lunes, 15 de octubre de 2018

¿Defectos?


            Os voy a contar un secreto: todos los que te rodeamos, los que nos relacionamos contigo, tenemos defectos. Ya sabes, esas cosas que nos hacen, según tu prisma y tu forma de entender el mundo, peores personas. Tenemos esas costumbres, esos dejes, las querencias arrastradas desde pequeños y heredadas de nuestros padres que a su vez heredaron de sus padres… Todas esas mierdas metidas en nuestra personalidad y que nos hacen, a tus ojos, un poco menos soportables. Sí, sí, ya sé que lo sabes, que no descubro América diciéndote esto. Lo que también seguro que sabes es que esas cosas que tenemos los demás también se ceban en tu persona. Quizá tengas mal carácter, ¿verdad? O a lo mejor eres poco ordenado, olvidadizo… Puede que tu necesidad de aceptación –un miedo cada vez más extendido, ya que cada vez vivimos más de cara a la galería– te lleve a hablar mal de otras personas, porque es bien sabido que largar malamente de alguien divierte al resto.

            No tenemos por qué aguantar gilipolleces, eso está claro. Tenemos el inalienable derecho de elegir nuestras compañías. Únicamente está por ahí esa cosa llamada trabajo en la que siempre corres el riesgo de tener mal ambiente por culpa de algún virus. Las relaciones han de ser enriquecedoras, variadas, plurales, divertidas… Se habla cada vez más de la importancia de elegir bien: no en vano, pasamos por la vida una única vez que sepamos y, cuando llegas al final de trayecto, dicen, te parece que ha sido un suspiro. Es necesario tener un cierto toque de egoísmo al elegir los ratos, y la culpabilidad que puede suponer rechazar a quienes no nos aporta nada no deja de ser un constructo social derivado de nuestra corriente judeocristiana y su pecado, una visión negativa e irresponsable de las causas, consecuencias y soluciones de nuestra ignorancia.

            Cuanto más cercanas son las relaciones, y más cláusulas hay en el contrato, más problemas pueden surgir con este tema. No en vano, si algo te sienta mal de un amigo puedes dejar de verle durante un tiempo. O definitivamente. Pero con la pareja, durante muchos siglos esto no ha sido así. Te casabas para la toda la vida y punto, con todo lo que ello conllevaba. Preguntadle a las mujeres maltratadas, o a las asesinadas, y entenderéis de lo que hablo. Hoy en día, eso ha cambiado, para desgracia de la iglesia y para suerte del resto de la humanidad. Frente a la crítica de que la gente ahora no aguanta nada, yo afirmo que no hay por qué aguantar si no quieres. Si no quieres aguantar, o si simplemente ya no quieres a la otra persona, tienes que poder pirarte y punto. Esa mentalidad de tener que estar porque el matrimonio es “eso” me parece un ejemplo más de cómo personas excesivamente religiosas pretenden vestir el santo. De obligar a vivir a los demás en base a unos principios que pueden ser muy buenos, pero que no son los suyos. Porque en realidad, el matrimonio ya no es “eso” para muchas personas, y esto no es ni bueno ni malo. Sólo es. Por suerte, lo de tener que aguantar cuando hay maltrato, físico o psicológico, ya sólo se lo escuchamos a los obispos de la conferencia episcopal española –culpando en la mayoría de los casos a la mujer por no dejarse hacer lo que el bestia quiera–, a la que no podré los epítetos que merece conforme a la definición de la RAE porque hoy en día te empluman un delito de ofensa religiosa por cualquier gilipollez. No se la pondré a ella ni a otros sectores conservadores con demasiada diarrea mental de la que sanarse. Dejaré que los adjetivos con respecto a todos ellos surjan en vuestra cabeza de manera espontánea, y así hacemos de mis textos algo más interactivo.

            Todo este razonamiento es el que yo hago en base a la libertad de conciencia de las personas. Libertad que siempre limito con una frase que digo a mis amigos: “intenta evitar hacerme daño; y, si no te queda más remedio, que sea el mínimo posible”. Pero cambiad por un momento la perspectiva, y vedlo desde la otra: ¿os imagináis un mundo en donde los defectos no fueran sino rasgos de personalidad que pueden gustar más o menos, pero que no estuvieran sujetos al continuo escrutinio de quienes nos rodean? Ni buenos ni malos, sólo puntos de conflicto de intereses. Y, por un momento, pensad que encontraseis a alguien que, en lugar de juzgarlos como cosas de vosotros que no les gustasen, separando y dividiendo de manera ficticia vuestra personalidad, sólo vieran una persona completa a la que permitir expresarse y comportarse en cada momento como más naturalmente le surgiera su personalidad. Pensad por un momento que alguien os dejase ser vosotros mismos sin ninguna censura. ¿Qué haríais? ¿Creéis que os comportaríais como unos neonazis desatados? Yo tampoco lo creo. De hecho, creo que se reduciría el miedo y la ansiedad que de manera indefectible llevan a la reactividad, a la violencia y al conflicto, tanto internos como externos. Sería bonito poder encontrar a alguien así en nuestras vidas, ¿verdad? Quizá significaría que esa persona nos quiere tanto que se olvida de sus propios malos rollos para poder permitirnos ese espacio de libertad en donde poder SER, sin cortapisas externas e internas. Donde poder descubrirnos y construirnos. Una bonita utopía.

            Es indudable que la primera parte del texto es cierta, es en la que vivimos hoy en día y la que nos hemos ganado para quien quiera cogerla y vivirla. Y creo que es el camino para poder encontrar el siguiente paso, la siguiente parte de mi texto, en el que poder encontrarnos a nosotros mismos y permitir a quienes nos rodean que también lo hagan. Creo que estamos en ello, y por eso, y por otros detalles, sigo pensando que el ser humano, a pesar de los vaivenes, sigue avanzando hacia delante. Hacia algo mejor de lo que ya hemos alcanzado.

 

Alberto Martínez Urueña 10-10-2018

lunes, 8 de octubre de 2018

Drogas y espinos


            Suelo llevar las orejas bien abiertas porque nunca sé cuándo pueden caer dentro nociones e ideas que me ayuden a explicar un poco mejor el mundo en el que vivo. Intento hacer un buen filtrado de lo que me llega porque con la información, así en bruto, puedes sufrir indigestiones e incluso envenenamientos. El gran mal de la era en que vivimos, el del atragantamiento de datos a que nos ha llevado la digitalización de nuestro entorno unido a la mercantilización del sistema social desde el sistema económico, produce el mismo nivel de ignorancia que el analfabetismo. Ambos se pueden evitar aprendiendo a leer; en este último caso, aprendiendo bien las reglas lingüísticas, y en el primero, introduciendo los criterios de la sana lógica.

            Comentaba con un buen amigo este mismo fin de semana que la llegada de Internet, las redes sociales y el acceso a un volumen de información muy superior al que el ser humano puede gestionar nos ha traído, lejos de aquella emancipación del individuo frente a la manipulación interesada de los poderes fácticos, la esclavitud de nuestra propia necesidad de información en la búsqueda una neurótica seguridad. Todos tenemos clara la necesidad de buscar un cierto nivel de objetividad y de no creer la verdad unívoca una sola fuente, pero en la práctica esto no sólo ha traído beneficios. Si bien es cierto que ha servido para ayudarnos a no asentir cerrilmente ante las afirmaciones de líderes de dudosas intenciones, aumentando la independencia individual y el empoderamiento personal, también corremos el riesgo de caer en la soledad y el enfrentar los obstáculos con las únicas herramientas y capacidades propias, lejos de la ayuda del grupo incondicional. La incondicionalidad, de hecho, se ve como un defecto propio de personas necias. Hoy en día, por nuestra necesidad de cómoda seguridad, buscamos la información que nos da la razón de forma positiva –y nos jaleamos en los argumentos pueriles de tertulianos y columnistas de usar y tirar–, y de forma negativa –e hiperreaccionamos como adictos a los que les quitan su dosis de hiperseguridad–. La edad de la información se ha convertido para muchos en la edad de la desinformación y la soledad, les ha llevado a ser individuos con la mente incapaz de no saltar de un lado para otro, totalmente descentrada y dirigida por otros; individuos que, en un afán por encontrar su propia identidad, han construido fronteras inamovibles con el resto para evitar que sus influencias puedan suponer un desprestigio a ojos de su propia autoestima y su noción de identidad.

            ¿Por qué ha sucedido esto? Sobre todo, por la distorsión neurótica que lleva de ver a los seres humanos como una parte más de nuestras vidas complejas en la que nos enriquecemos mutuamente a unos enemigos que amenazan y que nos complican la vida trayendo incomodidades. Pero no sólo, sino también a medir las relaciones conforme a un análisis de coste-beneficio en las que troceamos nuestra vida y la del contrario y las analizamos en un laboratorio distópico que supone aplicar el método científico a dichas relaciones personales. Esto nos lleva a cometer varios errores de bulto. El primero de todos es trocear algo que es indivisible como son las personas. No somos divisibles, no vale eso de “me quedo con lo bueno que tiene esta persona, pero lo malo que se lo queden otros”. Eso les empobrece a ellos, pero también a nosotros mismos, porque cuando hablamos de seres humanos, el conjunto es superior a la suma de las partes.

            De este troceo, unido al análisis científico de las relaciones, nos viene el segundo error de bulto: medir a las personas en base a criterios económicos. Analizar al otro conforme a un sistema de ingresos y gastos que puede parecer muy lógico, pero que es el primer paso para instrumentalizar a los seres humanos. Instrumentalizar a un ser humano no es verle con forma de llave inglesa; consiste en considerarle un instrumento al servicio de nuestros propios intereses. Por supuesto, hay que elegir las amistades, pero tampoco se puede elegir o rechazar a las personas única y exclusivamente en función de la incomodidad que supongan. Ojo, no hablo de ser un santo varón, pero el rechazo a otra persona ha de venir marcado por otros criterios diferentes que no impliquen que nos convirtamos, a nosotros y al resto, en lo que no somos.

            No tengo nada en contra de la era digital, lo he dicho muchas veces, ni tampoco tengo nada en contra de la economía. Estamos en un proceso bestial de cambio, en una nueva revolución como antes lo fueron las revoluciones industriales y sinceramente creo que los seres humanos hemos logrado grandes cosas, pero siempre están los riesgos, como con la energía nuclear y las bombas atómicas. La desinformación, la mercantilización de las relaciones humanas… Son los principales riesgos a los que nos enfrentamos por un sencillo motivo: en ambas encontramos la droga que nos distorsiona la realidad y el alambre de espino que nos aísla del resto y nos convierte en enemigos del tesoro más preciado que tenemos desde que nacemos hasta que nos morimos. Ni más ni menos que del resto de seres humanos y de nosotros mismos ya que nos roban la empatía y convierten el sufrimiento, tanto el propio como el ajeno, en algo tolerable.

 

Alberto Martínez Urueña 8-10-2018

miércoles, 3 de octubre de 2018

Las medidas de la balanza


            Una cuestión nada baladí que siempre me está rondando la cabeza hace referencia a qué fue antes, si el huevo o la gallina. Me explico: ¿los medios de comunicación se hacen eco de las principales preocupaciones ciudadanas, yendo allí donde se encuentra la noticia que a nosotros nos importa; o, por el contrario, la preocupación de los ciudadanos viene determinada por las noticias que los medios de comunicación deciden llevar a sus portadas?

            Hay que aceptar una realidad y es que los medios de comunicación son empresas destinadas a obtener cuantos más lectores o espectadores mejor, y que utilizarán todos los medios a su alcance para lograrlo. No hablo de falsear información, porque eso es un delito, pero tengo claro que las líneas editoriales vienen determinadas por cuál es el producto que sus consumidores esperan. Que no fuera de esta manera sería admitir, por ejemplo, que un restaurante mexicano en Madrid condimentara sus alimentos con la misma cantidad de picante que toleraría un mexicano de pura cepa. Todos sabemos que los medios de comunicación no son completamente asépticos, y la prueba la tenemos en que todos nos creemos que los nuestros sí que lo son, pero no los contrarios.

            De la misma manera, cuando en unas rotativas, o en el consejo de informativos de una cadena o de una radio, se decide cuánto tiempo se va a dedicar a una noticia determinada en relación con otra, esa decisión tampoco es aséptica. De no ser así, a ninguno de los referenciados en las noticias les importaría salir antes o después que otro, o con una u otra cantidad de tiempo: la percepción del espectador es importante en todos sus detalles, y las negociaciones en caso de debates políticos cuando llegan las elecciones y nuestros representantes tienen a bien someterse a uno de ellos televisado o radiado es más que paradigmático y escenifica perfectamente el poder de los medios.

            Ojo: los medios de comunicación son, en parte, rehenes de los generadores de noticias; es decir, de alguna manera, están a expensas de que tal o cual político quiera hacer tal o cual comunicado. Y, desde luego, está bien que nos hagan llegar el comunicado que sea porque vivimos en un Estado de Derecho en donde, entre otros, el derecho a la información ha de ser efectivo y ellos, como representantes del llamado Cuarto Poder, son los responsables de llevarlo a cabo. O al menos, eso parece.

            Otra cosa bien distinta, y aquí entro en la disquisición concreta, es que, sobre un determinado tema, se quemen los horarios enteros y tengamos tertulianos hasta en la sopa analizando el contexto y explicándonos los pormenores y las variables que, de acuerdo a su criterio, explican los hechos. Horas y horas en los que unos y otros tratar de aproximarnos a las múltiples perspectivas que ofrece la actualidad. Y tampoco estoy en contra de ello. Sin embargo, cuanto más tiempo ocupan en una noticia determinada, menos tiempo dedican a otras, y nuevamente entramos en esa posible distorsión de la realidad en la que la balanza de qué es más importante se ve condicionada por los medios. Aquello de lo que más se hable será lo que más importa. Y ésta es la auténtica tragedia, porque los criterios que utilicen para determinar qué cosa va a ser de la que más hablen no tiene por qué obedecer a la auténtica relevancia para el ciudadano medio, sino a lo que más venda. Y estas dos variables no tienen por qué coincidir.

            El tema catalán, después de tanto tiempo, ha dejado de hacerme gracia. No es que yo sea un experto, pero desde un punto de vista constitucional y de Derecho el tema se agota leyéndote la propia Constitución. Y si no quieres hacerlo, preguntándole a un catedrático de Derecho Constitucional. Si quieres independizarte, sólo hay dos vías, y las dos pasan por un referéndum a nivel nacional. Y además, por la reforma de la Constitución del artículo ciento sesenta y ocho. Así que hasta que los independentistas catalanes no cuenten con las mayorías ahí referenciadas, el debate es estéril, porque fuera de la Constitución no hay nada posible.

            Así, solventado de un plumazo cualquier debate, machacada al instante la urgencia de esta historia, podríamos empezar a hablar de lo importante. Por ejemplo, que la pobreza infantil afecta en España a uno de cada tres niños, que ocho millones seiscientas mil personas se encuentran en situación de exclusión social, que se nos mueren al año dos mil trescientas personas por suicidio y otras ocho mil lo intentan pero no lo consiguen, que los desahucios siguen existiendo con su realidad colateral de sufrimiento, que las políticas de higiene y salud pública para evitar que nuestros adolescentes se envenenen todos los fines de semana son absolutamente ineficaces, que la ludopatía está aumentando a marchas forzadas o que las mujeres siguen siendo asesinadas sin que las medidas que se reclaman por los expertos obtengan ninguna fuente de financiación relevante. Dicho esto, perdonadme si no entro al tema del process de los cojones, pero tengo otras cosas más interesantes en las que pensar. Y todo este texto está escrito sin creer en la mala intención de nadie, porque si se estuviese utilizando un debate que no existe para que la gente no se centrase en lo que verdaderamente está ocurriendo ahí fuera, me pondría mucho más triste de lo que ya me pongo cada vez que se me ocurre salirme del discurso oficial de las portadas.

 

Alberto Martínez Urueña 3-10-2018

viernes, 7 de septiembre de 2018

Gaitas


            Que los árboles no nos impidan ver el bosque. Si por algo me he caracterizado en los últimos meses en estas reflexiones que os mando es por un sutil detalle en el que me mantengo a pesar de que pudiera ser más sencillo lo contrario: la mesura y la educación. Cuando uno está sólo delante del teclado la tentación de empezar a soltar barbaridades es muy alta: sabes que van a estar los que te aplaudan y te feliciten por lo bien que escribes; y también, que las críticas desaparecen con un click. Todo son vientos favorables cuando usas Internet. Lo complicado es pensar en las consecuencias que pueden tener las palabras que lanzas al éter digital, recapacitar en los efectos que pueden tener, a qué mentes desequilibradas pueden llegar… En mi caso, con la ínfima audiencia que tengo, esto no es demasiado preocupante, pero tampoco se me ocurre ir a un embalse a echar un chorrete de cianuro porque se vaya a disolver y a resultar irrelevante en el total de esa gigantesca masa de agua. La responsabilidad no sólo depende de los potenciales efectos externos, también tienen efectos internos, como, por ejemplo, convertirte en un perfecto hijo de puta. La verdad es que no me interesa.

            Yo no decido a cuántas personas llega mi mensaje. En realidad, eso no lo decide el emisor, sino que lo decide el medio que lo difunde. Si por casualidades de la vida, el sitio en donde cuelgo mis textos empezase a aparecer en los espacios publicitarios de todas las páginas web de Internet, los índices de audiencia de mi página subirían como la cuenta suiza de un político corrupto. Podrían ser casualidades, o que me tocara la primitiva y pagase el precio correspondiente. ¿Por qué digo esto? Por lo de siempre: ¿sabemos hacia dónde miramos?, ¿lo decidimos nosotros?, ¿nos lo marcan otros?

            Una de las cosas que más vende en el Occidente de hoy en día –el resto no lo conozco– son las confrontaciones simplistas y demagogas. Confrontaciones que se articulan a través de lenguajes infantiles y fáciles de digerir; imposibles, en apariencia, de soslayar del posicionamiento personal de cada individuo. Aquello de estás conmigo o contra mí. Por suerte, mi nivel intelectual me permite no responder con premuras innecesarias y, además, no posicionarme sobre temas que no me afectan con una pasión visceral exenta de toda prudencia.

            El tema del cambio horario está en boga, se lleva, nos preocupa desde hace años, cuando nos dimos cuenta de que el último fin de semana de marzo nos reventaban las tripas haciéndonos levantar el lunes una hora antes de la que nos levantamos el viernes. Y con lo de acostarse, lo mismo. Así, a la inmensa mayoría de personas a las que preguntas, te comentan que se pasan una semana puteados. Lo de estar puteados no es nada nuevo, hay pocos que se escapan de recibir algún mandoble de vez en cuando, pero hay que diferenciar entre los que puedes evitarte y con los que no te queda más remedio que aprender a zurcirte cicatrices. Lo del cambio de hora, desde luego, es de los primeros. Luego, nos podemos poner a debatir cuál de los horarios nos gusta más, y cada uno tendrá sus porqués, pero de momento, dejémonos de gaitas con lo del cambio.

            Lo de las gaitas del cambio, encierra, no obstante una canción tradicional muy interesante, sobre todo teniendo en cuenta que estamos en España. Hablo, por supuesto, de los horarios laborales. Esas jornadas maratonianas provocan que este debate sea una mala burla porque hay peña en este país que en invierno entra a currar de noche y sale de noche, y al final, le va a ser igual lo que le pongan. Aquí está el principal de los problemas porque, lo siento por los que quieren quedarse con el horario de verano: vais a seguir saliendo de noche, va a seguir haciendo frío en invierno, no vamos a conseguir alargar demasiado ese buen rollo estival que tanto nos gusta. Lo siento también por los que se quieren quedar con el horario de invierno: una hora más o menos no os va a traer la felicidad circadiana, eso sólo afecta a los que trabajan a turnos o con nocturnidad y alevosía patronal, el resto va a seguir estando igual. Sobre todo el invierno, porque en invierno sigue haciendo frío incluso de día, y además, te toca ir a cumplir con el jefe, te toca seguir durmiendo poco y toca seguir obedeciendo órdenes que te van a seguir pareciendo una completa gilipollez.

            Así que dejaos de revanchismos, venganzas y estupideces. Lo único importante de todo esto es que nos dejen de mover el capote delante de las narices con el cambio de hora, y que la muleta se la introduzcan por sus costillas con cualquier otro debate. A ser posible, de los importantes, como puede ser la subida de la luz, la transición energética, la reforma de las Administraciones Públicas, la reforma del sistema fiscal español, una sanidad pública de calidad y unificada a nivel estatal, una educación potente y unificada a nivel estatal o la tipificación correcta y concreta –sin ambigüedades– de determinados delitos de corrupción política y administrativa que les afecta directamente. Ah, por cierto, lo de Cataluña no entra dentro de este debate, porque no hay debate. Hay reglas constitucionales y legales, y lo que se quede fuera, no cuenta. Todo lo demás con lo que nos están bombardeando todos los días desde hace años, sólo son sonajeros para bebés incapaces de elegir a qué cosa darle cuerda. Alguien estará interesado en que sigamos con esta mandanga, pero, por mi parte, les pueden ir dando.

 

Alberto Martínez Urueña 07-09-2018

viernes, 31 de agosto de 2018

Pirateo


            Hay temas de conversación que resultan complicadas porque ciertas costumbres están tan arraigadas que mantener una postura divergente es entendido como una rareza, como un esnobismo presuntuoso, o incluso como un ataque a quienes deciden tomar un camino diferente. Yo no quiero atacar a nadie, pero hoy quiero hablaros del pirateo, y en concreto, del pirateo del arte.

            Cuestiones aparte sobre lo que cada uno de nosotros considera que es el arte, y sobre lo que espero poder hablar en alguno de mis textos próximos, la cuestión sobre la adquisición gratuita de contenidos protegidos por las leyes de propiedad intelectual tiene múltiples esquinas. Entre otras cosas porque supongo que todos hemos pirateado algo en algún momento de nuestras vidas. Es complicado utilizar la palabra robo cuando implica llamar ladrón a todo el mundo. Sin embargo, hace tiempo que vengo defendiendo que un solo acto no define a una persona: un robo puntual no convierte a una persona en un ladrón desde un punto de vista ético, aunque por un solo robo te puedan sancionar o encarcelar. Desde un punto de vista ético, cada vez estoy más convencido de que no estoy aquí para juzgar a nadie, para definirla y encapsularla en un concepto, y mucho menos si este concepto es negativo. Por lo tanto, dicho esto, voy a la idea del pirateo más allá de quien decida piratear.

            Como digo, tenemos la perspectiva legal. ¿Es delito piratear un disco? Os soy totalmente sincero: no tengo ni idea. Y, además, hay que analizar cada caso, porque no es lo mismo hacerte una copia de seguridad privada que copiarle un cd de música a un amigo, pasarle una copia en mp3, hacer mil copias y venderlas en la calle en un top-manta o cualquier otra casuística que se os ocurra. Por lo tanto, el tema legal se lo dejaré a quien tenga las ganas de leerse los artículos dedicados a ello en el Código Penal que, según creo, andan por el 270.

            Pasemos a otra perspectiva más interesante: ¿es reprobable piratear un disco? Los argumentos a favor y en contra están pergeñados de razones económicas, pero también éticas. Me iba a liar la manta a la cabeza y empezar a hablar aquí de rollos económicos alambicados, pero sería estúpido. En la práctica, esto del pirateo esconde un argumento como el siguiente: “si puedo tener esa canción, ese disco, ese libro, esa película, o lo que sea, gratis, ¿por qué voy a pagar por ello?”. Otra cosa sería que fuésemos nosotros el artista, ¿verdad? También está quien ve un artista que se ha forrado, por las razones que sea, vendiendo legítimamente su producto, y se buscan argumentos para deslegitimar sus ganancias. No te digo ya si el artista es de izquierdas: ya sabéis, un rojo no puede ser rico, aunque pague uno por uno los impuestos que la sociedad decida en función de su renta disponible ajustada para sostener un Estado del Bienestar potente. Un rojo tiene que ser pobre por definición, pagar sus impuestos, pero además, entregar la práctica totalidad de sus ganancias.

            Además, hay una consideración más profunda que los niveles de renta de los artistas y ésta es cómo valora una sociedad cada uno de sus aspectos básicos y esenciales, lo cual marca de manera indefectible el nivel de calidad y evolución humana de esa sociedad. El primero de todos, por supuesto, es qué hace y cómo trata una sociedad a sus miembros más débiles. Tendríamos también cómo valora determinadas actividades como la investigadora o la educativa, es decir, qué consideración social y económica se les otorga. Otro aspecto fundamental, según mi criterio, es cómo valora la producción artística, y la mejor forma, la más objetiva, de valorar algo que hemos encontrado después de muchos siglos es ponerle precio. Quizá no sea la mejor, pero pasa como con la democracia: todavía no hemos encontrado un sistema mejor que éste. No tiene sentido sustraer una parte de nuestra actividad humana, como es el arte, del sistema global en el que nos movemos, y éste es una economía de mercado. Una sociedad que considera que sus artistas deben trabajar gratis, sinceramente, no la entiendo.

            Por todo lo anterior hace tiempo que no pirateo. El deseo de disfrutar de una creación artística no puede implicar que el creador de la obra, así como todos los que tiene a su alrededor y que coadyuvan a producirla con la mayor calidad posible y a llevarla hasta el público que la desea, no reciban una retribución económica adecuada, una retribución marcada por las leyes de la oferta y la demanda. Y, si por lo que sea, da la campanada y esas leyes le llevan a vender veinte millones de copias de un disco o de un libro, lo único exigible, según mi criterio, es que tribute de acuerdo a sus ingresos. Nada más. Y nada menos. Y es que el arte es fundamental para una sociedad que pretenda ser evolucionada ya que no sólo de pan vive el hombre: el arte alimenta la parte más humana que tenemos, y no valorarla adecuadamente y, de esta forma, arriesgarnos a perder toda la calidad que una artista puede verter en su obra, por el simple hecho de que no se pueda dedicar en exclusiva a esa noble ocupación… Un mundo sin arte. Ese sí que es un precio que no estoy dispuesto a pagar.

 

Alberto Martínez Urueña 30-08-2018