No es que pretenda plagiar a cierta banda española que hacía una música sensacional, pero el término de estar entre dos tierras es muy apropiado para ejemplificar el terreno en el que nos movemos: entre la teoría y la práctica. En realidad, moverse entre la teoría (lo que creemos que debemos hacer) y la práctica (lo que luego acabamos haciendo) representa la eterna problemática humana. Luchar por un adecuado discernimiento es el eterno intento y la base de toda construcción filosófica ya que gracias a él podemos entender y desentrañar la auténtica estructura de la realidad y de nosotros mismos. Además, nos sirve de guía cuando la duda hace tambalear nuestra determinación. Esto es a nivel personal, pero ¿qué pasa cuando nos vemos inmersos en el nivel social?
El nivel social,
en ciertos aspectos, es el constructo intelectual que nos sirve para ocultar
nuestra responsabilidad individual en la formación de la sociedad en que
vivimos. Nos oculta. Permite diluir nuestras pequeñas veleidades. ¿Qué
relevancia puede tener un pequeño fallo de uno entre millones? La democracia
liberal es otro constructo filosófico con unos orígenes muy interesantes: se
insertan en el periodo posterior a las monarquías absolutas y como respuesta a
ellas. Allí surgieron ideas peregrinas tales como que la legitimidad de las
monarquías quizá era poco firme y que los derechos de los monarcas de disponer
de las vidas de sus súbditos podían ser cuestionados. El nacimiento del hombre
libre que posee el derecho a configurar la propia vida. Podemos hablar de lo
que significa la libertad, sin duda. En aquella época del siglo XVII tenía
connotaciones diferentes: de lo poco que he leído no hablan de las obligaciones
que conlleva. Explícitamente. Implícitamente todos asumían su existencia. De
hecho, parece haber un consenso relevante en que, y cito, el significado esencial
de liberal no sólo denota ser amante de la libertad y tener conciencia cívica,
sino también ser generoso y compasivo. Ser liberal era un ideal, algo a lo
que aspirar.
H. Rosenblatt. Tiene cierta lógica que, habiendo sufrido una monarquía
que despreciaba al vulgo, los valores humanistas tuvieran una relevancia
sustancial; sobre todo, siendo una de sus premisas la idea de individuos
iguales.
Como guías, la generosidad y la compasión me parecen dos
principios que solventarían muchos de los enfrentamientos humanos.
Corremos el riesgo, sin embargo, de centrarnos en otro concepto de individuo
más solitario, guiado por el interés materialista y por el hecho económico como
medida última de todo, pervirtiendo en gran medida ideas como la original de
Adam Smith sobre los mercados, en las que el ser humano tenía en su escala de
valores la consideración del resto de seres humanos como alguien a quien tener
en cuenta, y no meros objetos que, en el mejor de los casos son obstáculos, y
en el peor, rivales o incluso enemigos. Hemos de optar entre la individualidad de
cada uno, y la generosidad y la compasión como guías de comportamiento, y el individualismo
en donde el otro es un rival compitiendo por recursos escasos y del que podemos
desentendernos porque, en realidad, sus desgracias son fruto de sus elecciones
libremente adoptadas.
Entre dos tierras, decía. Entre la teoría y la práctica. En
realidad, la teoría es un ejercicio interesante, pero las cuestiones prácticas
nos llevan a la realidad. A las consecuencias de aplicar tal o cual teoría. Las
democracias liberales basadas en la libertad nos obligan a saber de qué manera
se aplica esta libertad, pero, antes, nos obligan a saber de qué hablamos cuando
decimos libertad. Las democracias liberales se basan en la elección ejercida
por hombres libres; pero, y ésta es una opinión particular, la libertad se ha
de basar un conocimiento mínimo y cierto de lo que estás eligiendo. Para ello
hacen falta dos premisas: primera, debe haber suficiente información; segunda, la
voluntad no puede haber sido condicionada. ¿Hoy se cumplen estas dos
condiciones?
Pero voy más allá. ¿Qué ocurre en una sociedad en la que
ciudadanos libres e iguales eligen, en su uso de la libertad, no obtener la
información mínima necesaria para formar sus decisiones? Es una paradoja, como
la paradoja de la tolerancia: ¿una sociedad tolerante debe tolerar la intolerancia?
Llevada al ejemplo que indico, diríamos: ¿debe permitir una democracia liberal ser
condicionada por individuos que no quieren ejercer la libertad?
Con respecto a la segunda premisa, ¿qué hacemos con los
intentos de manipulación? Nos enfrentamos a formas cada vez más sofisticadas en
este campo, formas que escapan a nuestro control y que resultan muy complicadas
de evitar. Ya hemos tenido ejemplos suficientes y declaraciones espantadas de
quienes crearon esas herramientas y de las que ahora se apartan. ¿Son suficientes como para condicionar la
voluntad social y por tanto la libertad de los individuos que la forman o exageramos
al decir que la presión sea tanta como para considerar que la voluntad ha sido pervertida?
Escribo este texto en una situación en que los relatos alternativos
son la norma y la lucha por la supremacía del propio es evidente. La existencia
de interpretaciones opuestas para hechos objetivos, penetrando en las supuestas
intenciones, tales como que la UE fue creada para joder a EEUU (palabras de Trump),
son diarias. ¿Pueden subsistir las democracias liberales en el orden mundial
que llega si los ciudadanos no ejercen la libertad de una manera responsable?
Hay una deconstrucción de décadas del único parapeto tras el que protegerse de
esto: tener suficiente conocimiento de la teoría de cómo se supone que ha de ser
un ser humano verdaderamente liberal que pueda sobreponerse a sus emociones más
básicas para poder actuar, en la práctica, de la manera correcta. La primacía
de una supuesta irresistibilidad del deseo unida a la capacidad de diluir
nuestras pequeñas veleidades, filtradas además bajo el criterio último marcado
por el hecho económico ha convertido los criterios del liberalismo en secundarios,
supeditados al capricho y a la cartera.
Todavía estamos a tiempo.
Alberto
Martínez Urueña 27-02-2025