jueves, 5 de febrero de 2026

Sociedades adultas

 

            Es una frase que se repite en múltiples foros, tertulias e incluso conversaciones de barra de bar: somos una sociedad adulta, dicen, y me preguntaba si esta afirmación es cierta. Para dilucidarlo, creo hay dos las preguntas que debemos hacernos. La primera de ellas pasa por saber qué es o qué caracterizaría a una sociedad adulta. Sólo una vez respondida a la propia etimología de las palabras es cuando podemos preguntarnos si nuestra sociedad reúne las características necesarias para considerarla como tal.

            Una sociedad adulta, evidentemente está formada por las decisiones adoptadas por sus miembros; por lo tanto, tenemos que analizar dónde radica la verdadera adultez por la que estamos preguntando. Una primera aproximación lleva al simplismo de que una sociedad es adulta cuando sus ciudadanos asumen, sobre todo, no sus derechos -sobre estos, ojo, también hay mucho que hablar sobre su correcto uso –, sino sus obligaciones, pero esto es una afirmación casi tautológica. La primera cuestión que hemos de estudiar antes de hablar de derechos y obligaciones es si esos ciudadanos por sí mismos son capaces de analizar y distinguir cuáles son esos derechos y obligaciones. Y antes de afirmar radicalmente que sí somos capaces, deberíamos plantearnos cuántas veces nos hemos parado a pensar sobre ellos y en cuántas otras ocasiones hemos actuado con el piloto automático. Esto nos llevaría a plantearnos otra pregunta más – sobre la que espero escribir próximamente – al respecto de si somos seres manipulables y, en caso afirmativo, si estamos siendo manipulados.

            No es una respuesta sencilla. Tendemos a actuar con un sesgo claro al considerarnos una sociedad avanzada y confundimos los avances tecnológicos evidentes a los que la ciencia nos ha llevado con el grado de discernimiento ético y moral de los ciudadanos. Sin embargo, la ética y la moral nada tienen que ver con la tecnología. Esta es acumulativa y los avances se asientan sobre los previos; sin embargo, la ética, si bien en cierto que no somos seres aislados y bebemos de nuestros antepasados, nos interpela a cada individuo de manera íntima. Por desgracia, en el mundo en que vivimos se ha mezclado el deber moral con el deber de sentir. El deber de sentir, de conectar con nuestras emociones, es una obligación humana, sin duda, pero no se puede convertir en el principio categórico que rija nuestro comportamiento, ni ser la vara de medir que utilicemos para catalogar una actuación como moralmente buena o mala. Esta confusión y la falta de análisis racional profundo que conlleva sobre nuestras obligaciones nos desplaza de un modo de vida ecuánime y equilibrado a otra cosa. Sin principios moralmente claros, hay personas incapaces de asumir una obligación más allá de la satisfacción de sus impulsos. Pero no acaba ahí la cosa: al otro lado, tenemos personas asumiendo obligaciones ajenas – normalmente en el ámbito laboral – que le llueven sin vislumbrar el ahogamiento que están a punto de sufrir. Os recomiendo echar un vistazo a la obra de Byung-Chul Han, y como habla sobre la autoexplotación a la que nos autosometemos. En realidad, en ambos casos, estamos hablando de cómo las pulsiones internas desvían el fiel de la brújula hacia latitudes erróneas.

            Pero me gustaría avanzar un poco más allá del planteamiento sobre la capacidad de discriminar, según nuestro propio raciocinio, cuáles son las obligaciones que tenemos en una sociedad como la nuestra. En realidad, las obligaciones – y también los derechos, pero de forma distinta – hacen referencia al otro, a las demás personas, a los ciudadanos con los que convivimos, y esto parece en muchas circunstancias olvidado. Por un lado, verdad de Perogrullo, tenemos las obligaciones derivadas del ordenamiento jurídico sobre las cuales evidentemente no voy a extenderme. Son interesantes, por otro lado, las obligaciones éticas o morales, las que devienen de una conciencia cuyo contenido lleva estando en el debate desde la antigüedad, y en todas las civilizaciones. Esto le otorga, al debate, una universalidad que no tiene por qué atribuirle un carácter cierto, pero sí legitima la duda. Cuál es el correcto actuar del ser humano, tanto en el ámbito privado como en el público. Ambos criterios, legal y ético, nos deberían servir para determinar si estamos en una sociedad adulta. Utilizar sólo los criterios jurídicos significaría reducir al ser humano y la sociedad en la que vive a un mero contrato que elimina de un plumazo la existencia de un orden moral superior a una civilización concreta.

            Si asumimos – no hay por qué hacerlo – que este orden moral existe más allá de los códigos jurídicos, abriríamos la puerta a criterios de conducta que hoy muchos dicen echar de menos. En los demás. Estas obligaciones morales deben ser asumidas en primera persona, pero un criterio meramente utilitarista nos lleva a la inacción conformista de no hacer nada hasta que el resto se mueva. Sumidos en esta inacción moral, afirmar que vivimos de una sociedad verdaderamente adulta quizá debería ser puesto en entredicho. En realidad, yo no tengo la respuesta, pero veo que, por ese mismo criterio utilitarista, este tipo de cuestiones teleológicas y filosóficas son cuestiones que la sociedad ha aparcado siempre por aburridas, inservibles, y, sobre todo hoy en día, por ser económicamente ineficientes.

 

Alberto Martínez Urueña 05-02-2026

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