martes, 20 de octubre de 2020

Paralelismos

 

            Hay una cuestión que me queda bastante clara de la gestión de la pandemia: la libertad ciudadana en Occidente es mucho más amplia de lo que pensábamos. A pesar de las medidas que se recomiendan o que se toman, los ciudadanos seguimos contagiándonos y esto sólo se explica porque hay demasiados incapaces de renunciar a dos o tres cosas básicas de nuestro modo de vida. Por ejemplo, no reunirte en lugares cerrados con otras personas. Habiendo otras opciones, ojo. Se nos ha olvidado lo que es pasear por la naturaleza, o por la calle, o sentarte en unas sillas al mediodía en un parque, a una distancia prudencial. Y quedarnos en casa si acaso el frío no lo permite, no pretender buscar la excusa necesaria para meternos en centros comerciales, en bares cerrados, apelotonados unos sobre otros y, en según qué casos, sin mascarillas. No podemos renunciar a las celebraciones, a los viajes de ocio, a la supuesta desconexión… No nos hemos enterado de la gravedad de la situación que tenemos, pero yo os voy a hacer el favor de contárosla, así, en frío, como en el que ya se nos viene, y con cruda prepotencia, porque estoy algo cabreado y con ganas de tocar la vaina.

            Lo que nos pasa es algo tan sencillo como que vivimos la guerra que pensábamos que no nos llegaría. Seamos sinceros: por mucho que oigamos ladrar a nuestros queridos políticos, no veo a demasiada gente deseando coger el fusil y ponerse a matar a sus vecinos. Unos a los rojos y otros a los azules, rescatando las viejas rencillas. No lo veo aquí, ni lo veo en otros muchos países de nuestro entorno, así que bajemos un poco los humos, porque donde Santi pretende ir de macho, en realidad, está intentando interpretar a esos señores –o señoras, que también las hay– secos, recios y con barba de la de verdad, capaces de quedársete mirando durante unos segundos antes de sacar la faca y hundírtela en las tripas sin torcer el gesto. Aquí se te quedan mirando para intentar ocultar su propio acojone, igual que los abusones del colegio, muertos de miedo por ser el marginado, el tonto o el aislado.

            No nos hagamos trampas, que aquí lo que tenemos son los siguientes datos: en cifras redondas, casi un millón de heridos y unos cincuenta mil muertos en siete meses. Si lo extrapolamos a tres años, nos queda la bonita cifra de trescientos mil muertos y seis millones de convalecientes con mayor o menor gravedad en las secuelas. ¿A qué os suena esto? La guerra civil tuvo una sobremortalidad de quinientos mil españoles, entre cifras oficiales de las batallas, enfermedades asociadas y desaparecidos. No andamos muy lejos, ¿verdad? Quizá lo que ocurre es que, si no tienes bocinas sonando día sí, día también, que te obligan a salir corriendo al refugio antiaéreo, no adquieres conciencia de lo que está rondando no demasiado lejos. Muy cerca, de hecho. Más cerca que un avión, aunque parece que también flota en el aire. Si no oyes las bombas o ves los muertos tirados por las aceras, te crees que eso de las UCIS es un lugar muy lejano, como cuando nos hablan de las crisis humanitarias que hay al otro lado del Mediterráneo. Y, exactamente igual que con ésas, tú puedes seguir saliendo a la calle como si nada porque, al contrario de lo que ocurría en Sarajevo, no hay francotiradores en los tejados, esperando para reventarte el cráneo. O mejor, para darte en una pierna y dejarte ahí tirado en lo que llegan los servicios de rescate, y matarles también a ellos. ¿A qué me recuerda eso? Ah, sí, gente infectándose en la calle, muchos de ellos sin saberlo, para infectar a otros, incluidos a los soldados amigos que, en este caso, son los sanitarios.

            ¿Y qué me decís de los sanitarios, ya que sale el tema? Es curioso el paralelismo. Todavía recuerdo –y yo era pequeño– los esfuerzos de la diplomacia europea durante la guerra de los Balcanes pidiendo por favor a cabrones como Milosevic que dejaran de exterminar minorías étnicas. Los otros lo negaban y, así, entre unos líderes políticos y otros líderes políticos, usaban la húmeda y llenaban telediarios. Pero luego estaban los soldados… Estaban los desprotegidos, las mujeres violadas y prostituidas, los niños y los abuelos masacrados, los hospitales bombardeados… Cifras en mitad de una guerra. Ahora tenemos a enfermeros, médicos, auxiliares de laboratorio, limpiadores, celadores, personal de ambulancias… Todos ellos, desprotegidos al principio de la pandemia por la falta de previsión durante años de sus gestores. Como mandar a un grupo de antidisturbios a desmantelar una célula terrorista armados con proyectiles de fogueo y chalecos antibalas caducados. Y, después de meses de lucha, de expertos en lucha antiterrorista diciendo que hay que llevar armas de verdad y chalecos que paren algo más que los soplidos, seguir como al principio, a pecho descubierto, cogiendo las sobras de los compañeros caídos. Tenemos médicos y enfermeros sufriendo las secuelas de haberse infectado, personal sufriendo el mismo estrés postraumático que sufren los soldados que entran en combate y tenemos, por supuesto, muertos.

            Cuanto más lo miro, más me doy cuenta de la cantidad de soplapollas que tenemos a nuestro alrededor, sonriendo a la muerte como si fuera un legionario y ella su novia. Pero no entienden que ella lo único que quiere es llevárselos a él y a su familia, empezando por sus padres, y dejando al resto marcado de cicatrices físicas y psiquiátricas. Tenemos a la vida –y a la muerte, que al final es lo mismo– lanzándonos un suma-y-sigue de pistas de lo que ocurre y lo debemos hacer y hay gente, demasiada gente, que no lo pilla. Hasta que se encuentran cara a cara con la calavera, y descubren que a ella se la sopla su sonrisa y su fiesta, y que su sonrisa en realidad no tiene ni un ápice de alegría.

 

Alberto Martínez Urueña 20-10-2020

viernes, 18 de septiembre de 2020

Porque no se quiere

 

            Ahondando en la cuestión de mi último texto, quería dejaros un par de reflexiones concretas. Sobre todo, porque la pataleta está fetén, pero no aportar nada es poco sano. Y las aportaciones a dos sectores como el sanitario y el educativo son tan sencillos que dejan a nuestros gestores públicos en bolas, dialécticamente hablando.

            Todos sabemos que la Sanidad Pública ha sufrido un proceso de desmantelamiento progresivo en los últimos veinte o treinta años. Ha sido paulatino, poco a poco, argumentando aquello de la eficiencia y el ahorro de costes superfluos. Argumentos que están muy bien cuando se hacen con delicadeza y admitiendo la posible marcha atrás cuando ves que la cosa no funciona. Pero, sobre todo, no restando recursos e inversión para liberar dinero con el que poder acometer otras obras públicas innecesarias –y tenemos suficientes auditorios en lugares dejados de la mano de dios como ejemplo– o para contratar más asesores que nos digan cómo funciona el respaldo de la silla de la oficina. Ya no sólo restando inversión en infraestructuras que hemos visto que se caen a cachos, si no en materia de contratación de personal, tanto médicos, como enfermeros como personal de todo tipo como técnicos de laboratorio, celadores, limpiadoras… ¿Quién no conoce los casos de médicos contratados un lunes para ser despedidos el viernes, a los que se vuelve a contratar en las mismas condiciones el lunes siguiente? Todo en aras de la flexibilidad y también, como no, con la subrepticia finalidad de liberar recursos para el sector privado, que se frota las manos al poder contratar a gente por la mitad de precio y con la dignidad laboral previamente pisoteada en los hospitales públicos. Hasta eso se lo ahorran…

            Es muy sencillo: hacen falta más médicos y más enfermeros; no puede ser que ya, antes de la pandemia, la cita con el médico de cabecera pudiera demorarse cuatro o cinco días, que una operación se alargarse a los tres o cuatro meses en el mejor de los casos –según el servicio médico, a veces son más– y que, en época de gripe, los pacientes estuvieran por los pasillos. Y no puede ser que haya comunidades autónomas de distintos signos –Madrid, Aragón, Cataluña– que no hayan sido capaces de habilitar las contrataciones necesarias para afrontar la segunda ola pandémica con las mínimas dotaciones asistenciales que todos los expertos recomendaban. Cualquier excusa para no hacerlo es, castizamente dicho, cagao de lorito para no sacar los recursos de donde se encuentran. Aquí está la solución que llevan evitando tomar seis meses. Y que solucionaría las carencias previas. Si no se hace, es porque no quieren.

            Con respecto a la Educación, el tema está candente. Llevamos una semana de clase y ya estamos viendo la cascada de casos que obligan, de momento, a cerrar aulas por todo el territorio. No ha llegado ni el frío, y vemos como las toses, los dolores de garganta, las fiebres incipientes, nos llevan a tener que dejar a los niños en casa y a dejar el confinamiento de toda una clase a la espera de la confirmación o no de un positivo por Covid en niños de temprana edad. Todo lo que cualquier persona con dos dedos de frente ya sabía que iba a suceder a las primeras de cambio. ¿Qué han hecho los gestores de nuestro dinero? Estar a la expectativa desde abril para ver si, por esos azares de la vida, no era su comunidad autónoma la más afectada. Ya en aquellos tiempos se les reclamó algo tan sencillo como rebajar la ratio de alumnos por clase, a lo que acudieron prontitud… para negarse. Eso exigía contratar a más profesores y encontrar más espacios donde poder habilitar las aulas. Y claro, para eso hace falta dinero. Dinero que no quieren encontrar. Os voy a contar un secreto: sí que hay dinero, pero no tienen los cojones de ir a cogerlo. Y no estoy hablando de políticas públicas expropiatorias. Son cosas más sencillas. Más mundanas.

            Estas medidas, tanto las sanitarias como las educativas, son las medidas que se reclamaban antes de la crisis del 2008. Son las que se reclamaron después de la crisis del 2008 cuando veíamos que la situación empeoraba. Y son las que hemos de reclamar ahora. ¿Cuál es el problema? Que los diferentes Gobiernos que han sido desde hace años en España no han solucionado los problemas de fondo de nuestra economía y, además, nos han traído nuevos problemas que antes no teníamos. Además, nos han traído una situación política que no es capaz de salir del enrocamiento y de los bloqueos cruzados entre bandos irreconciliables, motivo por el que no hay nada que se pueda negociar ni consensos que se puedan alcanzar.

            ¿Por qué nuestros políticos no escuchan? Esta pregunta no tiene respuesta, lo siento. No, al menos por mi parte. Hace tiempo que comprendo que sus incentivos no pasan por solucionarnos los problemas, ellos están en otra cosa. Su principal ambición es aplastar al enemigo al más puro estilo de El señor de los Anillos, como si el enemigo fuera Sauron personificado. Por desgracia, las soluciones pasan por asumir que nuestros políticos, estos actuales, han demostrado que son unos incompetentes y que nos sobran. Les miro y veo que creen tener la razón absoluta, y se dedican a urdir intrigas palaciegas al más puro estilo Juego de Tronos. Y eso a nosotros no nos sirve.

 

Alberto Martínez Urueña 18-09-2020

 

            PD:  Pero ojo, mientras los españoles no demostremos nuestra competencia a la hora de exigir verdadero liderazgo a quien ha de materializar nuestra idea de sociedad, seguiremos dirigidos por incompetentes.

Cosas que no tienen sentido

 

            Lo mires por donde lo mires, hay cosas que no tienen sentido. Eso pensaba yo hace un par de días haciendo la cama de una de las niñas, peleándome con las sábanas para conseguir que ambos lados rodeasen mínimamente el colchón y no se salieran antes de la hora de dormir. La colcha sujeta algo, pero la sábana no llega. No sé si os ha pasado algo parecido, pero es muy frustrante comprar unas sábanas de cama de noventa y que, cuando vas a ponerla, no haya manera de remeterlas adecuadamente.

            Con esto, como con otras cosas que, lo mires por donde lo mires, no hay por dónde cogerlas. No va de encontrarle una explicación: lo de la sábana seguramente sea porque el fabricante haya decidido ahorrarse cinco centímetros de tela por cada lado para poder bajar los precios o aumentarse los beneficios. Sin embargo, aunque le encuentres un razonamiento, éste no tiene el más mínimo pase: unas sábanas con las que no puedes hacer la cama no son ni mucho ni poco útiles: son, simplemente inservibles.

            Esto pasa con otras cosas, por supuesto. Llevándolo al terreno de la política, sale sólo. Y más un día como hoy en el que ha habido una supuesta sesión de control al Gobierno. Hemos podido presenciar –una vez más– como nuestros líderes políticos han entrado en una dinámica de lo más estúpida, más propia de prototípicos personajes del mundo del espectáculo que de personas serias y responsables en búsqueda de la solución a los problemas de la sociedad. No es muy desacertada la teoría que les coloca a ellos mismos como el mayor de nuestros problemas. Y ni más ni menos porque hay cosas que, las mires por donde las mires, no pueden ser.

            Esto lleva siendo así desde hace mucho tiempo, demasiado. La dinámica partidista es lógica cuando hablamos de diferentes modos de entender la estructura fiscal, o en qué sectores invertir a largo plazo, o hacia dónde encaminar los esfuerzos de I+D+i del sector público. Hay diferentes modos de entender la movilidad urbana, las infraestructuras básicas o los servicios de transporte públicos. Aquí se puede admitir que haya pensamientos, ideas y planificaciones diferentes; pero otras cosas… Es ahí donde hay que actuar ya, antes de plantear ningún otro debate. Son los dos puntos básicos sobre los que hay que construir todo lo demás y que, en la medida que no se establezcan, no nos permiten avanzar de lo básico a lo complicado. Todo debate que se produzca antes de solventar esas cuestiones nos distrae de lo fundamental.

            Estoy hablando, por supuesto, de la Educación y de la Sanidad. Después de recapacitar en profundidad, no entro siquiera en la organización básica de los tres poderes del Estado, como por ejemplo a la elección de los magistrados del Supremo, del Constitucional o del Consejo General del Poder Judicial, siempre sujetos al capricho de los partidos políticos. No, antes de todo eso, un melón bien rollizo y suculento al que habría que hincarle el diente, hay que solucionar de una vez por todas los problemas básicos de la Educación y de la Sanidad, potenciarlos al máximo y que sean los pilares sobre los que construir todo lo demás. La pandemia ha dejado claras las deficiencias que ya arrastraban desde hace años. Ha puesto de manifiesto que la excelsa Sanidad Pública no lo era tanto salvo si hablamos de los profesionales que desempeñan sus trabajos en ella. Y con respecto a la Educación, para qué hablar… A los problemas previos que ya teníamos de abandono escolar, de falta de preparación y adecuación para encontrar un trabajo, de ratios elevados en clases saturadas y profesionales sobrepasados por el trabajo y defenestrados por una sociedad que no valora su desempeño, la Educación ha sido arrasada por el tsunami que ha supuesto el coronavirus.

            Para acometer esta importante tarea, sobre todo, hay que evitar engañarse. No nos hagamos trampas al solitario. Son necesarias dos medidas básicas en ambos casos –y precisamente aquí es donde empiezo a perder toda la esperanza de solución–. La primera de ellas implica abrir un proceso de consultas, de debates serios y profundos, no las bochornosas y superfluas declaraciones carentes de profundidad a las que nos tienen acostumbrados. Proceso de análisis que se debe realizar de forma efectiva, pero sin prisas, en el que participen los primeros afectados y los principales expertos; y ellos deberán ser los que marquen las directrices básicas. Hablo de médicos, enfermeros y demás profesionales de la salud; y hablo de profesores, directores de colegios y guarderías, personal de las Universidades y cualquier otro colectivo afectado.

            Y, en segundo lugar, poner la pasta. Por mucho que nos quieran vender la moto de la optimización de los recursos existentes, que, por supuesto es necesario, hace falta invertir más dinero. Para mejorar las condiciones de vida de los profesionales, para dignificar sus profesiones, y para, además, dotarles de los mejores recursos para desarrollar sus funciones. Todo lo demás, sin dinero, es cómo pretender alimentarse viendo el folleto de publicidad de un supermercado.

            Así que, como hay cosas que no pueden ser, lo mires como lo mires, hasta que no se solucione lo primordial, no pienso pasar a lo circunstancial. Del mismo modo que no voy a conseguir remeter las sábanas de la cama, no voy a ocupar mi tiempo y mis neuronas en analizar cuestiones superfluas cuando lo más importante de la estructura social española se encuentra en una sala de urgencias conectado a un respirador automático.

 

Alberto Martínez Urueña 16-09-2020

viernes, 7 de agosto de 2020

Almas deformes

             Creo que lo he mencionado en multitud de ocasiones: me gusta la tecnología. Desde siempre. Los ordenadores me atrajeron desde niño, los videojuegos, las posibilidades de la informática. Gracias a ella, he podido componer música, he llegado a películas que de otro modo no habría visto o he logrado escribir todos estos textos que os mando desde hace años. La tecnología es un mundo apasionante lleno de posibilidades creativas al alcance de la mano de cualquiera, ya no necesitas pasarte años y años de estudios complicados para poder pasar de no crear nada a ser un maestro. Ha democratizado el conocimiento de una manera que nadie habría imaginado hace cien años y nos ha permitido estar en contacto directo con personas sin tener en cuenta la variable de la distancia.

            Pero también soy una persona consciente de los peligros que entraña. He sentido en mis propias carnes las dentelladas de la adicción que puede llegar provocar la necesidad de esa distracción fácil, inmediata, individual y cómoda hasta el punto de intentar engañar para conseguir una dosis más elevada. He comprobado con estupor cómo había pasado el tiempo sin percatarme de ello, pensando que habían pasado sólo unos pocos minutos, aunque hubiera transcurrido en realidad más de media hora. Pero hay peligros más soterrados, y una noticia leída en uno de los portales sobre tecnología y cine me ha hecho reflexionar profundamente al respecto.

            Uno de los servicios más populares de televisión a la carta por internet, va a posibilitar la opción a sus usuarios de ver los contenidos – películas y series – a mayor velocidad. A 1,5x que se llama. Es decir, un 50% más rápido de la velocidad real a la que fue grabada y concebida por sus creadores. ¿Para qué? Para posibilitar un consumo superior en una cantidad de tiempo determinada. Una película de ciento veinte minutos en ochenta. Tres capítulos de una serie en el tiempo que antes veías dos. La productividad y la eficiencia empresarial llevada al consumo y al ocio, y de ahí, si me permitís, a la defenestración del verdadero sentido del arte. No por consumir más arte vas a ser más culto. Pero claro, hace tiempo que las leyes de mercado y la eficiencia optima en la función de utilidad del individuo, es decir, la maximización de su satisfacción medida como un algoritmo matemático, se impuso sobre el verdadero sentido del arte como alimento del alma. Quizá el error esté en considerar arte a cualquier película o serie, pero esa herramienta de aceleración visual creo que tampoco discrimina entre basura televisiva y arte con mayúsculas.

            Según leía la noticia me venían a la memoria multitud de ejemplos en los que esa conceptualización del consumo artístico me habría privado del verdadero disfrute de los grandes hitos de mi juventud. No paro de pensar en qué habría sucedido si únicamente hubiera escuchado una vez el disco The Works, de Queen, y hubiera llegado a la conclusión de que era un grupo de una única canción, Radio Ga Ga. O lo mismo con la canción de Streets of Philadelphia, de Bruce Springsteen. De hecho, de no haber escuchado cinco o seis veces el disco de Love over gold, con su sensacional canción, Tunnel of Love de más de catorce deliciosos momentos. Una canción que marcaría mi adolescencia y que es imposible aprender a disfrutar si no es tras largas audiciones en las que analizar e ir aprendiendo los detalles, las transiciones y la carga de profundidad de las letras. Si la hubiera escuchado a 1,5x, por escuchar en esa misma sesión otros temas, habría sido como si me hubiera arrancado la parte emocional del cuerpo. Imaginaos escuchar la novena sinfonía de Beethoven a un ritmo que no fuese el adecuado, o la canción Let it be de The Beatles. ¿Qué significaría El padrino vista a 1,5x velocidad? ¿Cómo sentirías esas pausas dramáticas en las que Michael Corleone planificaba la venganza contra Sollozo? ¿Qué haríamos con la despedida de Casablanca en mitad de la bruma de la noche, como captaríamos esos suspiros de Bergman, las inflexiones de su voz, la serena fatalidad de Bogart ante los avatares de la vida? Es una completa locura para cualquier persona que se precie de disfrutar del buen cine.

            ¿En qué consiste el ocio? ¿Para qué sirve el arte? ¿Cuál ha de ser la verdadera utilidad de la tecnología? ¿QUÉ NOS CONVIERTE EN SERES HUMANOS? ¿Nuestra capacidad para funcionar en base a una estructura matemática invariable, o nuestra insoslayable pulsión que nos lleva a ser una entidad mucho más rica y con capacidades más amplias, más orientadas hacia las emociones, los sentimientos y la constante y huidiza espiritualidad? ¿La capacidad algorítmica para acelerar los ritmos hasta el punto anterior al desgaste o la posibilidad de pausar, analizar y emocionarnos ante la despedida de Elsa Laszlo y Rick Blaine, deleitándonos con sosiego ante el chorro de sentimientos que nos provocan una y otra vez al visionar esa película? Parecen preguntas baladíes, sacadas de una vuelta de tuerca superior a la recomendable. Sin embargo, la existencia de máquinas capaces de hacer composiciones musicales que llegan a confundir a expertos en la materia, hace que nos debamos replantear de qué manera queremos relacionarnos entre nosotros como especie y con las herramientas que nos hemos dado. El arte, las composiciones pictóricas, musicales, cinematográficas, etcétera, todas ellas sirven para enviar mensajes de un ser humano a otro y renunciar a ello por la cantidad lo convierte en un completo fraude Las auténticas experiencias no se miden por la cantidad, sino por la calidad de las mismas y la capacidad para entender y valorar el mensaje. Consumir una gran cantidad de productos para lo único que puede servir es para producir, como en los gansos, una deformidad en el órgano que lo recibe. A los gansos se les deforma el hígado y les destroza el cuerpo. A los seres humanos, ese consumo desaforado les deforma, sea lo que sea, eso que llamamos alma.

 

Alberto Martínez Urueña 5-08-2020

 

PD.: otro día podremos tratar el tema del verdadero arte, del verdadero sentido del mismo, y lo que, según mi opinión es arte de lo que no, pero es complejo al estar condicionado por una enorme carga de subjetividad.

miércoles, 29 de julio de 2020

Ratificación



            Me asaltan al mismo tiempo dos noticias que ejemplifican los motivos por los que el día 28 de julio de 2020 mandé un artículo que me costó dios y ayuda concluir con una reflexión coherente sobre lo que pensaba de la realidad actual. Si no solucionan los problemas que arrastramos desde hace décadas, y se enzarzan en problemas inventados, ¿por qué vamos a confiarles la gestión de lo público? Es más, si ni tan siquiera hacen por ponerse a solucionarlos de manera decidida, ¿por qué vamos a pensar que están poniéndose a solucionar los que ahora tenemos? No me cogerán vivo en ésta.
            La primera de las noticias es una bronca en el hemiciclo, hoy mismo, debido a que el PSOE se ha saltado las normas de no acudir más del 50% de diputados y de respetar la distancia de seguridad. Y todo para aumentar los decibelios de los aplausos a su líder todo poderoso y bienamado. Normas elaboradas por el hemiciclo a propuesta del Gobierno vulneradas en el hemiciclo por el partido del Gobierno. Maravilloso equilibrismo. Por supuesto, la tabernera pepera Cayetana no ha tardado en apoyar el codo en la barra de Twitter para denunciar con su ruda voz y sus rudos modos tal infamia. Olvidando que es algo que su grupo parlamentario hace cada vez que le sale del arco del triunfo parlamentario. Resumiendo, para que le quede meridianamente claro al lector: gastándose nuestro dinero pagado en impuestos o en deuda pública en debatir cuál es el sexo de los ángeles.
            Por otro lado, la segunda noticia es de ayer. Al parecer, Moreno-Bonilla, felizmente casado de manera oficial con Ciudadanos y oficiosamente con VOX para poder ser presidente de la Junta de Andalucía –queridos niños, hay que aprender a leer cuidadosamente el contexto para evitar que Pablo y Santi nos cuelen sus añagazas– ha declarado que el botellón es una actividad insalubre y peligrosa, para prohibirlo en su totalidad –hoy por la tarde, se han subido al carro otras Comunidades Autónomas, imagino que al olor de las feromonas del éxito–. Y me quedado como las vacas viendo pasar el tren: ¿el consumo compulsivo de alcohol ya no era un actividad insalubre y peligrosa antes de la pandemia por motivos diferentes al mantenimiento de la distancia de seguridad? Es más, ¿no se supone que beber en la vía pública ya estaba prohibido? Seguramente no, es una normativa municipal, o autonómica o diputacional o clerical, o la madre que parió a la administración territorial española.
            El tema del botellón es una cuestión que lleva en la palestra española desde hace lustros: esto es, la correlación que existe entre ocio de los jóvenes y el consumo abusivo de alcohol. Los datos de la Delegación del Gobierno sobre la drogadicción, así como de diferentes asociaciones relacionadas con el tema, llevan poniendo de manifiesto realidades tales como que los jóvenes se inician en el alcohol a una edad en la que el mínimo consumo ya es inadmisible: con trece años. Considerando, además, que su consumo está prohibido hasta los dieciocho. Y yo digo: si se conocen los efectos perniciosos del alcohol, ¿por qué se permite, en la práctica, su consumo entre los menores de edad? Sólo hay uno: los productores y distribuidores de bebidas alcohólicas verían disminuir sus ventas.
            Ahora, con la pandemia, hay quien se hace la picha un lío dándole vueltas a cuál de todos los políticos vela mejor por la salud pública antes que por la economía. Y viendo la actitud de esos políticos con respecto a la pandemia, o con respecto a esos aspectos básicos de los que he hablado en este texto o en el anterior, lo de esos ciudadanos no tiene un pase. Hablo del botellón de los jóvenes que no se ha querido solucionar durante años, manteniendo ese falso equilibrio entre libertad individual, salud pública y economía, pero podríamos hablar de otras cuestiones relevantes como la contaminación acústica en las zonas de ocio nocturno –eufemismo para hablar de bares abiertos hasta las cinco de la mañana con sus clientes dando berridos a las puertas– o la sobreexplotación turística de las costas españolas –pensemos por un momento en el Mar Menor, dentro de poco convertido en el Mar Muerto–. Detrás de todas ellas encontraréis el mismo denominador común: empresarios de sector reclamando sus derechos a hacer negocio, irresponsables por supuesto, de las consecuencias de los mismos. Ellos no son responsables de que de sus botellas acaben en manos de niños de trece años, edad a la que nuestros hijos empiezan a consumir un veneno que les altera la estructura cerebral para convertirles en enfermos. Y a lo mejor ese empresario, esa bodega, o esa productora de licores tiene razón; por lo tanto, los responsables de evitarlo deberían ser los poderes públicos. Nuestros políticos. Esos señores con traje elegante e incapaces de hacer mínimamente honorable el cargo que ocupan. ¿Cómo van a poner a policías en los parques de manera sistemática para perseguir una actividad ilegal? ¿Cómo van a usar su potestad sancionadora para cascarles 600 euros a los adultos que beban en lugares no permitidos? ¿Cómo van a meterle un rejonazo de 1.500 euros al padre cuyo hijo menor de edad esté en la vía pública bebiendo, o ya borracho y semiinconsciente?
            No esperéis que esta ralea de incompetentes estén trabajando en solucionarnos los problemas: están esperando a que aparezca la siguiente noticia para soltar un zasca en redes sociales y meter bajo la alfombra lo que está sucediendo hoy, 29 de julio de 2020. Así, sucesivamente, sin solución de continuidad.

Alberto Martínez Urueña 29-07-2020

PD.: Cuando llegue el momento, aunque me diréis que estáis de acuerdo, seguiréis votándoles. Y sólo por el miedo a que salgan los otros, los que no son de vuestra supuesta cuerda ideológica.