viernes, 15 de febrero de 2019

No-se-cómo-llamarlo-sin-insultar



            No-se-cómo-llamarlo-sin-insultar


 


            Recuerdo una anécdota curiosa de cuando era pequeño. Tendría unos cuatro o cinco años y estaba en la panadería con mi madre. No sé si sería un fin de semana, o quizá un día de diario, porque en aquella época lo de la jornada intensiva ni nos lo imaginábamos como algo posible. De todas formas, seguramente sería verano, porque se me ocurrió decir en voz alta que nos íbamos de vacaciones la semana siguiente. Creo que nadie atendió a lo que un niño con tendencia a esconderse detrás de las faldas de su madre dijo, pero sí que recuerdo perfectamente la bronca que me echó mi madre. Bien echada, por supuesto, como la mayoría de las que me llevé y a veces me llevo hoy en día. Por suerte para mí, mi madre suele dar una explicación de por qué te mereces el rapapolvo, y el de entonces me pareció muy sensato: si al salir de la panadería alguien se hubiera fijado en dónde vivíamos, habrían sabido que esa casa iba a estar varios días desocupada. Barra libre para ladrones.


            Imagino que alguno torcerá el gesto con un poco ironía, como diciendo que mi madre tenía una cierta tendencia neurótica. Aparte de ciscarme en sus muertos más frescos por pensar mal de mi madre, recuerdo que en aquella época, y también más adelante, robaron en algún piso del barrio. O en más de uno. El método consistía en sacar toda la información posible de los inquilinos: horarios, número de personas, edades… Todo lo necesario para tener una imagen clara de cuáles eran las viviendas más vulnerables y, entonces, aprovechar las circunstancias. Uno de los vecinos, comisario de policía, nos avisó de que dejaban pequeñas marcas en los bordes de las puertas, y el significado de cada una de ellas, instándonos a borrarlas, o a alertar a los vecinos en donde viéramos alguna. Por suerte, a nosotros no nos tocó, pero las personas que han visto vulnerado el sacrosanto altar de su domicilio no lo describen como algo agradable. Siempre ha sido importante conservar la intimidad de tus hábitos y, por ejemplo, además de dejar a alguien encargado de regarte las plantas, le indicabas que te recogiera las cartas del buzón. En aquella época era diferente, no había Internet, ni correo electrónico ni banca online. El buzón se te llenaba en un par de días y, con un vistazo, podías averiguar quién llevaba un tiempo sin pasar por casa. El tema de la intimidad en aquella época no dependía de que no tuvieras nada que esconder, sino de que no te apetecía que la información sobre tu vida estuviera expuesta y al alcance de quien te quisiera, por hache o por bé, dar por el saco.


            Uno de los miedos que se extendió en aquellos años de mi infancia, o que al menos nos dijeron a varios de los niños con los que me relacionada, era que se sabía que había personas que envenenaban los caramelos y después se los daban a los niños. Unas veces te decían que era para transmitir enfermedades. Otras, para drogarte y secuestrarte. El resultado no fue millones de niños españoles traumatizados, sino que no hablábamos con desconocidos ni aceptábamos dádivas de quienes no conocíamos. Por si acaso. Y es que, para los que piensen que vivimos en tiempos más peligrosos, hace ya tiempo que el ser humano inventó los raptos infantiles, la pederastia y el asesinato.


            Lo que sí que es cierto es que vivimos tiempos más kamikazes. Por cuestiones personales, básicamente porque me sale del higo, tengo una cuenta en Facebook. La idea, en primer lugar, es encontrar información diversa de distintos medios además de la búsqueda personal que suelo hacer por otros diarios de todo el arco mediático, desde eldiario.es hasta el abc digital. La segunda idea es compartir estos textos por vías diferentes al correo electrónico. Participando de la red social indicada reconozco que no dejan de sorprenderme ciertos comportamientos poco cuidadosos sobre los que, además, te advierte la policía. Por ejemplo, publicar información de tus vacaciones durante las propias vacaciones. O informar de cuáles son tus hábitos y costumbres, verbigracia, la hora a la que sales a correr y tu casa está vacía. No entro en temas de airear tus tendencias o gustos para que Facebook te haga un Cambridge analítica en toda regla y ofrezca tu información a cualquier compañía que quiera venderte sus mierdas. Hablo de que, como no tienes nada que esconder, ese trabajo que antes a los ladrones les llevaba su tiempo y esfuerzo se lo pones en bandeja de plata. Con dos cojones.


            Uno de los esfuerzos suicidas que más me sorprende, sobre todo en días como hoy en que sabemos lo que ciertos sujetos quieren hacerle a nuestros vástagos y vástagas, consiste en sacarles fotos en los parques a los que sueles ir, o al colegio donde les llevas, o incluso fotografías dentro de tu casa con una magnífica perspectiva de la calle desde una ventana, para que puedan identificar incluso el piso. No hablo sólo del problema de que esa foto que al padre le hace gracia al resto se la puede soplar por completo, es que algunos bastardos cuelgan fotos de sus hijos que les humillan.


            Pero más allá de eso, mucho más allá de eso, y por lo que alucino en colores, me imagino al típico personaje sudoroso en camiseta de tirantes metido en su habitación, treinta y tantos, con todo revuelto a su alrededor, ambiente semioscuro y con su madre gritándole que la cena está lista, mientras va pasando fotos en la pantalla de su supermóvil último modelo mientras va buscando y contemplando esas caritas que los padres ven tan ricas y bonitas, y que a él le ayudan a dedicarse una buena sesión de onanismo por todo lo alto. Por supuesto, también contemplo la posibilidad de que el duende de su cabeza enferma le esté insistiendo en que pase a la acción, y así vaya seleccionando, de entre toda la oferta, la que le pueda resultar más fácil adquirir. Por todo esto, creo que es mejor dejar a los niños fuera de nuestras movidas estúpidas de internet y las redes sociales, porque si a ti te roban por tu estupidez, te jodes y punto, pero que tus hijos tengan que pagar tu increíble falta de “no-se-cómo-llamarlo-sin-insultar-a-nadie”, me parece algo más serio.


 


Alberto Martínez Urueña 15-02-2019

miércoles, 13 de febrero de 2019

Arengas vacías


            Llevo un tiempo pensando en cómo contarlo y gracias a un par de conversaciones con buena gente he conseguido ordenarme un poco la sesera. La idea básica es argumentar el motivo por el que los políticos que surcan los oscuros mares de la actualidad no me ofrecen el más mínimo crédito. No es una cuestión de qué ideas defienden, o dicen defender, porque, a fin de cuentas, no sabes muy bien dónde está la delgada línea roja entre el discurso y los principios. Es una cuestión algo más profunda.

            Respecto a la delincuencia, siempre he sido claro y sintético: fuera de la Constitución, en un Estado de Derecho, no hay nada. No quiero que nadie se salte la Constitución porque gracias a ella, a un tipo como yo no le han aplicado nunca una ley como la de vagos y maleantes que el infame dictador se sacó de la chistera. Gracias a ella, defender la redistribución de la renta y la riqueza desde quienes más tenemos a los que menos tienen es lícito y defendible sin correr el riesgo de que te partan la cara los que no están de acuerdo.

            Sin embargo, por encima de la ley, está la ética que me dice que lo primero es el respeto a todo ser humano. Esto tiene una consideración fundamental y es rechazar todo tipo de violencia salvo la inevitable. Si una mujer maltratada ve que el hijo de puta de su marido la va a acuchillar, me parece éticamente defendible que le prenda fuego. No sé si luego la van a buscar las vueltas en un Tribunal, pero si ve que huir de él es imposible, la ánimo encarecidamente a tomar una medida que lo aleje definitivamente, que ya vendrán luego los honrados miembros del Gobierno para indultarla.

            Hoy en día me siento democráticamente huérfano, profundamente abandonado. Como el perro del anuncio que miraba como se alejaba el coche mientras le cascaban al anuncio el segundo movimiento de la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak. Para ver si le sacaban una lagrimita a esos bastardos que son capaces de maltratar animales. Mi primer principio básico es que el ser humano es lo primero de todo, pero además, también tengo otro principio, y es el de la diversidad de ideas. Cada uno tiene las suyas, y salvando esperpentos anacrónicos como los de Abascal y sus adláteres del brazo en alto que le jalean envueltos en la bandera del pollo, todas me parecen aceptables. Pero sobre todo por un motivo fundamental que voy a exponeros.

            Es bien sabido que el Partido Popular no defiende el modelo de sociedad en el que creo, ni tampoco el modelo económico que me parece más adecuado para la sociedad que creo que formamos los españoles. Sin embargo, no es menos cierto que tengo amigos y familiares que les votan o les han votado. Cuando escucho a determinadas personas tratarles de estúpidos, o de ignorantes, o incluso de malas personas, me cabreo. Estas personas cercanas son buenas personas que quieren un mundo mejor para sí y para sus hijos, y que consideran que la forma de lograrlo es votando al PP. Pero además, sé tampoco quieren que los niños sirios se mueran en el Mediterráneo, ni que los que antes no estudiaron una carrera se mueran de hambre ellos y sus hijos. Es decir, no les considero eso que me dicen los de la izquierda que tengo que considerarles.

            También tengo amigos y familiares bastante rojillos, de esos que hablan de la colectividad del sistema y de crujir a los ricos y poderosos a base de impuestos. Esos también son buenas personas buscando lo mejor para sus hijos y sus amigos, y consideran que la mejor manera de llevarlo a cabo es votar a los del otro lado. No son malas personas tampoco, no buscan el mal de nadie, o al menos no directamente, igual que mis amigos de derechas. Simplemente tienen una idea de justicia social distinta, una concepción de cómo hay que estructurar la sociedad que difiere sustancialmente de lo que preferirían los votantes del PP.

            Tengo amigos a ambos lados, y si hiciera caso a alguno de los cantamañanas del Congreso, consideraría a unos o a otros, o a todos, no como personas con opiniones distintas, sino que les vería como gilipollas, como obtusos, como traidores, como buenistas, o como felones. Es decir, les vería no como alguien con quien ponerme de acuerdo para hacer algo en común, sino como un enemigo al que abatir lo antes posible. Es decir, el discurso de todos estos disidentes de la auténtica democracia, estos felones con carné de antisistema, pretenden que a muchos de vosotros os vea como unos enemigos a quienes vencer. Quieren que os vea como a malas personas, y no lo sois. Sólo sois personas con criterios diferentes a los míos.

            Por esto, últimamente no hablo de política, ni mando mis textos al respecto. O no hay discusión, como con lo del delito, o no quiero ver cómo se nos olvida que los seres humanos se merecen algo más de respeto de lo que nuestros políticos ejemplifican en sus discursos. No hay posibilidad de ahondar en sus ideas, porque sus ideas no son profundas, sólo son arengas para los suyos, para enfervorizar a sus votantes y para ofrecer titulares a sus correveidiles.

 

Alberto Martínez Urueña 13-02-2019

miércoles, 16 de enero de 2019

La aburrida actualidad


            Me recordaba un buen amigo de la oficina, compañero de carreras, que hacía tiempo que no escribía mi columna. Y es cierto. La idea era modificar un poco los conceptos y la trayectoria, intentar cambiar las temáticas y los tonos, y dejar ver de forma clara las ideas fundamentales que intento aplicar en cada momento. Son dos muy básicas, pero muy sencillas: la primera supone la negativa a cualquier tipo de violencia en cualquier caso, salvo cuando sea para evitar males mayores y siempre midiendo para que esa violencia sea la imprescindible; la segunda implica el respeto absoluto a cualquier ser humano bajo cualquier situación, pero aprendiendo a diferenciar el ser humano de las ideas que defiende: no creo que cualquier idea sea respetable, eso es imposible y rompería la premisa inicial de respetar a cualquier ser humano.

            Llevo todas estas semanas sin practicar esto de lanzaros mi opinión a bocajarro porque en realidad hay muy poco que aportar si miramos la actualidad inmediata. La actualidad era interesante cuando había esquinas que doblar, vericuetos que explorar, laberintos en los que perderse y a los que estudiar… Las noticias que tenemos en los últimos tiempos son de una claridad tan borrega que no permiten ningún análisis mínimamente profundo. Te puedes lanzar a explicar que quitar un impuesto como el de sucesiones en Andalucía puede parecer muy neoliberal, pero en realidad sólo lo pagaban los que tenían un patrimonio de más de un millón de euros. Sin embargo, este ejemplo es muy tonto y cualquier imbécil puede llegar a él con sólo leer la hemeroteca. Hay cuestiones más candentes, sobre todo cuando entra en la escena política un partido netamente conservador, porque lo que quieren conservar no es que a ellos no les quiten nada, sino que sólo valga lo suyo, porque no son capaces de ver el sentido poliédrico de la vida. Dicen no ser homófobos, que no quieren quitar derechos a nadie; sin embargo, cuando por otro lado argumentan que la familia tradicional es la única moralmente correcta, lo que implica un juicio moral que deja en mal lugar a los homosexuales. Y además, haces parecer sospechosos a quienes prefieren estar solteros. Por supuesto que respetas sus derechos, faltaría más: están en la constitución y no puedes quitárselos, pero que les juzgues como algo negativo hace que tus ideas den verdadero asco.

            Lo de la mujer… Yo no tengo nada en contra de la familia tradicional, pero si no me entramos al detalle de lo que es tradicional es un discurso vacío –sinónimo de populismo, por cierto, para los que enarbolan ese sustantivo sin saber de lo que hablan–. Para evitarlo, me voy a retrotraer a los usos y costumbres que los anales de la historia nos enseñan. De mi generación a la de mis abuelos sólo hay una generación entre medias, y las anteriores a la de mis abuelos se parecen unas a otras de manera muy evidente, así que nos puede valer. Recuerdo que mi abuelo –y mi abuela exactamente igual– tenía por orgullo que su mujer no hubiera tenido que seguir trabajando una vez que se casaron. Ella en casa, ocupándose de la fregona y los fogones, y él, todas las mañanas al tajo. Salvo el fin de semana: ella en casa, fregona y fogones; él, a la puta y fría calle, de vinos. Y que decir del sexo. De esas cosas ni se hablaba, pero para eso estaba… lo que hubiera antes de la guerra civil, que no sé lo que podría ser, pero me puedo hacer una ligera idea si hasta hace bien poco en términos históricos la única postura correcta era la del misionero, y el sexo fuera del matrimonio y para algo que no fuera aumentar la prole, era pecado. Ni que decir, si hablamos de aquella familia tradicional, que las mujeres os largáis a la cocina, no podéis currar, no podéis opinar sobre nada que no sea la casa y, si rechistáis, la moralidad social nos obliga a los hombres a corregir vuestros defectos con algún que otro cachete. Por suerte, yo jamás vi eso, y me imagino que muchos de vosotros argumentareis lo mismo, pero no por ello es menos cierto que el código penal no contemplaba los malos tratos como un hecho agravante de la propia violencia y que, además, la sociedad culpabilizaba a la mujer que obligaba a su marido a tener que pegarla. Todo un malabarismo dialéctico. Así que, mujeres votantes de VOX: que sepáis que si estáis en el paro, no os van a conseguir un puesto de trabajo, lo que os conseguirán será un marido que os eduque.

            No voy a entrar en lo de la inmigración porque hace poco, en Inglaterra, han pegado a la gente por hablar en español que, como bien se sabe más allá de los Pirineos, es un idioma que huele a africano. No voy a entrar en la cuestión porque los datos sobre cómo beneficia la inmigración a un país están tan al alcance de cualquiera que si no los ves es porque no te da la gana mirar. Además, desmentir todas las noticias falsas que se lanzan contra la inmigración en general es un trabajo infinito y me da pereza, entre otras cosas, porque tampoco curaría la ignorancia del que se las cree. La gente no ve que, en realidad, lo que se está denunciando no es la inmigración como fuente de problemas: lo que se denuncia la pobreza como fuente de delincuencia. Pero solucionar la pobreza es más complicado y exige mayor compromiso que salir en un mitin a ladrar barbaridades, como acusarles de ser los responsables de abrir la caja de Pandora.

            Para lo que sí que nos ha servido la nueva actualidad es para que podamos ver quiénes quieren solucionar los problemas reales de una realidad muy compleja y quienes utilizan las emociones más bajunas para simplificar burdamente esa realidad; y, ya que estamos, enardecer a la población y crear bandos con soldados dispuestos a todo por sus líderes. Soldados que se olvidan, como siempre, de que lo importante, por encima de otras consideraciones, son los seres humanos.

 

Alberto Martínez Urueña 16-01-2019

martes, 11 de diciembre de 2018

Esa gilipollez del estrés


            Os pongo un par de frases para reflexionar un momentito y ahora vuelvo:

            "Nos estamos acostumbrando al estrés y lentamente nos mata".

            "El 70% de las enfermedades están relacionadas con el estrés y si no lo están, las agrava. El estrés es cinco veces más perjudicial que el alcohol o el tabaco".

            Como punto de inflexión para iniciar un artículo de estos que os suelo mandar no está nada mal, ¿verdad? Ahora, que levante la mano quien piense que sí, que vive estresado, pero que es lo normal, que las exigencias del día a día son inevitables, y la única opción que nos queda consiste en llegar al final de cada jornada a punto de cometer algún asesinato, sin fuerzas más que para consumir alguna mierda televisiva de esas que nos arrojan desde los grandes estudios y luego meterse en la cama para no ser capaz de conciliar más que tres o cuatro horas de sueño inservible.

            ¿Qué nos ha pasado? El ser humano se pasó los siglos intentando encontrar un mínimo de seguridad y algo de tiempo libre para poder disfrutarlo, y cuando lo tuvimos, lo rellenamos de nuevas obligaciones. Hay tres opciones hoy en día: la primera sería la del curro que empieza a las ocho de la mañana y no sabes cuándo acaba. Su justificación se basa en la ambición personal, en la mejora social y económica, y, si los tienes, en ofrecer un futuro mejor a tus hijos. Conozco gente para la que el trabajo se ha convertido en una huida hacia delante a pesar de las señales de advertencia que pueblan el camino.

            La segunda opción es la del que no tiene más remedio que coger lo que le toca, aceptando un salario de mierda que no le da más que para sobrevivir. El número de horas y su estabilidad es aleatorio, y que te las paguen todas, un privilegio. Vives reventado en el curro y cuando sales, vives reventado haciendo números. Como para no estar estresado…

            La tercera opción: un trabajo que te permite vivir con más o menos holgura y que te da para tener unas horas libres. Ojo, con este tampoco se sale ganando porque, aunque los de las otras dos categorías no lo entiendan, se ha convertido en un enemigo: primero, el curro es fuente de disgusto, y segundo, esas horas libres se convierten en un no parar frenético de tener que aprovechar el más mínimo espacio que nos queda del calendario. Como sea y al precio que sea.

            ¿Veis el problema? En todos ellos salimos perdiendo. Si las dos frases, más todo el estudio que hay por detrás, son ciertos, al ser humano tal y como lo conocemos están a punto de saltársele las costuras. No hago más que escuchar a izquierda y derecha –esta vez no va de política– que hay que aprovechar la vida, pero ese aprovechar la vida supone salir de un trabajo que te exprime a unas obligaciones que te sacan el poco jugo que te queda para llegar a unas miserables horas de pseudoocio, normalmente marcado por algún tipo de comportamiento adictivo y dañino. El resultado nos lleva a que la cabeza está tan enloquecida que es incapaz ni tan siquiera a veces de dormirse. Y esto es más que evidente cuando tenemos en cuenta que el consumo de medicamentos destinados a paliar los efectos del estrés –el estrés malo, hay de dos tipos– se ha triplicado en poco tiempo: en lugar de buscar la causa del problema y solucionarla, los enfermos de este tremebundo mal se autoconvencen de que son víctimas incapaces de solventarlo y con la única opción de matar los síntomas a base de drogas.

            Por supuesto que todo esto suena catastrofista, y muchos de vosotros estaréis pensando que sólo es un mensaje carente de criterio. Pudiera ser, pero vamos añadir a esto los estudios sobre estrés infantil. Los niños, esas personitas inocentes y moldeables, lo sufren a través de sus padres: ya sabes, después de ese curro que te pone de los nervios, habiendo atendido a mil obligaciones cuando sales, de un lado para otro, llegas a casa con el estado de ánimo licuándote las tripas y eso, los niños, lo notan nada más verte el careto. Les da miedo. Sin contar, por supuesto, lo de las extraescolares. Lo que les pasa a los adultos, eso de no poder dejar tiempo a no hacer nada, lo de tener que ocupar cada segundo del horario, pues para ellos, con la particularidad de que sus capacidades de atención y concentración son menores. Ala!, el niño corriendo de acá para allá, al deporte de equipo que le forma, a las clases de inglés porque son fundamentales, por supuesto la música que le convertirá en un ser empático y le despertará la meninge izquierda… Y a las ocho de la tarde, corriendo a casa para hacer los deberes del colegio. Sé lo que estáis pensando: el mundo de hoy en día no te da margen, hay que convertirles en seres supereficientes y preparados para que el día de mañana sepan desenvolverse en un entorno hostil que convertirá su vida en esa mierda que tú hoy eres incapaz de manejar sin tener que justificar como normal tener reacciones propias de la niña del exorcista.

            Ahora, una vez que todo esto te ha parecido una gilipollez y una llamada de atención sin sentido, plantéate la vida como si las frases del principio fueran de verdad. Es decir, que te estás jodiendo la vida para no vivirla, y además, estás convirtiendo a tus vástagos, si les tienes, en seres humanos enfermos desde la misma infancia. A mí, personalmente, la perspectiva no me gusta un pelo.

 

Alberto Martínez Urueña 11-12-2018

 

            PD.: Para los que quieran saber de qué va el rollo, buscad en internet al doctor Víctor Vidal Lacosta, médico del Trabajo e inspector de la Seguridad Social. Hay muchas más sorpresas en sus estudios.

martes, 4 de diciembre de 2018

No quiero hablar de enemigos


            Ya veis como viene la actualidad. Cargadita. Yo, desde mi templo del rojo casi negro puedo retratar un poco todo este maremágnum porque, gracias a lo que quiera que gobierne el Universo, ya me casé con mi propia conciencia y no tengo más colores que los del ser humano.

            A mí los debates políticos me resultar muy interesantes porque me permite conocer a mis amigos, sus contradicciones y motivos, sus opiniones sobre temas relevantes y también, por qué no, sus querencias emocionales. Trato de verlo todo desde una cierta distancia y todos ellos saben, o al menos lo intento, que cuando yo doy mi opinión lo hago desde el más absoluto respeto a sus personas, porque las personas son sus ideas políticas, eso es indudable, pero son mucho más que sus ideas políticas expresadas en mitad de una conversación acalorada en la que muchas veces no tienes tiempo de profundizar demasiado. Y otra cosa que creo que saben es que odio la violencia por encima de todo, tanto en las acciones, como no puede ser de otra manera, como en las expresiones, porque con ellas también se golpea, se daña y se generan situaciones muy desafortunadas. Soy un firme defensor de que cada cual haga lo que quiera, sin cortapisas, pero siempre teniendo en cuenta el criterio de minimizar los daños en la medida de lo posible. Intentar no hacer daño siempre que se pueda, y cuando es inevitable, aceptar las consecuencias.

            Me gustan los debates políticos, y más en situaciones como las de esta semana, después de las elecciones andaluzas, porque te das cuenta de que las quejas y las reclamaciones de las personas, de los seres humanos llamados ciudadanos de una entelequia llamada España, que cada uno considera y quiere a su manera, son esencialmente las mismas. Y éstas no cambian ni han cambiado en los últimos cuarenta años. Da igual que haya gobernado el PP o el PSOE, tanto monta monta tanto, da igual que estés en Castilla y León a que estés en Andalucía, Murcia o Madrid. No es tan complicado, y que esas reclamaciones sigan siendo las mismas durante tantos años habla muy bien de mis vecinos y muy mal de nuestros políticos.

            Todos hablamos de las listas de espera en la Sanidad, y en todas las regiones de esta piel de toro sacamos a relucir esos casos en los que una resonancia magnética tarda seis o siete meses, o hasta un año. Hemos visto las mareas blancas de los trabajadores del sector sanitario y sabemos que hay un déficit estructural de recursos materiales y humanos, además de unas condiciones laborales cuestionables.

            Todos hemos visto las reclamaciones en Educación, las protestas de los maestros, los malos tratos que reciben en demasiadas ocasiones de los padres, y se nos abren las costuras. Todos, al margen de la asignatura de religión, cuestión que da para un texto entero, sabemos que queremos que nuestros hijos reciban la mejor educación posible y que haya, de una vez por todas, un modelo educativo más o menos estable. Y, por cierto, que para hacerlo, pregunten a los responsables de implantarlo y ejecutarlo.

            Salvo algunos ciudadanos en España, minoritarios en el total del territorio, queremos que se respeten las leyes, sobre todo la Constitución, con lo de la unidad del Estado español, sus derechos y obligaciones y todo lo demás. TODO LO DEMÁS, a saber: igualdad de todos los españoles, acceso a la justicia efectiva – no a sentencias dictadas seis o siete años de presentada la demanda –, un empleo y una vivienda digna, etcétera, etcétera, etcétera.

            Todos los españoles sabemos que queremos una Administración Pública que vigile los usos del dinero público, que persiga el fraude, que no se despilfarre, que se luche contra la corrupción, que se respete a los funcionarios, tanto a los científicos del CSIC, como a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, porque a pesar de que a ciertos anarcocapitalistas que son una vulgar minoría no les guste su presencia en las calles, al resto nos gusta disfrutar de calles seguras, libres de altercados, robos y demás historias.

            Todas estas reclamaciones las hacen los fachas y los rojos, los de la gaviota y los de la rosa, los de la nueva política y los de la vieja. Y lo hacemos todos, independientemente de quien nos gobierna, lo que me lleva a pensar en un par de cosas: quizá las diferencias que parece que nos separan no son tantas, no somos tan angelicales los unos –quienes sean esos unos– ni tan hijos de puta y crueles los otros. No me creo que los once o doce, o veinte millones de españoles que votan diferente a lo que yo haría sean unos desalmados que sólo quieren chuparnos la sangre a los contrarios. Creo que todos queremos lo mismo, pero nuestros políticos se empeñan en convencernos de lo contrario. O mejor, para permitirles a ellos también el derecho de la duda: creo que deberían dejar de pensar que son la ÚNICA solución posible a los problemas de España y tendrían que empezar a intentar ponerse de acuerdo en una solución que nos convengan a todos. Porque los problemas ya les conocemos.

 

Alberto Martínez Urueña 4-12-2018