jueves, 27 de febrero de 2025

Entre dos tierras

 

            No es que pretenda plagiar a cierta banda española que hacía una música sensacional, pero el término de estar entre dos tierras es muy apropiado para ejemplificar el terreno en el que nos movemos: entre la teoría y la práctica. En realidad, moverse entre la teoría (lo que creemos que debemos hacer) y la práctica (lo que luego acabamos haciendo) representa la eterna problemática humana. Luchar por un adecuado discernimiento es el eterno intento y la base de toda construcción filosófica ya que gracias a él podemos entender y desentrañar la auténtica estructura de la realidad y de nosotros mismos. Además, nos sirve de guía cuando la duda hace tambalear nuestra determinación. Esto es a nivel personal, pero ¿qué pasa cuando nos vemos inmersos en el nivel social?

            El nivel social, en ciertos aspectos, es el constructo intelectual que nos sirve para ocultar nuestra responsabilidad individual en la formación de la sociedad en que vivimos. Nos oculta. Permite diluir nuestras pequeñas veleidades. ¿Qué relevancia puede tener un pequeño fallo de uno entre millones? La democracia liberal es otro constructo filosófico con unos orígenes muy interesantes: se insertan en el periodo posterior a las monarquías absolutas y como respuesta a ellas. Allí surgieron ideas peregrinas tales como que la legitimidad de las monarquías quizá era poco firme y que los derechos de los monarcas de disponer de las vidas de sus súbditos podían ser cuestionados. El nacimiento del hombre libre que posee el derecho a configurar la propia vida. Podemos hablar de lo que significa la libertad, sin duda. En aquella época del siglo XVII tenía connotaciones diferentes: de lo poco que he leído no hablan de las obligaciones que conlleva. Explícitamente. Implícitamente todos asumían su existencia. De hecho, parece haber un consenso relevante en que, y cito, el significado esencial de liberal no sólo denota ser amante de la libertad y tener conciencia cívica, sino también ser generoso y compasivo. Ser liberal era un ideal, algo a lo que aspirar. H. Rosenblatt. Tiene cierta lógica que, habiendo sufrido una monarquía que despreciaba al vulgo, los valores humanistas tuvieran una relevancia sustancial; sobre todo, siendo una de sus premisas la idea de individuos iguales.

            Como guías, la generosidad y la compasión me parecen dos principios que solventarían muchos de los enfrentamientos humanos. Corremos el riesgo, sin embargo, de centrarnos en otro concepto de individuo más solitario, guiado por el interés materialista y por el hecho económico como medida última de todo, pervirtiendo en gran medida ideas como la original de Adam Smith sobre los mercados, en las que el ser humano tenía en su escala de valores la consideración del resto de seres humanos como alguien a quien tener en cuenta, y no meros objetos que, en el mejor de los casos son obstáculos, y en el peor, rivales o incluso enemigos. Hemos de optar entre la individualidad de cada uno, y la generosidad y la compasión como guías de comportamiento, y el individualismo en donde el otro es un rival compitiendo por recursos escasos y del que podemos desentendernos porque, en realidad, sus desgracias son fruto de sus elecciones libremente adoptadas.

            Entre dos tierras, decía. Entre la teoría y la práctica. En realidad, la teoría es un ejercicio interesante, pero las cuestiones prácticas nos llevan a la realidad. A las consecuencias de aplicar tal o cual teoría. Las democracias liberales basadas en la libertad nos obligan a saber de qué manera se aplica esta libertad, pero, antes, nos obligan a saber de qué hablamos cuando decimos libertad. Las democracias liberales se basan en la elección ejercida por hombres libres; pero, y ésta es una opinión particular, la libertad se ha de basar un conocimiento mínimo y cierto de lo que estás eligiendo. Para ello hacen falta dos premisas: primera, debe haber suficiente información; segunda, la voluntad no puede haber sido condicionada. ¿Hoy se cumplen estas dos condiciones?

            Pero voy más allá. ¿Qué ocurre en una sociedad en la que ciudadanos libres e iguales eligen, en su uso de la libertad, no obtener la información mínima necesaria para formar sus decisiones? Es una paradoja, como la paradoja de la tolerancia: ¿una sociedad tolerante debe tolerar la intolerancia? Llevada al ejemplo que indico, diríamos: ¿debe permitir una democracia liberal ser condicionada por individuos que no quieren ejercer la libertad?

            Con respecto a la segunda premisa, ¿qué hacemos con los intentos de manipulación? Nos enfrentamos a formas cada vez más sofisticadas en este campo, formas que escapan a nuestro control y que resultan muy complicadas de evitar. Ya hemos tenido ejemplos suficientes y declaraciones espantadas de quienes crearon esas herramientas y de las que ahora se apartan. ¿Son suficientes como para condicionar la voluntad social y por tanto la libertad de los individuos que la forman o exageramos al decir que la presión sea tanta como para considerar que la voluntad ha sido pervertida?

            Escribo este texto en una situación en que los relatos alternativos son la norma y la lucha por la supremacía del propio es evidente. La existencia de interpretaciones opuestas para hechos objetivos, penetrando en las supuestas intenciones, tales como que la UE fue creada para joder a EEUU (palabras de Trump), son diarias. ¿Pueden subsistir las democracias liberales en el orden mundial que llega si los ciudadanos no ejercen la libertad de una manera responsable? Hay una deconstrucción de décadas del único parapeto tras el que protegerse de esto: tener suficiente conocimiento de la teoría de cómo se supone que ha de ser un ser humano verdaderamente liberal que pueda sobreponerse a sus emociones más básicas para poder actuar, en la práctica, de la manera correcta. La primacía de una supuesta irresistibilidad del deseo unida a la capacidad de diluir nuestras pequeñas veleidades, filtradas además bajo el criterio último marcado por el hecho económico ha convertido los criterios del liberalismo en secundarios, supeditados al capricho y a la cartera.

            Todavía estamos a tiempo.

 

Alberto Martínez Urueña 27-02-2025

martes, 4 de febrero de 2025

Vivienda. Parte 2

            Son dos las noticias que me traen a esta columna para hablar de vivienda, nuevamente. La primera de ellas, una encuesta en la que casi la mitad de los ciudadanos plantea que el número máximo de viviendas por persona debiera ser de una o dos casas y cincuenta y siete por ciento cree que el límite debería llegar a hasta cinco. La otra noticia señala un crecimiento el precio del dieciocho por ciento en mi ciudad, Valladolid, durante el último año.

            La primera de las noticias es muy controvertida. Prohibir la compra de viviendas, o de cualquier otro producto, son medidas que suelen ofrecer un resultado desastroso. No hablo de mi opinión, hablo de historia de la economía, hablo de sistemas que, durante los dos últimos siglos pretendieron controlar determinados mercados de esta manera y que acabaron reventándose por las costuras sociales. Esto es tan así, que hasta el paradigma del intervencionismo a nivel mundial, China, ha ido avanzando en la dirección contraria. Otra cuestión es que podamos utilizar la política fiscal para introducir externalidades positivas o negativas que condicionen las decisiones de los consumidores. Los llamados incentivos. Podemos establecer tipos de gravamen progresivos en función del número de viviendas en propiedad, dejando casi exenta en el IBI a la vivienda habitual y quizá una segunda vivienda, pero ir incrementando el porcentaje en función del número de propiedades inmobiliarias de la unidad familiar. Con los ingresos derivados de esa medida, se podrían introducir medidas de ayudas directas a las familias con rentas bajas o intervenir directamente en el mercado mediante la promoción de viviendas de titularidad pública o de protección oficial que nunca perdieran esa condición, para adquisición o arrendamiento.

            De esa misma noticia, rechazaría las medidas de carácter impositivo o de fijación de precios por un motivo muy sencillo: las rebajas impositivas irían al margen de beneficio del arrendador y las subidas irían a pagos en dinero negro. Admitiendo matices, creo que los impuestos indirectos deben ser estables y que la progresividad del sistema se debe introducir a través de la imposición directa. En vivienda, y en todo.

            En todo caso, la noticia, con esos porcentajes de población favorables la prohibición de compra de vivienda, no creo que indiquen otra cosa más que el hartazgo de una gran masa social. De hecho, en la encuesta se indica que uno de cada cuatro españoles no se fía de ningún partido para gestionar la vivienda. Por algo será.

            La segunda noticia me parece que refleja el principal problema que perturba el mercado de la vivienda: se trata de dos mercados con un único producto; es decir, un mercado segmentado. Me explico: un mercado de primera necesidad y un mercado de inversión. Al no existir frontera entre ambos, las rentabilidades, o lo que es lo mismo, los incrementos de los precios afectan por igual a ambos nichos. Un mercado de inversión se mueve en función de las rentabilidades esperadas; un mercado de un bien de primera necesidad no debería obedecer a tales criterios. No creo que a nadie le parezca buena idea restringir el acceso al agua potable y que únicamente puedan beber aquellos que logren pagar el precio de mercado de equilibrio.

            Los mercados, tanto los oligopolios como los de competencia perfecta, funcionan según las leyes de la oferta y la demanda; pero, ojo, al estar conectados los mercados, el de primera necesidad y el de inversión, el precio de equilibrio es único, y será más alto que si funcionase solo el de primera necesidad. Precisamente por la demanda creciente. Lo cual significa que, automáticamente, se expulsa del mercado de primera necesidad a quienes no pueden pagar el precio del mercado de inversión.

            Por otro lado, se argumenta, falsamente, que la solución es aumentar la oferta, pero en el mercado de la vivienda esto no se puede aplicar directamente: para que las leyes de mercado funcionen necesitamos transaccionar con bienes HOMOGENEOS. Estaremos de acuerdo que una vivienda junto a la catedral de Sevilla no es un producto equiparable a una vivienda, por poner un ejemplo, en el barrio de las tres mil viviendas. La segunda noticia ejemplifica esta cuestión. Un dieciocho por ciento de subida de precios en Valladolid. Eso habla de un desajuste tremendo entre la oferta y la demanda. ¿Qué demanda hay en Valladolid? Su crecimiento demográfico, durante las últimas tres décadas, treinta años, ha sido negativo. Hay menos gente. ¿Quién demanda pisos en Valladolid? Desde luego, no los demandan quienes los necesitan para vivir en ellos. ¿Qué explica que la zona urbana de Valladolid ocupe un área geográfica mucho más grande que hace treinta años? El incremento demográfico no, desde luego.

            Yo no sé si los políticos pueden o deben gestionar esto, pero sí que tengo claro que somos los ciudadanos quienes debemos exigírselo. Tengo claro quiénes ganan con este statu quo y tengo claro quiénes pierden. A estos, les interesa cambiarlo.

 

Alberto Martínez Urueña 04-02-2025

lunes, 13 de enero de 2025

Vivienda

            Hoy, escuchando la radio, me ha llegado una noticia sobre modelos económicos contrapuestos y casi me echo a llorar. Os lo digo sin ningún tipo de rubor, me he emocionado. Como bien sabéis – los que me seguís – llevo bastantes meses sin escribir semanalmente este pequeño texto que siempre ha versado sobre temas de actualidad. Dejé de hacerlo porque la actualidad de hoy en día da asco. No pasa por un sano ejercicio de dialéctica y retórica, sino por todo lo contrario: una reducción de la profundidad de análisis que permita simplificar el mensaje de tal manera que sólo quepa una postura favorable o contraria a un postulado de por sí estúpido. Y yo no gasto mi tiempo en estupideces, ni en debatir con mentes brumosas postulados construidos para engañar a una sociedad ya de por sí estupidizada.

            ¿Qué ha sucedido? Que por mucho que se han empeñado desde el Congreso para que la masa social se quede con su circo, ha llegado un momento en que uno de los problemas – problemones – que tenemos en nuestra sociedad amenaza con romperles las costuras. A saber, el tema de la vivienda. Entiendo que la mayoría de la sociedad no está en estas cuestiones, pero cuando te dicen que el nivel de precios de la vivienda ya está como en dos mil ocho y que la tasa de crecimiento del precio supera el ocho por ciento interanual, la cosa cambia. No voy a entrar en lo que dicen los partidos políticos: los medios de comunicación pueden alimentar vuestra curiosidad mucho más de lo que yo consiga. Pero dejaré un par de consideraciones.

            Vivimos en un lugar del planeta en donde se entiende que las personas, por el hecho de serlo, se merecen un respeto, y que desde la tribuna pública no se les escupa en la cara. Las políticas económicas de calado son tremendamente complejas tanto en su planificación como en su instrumentación práctica, de eso no cabe duda; sin embargo, la fijación social de prioridades es bastante sencilla con ciertos temas. Precisamente por el respeto que se merecen las personas – nos merecemos –, y por la dignidad intrínseca derivada de nuestra existencia, hay dos o tres cosas sobre las que no deberíamos regatear. O, al menos, la inmensa mayoría de nosotros. Puedo entender perfectamente ciertos intereses particulares, pero no tengo por qué defenderlos, ya lo hacen solos. Con gran eficacia. Y es ideológico tanto una postura como otra. Es una cuestión de prioridades. Y esas prioridades vienen marcadas por el cuarteto básico de un sistema social que merezca la pena: sanidad, educación, pensiones y vivienda.

            No creo que haya nadie que no esté de acuerdo con estas premisas, pero lo importante es ponerse de acuerdo en cómo conseguir que lleguen a todos los ciudadanos. Y que lleguen, por favor, en las mismísimas condiciones de calidad con independencia del estrato social del que se venga. Voy a decir más: con independencia de lo vago, aprovechado y negligente que sea el individuo. Pensaréis que ya estoy con mis historias de rojo, y que vosotros no estáis para sufragar los gastos de esa gente. Pero, ¿cuál es la cuestión fundamental que subyace a mi propuesta? No es un buenismo bobalicón, es que me gusta la estabilidad social. Que la tengo en gran estima, y hace tiempo que la sociología demostró que la generalización de la desprotección social genera capas de pobreza y éstas, a su vez, problemas sociales.

            Pero estoy dispuesto a admitir, aunque sea por ejercicio intelectual, que los vagos y maleantes no tengan derecho de acceso a esos cuatro pilares. Tendremos que admitir, entonces, que cualquier persona con trabajo debería poder hacerlo, más allá de sus características personales o profesionales. Y aquí es donde empezamos a tener problemas. Los cuatro pilares fundamentales han de ser garantizados en igualdad de condiciones, pero esto no es así en realidad. ¿Por qué? Porque admitimos premisas que ponderan el acceso a ellos. Admitimos variables que lo obstaculizan. Admitimos variables que incluso lo impiden. Ponemos a su mismo nivel otras consideraciones que, sin ser fundamentales para la dignidad humana, la restan. Las políticas públicas deben ser ponderadas unas con otras: por ejemplo, invertir más en investigación o en infraestructuras; en alta velocidad ferroviaria o el transporte de mercancías. Pero estas inversiones pertenecen a un escalón inferior de la elección social: en el primero deben estar los cuatro pilares porque son sobre los que se construye una sociedad justa. Y no digo igualitaria ni equitativa, digo justa, en la que la dignidad de cualquier individuo no pueda ser degradada y, por tanto, su propietario, arrojado a una clase de ser humano inferior al resto.

            ¿El libre mercado es la herramienta adecuada para esos cuatro pilares? ¿La colaboración público-privada? ¿El intervencionismo puro y duro? Sólo sé que cuando tu hijo necesita acceder a alguno de ellos y tu sueldo no te llega, la mirada se dirige a donde se dirige y, cuando no hay respuesta, la sociedad se convierte en una jungla. Yo no quiero una sociedad de ese tipo, quiero una sociedad en la que los aspectos básicos de la dignidad humana estén cubiertos. Y las soluciones propuestas hasta ahora, dos mil veinticinco, nos están dejando, desde hace tres décadas, en la estacada.

 

Alberto Martínez Urueña 13-01-2025

 

PD: por supuesto que tengo mi idea de cómo debería hacerse, pero esta columna tiene la extensión que tiene; quizá para la próxima. 

martes, 2 de julio de 2024

Características fundamentales

 

            A veces me planteo diversos temas con los que volver a mandar estos textos, pero, considerando el nivel del discurso público, me niego a dirigirme a vosotros con argumentos más propios de una clase de infantil que de los que debería usar con personas adultas. Estoy convencido de que, por otro lado, como masa social, si alguien nos viera desde fuera, damos bastante asquito. Pedimos de forma continua a nuestros conciudadanos, a veces amigos, otras, desconocidos de redes sociales, que se posicionen en disquisiciones de blanco y negro, en lugar de analizar el detalle.

            Cuando esto me lo piden con cuestiones relativas al fútbol, a una película o al tono de verde que tienen las hojas de los árboles, sigue sin parecerme muy adecuado, pero me da igual. Otra cuestión distinta es cuando el tema versa sobre aspectos vitales para la sociedad en la que vivo. Si alguien me pregunta mi opinión sobre el robo, lo primero que me viene a la cabeza es pensar que mi interlocutor tiene una tuerca floja. El robo en sí mismo es algo intrínsecamente negativo, y sé que hay circunstancias en las que cualquiera de nosotros podríamos argumentar a favor de hacerte con algo que no es tuyo. Pero esto no es porque el robo se convierta en algo bueno, sino porque hay valores que, en la escala de prioridades, están por delante. Y no hace falta ponerle palabras elegantes. Podemos poner de ejemplo la supervivencia de un hijo. Ya he indicado en textos anteriores que el principal problema que tenemos en nuestras sociedades modernas es que la ingente panoplia de posibilidades de consumo nos ha llevado a no ser capaces de decidir entre todos ellos. Y, lo que es más pernicioso: en caso de tener que elegir de manera inevitable, el principal criterio que utilizamos para discriminar es el precio. Puede haber otros, pero el precio se ha convertido en un anatema intocable; es, de manera evidente, el tótem sagrado en nuestra sociedad capitalista. No en vano, todos los caminos conducen al precio.

            Creo que el precio, en mercados de consumos secundarios, consumos de productos que no sean básicos, es una herramienta muy útil para regular la actividad social. El mercado de los restaurantes de lujo, el de las discotecas, el de las copas de los bares, el de las zapatillas de deporte, la ropa de marca y un largo etcétera, funcionan muy bien cuando le aplicas un concepto igual para todos con el que puedas discriminar y filtrar el acceso a ese mercado.

            Yo no estoy a favor del robo; tampoco estoy a favor de la inmigración ilegal, ni de la desobediencia ciudadana, ni de la ocupación de casas vacías. No estoy a favor de saltarse la legalidad, ni tampoco estoy a favor de actuar de manera agresiva, violenta, ni con evidentes muestras de rechazo hacia colectivos o personas. Sin embargo, creo que, analizado el contexto de situaciones concretas, existen valores y principios que pueden estar en colisión con la propiedad privada, con la legalidad de fronteras, con la protesta e incluso con la insumisión o la ocupación de casas. Y por supuesto estoy en contra de la intolerancia, y jamás toleraré discursos que la corrompan. La supuesta paradoja de la tolerancia de Popper en realidad no existe: lo que sí que existe es la confusión axiomática entre quien no es capaz de entender que, por encima de la tolerancia, hay un valor superior: el del respeto a las características intrínsecas que constituyen la dignidad humana. La libertad de opinión absoluta no está incluida en esos aspectos. No es un aspecto esencial o vital de la persona defender (y pretender llevar a cabo actuaciones derivadas de esa opinión, porque las opiniones siempre llevan aparejada la pretensión de actuar) postulados contrarios a la dignidad de otro ser humano. Precisamente por la pretensión de llevar a cabo actuaciones que la implanten.

            Yo no estoy a favor de inmiscuirse en la libre decisión de consumo de nadie. No en vano, defiendo que lo que hacemos es lo que nos define, y cada uno ha de ser libre de hacerlo como le plazca. Pero la libre decisión de consumo (eso no es una característica última de la dignidad humana) no puede menoscabar la dignidad de otras personas. No estoy a favor de cortar la libertad de un ser humano de comprarse todo el parque de viviendas nacional, pero por encima de esa libertad creo que está la característica fundamental de la dignidad humana de tener un techo bajo el que guarecerte en unas condiciones de habitabilidad adecuadas, y a un precio adecuado que no te restrinja en resto de características fundamentales de tu dignidad. E insisto en eso de las características porque la dignidad humana es uno de esos conceptos tan manoseados que algunos se piensan que es algo abstracto. Pero nada más fuera de la realidad: es algo que se concreta en características fundamentales. La vivienda es uno de ellos.

            Por eso, cuando veo a quienes plantean equilibrar el derecho al libre consumo de viviendas con el derecho a tener un techo sobre tu cabeza y la de tus hijos, entiendo que están radicalmente equivocados. Entiendo que existe el derecho a tener veinte viviendas, pero no existe el derecho a restringir el acceso a tener una. Y hay muchas personas que malviven en ese límite. Hoy, perdida entre la ristra de gilipolleces con que nos desayunamos en las noticias, está la de dos hermanas que, superadas por el futuro desahucio al que se iban a ver sometidas, han optado por tirarse desde la ventana. Y no son las únicas.

 

Alberto Martínez Urueña 02-07-2024

viernes, 15 de marzo de 2024

Superhéroes

 

            ¿Cuál es el problema de mirar más allá de la actualidad política? Sinceramente. Todos. La actualidad política hoy en día es más sencilla de observar. Tienes una narrativa oficial, con argumentos racionales a los que te puedes adherir sin miedo a que la incoherencia te sorprenda en mitad de una conversación o un hilo de alguna red social. Tienes dos bandos más o menos definidos, buenos y malos, con los juicios de intenciones muy bien construidos, desde un par de perspectivas, según quieras elegir el bando que más te plazca. Además, tienes todos los personajes necesarios: tienes al héroe, capaz de mantener el tono y el gesto cuando los enemigos asedian su bastión; el villano sin escrúpulos, de motivaciones claras, no siempre inmorales, ojo, pero capaz de llevar a cabo cualquier actuación para conseguir el poder, porque, para él, el fin justifica los medios; también está el villano estúpido y gracioso al que ves venir sin problemas y al que es fácil odiar y golpear; tienes incluso al antihéroe, ese personaje que es capaz de romper todos los moldes y las convenciones sociales que para lo único que sirven es para encorsetarle en su cruzada en donde, casi sin pretenderlo –porque no puede pretender ser bueno– obtiene resultados asombrosamente buenos. Fijarse en la política hoy en día es sencillo, porque la han convertido en un parque de atracciones para niños, con mensajes para niños, todo con un guion de una película de superhéroes. Es fácil estar a favor o en contra de alguien de manera irracional, despreocupado además de la reactividad que provoca, porque es razonable, e incluso heroico, luchar contra el Mal Absoluto y erradicarlo hasta la extinción. No necesitamos principios morales con los que juzgar las acciones de nuestro bando: necesitamos certezas para no bajarnos del barco, pase lo que pase, porque, en la lucha contra el Mal Absoluto, no se requiere de principios, se requiere de convicciones. No os preguntéis cómo hemos podido llegar a este estado de cosas. Nos hemos dejado.

            Podemos preguntarnos cómo, pero es más que evidente. Igual que las grandes superproducciones cinematográficas, no basta con un guion y una labor mejor o peor de los artesanos –o de los peones de la fábrica–; necesitamos también atraer la atención del público con buenas campañas de mercadotecnia, evitando en la medida de lo posible que el potencial espectador se disperse en otras direcciones y encuentre otras luces parpadeantes y brillantes que le puedan llegar a hipnotizar. Hoy en día, la política es una mala película de héroes y villanos, y lo es así porque es el producto que el consumidor demanda. Hemos pasado, de ser ciudadanos, a ser consumidores.

            A raíz del último texto que mandé, visiblemente cabreado y contrario a todo lo que tenga que ver con perdonar a personas que delinquen a sabiendas y que no se arrepienten, y menos cuando son ellos los que redactan el perdón, un buen amigo me preguntó, visto esto, cuáles eran mis preferencias políticas en este momento. Entiendo la pregunta, pero la visualizo considerando lo anterior, y entiendo el desconcierto cuando no me posiciono en términos de buenos y malos, en términos de dos bandos irreconciliables. Si estoy en contra de la amnistía, entonces tendré que posicionarme a favor del amigo de narcos y del nostálgico de dictadores. Si no me incluyo en el bando del amigo del narco y del nostálgico de dictadores es que estoy favoreciendo la adopción de medidas que considero injustas. Soy cómplice. Defraudo las expectativas. Y, parece ser, no hay nada peor que la soledad de no pertenecer a un grupo.

            Digo esto con enorme cariño hacia este amigo porque sé que él no es así y, además, porque ha permitido la gestación de este razonamiento que no espero sea compartido, porque parece muy conspiranoico, pero para nada. No deja de ser la pretensión, siempre manifestada, e indudablemente alabada del hipercapitalismo en que vivimos: vender un producto y que la gente lo compre.

            Es mucho mejor fijarte en la política actual. No exige nada. Es como ponerte delante del televisor a no hacer nada. Como gritar al árbitro desde el sofá, aunque alguien al lado tuyo te mire como si fueras un enfermo porque no te das cuenta de que no te oye. Si no te fijas en la política actual de andar por casa, quizá levantes la vista y te des cuenta de que en los últimos meses hemos pasado el invierno más cálido jamás registrado. Que la guerra sigue, en algún sitio, y seguimos en connivencia con el agresor porque no somos capaces de reducir nuestro bienestar y comprarle menos de todo. Que se están muriendo miles de niños, unos por las bombas y otros por el hambre, pero en esos lugares el paraguas de la libertad y la democracia no llega, porque el derecho a la libre determinación de los pueblos nos impide intervenir de manera oficial, aunque sea la ONU la que lo haga. Siempre que no haya petróleo, claro. O se trate de una ruta comercial. En ese caso, por supuesto.

            Quizá levantes la vista y veas un par de genocidios, o tres, y se te hiele la sangre. Literal o figuradamente, vete a saber. Así que gracias, políticos, por el entretenimiento. Sois la herramienta fácil de un statu quo perpetuándose a sí mismo.

 

Alberto Martínez Urueña 14-03-2024

 

            PD: para el que le interese, sigo en contra de la amnistía, y Abalos debería dejar de hacer el ridículo y marcharse a su casa, que si no era capaz de controlar a Koldo, no nos vale como líder público. A expensas de que pueda llegar a ser parte judicializada del latrocinio…