jueves, 28 de julio de 2016

Las dos mentiras de la economía


            Os voy a contar un secreto. La teoría económica está basada en dos verdades más o menos fundamentales que luego, en la vida real, en primer lugar, no son del todo ciertas, y en segundo, pueden llegar a ser perjudiciales para nosotros, los seres humanos.

            El primero de ellos, esos pilares, nos dice que la gran parte de los seres humanos, entre los que os considero a la mayoría de vosotros, somos más felices si consumimos un poquito de muchas cosas, que si consumimos mucho, pero solo de una o de unas pocas –sin meter en esto, evidentemente, a los productos que cubren las necesidades básicas, como el comer o la cerveza–. Para los algo más entendidos, me refiero a esas cuestiones de la utilidad marginal decreciente, las curvas de indiferencia, las restricciones presupuestarias. Aquello de la microeconomía que nos contaban en la carrera. Quedaba fetén sobre el papel, con aquellas curvas Cobb-Douglas y demás.

            Todo eso es cierto, se cumple si analizamos los datos, o al menos eso parece. Sin embargo, esta verdad axiomática tiene un problema básico: nos limita la posibilidad de explicar las pasiones del ser humano, las vocaciones, las pulsiones que nos llevan a querer de una cosa sin medida, sin freno, sin limitaciones. Nos quita una de las cosas que nos hace ser nosotros mismos, diferentes, con nuestras esquinas sin pulir, nuestras atracciones y deseos. Si damos por cierta esta cuestión, ni tan siquiera nos platearíamos qué es lo que de verdad nos gusta en esta vida, y el hecho de que haya tal cantidad de posibilidades de consumo, y tanto bombardeo incesante de información, no ayuda.

            El segundo de los pilares está relacionado con la búsqueda de nichos de mercado a explotar por parte de las empresas. Y hasta aquí, genial. Los estudios de mercado para poder encontrar esos nichos son auténticos procesos creativos en los que mentes preclaras se esfuerzan por encontrar lo que la gente quiere-pero-no-lo-sabe. Ejemplos paradigmáticos de ello son, en los últimos tiempos, todo lo que tiene que ver con la telefonía móvil y la todopoderosa Internet. La era digital ha llegado para quedarse, y todos los productos que nos ayudan a interaccionar con ella y a utilizarla en nuestro beneficio han surgido de cabezas pensantes que fueron capaces de ir más allá de lo que nadie había llegado. Algo así en plan Star Trek, pero con la creatividad.

            Puede parecer correcto. No en vano, los artículos que se venden son neutros, ni buenos ni malos, todo depende del uso que el respetable haga de ellos. Los teléfonos móviles nos permiten seguir esta desbocada realidad, pero también mantener relación con personas a las que casi no vemos en un largo periodo de tiempo, o para poder estar localizados en caso de necesidad. Sin embargo, serán malos en la medida en que se conviertan en un problema que genere crisis de ansiedad, dependencia y sobreestimulación psíquica a los usuarios que son incapaces de no estar mirando la pantalla cada cinco minutos para actualizar su estado en las redes sociales.

            Sin embargo, en aras de la libertad individual, que es está genial y brilla sobre el oscuro mundo de las conceptualizaciones morales, la venta de muchos de estos productos se hace apelando a nuestros más bajos instintos. Es innegable la pornografización de los mensajes publicitarios, las ideas naif en las que subyacen estilos de vida despreocupados de encefalograma plano y los estándares sobre los que se asienta un estilo de vida que ya no margina, pero que te hace sentir extraterrestre si no comulgas con los prejuicios socialmente aceptados. La televisión propaga todo tipo de información, pero el que se ve los documentales es un raro y un pedante, un snob en toda regla; no así el que utiliza el estrés de la vida como excusa para derretirse el cerebro con el tomate diario de Telecinco. La economía es aséptica, dicen, pero lo que más vende es el morbo, la sangre, el veneno aplicado en pequeñas dosis, y las empresas lo que quieren es aumentar su cuenta de beneficios. No tienen ninguna otra elección.

            La economía es aséptica es cierto. Se compone de matemáticas, largos churros de operaciones econométricas con las que se intenta explicar en mayor o menor medida la realidad. Lo que no se plantean los economistas es hasta qué punto el sujeto y el objeto pueden pasar a trastocarse, a que la causa se convierta en efecto, y que esas teorías económicas dirijan la conciencia de los seres a los que pretenden describir, creando, en lugar de explicar, a ese homo economicus de John Stuart Mill. O describiendo únicamente una parte muy pequeña del hombre, la más oscura y morbosa, olvidándose de lo que puede y debe intentar ser. La economía puede ser aséptica, sí, pero al igual que la energía nuclear, puede tener muchos usos muy diferentes entre sí, y con consecuencias diametralmente opuestas.

            La economía considera las pasiones, las vocaciones, la ética y también la locura creativa como una rara avis alejada de la idea estándar que tiene del hombre. Sin embargo, fueron éstas las que hicieron que Leonardo o Einstein se pasaran la vida investigando, que Galileo o Copérnico miraran al cielo y que cualquiera de nosotros le pueda encontrar un verdadero sentido a este galimatías incomprensible en que a veces se nos convierte vida.

 

Alberto Martínez Urueña 27-07-2016

martes, 5 de julio de 2016

La importancia de la idiosincrasia


            Es una cuestión de una relevancia fundamental, pero que además aquí en España, con esa tendencia tan imbécil de politizar hasta el tiempo razonable que pasar en el retrete, tiene implicaciones notables. Hemos visto como nuestros responsables políticos han hecho una campaña electoral capaz de sonrojarles incluso a ellos –aunque no lo reconozcan en público– en la que no se ha tocado ninguno de los temas relevantes para nuestro futuro. De la cuestión acerca del sistema de pensiones con el que este fin de semana nos han sacudido en toda la testa hablaremos con cuidado. Igualmente, de la cuestión energética y toda la oscuridad transilvana que lo rodea, conectada con la necesidad de evolución tecnológica de mi texto anterior. Hoy empiezo con una historia que me ha sucedido y que me provocó una sincera y profunda necesidad de cometer algún acto del que luego me arrepentiría.

            Por no poner nombres como acostumbro, pues no es misión mía la de juzgar a nadie, mantuve hace unos días una paradigmática conversación con un conocido bien relacionado. Comentamos como iba la vida, la familia, los negocios, esas cosas… Entre esas buenas conexiones que le atribuyo está la de un arquitecto que se mantiene a flote después del boom inmobiliario. Entre otras explicaciones, la bonanza venía de los contratos de obras en cierto sector fundamental de la economía, ya que eran expertos en ese tipo de construcciones –nada en contra– y que además, se solía saber a quién le iba a corresponder cada contrato. Eso último, lo dijo con una sonrisa. Y os juro que tuve que realizar ímprobos esfuerzos para no cagarme en sus muertos.

            Seguidamente, sigo por otra “conversación” vía Facebook con un tipo excelente por cierto, al respecto del fútbol español. Genéricamente, podemos hablar de las deudas que la Agencia Tributaria y la Seguridad Social permiten a los clubes y la manga ancha que aplica a sus trabajadores, los deportistas. En concreto, la conversación versaba sobre la condena europea a determinada entidad por recibir ayudas de Estado ilegales. Y en la conversación se mezclaban los amores por tal club deportivo y cómo, a mi modo de ver, estos clubes –lo hacen todos– se aprovechan de las prístinas emociones que recubren las tripas de los aficionados para obtener estas prebendas. Por supuesto que respeto absolutamente esas emociones y jamás se me ocurriría juzgarlas. Sin embargo, en ciertos casos, estamos llegando al punto de que consideramos denunciable el fraude fiscal, pero no aplicamos esa denuncia con la misma contundencia que lo haríamos de ser, por ejemplo, un político de una formación política con la que no comulgamos. Creo que me explico.

            Un caso paradigmático es el tema de la cultura. Nadie en su sano juicio denuesta la Cultura con mayúsculas, pero sí que se cuestiona que tal o cual acto cultural deba recibir ese apelativo si acaso la orientación ideológica del artista no nos cuadra. Un nuevo ejemplo de cómo la escala de valores puede estar pervertida. En este campo, hay que mencionar la confusión que generan dos conceptos: por un lado el acceso libre a la cultura, y por otro, que ésta sea gratuita, imbricándose de manera ineludible con la cuestión por antonomasia de nuestra era digital, la piratería. Si bien hay que apostar por las fórmulas necesarias para que la cultura, en todas sus manifestaciones, esté al alcance de cualquiera que pretenda disfrutar de ella, no es menos cierto que los artistas también tienen la mala costumbre de alimentarse para vivir, y eso sólo se hace con dinero en la cartera. Por otro lado, la crítica hacia los multimillonarios que han conseguido sobresalir en su campo habla más del crítico que del criticado: no deja de ser un mensaje preñado de envidia. El debate respecto a la piratería se introduce en la segunda cuestión, en la de si la cultura ha de ser gratis, y mi postura está a favor de quien ocupa su tiempo en crear obras de arte que me alimentan el alma. Si le obligo a tener un trabajo de siete a tres, o incluso de los peores que circulan por ahí, probablemente la calidad de su trabajo se resienta, o acabe siendo inexistente.

            Una de las cuestiones acerca de la idiosincrasia ibérica que siempre me ha perturbado es la facilidad que tenemos para creernos con firmes principios y valores honestos que, sin embargo, cuando perjudican a nuestras emociones y querencias, se diluyen como un terroncillo de azúcar. Esto habla de una gran capacidad empática, pero igualmente nos expone a ser víctimas de nosotros mismos, demostrando, de hecho, una habilidad dialéctica reseñable para justificar semejante laxitud de nuestro juicio según el caso. Pienso que para que España pueda llegar a ser un país apto para nuestros hijos, deberíamos vacunarnos de nosotros mismos, en lugar de delegar una y otra vez en los poderes públicos la exigencia de ejemplaridad que muchos no somos capaces de mantener si siquiera en lo más básico. Amen de una terrible prepotencia que, por un lado, nos impide ver nuestras propias miserias, y por otro, nos convierte en los mejores seleccionadores nacionales, médicos de nuestras enfermedades, expertos fiscales y sabiondos de los cojones en cualquier materia que nos pongan por delante, sin que admitamos la más nimia discrepancia por muy razonada que esta sea. En definitiva, gobernadores caprichosos de nuestra propia ínsula de Barataria representada fielmente por nuestras volátiles prioridades, adalides de pacotilla de la cultura que sólo enarbolamos como bandera cuando obedece a nuestros intereses. 

Alberto Martínez Urueña 5-07-2016

viernes, 1 de julio de 2016

La teoría, y España

 
            Los que hemos estudiado economía y además somos un poco frikis a veces analizamos la realidad en base a las teorías macroeconómicas que nos explicaron en la carrera. Aunque sólo sea por mera curiosidad, o quizá en un afán de no perder los conocimientos tan duramente adquiridos durante el periplo universitario. Hay cuestiones relevantes, y más en la época convulsa en la que nos encontramos, de crisis económicas no resueltas satisfactoriamente, de nuevos negros nubarrones sobre el horizonte, y convulsiones sociales a niveles internos e internacionales.

            Para los neófitos en estos temas, que yo diga que el IPC lleva un tiempo bastante largo en tasas negativas, que los tipos de interés reales del Banco Central Europeo están rondando el cero por ciento o que las tasas de crecimiento de las diferentes economías no acaben de despegar, no os dirá gran cosa. De hecho, habrá quien piense que si los precios bajan es bueno, que el coste de pedir un crédito sea irrisorio es mejor y que mientras las tasas de crecimiento sigan positivas, vamos tirando. Sin embargo, esto mantenido en el  tiempo, es algo más peliagudo. Sobre todo por algo llamado rendimientos marginales decrecientes. Dicen que cuanta más riqueza ha generado un país, más pequeña es su tasa de crecimiento, hasta que llega un momento en que deja de crecer. Un estado estacionario. Y las situaciones actuales preocupan a los expertos. Y es que sin crecimiento, la economía no es capaz de absorber mano de obra en un contexto en que el proceso de sustitución de trabajadores por máquinas se está incrementando.

            Los modelos de crecimiento económico, iniciadas grosso modo por un tipo llamado Robert Solow, dicen cómo la mezcla de trabajadores y de máquinas –estoy siendo muy grotesco a conciencia– consigue producir coches, naranjas, turismo… Todo ello medido en euros. Además, introduce una variable fundamental, imprescindible: la tecnología, la forma en que los factores trabajo y capital se relacionan para generar ese valor añadido. Y todo el rollo que os he contado, es precisamente para hablar de ésta, de la tecnología, para dar clara la relevancia que tiene. Y es que cuando se llega a ese punto en donde el crecimiento se estanca, es la única que permite dar un salto cualitativo que permite salvarlo. Eso, o una guerra, y empezar de nuevo desde cero.

            En varios de mis escritos a lo largo de estos años he hablado de esta cuestión desde distintas perspectivas. En resumen, esto es lo de la I+D+i. Hablar sobre la corrupción, sobre el fraude fiscal, sobre los recortes, la austeridad o la deuda y el déficit público es fácil, da mucho juego porque está muy ideologizado, con criterios de titulares rápidos y mensajes para niños. Pero lo del progreso científico es más complicado, por lo evidente, porque no creo que nadie se le ocurra decir que menos progreso es mejor, pero requiere entrar a los detalles, y eso, la era de las redes sociales lo odia profundamente.

            El proceso de creación tecnológica es lo que, en un mundo como el nuestro, occidental y avanzado, consigue que la sociedad vaya evolucionando y continúe el proceso descrito. Y para esto sólo hay un camino unívoco: mejorar los procesos de generación de I+D+i mediante su optimización, por supuesto, pero también incrementar los recursos que la economía destina a ellos, ya sea por la vía de la inversión pública directa, ya sea de manera indirecta a través de incentivos a las empresas para que reinviertan sus beneficios en esa dirección. Un buen amigo me recordaba las aportaciones teóricas de un tipo llamado Romer a este campo.

            Además, inevitablemente unida a la I+D+i, al proceso de creación de tecnología, está la Educación, y aquí el terreno se vuelve más farragoso, más ideologizado, más necesitado de análisis de los detalles. Hay mucho escrito al respecto, os lo aseguro, muy interesante. Hablamos de Educación a todos los niveles, por supuesto, desde la misma guardería. Igual que en el párrafo anterior, se necesita un proceso de articulación lógica del sistema educativo, y para eso no hace falta inventar nada. Los países punteros indican la senda para lograr buenos resultados. Y esto no pasa por el hacinamiento en las aulas, desde luego. Y por supuesto, es fundamental dotar de los recursos necesarios al sistema, así como establecer buenos sistemas de medición de resultados, evaluación y corrección del propio sistema y la creación de incentivos para que el personal docente pueda implementar las mejoras que considere oportunas, dotándoles de la necesaria independencia sin que esto suponga la desestructuración de una unidad en el modelo. No es trabajar más, sino que los docentes puedan trabajar mejor.

            Es evidente que no digo nada que no hayan descrito ya muchos otros, y en la práctica, la inmensa mayoría estará de acuerdo. Pero claro, ahora trasladad esta problemática a nuestro país, a esta idiosincrasia ibérica de caciques y vasallos, de miedos y resistencias, de luchas fratricidas y de líderes irresponsables para quienes la lucha ideológica es más importante que el pragmatismo gestor. Un país de escaso control de los dineros públicos, de justicia politizada y de escándalo tras escándalo de corrupción y de listas de defraudadores a los que no se mete en la cárcel de manera fulminante. Y de ciudadanos que según qué partido comete los delitos y los fraudes, aplica un rasero u otro, en función de qué batalla pretendan ganar. Podemos llegar a la inquietante conclusión de que si no somos capaces de solucionar lo evidente, es imposible afrontar con unas mínimas garantías lo que verdaderamente importa.

 

Alberto Martínez Urueña 1-07-2016

martes, 28 de junio de 2016

Aquí estamos, ¿a dónde vamos?

            Pues no me voy a morder la lengua. No tengo ningún problema en felicitar al PP. Han hecho su jugada y les ha salido fetén. No es que hayan mantenido sus votos, es que han ganado votos y escaños. Más aún, felicito a los votantes del PP que han optado por esa opción en base a sus convicciones. Y digo esto por un motivo muy sencillo. Yo no busco enemigos entre los que consideran que el PP, y Mariano y sus adláteres, sean los mejores capitanes para llevar este barco. A lo mejor es cierto, son los mejores, y la izquierda debería plantearse donde elige a sus líderes, si en el mercado de verduras o entre los más preparados. Ojo, esto no implica que no considere una temeridad manifiesta dejar el timón a un partido político arrasado por la corrupción hasta las mismas raíces. No implica que siga pensando que ya sea por incompetencia o por complicidad, los dirigentes que seleccionaron a sus compañeros de viaje entre lo peorcito de cada puerto han demostrado eso, su absoluta negligencia. Esto implica que admito que haya quien no se crea esos casos de corrupción, y admito que haya quien considere más importantes las políticas llevadas a cabo por el PP que el hecho de castigar la corrupción ignorada o permitida por sus dirigentes.
            Pero además, no tengo ningún problema tampoco en criticar a los partidos de izquierdas, o de centroizquierdas, apelativo por el que se han enzarzado en bochornosas peleas. La realidad es que el PSOE está absolutamente perdido en mitad de la nada, como toda la socialdemocracia europea. Perdidos entre las reglas del mercado económico que dicen aceptar como un axioma ineludible y las políticas de redistribución de la renta y la riqueza que pretenden implementar gracias a los beneficios obtenidos de esos mercados. Los matices que pretenden introducir requieren de buena explicación, de análisis detallados para que la gente comprenda la compatibilidad de las leyes del mercado en su cuenta de producción y las posteriores redistribuciones de la renta primaria, secundaria y de capital. Sin embargo, hoy en día, los mensajes que busca la gente son más propios de titulares que mensajes de largo recorrido, algo que quepa en las redes sociales junto con otros muchos mensajes más que puedas leer en el trayecto al trabajo, o a la Universidad. Hablo de este problema, sin entrar a hablar de los EREs, o de municipios a los que les ronda la corruptela, que también tienen, aunque no esté tan integrada en las estructuras básicas. Que sepamos.
            ¿Y qué decir de PODEMOS? Supo entusiasmar a mucha gente, conectó con esa clase social a la que los poderosos han ninguneado, machacado y, además, culpabilizado durante la crisis con aquello de “vivir por encima de sus posibilidades”. A esos que engañaron los políticos como Rato que negaba el boom inmobiliario, o Zapatero que negaba la crisis, y banqueros que ofrecían hipotecas al 120% del precio de la vivienda “porque los sueldos y la situación económica son boyantes y lo serán siempre”. Esos de los que nos deberíamos fiar en una economía de mercado bien estructurada, no en ésta de caciques y piratas. Conectaron, digo, los de PODEMOS. Pero al día siguiente de las elecciones de diciembre antepusieron los problemas territoriales a los problemas sociales. Empezaron a hacer cálculos electorales. Empezaron a buscar votos y a perfilar el mensaje para ensanchar su espectro electoral. En el camino se olvidaron de aquello de la transversalidad, de la vieja política, de la casta y de los sillones. Plantearon unas condiciones inasumibles al PSOE para poder pactar un gobierno de izquierdas y además se negaron a un pacto transversal con políticos de centroderecha como Ciudadanos. Un pacto transversal ineludible si se miraba de frente a los resultados de las elecciones. Se olvidaron de que lo principal era solucionar la rabia que guardaban los españoles contra las políticas de intransigencia y despotismo, de falta de negociación y de imposición del PP, y se convirtieron en intransigentes y despóticos. Nuevamente, generaron problemas que no tienen que ver con la ideología, sino con la idiosincrasia ibérica de crear odio y división, de buscar enemigos y ansiar la venganza contra los opresores.
            Dentro de la derecha española hay una facción que es impositiva, es dictatorial, es despótica y además añora los viejos modos de la violencia y el terrorismo de Estado a través de la legitimación legislativa de usos y costumbres desterrados de la política moderna hace mucho tiempo –no tanto en España, sólo desde el setenta y cinco–. Además, añora la imposición y el despotismo económico a través de la dictadura del poder del dinero, según la cual quien tiene dinero tiene derecho plenipotenciario a hacer con él lo que le venga en gana. El problema que han tenido los partidos de izquierdas en este país desde hace tiempo es que, en lugar de crear algo nuevo, libre de odio y de deseo de venganza, han pretendido seguir jugando al juego de bandos y rencores, y se han convertido en el reflejo de sus enemigos. En lugar de plantear un nuevo modelo inclusivo para todos, quieren primero resarcirse y enseñar a su rival lo que significan las cicatrices de las que ellos hacen gala. Y eso, hay a gente de izquierdas a la que nos repulsa. Yo no defiendo la ideología del PP, ni tampoco la de Ciudadanos, pero defiendo menos la ideología de quiénes elevan la voz más allá de lo razonable y sonríen cuando la violencia hace acto de presencia –aunque sus palabras la condenen– y se ensaña contra cualquier ser humano de los que opinan diferente a mis ideas.
            El problema que tiene alguna gente de izquierdas –cada cual, que se analice– es que esos mensajes les ponen cachondos, les da vidilla. Y luego se jactan de cultura y de empatía sin darse cuenta de que eso ni es culto ni es humano. Eso supone caer en las mismas herramientas de marketing que utiliza la derecha, de mensajes sencillitos y fáciles de digerir. Que digan lo que estás esperando oír, en lugar de aquello que no te gusta, pero que no te queda más remedio que tragar si queremos construir una sociedad verdaderamente humana, de la que alardean tanto unos como otros que pretender perseguir.


Alberto Martínez Urueña 28-06-2016

domingo, 26 de junio de 2016

Un último apunte

​Un ultimo apunte

​Necesito hablar de esto, porque si no reviento. No sé si os habéis enterado, pero os pongo en antecedentes, los hechos concretos, sucesivos. Hay una página web que se llama El Mundo Today. De humor. Han creado páginas web con el nombre de los candidatos de los principales partidos políticos mofándose descaradamente de sus indigencias. Que todos tenemos alguna. El PP, que lo del sentido del humor lo utiliza únicamente para hacer coñas que les gusten a ellos –Pablo Casado ha hecho hace poco una al respecto de Valladolid–, les ha amenazado con meterles un paquete de cojones por andar haciendo coñas con lo que no se debe. A saber, ni vírgenes, ni santos, ni procesiones, ni Rajoys, entre otros.
​Lo reconozco, tengo que darles las gracias. La reacción subsiguiente, con la creación de otra página web ha hecho que se me saltasen las lágrimas. El detalle del tuitbot y el Loading skynet program es de lo mejor que he visto en Internet desde que conozco el medio. Es innegable que tendríamos que preguntarnos que habría sido de ciertos genios del humor españoles sin la censura fascista. Quizá no tendríamos entre nosotros a Mortadelo y Filemón que satirizaban aspectos del régimen, desde los servicios secretos y sus usos y costumbres a personajes como Carpanta. Ojo, este análisis no le hago yo. Es tesis confirmada que la persecución de las ideas ha generado a lo largo de la Historia –el franquismo es historia– nuevas herramientas para la difusión de ideas “poco” digeriblespara los sociópatas. Una de ellas ha sido el humor. Hoy, tenemos que darles las gracias una vez más por sus actuaciones, porque sin ellos no tendríamos esto a lo que hago referencia. Por cierto, que una cosa no te haga gracia, no significa que no la tenga, y que un humorista no te caiga bien puede ser porque está utilizando ese humor para criticar algo en lo que crees. Deberían preguntarse los que se den por aludidos el porqué de esa piel tan fina.
​Estamos todos de acuerdo en que al final lo importante es el mensaje. El contenido. Ése que se esfuerzan en hacer llegar como sea, y a veces han pagado con algo más que una reprimenda. Y para silenciar el mensaje se utilizan muchos métodos, más o menos elaborados. Está la táctica de la cortina de humo, perfectamente explicada en una estupenda película de Robert deNiro y Dustin Hoffman, cuya traducción al español fue esa –y banda sonora de Mark Knopfler, por cierto–. Le das carnaza a los medios de comunicación apropiados, esos siempre dispuestos o bien al amarillo o bien a la colaboración con el régimen. Y tapas una mierda con otra.
​También tenemos las medidas coercitivas más habituales, desde la cárcel hasta la tortura y la desaparición. Parece que hoy en día hay países que siguen adictos a estas actuaciones tan poco humanitarias. Hablan de Venezuela, y también Arabia Saudí, Marruecos, Afganistán… Según el momento, interesará mencionar a unos o a otros.
​Y por supuesto, una de las que tiene más solera histórica ha sido y está siendo en nuestros días, la de matar al mensajero. A veces, literalmente, como sucedió desgraciadamente hace no demasiado tiempo con los periodistas de Charlie Hebdó. En otras ocasiones, más sutiles –lo cual es de agradecer, aunque no sé si a los perpetradores de la censura o a la justicia que les impide llevar a cabo otras prácticas–, se pone el acento en la forma en que se ha comunicado el mensaje. En el caso de la página web, amenazando con querellas penales que tenían pocos visos de tener recorrido judicial; aunque con sensatez y una gran actuación posterior, los autores de tal barbarie optaron por cerrarla. O por ejemplo, en el caso que mencionábamos ayer, el del pobre ministro espiado por facinerosos, la táctica ha sido desmentir la evidencia y preguntarse por quién ha realizado la escucha y por qué se ha aireado en estos momentos. El contenido, las barbaridades que vamos escuchando día tras día del señor ministro, eso no importa. Lo suyo es silenciar como sea, que la información no trascienda, y meter en chirona a quien lo haya difundido, convertirles en unos parias sociales y arrebatarles toda la credibilidad que pudieran tener. Que todo lo que digan sea no analizado o investigado, sino soslayado y eludido como si se tratase de algún tipo de enfermedad de la que había que protegerse.
​¿Queréis, por cierto, nuevas raciones de esto? Esto es populismo, esto son los viejos métodos de los que consideran que el poder es suyo y son ellos los únicos legitimados para usarlo. Ellos son los únicos capaces, y por tanto, están legitimados para utilizar cualquier herramienta a su alcance para soportar esa verdad, esa noción superior a cualquier otra. Como si se tratase de defender la vida humana. ¿Queréis más raciones? Señor Margallo, ministro del Interior, argumenta que el Brexit que ayer se produjo –evidentemente, merecerá un análisis pormenorizado– es por culpa del surgimiento de los movimientos populistas en Europa. Por supuesto, según este razonamiento, los populismos serán los responsables de la desafección de los ciudadanos con la clase política, aunque gobernasen ellos, y los de la acera de enfrente y los nuevos partidos todavía no existieran. Ya puestos, podemos acusarles de la existencia de la prostitución, del tráfico de drogas, de la caída de Roma y de la muerte de Chanquete. Eso es el populismo, en resumen: mensajes facilitos, sin profundidad, a los que adherirte con facilidad sin necesidad de pensar en las variables internas. Y de eso, por desgracia, estamos llenos, y la creciente entronización de lo grotesco y de la incultura que cada vez más se propugna, no hace más que ahondar en el problema.

Alberto Martínez Urueña 24-06-2016