces bien y otras mal. Hay que buscar la cura
de las enfermedades, pero pretender evitar la muerte, hoy en día es imposible.
Hoy se critica lo exiguo de los salarios –cierto en muchos casos de ese subempleo
generado a raíz de la crisis y las reformas del mercado laboral–, pero también se
argumenta que hace años con un salario medio vivía una familia con cuatro o
cinco hijos sin demasiadas apreturas. Hoy es imposible, pero quizá esa imposibilidad
venga determinada por varios factores, y uno de ellos es el acceso de la mujer
al mercado laboral. Si este acceso ha provocado que los salarios sean menores –simple
regla económica: a mayor oferta de un producto, mano de obra, disminución de su
remuneración–, bienvenido sea ese descenso. Además, hay que considerar otros
factores como pueda ser el estándar de vida al que pretendemos acceder. Quizá
muchas de las comodidades que hoy consideramos fundamentales en nuestro
estándar vital, no lo sean, y desde luego hace cincuenta años ni existían.
Muchos lo recordaréis, o si no preguntad a vuestros padres, lo que supuso la
llegada de la televisión. Hoy tenemos cien canales, internet de fibra óptica, teléfonos
móviles, cámaras de fotos integradas en los mismos, ordenadores portátiles…
Quitaos de todo eso y veréis lo bien que se os quedan las cifras de ahorro
familiar. Ojo, no me estoy posicionando a favor o en contra de tal o cual
postura, hay muchos matices, pero quiero dejar claro que en la coyuntura influye,
y mucho, la perspectiva; es decir, la particular visión con que cada uno de
nosotros afronta la realidad que le rodea.
Quizá el
problema de llegar a la conclusión de que vivimos tiempos oscuros radica en la
poca perspectiva que tenemos. Y también en el exceso de información negativa
con que nos instalan en una situación de constante cabreo y suprime la posibilidad
de acceder a otra más luminosa –aunque sólo sea por una mera cuestión de tiempo–.
No soy tan optimista como para pensar que el mundo es perfecto, sé que hay situaciones
y problemas que no pueden dejarse pudrir, pero la realidad es mucho más inmensa
que este reduccionismo absurdo del sistema capitalista. Un sistema que confunde
la noción de individuo y sus derechos con el individualismo y el consumo
llevado a límites ridículos. Un sistema que quiere vendernos la felicidad a buen precio, cuando eso es imposible.
Quizá estos
tiempos no sean tan oscuros. Quizá sólo estamos mirando en la dirección
equivocada. O más bien, quizá sólo estemos mirando demasiado tiempo en una
dirección y olvidando que hay otras, igual de reales y que nos permitirían ver
un presente y un futuro algo más amable. Quizá podríamos tener una amplitud de
visión más grande.
Lo
importante, lo que quiero concluir, es que quizá sólo con un cambio de
perspectiva en el que nos permitiésemos por un momento olvidar este cabreo –sin
permitir que la frivolidad nos atrape, pero sin sentirnos culpables por darnos
un respiro–, podríamos descubrir algo más que esa oscuridad en la que parece
que nos han metido y de la que no somos capaces de salir.
A mí, vivir
instalado en esos lugares sombríos donde la luz parece no llegar no me gusta. Pero
además, si lo acepto como un hecho consumado, corro el riesgo de sumirme en la
fealdad del cinismo y el rencor, y de convertirme en un ser sin opciones, víctima
de una realidad que no puedo cambiar en modo alguno. Y me niego. Sé que existe
un camino hacia la luz, las pistas están ahí, y me empeñaré en buscarlo por los
caminos por donde aquellas me lleven. Quizá nos encontremos en el viaje.
Alberto Martínez Urueña
17-01-2016
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