jueves, 7 de mayo de 2020

Llegaron tarde

            ¿Cuál es mi opinión sobre la gestión de esta pandemia? En este país en el que la estupidez provoca ver el debate ideológico como si de un partido de fútbol se tratase, sé a ciencia cierta que estoy ya catalogado como ferviente defensor del Gobierno, a pesar de no haberles votado, ni a unos ni a otros. Igual que también se me ha dicho que soy comunista y abogo por la intervención directa del Gobierno en la economía para planificarla. Gilipolleces. Yo sólo me he casado una vez en toda mi vida, y fue con mi mujer, y las lealtades las tengo con ella, con mi familia y con mis amigos. Al respecto de los políticos, creo que, dentro de sus motivaciones, hay muchas más que servir al interés general. Al respecto de nuestros políticos nacionales, creo que están convencidos de que, con sus ideas y actuaciones, defienden a la población, pero tienen tal ceguera que no son capaces de ver su propia incompetencia. Y suman esa incompetencia y esa ceguera a una prepotencia superlativa que sobrecompensan por el miedo a no ser tomados en serio. Dicho lo cual, paso a opinar desde mi particular criterio.
            He visto como el Gobierno reaccionaba a una pandemia poniendo en uno de los platos de la balanza el miedo a que le pasara lo de la gripe A y sus noventa millones de vacunas no utilizadas, sufriendo lo que se llama la paradoja de la prevención, y poniendo en el otro que la evolución de los contagios saturase unas urgencias hospitalarias que ya conocían ese fenómeno año tras año durante la época de la gripe estacional. Todo esto, sin que la ciencia todavía pudiera aportar datos ciertos y fiables sobre el CoViD-19. La conclusión es que llegó tarde. Pero no tarde como dicen los taberneros del Congreso por no haberlo declarado una semana antes. Llegó tarde por no declararlo en enero. O quizá incluso antes. En diciembre, quizá. Me explico.
            Con los datos que hoy tenemos, sabemos que en Francia hay un caso confirmado de coronavirus en diciembre. Lo hemos sabido hace un par de días. Además, los análisis de aguas fecales de varias ciudades españolas ya tenían restos en enero del virus que únicamente podían haber llegado a nuestras alcantarillas por un medio. Sabemos también que el primer caso de coronavirus en nuestro país no fue aquel sevillano de finales de febrero. Hoy sabemos que hubo al menos quince casos repartidos por varias localizaciones a principios del mismo mes, y también se está conociendo que los médicos de atención primaria empezaron a ver gripes raras en enero. Se está empezando a hablar que la cumbre del clima que se celebró en diciembre en Madrid ya expandió inicialmente el virus y todavía recuerdo como clamaron a los cielos tertulianos de todo espectro ideológico cuando se canceló el Congreso sobre Tecnología Móvil de Barcelona, a mediados de febrero. Os invito a buscar en San Google qué pasaba en esas fechas.
            En Francia, en diciembre. Sin embargo, en Francia hay menos afectados que en España o en Italia. Francia celebró elecciones después de que España declarase el Estado de Alarma a mediados de marzo. ¿Por qué no se han visto arrasados en igual o mayor medida que nosotros? No lo sé y, a día de hoy, todavía no he encontrado ninguna noticia que me lo aclare. Y os aseguro que la he buscado.
            Pero eliminando lo que hoy sabemos y que desconocíamos entonces, la Organización Mundial de la Salud advirtió a mediados de febrero del riesgo de celebrar actos públicos multitudinarios. En concreto, el catorce de febrero, cuando todavía no sabíamos que ya teníamos el bicho entre nosotros. El Gobierno actuó tarde, eso es indudable. Lo que parece no saber la mayoría de ciudadanos –aunque lo sabéis y os hacéis los locos– es que las advertencias sobre posibles pandemias mundiales como la que estamos sufriendo vienen produciéndose desde hace años. Incluso, advierten de la posibilidad de que llegue un virus que mate mucho más de lo que mata éste, y con su facilidad de contagio. Por cierto: ¿sabéis que ya se han catalogado ciento noventa y ocho mutaciones del CoViD-19 original? Es cuestión de tiempo que aparezca ése que abra la caja de pandora. Ése que, en lugar de matar a la tercera edad, mate a la primera y a la segunda, y con tasas de las que parecen reservadas a los países africanos. Una más: ¿sabéis que la OMS advirtió en su informe "Un mundo en riesgo" de 2019 de la posibilidad de que llegase un virus como el de la gripe de 1918 y matara a ochenta millones de personas? De momento, no llevamos tantas. Y si no, Bill Gates, a través de su fundación, lleva años realizando estudios al respecto y en 2015 ya advirtió que el mundo no estaba preparado para lo que nos ha tocado vivir en 2020.
            El gobierno llegó tarde. Y los gobiernos de países que parece que no lo han hecho, también lo han hecho, pero sus ciudadanos han tenido una suerte que hoy en día la ciencia no puede explicar. Este Gobierno ha llegado tarde y espero que sus votantes le hagan pagar la responsabilidad que les corresponda y que se deberá dilucidar en el momento adecuado y con los métodos previstos en democracia. Pero que nadie se lleve a engaños. ¿Cuántos de nosotros estábamos dispuestos a renunciar a nuestro modo de vida en 2015? ¿Y en 2019? A toro pasado, al bicho se le ven los cojones y se sabe que es macho, pero el problema está en la sociedad, en todos nosotros, que sufrimos del sesgo de la paradoja de la prevención y que no renunciaríamos a nuestro modo de vida aunque nos dijesen de que existe un alto riesgo de que el CoViD y sus tasas de contagio se hubiesen apareado con la letalidad del ébola o del ántrax. Esta vez nos ha pasado con el CoViD-19, pero ¿cuánto llevan avisándonos los científicos sobre esta y otras catástrofes que se ciernen sobre nosotros? Parece, de momento, que la naturaleza nos quiere conceder una oportunidad más, pero quién sabe… Como decían los Héroes del Silencio, no hay nada para siempre, y el ser humano, de momento, sólo es una pequeña mota de polvo en la historia de nuestro planeta.

Alberto Martínez Urueña 7-05-2020

jueves, 30 de abril de 2020

Lo que hacemos


            Pues parece que ya nos hemos ganado algo, aunque no sé muy bien el qué. El derecho a ir retomando las calles y nuestras vidas, supongo. Dicen que ya va siendo hora de que sea seguro volver a salir y que el bicho ya no nos va a contagiar como habría hecho antes. Vemos los datos y escuchamos a Fernando Simón y eso de la curva parece que va para abajo. Eso sí, el bicho sigue estando ahí fuera, esperando, y parece que puede saltar sobre nosotros. No sé si tendréis la misma sensación que yo, esa típica de película de miedo en que el protagonista, o más bien el personaje secundario, negro y gracioso, va a salir del bunker seguro para arriesgarse en la zona mortal, la que sea. Según sea la película de buena o mala, la salida del negro que siempre muere puede parecer estúpida o verdaderamente necesaria. El tiempo dirá, pero creo que la idea no es que el coronavirus se haya ido, sino aprender a convivir con él con la debida protección. Y llorando a los muertos que se vayan sucediendo. Que la sanidad no colapse, no que ya no haya infectados, porque eso parece que va para largo.
            Durante este tiempo de encierro necesario he pensado en varias ocasiones escribiros una columna como ésta hablando del tema, pero cuando me ponía a ello, me he dado cuenta de que tenemos tal grado de información al respecto que lo único que iba a provocar es aumentar la curva de desorientación que cada uno de nosotros tenemos. Y, por supuesto, hablar de política no me apetecía, por mucho que la catarsis emocional de hablar sobre la incompetencia ajena sea psicológicamente recomendable. Lo que sí que he sacado en claro a ese respecto es una visión panorámica de los medios de comunicación, dado que he tenido más tiempo del habitual para poder empaparme de los detalles de cada uno. Y la conclusión que he sacado es que todos dicen informar sobre la verdad; sin embargo, lo que he experimentado leyendo un periódico cualquiera para después pasar al siguiente es que ambas realidades pertenecían a universos separados y completamente distintos. Que la información sobre los hechos sea tan maleable me lleva a pensar que la realidad es un prisma con diferentes caras y cada uno mira la que le interesa. Por desgracia, si esto lo unes a una falta de empatía rampante lo que obtienes son estados de ánimo bélicos.
            También he sacado en claro una cuestión fundamental y es que el ser humano tiene un concepto básico como punto de partida para casi todo: más es mejor, es más bueno, es más recomendable, es más deseable. El sistema capitalista en el que vivimos se basa en la premisa de que todos los individuos tenemos que consumir cada vez más cantidad de muchas cosas, y para eso, han de ser todas ellas baratas. A ser posible, cada vez más baratas para poder diversificar lo más posible nuestro rango de posibilidades de consumo. Eso se ha ampliado a las experiencias: hay que ampliar las experiencias que tenemos, los viajes, las emociones… Consumir eso que te hace sentir cosas buenas, y cuantas más, mejor. Ahora que no tenemos la posibilidad de consumir casi nada, estamos esperando el momento que nos dejen salir para poder hacer todo eso que deseamos. ¿Qué tiene esto de malo? Nada de nada. El sistema capitalista no tiene ningún fallo. Salvo cuando nos planteamos cuánto ganan los productores de todos esos productos que queremos cada vez más baratos: habrá quienes puedan vender más cantidad y cubran el descenso del precio, pero otros… Preguntad a los agricultores. Esos a los que tanto agradecemos su trabajo ahora mismo.
            Esto me lleva a recordar una conversación sobre economía –por mensajería digital, claro– y en la que yo afirmé y sigo afirmando que el sistema capitalista es la mejor forma de organizar la economía que hemos encontrado y esto es porque nos permite una opción que las otras lo cortan de raíz: la libertad de consumir lo que te salga del haba siempre que sea algo que alguien produce y tu restricción presupuestaria sea suficiente.
            Aquí está el quid de la cuestión: la libertad de elección. Dos herramientas fundamentales, el sistema capitalista y un sistema social como la democracia –también es el mejor sistema que, de momento, hemos encontrado–, nos han dado la posibilidad de hacer un mundo más humano o más mezquino en función de las elecciones que cada uno de sus componentes hacen. A través de las elecciones que hacemos cada uno de nosotros vamos construyendo el tipo de sociedad que queremos, y eso lo hacemos llevando la escala de valores que tenemos a nuestras decisiones de consumo. La descripción que la teoría económica hace de las funciones de utilidad individuales como herramienta para describir cómo formamos nuestras decisiones de consumo es acertadísima, y no lo es menos la suma de todas ellas para tener la demanda agregada de una economía en su conjunto.
            Esto no deja de ser la frase que muchas veces habréis pronunciado alguna vez: tenemos la sociedad que nos merecemos. Es más, tenemos la sociedad que hemos construido a través de nuestras decisiones de consumo en el ejercicio de la libertad absoluta que nos da nuestra cartera. Cada uno la suya. Esto lo abarca todo, desde el modelo de ciudades que tenemos hasta la amplitud de nuestro sistema asistencial público. Y también, la elección de los políticos que tenemos, aunque no dependan de nuestra cartera, depende de una elección y eso también determina no sólo su calidad como gestores si no lo tabernarios que puedan llegar a ser.
            En la opinión de muchos de nosotros, la sociedad preconfinamiento era una sociedad que adolecía, en ciertos aspectos, de humanidad. Una sociedad que minusvaloraba determinadas cosas que hemos descubierto que tenían más valor del que creíamos. Y esto es porque estábamos dispuestos a poner el dinero de nuestra cartera en otras opciones de consumo que ahora hemos descubierto que no valían nada. Además, hemos descubierto otra cosa muy importante: que además de restricción presupuestaria, es decir, el límite de la cantidad de dinero que tenemos en nuestra cartera, también tenemos restricción temporal. Y hemos descubierto que estábamos dispuestos a poner el tiempo que tenemos de vida en opciones de consumo que no valían nada, pero que eran muy cómodas. La comodidad como variable para fijar el precio de nuestro tiempo… Cuanto más cómodo, más demandado. El precio de las cosas cómodas no es sólo el dinero que nos cuesta. Es el tiempo que gastamos en ellas, restándoselo de otras que nos suponen mayor esfuerzo.
            El problema es que perderte las cosas auténticas de este mundo porque supongan un esfuerzo nos llevó en la sociedad preconfinamiento a construir, en determinados aspectos, una sociedad con demasiados rincones oscuros. He oído y he leído durante este tiempo a demasiadas personas decir que han aprendido de esta situación de crisis. Por desgracia para ellos, las palabras se las lleva el viento, y son los hechos, lo que hacemos, lo que nos define. La única forma que tienen de demostrar PARA SÍ MISMOS que han aprendido algo, será llevarlo a la práctica a través de sus decisiones de consumo. Un abrazo digital para todos.

Alberto Martínez Urueña 29-04-2020

viernes, 27 de marzo de 2020

Lo que debería ser

            Hoy es uno de esos días en que me levanto con ganas de decir algo que no sea demasiado controvertido. Y me siento delante del teclado con la intención de encontrar la forma de hallar consensos en lugar de ponerme a disparar al primero que se mueva. En días como los que nos ha tocado vivir debería ser fácil poder encontrar esos consensos. Deberían partir de algo tan sencillo como explicar a los ciudadanos desde todas las administraciones están todas ellas luchando por encontrar mascarillas, equipos de protección, test para el coronavirus y que están haciendo lo imposible por lograrlo. Igualmente, no debería ser complicado para nuestros políticos asumir que sus rivales ideológicos en circunstancias normales están peleando igual que ellos para encontrar los recursos y los procedimientos necesarios para luchar contra la pandemia. Y todos ellos deberían tener la suficiente capacidad humana para explicar a los ciudadanos que habrá un número de bajas inevitables independientes de la gestión realizada. Casado defendiendo a Sánchez por haber hecho lo posible por minimizar los muertos, asumiendo que era imposible reducirlos a cero. Sánchez defendiendo a Ayuso en la gestión y en la toma de decisiones sobre las residencias para mayores de la comunidad. Todas las Comunidades Autónomas y el Gobierno batiéndose el cobre en esos mercados internacionales completamente salvajes y desalmados, cubiertos de la ponzoña de la especulación, intentando encontrar todos esos recursos que los sanitarios y expertos necesitan para lograr minimizar los daños y acortar el tiempo de confinamiento que nos toca vivir a los ciudadanos.
            Y qué decir de los ciudadanos… Deberíamos poder decir que asumimos nuestro papel de bienmandados, sumisos y obedientes, tal y como, por cierto, creo que somos la mayoría, intentando no envenenar la escena pública. Por desgracia, hay excepciones: tenemos a los que se saltan el confinamiento y ponen en peligro a la policía y a la guardia civil; pero no solo ellos. Nos encontramos también con esa policía de balcón, con los videos virales de peña que se queja porque no es capaz de soportar tener a sus hijos en casa y con los que comparan todo esto con una guerra, con dos cojones, demostrando que en Europa hace mucho tiempo que no pasamos por una. Quizá por eso existe Lesbos… Hacen esa afirmación como si fuese lo mismo ver venir a un avión y poder correr a ponerte a salvo en un refugio antiaéreo que no saber de dónde te puede venir el puto bichito. En casa, por suerte, sabes que no va a venir un bombardero israelí o un comando sirio y te va a tirar las paredes sobre la cabeza, y que luego no te va a tocar recoger los cachos de tus hijos de entre los escombros. Y todo porque los perros sí que pueden salir y ellos con los niños no pueden. Espero que sus hijos sí que sepan mear en la taza del váter o que no les falte para pañales… En una guerra al disidente no se le multaría:  al sujeto que se le ocurriera disentir de las órdenes del mando supremo, o incluso crear un estado de opinión que desanimase a las tropas, se le aplicar un consejo de guerra sumarísimo y punto. Esa es una guerra. Ahora estamos luchando contra una pandemia mundial y las cosas son distintas.
            Hay que tener una cuestión muy clara, y quienes han trabajado o trabajan en gestión de riesgos o, de forma más general en temas de auditoría, lo tenemos claro, y es diferenciar entre lo que era previsible de lo que no lo era. Para las cuestiones que no lo eran están las revisiones de los procedimientos, la mejora de los protocolos y el establecimiento de medidas preventivas. En Nueva York todavía se pueden ver esos enormes depósitos de agua en las azoteas de algunos edificios, medidas que se idearon de cero cuando sufrieron brutales incendios en una ciudad que era más alta de lo que nunca habían sido, y a cuyos pisos altos no llegaban las mangueras de los bomberos.
            Cosa distinta son los riesgos que sí que eran conocidos. ¿Existía la posibilidad de que surgiera un virus que atacase a la población a nivel mundial? Efectivamente que existía. No hay más que buscar en internet para encontrar noticias de hace no demasiados meses en los que alertaban de la posibilidad de que esto ocurriera. O una interesante charla de Bill Gates que, en su tarea como filántropo, ha estado investigando esta posibilidad desde hace varios años. Digo esto porque cuando acabe el periodo de pandemia, volvamos a la calle y, sobre todo, dejen de morir personas –36% de ellos son ancianos en residencias de ancianos–, tendremos que mirar a ver qué es lo que han estado haciendo todas y cada una de las Comunidades Autónomas durante los últimos años. Esas Comunidades Autónomas que tenían transferidas las competencias de gestión de la Sanidad Pública desde los años noventa y principios del 2.000 y que han sido las responsables de que sus sistemas de gestión no estuvieran preparados con suficientes recursos materiales y humanos para afrontar una crisis sanitaria como ésta. Todo lo que se podía hacer una vez comenzada era poner parches a una rueda con un reventón enorme. Y quiero que quede claro que estoy criticando a los gobiernos de todas las Comunidades Autónomas con independencia de sus colores. No sé si podían haberse preparado suficientemente o era imposible prever esta situación, pero han fallado todos. Y ahora, todos están fallando nuevamente, pero no por evitar la ingente cantidad de muertos con que nos asombramos cada día. Están fallando por su incapacidad para actuar como auténticos líderes sociales. Lo hacen, en cambio, como siempre lo han hecho: como oportunistas y trileros siempre dispuestos a regatear lo que haga falta incluso con el diablo.

Alberto Martínez Urueña 27-03-2020

lunes, 23 de marzo de 2020

Equilibrios frágiles


            Una de las consecuencias que tienen las crisis es que desequilibran estructuras que partían de antemano en frágil equilibrio. Lo vemos fácilmente cuando comparamos los efectos de un terremoto en un país como Japón a otro en país como Haití. Cuando la tierra tembló en el país nipón en 2.011, murieron 9.000 personas; su magnitud de 9,1 puntos en la escala de Richter le situó entre los cinco terremotos más potentes registrados en nuestra historia. Por otro lado, tenemos el terremoto que sacudió Haití en 2.010, con una magnitud inferior de 7 puntos en la mencionada escala; éste, sin embargo, causo 315.000 muertos. Por supuesto, las causas de tales divergencias se deben al diferente nivel de desarrollo en que se encontraban ambos países, al nivel de exigencias sobre seguridad urbanística y a las infraestructuras que resistieron al sismo y que permitieron, en el caso de Japón, asistir a los heridos y evitar las consecuencias posteriores de las enfermedades y las carencias.
            La crisis del coronavirus que estamos sufriendo en la actualidad nos ponen como sociedad ante el espejo de esos desequilibrios. Situaciones que se mantenían en un frágil equilibrio se despeñan irremediablemente ante la imposibilidad de afrontar las consecuencias. No hablo de una situación sanitaria que estaba evidentemente infradotada para afrontar una crisis como la que tenemos, además de mal planificada. A pesar de que los riesgos de que sucediera algo semejante eran advertidos por las autoridades sanitarias a nivel internacional –hablo de la Organización Mundial de la Salud– estas advertencias han sido infravaloradas por todos y cada uno de los países miembros a la hora de disponer de suficientes recursos como para algo tan básico como proteger al personal sanitario que debería enfrentarse directamente a los riesgos, tal y como están haciendo. ¿Cómo es posible que los hospitales no tengan suficientes mascarillas para poder proteger a médicos y enfermeras? La única explicación posible es que dentro de los inventarios y estocajes que se mantuvieran en los almacenes correspondientes estuvieran infradotados. Esta es una realidad que ha sucedido en Comunidades Autónomas de todos los colores y no se puede obviar que la gestión sanitaria de nuestro país está descentralizada desde hace años. ¿Este problema se habría evitado de haberse mantenido la gestión desde el Estado Central? Estoy convencido de que no. Sin embargo, este problema ha sucedido en el resto de países de los que, al menos yo, tengo datos, por lo que no estamos ante un problema español: es un problema de concepción del sistema sanitario occidental.
            Pero cuando hablo de desequilibrios que se muestran en su máximo rigor en estas circunstancias hablo de cuestiones relativas a la precariedad social. Familias de escasos ingresos se enfrentan nuevamente a la situación de los más que previsibles despidos, de las regulaciones de empleo y otras incertidumbres que les volverán a situar, como en la crisis de hace diez años, ante el terror cerval de verse, de un día para otro, sin las necesidades básicas cubiertas. De verse nuevamente ante el problema de no tener asegurado un techo y tres comidas al día para los suyos.
            Una de las lecciones que deberíamos aprender como sociedad de esta crisis es que aquellas estructuras que, en épocas de vacas gordas, nos empeñamos en dejar en precario y justificar su precariedad en base a criterios sesudos unos, o criterios peregrinos otros, saltan por los aires cuando llegan las épocas de vacas flacas. Lo vivimos en la crisis de hace diez años, pero aquella crisis afectó sobre todo a los más desfavorecidos de nuestra sociedad, mientras que las clases pudientes que atesoraban los poderes de decisión se permitían pedir paciencia a quienes no sabían cómo lograrían llegar a fin de mes y las cifras de desahuciados se incrementaban de forma dramática, demostrando que nuestro sistema social, jurídico y financiero no estaba preparado para la época de vacas flacas. Lo hemos visto en las crisis que trajeron las primaveras árabes, con el ejemplo paradigmático de Siria: una situación precaria en tiempos de paz –el sistema de asilo occidental y, sobre todo en este caso, el europeo– se devino en catastróficamente insuficiente en época de guerra, incapaz de prestar una ayuda humanitaria básica a quienes huían de la muerte. Y lo vemos ahora en época del coronavirus en que, una situación social cogida con pinzas vuelve a pillarnos desprevenidos en el aspecto sanitario.
            Esto, para el que no entienda por qué ha sucedido, tiene una explicación económica básica: en tiempos de vacas gordas, invertir en ciencia, educación, investigación y sistema sanitario público bien dimensionado se considera una mala inversión porque renta menos que otro tipo de posibles inversiones y porque tener almacenado todo eso que ahora nos hace falta se conoce con el término económico de recursos ociosos. Esto no es un problema de ideologías políticas por mucho que los medios de comunicación mayoritarios ahora estén empeñados en que miremos el dedo que señala a la luna y no a la luna misma: esto es un problema que deriva de las prioridades que marca un sistema económico y social previo a la crisis del coronavirus. Nos tocará analizar cómo reestructuramos esas prioridades cuando consigamos librarnos del mal que ahora nos afecta y nos mantiene confinados y en espera en nuestras casas.

Alberto Martínez Urueña 23-03-2020

martes, 17 de marzo de 2020

Cosas básicas


            Resulta complicado escribir de algo que no sea el coronavirus; pero, al mismo tiempo, resulta complicado hacerlo. Tenemos a todos los medios de comunicación ocupados en ello, tanto hablando directamente de ello como intentando darnos un rato de evasión entretenida que indirectamente nos lo recuerda. Además, considerando el tiempo que pasamos con el móvil, podemos añadir a todas esas redes sociales infestadas de mensajes al respecto, desde los apocalípticos, los conspirativos, los humorísticos, los críticos, los funestamente negativos… Y eso sin entrar en las noticias falsas, de las que deberíamos cuidarnos mucho. Todas ellas cubren tan amplio espectro que es probable que todo haya sido dicho ya y sólo estemos repitiéndonos. Si miramos el aspecto económico de todo esto nos puede dar un chungo porque las cosas están bien complicadas. La incertidumbre es el principal enemigo de los mercados financieros. El miedo al futuro. Y en una economía como la que impera en occidente desde hace lustros, sostenida en la refinanciación de productos y derivados, si se empiezan a caer los valores que sustentan el castillo de naipes, todo se va al cuerno. Es lo que, básicamente, pasó hace diez años y ya sabéis como acabó todo.
            Además, ha sido la propia economía la que ha conseguido que el virus se expanda como lo ha hecho, sin lugar a dudas. Hay una tautología innegable: parar la economía significa parar la vida social, por eso ha costado tanto tomar las medidas draconianas en las que estamos ahora mismo. Y, seguramente, por eso no se han podido tomar antes. Pensadlo: si al comenzar esta epidemia en China se hubieran cerrado las fronteras y nos hubieran metido en nuestras casas, lo más fino que se habría llevado el Gobierno habrían sido las columnas de opinión de los periodistas de ideología contraria. Si por cosas más sencillas oímos a los políticos utilizar las mismas estructuras semánticas que a cualquier tabernero del siglo dieciocho, suponeos qué se habría escuchado en la Carrera de San Jerónimo al paralizar toda la actividad productiva no imprescindible del país. Por desgracia, tomar esas medidas sólo han sido posibles cuando el miedo se ha instalado en el pecho de los ciudadanos. E incluso en esas circunstancias, hemos visto como los aficionados del Atlético de Madrid se metieron todos hacinados en el estadio de fútbol del Liverpool. O como ciudadanos italianos de Bérgamo, ciudad de la Lombardía, se vinieron a Valencia hace justo una semana.
            ¿Estupidez? ¿Negligencia? ¿Irresponsabilidad? No lo sé, pero ¿de quién? ¿De los aficionados o de los políticos? En realidad, ¿necesitamos que nos digan lo que tenemos que hacer o somos personas versadas? Son muchas preguntas las que surgen, sin duda. No todo es tan sencillo como parece en un hilo de FaceBook. No lo es, salvo cuando lo valoras a toro pasado y yo no tengo la respuesta, sólo alguna opinión quizá demasiado tangencial.
            Resulta complicado escribir de algo que no sea el coronavirus, no obstante. Es prácticamente lo único que ocupa nuestra cabeza en estos momentos, condicionando las veinticuatro horas del día de una forma u otra. No obstante, se puede decir que la inmensa mayoría del mundo –no conozco la realidad africana– está ocupada en una misma cosa, un mismo pensamiento, un mismo objetivo, y eso no había sucedido desde hacía mucho tiempo. Quizá ni siquiera había sucedido en la historia del ser humano. No deja de resultar, en cierto modo, descorazonador que haya tenido que ser algo tan luctuoso lo que consiga unir nuestras mentes humanas en un único objetivo. Sin embargo, como le comentaba a mi amigo irlandés, soy un optimista compulsivo, y creo que el hecho de estar unidos por un mismo pensamiento y un único objetivo nos puede enseñar cosas que antes desconocíamos. Hay que estar atento a las posibles lecciones que nos lleguen. No es mal momento para recapacitar sobre todas esas cosas que antes considerábamos básicas y por las que sufríamos y que, en circunstancias como éstas, nos enseñan que pueden ser interesantes, pero no imprescindibles. No pasa nada por darle vueltas a dónde pasar las vacaciones, qué reforma quieres hacer de tu casa o a qué restaurante te apetece salir el fin de semana. Los seres humanos necesitamos momentos de esparcimiento, de disfrute. Una cierta dosis de hedonismo.
            Sin embargo, tenemos que entender una cuestión muy simple: hay muy poquitas cosas básicas que deban ser las que nos roben el aliento y nos produzcan angustia real. Todo lo demás es igual de tangencial que preocuparnos en estos momentos de quién ha tenido la culpa de que hubiera grandes concentraciones de personas cuando en China ya estaba en pleno apogeo la pandemia. Ahora que hemos de planificar qué hay en la despensa, que nos preocupamos por no tirar basura el más mínimo resto de comida, que procuramos guardar unas medidas de higiene básicas y que no podemos ver a nuestras personas más queridas, tenemos que analizar cuáles son las cosas que nos hacen simplemente disfrutar –algo muy importante– y cuales son aquellas por las que deberíamos perder el sueño. Por suerte, nos va a sobrar tiempo para hacerlo en los próximos días.

Alberto Martínez Urueña 17-03-2020