viernes, 15 de octubre de 2021

Derechos fundamentales y dignidad humana

  ¿Habéis tenido alguna conversación sobre lo mal que parece ir el mundo? Quizá en el aspecto político, pero también en el aspecto social, educativo, económico… Conversaciones que suelen ir acompañadas con una crítica más o menos explícita al resto de los mortales: la gente va a su bola, el egoísmo de la gente, cada uno busca sólo su propio interés… Si no es así, enhorabuena, pero a mí me ha resultado imposible, y por eso, quería hacer una reflexión al respecto.

En esas conversaciones flota en el aire la impresión de que el mundo no funciona como debería. Una impresión poco concreta que abarca, no obstante, la mayoría de los vértices de nuestra existencia. Cuando no es la polarización política, es el sistema educativo, o lo mal que va el mundo sanitario o la pésima gestión que se hace de lo público y el desincentivo que supone a la hora de aceptar el pago de los impuestos. Si algo saqué en claro de mis estudios universitarios – licenciado en Economía – fue que, independientemente de que se haga de forma consciente o no, los mercados de todo tipo, sobre todo los económicos, pero no sólo esos, se construyen sobre la base de decisiones individuales. Eso lo sabemos todos, desde luego; nadie en su sano juicio atribuye conciencia individual a los mercados bursátiles, a los de la energía o a los de la telefonía móvil.

Pero en esto, ¿con qué reglas se juega? En un primer momento, hay que asumir que las decisiones individuales son la base y el fundamento de toda nuestra sociedad y, precisamente por eso, toda la estructura institucional se sujeta sobre la defensa de la legalidad y los derechos fundamentales de los individuos. Por lo tanto, todo lo que estos decidan dentro de ese marco es aceptable. Desde luego, yo no voy a negar esto.

Sin embargo, siendo lo anterior cierto, no deja de ser una declaración de intenciones de la que hay que descender para concretar de qué manera se hace. Sobre todo, porque el debate interesante surge de la colisión de los derechos individuales de dos o más personas y, también, derivado de éste, sobre la colisión de los intereses generales con los intereses particulares de una o varias personas. Primero, hay que asumir que existen estos intereses generales como la suma de esos derechos fundamentales de una gran mayoría. Y no por el hecho de poner por encima unos derechos sobre otros, sino porque, en el propio sistema de democracia liberal en la que nos movemos, aceptamos la suma de las decisiones individuales en toma de decisiones colectivas al asumir un sistema de votación universal y una soberanía que reside en el pueblo español. Oigo criticar a algunos conciudadanos, por ejemplo, el sistema tributario como algo injusto y expropiatorio: estas personas no asumen el funcionamiento básico del Estado dado que ese sistema – y la propia noción de contribución universal al sostenimiento de las necesidades generales previamente definidas – está construido sobre la base de decisiones individuales expresadas con el voto. Es ese voto el que hace a nuestro sistema tributario justo, más allá de que nos pudiera gustar más otro y podamos, mediante la razón, intentar convencer a la mayoría del sistema que nosotros tenemos en mente. Ese voto absoluto y de carácter representativo sólo puede ser ilegítimo cuando la representación de ese voto – partidos políticos – pretende atacar o eliminar los derechos individuales de las personas cuando su utilización o disfrute no elimina los derechos del resto de los ciudadanos.

Es ahí, por tanto, en la ponderación de los diferentes derechos individuales, donde está el auténtico reto de nuestras sociedades, y es ahí donde deberíamos estar especialmente vigilantes para que no haya quien pretenda, ya por la vía intelectual o ya por la vía de los hechos, arrebatarnos algo que nos ha costado siglos conseguir.

Pero, volviendo al primer párrafo, porque de los derechos fundamentales hablaremos otro día, es precisamente en esa conceptualización que hacemos sobre lo mal que va el mundo en donde quería incidir porque, aunque a veces se nos olvida, nosotros también formamos parte de este mundo. Hay que tener en cuenta dos cuestiones. La primera de ellas es que nosotros mismos, con nuestras propias decisiones, influimos – aunque sea muy poquito – en la construcción de esa sociedad que decimos que va de cráneo. Somos nosotros los que, con nuestras decisiones, incluidas las decisiones de consumo, afectamos a los mercados. Y por mucho que haya a quien le guste reducir al ser humano, con sus complejidades y contradicciones, a un simplón hommo economicus, nosotros somos libres de introducir las variables exógenas que queramos a nuestras decisiones económicas. No somos únicamente máquinas algorítmicas creadas para la maximización del beneficio económico y no todas nuestras decisiones han de estar orientadas únicamente a adquirir la mayor cantidad de bienes al mínimo coste. Sería asumir que, en a la hora de comprar, no siempre todo ha de ser el precio. Pero eso implica que debemos ser responsables de nuestras decisiones…

Y la segunda cuestión nos habla de aceptar, aunque no nos guste, las decisiones que, en el uso de sus derechos y libertades, tomen los demás ciudadanos. Han de ser respetadas – siempre que no causen la defenestración de la dignidad humana – porque son el bien último que conforma lo que significa el ser humano. Respetarlas significa respetar esa dignidad humana de la que tantas veces hablo. Respetarla pasa, por lo tanto, por garantizar, de la forma más amplia posible, que todos los ciudadanos puedan acceder a esos derechos fundamentales que constituyen la base de nuestra democracia. Esos derechos de los que habla la Constitución. Todos, no sólo unos pocos, y quizá habría que ampliarlos… En todo caso, todo lo que no sea esto, socaba los fundamentos propios de nuestra sociedad y la hace menos buena, y debemos evitarlo desde nuestras propias decisiones individuales.


Alberto Martínez Urueña 15-10-2021


miércoles, 6 de octubre de 2021

Privilegios, derechos y simple lógica

  Parece una cuestión baladí, pero hay demasiada gente que confunde terminologías y, además, lo hace utilizando términos que suponen marcadas características peyorativas. Es el caso de confundir derechos que inherentemente tenemos con privilegios. También sucede al contrario, que confunden privilegios con derechos, y la cosa se tuerce. En este tipo de tergiversaciones, invariablemente, cuando se hacen cuentas, al que confunde los términos de forma voluntaria o inconsciente le suele salir muy rentable.

Por poner un ejemplo: hay quien considera que nacer en el primer mundo otorga algún tipo de derecho que pueda ser reclamable ética o moralmente; es decir, que tenemos derechos que otros no tienen por no haber nacido en nuestra tierra. En realidad, nacer en el primer mundo no otorga ningún derecho: más bien, es un privilegio del que disfrutar y, en el caso de que tengas una mínima conciencia –esto hay a quien se le negó desde niño –, aprovecharlo para ayudar a quienes no han tenido esa suerte. A sensu contrario, hay quien considera un privilegio cosas que, en realidad, son un derecho por el simple hecho de ser una persona con su dignidad y honorabilidad desde que naces. Hablamos de derechos tales como vivir tu vida como te dé la gana si esto no implica un agravio contra alguien –los ofendidillos no cuentan en ese alguien–, amar quien te salga, cepillarte a quien tus gónadas elijan, optar por las creencias religiosas o agnósticas o ateas y estar en igualdad de condiciones… El derecho a la sanidad pública universal no es un privilegio porque en África no la tengan; al contrario, es un derecho inherente a toda persona humana, otra cosa es que haya culturas y sociedades que no la tengan por el motivo que sea. Igual pasa con la Educación Pública o con el derecho a la vida.

Luego hay otro tipo de derechos que puedes adquirir mediante adquisición sobrevenida, como pueda ser que te compres una casa y adquieres el derecho a usarla. Son derechos igualmente, no hay género de duda, y muchos de ellos están al alcance de la mayoría. Todo esto lo digo por una cuestión particular que me sucede a mí y a otros dos millones de personas. Desde que sacas la plaza de funcionario hay quien no se cansa de repetirte que los funcionarios somos unos privilegiados, y esto no es cierto. No entraré en los motivos de tales afirmaciones, pero sí que tengo claro que en muchos de los casos estamos ante el mal endémico español: la envidia. Y es que no somos unos privilegiados: no hemos nacido funcionarios igual que no hemos nacido clase media de la parte rica del mundo. Tener acceso a plaza en propiedad, inamovilidad del funcionario, etcétera, se deriva de otra cuestión más prosaica: nos hemos presentado a unas oposiciones libres para cualquiera y que no regalan a casi nadie, haciendo una inversión de tiempo y dinero, y gracias a ello, adquirimos unos derechos que vienen recogidos en una determinada normativa.

Todo esto, viene a colación porque desde siempre, y ahora con el tema del teletrabajo, he escuchado ya demasiadas veces que los funcionarios somos unos privilegiados porque disfrutamos de un régimen laboral espléndido y que, por tanto, no tenemos derecho a quejarnos. Y esto queda bien para la galería y para que las mentes obtusas puedan ladrar sus tonterías en la calle y en las redes, pero es radicalmente falso. Los funcionarios tenemos derecho a un régimen laboral que nos hemos ganado y, además, tenemos derecho –por supuesto que lo tenemos– a quejarnos de lo que nos salga del haba. Y toda esta tontería, como en otras ocasiones, para que a nadie se le caiga la cara de vergüenza por querer hacernos pagar una factura que no es nuestra…

Querer aplicar las nuevas tecnologías, avances y formas de entender la actividad laboral, y éste es el caso del teletrabajo, no tiene nada que ver con los privilegios. Querer hacer esto tiene que ver con la pura y simple lógica. Exactamente igual que no veo a nadie viviendo en Castilla sin poner la calefacción en invierno –la pobreza energética la dejamos para otro día–; igual que no veo a nadie negándose a usar un teléfono, aunque sea el fijo de casa; igual que no veo a nadie descalzo por la calle… Igual que todo esto, no acabo de entender que, asistidos por la pura y simple lógica, poderes públicos, políticos tragasables, mamporreros de los caciques ibéricos y un largo etcétera, nos pongan trabas a un avance como es el teletrabajo que ha demostrado durante el último año y medio que no menoscaba en modo alguno la productividad del empleado. Pero que, además, soluciona de un plumazo varios de los problemas más acuciantes de nuestras sociedades: gestión urbana, congestión de las ciudades, contaminación, cambio climático, conciliación de la vida laboral y familiar… Una vez más, las mentes retrogradas, como siempre fueron desde que el hombre es hombre, encuentran una excusa y aplican la tergiversación dialéctica para curarse sus miedos irracionales y frenar los avances evidentes. Eso, y otra cuestión nada desdeñable: garantizarse que los currantes que sacan adelante este país sepan sin género de dudas quién es el que, más allá de cualquier consideración lógica, humana o económica, lleva la batuta.


Alberto Martínez Urueña 17-09-2021


Mi única opción

  Ha llegado un momento en que hablar de política, no es que me aburra, o que me cabree, es que me ha llegado a entristecer. No me refiero a escuchar, por ejemplo, tertulias radiofónicas sobre la situación política en España, o en el mundo. Eso me sigue gustando. Me refiero al debate sobre determinadas cuestiones que creo que son relevantes para los ciudadanos. He escrito más de trescientos artículos durante los años y he perfilado bastante bien, creo, las ideas que considero acertadas. No es una cuestión de superioridad moral; simplemente, si no considerase que mis ideas son las adecuadas, las cambiaría. Hablo de la eliminación de todo tipo de violencia, tanto física como dialéctica; hablo de un equilibrio entre los incentivos al esfuerzo y el emprendimiento y la necesaria igualdad de partida para todos los ciudadanos en un sistema educativo lo más igualitario posible; hablo de unas reglas de mercado con las menores distorsiones posibles desde el ámbito normativo unidas a un sistema tributario que permita redistribuir la renta y la riqueza de forma que no haya personas que sufran la pobreza o se vean obligados a llevar una vida indigna. Y cuando hablo de dignidad me refiero a que mis conciudadanos sepan que van a llegar a fin de mes sin tener que medicarse para controlar la angustia de no saber qué va a ser de su futuro y el de sus hijos. Hablo de no tener que medicarse para soportar jornadas laborales desmedidas y en condiciones humillantes. De no tener que medicarse por la angustia de no tener una mínima certeza de cómo llegar a fin de mes.

Hablar de política me resulta triste porque ya no hay discriminación entre lo importante y lo superfluo, y por lo tanto no hay debate posible. Cualquier cosa se convierte en transcendental e irrenunciable, y en posible herramienta de insulto y menosprecio. Se pone al mismo nivel el derecho a la propiedad privada de un millonario para tener veinte casas que el derecho a la vivienda de un ciudadano a poder adquirir o alquilar una cuando cobra quinientos euros al mes. Parece ser lo mismo el derecho a tener un yate de cien metros de eslora y el derecho a tener, sin arriesgar las necesidades básicas, un coche con el que trasladarte a tu centro laboral. No hay debate posible, y no hablo sólo de los discursos hiperinflamados, pero vacíos, con que nos deleitan desde las Cortes Generales; hablo de los votantes, de los ciudadanos de a pie, capaces de olvidarse de que un político les roba con tal de que sus hijos puedan recibir clase de religión en el colegio. O a no recibirla.

La política me interesa, me parece fundamental en una sociedad que busque el progreso real de sus ciudadanos, pero no me interesa hablar de política en la sociedad actual. No veo a nadie con interés de llevar a la práctica un debate sobre las cosas de la vida real, debate que ha de consistir, necesariamente, en transaccionar, en ceder de lo suyo para conseguir algo que sea de todos. No entiendo la política de otra manera y, cuando veo a conciudadanos entrando en el juego y justificando las líneas rojas y las negativas al entendimiento que tratan de justificar, en vano, nuestros representantes públicos, me doy cuenta de que estamos a años luz unos de otros. Y que todavía nos queda mucho camino para entender el sentido de la democracia.

Es cierto que, en occidente, hemos alcanzado cotas de desarrollo material que no tienen parangón en la historia de la humanidad y eso nos tiene que dar una perspectiva algo esperanzada con respecto al futuro inmediato. Sin embargo, no es menos cierto que en las últimas dos décadas hay una percepción bastante generalizada de que hemos alcanzado un tope, un techo de desarrollo que no sabemos cómo superar. Las generaciones de los ochenta del siglo pasado en adelante vivimos con la sensación, de forma general, de que no conseguiremos superar el nivel de vida de nuestros padres y esa frustración se palpa en el ambiente. Hay una incertidumbre material y económica que solivianta los ánimos y nos hace susceptibles a los discursos incendiarios. Estamos dispuestos a adherirnos a una causa sin analizar los argumentos contrarios. Se habla del efecto burbuja que nos han traído las redes sociales y nos radicalizamos sin ponerle una frontera consciente a lo que puede producir en nuestro interior: hacernos peores personas.

Sí, la política hoy en día me entristece porque creo que, unida a la deriva irracional de los últimos años, nos ha deteriorado como sociedad, y la sociedad no deja de ser un reflejo de la suma de sus ciudadanos. Con respecto a la deriva de la que hablo, hay ya profusa y profunda literatura sobre eso que he mencionado respecto del efecto burbuja, la economía de la atención, etcétera. Además, nos desayunamos cada cierto tiempo con noticias sobre cómo las redes sociales están pensadas y estructuradas para hacer que nos despeñemos por el acantilado de nuestros peores defectos por el simple hecho de que eso es económicamente rentable. Como muestra, los últimos informes recientemente conocidos sobre la red social Instagram, propiedad de FaceBook, y de cómo esta organización trató, no sólo de ocultarlos, sino de hacer caso omiso de sus resultados.

Desde mi punto de vista, no hay posible controversia al respecto. Esto son hechos, uno sobre otro, aplastándonos de forma irrefutable, y no querer verlos sólo perpetúa sus efectos. La única cuestión que se nos abalanza, conocida y aceptada esta realidad, es qué decisión adoptamos nosotros en nuestra vida para que, contemplado un horizonte tan incierto, podamos alumbrar un rayo de esperanza que nos permita, desde nuestra insignificancia como individuo, al menos poder contribuir a un futuro más nítido.


Alberto Martínez Urueña 06-10-2021


lunes, 2 de agosto de 2021

Una pequeña píldora

  Hoy sí que me animo a escribiros un texto. En mitad de este verano tan extraño que cada diez o doce días parece querer abandonarnos, voy a hacer un pequeño comentario al respecto de las cosas que suceden a nuestro alrededor.

No voy a hablar de política porque hacerlo supone entrar en un terreno en el que, como todos, me muevo con más soltura de la que me gustaría: desacreditar es muy sencillo, sólo tienes que elegir al enemigo y tienes a tu alcance todos los posibles insultos y razonamientos para sostenerlos. Hay demasiada gente dispuesta a ir a la guerra en nombre de otros, siempre la ha habido, aunque luego nos preguntemos cómo se generan los conflictos. Basta con que alguien consiga que muchos hagan suya la causa que rebuzna para que se crean que esa causa ha nacido de sí mismos y no de estudiados análisis de mercadotecnia. Olvidamos con demasiada facilidad dos cuestiones primordiales: primero, que la democracia está pensada para el consenso y los acuerdos; y, segundo, que no pagamos a los políticos para que nos recuerden en qué nos diferenciamos, sino para que los costes de ponernos de acuerdo sean menores que si tuviéramos que hacerlo de forma directa los cuarenta y siete millones de españoles que somos. Democracia representativa, se llama.

Pero creo que el estado de cosas en que tenemos a la política y a la actualidad es un reflejo del estado de ánimo que nos genera la situación que nos ha tocado vivir: crisis económica, pandemia y un mar de fondo de difícil definición, pero de efectos más que notables. Un mar de fondo de frustración sin precedentes, de angustias, de desequilibrios existenciales… Una ristra de alteraciones emocionales y mentales que se meten dentro del saco de las enfermedades psicoemocionales, pero que difieren unas de otras en gran medida, aunque todas produzcan efectos parecidos. Dentro de los problemas, de todos, hay que diferenciar entre los síntomas y las causas. En el caso de las dolencias físicas, en muchas de éstas, las causas son sencillas de entender –si te rompes una pierna por caerte en la calle, la causa es clara–; en las otras, las causas son mucho más profundas y difíciles de comprender. Esto hace que la solución de los síntomas sea compleja, pero además nos obliga a buscar las causas para que, una vez superado un tratamiento de choque, no vuelvan a aparecer los trastornos.

No se me olvidará el día en que los hijos de la Gran Bretaña anunciaron la creación del ministerio de la soledad. Japón es otro país avanzado en que también tomaron hace tiempo medidas de este tipo. Hablamos de sociedades avanzadas en las que, en principio, la mayoría de la población tiene las necesidades materiales cubiertas. La lucha del ser humano durante toda su existencia como sociedad ha ido encaminada precisamente a eso: a cubrir las necesidades básicas. No todas las personas de nuestras sociedades lo consiguen, pero hay una gran masa social que, al menos durante el siglo veinte, logró apartar esos fantasmas de su camino. De alguna manera, podemos entender que nadie que pase hambre, sed, frío o miedo se va a poder preocupar de cualquier otra cuestión por muy relevante que, a nosotros, dentro de nuestro espejismo del primer mundo, nos pueda parecer.

Han surgido con fuerza, sin embargo, en las sociedades avanzadas, los trastornos derivados de la insatisfacción, la ansiedad, el miedo, la angustia, la sensación de indignidad, la falta de estabilidad vital… todos ellos, crecen cada vez más y más rápido. Antes, las sociedades no tenían tiempo para preocuparse de estas cuestiones. Al menos, la gran masa social que suficiente tenía con que no se les murieran los hijos. Pero ya en la actualidad, incluso antes de la pandemia, se hablaba en ciertos círculos numerosos, pero quizá poco conectados, del incremento del consumo de determinados medicamentos pensados para solucionar todos estos problemas. Ansiolíticos, antidepresivos, sedantes, somníferos… Píldoras de colores en pequeñas dosis que eliminan los síntomas. Formulaciones más o menos sencillas que eliminan de forma cómoda los efectos que han producido causas de orígenes, cuando menos, abstractos y difíciles de localizar y atacar.

Los síntomas han de ser tratados, sin duda. Como dato, decir que el suicidio ha pasado a ser la principal causa de mortalidad entre nuestros jóvenes. Entre los no tan jóvenes, la depresión y otros trastornos causan un nivel de sufrimiento que también lleva al suicidio, o sino, a la cronificación de situaciones que provocan que la existencia se convierta en una losa inasumible. Hay personas que consideran que estos problemas son causados por la falta de capacidad del enfermo; otros, les consideran poco fuertes; otros, les llaman vagos, o carentes de voluntad. Para todos ellos, les recomendaría una dosis extra de empatía y compasión, pero, por desgracia, no hemos encontrado la forma de introducirlas en píldoras que solucionen los síntomas de una desgracia humana semejante. Porque eso también es una desgracia…

Los síntomas han de ser tratados y, para ello, hay que tener la voluntad de abrir la mente, de expandir la visión y de renunciar a las estructuras personales que nos dan seguridad y que nos hacen pensar que nos protegen de daños aún peores. ¿Por qué digo esto? A sabiendas de que puedo pillarme los dedos con la afirmación que voy a verter en este texto, diré que, de hecho, son esas estructuras en las que confiamos, de forma muchas veces inconsciente, las causantes de nuestros problemas. Son la causa. Por desgracia, en gran parte, también son las definiciones que creemos, sin base cierta y de manera errónea, que configuran nuestra propia identidad, por lo que la solución muchas veces pasa por dejar de ser lo que creemos que somos, o lo que creemos que debemos ser. Y eso es muy duro. Pero merece la pena si queremos, simplemente, vivir mejor. Todo ello para que, dejándonos ser y observándonos, podamos lograr una mínima convergencia entre lo que verdaderamente somos y la vida que hemos de llevar.


Alberto Martínez Urueña 2-08-2021


P.D.: por desgracia para nosotros, la sociedad en la que vivimos está basada sobre varias premisas entre las cuáles está que podamos llevar a cabo este proceso. No obstante, es posible, y las pistas están ahí para quien quiera verlas.


lunes, 26 de abril de 2021

Sobre la violencia

 

            Siempre es un tema pertinente. Lo era cuando lo escribí hace un par de semanas, pero, después de este fin de semana, ha cobrado mayor importancia si cabe. La violencia refleja, en su análisis y estudio, la comprensión y expresión de la auténtica naturaleza humana y de sus incongruencias y pulsiones. Por mucho que hubiera quien plantease que la violencia puede tener un origen racional y escogido, no podría convencerme de que, por detrás de todo el armazón dialéctico que se utilizase para adornarlo, hay potentes emociones subyacentes que llevan a utilizarla y a usar, una vez consumida, otra de las grandes cuestiones del estudio del ser humano: el autoengaño.

            La primera pregunta pertinente sobre la violencia nos lleva a tratar de averiguar si hay alguna situación en la que su uso está legitimado. Yo no voy a establecer una respuesta categórica porque otros antes que yo, infinitamente más sabios, han discrepado en este punto. La respuesta que dio Gandhi puede tener matices diferentes a los que pudo dar Buddha y, desde luego, tienen características distintas a las que podemos encontrar, por ejemplo, en religiones monoteístas de otras partes del mundo. Las propias sociedades modernas, más pragmáticas, defienden la utilización de la fuerza ponderada en determinadas circunstancias. Y esas mismas sociedades, según mi particular punto de vista, no tienen ningún problema en utilizar la violencia fuera de sus fronteras cuando se trata de defender sus intereses.

            Pero, si os dais cuenta, quizá en todos los casos en los que hayamos podido pensar en estos dos primeros párrafos, y también cuando hablamos de la violencia de forma coloquial, solemos pensar en violencia física. Por suerte, ya hemos asumido, al menos de forma mayoritaria en nuestras sociedades modernas, que existen otras formas de violencia más sutiles y que no implican el uso de la violencia física. Si no fuera de esta manera, no tendríamos asumidos los delitos de coacción, de intimidación, etcétera. Estos comportamientos tipificados en nuestras leyes obedecen a una realidad palmaria y aceptada: alguien puede ser violentado sin necesidad de ser golpeado físicamente.

            Esto nos lleva a pensar en los límites. Los límites acerca de cuánta es la fuerza –simbólica o metafórica– que una persona puede resistir antes de verse obligada a realizar algo que, de encontrarse en una situación normal y tranquila, sin presiones de ningún tipo, haría. La coacción laboral es más que frecuente y lo vimos, por ejemplo, durante la segunda mitad de los años dos mil, cuando los empleados de banca se vieron coaccionados, bajo la amenaza subrepticia de sufrir consecuencias laborales, a vender productos financieros tóxicos a personas sin los mínimos conocimientos económicos básicos. En el plano personal, hay multitud de situaciones en las que nos podemos ver coaccionados o forzados sin ser golpeados o incluso sin que medie una amenaza explícita. ¿Dónde están los límites? Estos determinarán cuándo está legitimado su uso.

            Desde un punto de vista jurídico, sin necesidad de extenderme en ello, existen criterios con los que podemos estar más o menos de acuerdo, pero parecen ser objetivos y consistentes. No es por ese lado por donde yo quiero llevar mi diserto. A fin de cuentas, el aspecto legislativo tiene suficientes doctores y no necesitan un advenedizo como yo opinando sobre lo que no sabe. Sobre el tema de la violencia hay una cuestión más interesante y que afecta a lo más íntimo de cada persona, resumido en dos preguntas básicas. La primera de ellas sería la siguiente: ¿estás dispuesto a utilizar la violencia? Desde un punto de vista absoluto, sin medias tintas. Sin ponerle ninguna excepción. Ésta es una respuesta sencilla y no pretendo que nadie diga “sí, pero a veces me veo utilizándola y luego me arrepiento”. Ésa es una cuestión aledaña que implica una pregunta correlativa: ¿somos conscientes de nuestros actos en el momento de realizarlos? Eso me puede llevar un texto entero, pero ahora voy por otro lado.

            Si la respuesta a la primera cuestión ha sido negativa, la segunda pregunta no tiene sentido. Sin embargo, si estás dispuesto a usar la violencia, el siguiente paso sería determinar en qué casos crees que sería legítimo que la usases. No hablo de que estés de acuerdo, por ejemplo, en delegarla en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Hablo en que estés dispuesto a usarla tú mismo, sin mediaciones. No hablo sólo de violencia física, como reventarle a la cara a alguien con un palo: como indicaba párrafos más arriba, me refiero a las fronteras imprecisas. Por ejemplo, me refiero a usarla para insultar a quien se lo merece. Me refiero a criticar de forma descarnada a quien se gana la crítica; a quien se me cruza con el coche; al hijo que me desobedece; al jefe que me putea. Hablo de intimidar a quien creo que me intimida, a quien pretende darme órdenes, a quien creo que me pretende agredir y debo frenarle antes de que lo haga.

            El problema de la violencia está en el interior de cada uno de nosotros, en esas dos preguntas tan sencillas. Es cierto que, si alguien viene a matarte, el instinto de supervivencia quizá se active –o no–, pero todos consideramos que un cierto grado de violencia es razonable cuando se trata de defender nuestra vida. Ojo, quizá también actuamos de forma violenta en multitud de ocasiones, de forma subconsciente y cuando nos vemos sumergidos en ella, necesitamos el armazón dialéctico para dar consistencia a nuestro comportamiento, pero hemos de desprendernos de ese espejismo pues sólo es el comportamiento frágil de quien no soporta verse delante del espejo tal cual es. O incluso de quien no quiere mirarse al espejo por el miedo a descubrirse en aquello que más odia. Sin embargo, es necesario ser consciente de nuestros actos y nuestras decisiones y, desde esa perspectiva, poder decidir qué grado de violencia creemos que es asumible introducir en nuestra vida.

 

Alberto Martínez Urueña 9-04-2021

 

PD: no os digo cómo respondo a las dos preguntas porque si la respuesta es “no”, parecería y me tildarían de moralista y utópico, y si la respuesta es “sí”, me aplicarían lo de “consejos vendo…”. Sí que he dicho en multitud de textos que nunca he pretendido ser de los chicos malos, por mucho que eso haya a quien le parezca atractivo, y que una de las principales tareas del ser humano es – debería ser – intentar evitar todo tipo de sufrimiento.