Cuando van
llegando las navidades, fiesta que por otro lado, no sorprendo a nadie, no me
gusta un pelo, reconozco que me da por recordar, por caer en la nostalgia.
Conservo, o más bien he recuperado, las ganas de jugar con la vida, de mirar a
las cosas como si fueran nuevas. De echar un ojo por la ventana y atravesar la
opacidad de la rutina para caer en la cuenta de que el viento invernal agita
las hojas moribundas de los árboles para permitirles echar nuevas en la próxima
primavera. La vida se repite una y otra vez, es puro cambio, tal y como decía
Heráclito, y como dicen también muchos de los saberes ancestrales orientales.
Interesante debate el que se tenía el griego con otro coetáneo llamado
Parménides, que argumentaba con igual persistencia y de forma consistente que
sólo existía un ser único, estático, eterno e inmutable, y lo que lo del cambio
era sólo un espejismo. Una rayada monumental.
Pasaba lo mismo
con dios, y teníamos a Santo Tomás convencido de su existencia demostrable a través de las cinco vías,
no desde una comprensión directa de su esencia infinita, sino a partir de la
observación del mundo finito y sus efectos. Una especie de deducción lógica inevitable.
Por otro lado, teníamos a Feuerbach, para quien dios sólo era una vulgar proyección
del ser humano, o a Nietzsche, quien consideraba a dios y su existencia simplemente
irrelevantes. La filosofía que tuve la suerte de estudiar en los años noventa
me enseñó que las herramientas de la lógica eran tremendamente inútiles en lo
práctico, pero fundamentales para el ser humano. Sólo a través de ellas
conseguimos llegar a ciertas conclusiones que nos sirven para entender nuestro
papel en el mundo y para tener y poder aplicar nuestros principios a las
acciones que llevamos a cabo. Por desgracia para las generaciones que me han
sucedido, los planes de estudio y quienes los elaboran, han decidido que es más
necesaria la enseñanza técnica de las ciencias puras por fiables y prácticas. Y
sobre todo por rentables. Más útiles en este mundo económico y mecánico que
alguien dijo que traería la felicidad, cuando en realidad nos ha traído el
aumento exponencial en el consumo de ansiolíticos y el nuevo ascenso de los
totalitarismos. Un mundo en el que ya no necesitamos pensar, no necesitamos
filosofar; ¿para qué si podemos engancharnos al medio de comunicación que nos
da lo que buscamos?: argumentos simplones y adrenalina en formato reel y
scrolling infinitos creados por personajes que nos han dicho por activa
y por pasiva que quieren aprovecharse de nosotros las veinticuatro horas del
día. Quieren violarnos la mente de forma cruda y bizarra y vendérsela al mejor
postor para que obtengan con ella buenas rentabilidades. Y hemos dicho sí. El
término libertad, sobre el que podremos debatir en próximas entregas, ha mutado
a un estado insólito en el que nos sabemos profundamente profanados por cada
uno de nuestros orificios sensitivos, pero hemos afirmado con alegría enajenada
que lo aceptamos libremente.
Curiosamente, vivimos en la primera sociedad en donde
escapar de las verdades axiomáticas que toda cultura posee es viable. Muchos
pensadores a lo largo de los siglos anhelaron ese momento en que el ser humano
pudiera elegir realmente su destino más allá de las doctrinas del poder real y
del eclesiástico, ferreas cadenas que la historía impuso. Ahora podríamos
hacerlo. De hecho, nuestra soberbia occidental mira al resto del globo con una
superioridad moral evidente con respecto a otras culturas que asumen el yugo de
postulados o de dictadores que les perjudican. Hoy en día en occidente,
pudiendo huir de ellos, les abrazamos estúpidamente y les entregamos esa
capacidad dialéctica que los filosofos como Heráclito, Santo Tomás o Nietzsche
demostraron tener, y que por lo tanto todo ser humano posee en potencia.
Creo que la filosofía es fundamental en el mundo en que
vivimos porque estamos ávidos – siempre lo hemos estado – de saber por qué
hacemos las cosas y hacia dónde nos dirigimos. Cuando caemos en el nihilismo
del piloto automático se nos encienden las alarmas porque el mundo colapsa. Hasta
hace no mucho tiempo, la única preocupación de la gran masa occidental era
sobrevivir día a día; y no había el tiempo y el espacio necesarios, salvo para
aquellos pocos, para filosofar. Hoy en día, con las necesidades más o menos
cubiertas – aunque en los últimos tiempos esto nos lo quieran poner en tela de
juicio – brotan de manera casi espontanea las otras necesidades y, ojo, incluso
no querer filosofar es una filosofía de vida. No obstante, existiendo esa
necesidad y la posibilidad de escapar de los axiomas predeterminados, la
tendencia, por simple comodidad, es caer en el piloto automático; sin embargo, el
piloto automático no es nada. Más bien, es el vacío existencial que destroza la
vida desde dentro, como una gangrena. Te convierte en un ser al que le han
robado la conciencia propia. Por eso lo de la epidemia de los ansiolíticos y
los antidepresivos.
Cuando dejamos que sean otros los que nos hagan las
deducciones, quizá las convierten en inducciones; es decir, ellos nos eligen la
conclusión adecuada – el modo de vida que hemos de asumir o las sentencias judiciales
que hemos de aceptar –, y después nos dan el aparato lógico que necesitamos
para aceptarlo como cierto, despreciando así cualquier otra posibilidad que
habríamos deducir nosotros mismos de haber analizado con la conciencia propia
la realidad que observamos. Hoy en día, la auténtica rebeldía sigue siendo la
de todos los siglos: observar el mundo que nos rodea y utilizar una capacidad
de raciocinio bien entrenada para aplicar la lógica adecuada. Y siempre, desde
una óptica lo más humana y amplia posible.
Alberto
Martínez Urueña 11-12-2025
