viernes, 7 de agosto de 2020

Almas deformes

             Creo que lo he mencionado en multitud de ocasiones: me gusta la tecnología. Desde siempre. Los ordenadores me atrajeron desde niño, los videojuegos, las posibilidades de la informática. Gracias a ella, he podido componer música, he llegado a películas que de otro modo no habría visto o he logrado escribir todos estos textos que os mando desde hace años. La tecnología es un mundo apasionante lleno de posibilidades creativas al alcance de la mano de cualquiera, ya no necesitas pasarte años y años de estudios complicados para poder pasar de no crear nada a ser un maestro. Ha democratizado el conocimiento de una manera que nadie habría imaginado hace cien años y nos ha permitido estar en contacto directo con personas sin tener en cuenta la variable de la distancia.

            Pero también soy una persona consciente de los peligros que entraña. He sentido en mis propias carnes las dentelladas de la adicción que puede llegar provocar la necesidad de esa distracción fácil, inmediata, individual y cómoda hasta el punto de intentar engañar para conseguir una dosis más elevada. He comprobado con estupor cómo había pasado el tiempo sin percatarme de ello, pensando que habían pasado sólo unos pocos minutos, aunque hubiera transcurrido en realidad más de media hora. Pero hay peligros más soterrados, y una noticia leída en uno de los portales sobre tecnología y cine me ha hecho reflexionar profundamente al respecto.

            Uno de los servicios más populares de televisión a la carta por internet, va a posibilitar la opción a sus usuarios de ver los contenidos – películas y series – a mayor velocidad. A 1,5x que se llama. Es decir, un 50% más rápido de la velocidad real a la que fue grabada y concebida por sus creadores. ¿Para qué? Para posibilitar un consumo superior en una cantidad de tiempo determinada. Una película de ciento veinte minutos en ochenta. Tres capítulos de una serie en el tiempo que antes veías dos. La productividad y la eficiencia empresarial llevada al consumo y al ocio, y de ahí, si me permitís, a la defenestración del verdadero sentido del arte. No por consumir más arte vas a ser más culto. Pero claro, hace tiempo que las leyes de mercado y la eficiencia optima en la función de utilidad del individuo, es decir, la maximización de su satisfacción medida como un algoritmo matemático, se impuso sobre el verdadero sentido del arte como alimento del alma. Quizá el error esté en considerar arte a cualquier película o serie, pero esa herramienta de aceleración visual creo que tampoco discrimina entre basura televisiva y arte con mayúsculas.

            Según leía la noticia me venían a la memoria multitud de ejemplos en los que esa conceptualización del consumo artístico me habría privado del verdadero disfrute de los grandes hitos de mi juventud. No paro de pensar en qué habría sucedido si únicamente hubiera escuchado una vez el disco The Works, de Queen, y hubiera llegado a la conclusión de que era un grupo de una única canción, Radio Ga Ga. O lo mismo con la canción de Streets of Philadelphia, de Bruce Springsteen. De hecho, de no haber escuchado cinco o seis veces el disco de Love over gold, con su sensacional canción, Tunnel of Love de más de catorce deliciosos momentos. Una canción que marcaría mi adolescencia y que es imposible aprender a disfrutar si no es tras largas audiciones en las que analizar e ir aprendiendo los detalles, las transiciones y la carga de profundidad de las letras. Si la hubiera escuchado a 1,5x, por escuchar en esa misma sesión otros temas, habría sido como si me hubiera arrancado la parte emocional del cuerpo. Imaginaos escuchar la novena sinfonía de Beethoven a un ritmo que no fuese el adecuado, o la canción Let it be de The Beatles. ¿Qué significaría El padrino vista a 1,5x velocidad? ¿Cómo sentirías esas pausas dramáticas en las que Michael Corleone planificaba la venganza contra Sollozo? ¿Qué haríamos con la despedida de Casablanca en mitad de la bruma de la noche, como captaríamos esos suspiros de Bergman, las inflexiones de su voz, la serena fatalidad de Bogart ante los avatares de la vida? Es una completa locura para cualquier persona que se precie de disfrutar del buen cine.

            ¿En qué consiste el ocio? ¿Para qué sirve el arte? ¿Cuál ha de ser la verdadera utilidad de la tecnología? ¿QUÉ NOS CONVIERTE EN SERES HUMANOS? ¿Nuestra capacidad para funcionar en base a una estructura matemática invariable, o nuestra insoslayable pulsión que nos lleva a ser una entidad mucho más rica y con capacidades más amplias, más orientadas hacia las emociones, los sentimientos y la constante y huidiza espiritualidad? ¿La capacidad algorítmica para acelerar los ritmos hasta el punto anterior al desgaste o la posibilidad de pausar, analizar y emocionarnos ante la despedida de Elsa Laszlo y Rick Blaine, deleitándonos con sosiego ante el chorro de sentimientos que nos provocan una y otra vez al visionar esa película? Parecen preguntas baladíes, sacadas de una vuelta de tuerca superior a la recomendable. Sin embargo, la existencia de máquinas capaces de hacer composiciones musicales que llegan a confundir a expertos en la materia, hace que nos debamos replantear de qué manera queremos relacionarnos entre nosotros como especie y con las herramientas que nos hemos dado. El arte, las composiciones pictóricas, musicales, cinematográficas, etcétera, todas ellas sirven para enviar mensajes de un ser humano a otro y renunciar a ello por la cantidad lo convierte en un completo fraude Las auténticas experiencias no se miden por la cantidad, sino por la calidad de las mismas y la capacidad para entender y valorar el mensaje. Consumir una gran cantidad de productos para lo único que puede servir es para producir, como en los gansos, una deformidad en el órgano que lo recibe. A los gansos se les deforma el hígado y les destroza el cuerpo. A los seres humanos, ese consumo desaforado les deforma, sea lo que sea, eso que llamamos alma.

 

Alberto Martínez Urueña 5-08-2020

 

PD.: otro día podremos tratar el tema del verdadero arte, del verdadero sentido del mismo, y lo que, según mi opinión es arte de lo que no, pero es complejo al estar condicionado por una enorme carga de subjetividad.

miércoles, 29 de julio de 2020

Ratificación



            Me asaltan al mismo tiempo dos noticias que ejemplifican los motivos por los que el día 28 de julio de 2020 mandé un artículo que me costó dios y ayuda concluir con una reflexión coherente sobre lo que pensaba de la realidad actual. Si no solucionan los problemas que arrastramos desde hace décadas, y se enzarzan en problemas inventados, ¿por qué vamos a confiarles la gestión de lo público? Es más, si ni tan siquiera hacen por ponerse a solucionarlos de manera decidida, ¿por qué vamos a pensar que están poniéndose a solucionar los que ahora tenemos? No me cogerán vivo en ésta.
            La primera de las noticias es una bronca en el hemiciclo, hoy mismo, debido a que el PSOE se ha saltado las normas de no acudir más del 50% de diputados y de respetar la distancia de seguridad. Y todo para aumentar los decibelios de los aplausos a su líder todo poderoso y bienamado. Normas elaboradas por el hemiciclo a propuesta del Gobierno vulneradas en el hemiciclo por el partido del Gobierno. Maravilloso equilibrismo. Por supuesto, la tabernera pepera Cayetana no ha tardado en apoyar el codo en la barra de Twitter para denunciar con su ruda voz y sus rudos modos tal infamia. Olvidando que es algo que su grupo parlamentario hace cada vez que le sale del arco del triunfo parlamentario. Resumiendo, para que le quede meridianamente claro al lector: gastándose nuestro dinero pagado en impuestos o en deuda pública en debatir cuál es el sexo de los ángeles.
            Por otro lado, la segunda noticia es de ayer. Al parecer, Moreno-Bonilla, felizmente casado de manera oficial con Ciudadanos y oficiosamente con VOX para poder ser presidente de la Junta de Andalucía –queridos niños, hay que aprender a leer cuidadosamente el contexto para evitar que Pablo y Santi nos cuelen sus añagazas– ha declarado que el botellón es una actividad insalubre y peligrosa, para prohibirlo en su totalidad –hoy por la tarde, se han subido al carro otras Comunidades Autónomas, imagino que al olor de las feromonas del éxito–. Y me quedado como las vacas viendo pasar el tren: ¿el consumo compulsivo de alcohol ya no era un actividad insalubre y peligrosa antes de la pandemia por motivos diferentes al mantenimiento de la distancia de seguridad? Es más, ¿no se supone que beber en la vía pública ya estaba prohibido? Seguramente no, es una normativa municipal, o autonómica o diputacional o clerical, o la madre que parió a la administración territorial española.
            El tema del botellón es una cuestión que lleva en la palestra española desde hace lustros: esto es, la correlación que existe entre ocio de los jóvenes y el consumo abusivo de alcohol. Los datos de la Delegación del Gobierno sobre la drogadicción, así como de diferentes asociaciones relacionadas con el tema, llevan poniendo de manifiesto realidades tales como que los jóvenes se inician en el alcohol a una edad en la que el mínimo consumo ya es inadmisible: con trece años. Considerando, además, que su consumo está prohibido hasta los dieciocho. Y yo digo: si se conocen los efectos perniciosos del alcohol, ¿por qué se permite, en la práctica, su consumo entre los menores de edad? Sólo hay uno: los productores y distribuidores de bebidas alcohólicas verían disminuir sus ventas.
            Ahora, con la pandemia, hay quien se hace la picha un lío dándole vueltas a cuál de todos los políticos vela mejor por la salud pública antes que por la economía. Y viendo la actitud de esos políticos con respecto a la pandemia, o con respecto a esos aspectos básicos de los que he hablado en este texto o en el anterior, lo de esos ciudadanos no tiene un pase. Hablo del botellón de los jóvenes que no se ha querido solucionar durante años, manteniendo ese falso equilibrio entre libertad individual, salud pública y economía, pero podríamos hablar de otras cuestiones relevantes como la contaminación acústica en las zonas de ocio nocturno –eufemismo para hablar de bares abiertos hasta las cinco de la mañana con sus clientes dando berridos a las puertas– o la sobreexplotación turística de las costas españolas –pensemos por un momento en el Mar Menor, dentro de poco convertido en el Mar Muerto–. Detrás de todas ellas encontraréis el mismo denominador común: empresarios de sector reclamando sus derechos a hacer negocio, irresponsables por supuesto, de las consecuencias de los mismos. Ellos no son responsables de que de sus botellas acaben en manos de niños de trece años, edad a la que nuestros hijos empiezan a consumir un veneno que les altera la estructura cerebral para convertirles en enfermos. Y a lo mejor ese empresario, esa bodega, o esa productora de licores tiene razón; por lo tanto, los responsables de evitarlo deberían ser los poderes públicos. Nuestros políticos. Esos señores con traje elegante e incapaces de hacer mínimamente honorable el cargo que ocupan. ¿Cómo van a poner a policías en los parques de manera sistemática para perseguir una actividad ilegal? ¿Cómo van a usar su potestad sancionadora para cascarles 600 euros a los adultos que beban en lugares no permitidos? ¿Cómo van a meterle un rejonazo de 1.500 euros al padre cuyo hijo menor de edad esté en la vía pública bebiendo, o ya borracho y semiinconsciente?
            No esperéis que esta ralea de incompetentes estén trabajando en solucionarnos los problemas: están esperando a que aparezca la siguiente noticia para soltar un zasca en redes sociales y meter bajo la alfombra lo que está sucediendo hoy, 29 de julio de 2020. Así, sucesivamente, sin solución de continuidad.

Alberto Martínez Urueña 29-07-2020

PD.: Cuando llegue el momento, aunque me diréis que estáis de acuerdo, seguiréis votándoles. Y sólo por el miedo a que salgan los otros, los que no son de vuestra supuesta cuerda ideológica.

martes, 28 de julio de 2020

No hay esperanza


            Llevo varios días intentando sintetizar una idea y no sé cómo hacerlo si no es de forma directa: reniego de la política española. Reniego de cualquiera de sus manifestaciones actuales y rehúyo cualquier pretensión de análisis o fundamento sobre las medidas o decisiones que adopten. Básicamente, he alcanzado tal nivel de hartazgo que todo lo que salga de ellos se me ha convertido en algo ponzoñoso. Por mucho que las medidas adoptadas pudieran acertar por casualidad, las motivaciones son oscuras. No puedo olvidar dónde nos encontramos y por qué hemos llegado hasta aquí.
            No quiero ser un desmemoriado. Esa clase de personas que van por la vida como si nada de lo sucedido hasta ese momento no importara. Pero por encima de todo, no quiero vivir en el rencor. El rencor se basa en vivir anclado al pasado y a sus emociones negativas, incapacitado para seguir avanzando, no ya hacia el futuro, sino de presente en presente, centrado en la vida real. Sintiendo, viviendo y actuando como corresponda en cada momento. Seguir escuchando a los líderes políticos me convertiría en un ingenuo, pero también en un rencoroso, y no voy a permitir que nadie me pervierta de tal manera. Es una cuestión, en fin, de supervivencia existencial.
            Los tumores de la sociedad en que vivimos pueden utilizarse al mismo tiempo como herramienta para la evasión. Hablo de la pseudodemocracia que sufrimos y del capitalismo individualista y neurótico que devora el alma y que ha sido sabiamente instaurado por los poderes fácticos en la epigenética de un ser humano degradado progresivamente a través de sistemas sociales que premian el negacionismo del ser interior. No importa que no me entendáis, pero estos dos factores son la clave de bóveda del verdadero problema que sufren cada vez más personas en el mundo occidental: un sufrimiento que se materializa en la creciente dependencia de medicamentos para el control de la angustia y la depresión y en la verdadera pandemia que nos acosa desde hace lustros: la insatisfacción. En realidad, desde siempre, pero acrecentada exponencialmente por un sistema de organización social que prima la competición y el individualismo, y que nos llevan a una soledad necrosante.
            Gracias a estos dos factores perniciosos, y que no tienen otros sistemas sociales basados en sistemas represivos concretos y personificados en un Estado totalitario, tienes una opción de la que ningún estamento puede obligarte a salir: echarte al monte. Una decisión personalísima y que no me impide escapar de las estructuras mentales que produce aquel sistema vampírico que nos roba la existencia. En el plano político, no es que crea que nos conviene un anarquismo como el que propugnaron otros. Es más, para echarme yo al monte, prefiero que siga existiendo ese sistema: veo demasiadas personas incapaces de gobernarse a sí mismas como para eliminar un sistema doctrinal, aunque sea subliminal, que los mantenga a raya. Prefiero que la bestia esté dormida, alimentándose del adocenamiento de la mayoría, y de esa manera, poder difuminarme en la masa sin riesgo a sufrir sus dentelladas furiosas.
            Y es que no lo soporto más. Ya no puedo seguir escuchando a nuestros líderes políticos con sus discursos vacíos mientras siguen desmontando la sociedad y los lazos que antes nos protegían para dejarnos solos e indefensos frente a la bestia. He presenciado la caída del poder adquisitivo de los salarios, de las condiciones laborales, de los sistemas sanitarios, de las promesas de sistemas educativos modernos, de la inversión en tecnología, de la reestructuración del tejido industrial, de la reforma del sistema fiscal, de la modernización de las administraciones, de la racionalización de los procedimientos… Cuestiones que antes de la llegada de la pandemia podían ser anotaciones que reclamar en según qué momentos, ahora ya no son negociables. Dejaron que la sanidad fuera languideciendo poco a poco, durante décadas, como la rana que cae en la cazuela cuando todavía esta no ha comenzado a calentarse y acaba muriendo sin ser consciente de que está cocinándose lentamente, para después comérsela con sus privatizaciones. Llegaron los aplausos, tratamos como héroes a los que sólo eran currantes que llevaban sufriendo años de precariedad y recortes y, en cuanto pudieron, nos volvieron las terrazas y el fútbol, y volvieron a defenestrarles. Lo siento, pero yo no puedo olvidarlo. No puedo seguir dejando pasar las cuestiones que he mencionado anteriormente: llegaran las catástrofes futuras y nos arrasaran como un tsunami, y ver a los políticos hacerse los sorprendidos no será sino otro insulto más a nuestra dignidad como seres humanos. Tenemos un ejemplo todavía más claro: el cambio climático nos está abrasando como a la rana, poco a poco y, cuando queramos saltar de la olla, ya será tarde. Incluso quizá ya lo sea, y sólo estemos alucinando por los calores de las brasas antes de quedar bien hechos y jugosos.
            Dentro de mes y medio hay que volver a las aulas y todavía ni tan siquiera hemos aplaudido a los profesores, así que como para pensar en conocer cuáles serán las medidas para que el retorno sea seguro. En realidad, si lo pensáis, no sabemos siquiera si se está trabajando realmente en esas medidas o en los mensajes que proferirán unos y otros para esquivar su responsabilidad y evitar la pérdida de votos cuando todo reviente.
            Y en ese momento, lo más triste, sin duda, será escuchar nuevamente a los voceros mayores del reino deglutiendo los discursos prefabricados por expertos en publicidad para que los protagonistas de esta película de miedo los interpreten en sus atriles. Una sociedad que pretenda obtener algún logro del que sentirse orgullosa necesita unos cimientos comunes a todos sus ciudadanos sobre los que poder alzarse. Por desgracia, nuestro sistema sociopolítico sólo es capaz de seleccionar y elevar a sus puestos de responsabilidad a los mejores expertos en demoliciones y voladuras.
            Un saludo a todos. Nos vemos en el monte.

Alberto Martínez Urueña 28-07-2020

martes, 7 de julio de 2020

Por qué no escribo


            En realidad, no escribo porque me he cansado un poco, os lo he de reconocer. Siempre caminando sobre el filo de lo que es la pura opinión basada en mis particulares pálpitos y lo que ha de ser una composición dialéctica que tenga una mínima lógica. Hoy, moviéndote por redes sociales, descubres lo que es la vida en los extremos, con muchos de quienes participan despeñados hacia uno de los dos lados. Por supuesto, hacia el lado que interese a su particular punto de vista. Es curioso como la sociedad se ha ido infantilizando y estupidizando, polarizándose, con los individuos que la conforman en una espiral autodestructiva de enfermiza necesidad de autoafirmación a través del grupo. Es como si se hubieran quedado en esa fase preadolescente en la que la única forma de confirmarse como individuo fuera a través del quienes les rodean. Quizá nunca la abandonaron…
            Fuera del grupo hace demasiado frío. Es vivir en un permanente invierno en el que las tormentas caprichosas aparecen sin previo aviso. Es la escalada de una montaña infinita en donde las ventiscas has de superarlas en soledad. Fuera del grupo, en una situación de pandemia como la que nos ha tocado vivir, parece ser como un paseo por Marte: la sangre hierve en mitad del frío más helador.
            ¿Qué queréis que os diga? Los discursos enfervorecidos que he leído, visto y escuchado los últimos cuatro meses, o quizá sean cinco o seis, sumados a los que ya nos perseguían desde antes, hacen que pierda la fe, no ya en lo que las personas serían capaces de hacer, sino en lo que están dispuestas a llevar a cabo. No es lo mismo, porque creo en la potencialidad del ser humano, creo en las posibilidades que encerramos y, precisamente por ellas, hay verdaderos luceros en la historia que llevamos construyendo entre todos desde hace milenios. Pero también veo el miedo, veo cómo arrastra a personas que podrían ser mejores hacia lugares donde ni ellos mismos se reconocerían, de mirarse al espejo. Verían un rostro oscuro y negativo, repleto del resentimiento que produce un sufrimiento mal digerido por el apego que alimenta el ego; y un rostro repleto del odio que produce el miedo hacia un futuro marcado por la incertidumbre, sin darse cuenta de que la propia naturaleza del futuro es esa, la incertidumbre, la única capaz de darnos la oportunidad de construir algo bueno.
            La crítica marcada por el miedo y por el resentimiento, común en nuestro acervo y arrastrada desde siempre, se magnifica en una situación como la que nos ha tocado en suerte, que no hemos elegido, pero que tenemos la responsabilidad de intentar manejar. Y muchos están fallando. La crítica marcada por el miedo y el resentimiento, amigas íntimas del ego paralizador, les lleva a ser destructivos y no propositivos, y, además, a no responsabilizarse de sus decisiones por un motivo muy sencillo: no quieren ver el alcance completo de sus decisiones; sólo quieren ver, de ellas, las consecuencias que les permita hinchar el pecho –el ego orgulloso– sin darse cuenta de los cadáveres que dejan a la espalda.
            No escribo porque no quiero contribuir a alimentar esa parte de la realidad que enciende las brasas de la hoguera y porque sé que los textos u opiniones del tipo que sea, hoy en día, sólo sirven para que aplaudan los que se sienten identificados y para que busquen los tropiezos dialécticos quienes discrepan. La necesidad de opinar se ha convertido en una urgencia insoslayable para muchos, para casi todos, y así han anulado su capacidad para observar. La verdadera libertad sólo se practica desde la búsqueda de la verdadera naturaleza de las cosas, incluida la nuestra, pero la verdadera naturaleza no está limitada a un campo de la razón o las emociones. La verdadera libertad sólo requiere de un requisito: intentar saber lo que eres para acompasar tu actuación a esa certeza que sólo las tripas saben darte. La verdadera naturaleza, por cierto, únicamente se puede descubrir fuera del grupo, y dado que hace tanto frío ahí fuera, veo pocas ganas de libertad.

Alberto Martínez Urueña 7-7-2020

            PD.: he utilizado a conciencia la tercera persona del plural de forma consciente, porque si no creo en los juicios personales, poco favor me haría juzgándome a mí mismo. Sé que ni cumplo con lo que escribo, ni tampoco dejo de hacerlo, pero si no juzgo a nadie en particular, no tendría sentido hacerlo conmigo mismo. Lo que quiero es averiguar cuáles son las preguntas para tratar de responderlas. O incluso, como decía Neo en esa película extraña, comprender que no hay cuchara. Que en realidad, no hay ni preguntas ni búsquedas.

jueves, 7 de mayo de 2020

Llegaron tarde

            ¿Cuál es mi opinión sobre la gestión de esta pandemia? En este país en el que la estupidez provoca ver el debate ideológico como si de un partido de fútbol se tratase, sé a ciencia cierta que estoy ya catalogado como ferviente defensor del Gobierno, a pesar de no haberles votado, ni a unos ni a otros. Igual que también se me ha dicho que soy comunista y abogo por la intervención directa del Gobierno en la economía para planificarla. Gilipolleces. Yo sólo me he casado una vez en toda mi vida, y fue con mi mujer, y las lealtades las tengo con ella, con mi familia y con mis amigos. Al respecto de los políticos, creo que, dentro de sus motivaciones, hay muchas más que servir al interés general. Al respecto de nuestros políticos nacionales, creo que están convencidos de que, con sus ideas y actuaciones, defienden a la población, pero tienen tal ceguera que no son capaces de ver su propia incompetencia. Y suman esa incompetencia y esa ceguera a una prepotencia superlativa que sobrecompensan por el miedo a no ser tomados en serio. Dicho lo cual, paso a opinar desde mi particular criterio.
            He visto como el Gobierno reaccionaba a una pandemia poniendo en uno de los platos de la balanza el miedo a que le pasara lo de la gripe A y sus noventa millones de vacunas no utilizadas, sufriendo lo que se llama la paradoja de la prevención, y poniendo en el otro que la evolución de los contagios saturase unas urgencias hospitalarias que ya conocían ese fenómeno año tras año durante la época de la gripe estacional. Todo esto, sin que la ciencia todavía pudiera aportar datos ciertos y fiables sobre el CoViD-19. La conclusión es que llegó tarde. Pero no tarde como dicen los taberneros del Congreso por no haberlo declarado una semana antes. Llegó tarde por no declararlo en enero. O quizá incluso antes. En diciembre, quizá. Me explico.
            Con los datos que hoy tenemos, sabemos que en Francia hay un caso confirmado de coronavirus en diciembre. Lo hemos sabido hace un par de días. Además, los análisis de aguas fecales de varias ciudades españolas ya tenían restos en enero del virus que únicamente podían haber llegado a nuestras alcantarillas por un medio. Sabemos también que el primer caso de coronavirus en nuestro país no fue aquel sevillano de finales de febrero. Hoy sabemos que hubo al menos quince casos repartidos por varias localizaciones a principios del mismo mes, y también se está conociendo que los médicos de atención primaria empezaron a ver gripes raras en enero. Se está empezando a hablar que la cumbre del clima que se celebró en diciembre en Madrid ya expandió inicialmente el virus y todavía recuerdo como clamaron a los cielos tertulianos de todo espectro ideológico cuando se canceló el Congreso sobre Tecnología Móvil de Barcelona, a mediados de febrero. Os invito a buscar en San Google qué pasaba en esas fechas.
            En Francia, en diciembre. Sin embargo, en Francia hay menos afectados que en España o en Italia. Francia celebró elecciones después de que España declarase el Estado de Alarma a mediados de marzo. ¿Por qué no se han visto arrasados en igual o mayor medida que nosotros? No lo sé y, a día de hoy, todavía no he encontrado ninguna noticia que me lo aclare. Y os aseguro que la he buscado.
            Pero eliminando lo que hoy sabemos y que desconocíamos entonces, la Organización Mundial de la Salud advirtió a mediados de febrero del riesgo de celebrar actos públicos multitudinarios. En concreto, el catorce de febrero, cuando todavía no sabíamos que ya teníamos el bicho entre nosotros. El Gobierno actuó tarde, eso es indudable. Lo que parece no saber la mayoría de ciudadanos –aunque lo sabéis y os hacéis los locos– es que las advertencias sobre posibles pandemias mundiales como la que estamos sufriendo vienen produciéndose desde hace años. Incluso, advierten de la posibilidad de que llegue un virus que mate mucho más de lo que mata éste, y con su facilidad de contagio. Por cierto: ¿sabéis que ya se han catalogado ciento noventa y ocho mutaciones del CoViD-19 original? Es cuestión de tiempo que aparezca ése que abra la caja de pandora. Ése que, en lugar de matar a la tercera edad, mate a la primera y a la segunda, y con tasas de las que parecen reservadas a los países africanos. Una más: ¿sabéis que la OMS advirtió en su informe "Un mundo en riesgo" de 2019 de la posibilidad de que llegase un virus como el de la gripe de 1918 y matara a ochenta millones de personas? De momento, no llevamos tantas. Y si no, Bill Gates, a través de su fundación, lleva años realizando estudios al respecto y en 2015 ya advirtió que el mundo no estaba preparado para lo que nos ha tocado vivir en 2020.
            El gobierno llegó tarde. Y los gobiernos de países que parece que no lo han hecho, también lo han hecho, pero sus ciudadanos han tenido una suerte que hoy en día la ciencia no puede explicar. Este Gobierno ha llegado tarde y espero que sus votantes le hagan pagar la responsabilidad que les corresponda y que se deberá dilucidar en el momento adecuado y con los métodos previstos en democracia. Pero que nadie se lleve a engaños. ¿Cuántos de nosotros estábamos dispuestos a renunciar a nuestro modo de vida en 2015? ¿Y en 2019? A toro pasado, al bicho se le ven los cojones y se sabe que es macho, pero el problema está en la sociedad, en todos nosotros, que sufrimos del sesgo de la paradoja de la prevención y que no renunciaríamos a nuestro modo de vida aunque nos dijesen de que existe un alto riesgo de que el CoViD y sus tasas de contagio se hubiesen apareado con la letalidad del ébola o del ántrax. Esta vez nos ha pasado con el CoViD-19, pero ¿cuánto llevan avisándonos los científicos sobre esta y otras catástrofes que se ciernen sobre nosotros? Parece, de momento, que la naturaleza nos quiere conceder una oportunidad más, pero quién sabe… Como decían los Héroes del Silencio, no hay nada para siempre, y el ser humano, de momento, sólo es una pequeña mota de polvo en la historia de nuestro planeta.

Alberto Martínez Urueña 7-05-2020