Ha pasado
poco tiempo del último texto, y no es que ahora vaya a recobrar las semanas
perdidas, pero tengo algo que deciros, que se me ha ocurrido escuchando las
noticias, claro. Con todo esto de la Economía, el procedimiento europeo de
déficit excesivo, las primeramente llamadas reformas que por fin se atreven a
llamar recortes, incluido el propio gobierno y sin haber visto ni un solo
atisbo de auténticas reformas estructurales, podemos estar hablando de este
tema todo lo que queramos.
Hace tiempo
que algunas personas, entre las que me incluyo, recordamos que la economía,
entre otras, trata de la asignación de recursos escasos que tienen usos
alternativos. Es decir, si tienes cuatro cosas para comprar que cuestan doscientos,
pero sólo tienes cien, estas condenado a elegir entre las cuatro. Hay una parte
de esta ciencia que intenta explicar los mecanismos de tales elecciones, como
son las distintas teorías sobre la utilidad o satisfacción que reportan los
bienes y cómo deciden los consumidores entre unos y otros. No hace falta ser un
premio Nobel para entender que elegiremos aquellos que más nos gusten, que más
se ajusten a nuestras preferencias o los que sean afines a nuestros intereses.
¿De qué va todo
esto? Muy sencillo: de estas dos cuestiones podemos deducir que la economía
trata sobre cuáles son las elecciones a realizar, e implícito en esto, es que
siempre hay elección. Pretendo, como es obvio, desmontar de un plumazo el falaz
argumento que esgrime el Gobierno diciendo que los recortes que están aplicando
son los únicos que se pueden realizar. Lo que el Ejecutivo no quiere que se
diga es la segunda parte del silogismo, que hay otras opciones; y además que,
ante distintas elecciones, elegimos aquellas que se acercan a nuestros
intereses afines, a las preferencias que ostentamos, en este caso a las
preferencias sociales con que pretendemos (o más bien pretenden) construir
nuestra sociedad.
Por poner un
par de ejemplos muy sencillos, de los que casi no se oyen en las noticias, pero
que explican en un momentito esto de lo que estoy hablando; y antes de que
nadie diga nada, es inevitable que el PP salga en la comparación, porque es el
que está aplicando las medidas:
Al hilo del
inicio del curso escolar, se plantearon en Madrid una serie de recortes en
profesorado y medios que han supuesto una cuantía de, aproximadamente ochenta
millones de euros. Esta cuantía no es demasiado, si se compara con el
presupuesto de un Ministerio, pero tiene un gran parecido con las subvenciones
que reciben los colegios privados para uniformes de sus alumnos. Se planteó la
sustitución, pero el Gobierno de la Comunidad de Madrid la denegó, estableciendo,
según lo mencionado, cuál es su preferencia social, o lo que es lo mismo, el
tipo de sociedad que prefiere potenciar.
Por su parte,
en otro orden de temas, y al tanto de otras subvenciones en Educación, el
Gobierno de España ha reducido las becas a todos los niveles educativos. Al
mismo tiempo, hace no demasiados meses, el Tribunal Supremo dictaminó que las
subvenciones a colegios que separaban a los niños por sexo eran contrarios a
los principios de no discriminación por razón de sexo. Que se quedaban sin
dinero, vamos. Le ha faltado tiempo al señor Ignacio Wert para anunciar cambios
legislativos para que vuelvan a recibir las subvenciones, igual que antes. Es
decir, va a cambiar la ley para que su criterio encaje dentro de nuestro
ordenamiento jurídico. Al menos, por un tiempo, por aquello de que a lo mejor
alguien se percata de que el Tribunal Supremo está hablando de un precepto
constitucional y lo máximo que puede hacer ese señor simpatizante o militante
de cierta organización religiosa es dictar una Ley Orgánica, que en el rango
legislativo, es inferior a la Constitución (como todo el mundo entenderá).
A lo que
pretendo llegar con todo esto no es a un discurso subjetivo por el que haya
quien argumente que mi texto está en contra del Gobierno. Que podría, ojo. Pero
lo único que pretendo es establecer una teoría muy simple con dos preceptos
básicos: en primer lugar, es mentira que no haya otras posibles medidas que
aplicar en un momento en que es necesario reducir el déficit (y esto lo admito
por un motivo muy simple: no podemos controlar si nos dejan o no dinero, y al
tipo de interés que lo hagan); y en segundo lugar, según el tipo de medidas que
está adoptando el Gobierno, podemos determinar el tipo de sociedad que
prefiere.
Ahora, nos
quedan dos cuestiones: si estamos de acuerdo con la sociedad que pretenden
instaurar como solución para los anteriores desmanes inmobiliarios y otras
zarandajas políticas (y sí, aseguro que es un problema político, o más bien de
los políticos que hemos tenido), y en caso de que la respuesta sea negativa,
qué es lo que podemos hacer nosotros como ciudadanos ante una serie de
decisiones contrarias al programa electoral con que concurrieron a las últimas
elecciones y que, lo que es más importante, amenazan con socavar nuestra
sociedad, condenando a una gran capa de la población a vivir por debajo del
umbral de la pobreza y otra serie de cuestiones igualmente desastrosas que
convendrá más adelante tratar en profundidad. Ojo, y no estoy pretendiendo
orientar el sentido del voto de nadie. Aunque también podría.
Alberto Martínez Urueña
21-09-2012
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