viernes, 8 de abril de 2022

No os agobiéis

  Yo os recomiendo que no os agobiéis demasiado. Los problemas que tenemos sobre la mesa son importantes, es indudable, pero uno de los principales detonantes de nuestras angustias es la incertidumbre. Lo que nos preocupa lo hace, en parte, porque no conocemos por dónde irán los derroteros que nos lleven, indefectiblemente, al siguiente problema. Porque siempre, cuando resolvemos uno, aparece otro. Es inevitable. ¿Es inevitable?

No os agobiéis, no es necesario. La inmensa mayoría de las cosas que parece que nos suceden, en realidad, no nos suceden a nosotros, sólo suceden y nosotros nos vemos en medio. Somos como sombras en mitad de un escenario que no nos pertenece. Pensad en el tema recurrente en estos últimos dos años, la pandemia: ¿cuántas veces os habéis sentido desconcertados, como si en realidad no supieseis qué es lo que deberíais hacer? Ahora, nos llega la guerra, allí en Ucrania – aunque antes también había conflictos, estaban al sur, después del Mediterráneo, y ya sabéis… –, y tampoco sabemos muy bien cuáles son nuestras opciones. Quizá es que pensamos que tenemos alguna opción y es falso… Ojo, no voy a despreciar toda la ayuda humanitaria que hemos brindado, todos los esfuerzos de esa gente absolutamente maravillosa que se agarró el coche desde España y se plantó en la frontera con alimentos, medicinas, y dispuesta a traerse a quien lo necesitara. Son muchos los que se han beneficiado de esa ayuda. Pero ya, lo de parar la guerra y que esa gente vuelva a su país no es cosa nuestra. Porque no nos engañemos, esas personas quieren volver a su pueblo. Y os voy a contar un secreto: a los inmigrantes que tienen la piel negra y que vemos en las playas, durante el verano, les pasa lo mismo.

No os agobiéis porque no tiene sentido. La solución a este problema, así como a otros muchos, es muy sencilla, pero no la vamos a adoptar. Es mejor, como dice el refranero, malo conocido que bueno por conocer. Y además, los estudios sobre neurociencia indican que el cerebro humano, de hecho, funciona así, resistiéndose a los cambios, por muchas bondades que pudiéramos obtener. ¿Por qué digo esto? Porque es evidente. Pensemos por un momento, en algo muy sencillo, y que,. además, se incardina con los problemas que nos acucian en estos momentos. Imagino que todos nos acordaremos de cómo eran antes las bombillas que usábamos en nuestras casas. Las bombillas de los árboles de navidad, las bombillas de las iluminaciones callejeras… Efectivamente, bombillas de incandescencia. Una bombilla tipo en una habitación, podía ser de 40 vatios, o de 60, en una lámpara con tres o cuatro de ellas. Sumadas, 160 vatios por habitación. Ahora mismo, con una bombilla led de 6 o 7 vatios haces el mismo trabajo. Y ya sé por dónde van a ir los argumentos: en realidad, en casa lo que más gasta es el frigorífico, la vitro, etcétera. Por supuesto que sí, pero no deja de ser menos cierto que la innovación en iluminación – hay datos que lo demuestran – no ha servido para consumir menos luz: ha servido para poder encender más bombillas.

Las sociedades occidentales están firmemente asentadas sobre unos principios que perfectamente podríamos denominar antisocráticos. Nos hemos aprendido las frases elocuentes de nuestros sabios, pero las tenemos como exotismos que mencionar cuando nos emborrachamos y pasamos por la fase de la eterna amistad. “No es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita”, decía el griego. Ya después, nos sacamos de la manga lo de que “el dinero no da la felicidad, pero ayuda”. Sólo por contradecirle. Y lamento disentir, admitiendo siempre, por supuesto, una base que es indiscutible: hay que cubrir un consumo mínimo que viene determinado por la dignidad de la persona; por debajo de ese nivel mínimo, no hay discusiones. Pero cubiertas estas necesidades, el consumo se convierte en otra cosa: una huida hacia ninguna parte, interminable, que nunca finaliza, porque las cosas que consumimos nunca nos dan lo que prometen.

Y más allá de que esta realidad – por mucho que os empeñéis, esto es una realidad; otra cosa es que sea la realidad en la que queramos ahogarnos –, en la situación que nos encontramos, no queda más que ponernos frente al espejo. La sociedad sobre la que nos hemos montado y cabalgamos enloquecidamente no está dispuesta a reducir su consumo, cualquiera que sea éste, bajo ningún concepto. Sólo cuando no nos queda más remedio, lo hacemos, y siempre forzados por algún imperativo que se impone. Da igual que sea una guerra en la que estamos financiando al homicida, o que sea un ritmo de consumo que convierte el aire que respiran nuestros hijos en veneno. Es el cuento de la rana que se cayó en una marmita. Si hubiese caído en agua ya muy caliente, habría saltado fuera, pero tuvo la mala suerte de hacerlo cuando el agua estaba todavía fría. Ésta se fue calentando poco a poco y la rana, acostumbrada al paulatino aumento del calor, terminó cocinada en sus propios jugos.

Como nosotros. Acostumbrados al lento devenir de la debacle, somos incapaces de saltar de la cazuela. Siempre hay una explicación plausible para explicar por qué el agua está cada vez más caliente y, en lugar de aprovechar los avances tecnológicos para consumir cada vez menos energía – que es lo que deteriora el medio ambiente y lo que financia los tanques de Putin – buscamos la manera de aumentar nuestro nivel de consumo en la búsqueda de un techo de felicidad absoluta que en realidad no existe.


Alberto Martínez Urueña 8-04-2022


jueves, 4 de noviembre de 2021

Un futuro cada vez menos incierto

  Hace unos días hemos tenido la correspondiente reunión de jefes de Estado o de Gobierno, según el caso, con respecto a lo del cambio climático. Hoy no vengo aquí a tratar de convencer a nadie del tema: según van avanzando los años, ya no es que los negacionistas científicos hayan ido desapareciendo, es que las propias empresas de extracción, distribución y explotación de combustibles fósiles han confirmado, por la vía de los hechos, que sus productos son venenosos. Ya ha quedado constatado que, igual que hicieron las tabacaleras décadas antes, las empresas de hidrocarburos se gastaron ingentes cantidades de dinero en promocionar informes falsos y retrasar la financiación de estudios serios que les perjudicaban.

En esta ocasión, hemos tenido, como siempre, una ración de discursos en los que, quienes los hayan redactado, han demostrado que saben construir oraciones complejas con sujeto y predicado, e incluso con frases subordinadas. Creo que es lo único que vamos a sacar en claro del tema. Porque, no nos engañemos: el sistema capitalista no funciona en base a empatía, solidaridad, colaboración o cualquier otra consideración que nos pudiera llevar a solucionar el futuro de nuestros hijos. O el de los hijos de otros países. Pensar en algo diferente sólo es un ejercicio de onanismo mental que únicamente lleva a obtener una catarsis momentánea que relaje el cargo de conciencia que nos entra a todos cada vez que arrancamos el coche. Ya sé que hay personas que no tienen ese cargo de conciencia, pero eso significa que, asumido el perjuicio del cambio climático, se la suda el futuro de las generaciones venideras.

Más allá de la ignorancia de las personas incapaces de ver el largo plazo, ahora mismo el debate está en cómo de radicales han de ser las medidas que se adopten para evitar que dentro de cincuenta años Barcelona, Cádiz, Benidorm, Singapur, etcétera se puedan visitar en actividades de buceo. Medidas para evitar que la mitad de España sea como el desierto de Almería. O para evitar tormentas que se lleven por delante barriadas enteras. O, si nos cuesta mirar a tan largo plazo, para evitar que nos toque ser uno de los 50.000 muertos anuales que la contaminación deja en España.

Hay un discurso, en mi opinión equivocado, según el cual las medidas adoptadas no pueden suponer un deterioro de la economía dado que esto produce también un perjuicio social evidente que, empíricamente se constata, afecta sobre todo a las clases sociales más débiles. Ahora, con el precio de la luz, es palmario: si no tienes dinero para poner la calefacción vas a estar más jodido que si puedes tener el salón de casa a veinticuatro grados. Pero esto adolece de una falta de perspectiva a largo plazo: si no solucionamos el tema medioambiental, el deterioro económico se va a producir de manera inexorable. Y va a ser mucho más bestia, hecho advertido desde hace años pro medios heterodoxos, pero admitido ya por los medios generalistas. A pesar de ello, se insiste en ese concepto de no putear a la economía… Esto vuelve a denotar, nuevamente, una falta de empatía con las generaciones venideras igual de constatable que lo de la calefacción que explicaba un poco más atrás. Es decir, no ver a largo plazo. Y todo esto viene determinado por una verdad aún más profunda: ese deterioro material que sufrirían las clases sociales más desfavorecidas no es condición indispensable; basta con hacer una cosa muy sencilla: crear una sociedad más justa en línea con lo que, por ejemplo, las grandes fortunas americanas han reclamado en los últimos años – esos socialcomunistas peligrosos –, y que pasa porque les recauden más impuestos a ellos.

Todo tiene que ver con la economía, eso es indudable. La economía, como ya he dicho en multitud de ocasiones, es la suma de decisiones de consumo individuales por parte de los participantes en los mercados. Nos liberamos del yugo de las monarquías absolutas, de los totalitarios nacionales, pero todavía nos tenemos que liberar de un yugo mucho más sibilino. Pretender que, en esta economía de mercado, el individuo – nosotros, yo incluido – tomamos decisiones libres es un mantra estúpido que sólo se creen los muy convencidos de su ignorancia. A los hechos me remito: las empresas que más dinero gastan en publicidad son las empresas con mayores beneficios. Y, para el que no lo sepa, la publicidad no es información aséptica, sino un esfuerzo dirigido a que consumamos, independientemente de la naturaleza del producto. En realidad, los estudios de mercadotecnia están orientados a cómo forzar la voluntad del consumidor a favor de un determinado producto.

El cambio climático es fruto de nuestras decisiones de consumo. Tanto de las decisiones individuales como de la noción general de consumo; es decir, cuánto consumir independientemente de qué consumamos. Hoy en día, este sistema ha conseguido que el límite de nuestro consumo no venga determinado por nuestras necesidades, sino por la nómina que nos llega cada mes. Más es mejor, mantra inexorable. Sin embargo, con el cambio climático hemos topado con un inconveniente: consumir más nos lleva a un escenario sobre el cada vez hay menos incertidumbres.


Alberto Martínez Urueña 4-11-2021


viernes, 15 de octubre de 2021

Derechos fundamentales y dignidad humana

  ¿Habéis tenido alguna conversación sobre lo mal que parece ir el mundo? Quizá en el aspecto político, pero también en el aspecto social, educativo, económico… Conversaciones que suelen ir acompañadas con una crítica más o menos explícita al resto de los mortales: la gente va a su bola, el egoísmo de la gente, cada uno busca sólo su propio interés… Si no es así, enhorabuena, pero a mí me ha resultado imposible, y por eso, quería hacer una reflexión al respecto.

En esas conversaciones flota en el aire la impresión de que el mundo no funciona como debería. Una impresión poco concreta que abarca, no obstante, la mayoría de los vértices de nuestra existencia. Cuando no es la polarización política, es el sistema educativo, o lo mal que va el mundo sanitario o la pésima gestión que se hace de lo público y el desincentivo que supone a la hora de aceptar el pago de los impuestos. Si algo saqué en claro de mis estudios universitarios – licenciado en Economía – fue que, independientemente de que se haga de forma consciente o no, los mercados de todo tipo, sobre todo los económicos, pero no sólo esos, se construyen sobre la base de decisiones individuales. Eso lo sabemos todos, desde luego; nadie en su sano juicio atribuye conciencia individual a los mercados bursátiles, a los de la energía o a los de la telefonía móvil.

Pero en esto, ¿con qué reglas se juega? En un primer momento, hay que asumir que las decisiones individuales son la base y el fundamento de toda nuestra sociedad y, precisamente por eso, toda la estructura institucional se sujeta sobre la defensa de la legalidad y los derechos fundamentales de los individuos. Por lo tanto, todo lo que estos decidan dentro de ese marco es aceptable. Desde luego, yo no voy a negar esto.

Sin embargo, siendo lo anterior cierto, no deja de ser una declaración de intenciones de la que hay que descender para concretar de qué manera se hace. Sobre todo, porque el debate interesante surge de la colisión de los derechos individuales de dos o más personas y, también, derivado de éste, sobre la colisión de los intereses generales con los intereses particulares de una o varias personas. Primero, hay que asumir que existen estos intereses generales como la suma de esos derechos fundamentales de una gran mayoría. Y no por el hecho de poner por encima unos derechos sobre otros, sino porque, en el propio sistema de democracia liberal en la que nos movemos, aceptamos la suma de las decisiones individuales en toma de decisiones colectivas al asumir un sistema de votación universal y una soberanía que reside en el pueblo español. Oigo criticar a algunos conciudadanos, por ejemplo, el sistema tributario como algo injusto y expropiatorio: estas personas no asumen el funcionamiento básico del Estado dado que ese sistema – y la propia noción de contribución universal al sostenimiento de las necesidades generales previamente definidas – está construido sobre la base de decisiones individuales expresadas con el voto. Es ese voto el que hace a nuestro sistema tributario justo, más allá de que nos pudiera gustar más otro y podamos, mediante la razón, intentar convencer a la mayoría del sistema que nosotros tenemos en mente. Ese voto absoluto y de carácter representativo sólo puede ser ilegítimo cuando la representación de ese voto – partidos políticos – pretende atacar o eliminar los derechos individuales de las personas cuando su utilización o disfrute no elimina los derechos del resto de los ciudadanos.

Es ahí, por tanto, en la ponderación de los diferentes derechos individuales, donde está el auténtico reto de nuestras sociedades, y es ahí donde deberíamos estar especialmente vigilantes para que no haya quien pretenda, ya por la vía intelectual o ya por la vía de los hechos, arrebatarnos algo que nos ha costado siglos conseguir.

Pero, volviendo al primer párrafo, porque de los derechos fundamentales hablaremos otro día, es precisamente en esa conceptualización que hacemos sobre lo mal que va el mundo en donde quería incidir porque, aunque a veces se nos olvida, nosotros también formamos parte de este mundo. Hay que tener en cuenta dos cuestiones. La primera de ellas es que nosotros mismos, con nuestras propias decisiones, influimos – aunque sea muy poquito – en la construcción de esa sociedad que decimos que va de cráneo. Somos nosotros los que, con nuestras decisiones, incluidas las decisiones de consumo, afectamos a los mercados. Y por mucho que haya a quien le guste reducir al ser humano, con sus complejidades y contradicciones, a un simplón hommo economicus, nosotros somos libres de introducir las variables exógenas que queramos a nuestras decisiones económicas. No somos únicamente máquinas algorítmicas creadas para la maximización del beneficio económico y no todas nuestras decisiones han de estar orientadas únicamente a adquirir la mayor cantidad de bienes al mínimo coste. Sería asumir que, en a la hora de comprar, no siempre todo ha de ser el precio. Pero eso implica que debemos ser responsables de nuestras decisiones…

Y la segunda cuestión nos habla de aceptar, aunque no nos guste, las decisiones que, en el uso de sus derechos y libertades, tomen los demás ciudadanos. Han de ser respetadas – siempre que no causen la defenestración de la dignidad humana – porque son el bien último que conforma lo que significa el ser humano. Respetarlas significa respetar esa dignidad humana de la que tantas veces hablo. Respetarla pasa, por lo tanto, por garantizar, de la forma más amplia posible, que todos los ciudadanos puedan acceder a esos derechos fundamentales que constituyen la base de nuestra democracia. Esos derechos de los que habla la Constitución. Todos, no sólo unos pocos, y quizá habría que ampliarlos… En todo caso, todo lo que no sea esto, socaba los fundamentos propios de nuestra sociedad y la hace menos buena, y debemos evitarlo desde nuestras propias decisiones individuales.


Alberto Martínez Urueña 15-10-2021


miércoles, 6 de octubre de 2021

Privilegios, derechos y simple lógica

  Parece una cuestión baladí, pero hay demasiada gente que confunde terminologías y, además, lo hace utilizando términos que suponen marcadas características peyorativas. Es el caso de confundir derechos que inherentemente tenemos con privilegios. También sucede al contrario, que confunden privilegios con derechos, y la cosa se tuerce. En este tipo de tergiversaciones, invariablemente, cuando se hacen cuentas, al que confunde los términos de forma voluntaria o inconsciente le suele salir muy rentable.

Por poner un ejemplo: hay quien considera que nacer en el primer mundo otorga algún tipo de derecho que pueda ser reclamable ética o moralmente; es decir, que tenemos derechos que otros no tienen por no haber nacido en nuestra tierra. En realidad, nacer en el primer mundo no otorga ningún derecho: más bien, es un privilegio del que disfrutar y, en el caso de que tengas una mínima conciencia –esto hay a quien se le negó desde niño –, aprovecharlo para ayudar a quienes no han tenido esa suerte. A sensu contrario, hay quien considera un privilegio cosas que, en realidad, son un derecho por el simple hecho de ser una persona con su dignidad y honorabilidad desde que naces. Hablamos de derechos tales como vivir tu vida como te dé la gana si esto no implica un agravio contra alguien –los ofendidillos no cuentan en ese alguien–, amar quien te salga, cepillarte a quien tus gónadas elijan, optar por las creencias religiosas o agnósticas o ateas y estar en igualdad de condiciones… El derecho a la sanidad pública universal no es un privilegio porque en África no la tengan; al contrario, es un derecho inherente a toda persona humana, otra cosa es que haya culturas y sociedades que no la tengan por el motivo que sea. Igual pasa con la Educación Pública o con el derecho a la vida.

Luego hay otro tipo de derechos que puedes adquirir mediante adquisición sobrevenida, como pueda ser que te compres una casa y adquieres el derecho a usarla. Son derechos igualmente, no hay género de duda, y muchos de ellos están al alcance de la mayoría. Todo esto lo digo por una cuestión particular que me sucede a mí y a otros dos millones de personas. Desde que sacas la plaza de funcionario hay quien no se cansa de repetirte que los funcionarios somos unos privilegiados, y esto no es cierto. No entraré en los motivos de tales afirmaciones, pero sí que tengo claro que en muchos de los casos estamos ante el mal endémico español: la envidia. Y es que no somos unos privilegiados: no hemos nacido funcionarios igual que no hemos nacido clase media de la parte rica del mundo. Tener acceso a plaza en propiedad, inamovilidad del funcionario, etcétera, se deriva de otra cuestión más prosaica: nos hemos presentado a unas oposiciones libres para cualquiera y que no regalan a casi nadie, haciendo una inversión de tiempo y dinero, y gracias a ello, adquirimos unos derechos que vienen recogidos en una determinada normativa.

Todo esto, viene a colación porque desde siempre, y ahora con el tema del teletrabajo, he escuchado ya demasiadas veces que los funcionarios somos unos privilegiados porque disfrutamos de un régimen laboral espléndido y que, por tanto, no tenemos derecho a quejarnos. Y esto queda bien para la galería y para que las mentes obtusas puedan ladrar sus tonterías en la calle y en las redes, pero es radicalmente falso. Los funcionarios tenemos derecho a un régimen laboral que nos hemos ganado y, además, tenemos derecho –por supuesto que lo tenemos– a quejarnos de lo que nos salga del haba. Y toda esta tontería, como en otras ocasiones, para que a nadie se le caiga la cara de vergüenza por querer hacernos pagar una factura que no es nuestra…

Querer aplicar las nuevas tecnologías, avances y formas de entender la actividad laboral, y éste es el caso del teletrabajo, no tiene nada que ver con los privilegios. Querer hacer esto tiene que ver con la pura y simple lógica. Exactamente igual que no veo a nadie viviendo en Castilla sin poner la calefacción en invierno –la pobreza energética la dejamos para otro día–; igual que no veo a nadie negándose a usar un teléfono, aunque sea el fijo de casa; igual que no veo a nadie descalzo por la calle… Igual que todo esto, no acabo de entender que, asistidos por la pura y simple lógica, poderes públicos, políticos tragasables, mamporreros de los caciques ibéricos y un largo etcétera, nos pongan trabas a un avance como es el teletrabajo que ha demostrado durante el último año y medio que no menoscaba en modo alguno la productividad del empleado. Pero que, además, soluciona de un plumazo varios de los problemas más acuciantes de nuestras sociedades: gestión urbana, congestión de las ciudades, contaminación, cambio climático, conciliación de la vida laboral y familiar… Una vez más, las mentes retrogradas, como siempre fueron desde que el hombre es hombre, encuentran una excusa y aplican la tergiversación dialéctica para curarse sus miedos irracionales y frenar los avances evidentes. Eso, y otra cuestión nada desdeñable: garantizarse que los currantes que sacan adelante este país sepan sin género de dudas quién es el que, más allá de cualquier consideración lógica, humana o económica, lleva la batuta.


Alberto Martínez Urueña 17-09-2021


Mi única opción

  Ha llegado un momento en que hablar de política, no es que me aburra, o que me cabree, es que me ha llegado a entristecer. No me refiero a escuchar, por ejemplo, tertulias radiofónicas sobre la situación política en España, o en el mundo. Eso me sigue gustando. Me refiero al debate sobre determinadas cuestiones que creo que son relevantes para los ciudadanos. He escrito más de trescientos artículos durante los años y he perfilado bastante bien, creo, las ideas que considero acertadas. No es una cuestión de superioridad moral; simplemente, si no considerase que mis ideas son las adecuadas, las cambiaría. Hablo de la eliminación de todo tipo de violencia, tanto física como dialéctica; hablo de un equilibrio entre los incentivos al esfuerzo y el emprendimiento y la necesaria igualdad de partida para todos los ciudadanos en un sistema educativo lo más igualitario posible; hablo de unas reglas de mercado con las menores distorsiones posibles desde el ámbito normativo unidas a un sistema tributario que permita redistribuir la renta y la riqueza de forma que no haya personas que sufran la pobreza o se vean obligados a llevar una vida indigna. Y cuando hablo de dignidad me refiero a que mis conciudadanos sepan que van a llegar a fin de mes sin tener que medicarse para controlar la angustia de no saber qué va a ser de su futuro y el de sus hijos. Hablo de no tener que medicarse para soportar jornadas laborales desmedidas y en condiciones humillantes. De no tener que medicarse por la angustia de no tener una mínima certeza de cómo llegar a fin de mes.

Hablar de política me resulta triste porque ya no hay discriminación entre lo importante y lo superfluo, y por lo tanto no hay debate posible. Cualquier cosa se convierte en transcendental e irrenunciable, y en posible herramienta de insulto y menosprecio. Se pone al mismo nivel el derecho a la propiedad privada de un millonario para tener veinte casas que el derecho a la vivienda de un ciudadano a poder adquirir o alquilar una cuando cobra quinientos euros al mes. Parece ser lo mismo el derecho a tener un yate de cien metros de eslora y el derecho a tener, sin arriesgar las necesidades básicas, un coche con el que trasladarte a tu centro laboral. No hay debate posible, y no hablo sólo de los discursos hiperinflamados, pero vacíos, con que nos deleitan desde las Cortes Generales; hablo de los votantes, de los ciudadanos de a pie, capaces de olvidarse de que un político les roba con tal de que sus hijos puedan recibir clase de religión en el colegio. O a no recibirla.

La política me interesa, me parece fundamental en una sociedad que busque el progreso real de sus ciudadanos, pero no me interesa hablar de política en la sociedad actual. No veo a nadie con interés de llevar a la práctica un debate sobre las cosas de la vida real, debate que ha de consistir, necesariamente, en transaccionar, en ceder de lo suyo para conseguir algo que sea de todos. No entiendo la política de otra manera y, cuando veo a conciudadanos entrando en el juego y justificando las líneas rojas y las negativas al entendimiento que tratan de justificar, en vano, nuestros representantes públicos, me doy cuenta de que estamos a años luz unos de otros. Y que todavía nos queda mucho camino para entender el sentido de la democracia.

Es cierto que, en occidente, hemos alcanzado cotas de desarrollo material que no tienen parangón en la historia de la humanidad y eso nos tiene que dar una perspectiva algo esperanzada con respecto al futuro inmediato. Sin embargo, no es menos cierto que en las últimas dos décadas hay una percepción bastante generalizada de que hemos alcanzado un tope, un techo de desarrollo que no sabemos cómo superar. Las generaciones de los ochenta del siglo pasado en adelante vivimos con la sensación, de forma general, de que no conseguiremos superar el nivel de vida de nuestros padres y esa frustración se palpa en el ambiente. Hay una incertidumbre material y económica que solivianta los ánimos y nos hace susceptibles a los discursos incendiarios. Estamos dispuestos a adherirnos a una causa sin analizar los argumentos contrarios. Se habla del efecto burbuja que nos han traído las redes sociales y nos radicalizamos sin ponerle una frontera consciente a lo que puede producir en nuestro interior: hacernos peores personas.

Sí, la política hoy en día me entristece porque creo que, unida a la deriva irracional de los últimos años, nos ha deteriorado como sociedad, y la sociedad no deja de ser un reflejo de la suma de sus ciudadanos. Con respecto a la deriva de la que hablo, hay ya profusa y profunda literatura sobre eso que he mencionado respecto del efecto burbuja, la economía de la atención, etcétera. Además, nos desayunamos cada cierto tiempo con noticias sobre cómo las redes sociales están pensadas y estructuradas para hacer que nos despeñemos por el acantilado de nuestros peores defectos por el simple hecho de que eso es económicamente rentable. Como muestra, los últimos informes recientemente conocidos sobre la red social Instagram, propiedad de FaceBook, y de cómo esta organización trató, no sólo de ocultarlos, sino de hacer caso omiso de sus resultados.

Desde mi punto de vista, no hay posible controversia al respecto. Esto son hechos, uno sobre otro, aplastándonos de forma irrefutable, y no querer verlos sólo perpetúa sus efectos. La única cuestión que se nos abalanza, conocida y aceptada esta realidad, es qué decisión adoptamos nosotros en nuestra vida para que, contemplado un horizonte tan incierto, podamos alumbrar un rayo de esperanza que nos permita, desde nuestra insignificancia como individuo, al menos poder contribuir a un futuro más nítido.


Alberto Martínez Urueña 06-10-2021