jueves, 14 de diciembre de 2017

Sobre las opiniones


            Hay una cuestión que parece generalizarse en estos días, aunque es igual de común a nuestra historia que la propia estupidez humana. Hace varios años, mayo de dos mil nueve, escribí un artículo por motivo de determinadas sujetas que se permitieron la dudosa confianza –por supuesto, yo no se la había dado– para aconsejarme con toda su prosapia y sabiduría que no me casase con la que es ahora mi mujer. Yo, en un alarde de estoica paciencia, en lugar de mandarles a tomar por donde amargan los pepinos, escuché tranquilo y al final les di las gracias por sus opiniones, pero les indiqué que no había nada que pudieran decirme para que cambiara de parecer. Eso que en un caso tan claro nos parece un aberrante caso de intromisión, es algo que se produce, por desgracia, de manera sistemática en nuestra sociedad: opinar sobre cosas que ni te van ni te vienen. Por supuesto, no seré yo el que coarte la libertad de cada uno para opinar sobre lo que le venga en gana: de hecho, es lo que hago yo con mis textos, pero con una salvedad. Intento que la lectura sea amena, y además, antes de que empecéis a leer, ya sabéis de qué va este rollo, no os pillo a traición como hicieron conmigo en una oscura cocina de un oscuro chalet de la zona norte de Madrid.

            No seré yo quien coarte la libertad de nadie de abrir la boca, o la bocaza, pero no dejaré que me arrebaten a mí no ya la opción de disentir, que por supuesto, si no la posibilidad de no tomar en consideración los comentarios, tal y como hice con aquellas sujetas. Hay personas que piensan que por el hecho de saber rebuznar ya se merecen un auditorio completo, igual que hay quien se piensa que las gracias que hace su hijo nos tienen que hacer gracia al resto. Por desgracia para ellos, ni sus opiniones ni sus hijos gozan de esas prerrogativas.

            Hoy en día, esto de opinar se ha convertido en algo más que un defecto del que a veces hay que cuidarse: se ha convertido en una obligación social cuyo incumplimiento es sancionado y castigado por la masa. Decir que no tienes una opinión formada sobre algo es visto de forma rara, pero si además añades que no te da la gana gastar tu tiempo y tu esfuerzo en hacerlo, te conviertes en un paria. A fin de cuentas, hoy en día ya no se pide el más mínimo rigor a la hora de opinar de lo que sea, ya estemos hablando del cambio climático y sus efectos sobre las ciudades costeras o de la crianza de la gamba roja de Almería. En realidad, da igual lo que digas: lo importante es que lo digas.

            Esto no deja de ser la vieja canción de siempre: en España –no sé cómo respiran en otros países, admito comentarios–, cada españolito sabe de medicina más que su médico de cabecera y más que el especialista; sabe más que el seleccionador nacional, más que el entrenador de su equipo y, por supuesto, mucho más que el irresponsable niñato que entrena el equipo de alguno de sus bastardos; sabe más que el profesor que les da clase a estos últimos y por eso tiene derecho a ponerles a escurrir; sabe cómo hacer controles de la actividad gubernamental y por eso los que nos dedicamos a ello y no lo atajamos somos cómplices de la corrupción –y además curramos menos que nada, porque somos funcionarios–; sabe más de investigación que un catedrático que trabaje en el CSIC, y sabe infinitamente más de economía que un doctor honoris causa por la Universidad de Harvard. Es indudable que sabe mucho más que todas esas estadísticas con las que los expertos –los listillos, dicen ellos– les llevan la contraria, y cualquier dato que les toque los cojones es una teoría de la conspiración, o directamente la inefable y malévola condición humana que afecta a todos menos a ellos y a sus conocidos. Y a los tuyos, si acaso tienes algún médico, profesor, entrenador, controlador público, etcétera. Por supuesto, esta irresistible incompetencia que rodea al españolito le da pie para utilizar todos los insultos que le vengan a la cabeza, porque lo único que está haciendo es definirles y, si acaso, echarse unas risas con los amigos. Que se esté comportando como un perfecto imbécil es algo que no tiene relevancia, porque la ética propia es algo de lo que en el siglo de las verdades subjetivas tiene poca importancia.

            Esto tiene una derivada perversa: España tiene en su haber el mayor número de intelectuales ampliamente considerados, pero en el extranjero. Nunca se cumplió, desde que los brutos del pueblo apedrearon a Jesús, lo de que no es posible ser profeta en la propia tierra. Las descripciones, más o menos acertadas, basadas en sus conocimientos, llegarán a los españolitos, esos que saben de todo y siempre mucho más que cualquiera, dispuestos a desmontar el argumento y sus conclusiones. Y a insultarle, por supuesto, porque va en el lote. Así, de esa manera, y unido a una curiosa característica del ibérico porcino que consiste en “saber de qué se habla para oponerme”, reverso gracioso de la envidia, uno de los vicios por cierto más españoles, se consigue el circulo perfecto: que cualquier solución medianamente versada y preclara sea atacada desde todos los ángulos, despreciada de manera sistemática y arrojada al olvido, dejándonos incapaces como siempre desde hace siglos, con las viejas, y erradas, soluciones que nos llevan condenando tanto tiempo. Da igual quien me robe, ya sabéis, siempre y cuando sea de los míos, porque a fin de cuentas, roban todos, y si no lo hacen es porque no pueden. El discurso del cínico, por cierto, que evidencia su propio fracaso, pero que también cercena cualquier progreso cierto y nos deja en las fauces de los lobos.

 

Alberto Martínez Urueña 14-12-2107

martes, 12 de diciembre de 2017

Los cantos de sirena


            Son varios los artículos en los que he escrito de manera tangencial sobre este tema, prometiendo tocarlo cuando llegase el momento. Éste ha llegado, motivado por varios artículos que me han llegado; y el primero sería un artículo que he releído hace poco sobre la manera en que las redes sociales nos están convirtiendo en seres incapaces de centrarnos lo suficiente como para leer un texto completo de una cierta extensión. No digamos ya un libro… La presencia de hipervínculos en las páginas de todo tipo a las que accedemos y cómo bailamos de unas a otras hace que nos quedemos en los titulares, y de esta manera, en lo superfluo, sin descubrir los detalles. Lo que enriquece.

            También ha llegado a mis manos otro artículo sobre la agresividad en los comentarios que se pueden leer en las redes sociales. Según el artículo no es cierto que haya crecido, pero posteriormente habla sobre un estudio en el que se demostró que la empatía y la capacidad para conectar con otra persona disminuye según su mensaje nos llegue directamente de una conversación presencial, o bien un discurso audiovisual, o bien mediante un texto escrito. Esto demuestra que, instintivamente, el respeto que sentimos por nuestros interlocutores virtuales es muy inferior al que sentimos cuando hablamos a la cara –no hablo de miedo a que nos la rompan, que sería otra cosa–. Tenemos un problema si las redes sociales hacen que nuestras relaciones, las que sean, se vean privadas del respeto más absoluto por las personas.

            Estas redes sociales, además, forman parte del llamado Big Data que analiza nuestros comportamientos y, en aras de facilitarnos las búsquedas, nos ofrece aquellos contenidos que cree que pueden aproximarse a nuestros gustos y nuestras inclinaciones. Corremos el riesgo de ver únicamente aquello que nos gusta, ya sean videos de gatitos, o noticias sobre corrupción, pero todas del mismo corte. Los medios de comunicación tienen suficientes incentivos para ofrecer visiones sesgadas que fidelicen a sus lectores y no una información aséptica y objetiva que pueda entrar en discrepancia con sus ideas y, por tanto, perderles. Y no olvidemos de que las grandes corporaciones –que ya dominan los medios– no quieren personas formadas, quieren fieles consumidores.

            Otra interesantísima cuestión hace referencia a cómo la introducción de las nuevas tecnologías en las aulas está produciendo una reducción del rendimiento intelectual de nuestros alumnos. No me extiendo en este tema, y os recomiendo que busquéis bibliografía al respecto si tenéis intención de discrepar. No seré yo el que pretenda cerrar la boca a nadie: eso se lo dejo a la ciencia.

            Siempre he dicho que no soy un neoludista contrario al avance tecnológico, pero este debe cumplir determinados requisitos. No hablo únicamente de esa frase hecha de que la máquina ha de estar al servicio del hombre, y no al contrario, tan usado cuando hablamos de la esclavitud que puede provocar del uso desproporcionado y desmedido de estas nuevas tecnologías. Hablo de algo más profundo –que en parte puede venir de lo anterior, pero no sólo– como es el propio deterioro humano que puede producir, como esa falta de concentración de la que hablaba y que, ojo, ya está demostrada. No estoy hablando de cuestiones que se pongan en tela de juicio, son hechos que ya se han constatado.

            La tecnología es uno de los hitos más brillantes de nuestra historia: la capacidad de proveernos de energía para lograr una mejora de sus diferentes sociedades ha provocado, como siempre digo, que nuestros hijos no mueran por las enfermedades del invierno gracias a los avances médicos, de construcción y aislamiento, así como en las calefacciones. Sin embargo, no todo es tan luminoso. Por poner un ejemplo que creo suficientemente claro, os diré que se empieza a hablar de forma seria, en según qué países, de robots que acompañen a las personas enfermas, o mayores, y puede parecer una gran medida, pero sólo si la vemos de forma desconectada de la realidad que subyace. La tecnología nos ofrece un mundo más cómodo, más descansado, con menos conflictos personales y con mayor información. Hasta que el exceso de información hace de ella un monstruo ingobernable y las redes sociales nos polarizan y nos convierten en caricaturas agresivas de lo que podríamos ser. Y hasta que la comodidad nos impide ofrecer algo de calor humano a quienes más lo necesitan, y lo sustituimos por el calor de una batería de litio. Sólo diré que el tiempo ha terminado legitimando cuestiones que anteriormente se consideraban auténticas barbaridades.

            La tecnología no hará que seamos distintos seres humanos que los que venimos siendo desde los inicios, y que, para el que le interese, los autores clásicos de todas las culturas del mundo ya describieron, con nuestras pasiones, nuestras tragedias, nuestros amores… La lucha entre el Bien y Mal interno que todos llevamos en las tripas no se va a solucionar con una frase fácil en Facebook, ni con un Me gusta a una foto de Instagram. El sentido del libre albedrío, de la elección humana, y por tanto el de la propia vida van a seguir siendo los mismos, tendremos que seguir buscándoles, y seguiremos condenados a sufrir –elegir, o no– los cantos de sirena que pretenden llevarnos hasta las islas de nuestra perdición.

 

Alberto Martínez Urueña 12-12-2017

jueves, 30 de noviembre de 2017

La manada y sus tangenciales


            Con lo del tema de la manada, lo de esos cinco señores –véase la ironía– a los que están juzgando se pueden entresacar varios debates tangenciales muy interesantes. El primero y fundamental tiene que ver con la culpabilización de las víctimas. Es evidente que nadie en su sano juicio va a decir expresamente que las víctimas de violación son culpables directas, pero en los grises está precisamente el problema. Yo soy el primero que abogo por la libertad de las personas, una libertad que llega hasta donde no se ofenda al resto, siempre que el resto no tenga la piel demasiado fina. Es como lo de los besos de los homosexuales: si te ofenden, puedes empezar a echarte árnica. Por mi parte, prefiero rasparte a ti esa piel de papel de arroz que prohibirles a ellos que puedan tener una demostración de cariño en público. Pero son gustos, está claro. Con respecto a lo de las víctimas, cualquier imbécil que acuse a una mujer por llevar poca ropa, estar borracha o drogada o no haberse resistido convenientemente debería ir pidiendo habitación en un psiquiátrico, porque está muy malito de la cabeza.

            Otra cosa es que alguien quiera hacer un juicio valorativo sobre los peligros que entrañan vivir en sociedad. Hay que tener clara una diferencia fundamental: el mundo que nos gustaría que fuera y el que es en la práctica. El primero nos sirve para identificar la meta utópica que, a pesar de ser inalcanzable, debe servirnos de brújula que nos marque el camino. Pero no podemos olvidar que, por muy buenas intenciones que nosotros tengamos, en las calles hace frío, hay lobos que quieren devorarnos, y por mucho que reclamemos nuestro derecho a andar libres y seguros, puede que el atracador, el agresor o el violador de turno no le respete. Y tenemos que defendernos. Yo rechazo de plano la violencia, pero sé de manera fehaciente que hay personas que la utilizan a discreción y pueden intentar hacerme daño, y que buenos razonamientos no les frenarán en su propósito, así que considero adecuado adoptar las medidas necesarias para evitarlo. Pero por encima de todo, la culpa es de quien viola, de quien agrede, del que, en libre uso de sus capacidades físicas, las usa de la manera más desalmada.

            Claro, otra cosa es llevar esto al otro extremo. Os voy a ser sincero: me gustan las mujeres, más cuando son guapas, y si llevan ropa elegante, y además lo hacen en público, creo razonable e, incluso, conveniente, echar un vistazo. Ojo, no me quedo exclusivamente en un placer estético: para eso me pago la entrada de un museo. ¿Eso es punible? Sinceramente, no lo creo, siempre que respete ciertos límites; no en vano, la raza humana se extinguiría en unas pocas décadas si prescindiéramos de tales impulsos. ¿La mujer ha de sentirse agredida si alguien intenta flirtear con ella? No lo creo; otra cosa distinta será si, manifestada su negativa, la insultan, la menosprecian o incluso la violan. Por mucho que ciertos botarates argumenten que hay una fina y delgada línea roja entre la negativa real y la ficticia, si alguien dice “no” de la forma que sea –verbal o por medio de su actitud física– no debería haber lugar a las dudas. Y si alguien defiende eso de que “quería decir sí cuando dijo que no”, ya sabéis: habitación del psiquiátrico. Yo como persona –iba a decir como hombre, pero esto es universal, aunque lo sufran más ellas, por lo de los estereotipos– no me arriesgo a que me la jueguen con una falsa negativa. Sobre todo, porque mayoritariamente no son falsas.

            Más cuestiones que se pueden sacar de este juicio tienen que ver con lo de las redes sociales. Esos lugares en donde cada burro puede soltar su relincho particular. Fantoches que se dicen de izquierdas –seguro que si les hablas del caso de los titiriteros la cosa cambia– piden limitar las declaraciones que los abogados de la defensa hayan hecho en el legítimo ejercicio legal que están realizando. Hay mucho botarate suelto que, como no sabe discriminar sus principios en una escala de valores adecuada, se olvida de que, si bien la víctima tiene derecho a la justicia, los defendidos tienen derecho a la presunción de inocencia y a una defensa efectiva en un juicio con todas las garantías legales posibles. Sus abogados, en base a estos derechos, y a la obligación de proporcionar la mejor defensa posible a sus clientes, tienen atribuida la posibilidad de planificar la estrategia que estimen oportuna, siempre que no vulneren la Ley.

            Las redes sociales, la extensión de Internet y desorbitada cantidad de información a la que tenemos acceso nos ha convertido en seres desprotegidos en mitad de la niebla. No es que no haya faros, es que el mar está repleto de ellos y es imposible saber a cuál de todos seguir. Vivimos en un sistema dirigido específicamente a que no seamos capaces de ver nuestro propio faro interno, ése que nos permitiría encontrar la dirección correcta a Ítaca. En esta democratización de la información se nos exige, en lugar de a informarnos de manera adecuada, que expresemos nuestra opinión, que nos posicionemos ante cualquier vicisitud por irrelevante que sea o por muy lejos que nos quede. Y además, nos crea una ficción en la que  –que por supuesto– nuestra opinión está al mismo nivel que la de, en este caso, un catedrático de derecho penal con veinticinco años de juicios a sus espaldas. Y sinceramente, yo no soy tan experto. Ni tan soberbio.

 

Alberto Martínez Urueña 30-11-2017

martes, 28 de noviembre de 2017

El ibérico porcino



            Por si no os habéis dado cuenta, el mundo sigue girando, tanto en plan peonza, con su rotación y precesión, como con el de traslación, y con esos movimientos que nos sirven para medir el tiempo de una forma más o menos razonable y que nos traen el curso de las estaciones. Por eso, seguir hablando de lo mismo sería ridículo, cuando se ha demostrado que era palmariamente innecesario. Y así lo he defendido en estos textos. Así que, si queréis mencionarme algo de esa región de noreste de la piel de toro, podemos hablar de su deterioro de la sanidad, del aumento de la desigualdad o de la pobreza energética.

            Pero como me he conjurado para no hablar de esto, deberíamos hablar, verbigracia, de los pactos de financiación conforme a los cuales las regiones más pobres de España saldrán nuevamente perdiendo en favor de las más ricas, demostrando una vez más que eso de la solidaridad entre regiones es un párrafo que les quedó superelegante a los legisladores, aunque todavía resuene el eco de sus carcajadas. También hablaríamos de cómo los sucesivos Gobiernos españoles llevan cuarenta años vociferando contra los nacionalismos en público mientras que, en privado, llevan ese tiempo ofreciendo pleitesía y nalgas desnudas ante sus chantajes. Ojo, las nuestras, que les salen gratis. Pues que sepáis que, si os jode que os toquen la cartera, nos habría salido mucho más barato una consulta pública no vinculante en el año dos mil seis que las sucesivas mamandurrias presupuestarias que durante este tiempo han sido. La fidelidad del ibérico porcino a sus colores es encomiable.

            Podemos hablar de que somos, según Bruselas, el país de la Unión Europea con mayor desigualdad en términos de renta. Os recuerdo que dentro de esta amalgama utópica hay países como Rumania, Polonia, Lituania… Países sobre los que hacemos chistes peyorativos –sin recordar lo poco que nos gustan los que hacen de nosotros– o que nos meten miedo cuando les vemos por las calles de nuestras ciudades. Pues que sepáis que tenemos datos peores que ellos. Pero podemos hablar de cómo nos encalabrinamos cuando salen estos informes –os lo de Oxfam, o los de Cáritas– y les aplicamos la doble pinza de matar al mensajero y cuestionar la metodología. Sin ser expertos. Típico del ibérico porcino pura raza de bellota.

            Pero hablemos del estado de abandono financiero y de medios que sufren los órganos de control del Estado español, ya sea la Agencia Tributaria o la Intervención General de la Administración del Estado. O de la Administración de Justicia, con un sistema informático casi inexistente, mientras que el poco que tienen se les cae periódicamente y pone al descubierto sumarios judiciales. Y mientras tanto, fiesta en la dehesa del ibérico porcino, más preocupado por la estética de la bandera con la que se cubre que por el contenido que representa y debería defender. Glamour ante todo.

            Pero podemos entrar a hablar de lo importante. En primer lugar, de la Educación en nuestro país. No de la calidad, que ya de por sí nos daría para todo un ensayo de mil páginas y un millón de lágrimas: un sistema que desprecia toda evidencia científica y metodológica sobre las buenas prácticas educativas con el mantra estúpido de la adaptabilidad de los diferentes modelos. Podemos hablar de esa costumbre desmañada del ibérico porcino en el que cada cerdo es experto de todo, en este caso de educación, y se atreve a largar sobre el menoscrédito que sufre el profesorado –o directamente la inseguridad física– al tiempo que se despacha a gusto cuestionando todas y cada una de las medidas que le aplican a sus retoños. Retoños a los que exige respeto para con su profesorado, al tiempo que ellos mismos le ponen a escurrir.

            Y qué menos importante, por cierto, que la sequía que sufrimos, y de ese modelo ecológico y medioambiental español que es un completo desastre, guiado más por el barro en el que nos revolcamos a corto plazo que por la sostenibilidad a largo plazo de la propia dehesa. Yo de esto no entiendo un carajo, no tengo problemas en reconocerlo, y por eso mismo me dedico a escuchar a los que saben, en lugar de cuestionarles. Y, he de reconocerlo: con resultados devastadores para mi estado de ánimo. A ese respecto, contemplo con absoluto estupor como el modelo energético español –directamente relacionado con el tema– es… Se me agotan las palabras. A MÍ. Os lo aseguro, cualquier aspecto sobre el que intentas obtener alguna información te lleva a querer irte a cualquier otro país y dinamitar éste. Irte allí donde no haya ciudadanos que voten a partidos políticos capaces de sancionar el autoconsumo en un más-difícil-todavía al servicio de las energéticas. Lo del impuesto al sol. Y aquí, los ibéricos porcinos mirando embobados mientras el matarife va afilando el cuchillo con el que degollarle.

            Está muy bien debatir sobre lo que queráis –que suele coincidir con lo que quieren los medios de comunicación y los partidos políticos, y los inversores de ambos, que son los mismos–, pero yo no voy a entrar por ese aro tan pequeño. Un aro tan reducido que no cabe el sentido común, por cierto, porque el análisis sosegado de lo que verdaderamente nos afecta no pasa por lo que nos venden. Aquí, los poderes fácticos nos dan bellotas, y corremos a por ellas entre gritos de placer, enardecidos, sin recordar que, de manera inexorable, antes o después, San Martín siempre llega.

 

Alberto Martínez Urueña 28-11-2017

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Dos opciones


            Supongo que de una forma u otra, todos habéis oído hablar de ellas. De las redes sociales. Y en concreto de la más exitosa, Facebook. Al respecto, me hago eco de una noticia publicada por El País, otrora diario responsable, hoy panfleto al servicio de sus accionistas, en la que hablaban sobre los efectos de estas redes sociales, cómo están montadas y cuáles son los objetivos de sus políticas y actuaciones como corporaciones. Os recomiendo que lo busquéis por Internet, y si no lo encontráis preguntadme que os lo facilito. A modo de titular sensacionalista, una de las declaraciones de su primer presidente, un tipo llamado Sean Parker, decía que “sólo Dios sabe lo que esta tecnología le está haciendo al cerebro de nuestros niños”. Al margen de esta apreciación, Facebook, pero no sólo ellos, utilizan todos los datos que obtienen de sus usuarios y los meten en un procesador de datos inmenso. El llamado Big Data. Con ello, descubren cuáles son las tendencias de consumo de sus usuarios, y de esta forma, llenan las redes de publicidad personalizada –la publicidad que os sale en las páginas web que visitáis está gestionada de esta forma–. El artículo continúa hablando de estudios realizados al respecto sobre cómo esta publicidad personalizada sirve para manipular al gran público sin que éste se dé cuenta. Y os aseguro que todavía no pretendo entrar en el terreno de la crítica, pero cualquier persona que ponga en duda que la publicidad puede ser una herramienta de manipulación merece que la usen en su contra.

            Me gusta mucho el titular, “los pioneros de Facebook critican su deriva hacia la manipulación masiva”, pero más aún el subpárrafo en el que indica que “un nuevo estudio muestra cómo la red usa la persuasión psicológica para explotar debilidades”. La red, dicen. Yo digo que la publicidad en general. Y la publicidad no deja de ser el lenguaje que usa el sistema capitalista para mostrarnos sus productos. Infiero, afirmo sin temor, por tanto, que el sistema capitalista es absolutamente perverso desde el primer momento en que se sustenta en un principio básico: aprovecharse de las debilidades humanas para conseguir sus objetivos. Objetivos muy sencillos, por cierto, como es la maximización de los beneficios de las empresas adheridas a su filosofía. O más bien, producto de esa misma filosofía.

            Ojo, no estoy diciendo que el consumo de masas sea per se perjudicial para el ser humano. No todo el sistema de consumo está podrido. Como suelo decir, la mayoría de nosotros tenemos casas adecuadamente caldeadas y aisladas de la intemperie en las que no morir por el frío y las enfermedades durante los crudos inviernos de Castilla. O de donde sea. Tenemos acceso a una alimentación que nos permite desarrollarnos adecuadamente desde que nacemos hasta que nos vamos. Tenemos infinidad de posibilidades de ocio, de cultura, de multitud de ofertas adecuadas a nuestra forma de ser que nos permiten desarrollarnos como persona. ¿Dónde está el problema?

            Bueno, para el que no tenga problema porque le manipulen, ninguno. Y para el que diga que nos manipulan continuamente y que no podemos hacer nada, tampoco. Que dejen de leer, porque no tienen ningún problema, salvo ellos mismos. Pero no seré yo quien pretenda sacarles de su cómoda visión existencial.

            Lo que pretendo decir con todo esto es que vivimos en un sistema, como dice el estudio, que explota nuestras debilidades. No sólo eso: las acrecienta sin ningún complejo y las utiliza. ¿En nuestra contra? Aquí habrá opiniones, por supuesto. Está la teoría de que adivinar nuestros gustos y presentarnos una oferta adecuada a estos lo que va a implicar es una satisfacción mayor, un crecimiento de nuestra utilidad (guiño a los economistas) al reducir el tiempo que gastamos en nuestras elecciones. Optimizan los mecanismos de nuestras decisiones de consumo, eliminando las opciones superfluas o inadecuadas. Y esto, desde el punto de vista de un ser humano reducido a un factor de consumo, es lo más grande. Como la virgen del Rocío para un sevillano.

            Ahora bien, si lo que están haciendo es persuadirnos para que consumamos algo que en realidad no necesitamos, proceso en el que nos generan un incremento de ansiedad para conseguir algo que en principio no queríamos, la cosa cambia. Nos joden la salud mental, en un primer término, que no es poco. Pero no sólo eso: nos cambian la percepción del mundo. Es decir, no es que cambien el mundo, que sigue siendo el mismo, sino que secuestran nuestra atención para que nos fijemos en algo que no necesitamos y rehuyamos aquello que nos permitiría armarnos con las suficientes herramientas para resistir su asedio. Doble jugada maestra: nos venden aquello que les beneficia a ellos y nos roban aquello que nos ayudaría a nosotros. Pero además, nos quitan la posibilidad de centrarnos en lo importante, en aquello que reduciría esas debilidades, y nos convierten en una versión peor de nosotros mismos, y mucho peor de lo que podríamos llegar a ser si nos centráramos en lo que de verdad construye a una persona. Llamadme loco si queréis, pero al mismo tiempo echad la cuenta de cuántas veces os habéis parado, hasta los mismísimos cojones, y habéis llegado a una especie de certidumbre de que aquí hay algo que no funciona de forma correcta.

            Esto no es una teoría de la conspiración. Entre otras cosas porque no lo es, no hay conspiración alguna. Sólo es una estructura social y económica que abrazamos en mayor o menor medida, sobre todo en Occidente, que por un lado nos ha traído las mayores cotas de bienestar de nuestra historia, pero que tiene claroscuros que no podemos pasar por alto porque, en última instancia, nos estamos jugando algo mucho más importante que un “Me gusta” sobre la primera gilipollez que nos venga a la mente.

 

Alberto Martínez Urueña 15-11-2017