martes, 21 de octubre de 2025

El fenómeno fan

             Siempre he rehuido del fenómeno fan: me parece absolutamente ridículo endiosar a una persona porque sea muy capaz en algún aspecto técnico o artístico de la vida. Porque sea capaz de entresacar las emociones más potentes que con el arte se pueden lograr. No te digo ya cuando, en lugar de arte, hablamos de entretenimiento, o productos específicamente pensados para gustar a un grupo objetivo. Hay un gran debate soterrado en redes sociales – y por suerte también en conversaciones entre personas reales – sobre cuál es el verdadero sentido del arte, sobre su verdadera esencia. No es tanto, desde mi punto de vista, el contenido de la obra; antes bien, depende de factores subjetivos sobre los que pocos podremos realizar afirmaciones taxativas. En realidad, siempre desde mi punto de vista, el arte tiene que requerir una serie de características para separarse del simple producto hecho para su consumo de masas.

            Primero, no puede haberse concebido, ya desde su génesis, como algo creado para gustar a cuanta más gente mejor; o, dicho de otra manera, para maximizar las ventas. Eso, que es perfectamente legítimo en el mundo de la economía y de la teoría de la utilidad, no es arte. El arte exige de una labor del introspección profunda, consciente o inconsciente, por parte del artista; un ejercicio de atravesar las apariencias y la superficie para entresacar la parte compleja y completa de su propio ser, con todas sus capas y sus incoherencias – nunca os olvidéis de que el ser humano es incoherente por definición, y está bien que así sea –.

            Además, el arte puede tener la vocación de ser transmitido de alguna forma, pero no de cualquier forma: el soporte es igual de importante que la intención con que se expresa. Y no exijo que sea especialmente elaborado, churrigueresco o alambicado. Sin duda, debe presentar un formato que sea coherente con el contexto en el que se ha creado: que los escritores del siglo veintiuno escribiesen como los del siglo de oro sería ridículo y anacrónico. Sin embargo, actualizar los cánones conforme a los cuales la expresión artística surge y se expresa no significa desposeerla por completo de su riqueza de matices y detalles. Son esos matices y detalles los que convierten un simple discurso deslavazado, incoherente e inconexo en un texto trabajado y capacitado para llegar al lector y entresacarle de las tripas las emociones que el artista intentó transmitir.

            Esto me ha venido a la cabeza por un par de noticias: el colapso en el centro de Madrid por la publicación del último trabajo de Rosalía y la entrada en prisión de Zarkosy. Con respecto a la primera, no miento si os digo que no es un tipo de música que a mí me guste, pero hago caso a personas que de esto saben más que yo y afirman que tiene más capas, complejidad y desarrollo de lo que en un principio parece. ¿Eso justifica correr detrás de ella por el centro de Madrid, gritándola y llorando por obtener una mirada suya? La segunda noticia, la de Zarkosy, nos lleva de nuevo a esas imágenes de personajes notorios a los que se mete en prisión, o se condena por cualquier delito. En sus comparecencias públicas, ya sea saliendo del juzgado con la etiqueta de culpable, ya sea entrando en prisión, son rodeados de afines que claman por su inocencia o incluso justifican su delito; no porque el delito sea justificable, sino porque consideran más importante la intocabilidad del sujeto admirado.

            Considerando estos casos y otros muchos parecidos, y uniéndolos con la corriente social y económica que nos envuelve a todos y a toda nuestra idiosincrasia, forma de pensar y de guiarnos, todos ellos son reflejo de una realidad más amplia. ¿Cuántas veces en los últimos días habéis recibido el mensaje de que la cosa está muy mala; cuántas, que el mundo – al menos el occidental – se va a la mierda; y cuántas, que la culpa es de tal o cual ajeno, pero nunca de los propios? Los propios, para muchos, son famosos que no hacen por nuestra sociedad más que divertirnos con productos pensados para gustarnos, como la más vulgar de las drogas; los propios, para otros muchos, son los que les lideraron, pero que han sido pillados en comportamientos inmorales o incluso delictivos.

            Los referentes que admiramos, ya sean personas o cosas, hablan de nosotros mismos. No de la sociedad, sino de cada uno. Aunque la sociedad sea la suma de un montón de decisiones tomadas al unísono, a mí me interesa el individuo; sobre todo, cuando es capaz de definirse más allá de lo que le han dicho que debe ser. Que la sociedad en la que vivimos pueda estar en decadencia – ese sería otro debate, quizá sólo es una evolución a otra cosa diferente – viene determinado por las valoraciones y ponderaciones que hacen las personas de las cosas que tienen a su alrededor, de la contraposición de derechos y obligaciones propias, pero también de la ponderación que hacemos de los derechos entre sí, y también de los deseos.

            En una sociedad narcisista como la que ha creado este sistema socioeconómico en el que vivimos, no podemos sorprendernos porque los valores que echamos de menos para guiarnos parezcan desaparecidos. Yo estudié economía y, sin considerarme un experto, recuerdo la teoría sobre la utilidad del consumidor individual, y me parece una absoluta maravilla. Indica que las personas elegimos aquello que más valoramos y, sin ánimo de parecer estúpido diciendo obviedades, hay que entender que es esto es una genialidad porque habla de las ponderaciones que hacemos entre los productos que consumimos: qué valoramos más, qué valoramos menos y qué aborrecemos. El problema de la sociedad actual no es la falta de valores en sí misma; en realidad, es un problema de ponderación. Por desgracia para nosotros, los hechos empíricos indican que, de manera agregada, valoramos en gran medida dos cosas: la satisfacción inmediata de nuestras pulsiones y la comodidad que nos permite ahorrar esfuerzos. Y de manera individual, también por desgracia, valoramos mucho menos, de manera agregada, mantener nuestros valores más allá de los resultados de mantenernos firmes.

 

Alberto Martínez Urueña 21-10-2025

miércoles, 8 de octubre de 2025

Buenos y malos

 

            Una de las ventajas, no ya de ganar una guerra, que por supuesto, sino de tener el poder económico y, por tanto, los poderes mediático y bélico, es que puedes decidir quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Esto está bien, porque la frase de que en la guerra no hay buenos ni malos me parece una falta de respeto, por ejemplo, a la resistencia francesa durante la segunda guerra mundial. Me parecería una falta de respeto incluso en situaciones de revueltas callejeras o movimientos de desobediencia civil como las protestas de Rosa Park o Martin Luther King, Jr. Ya sé que hay que ser muy respetuoso con las leyes; por suerte, en nuestro pasado, surgieron líderes que decidieron desobedecerlas: sin ellos, seguiríamos trabajando los siete días de la semana y las mujeres seguirían sin derecho de voto.

            Ser de los buenos, cuando hablamos de guerra, te permite fijar el contexto y determinar qué hechos o circunstancias condicionaron el inicio de las hostilidades, magnificando tu derecho al uso de una determinada violencia y minimizando las razones de tu oponente. Llegado el momento, puedes generar normativa para reprimirlo o silenciarlo; incluso, puedes generar movimientos educativos y culturales en los que se introduzca la superioridad de tu grupo, ya sea superioridad moral, de raza, de género, etcétera, y silenciar al “enemigo” se convierta en un imperativo ético.

            El conflicto que persiste en Oriente Próximo desde el siglo XIX – como poco – nos ha obligado a tomar posición, ya sea en términos de bandos, lógicas, motivos históricos, de raza, de religión… Es complicado no caer en un grupo o en otro y adquirir posiciones monolíticas. El problema de la clasificación en conjuntos estancos es que sólo se puede estar en uno de los recipientes, no hay posibilidad de medidas equidistantes. En todo caso, no estoy escribiendo esto para tratar de mover la opinión de ninguno de vosotros.

            Me preocupa más cómo se instalan en el ideario de cada persona la idea del odio y el deseo de venganza. Cómo se legitima el derecho de unos a utilizar incluso la violencia más brutal para agredir al otro que, según esa posición monolítica, es responsable de todos los males y causante del conflicto.

            Vivimos rodeados de mensajes publicitarios de todo tipo. Tenemos los mensajes publicitarios que pretenden vendernos una larga ristra de productos, y hoy no voy a entrar en cómo manipulan nuestros deseos, transformándolos en necesidades. Tenemos también los mensajes publicitarios que pretenden vendernos una historia, un relato, que trata de explicar la realidad según unos parámetros que se ajusten a nuestra propia concepción de la realidad para justificárnosla. Pagamos por legitimar nuestra visión del mundo. Como contraprestación, no pagamos – al menos directamente – un precio monetario, sino que lo hacemos con una adhesión a quien nos proporciona esa legitimación. Pero no sólo es eso: con esa historia también tratan de reiniciar y recablear de manera diferente nuestra percepción de la realidad, introduciendo en nuestra psique, no una realidad, porque esta es inmutable, sino una visión de la realidad determinada. La situación actual en occidente, mostrada en caída libre tanto en aspectos económicos como éticos, no es una visión de realidad correcta; al menos desde mi punto de vista. La visión actual en determinados conflictos bélicos que hoy en día copan todas las portadas quizá no sea tan simple como nos pretenden hacer ver.

            A mí no me han interesado nunca esa clase de bandos. Ni israelíes ni gazatíes. Ni rusos ni ucranianos. Creo que hemos de ver personas individuales, no cifras, aunque ofrezcan la medida de una tragedia; pero, si tengo que elegir bando, sería el de quien está entre las balas que disparan unos y los misiles que disparan los otros. Yo soy de ese bando, el de la gente que no quiere odiar ni vengarse. Si un mensaje publicitario me inocula una mínima ración de odio hacia alguien que no conozco, lo deshecho. Soy del bando de quien no quiere acudir a una guerra a matar a alguien que no conoce de nada y que sólo quiere vivir tranquilo con lo necesario para que esa vida reúna unas condiciones de dignidad cuanto más amplias mejor.

            Hay mucha información a mi alrededor hablando de peligros que llegan de gente anónima y de quien debo defenderme y atacar antes de que me ataquen. No soy ningún buenista, sé que existen los riesgos, como cuando volvía andando yo solo a casa de madrugada, pero creo que hay una corriente que me impele a desconfiar por sistema, y más si el color de piel es distinto, o el idioma suena a eslavo, o el aspecto es de pobre. Y creo que me quieren dentro de uno de los dos bandos, el de los buenos o el de los malos. Por supuesto que hay bandos de los buenos y bandos de los malos; sin embargo, me permito dos cosas. En primer lugar, establecer yo mismo los parámetros y huir de generalizaciones que no resisten un análisis mínimamente profundo. Y en segundo lugar, no despersonalizar a los que se encuentran en el contrario para legitimar su represión, su desaparición o incluso su exterminio.

 

Alberto Martínez Urueña 08-10-2025

jueves, 27 de febrero de 2025

Entre dos tierras

 

            No es que pretenda plagiar a cierta banda española que hacía una música sensacional, pero el término de estar entre dos tierras es muy apropiado para ejemplificar el terreno en el que nos movemos: entre la teoría y la práctica. En realidad, moverse entre la teoría (lo que creemos que debemos hacer) y la práctica (lo que luego acabamos haciendo) representa la eterna problemática humana. Luchar por un adecuado discernimiento es el eterno intento y la base de toda construcción filosófica ya que gracias a él podemos entender y desentrañar la auténtica estructura de la realidad y de nosotros mismos. Además, nos sirve de guía cuando la duda hace tambalear nuestra determinación. Esto es a nivel personal, pero ¿qué pasa cuando nos vemos inmersos en el nivel social?

            El nivel social, en ciertos aspectos, es el constructo intelectual que nos sirve para ocultar nuestra responsabilidad individual en la formación de la sociedad en que vivimos. Nos oculta. Permite diluir nuestras pequeñas veleidades. ¿Qué relevancia puede tener un pequeño fallo de uno entre millones? La democracia liberal es otro constructo filosófico con unos orígenes muy interesantes: se insertan en el periodo posterior a las monarquías absolutas y como respuesta a ellas. Allí surgieron ideas peregrinas tales como que la legitimidad de las monarquías quizá era poco firme y que los derechos de los monarcas de disponer de las vidas de sus súbditos podían ser cuestionados. El nacimiento del hombre libre que posee el derecho a configurar la propia vida. Podemos hablar de lo que significa la libertad, sin duda. En aquella época del siglo XVII tenía connotaciones diferentes: de lo poco que he leído no hablan de las obligaciones que conlleva. Explícitamente. Implícitamente todos asumían su existencia. De hecho, parece haber un consenso relevante en que, y cito, el significado esencial de liberal no sólo denota ser amante de la libertad y tener conciencia cívica, sino también ser generoso y compasivo. Ser liberal era un ideal, algo a lo que aspirar. H. Rosenblatt. Tiene cierta lógica que, habiendo sufrido una monarquía que despreciaba al vulgo, los valores humanistas tuvieran una relevancia sustancial; sobre todo, siendo una de sus premisas la idea de individuos iguales.

            Como guías, la generosidad y la compasión me parecen dos principios que solventarían muchos de los enfrentamientos humanos. Corremos el riesgo, sin embargo, de centrarnos en otro concepto de individuo más solitario, guiado por el interés materialista y por el hecho económico como medida última de todo, pervirtiendo en gran medida ideas como la original de Adam Smith sobre los mercados, en las que el ser humano tenía en su escala de valores la consideración del resto de seres humanos como alguien a quien tener en cuenta, y no meros objetos que, en el mejor de los casos son obstáculos, y en el peor, rivales o incluso enemigos. Hemos de optar entre la individualidad de cada uno, y la generosidad y la compasión como guías de comportamiento, y el individualismo en donde el otro es un rival compitiendo por recursos escasos y del que podemos desentendernos porque, en realidad, sus desgracias son fruto de sus elecciones libremente adoptadas.

            Entre dos tierras, decía. Entre la teoría y la práctica. En realidad, la teoría es un ejercicio interesante, pero las cuestiones prácticas nos llevan a la realidad. A las consecuencias de aplicar tal o cual teoría. Las democracias liberales basadas en la libertad nos obligan a saber de qué manera se aplica esta libertad, pero, antes, nos obligan a saber de qué hablamos cuando decimos libertad. Las democracias liberales se basan en la elección ejercida por hombres libres; pero, y ésta es una opinión particular, la libertad se ha de basar un conocimiento mínimo y cierto de lo que estás eligiendo. Para ello hacen falta dos premisas: primera, debe haber suficiente información; segunda, la voluntad no puede haber sido condicionada. ¿Hoy se cumplen estas dos condiciones?

            Pero voy más allá. ¿Qué ocurre en una sociedad en la que ciudadanos libres e iguales eligen, en su uso de la libertad, no obtener la información mínima necesaria para formar sus decisiones? Es una paradoja, como la paradoja de la tolerancia: ¿una sociedad tolerante debe tolerar la intolerancia? Llevada al ejemplo que indico, diríamos: ¿debe permitir una democracia liberal ser condicionada por individuos que no quieren ejercer la libertad?

            Con respecto a la segunda premisa, ¿qué hacemos con los intentos de manipulación? Nos enfrentamos a formas cada vez más sofisticadas en este campo, formas que escapan a nuestro control y que resultan muy complicadas de evitar. Ya hemos tenido ejemplos suficientes y declaraciones espantadas de quienes crearon esas herramientas y de las que ahora se apartan. ¿Son suficientes como para condicionar la voluntad social y por tanto la libertad de los individuos que la forman o exageramos al decir que la presión sea tanta como para considerar que la voluntad ha sido pervertida?

            Escribo este texto en una situación en que los relatos alternativos son la norma y la lucha por la supremacía del propio es evidente. La existencia de interpretaciones opuestas para hechos objetivos, penetrando en las supuestas intenciones, tales como que la UE fue creada para joder a EEUU (palabras de Trump), son diarias. ¿Pueden subsistir las democracias liberales en el orden mundial que llega si los ciudadanos no ejercen la libertad de una manera responsable? Hay una deconstrucción de décadas del único parapeto tras el que protegerse de esto: tener suficiente conocimiento de la teoría de cómo se supone que ha de ser un ser humano verdaderamente liberal que pueda sobreponerse a sus emociones más básicas para poder actuar, en la práctica, de la manera correcta. La primacía de una supuesta irresistibilidad del deseo unida a la capacidad de diluir nuestras pequeñas veleidades, filtradas además bajo el criterio último marcado por el hecho económico ha convertido los criterios del liberalismo en secundarios, supeditados al capricho y a la cartera.

            Todavía estamos a tiempo.

 

Alberto Martínez Urueña 27-02-2025

martes, 4 de febrero de 2025

Vivienda. Parte 2

            Son dos las noticias que me traen a esta columna para hablar de vivienda, nuevamente. La primera de ellas, una encuesta en la que casi la mitad de los ciudadanos plantea que el número máximo de viviendas por persona debiera ser de una o dos casas y cincuenta y siete por ciento cree que el límite debería llegar a hasta cinco. La otra noticia señala un crecimiento el precio del dieciocho por ciento en mi ciudad, Valladolid, durante el último año.

            La primera de las noticias es muy controvertida. Prohibir la compra de viviendas, o de cualquier otro producto, son medidas que suelen ofrecer un resultado desastroso. No hablo de mi opinión, hablo de historia de la economía, hablo de sistemas que, durante los dos últimos siglos pretendieron controlar determinados mercados de esta manera y que acabaron reventándose por las costuras sociales. Esto es tan así, que hasta el paradigma del intervencionismo a nivel mundial, China, ha ido avanzando en la dirección contraria. Otra cuestión es que podamos utilizar la política fiscal para introducir externalidades positivas o negativas que condicionen las decisiones de los consumidores. Los llamados incentivos. Podemos establecer tipos de gravamen progresivos en función del número de viviendas en propiedad, dejando casi exenta en el IBI a la vivienda habitual y quizá una segunda vivienda, pero ir incrementando el porcentaje en función del número de propiedades inmobiliarias de la unidad familiar. Con los ingresos derivados de esa medida, se podrían introducir medidas de ayudas directas a las familias con rentas bajas o intervenir directamente en el mercado mediante la promoción de viviendas de titularidad pública o de protección oficial que nunca perdieran esa condición, para adquisición o arrendamiento.

            De esa misma noticia, rechazaría las medidas de carácter impositivo o de fijación de precios por un motivo muy sencillo: las rebajas impositivas irían al margen de beneficio del arrendador y las subidas irían a pagos en dinero negro. Admitiendo matices, creo que los impuestos indirectos deben ser estables y que la progresividad del sistema se debe introducir a través de la imposición directa. En vivienda, y en todo.

            En todo caso, la noticia, con esos porcentajes de población favorables la prohibición de compra de vivienda, no creo que indiquen otra cosa más que el hartazgo de una gran masa social. De hecho, en la encuesta se indica que uno de cada cuatro españoles no se fía de ningún partido para gestionar la vivienda. Por algo será.

            La segunda noticia me parece que refleja el principal problema que perturba el mercado de la vivienda: se trata de dos mercados con un único producto; es decir, un mercado segmentado. Me explico: un mercado de primera necesidad y un mercado de inversión. Al no existir frontera entre ambos, las rentabilidades, o lo que es lo mismo, los incrementos de los precios afectan por igual a ambos nichos. Un mercado de inversión se mueve en función de las rentabilidades esperadas; un mercado de un bien de primera necesidad no debería obedecer a tales criterios. No creo que a nadie le parezca buena idea restringir el acceso al agua potable y que únicamente puedan beber aquellos que logren pagar el precio de mercado de equilibrio.

            Los mercados, tanto los oligopolios como los de competencia perfecta, funcionan según las leyes de la oferta y la demanda; pero, ojo, al estar conectados los mercados, el de primera necesidad y el de inversión, el precio de equilibrio es único, y será más alto que si funcionase solo el de primera necesidad. Precisamente por la demanda creciente. Lo cual significa que, automáticamente, se expulsa del mercado de primera necesidad a quienes no pueden pagar el precio del mercado de inversión.

            Por otro lado, se argumenta, falsamente, que la solución es aumentar la oferta, pero en el mercado de la vivienda esto no se puede aplicar directamente: para que las leyes de mercado funcionen necesitamos transaccionar con bienes HOMOGENEOS. Estaremos de acuerdo que una vivienda junto a la catedral de Sevilla no es un producto equiparable a una vivienda, por poner un ejemplo, en el barrio de las tres mil viviendas. La segunda noticia ejemplifica esta cuestión. Un dieciocho por ciento de subida de precios en Valladolid. Eso habla de un desajuste tremendo entre la oferta y la demanda. ¿Qué demanda hay en Valladolid? Su crecimiento demográfico, durante las últimas tres décadas, treinta años, ha sido negativo. Hay menos gente. ¿Quién demanda pisos en Valladolid? Desde luego, no los demandan quienes los necesitan para vivir en ellos. ¿Qué explica que la zona urbana de Valladolid ocupe un área geográfica mucho más grande que hace treinta años? El incremento demográfico no, desde luego.

            Yo no sé si los políticos pueden o deben gestionar esto, pero sí que tengo claro que somos los ciudadanos quienes debemos exigírselo. Tengo claro quiénes ganan con este statu quo y tengo claro quiénes pierden. A estos, les interesa cambiarlo.

 

Alberto Martínez Urueña 04-02-2025

lunes, 13 de enero de 2025

Vivienda

            Hoy, escuchando la radio, me ha llegado una noticia sobre modelos económicos contrapuestos y casi me echo a llorar. Os lo digo sin ningún tipo de rubor, me he emocionado. Como bien sabéis – los que me seguís – llevo bastantes meses sin escribir semanalmente este pequeño texto que siempre ha versado sobre temas de actualidad. Dejé de hacerlo porque la actualidad de hoy en día da asco. No pasa por un sano ejercicio de dialéctica y retórica, sino por todo lo contrario: una reducción de la profundidad de análisis que permita simplificar el mensaje de tal manera que sólo quepa una postura favorable o contraria a un postulado de por sí estúpido. Y yo no gasto mi tiempo en estupideces, ni en debatir con mentes brumosas postulados construidos para engañar a una sociedad ya de por sí estupidizada.

            ¿Qué ha sucedido? Que por mucho que se han empeñado desde el Congreso para que la masa social se quede con su circo, ha llegado un momento en que uno de los problemas – problemones – que tenemos en nuestra sociedad amenaza con romperles las costuras. A saber, el tema de la vivienda. Entiendo que la mayoría de la sociedad no está en estas cuestiones, pero cuando te dicen que el nivel de precios de la vivienda ya está como en dos mil ocho y que la tasa de crecimiento del precio supera el ocho por ciento interanual, la cosa cambia. No voy a entrar en lo que dicen los partidos políticos: los medios de comunicación pueden alimentar vuestra curiosidad mucho más de lo que yo consiga. Pero dejaré un par de consideraciones.

            Vivimos en un lugar del planeta en donde se entiende que las personas, por el hecho de serlo, se merecen un respeto, y que desde la tribuna pública no se les escupa en la cara. Las políticas económicas de calado son tremendamente complejas tanto en su planificación como en su instrumentación práctica, de eso no cabe duda; sin embargo, la fijación social de prioridades es bastante sencilla con ciertos temas. Precisamente por el respeto que se merecen las personas – nos merecemos –, y por la dignidad intrínseca derivada de nuestra existencia, hay dos o tres cosas sobre las que no deberíamos regatear. O, al menos, la inmensa mayoría de nosotros. Puedo entender perfectamente ciertos intereses particulares, pero no tengo por qué defenderlos, ya lo hacen solos. Con gran eficacia. Y es ideológico tanto una postura como otra. Es una cuestión de prioridades. Y esas prioridades vienen marcadas por el cuarteto básico de un sistema social que merezca la pena: sanidad, educación, pensiones y vivienda.

            No creo que haya nadie que no esté de acuerdo con estas premisas, pero lo importante es ponerse de acuerdo en cómo conseguir que lleguen a todos los ciudadanos. Y que lleguen, por favor, en las mismísimas condiciones de calidad con independencia del estrato social del que se venga. Voy a decir más: con independencia de lo vago, aprovechado y negligente que sea el individuo. Pensaréis que ya estoy con mis historias de rojo, y que vosotros no estáis para sufragar los gastos de esa gente. Pero, ¿cuál es la cuestión fundamental que subyace a mi propuesta? No es un buenismo bobalicón, es que me gusta la estabilidad social. Que la tengo en gran estima, y hace tiempo que la sociología demostró que la generalización de la desprotección social genera capas de pobreza y éstas, a su vez, problemas sociales.

            Pero estoy dispuesto a admitir, aunque sea por ejercicio intelectual, que los vagos y maleantes no tengan derecho de acceso a esos cuatro pilares. Tendremos que admitir, entonces, que cualquier persona con trabajo debería poder hacerlo, más allá de sus características personales o profesionales. Y aquí es donde empezamos a tener problemas. Los cuatro pilares fundamentales han de ser garantizados en igualdad de condiciones, pero esto no es así en realidad. ¿Por qué? Porque admitimos premisas que ponderan el acceso a ellos. Admitimos variables que lo obstaculizan. Admitimos variables que incluso lo impiden. Ponemos a su mismo nivel otras consideraciones que, sin ser fundamentales para la dignidad humana, la restan. Las políticas públicas deben ser ponderadas unas con otras: por ejemplo, invertir más en investigación o en infraestructuras; en alta velocidad ferroviaria o el transporte de mercancías. Pero estas inversiones pertenecen a un escalón inferior de la elección social: en el primero deben estar los cuatro pilares porque son sobre los que se construye una sociedad justa. Y no digo igualitaria ni equitativa, digo justa, en la que la dignidad de cualquier individuo no pueda ser degradada y, por tanto, su propietario, arrojado a una clase de ser humano inferior al resto.

            ¿El libre mercado es la herramienta adecuada para esos cuatro pilares? ¿La colaboración público-privada? ¿El intervencionismo puro y duro? Sólo sé que cuando tu hijo necesita acceder a alguno de ellos y tu sueldo no te llega, la mirada se dirige a donde se dirige y, cuando no hay respuesta, la sociedad se convierte en una jungla. Yo no quiero una sociedad de ese tipo, quiero una sociedad en la que los aspectos básicos de la dignidad humana estén cubiertos. Y las soluciones propuestas hasta ahora, dos mil veinticinco, nos están dejando, desde hace tres décadas, en la estacada.

 

Alberto Martínez Urueña 13-01-2025

 

PD: por supuesto que tengo mi idea de cómo debería hacerse, pero esta columna tiene la extensión que tiene; quizá para la próxima.