jueves, 5 de febrero de 2026

Sociedades adultas

 

            Es una frase que se repite en múltiples foros, tertulias e incluso conversaciones de barra de bar: somos una sociedad adulta, dicen, y me preguntaba si esta afirmación es cierta. Para dilucidarlo, creo hay dos las preguntas que debemos hacernos. La primera de ellas pasa por saber qué es o qué caracterizaría a una sociedad adulta. Sólo una vez respondida a la propia etimología de las palabras es cuando podemos preguntarnos si nuestra sociedad reúne las características necesarias para considerarla como tal.

            Una sociedad adulta, evidentemente está formada por las decisiones adoptadas por sus miembros; por lo tanto, tenemos que analizar dónde radica la verdadera adultez por la que estamos preguntando. Una primera aproximación lleva al simplismo de que una sociedad es adulta cuando sus ciudadanos asumen, sobre todo, no sus derechos -sobre estos, ojo, también hay mucho que hablar sobre su correcto uso –, sino sus obligaciones, pero esto es una afirmación casi tautológica. La primera cuestión que hemos de estudiar antes de hablar de derechos y obligaciones es si esos ciudadanos por sí mismos son capaces de analizar y distinguir cuáles son esos derechos y obligaciones. Y antes de afirmar radicalmente que sí somos capaces, deberíamos plantearnos cuántas veces nos hemos parado a pensar sobre ellos y en cuántas otras ocasiones hemos actuado con el piloto automático. Esto nos llevaría a plantearnos otra pregunta más – sobre la que espero escribir próximamente – al respecto de si somos seres manipulables y, en caso afirmativo, si estamos siendo manipulados.

            No es una respuesta sencilla. Tendemos a actuar con un sesgo claro al considerarnos una sociedad avanzada y confundimos los avances tecnológicos evidentes a los que la ciencia nos ha llevado con el grado de discernimiento ético y moral de los ciudadanos. Sin embargo, la ética y la moral nada tienen que ver con la tecnología. Esta es acumulativa y los avances se asientan sobre los previos; sin embargo, la ética, si bien en cierto que no somos seres aislados y bebemos de nuestros antepasados, nos interpela a cada individuo de manera íntima. Por desgracia, en el mundo en que vivimos se ha mezclado el deber moral con el deber de sentir. El deber de sentir, de conectar con nuestras emociones, es una obligación humana, sin duda, pero no se puede convertir en el principio categórico que rija nuestro comportamiento, ni ser la vara de medir que utilicemos para catalogar una actuación como moralmente buena o mala. Esta confusión y la falta de análisis racional profundo que conlleva sobre nuestras obligaciones nos desplaza de un modo de vida ecuánime y equilibrado a otra cosa. Sin principios moralmente claros, hay personas incapaces de asumir una obligación más allá de la satisfacción de sus impulsos. Pero no acaba ahí la cosa: al otro lado, tenemos personas asumiendo obligaciones ajenas – normalmente en el ámbito laboral – que le llueven sin vislumbrar el ahogamiento que están a punto de sufrir. Os recomiendo echar un vistazo a la obra de Byung-Chul Han, y como habla sobre la autoexplotación a la que nos autosometemos. En realidad, en ambos casos, estamos hablando de cómo las pulsiones internas desvían el fiel de la brújula hacia latitudes erróneas.

            Pero me gustaría avanzar un poco más allá del planteamiento sobre la capacidad de discriminar, según nuestro propio raciocinio, cuáles son las obligaciones que tenemos en una sociedad como la nuestra. En realidad, las obligaciones – y también los derechos, pero de forma distinta – hacen referencia al otro, a las demás personas, a los ciudadanos con los que convivimos, y esto parece en muchas circunstancias olvidado. Por un lado, verdad de Perogrullo, tenemos las obligaciones derivadas del ordenamiento jurídico sobre las cuales evidentemente no voy a extenderme. Son interesantes, por otro lado, las obligaciones éticas o morales, las que devienen de una conciencia cuyo contenido lleva estando en el debate desde la antigüedad, y en todas las civilizaciones. Esto le otorga, al debate, una universalidad que no tiene por qué atribuirle un carácter cierto, pero sí legitima la duda. Cuál es el correcto actuar del ser humano, tanto en el ámbito privado como en el público. Ambos criterios, legal y ético, nos deberían servir para determinar si estamos en una sociedad adulta. Utilizar sólo los criterios jurídicos significaría reducir al ser humano y la sociedad en la que vive a un mero contrato que elimina de un plumazo la existencia de un orden moral superior a una civilización concreta.

            Si asumimos – no hay por qué hacerlo – que este orden moral existe más allá de los códigos jurídicos, abriríamos la puerta a criterios de conducta que hoy muchos dicen echar de menos. En los demás. Estas obligaciones morales deben ser asumidas en primera persona, pero un criterio meramente utilitarista nos lleva a la inacción conformista de no hacer nada hasta que el resto se mueva. Sumidos en esta inacción moral, afirmar que vivimos de una sociedad verdaderamente adulta quizá debería ser puesto en entredicho. En realidad, yo no tengo la respuesta, pero veo que, por ese mismo criterio utilitarista, este tipo de cuestiones teleológicas y filosóficas son cuestiones que la sociedad ha aparcado siempre por aburridas, inservibles, y, sobre todo hoy en día, por ser económicamente ineficientes.

 

Alberto Martínez Urueña 05-02-2026

lunes, 15 de diciembre de 2025

La importancia de la filosofía

 

            Cuando van llegando las navidades, fiesta que por otro lado, no sorprendo a nadie, no me gusta un pelo, reconozco que me da por recordar, por caer en la nostalgia. Conservo, o más bien he recuperado, las ganas de jugar con la vida, de mirar a las cosas como si fueran nuevas. De echar un ojo por la ventana y atravesar la opacidad de la rutina para caer en la cuenta de que el viento invernal agita las hojas moribundas de los árboles para permitirles echar nuevas en la próxima primavera. La vida se repite una y otra vez, es puro cambio, tal y como decía Heráclito, y como dicen también muchos de los saberes ancestrales orientales. Interesante debate el que se tenía el griego con otro coetáneo llamado Parménides, que argumentaba con igual persistencia y de forma consistente que sólo existía un ser único, estático, eterno e inmutable, y lo que lo del cambio era sólo un espejismo. Una rayada monumental.

            Pasaba lo mismo con dios, y teníamos a Santo Tomás convencido de su existencia demostrable a través de las cinco vías, no desde una comprensión directa de su esencia infinita, sino a partir de la observación del mundo finito y sus efectos. Una especie de deducción lógica inevitable. Por otro lado, teníamos a Feuerbach, para quien dios sólo era una vulgar proyección del ser humano, o a Nietzsche, quien consideraba a dios y su existencia simplemente irrelevantes. La filosofía que tuve la suerte de estudiar en los años noventa me enseñó que las herramientas de la lógica eran tremendamente inútiles en lo práctico, pero fundamentales para el ser humano. Sólo a través de ellas conseguimos llegar a ciertas conclusiones que nos sirven para entender nuestro papel en el mundo y para tener y poder aplicar nuestros principios a las acciones que llevamos a cabo. Por desgracia para las generaciones que me han sucedido, los planes de estudio y quienes los elaboran, han decidido que es más necesaria la enseñanza técnica de las ciencias puras por fiables y prácticas. Y sobre todo por rentables. Más útiles en este mundo económico y mecánico que alguien dijo que traería la felicidad, cuando en realidad nos ha traído el aumento exponencial en el consumo de ansiolíticos y el nuevo ascenso de los totalitarismos. Un mundo en el que ya no necesitamos pensar, no necesitamos filosofar; ¿para qué si podemos engancharnos al medio de comunicación que nos da lo que buscamos?: argumentos simplones y adrenalina en formato reel y scrolling infinitos creados por personajes que nos han dicho por activa y por pasiva que quieren aprovecharse de nosotros las veinticuatro horas del día. Quieren violarnos la mente de forma cruda y bizarra y vendérsela al mejor postor para que obtengan con ella buenas rentabilidades. Y hemos dicho sí. El término libertad, sobre el que podremos debatir en próximas entregas, ha mutado a un estado insólito en el que nos sabemos profundamente profanados por cada uno de nuestros orificios sensitivos, pero hemos afirmado con alegría enajenada que lo aceptamos libremente.

            Curiosamente, vivimos en la primera sociedad en donde escapar de las verdades axiomáticas que toda cultura posee es viable. Muchos pensadores a lo largo de los siglos anhelaron ese momento en que el ser humano pudiera elegir realmente su destino más allá de las doctrinas del poder real y del eclesiástico, ferreas cadenas que la historía impuso. Ahora podríamos hacerlo. De hecho, nuestra soberbia occidental mira al resto del globo con una superioridad moral evidente con respecto a otras culturas que asumen el yugo de postulados o de dictadores que les perjudican. Hoy en día en occidente, pudiendo huir de ellos, les abrazamos estúpidamente y les entregamos esa capacidad dialéctica que los filosofos como Heráclito, Santo Tomás o Nietzsche demostraron tener, y que por lo tanto todo ser humano posee en potencia.

            Creo que la filosofía es fundamental en el mundo en que vivimos porque estamos ávidos – siempre lo hemos estado – de saber por qué hacemos las cosas y hacia dónde nos dirigimos. Cuando caemos en el nihilismo del piloto automático se nos encienden las alarmas porque el mundo colapsa. Hasta hace no mucho tiempo, la única preocupación de la gran masa occidental era sobrevivir día a día; y no había el tiempo y el espacio necesarios, salvo para aquellos pocos, para filosofar. Hoy en día, con las necesidades más o menos cubiertas – aunque en los últimos tiempos esto nos lo quieran poner en tela de juicio – brotan de manera casi espontanea las otras necesidades y, ojo, incluso no querer filosofar es una filosofía de vida. No obstante, existiendo esa necesidad y la posibilidad de escapar de los axiomas predeterminados, la tendencia, por simple comodidad, es caer en el piloto automático; sin embargo, el piloto automático no es nada. Más bien, es el vacío existencial que destroza la vida desde dentro, como una gangrena. Te convierte en un ser al que le han robado la conciencia propia. Por eso lo de la epidemia de los ansiolíticos y los antidepresivos.

            Cuando dejamos que sean otros los que nos hagan las deducciones, quizá las convierten en inducciones; es decir, ellos nos eligen la conclusión adecuada – el modo de vida que hemos de asumir o las sentencias judiciales que hemos de aceptar –, y después nos dan el aparato lógico que necesitamos para aceptarlo como cierto, despreciando así cualquier otra posibilidad que habríamos deducir nosotros mismos de haber analizado con la conciencia propia la realidad que observamos. Hoy en día, la auténtica rebeldía sigue siendo la de todos los siglos: observar el mundo que nos rodea y utilizar una capacidad de raciocinio bien entrenada para aplicar la lógica adecuada. Y siempre, desde una óptica lo más humana y amplia posible.

 

Alberto Martínez Urueña 11-12-2025

martes, 21 de octubre de 2025

El fenómeno fan

             Siempre he rehuido del fenómeno fan: me parece absolutamente ridículo endiosar a una persona porque sea muy capaz en algún aspecto técnico o artístico de la vida. Porque sea capaz de entresacar las emociones más potentes que con el arte se pueden lograr. No te digo ya cuando, en lugar de arte, hablamos de entretenimiento, o productos específicamente pensados para gustar a un grupo objetivo. Hay un gran debate soterrado en redes sociales – y por suerte también en conversaciones entre personas reales – sobre cuál es el verdadero sentido del arte, sobre su verdadera esencia. No es tanto, desde mi punto de vista, el contenido de la obra; antes bien, depende de factores subjetivos sobre los que pocos podremos realizar afirmaciones taxativas. En realidad, siempre desde mi punto de vista, el arte tiene que requerir una serie de características para separarse del simple producto hecho para su consumo de masas.

            Primero, no puede haberse concebido, ya desde su génesis, como algo creado para gustar a cuanta más gente mejor; o, dicho de otra manera, para maximizar las ventas. Eso, que es perfectamente legítimo en el mundo de la economía y de la teoría de la utilidad, no es arte. El arte exige de una labor del introspección profunda, consciente o inconsciente, por parte del artista; un ejercicio de atravesar las apariencias y la superficie para entresacar la parte compleja y completa de su propio ser, con todas sus capas y sus incoherencias – nunca os olvidéis de que el ser humano es incoherente por definición, y está bien que así sea –.

            Además, el arte puede tener la vocación de ser transmitido de alguna forma, pero no de cualquier forma: el soporte es igual de importante que la intención con que se expresa. Y no exijo que sea especialmente elaborado, churrigueresco o alambicado. Sin duda, debe presentar un formato que sea coherente con el contexto en el que se ha creado: que los escritores del siglo veintiuno escribiesen como los del siglo de oro sería ridículo y anacrónico. Sin embargo, actualizar los cánones conforme a los cuales la expresión artística surge y se expresa no significa desposeerla por completo de su riqueza de matices y detalles. Son esos matices y detalles los que convierten un simple discurso deslavazado, incoherente e inconexo en un texto trabajado y capacitado para llegar al lector y entresacarle de las tripas las emociones que el artista intentó transmitir.

            Esto me ha venido a la cabeza por un par de noticias: el colapso en el centro de Madrid por la publicación del último trabajo de Rosalía y la entrada en prisión de Zarkosy. Con respecto a la primera, no miento si os digo que no es un tipo de música que a mí me guste, pero hago caso a personas que de esto saben más que yo y afirman que tiene más capas, complejidad y desarrollo de lo que en un principio parece. ¿Eso justifica correr detrás de ella por el centro de Madrid, gritándola y llorando por obtener una mirada suya? La segunda noticia, la de Zarkosy, nos lleva de nuevo a esas imágenes de personajes notorios a los que se mete en prisión, o se condena por cualquier delito. En sus comparecencias públicas, ya sea saliendo del juzgado con la etiqueta de culpable, ya sea entrando en prisión, son rodeados de afines que claman por su inocencia o incluso justifican su delito; no porque el delito sea justificable, sino porque consideran más importante la intocabilidad del sujeto admirado.

            Considerando estos casos y otros muchos parecidos, y uniéndolos con la corriente social y económica que nos envuelve a todos y a toda nuestra idiosincrasia, forma de pensar y de guiarnos, todos ellos son reflejo de una realidad más amplia. ¿Cuántas veces en los últimos días habéis recibido el mensaje de que la cosa está muy mala; cuántas, que el mundo – al menos el occidental – se va a la mierda; y cuántas, que la culpa es de tal o cual ajeno, pero nunca de los propios? Los propios, para muchos, son famosos que no hacen por nuestra sociedad más que divertirnos con productos pensados para gustarnos, como la más vulgar de las drogas; los propios, para otros muchos, son los que les lideraron, pero que han sido pillados en comportamientos inmorales o incluso delictivos.

            Los referentes que admiramos, ya sean personas o cosas, hablan de nosotros mismos. No de la sociedad, sino de cada uno. Aunque la sociedad sea la suma de un montón de decisiones tomadas al unísono, a mí me interesa el individuo; sobre todo, cuando es capaz de definirse más allá de lo que le han dicho que debe ser. Que la sociedad en la que vivimos pueda estar en decadencia – ese sería otro debate, quizá sólo es una evolución a otra cosa diferente – viene determinado por las valoraciones y ponderaciones que hacen las personas de las cosas que tienen a su alrededor, de la contraposición de derechos y obligaciones propias, pero también de la ponderación que hacemos de los derechos entre sí, y también de los deseos.

            En una sociedad narcisista como la que ha creado este sistema socioeconómico en el que vivimos, no podemos sorprendernos porque los valores que echamos de menos para guiarnos parezcan desaparecidos. Yo estudié economía y, sin considerarme un experto, recuerdo la teoría sobre la utilidad del consumidor individual, y me parece una absoluta maravilla. Indica que las personas elegimos aquello que más valoramos y, sin ánimo de parecer estúpido diciendo obviedades, hay que entender que es esto es una genialidad porque habla de las ponderaciones que hacemos entre los productos que consumimos: qué valoramos más, qué valoramos menos y qué aborrecemos. El problema de la sociedad actual no es la falta de valores en sí misma; en realidad, es un problema de ponderación. Por desgracia para nosotros, los hechos empíricos indican que, de manera agregada, valoramos en gran medida dos cosas: la satisfacción inmediata de nuestras pulsiones y la comodidad que nos permite ahorrar esfuerzos. Y de manera individual, también por desgracia, valoramos mucho menos, de manera agregada, mantener nuestros valores más allá de los resultados de mantenernos firmes.

 

Alberto Martínez Urueña 21-10-2025

miércoles, 8 de octubre de 2025

Buenos y malos

 

            Una de las ventajas, no ya de ganar una guerra, que por supuesto, sino de tener el poder económico y, por tanto, los poderes mediático y bélico, es que puedes decidir quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Esto está bien, porque la frase de que en la guerra no hay buenos ni malos me parece una falta de respeto, por ejemplo, a la resistencia francesa durante la segunda guerra mundial. Me parecería una falta de respeto incluso en situaciones de revueltas callejeras o movimientos de desobediencia civil como las protestas de Rosa Park o Martin Luther King, Jr. Ya sé que hay que ser muy respetuoso con las leyes; por suerte, en nuestro pasado, surgieron líderes que decidieron desobedecerlas: sin ellos, seguiríamos trabajando los siete días de la semana y las mujeres seguirían sin derecho de voto.

            Ser de los buenos, cuando hablamos de guerra, te permite fijar el contexto y determinar qué hechos o circunstancias condicionaron el inicio de las hostilidades, magnificando tu derecho al uso de una determinada violencia y minimizando las razones de tu oponente. Llegado el momento, puedes generar normativa para reprimirlo o silenciarlo; incluso, puedes generar movimientos educativos y culturales en los que se introduzca la superioridad de tu grupo, ya sea superioridad moral, de raza, de género, etcétera, y silenciar al “enemigo” se convierta en un imperativo ético.

            El conflicto que persiste en Oriente Próximo desde el siglo XIX – como poco – nos ha obligado a tomar posición, ya sea en términos de bandos, lógicas, motivos históricos, de raza, de religión… Es complicado no caer en un grupo o en otro y adquirir posiciones monolíticas. El problema de la clasificación en conjuntos estancos es que sólo se puede estar en uno de los recipientes, no hay posibilidad de medidas equidistantes. En todo caso, no estoy escribiendo esto para tratar de mover la opinión de ninguno de vosotros.

            Me preocupa más cómo se instalan en el ideario de cada persona la idea del odio y el deseo de venganza. Cómo se legitima el derecho de unos a utilizar incluso la violencia más brutal para agredir al otro que, según esa posición monolítica, es responsable de todos los males y causante del conflicto.

            Vivimos rodeados de mensajes publicitarios de todo tipo. Tenemos los mensajes publicitarios que pretenden vendernos una larga ristra de productos, y hoy no voy a entrar en cómo manipulan nuestros deseos, transformándolos en necesidades. Tenemos también los mensajes publicitarios que pretenden vendernos una historia, un relato, que trata de explicar la realidad según unos parámetros que se ajusten a nuestra propia concepción de la realidad para justificárnosla. Pagamos por legitimar nuestra visión del mundo. Como contraprestación, no pagamos – al menos directamente – un precio monetario, sino que lo hacemos con una adhesión a quien nos proporciona esa legitimación. Pero no sólo es eso: con esa historia también tratan de reiniciar y recablear de manera diferente nuestra percepción de la realidad, introduciendo en nuestra psique, no una realidad, porque esta es inmutable, sino una visión de la realidad determinada. La situación actual en occidente, mostrada en caída libre tanto en aspectos económicos como éticos, no es una visión de realidad correcta; al menos desde mi punto de vista. La visión actual en determinados conflictos bélicos que hoy en día copan todas las portadas quizá no sea tan simple como nos pretenden hacer ver.

            A mí no me han interesado nunca esa clase de bandos. Ni israelíes ni gazatíes. Ni rusos ni ucranianos. Creo que hemos de ver personas individuales, no cifras, aunque ofrezcan la medida de una tragedia; pero, si tengo que elegir bando, sería el de quien está entre las balas que disparan unos y los misiles que disparan los otros. Yo soy de ese bando, el de la gente que no quiere odiar ni vengarse. Si un mensaje publicitario me inocula una mínima ración de odio hacia alguien que no conozco, lo deshecho. Soy del bando de quien no quiere acudir a una guerra a matar a alguien que no conoce de nada y que sólo quiere vivir tranquilo con lo necesario para que esa vida reúna unas condiciones de dignidad cuanto más amplias mejor.

            Hay mucha información a mi alrededor hablando de peligros que llegan de gente anónima y de quien debo defenderme y atacar antes de que me ataquen. No soy ningún buenista, sé que existen los riesgos, como cuando volvía andando yo solo a casa de madrugada, pero creo que hay una corriente que me impele a desconfiar por sistema, y más si el color de piel es distinto, o el idioma suena a eslavo, o el aspecto es de pobre. Y creo que me quieren dentro de uno de los dos bandos, el de los buenos o el de los malos. Por supuesto que hay bandos de los buenos y bandos de los malos; sin embargo, me permito dos cosas. En primer lugar, establecer yo mismo los parámetros y huir de generalizaciones que no resisten un análisis mínimamente profundo. Y en segundo lugar, no despersonalizar a los que se encuentran en el contrario para legitimar su represión, su desaparición o incluso su exterminio.

 

Alberto Martínez Urueña 08-10-2025

jueves, 27 de febrero de 2025

Entre dos tierras

 

            No es que pretenda plagiar a cierta banda española que hacía una música sensacional, pero el término de estar entre dos tierras es muy apropiado para ejemplificar el terreno en el que nos movemos: entre la teoría y la práctica. En realidad, moverse entre la teoría (lo que creemos que debemos hacer) y la práctica (lo que luego acabamos haciendo) representa la eterna problemática humana. Luchar por un adecuado discernimiento es el eterno intento y la base de toda construcción filosófica ya que gracias a él podemos entender y desentrañar la auténtica estructura de la realidad y de nosotros mismos. Además, nos sirve de guía cuando la duda hace tambalear nuestra determinación. Esto es a nivel personal, pero ¿qué pasa cuando nos vemos inmersos en el nivel social?

            El nivel social, en ciertos aspectos, es el constructo intelectual que nos sirve para ocultar nuestra responsabilidad individual en la formación de la sociedad en que vivimos. Nos oculta. Permite diluir nuestras pequeñas veleidades. ¿Qué relevancia puede tener un pequeño fallo de uno entre millones? La democracia liberal es otro constructo filosófico con unos orígenes muy interesantes: se insertan en el periodo posterior a las monarquías absolutas y como respuesta a ellas. Allí surgieron ideas peregrinas tales como que la legitimidad de las monarquías quizá era poco firme y que los derechos de los monarcas de disponer de las vidas de sus súbditos podían ser cuestionados. El nacimiento del hombre libre que posee el derecho a configurar la propia vida. Podemos hablar de lo que significa la libertad, sin duda. En aquella época del siglo XVII tenía connotaciones diferentes: de lo poco que he leído no hablan de las obligaciones que conlleva. Explícitamente. Implícitamente todos asumían su existencia. De hecho, parece haber un consenso relevante en que, y cito, el significado esencial de liberal no sólo denota ser amante de la libertad y tener conciencia cívica, sino también ser generoso y compasivo. Ser liberal era un ideal, algo a lo que aspirar. H. Rosenblatt. Tiene cierta lógica que, habiendo sufrido una monarquía que despreciaba al vulgo, los valores humanistas tuvieran una relevancia sustancial; sobre todo, siendo una de sus premisas la idea de individuos iguales.

            Como guías, la generosidad y la compasión me parecen dos principios que solventarían muchos de los enfrentamientos humanos. Corremos el riesgo, sin embargo, de centrarnos en otro concepto de individuo más solitario, guiado por el interés materialista y por el hecho económico como medida última de todo, pervirtiendo en gran medida ideas como la original de Adam Smith sobre los mercados, en las que el ser humano tenía en su escala de valores la consideración del resto de seres humanos como alguien a quien tener en cuenta, y no meros objetos que, en el mejor de los casos son obstáculos, y en el peor, rivales o incluso enemigos. Hemos de optar entre la individualidad de cada uno, y la generosidad y la compasión como guías de comportamiento, y el individualismo en donde el otro es un rival compitiendo por recursos escasos y del que podemos desentendernos porque, en realidad, sus desgracias son fruto de sus elecciones libremente adoptadas.

            Entre dos tierras, decía. Entre la teoría y la práctica. En realidad, la teoría es un ejercicio interesante, pero las cuestiones prácticas nos llevan a la realidad. A las consecuencias de aplicar tal o cual teoría. Las democracias liberales basadas en la libertad nos obligan a saber de qué manera se aplica esta libertad, pero, antes, nos obligan a saber de qué hablamos cuando decimos libertad. Las democracias liberales se basan en la elección ejercida por hombres libres; pero, y ésta es una opinión particular, la libertad se ha de basar un conocimiento mínimo y cierto de lo que estás eligiendo. Para ello hacen falta dos premisas: primera, debe haber suficiente información; segunda, la voluntad no puede haber sido condicionada. ¿Hoy se cumplen estas dos condiciones?

            Pero voy más allá. ¿Qué ocurre en una sociedad en la que ciudadanos libres e iguales eligen, en su uso de la libertad, no obtener la información mínima necesaria para formar sus decisiones? Es una paradoja, como la paradoja de la tolerancia: ¿una sociedad tolerante debe tolerar la intolerancia? Llevada al ejemplo que indico, diríamos: ¿debe permitir una democracia liberal ser condicionada por individuos que no quieren ejercer la libertad?

            Con respecto a la segunda premisa, ¿qué hacemos con los intentos de manipulación? Nos enfrentamos a formas cada vez más sofisticadas en este campo, formas que escapan a nuestro control y que resultan muy complicadas de evitar. Ya hemos tenido ejemplos suficientes y declaraciones espantadas de quienes crearon esas herramientas y de las que ahora se apartan. ¿Son suficientes como para condicionar la voluntad social y por tanto la libertad de los individuos que la forman o exageramos al decir que la presión sea tanta como para considerar que la voluntad ha sido pervertida?

            Escribo este texto en una situación en que los relatos alternativos son la norma y la lucha por la supremacía del propio es evidente. La existencia de interpretaciones opuestas para hechos objetivos, penetrando en las supuestas intenciones, tales como que la UE fue creada para joder a EEUU (palabras de Trump), son diarias. ¿Pueden subsistir las democracias liberales en el orden mundial que llega si los ciudadanos no ejercen la libertad de una manera responsable? Hay una deconstrucción de décadas del único parapeto tras el que protegerse de esto: tener suficiente conocimiento de la teoría de cómo se supone que ha de ser un ser humano verdaderamente liberal que pueda sobreponerse a sus emociones más básicas para poder actuar, en la práctica, de la manera correcta. La primacía de una supuesta irresistibilidad del deseo unida a la capacidad de diluir nuestras pequeñas veleidades, filtradas además bajo el criterio último marcado por el hecho económico ha convertido los criterios del liberalismo en secundarios, supeditados al capricho y a la cartera.

            Todavía estamos a tiempo.

 

Alberto Martínez Urueña 27-02-2025

martes, 4 de febrero de 2025

Vivienda. Parte 2

            Son dos las noticias que me traen a esta columna para hablar de vivienda, nuevamente. La primera de ellas, una encuesta en la que casi la mitad de los ciudadanos plantea que el número máximo de viviendas por persona debiera ser de una o dos casas y cincuenta y siete por ciento cree que el límite debería llegar a hasta cinco. La otra noticia señala un crecimiento el precio del dieciocho por ciento en mi ciudad, Valladolid, durante el último año.

            La primera de las noticias es muy controvertida. Prohibir la compra de viviendas, o de cualquier otro producto, son medidas que suelen ofrecer un resultado desastroso. No hablo de mi opinión, hablo de historia de la economía, hablo de sistemas que, durante los dos últimos siglos pretendieron controlar determinados mercados de esta manera y que acabaron reventándose por las costuras sociales. Esto es tan así, que hasta el paradigma del intervencionismo a nivel mundial, China, ha ido avanzando en la dirección contraria. Otra cuestión es que podamos utilizar la política fiscal para introducir externalidades positivas o negativas que condicionen las decisiones de los consumidores. Los llamados incentivos. Podemos establecer tipos de gravamen progresivos en función del número de viviendas en propiedad, dejando casi exenta en el IBI a la vivienda habitual y quizá una segunda vivienda, pero ir incrementando el porcentaje en función del número de propiedades inmobiliarias de la unidad familiar. Con los ingresos derivados de esa medida, se podrían introducir medidas de ayudas directas a las familias con rentas bajas o intervenir directamente en el mercado mediante la promoción de viviendas de titularidad pública o de protección oficial que nunca perdieran esa condición, para adquisición o arrendamiento.

            De esa misma noticia, rechazaría las medidas de carácter impositivo o de fijación de precios por un motivo muy sencillo: las rebajas impositivas irían al margen de beneficio del arrendador y las subidas irían a pagos en dinero negro. Admitiendo matices, creo que los impuestos indirectos deben ser estables y que la progresividad del sistema se debe introducir a través de la imposición directa. En vivienda, y en todo.

            En todo caso, la noticia, con esos porcentajes de población favorables la prohibición de compra de vivienda, no creo que indiquen otra cosa más que el hartazgo de una gran masa social. De hecho, en la encuesta se indica que uno de cada cuatro españoles no se fía de ningún partido para gestionar la vivienda. Por algo será.

            La segunda noticia me parece que refleja el principal problema que perturba el mercado de la vivienda: se trata de dos mercados con un único producto; es decir, un mercado segmentado. Me explico: un mercado de primera necesidad y un mercado de inversión. Al no existir frontera entre ambos, las rentabilidades, o lo que es lo mismo, los incrementos de los precios afectan por igual a ambos nichos. Un mercado de inversión se mueve en función de las rentabilidades esperadas; un mercado de un bien de primera necesidad no debería obedecer a tales criterios. No creo que a nadie le parezca buena idea restringir el acceso al agua potable y que únicamente puedan beber aquellos que logren pagar el precio de mercado de equilibrio.

            Los mercados, tanto los oligopolios como los de competencia perfecta, funcionan según las leyes de la oferta y la demanda; pero, ojo, al estar conectados los mercados, el de primera necesidad y el de inversión, el precio de equilibrio es único, y será más alto que si funcionase solo el de primera necesidad. Precisamente por la demanda creciente. Lo cual significa que, automáticamente, se expulsa del mercado de primera necesidad a quienes no pueden pagar el precio del mercado de inversión.

            Por otro lado, se argumenta, falsamente, que la solución es aumentar la oferta, pero en el mercado de la vivienda esto no se puede aplicar directamente: para que las leyes de mercado funcionen necesitamos transaccionar con bienes HOMOGENEOS. Estaremos de acuerdo que una vivienda junto a la catedral de Sevilla no es un producto equiparable a una vivienda, por poner un ejemplo, en el barrio de las tres mil viviendas. La segunda noticia ejemplifica esta cuestión. Un dieciocho por ciento de subida de precios en Valladolid. Eso habla de un desajuste tremendo entre la oferta y la demanda. ¿Qué demanda hay en Valladolid? Su crecimiento demográfico, durante las últimas tres décadas, treinta años, ha sido negativo. Hay menos gente. ¿Quién demanda pisos en Valladolid? Desde luego, no los demandan quienes los necesitan para vivir en ellos. ¿Qué explica que la zona urbana de Valladolid ocupe un área geográfica mucho más grande que hace treinta años? El incremento demográfico no, desde luego.

            Yo no sé si los políticos pueden o deben gestionar esto, pero sí que tengo claro que somos los ciudadanos quienes debemos exigírselo. Tengo claro quiénes ganan con este statu quo y tengo claro quiénes pierden. A estos, les interesa cambiarlo.

 

Alberto Martínez Urueña 04-02-2025

lunes, 13 de enero de 2025

Vivienda

            Hoy, escuchando la radio, me ha llegado una noticia sobre modelos económicos contrapuestos y casi me echo a llorar. Os lo digo sin ningún tipo de rubor, me he emocionado. Como bien sabéis – los que me seguís – llevo bastantes meses sin escribir semanalmente este pequeño texto que siempre ha versado sobre temas de actualidad. Dejé de hacerlo porque la actualidad de hoy en día da asco. No pasa por un sano ejercicio de dialéctica y retórica, sino por todo lo contrario: una reducción de la profundidad de análisis que permita simplificar el mensaje de tal manera que sólo quepa una postura favorable o contraria a un postulado de por sí estúpido. Y yo no gasto mi tiempo en estupideces, ni en debatir con mentes brumosas postulados construidos para engañar a una sociedad ya de por sí estupidizada.

            ¿Qué ha sucedido? Que por mucho que se han empeñado desde el Congreso para que la masa social se quede con su circo, ha llegado un momento en que uno de los problemas – problemones – que tenemos en nuestra sociedad amenaza con romperles las costuras. A saber, el tema de la vivienda. Entiendo que la mayoría de la sociedad no está en estas cuestiones, pero cuando te dicen que el nivel de precios de la vivienda ya está como en dos mil ocho y que la tasa de crecimiento del precio supera el ocho por ciento interanual, la cosa cambia. No voy a entrar en lo que dicen los partidos políticos: los medios de comunicación pueden alimentar vuestra curiosidad mucho más de lo que yo consiga. Pero dejaré un par de consideraciones.

            Vivimos en un lugar del planeta en donde se entiende que las personas, por el hecho de serlo, se merecen un respeto, y que desde la tribuna pública no se les escupa en la cara. Las políticas económicas de calado son tremendamente complejas tanto en su planificación como en su instrumentación práctica, de eso no cabe duda; sin embargo, la fijación social de prioridades es bastante sencilla con ciertos temas. Precisamente por el respeto que se merecen las personas – nos merecemos –, y por la dignidad intrínseca derivada de nuestra existencia, hay dos o tres cosas sobre las que no deberíamos regatear. O, al menos, la inmensa mayoría de nosotros. Puedo entender perfectamente ciertos intereses particulares, pero no tengo por qué defenderlos, ya lo hacen solos. Con gran eficacia. Y es ideológico tanto una postura como otra. Es una cuestión de prioridades. Y esas prioridades vienen marcadas por el cuarteto básico de un sistema social que merezca la pena: sanidad, educación, pensiones y vivienda.

            No creo que haya nadie que no esté de acuerdo con estas premisas, pero lo importante es ponerse de acuerdo en cómo conseguir que lleguen a todos los ciudadanos. Y que lleguen, por favor, en las mismísimas condiciones de calidad con independencia del estrato social del que se venga. Voy a decir más: con independencia de lo vago, aprovechado y negligente que sea el individuo. Pensaréis que ya estoy con mis historias de rojo, y que vosotros no estáis para sufragar los gastos de esa gente. Pero, ¿cuál es la cuestión fundamental que subyace a mi propuesta? No es un buenismo bobalicón, es que me gusta la estabilidad social. Que la tengo en gran estima, y hace tiempo que la sociología demostró que la generalización de la desprotección social genera capas de pobreza y éstas, a su vez, problemas sociales.

            Pero estoy dispuesto a admitir, aunque sea por ejercicio intelectual, que los vagos y maleantes no tengan derecho de acceso a esos cuatro pilares. Tendremos que admitir, entonces, que cualquier persona con trabajo debería poder hacerlo, más allá de sus características personales o profesionales. Y aquí es donde empezamos a tener problemas. Los cuatro pilares fundamentales han de ser garantizados en igualdad de condiciones, pero esto no es así en realidad. ¿Por qué? Porque admitimos premisas que ponderan el acceso a ellos. Admitimos variables que lo obstaculizan. Admitimos variables que incluso lo impiden. Ponemos a su mismo nivel otras consideraciones que, sin ser fundamentales para la dignidad humana, la restan. Las políticas públicas deben ser ponderadas unas con otras: por ejemplo, invertir más en investigación o en infraestructuras; en alta velocidad ferroviaria o el transporte de mercancías. Pero estas inversiones pertenecen a un escalón inferior de la elección social: en el primero deben estar los cuatro pilares porque son sobre los que se construye una sociedad justa. Y no digo igualitaria ni equitativa, digo justa, en la que la dignidad de cualquier individuo no pueda ser degradada y, por tanto, su propietario, arrojado a una clase de ser humano inferior al resto.

            ¿El libre mercado es la herramienta adecuada para esos cuatro pilares? ¿La colaboración público-privada? ¿El intervencionismo puro y duro? Sólo sé que cuando tu hijo necesita acceder a alguno de ellos y tu sueldo no te llega, la mirada se dirige a donde se dirige y, cuando no hay respuesta, la sociedad se convierte en una jungla. Yo no quiero una sociedad de ese tipo, quiero una sociedad en la que los aspectos básicos de la dignidad humana estén cubiertos. Y las soluciones propuestas hasta ahora, dos mil veinticinco, nos están dejando, desde hace tres décadas, en la estacada.

 

Alberto Martínez Urueña 13-01-2025

 

PD: por supuesto que tengo mi idea de cómo debería hacerse, pero esta columna tiene la extensión que tiene; quizá para la próxima. 

martes, 2 de julio de 2024

Características fundamentales

 

            A veces me planteo diversos temas con los que volver a mandar estos textos, pero, considerando el nivel del discurso público, me niego a dirigirme a vosotros con argumentos más propios de una clase de infantil que de los que debería usar con personas adultas. Estoy convencido de que, por otro lado, como masa social, si alguien nos viera desde fuera, damos bastante asquito. Pedimos de forma continua a nuestros conciudadanos, a veces amigos, otras, desconocidos de redes sociales, que se posicionen en disquisiciones de blanco y negro, en lugar de analizar el detalle.

            Cuando esto me lo piden con cuestiones relativas al fútbol, a una película o al tono de verde que tienen las hojas de los árboles, sigue sin parecerme muy adecuado, pero me da igual. Otra cuestión distinta es cuando el tema versa sobre aspectos vitales para la sociedad en la que vivo. Si alguien me pregunta mi opinión sobre el robo, lo primero que me viene a la cabeza es pensar que mi interlocutor tiene una tuerca floja. El robo en sí mismo es algo intrínsecamente negativo, y sé que hay circunstancias en las que cualquiera de nosotros podríamos argumentar a favor de hacerte con algo que no es tuyo. Pero esto no es porque el robo se convierta en algo bueno, sino porque hay valores que, en la escala de prioridades, están por delante. Y no hace falta ponerle palabras elegantes. Podemos poner de ejemplo la supervivencia de un hijo. Ya he indicado en textos anteriores que el principal problema que tenemos en nuestras sociedades modernas es que la ingente panoplia de posibilidades de consumo nos ha llevado a no ser capaces de decidir entre todos ellos. Y, lo que es más pernicioso: en caso de tener que elegir de manera inevitable, el principal criterio que utilizamos para discriminar es el precio. Puede haber otros, pero el precio se ha convertido en un anatema intocable; es, de manera evidente, el tótem sagrado en nuestra sociedad capitalista. No en vano, todos los caminos conducen al precio.

            Creo que el precio, en mercados de consumos secundarios, consumos de productos que no sean básicos, es una herramienta muy útil para regular la actividad social. El mercado de los restaurantes de lujo, el de las discotecas, el de las copas de los bares, el de las zapatillas de deporte, la ropa de marca y un largo etcétera, funcionan muy bien cuando le aplicas un concepto igual para todos con el que puedas discriminar y filtrar el acceso a ese mercado.

            Yo no estoy a favor del robo; tampoco estoy a favor de la inmigración ilegal, ni de la desobediencia ciudadana, ni de la ocupación de casas vacías. No estoy a favor de saltarse la legalidad, ni tampoco estoy a favor de actuar de manera agresiva, violenta, ni con evidentes muestras de rechazo hacia colectivos o personas. Sin embargo, creo que, analizado el contexto de situaciones concretas, existen valores y principios que pueden estar en colisión con la propiedad privada, con la legalidad de fronteras, con la protesta e incluso con la insumisión o la ocupación de casas. Y por supuesto estoy en contra de la intolerancia, y jamás toleraré discursos que la corrompan. La supuesta paradoja de la tolerancia de Popper en realidad no existe: lo que sí que existe es la confusión axiomática entre quien no es capaz de entender que, por encima de la tolerancia, hay un valor superior: el del respeto a las características intrínsecas que constituyen la dignidad humana. La libertad de opinión absoluta no está incluida en esos aspectos. No es un aspecto esencial o vital de la persona defender (y pretender llevar a cabo actuaciones derivadas de esa opinión, porque las opiniones siempre llevan aparejada la pretensión de actuar) postulados contrarios a la dignidad de otro ser humano. Precisamente por la pretensión de llevar a cabo actuaciones que la implanten.

            Yo no estoy a favor de inmiscuirse en la libre decisión de consumo de nadie. No en vano, defiendo que lo que hacemos es lo que nos define, y cada uno ha de ser libre de hacerlo como le plazca. Pero la libre decisión de consumo (eso no es una característica última de la dignidad humana) no puede menoscabar la dignidad de otras personas. No estoy a favor de cortar la libertad de un ser humano de comprarse todo el parque de viviendas nacional, pero por encima de esa libertad creo que está la característica fundamental de la dignidad humana de tener un techo bajo el que guarecerte en unas condiciones de habitabilidad adecuadas, y a un precio adecuado que no te restrinja en resto de características fundamentales de tu dignidad. E insisto en eso de las características porque la dignidad humana es uno de esos conceptos tan manoseados que algunos se piensan que es algo abstracto. Pero nada más fuera de la realidad: es algo que se concreta en características fundamentales. La vivienda es uno de ellos.

            Por eso, cuando veo a quienes plantean equilibrar el derecho al libre consumo de viviendas con el derecho a tener un techo sobre tu cabeza y la de tus hijos, entiendo que están radicalmente equivocados. Entiendo que existe el derecho a tener veinte viviendas, pero no existe el derecho a restringir el acceso a tener una. Y hay muchas personas que malviven en ese límite. Hoy, perdida entre la ristra de gilipolleces con que nos desayunamos en las noticias, está la de dos hermanas que, superadas por el futuro desahucio al que se iban a ver sometidas, han optado por tirarse desde la ventana. Y no son las únicas.

 

Alberto Martínez Urueña 02-07-2024

viernes, 15 de marzo de 2024

Superhéroes

 

            ¿Cuál es el problema de mirar más allá de la actualidad política? Sinceramente. Todos. La actualidad política hoy en día es más sencilla de observar. Tienes una narrativa oficial, con argumentos racionales a los que te puedes adherir sin miedo a que la incoherencia te sorprenda en mitad de una conversación o un hilo de alguna red social. Tienes dos bandos más o menos definidos, buenos y malos, con los juicios de intenciones muy bien construidos, desde un par de perspectivas, según quieras elegir el bando que más te plazca. Además, tienes todos los personajes necesarios: tienes al héroe, capaz de mantener el tono y el gesto cuando los enemigos asedian su bastión; el villano sin escrúpulos, de motivaciones claras, no siempre inmorales, ojo, pero capaz de llevar a cabo cualquier actuación para conseguir el poder, porque, para él, el fin justifica los medios; también está el villano estúpido y gracioso al que ves venir sin problemas y al que es fácil odiar y golpear; tienes incluso al antihéroe, ese personaje que es capaz de romper todos los moldes y las convenciones sociales que para lo único que sirven es para encorsetarle en su cruzada en donde, casi sin pretenderlo –porque no puede pretender ser bueno– obtiene resultados asombrosamente buenos. Fijarse en la política hoy en día es sencillo, porque la han convertido en un parque de atracciones para niños, con mensajes para niños, todo con un guion de una película de superhéroes. Es fácil estar a favor o en contra de alguien de manera irracional, despreocupado además de la reactividad que provoca, porque es razonable, e incluso heroico, luchar contra el Mal Absoluto y erradicarlo hasta la extinción. No necesitamos principios morales con los que juzgar las acciones de nuestro bando: necesitamos certezas para no bajarnos del barco, pase lo que pase, porque, en la lucha contra el Mal Absoluto, no se requiere de principios, se requiere de convicciones. No os preguntéis cómo hemos podido llegar a este estado de cosas. Nos hemos dejado.

            Podemos preguntarnos cómo, pero es más que evidente. Igual que las grandes superproducciones cinematográficas, no basta con un guion y una labor mejor o peor de los artesanos –o de los peones de la fábrica–; necesitamos también atraer la atención del público con buenas campañas de mercadotecnia, evitando en la medida de lo posible que el potencial espectador se disperse en otras direcciones y encuentre otras luces parpadeantes y brillantes que le puedan llegar a hipnotizar. Hoy en día, la política es una mala película de héroes y villanos, y lo es así porque es el producto que el consumidor demanda. Hemos pasado, de ser ciudadanos, a ser consumidores.

            A raíz del último texto que mandé, visiblemente cabreado y contrario a todo lo que tenga que ver con perdonar a personas que delinquen a sabiendas y que no se arrepienten, y menos cuando son ellos los que redactan el perdón, un buen amigo me preguntó, visto esto, cuáles eran mis preferencias políticas en este momento. Entiendo la pregunta, pero la visualizo considerando lo anterior, y entiendo el desconcierto cuando no me posiciono en términos de buenos y malos, en términos de dos bandos irreconciliables. Si estoy en contra de la amnistía, entonces tendré que posicionarme a favor del amigo de narcos y del nostálgico de dictadores. Si no me incluyo en el bando del amigo del narco y del nostálgico de dictadores es que estoy favoreciendo la adopción de medidas que considero injustas. Soy cómplice. Defraudo las expectativas. Y, parece ser, no hay nada peor que la soledad de no pertenecer a un grupo.

            Digo esto con enorme cariño hacia este amigo porque sé que él no es así y, además, porque ha permitido la gestación de este razonamiento que no espero sea compartido, porque parece muy conspiranoico, pero para nada. No deja de ser la pretensión, siempre manifestada, e indudablemente alabada del hipercapitalismo en que vivimos: vender un producto y que la gente lo compre.

            Es mucho mejor fijarte en la política actual. No exige nada. Es como ponerte delante del televisor a no hacer nada. Como gritar al árbitro desde el sofá, aunque alguien al lado tuyo te mire como si fueras un enfermo porque no te das cuenta de que no te oye. Si no te fijas en la política actual de andar por casa, quizá levantes la vista y te des cuenta de que en los últimos meses hemos pasado el invierno más cálido jamás registrado. Que la guerra sigue, en algún sitio, y seguimos en connivencia con el agresor porque no somos capaces de reducir nuestro bienestar y comprarle menos de todo. Que se están muriendo miles de niños, unos por las bombas y otros por el hambre, pero en esos lugares el paraguas de la libertad y la democracia no llega, porque el derecho a la libre determinación de los pueblos nos impide intervenir de manera oficial, aunque sea la ONU la que lo haga. Siempre que no haya petróleo, claro. O se trate de una ruta comercial. En ese caso, por supuesto.

            Quizá levantes la vista y veas un par de genocidios, o tres, y se te hiele la sangre. Literal o figuradamente, vete a saber. Así que gracias, políticos, por el entretenimiento. Sois la herramienta fácil de un statu quo perpetuándose a sí mismo.

 

Alberto Martínez Urueña 14-03-2024

 

            PD: para el que le interese, sigo en contra de la amnistía, y Abalos debería dejar de hacer el ridículo y marcharse a su casa, que si no era capaz de controlar a Koldo, no nos vale como líder público. A expensas de que pueda llegar a ser parte judicializada del latrocinio…

lunes, 11 de marzo de 2024

Ruedas de molino demasiado grandes

 

            No voy a engañar a nadie si digo que soy una persona más bien de izquierdas. De hecho, suelo decir que, más que rojo, soy casi negro. Por eso, quizá alguien podría pensar que me resultaría incómodo lanzarme al ruedo a calzón quitado para criticar a un gobierno que se dice socialista y de progreso, pero nada más lejos de la realidad. Sobre todo, porque más allá de tales consideraciones, y desde hace muchos años, soy especialmente crudo cuando se trata de falta de honestidad, de empatía y, sobre todo, de limpieza en los ámbitos públicos. Me tocó vivir el comienzo de la crisis económica del dos mil ocho de lleno y aprendí bastante de aquello. Vi de cerca la tormenta que se desató y cómo el contubernio formado por lo neoliberal –liberal en lo económico, pero profundamente clasista en social– y lo pseudosocialista –socialismo encamado con las élites económicas– dejaba tirados en la cuneta a millones de personas con la excusa de la ortodoxia económica. Bonitas palabras para justificar dos cosas: no coger el dinero de quien lo tiene y no echar a bajo el sistema de paraísos fiscales de los que indirectamente se benefician. Me tocó vivir esa crisis y no tuve ningún reparo en criticar lo que vi, incluida la bajada de pantalones socialdemócrata de ZP y los suyos.

            Hoy nos encontramos en otra situación parecida. Unos hechos innegables y varias posibles interpretaciones de los mismos. Los hechos objetivos: hay una orientación política planteando una medida para solucionar un problema. Hablamos de las medidas políticas del reencuentro y la reconciliación entre dos facciones, primero en Cataluña –no podemos olvidar que la primera ruptura se produjo allí–, y después con el resto del Estado. Y luego tenemos las interpretaciones de por qué se pretenden tomar esas medidas. Hay argumentos favorables al perdón para quienes pretendieron romper el orden constitucional, pues dicen que, de esta manera, se les volvería a acoger en el seno de nuestra democracia y esto favorecería la convivencia. Hay otros argumentos conforme a los que esta medida –la amnistía– no soluciona nada y sólo obedece al momento de oportunidad política en el que Pedro Sánchez necesita votos para mantenerse en La Moncloa. Sería mucho mejor poder entrar en los adentros de nuestros políticos, pero, para desgracia del común de los mortales, la interpretación y valoración de los argumentos no son hechos: son juicios de valor derivados de los mismos y nos obligan a hacer un cierto salto de fe.

            Digo esto porque para mí sería fácil adherirme al argumento de La Moncloa, vendido fresquísimo mañana y noche por tertulianos favorables al presidente del Gobierno y sus adláteres, a la hora de amnistiar a una serie de personas que objetiva y claramente pretendieron echar abajo la Constitución que nos defiende a todos y protege nuestros derechos fundamentales. Sería fácil hacerlo, insisto, pero, si puedo evitarlo, jamás comulgo con ruedas de molino. Si tengo que elegir entre Constitución en toda su extensión y el tema del independentismo y sus delitos, me quedo con la Constitución. ¿Por una cuestión legal o constitucional? Para nada, no soy jurista y no voy a utilizar argumentos de este tipo. No los necesito. Sabemos que hay hechos jurídicamente legales y manifiestamente injustos y viceversa. A mí me interesa otra perspectiva, y por eso, hace tiempo que dije, y lo vuelvo a escribir negro sobre blanco, que no creo que sea legítimo ni justo el derecho de gracia –por más que haya leyes que lo amparen–. Ni las amnistías ni los indultos, salvo muy honrosas excepciones, y, desde luego, jamás a favor de políticos, altos cargos y personalidades públicas. Y mucho menos cuando lo que han pretendido ha sido reventar la Constitución que me garantiza, a mí y a los míos, los derechos fundamentales más básicos.

            Por esto, más allá de las consideraciones legales y, desde luego, tampoco por los posibles juicios de intenciones, para mí, la amnistía es un completo disparate. El diez de octubre del diecisiete, políticos de izquierdas y de derechas, todos ellos con sus ideas y con el derecho constitucional a tenerlas, además de comportarse de una manera manifiestamente contraria a nuestro ordenamiento jurídico, llevaron a cabo actuaciones profundamente injustas, clasistas, ilícitas moralmente y detestables desde el punto de vista democrático. Estaban perfectamente asesorados, sabían sin ningún género de dudas las consecuencias de sus actos y, aun así, persistieron en sus actuaciones. Esto, unido a que el derecho de gracia era esa potestad regia que tenían los monarcas absolutos de perdonar arbitrariamente a quien ellos quisieran y ha sido heredada caprichosamente por quienes han de utilizarla, me lleva a concluir lo expuesto.

            ¿Me creo la lógica esgrimida por La Moncloa? Creo que con esas medidas de gracia se pueden desinflamar los ánimos en Cataluña, eso es cierto. Pero también creo que Pedro Sánchez, en dos mil veintiuno, indultó a los presos que no habían huido con el rabo entre las piernas porque necesitaba sacar adelante sus proyectos legislativos de la pasada legislatura, y creo que, ahora, después de las últimas elecciones, vuelve a necesitar de los votos de alguien implicado en esa jugada del process –un movimiento político profundamente clasista, xenófobo, injusto y pseudofascista que representa todo lo que más detesto del panorama político–, y no ha dudado en tirarse a la piscina. Esto nos llevaría a tener que hablar sobre el coste de no asumir el mando del Gobierno y bien sabemos que éste no es un debate cerrado. ¿Habría sido mejor que gobernase un señor amigo de narcos de la mano de un admirador de genocidas? Esto también es un juicio de intenciones, además de un juego de conjeturas. Muy interesante, desde luego, y del que hablaré en otro momento. Quizá esta opción hubiera sido la más adecuada, o quizá deberíamos haber dejado gobernar a los herederos de Franco, pero este texto iba sobre el daño que produce a nuestros valores constitucionales perdonar delitos a quiénes se vanaglorian de haberles llevado a cabo y se conjuran para volver a repetirlos.

 

Alberto Martínez Urueña 9-03-2024

viernes, 9 de febrero de 2024

Adaptaciones

  Llevo tiempo pretendiendo volver por esta columna que tengo abandonada desde la pandemia. La realidad política se ha convertido en un partido de tenis sin matices de ningún tipo. Para los que huimos de sectarismo y preferimos un análisis fino del contexto en que nos movemos, el discurso de nuestros representantes es un terreno polvoriento y estéril. Tenemos peroratas y noticias que llenan las portadas, convirtiéndose en los problemas acuciantes y las crónicas relevantes. Siempre, el problema territorial en España, problema en el que los partidos principales se niegan a dar una solución negociada y conjunta. En lugar de eso, tenemos el tema de Cataluña y su pretendida independencia. Tenemos la amnistía, derecho de gracia igual que los indultos, en contra de los que siempre he estado y siempre estaré cuando afecten a políticos, líderes sociales y personalidades relevantes. Por supuesto, tenemos todos los líos en los que los partidos políticos nos meten debido a su palmaria incompetencia a la hora de llevar a cabo el mandato de las urnas: representarnos, pero no de cualquier manera, sino para llegar a acuerdos para la sociedad a los que, de otra manera, sería imposible. El Consejo General del Poder Judicial es buen ejemplo de esto.

Sin embargo, gracias a todo el circo, los auténticos problemas, los que te pueden poner en serios aprietos en cualquier momento o que, de hecho, ya les pone a una parte más o menos nutrida de la sociedad, van quedando aparcados. Nada se sabe, salvo que bucees entre los editoriales, las paginas interiores o las secciones digitales, sobre la reclamación de mayores plazas de residencias para personas mayores. Nada se sabe de las necesarias mejoras que se pusieron de manifiesto durante la pandemia. Una vez más, los ancianos quedan silenciados, y no sabemos si les siguen atendiendo mediante un sistema deficitario en personal y, en algunas ocasiones, sometidos a maltratos y con alimentación deficiente. Nada se soluciona, por cierto, o al menos, nada llega, de la mejora comprometida de la sanidad primaria, de las listas de espera para el médico de familia, del tiempo que pueden dedicar a cada paciente.

Los problemas políticos no siempre se corresponden con los problemas ciudadanos. No siempre, y creo que utilizo un eufemismo casi obsceno. Vemos cómo nuestros representantes perseveran en mantener unos modos que convierten la escena pública en un circo romano. O más bien, en un cuadrilátero de lucha libre “ficticia”: uno de esos espectáculos en los que dos facciones malencaradas se insultan previamente antes de empezar a repartir mamporros que, a todas luces para quien esté interesado en mirar, son falsos. Eso sí, un circo vendido a una gran muchedumbre siempre dispuesta a entrar al juego y jalear a los suyos, y convertir una pantomima en una realidad con la que gritar mucho y elevar los niveles de violencia social. Mientras vemos cómo los contendientes se pegan hostias muy bien coreografiadas, olvidamos que hace años que nos vienen advirtiendo de las consecuencias del desastre climático en que ya estamos instalados. Cataluña sufre una sequía rampante, con restricciones de agua… en febrero. Nada se sabe de qué medidas se han adoptado en las últimas décadas para afrontar crisis agudas como ésta, pero también para afrontar una disponibilidad de recursos hídricos cada vez más escasa. Sólo sabemos que, desde la época del Estatuto del dos mil seis, los sucesivos gobiernos autonómicos catalanes se han dedicado en cuerpo y alma al tema del encuadre territorial español, en particular al suyo, pero nada sabemos de cuáles han sido sus medidas para afrontar, entre otros, este problema climático.

No voy a entrar en las cuestiones referentes a la ley de amnistía, a las maniobras de Puigdemont y a todas las marranadas varias que estamos viendo desde el año pasado entre el Gobierno y Junts para conservar los intereses que cada uno tiene en el tema. Hay ríos de tinta escritos en los diarios a gusto de cada lector que se atreva a meterse en esos lares. Yo, de primeras estoy en contra, ya lo he dicho; de segundas, me niego a hacer un mínimo análisis de la sinvergonzonería, para tratar de determinar cuál de todos ellos es más sinvergüenza.

Crisis climática, y ahora los agricultores, con sus problemáticas reales añadidas a las lecturas interesadas que hacen los grupos políticos, siempre prestos a aprovecharse de la desesperación de la gente. Y viendo las condiciones económicas y las circunstancias de las que hablan, con precios de venta paralizados desde hace cuarenta años y costes hiperbólicos, se hace bien entendible que estén bastante cabreados. Lo que no me parece admisible es que, derivado de estas protestas, nos encontremos con sesudos analistas que reclamen un proceso adaptativo al cambio climático más razonable, más lento, para acompasarlo a las necesidades de un sector. Se olvidan mencionar que hace ya como poco cuatro décadas que se sabe la que se nos venía encima con el clima. Cuatro décadas de adaptación suficientemente lenta como para parecer inexistente. Y todavía piden mayor lentitud…


Alberto Martínez Urueña 09-02-2024

jueves, 9 de noviembre de 2023

Sobre amnistías

De vez en cuando no viene mal volver por estos lares y dejar algún comentario. O quizá una reflexión un poco más profunda y extensa. Con el tema de la amnistía, diré que, al igual que con la DUI y con los indultos, estoy radicalmente en contra de que se produzcan. Por varios motivos. El primero de ellos es porque creo en una democracia real y radical en el sentido más griego del término. Es cierto que vivimos en una democracia representativa y que los cauces están establecidos con una serie de normativa. Esta normativa, no obstante, no rompe con esa idea democrática: la propia Constitución es fruto de un consenso democrático. No estoy diciendo con ello que la amnistía sea inconstitucional. No son experto constitucionalista y no me corresponde determinar tal cuestión: para eso está el Tribunal Constitucional y, del mismo modo que no estuve de acuerdo con la sentencia sobre los estados de alarma, la respeté, no por creer en ella (me convencían más los votos particulares; hay extensos análisis por internet al respecto, no es que yo entienda del tema), sino porque el orden constitucional indica que estas son las normas del juego.

En segundo lugar, estoy en contra de la capacidad del poder ejecutivo para conceder indultos a políticos o personajes públicos o poderosos. Mucho más, para conceder amnistías a políticos o a personajes públicos o poderosos. Estaría a favor, analizando caso por caso, si habláramos de personas desconocidas que cometieron un error, que se han arrepentido y que han rehecho su vida (típico caso de quien roba para dar de comer a sus hijos o errores de juventud que se juzgan diez años más tarde y en los que no hubo delitos de sangre, por poner algún ejemplo).

En tercer lugar, porque, a pesar de que pueda creer que la Constitución ha de ser modificada en determinados aspectos (no soy monárquico, pero mucho menos creo que el heredero de la corona deba ser preferiblemente varón), y a pesar de creer que nuestro Estado de Derecho es susceptible de mejora, ambos forman las dos barreras que nos protegen de la ley de la selva que los neofascistas querrían imponernos. Sólo el imperio de la ley impide que guerrillas urbanas se autoerijan como “defensores” de la patria e instauren un régimen político basado en la imposición y la violencia. Cuando Abascal dice públicamente que se han dictado órdenes ilegales e insta a nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad a elegir qué ordenes consideran ellos ilegales y, por lo tanto, considerarse legitimados para desobedecerlas, está afirmando que ya se han producido y está dado pie a que en el futuro sean funcionarios públicos quienes discriminen de manera arbitraria qué órdenes cumplen y o no. Esto está dentro de nuestras obligaciones, pero sólo en casos palmarios, no en mitad de una algarada callejera.

Pero ojo, no estoy en contra de la amnistía por ninguno de los argumentos que esgrime la derecha española sobre la ruptura del orden constitucional, ni por la ruptura de la nación ni nada parecido. Debo respetar, como así hago, el amor inquebrantable que profesa un grupo de mis conciudadanos por España. Por su noción de lo que es España. Pero, ni yo profeso ese amor inquebrantable por la patria ni tengo la misma noción de España que defienden ellos. Yo siento una gran afinidad por España, pero no por la noción de esa España de la que hablan. No tengo ningún problema en que la organización administrativa cambie, dado que, para mí, las fronteras y distribución de competencias no es más que una forma como otra cualquiera de gestionar la socioeconomía de una determinada región. No tengo ningún problema en que, en tal o cual región, la mayoría democrática decida entenderse en un idioma, en otro o en tres al mismo tiempo: Suiza en su conjunto tiene cuatro idiomas oficiales, unos más hablados que otros en según qué regiones. No siento atacado mi idioma ni mi acervo cultural por estas disquisiciones.

Quizá sea porque considero que la parte relevante no va de fronteras ni de idiomas, ni tampoco de opciones culturales ni morales. Las dos primeras las considero opciones de organización administrativa; las dos segundas las considero opciones individuales en donde nadie debe meterse. Considero que la parte relevante va de personas. Del aspecto material de las personas, que es donde los Estados modernos deben entrar: no en vano, son los aspectos que pueden influir de manera determinante en las posibilidades de cada individuo a la hora de labrarse un futuro. Creo que los Estados modernos están para garantizar que cualquiera de sus ciudadanos, nazca en el barrio de Salamanca, o nazca en un pueblo de montaña, o en una barriada arrasada por la pobreza, tengan las mismas posibilidades de progresar en esta sociedad y, con este progreso, colaborar en hacer una sociedad más cohesionada. Porque, en realidad, creo en el Estado Democrático y Derecho porque es el modelo que de mejor manera garantiza la paz social y la estabilidad económica. Y, además, porque la Constitución obliga a garantizarlos en muchos de sus artículos.


Alberto Martínez Urueña 9-11-2023

jueves, 20 de julio de 2023

La negociación, la imposición y la mentira

  Es triste, pero es así. Los seres humanos hemos de aceptar que la mentira forma parte de nuestra vida. Solamente unos pocos valientes, o necios, o kamikazes, están dispuestos a ser completamente transparentes para las personas que les rodean. Y me explico. La sinceridad que expone el núcleo más íntimo de la persona frente a cualquier persona que se le acerque no es valentía ni coraje: es temeridad. En el ámbito de cualquiera de nosotros hay reductos en donde no debes dejar entrar a nadie, pero en donde que tampoco debe haber nadie que quiera entrar. Miedos, pequeñas incongruencias, vicios personales, pequeñas debilidades (o grandes) no tienen por qué ser expuestas.

Es cosa diferente en la vida pública. Algunas de nuestras decisiones pueden afectarnos a nosotros solos (en realidad esto sería una completa majadería, siempre afectan a alguien), pero otras muchas afectan y condicionan la vida de las personas que nos rodean. Si somos encargados de gestionar una empresa, o un servicio público, nuestras decisiones de carácter económico deberán ser juzgadas, sin lugar a dudas. Y no digo ya si somos elegidos como representantes de otros: nuestra esfera privada se va a ver reducida a la mínima expresión. ¿Por qué? Precisamente por esa representatividad que asumimos. Nadie nos obliga, es una decisión libérrima de nuestra voluntad y debemos asumir sus consecuencias. El escrutinio será feroz.

Por desgracia para los representados, debemos entender dos cosas. La primera de ellas es qué es lo que estamos delegando en estas personas. No estamos delegando, en principio, el poder de imponer nuestras voluntades y modelos sociales al resto de conciudadanos y vecinos; estamos delegando la capacidad para negociar y mediar con quienes opinan diferente. La democracia representativa se configura como un modelo alternativo a la democracia directa por dos motivos: uno de ellos viene de la imposibilidad de negociar todas las materias de gestión y organización del Estado entre 47 millones de personas que somos en España; el segundo motivo es que hay materias en las que se necesita ser experto, o se necesita consultar a los expertos, para poder alcanzar pactos satisfactorios y que no generen más problemas de los existentes.

¿Cuál es la segunda cuestión que, creo, debemos entender los representados? Que nuestros representantes a veces no hacen lo que nos han prometido. A veces mienten, por supuesto. Otras veces, no aplican los contenidos de sus programas electorales.  Es labor nuestra analizar por qué sucede esta anomalía. A mi modo de ver, puede ser porque desde el principio tuvieran decidido no cumplir, y aquí estaríamos hablando de intereses ocultos y mentiras. Otra posibilidad viene determinada porque los procesos de negociación exigen cesiones programáticas para encontrar acuerdos con los representantes de otros ciudadanos que, al igual que nosotros, tienen el mismo derecho de ser representados (o de montar un partido si cree que ninguno de los existentes representa sus ideas fundamentales). No podemos olvidar, y esto lo hacen de manera sistemática todos los políticos, que las personas que se reúnen en el hemiciclo no están ahí para sí mismos, ni representándose únicamente a sí mismos, ni hablando solamente de sus intereses: a través de ellos se está manifestando, tal y como indica la Constitución, la voluntad soberana del pueblo español.

El filtro que debemos aplicar a la hora de elegir quién va a llevar a cabo esa tarea de negociación en nuestro nombre es multivariable, debemos considerar varias cuestiones para poder llevar a cabo un voto adecuado. Pero una de las cuestiones que nadie debería pretender con su voto es lograr que se aplicasen el cien por cien de sus ideas. Eso no es una sociedad, eso es una distopía en la que quedas tú como última persona sobre La Tierra. Y en el caso de que algún partido político lo pretenda hacer de manera efectiva, es un enemigo de la democracia.


Alberto Martínez Urueña 20-07-2023