jueves, 21 de mayo de 2015

Manipulados


            Como resulta muy complicado sustraerse a esto de las modas informativas, y últimamente estamos con el tema de las elecciones municipales y autonómicas, vamos a hacer un pequeño esfuerzo y a pensar en otras cuestiones. Hoy estoy con un estado de animo algo distópico, y mi texto, al contrario de lo que suelo pretender cuando me salgo de la insistente actualidad, me noto un poco necrológico.

            No soy amigo de las ideas conspiranoicas –o conspirativas, que es el término correcto, y no esa amalgama de ideas que insultan la semántica–, pero soy mucho menos amigo de obviar las evidencias y los hechos. Ya, si hablamos de que me engañen, me toca mucho más la bisectriz. Al más puro estilo alucinado, o como diría uno de mi generación, al más puro estilo “Matrix”, todos tenemos, en mayor o menor medida, la sensación de que algo no funciona como debería. Miras ahí fuera, a la gente, a la sociedad, y todo te parece que se mueve como en un sueño, y que algo subyace por detrás, algo más oscuro y más frío, como si se tratase de una pantalla de color negro y letras verdes mostrando un código matemático que nada que tiene que ver con la naturaleza humana tal y como las tripas se nos muestran. En gran cantidad de ocasiones, nos sorprendemos a nosotros mismos haciendo algo que no concuerda, o coreando alguna proclama que chirría, o pasando de largo ante algo que debería llamarnos poderosamente la atención y que, sin embargo, no es capaz de conmovernos lo más mínimo. Situaciones que deberían suponer un punto de inflexión en nuestra vida se diluyen en el éter del hacer cotidiano, y el hacer cotidiano, repleto de banalidades que sabemos innecesarias, nos ahoga y no nos deja respirar. No hablo de las contradicciones típicamente humanas y que pergeñan la literatura universal desde los tiempos clásicos; hablo de las incoherencias sustanciales que destruyen nuestra propia esencia y existencia convirtiéndonos en algo muy distinto a lo que nuestro propio ser se esfuerza en mostrarnos.

            Cuando escarbas un poco en la superficie de estas cuestiones se te ponen los pelos de punta. Algo tan sencillo como las técnicas de marketing, o técnicas de venta, en castellano, tienen por objeto crear necesidades donde antes no las había, y en base a esas necesidades, crear un deseo en el potencial consumidor, haciéndole creer que al menos su satisfacción, cuando no su felicidad personal, depende del posicionamiento que adopte con respecto a ese objeto. No estamos hablando únicamente de bienes que puedas comprar, si no de estilos de vida que puedas adoptar o, teniendo en cuenta la época en la que estamos, candidatos a los que puedas votar. En resumen, de una forma clara, objetiva y reconocida a través de eufemismos en los libros de texto más prestigiosos, el mercado está optimizado para manipularnos y vendernos el producto que sea objeto de la campaña de comunicación.

            ¿Motivaciones económicas? Por supuesto que sí. De hecho, el nacimiento y desarrollo de estas técnicas están basados en la optimización de los procesos de producción y venta de todo tipo de productos, desde las cajetillas de tabaco a los juguetes infantiles más prosaicos. Pero no sólo eso. Sería demasiado inocente pensar que una herramienta tan potente se utiliza única y exclusivamente para llenar la cuenta corriente de unos pocos. Sin duda alguna, se han utilizado a lo largo de la práctica totalidad del siglo veinte y lo que llevamos del veintiuno para controlar el comportamiento individual, pero también social, sobre todo en Occidente.

            Dos son los hitos fundamentales: como hemos visto, por un lado, la generación de deseos cada vez más urgentes ha desplazado nuestras prioridades; por otro lado, y unido indefectiblemente al anterior, la desestructuración social, haciendo individuos cada vez más enfrentados unos con otros, más individualistas, egoístas, insolidarios y, sobre todo, solitarios y desprotegidos.

            Toda esta distópica cuestión que para mí, y para otros muchos, es evidente, tiene una infinidad de consecuencias, a cual más atroz. Por ejemplo, la normalización de los usos y costumbres de acuerdo a unos parámetros ha uniformizado artificialmente a los seres humanos, y por lo tanto, tildado de anormal, la diferencia. Esto ha supuesto el surgimiento de cada vez más patologías mentales que en realidad sólo describen comportamientos que se escapan de lo socialmente correcto y dirigido. Esto además, ha generado un conflicto permanente entre los seres humanos que conforman esa sociedad y la sociedad misma que les exige ese comportamiento estandarizado.

            Pero por encima de todo, toda esta secuencia de manipulación planificada ha implicado tal bombardeo exterior de mensajes diciendo cómo se supone que ha de ser cada uno de nosotros que nos ha impedido encontrar la única fuente verdadera de satisfacción personal: conocernos a nosotros mismos en base a lo que nosotros mismos descubrimos que somos a través de la introspección. Hasta el punto de que, hoy en día, la inmensa mayoría de las personas son incapaces de soportar situaciones en que en silencio y la ociosidad –entendida en términos sociales– son la principal causa de angustia de muchas de ellas. Y por desgracia, éste es en único lugar en donde podemos encontrarnos con nosotros mismos, sin nadie que nos facilite la tarea de conocernos.


Alberto Martínez Urueña 21-05-2015

lunes, 27 de abril de 2015

Un poquito de literatura


            Andaba yo dándole vueltas a la peonza sobre qué escribir después de un descanso aseguro que obligado, y no acababa de ponerme de acuerdo. Que si Rato y sus trapicheos mafiosos con las black, el blanqueo de capitales y sus demás historias; que si la Junta de Castilla y León con el tema de las eólicas, el edificio de la ADE y sus conexiones con la Gürtel; que si los ERE de Andalucía y la pertinaz resistencia de Griñán y Chaves de jubilarse de una vez por todas y dejar que la justicia les trate como a los vulgares imputados que deberían ser; que si las estrategias de los medios de comunicación casposos y, sobre todo, interesados según sus inversores, de manipular la opinión pública en favor de sus candidatos, y sobre todo, en contra de todos los demás. En esas estaba, digo, cuando la vida me ha sonreído, me ha dado un regalo de los que merecen la pena mencionar, y ha sido un poco de tiempo para sentarme en una de las butacas de mi salón y abrir un libro.

            Porque no me canso de repetirlo, que hay cosas importantes y otras que no lo son. Y la verdad, los políticos y sus piruetas, por mucho que ocupen portadas y columnas de opinión, es de las segundas; únicamente sirven para tomarse unas cañas y hablar de algo cuando la conversación se pone un poco esquiva. Otra cuestión, por cierto, serían las consecuencias que derivan de todo esto, es una discusión diferente, porque va de principios y dignidades, de un terreno donde esos salteadores de caminos en mala hora decidieron meterse: han demostrado que no son merecedores de nuestra confianza a la hora de salvaguardar los derechos más básicos. Más relevante todavía es la responsabilidad de cada uno de nosotros en las actitudes que adoptamos ante las cuestiones que nos afectan como colectividad. No hablo de intentar cambiar el mundo, sino de intentar que nuestras actuaciones cotidianas sean lo más humanas posible.

            Pero no estábamos con eso, que me pierdo. En primer lugar, porque si se habla de literatura, el resto sobra, salvo que se trate de algún otro tipo de arte capaz de elevar el alma humana a las cotas más altas a las que jamás nadie las elevó antes. Ya, si hablamos de literatura buena –que también la hay mala, por mucho que digan ciertos listillos– es el no-va-más. Comentaba hace unos días con una de vosotras la necesidad que tenemos en este país de analfabetos de una buena educación, a la altura de la Historia en la que nos movemos, con las herramientas y los mecanismos, y la organización, que ya han demostrado hace décadas su buen funcionamiento en aquellos países donde se han implantado y que hoy en día están mucho más adelantados este vulgar reino de Taifas en manos de caciques iletrados. Por supuesto, metodologías muy alejadas de las que aplican en esa nostálgica reforma que nos ha metido entre ceja y ceja el señor Wert, que nos retrotrae a una época de la que hicimos muy bien en salir. Y no hay mejor educación que un buen libro.

            Ya me he explayado otras veces con respecto a los grandes de nuestra castellana literatura, pero he de reconocer que, en otros países, y en otras épocas, también han sabido construir decentemente algún que otro párrafo. No hace falta irse a Shakespeare, a pesar de que el tío era un genio, para corroborar esta afirmación. Atreveos a pasear la mirada por los versos de Cyrano; por las epopeyas de Aquiles, Ulises y compañía; por las increíbles disertaciones de los hermanos Karamázov; y otros muchos para los que no tengo espacio. Las mentes más ilustres de la historia dejaron sus pensamientos escritos sobre el papel para que cada uno de nosotros pudiéramos ilustrarnos con ellos. No es un tema baladí, y de hecho, en esta actualidad tan asfixiante en la que nos han metido esos bastardos que ahora disfrutan de los dividendos que les ha producido esta gran putada económica en la que llevamos más de siete años metidos, es mucho más importante. Los libros nos demuestran que los cambios se pueden producir, que soñar es gratis y que además nos ayuda a ver ese destino al que tenemos que intentar aspirar, tanto individual como colectivo. Leer amplia la mente, ayuda a conseguir una coherencia lógica y genera una empatía instantánea con personas a las que nunca conocerás, algo muy necesario en un mundo en el que el sufrimiento ajeno parece cada vez más el guion de una película que ves en un momento dado y, una vez consumido, ya deja de importar. Un mundo occidental donde los dos mil quinientos muertos –y subiendo– en Nepal, los miles de naufragos en el Mare Nostrum al año, las guerras africanas y sus pandemias de dudosa procedencia nos dejan cada vez más indiferentes.

            La buena literatura nos entrega humanidad sin pedir nada a cambio. O sólo un pequeño desembolso, y un poco de tiempo al día para dedicárselo. Puede ser una poesía Lorca, un texto corto de Murakami –o de mi amigo Julien–, una gorda novela que te transporte a lugares ignotos o un ensayo donde el autor te ofrezca su opinión mediante una depurada dialéctica. Con cualquiera de ellas te acercaras a los seres humanos que te rodean, de cerca en tu casa y en tu barrio, o de lejos. Y sobre todo, te acercarás a ese que se muere por mostrársete, ese que pugna por traspasarte los poros de una piel recauchutada por una sociedad cada vez más cínica.

 

Alberto Martínez Urueña 27-04-2015

miércoles, 25 de marzo de 2015

Belleza


            A pesar de las elecciones andaluzas, del Barça-Madrid, y de otras noticias que me harían saltar de alegría y explayarme a mis anchas porque han perdido el partido los que no querían que ganaran –en el primero podían haber perdido los dos, pero en este país de bellaquería y cainismo es imposible, y en el segundo, igual pero por otros motivos más deportivos–, hoy cambio de tercio porque me da la gana.

            Hoy voy a lo que realmente importa, y dejo de lado los barrizales dialécticos en los que suelo meterme. No voy de izquierdas ni de derechas porque, a pesar de que haya más de un imbécil en ambos bandos, hay verdades que no son de nadie, aunque se las quieran apropiar. Hay cosas –indefinidas, por eso las llamo cosas– que contienen en si mismas los auténticos secretos a descubrir por todo ser que pase por este Universo de caos ordenado donde todo admite más de una respuesta, y al mismo tiempo sólo una.

            ¿Cuánto hace que no os detenéis un instante? ¿Cuánto hace que no cesáis el ritmo endiablado en el que parece inevitable, más que vivir, subsistir? Fijaos la cantidad de veces a lo largo de nuestra vida que abrimos el armario, porque ya no cabe más ropa, para ver de cuáles prendas nos tenemos que desprender para poder dar cabida a las nuevas. ¿Cuánto tiempo hace que no os planteáis esta cuestión con las cosas de las que hablo? Llega el verano, después del invierno, y en las casas-zulo en las que nos toca vivir a los de mi generación, pero también en las anteriores, reordenamos toda esa ropa en función de las prioridades que nos impone el clima. ¿Cuánto hace que no os reconfiguráis el orden de vuestras prioridades? Todas estas cuestiones parece que nos vienen dadas, que no es algo que tengas que replantearte, que funcionan en un modo automático al que nos adaptamos inevitablemente, y es mentira. De las frases más manidas que llevo escuchando desde hace años destacaría aquellas de “ay, si aprendiéramos a…”, “si aprendiéramos la sencillez de los niños…”, “si nos diéramos cuenta de lo que realmente necesitamos…”.

            ¿Cuántas veces habéis renunciado voluntariamente a un deseo o una necesidad antes de tener que sufrir porque la vida te impone su carencia? ¿Cuántas veces os habéis conformado de buen grado a no tener más, de lo que sea? ¿Cuánto hace que no os detenéis un instante?

            Hay cosas que sólo se pueden disfrutar cuando somos capaces de concentrarnos en ellas. No vale escuchar música mientras cocino, o pasear por la naturaleza mientras hablas por teléfono o incluso mientras hablas con una persona que te acompaña en el paseo. ¿Cuántas veces habéis buscado voluntariamente la belleza? Tenemos a nuestro alrededor un sinfín de brillos que, como provocados por una bola de discoteca –la metáfora no es mía, pero es tan buena que no puedo evitar apropiarme de ella–, giran a nuestro alrededor, atrayendo nuestra atención en todas direcciones, en direcciones interesadas para la bola de discoteca. Esas luces estroboscópicas nos perturban el estado de ánimo, nos ponen frenéticos, y vivimos en un estado de alteración continua en el que es imposible elegir dónde fijarnos. ¿Cómo vamos a encontrar nada?

            Nos han dicho miles de veces cómo son las cosas. Cómo han de ser nuestros sentimientos. Cómo se define cada objeto, cada instante de tiempo, cada emoción que nos embarga. Vivimos en un mundo en el que hemos nacido, en el que tenemos que aprender a movernos y en el que necesitamos comunicarnos. Nos dan las herramientas para no perdernos. Y nos perdemos. Nos dan una brújula para ayudarnos a seguir el camino, pero la dirección que marca no nos concuerda. Vivimos ajenos a nosotros mismos.

            Hoy esta de moda el gintonic, hace un tiempo fue el ron. En los años ochenta se llevaba el pelo cardado, en plan Armas de mujer, y después se intentó alisar por todos los medios. Los pantalones que antes llegaban a la cintura, ahora no pueden levantar dos dedos de la cadera, y aquellas amplitudes de pernera pasaron a mejor vida. Todo esto es irrelevante, pero –al margen de los auténticos problemas que causan a más de uno por la necesidad de ir a la moda– denotan cómo los influjos externos nos llevan de un lado para otro. No hay manera de estar tranquilo. Y poder encontrar.

            No me voy a poner pesado con este tema. Sólo es que ha sonado en los cascos una melodía que me he ha emocionado, y he tenido que dejarlo todo para paladear sus notas. Y he pensado en la cantidad de veces que habría podido encontrar algo parecido y ha pasado de largo porque otras cuestiones distrajeron mi atención con absoluta tiranía. Y cómo no creo que esto sea de lo inevitable de la vida, tenía que contároslo, compartirlo con vosotros, porque creo que en esos instantes, cuando la belleza te rodea y se te cuela por cada poro de la piel, es cuando encuentras el verdadero sentido a este viaje el que no queda más remedio que estar en tiempo que corresponda. ¿Cuánto hace que no os detenéis un instante? Hay cosas muy interesantes que pasan desapercibidas, tanto fuera como dentro de nosotros mismos.
 

Alberto Martínez Urueña 24-03-2015

viernes, 20 de marzo de 2015

Para no partirnos la cara. Parte III


            Normalmente, cuando tengo el tema elegido, redactar el texto de la semana es cuestión de poco tiempo, media hora o cuarenta minutos, sin contar las correcciones. Sin embargo, os juro por la gloria de mi teclado que éste es el tercer borrador y ahora mismo no sé si será el último. Porque, para no partirnos la cara, he escrito un par de columnas previas en las que he dejado claro mi respeto por las personas que profesan la fe católica, y también el cierto saber que todavía conservo de la doctrina.

            Plantear mi postura al respecto es más complicado. Y no por falta de claridad, sino porque la crítica es tan amplia que no acierto a empezar por ningún punto y acabo liándome la manta a la cabeza sin darle cierta estructura lógica. Toda la base ideológica del cristianismo tal y como lo montaron en los primeros siglos se basa en un aspecto clave, y es la divinidad de su fundador. Es básico además que los textos seleccionados por los padres de la iglesia han sido inspirados por el Espíritu Santo, por lo que todo lo que contienen se considera inamovible, aunque sí interpretable. Por ellos. Que las interpretaciones hayan variado a lo largo de los siglos no indica nada más que… Bueno, la verdad no sé que indica. Además de los textos seleccionados y recopilados en la Biblia, tenemos las ocasiones en que los sucesivos Papas han hablado ex cátedra –nuevamente la cuestión del Espíritu Santo–, las encíclicas, los estudios teológicos oficiales, las explicaciones filosofales… Qué queréis que os diga, no me he leído más que la primera, y del resto he estudiado a Santo Tomás de Aquino, explicado por un fraile que dio un énfasis especial a esas clases, mientras denostaba a otros como Nietzsche. Que yo recuerde. De todo lo demás, sólo tengo referencias de oídas.

            Lo importante es el mensaje, me dicen familiares y amigos seguidores de la doctrina. El mensaje básico de Jesucristo. Justo lo que la cúpula episcopal –la que ha montado el tinglado y decide por donde va la corriente oficial– no practica. La –grata– sorpresa ante las últimas demostraciones del nuevo papa Francisco no hacen sino demostrar esto. Pero el mensaje de Jesucristo, el de amor, hermandad, paz y concordia es común a otras muchas corrientes ideológicas, desde las filosofías orientales yoguis o budistas a los desbarres que vivieron los jipis en la campa de Woodstock gracias a los alucinógenos. Por lo tanto, ¿qué nos queda?

            Podríamos decir que es una herramienta válida para impregnar la sociedad con estos valores que tanta falta hacen hoy en día. Hasta ahí estaríamos de acuerdo. El problema con esto me viene de una metáfora farmacéutica. Dos medicamentos con el mismo principio activo pueden causar problemas o no, o problemas diferentes, en función del paciente y en función del excipiente que contengan. ¿Veis por donde van los tiros? El excipiente que contiene la iglesia católica, a mí personalmente, me parece sumamente venenoso. En muchas ocasiones, mortal de necesidad. Para el alma.

            No voy a entrar en ciertos ramajes extremistas que tiene este árbol acostumbrado a enraizarse sobre antiguos templos paganos; tampoco voy a entrar a valorar su pasado histórico y las costumbres de celebrar sus autos de fe con grandes barbacoas; voy a dejar al margen la selección de sus supuestas efemérides para que coincidiesen con otras festividades previas y ajenas. En fin, voy a dejar al margen todos los ejemplos manidos pero que sirven para evidenciar una intención más o menos manipuladora en sus costumbres. Ni tan siquiera haría falta mencionar cómo han silenciado los delitos cometidos por sus pastores –al parecer, necesitamos que nos guíen–, o las publicaciones donde  sugieren “Mujer, cásate y sé sumisa”, o esa manía que les ha entrado de que la doctrina ha de ser introducida en los jóvenes a través de una clase que compute en el cálculo de la nota  media necesaria para cursar estudios universitarios. Extraña correlación de ideas, como cuando al niño gordo pero inteligente le bajaban la nota media porque no era capaz de correr los cien metros en un tiempo determinado.

            Dejo que cada cual crea lo que le venga en gana, os lo aseguro. No pido a nadie que comparta mis creencias, de las que a lo mejor algún día os hago participes de manera oficial. Creo que la conciencia es individual y cada uno tiene libertad para orientarla en la dirección que quiera, salvo que lo haga hacia la falta de respeto a otro ser humano. Entonces es cuando me solivianto. Y me resultan tan evidentes los intentos de la iglesia católica, sobre todo de la Conferencia episcopal española, de imponer sus criterios y su modo de vida más allá de los límites que marcan sus seguidores que no me puedo callar. Lo dije cuando estaba Paco Clavel y lo digo ahora que no conozco al nuevo. Evangelicen lo que quieran, lo respeto, pero dejen de una vez en paz a los que queremos liberarnos del yugo opresor de una secta que lleva controlando el cotarro desde que Constantino I inicialmente y Teodosio con posterioridad vieron la utilidad de romper la libertad de culto del Imperio Romano y establecer una oficial, la que más de moda estuviera, y les tocó a ellos.
 

Alberto Martínez Urueña 20-03-2015

jueves, 12 de marzo de 2015

Para no partirnos la cara. Parte II


            He procurado, en el texto del día dos de marzo, mostrar mi más absoluto respeto por las creencias de los seguidores de la doctrina católica, apostólica y romana. Y que sepan, o sepáis, que conozco los argumentos para proclamar la buena noticia de la que hacen gala vuestros textos sagrados. Además, soy firme defensor del debate tranquilo y necesario de las ideas contrapuestas y de la exposición de los principios que cada uno defiende. El problema, como siempre en los asuntos importantes de la vida, está en los detalles, en los límites concretos, porque el paso de debatir exponiendo tranquilamente las ideas de cada uno al intento agresivo de imponer coercitivamente los criterios y principios de una de las partes no suele quedar muy claro. Sobre todo, si hablamos de religión. Mucho más, cuando se trata de las tres religiones monoteístas imperantes, judaísmo, cristianismo e islamismo, cada cual en su contexto histórico y geográfico en que se hayan inmersas, ya que tienen impresa en su historia tales métodos. De todas formas, voy a limitar mi exposición a los aspectos actuales del caso, aceptando que los viejos usos han quedado superados.

            A mí personalmente me parece correcto que cada cual siga el código ético que quiera, siempre que éste no pase por la humillación ajena. Propugno el derecho inherente a cada persona para decidir su modus vivendi, sin que nadie tenga que decirle qué es o no es correcto, y que la colectividad únicamente intervenga en aquellos casos en que alguien quiera poner los cojones encima de la mesa de otros.

            Por eso me ha salido este sarpullido intelectual cuando el día veinticuatro de Febrero del presente año de nuestro Señor salieron publicadas en el Boletín Oficial del Estado afirmaciones tales como que el rechazo de Dios tiene como consecuencia en el ser humano la imposibilidad de ser feliz. Y desde ahí, todas las que queráis. No voy a entrar a analizar el texto completo, porque es demasiado largo y os aburriría. Además, la última vez que lo leí, se me rasgaron las costuras y empecé a sangrar por cada poro de mi existencia terrena. Sí que os diré que, haciéndolo, nos encontramos con un buen ejemplo de afirmaciones sustentadas en el aire más allá de lo que el autor denominaría su propia evidencia. Afirmaciones, por cierto, sin las cuales cualquiera de los argumentos que sostienen y sus conclusiones, se caen por su propio peso, y nos habríamos ahorrado tiempo, costuras y dinero público.

            No tengo nada en contra de quien sostiene tales afirmaciones, creo que ha quedado claro. De hecho, me parece bien que las tenga, a pesar de que no son las mías y de que considero que cercenar de esa manera el potencial de ser humano debería ser considerado uno de los más graves pecados por cualquiera de las religiones que dicen defender la dignidad  de la persona. Lo que me preocupa es que estos párrafos constituyen la base de una asignatura escolar en un estado que proclama su aconfesionalidad en una Constitución que tanto dicen defender los políticos que medran en el banco azul del Congreso. Ojo, y entiendo perfectamente la diferencia entre Estado confesional, aconfesional y laico.

            Me sé de sobra el argumento de la tradición cultural española, y que esta asignatura pretende soslayar sus aspectos, pero esto no es clase de historia. También conozco aquello de que la sociedad está necesitada de valores, y que la religión católica cubre tal necesidad, pero a esto respondo que tales valores no son exclusivos del catolicismo, y que de hecho, son anteriores, en la medida de que ya eran defendidos por culturas precristianas. Se dice lo de que la inmensa mayoría de la población es católica y por tanto tiene sentido su inclusión en las aulas, pero no se dice que la inmensa mayoría de ésta, han hecho de tal doctrina un menú a la carta de la que cojo lo que me conviene y el resto lo desecho.

            Sé que este motivo, el de la mayoría católica, explica que esta religión siga teniendo un aspecto preponderante, o dicho de otra manera, que la Conferencia episcopal siga influyendo en la organización legislativa, económica y moral de nuestra sociedad. Al margen de su capacidad para presionar a los sucesivos gobiernos de nuestra democracia, tal y como lo haría un lobby cualquiera, utilizan toda herramienta a su alcance para seguir introduciendo sus verdades en el acerbo colectivo. Una de las más potentes es la Educación, y esto no es baladí, ya que la capacidad para influenciar a las personas es mayor cuanto menor es la edad con la que cuentan.

            Nada tengo en contra de que cada familia explique a sus hijos lo que quiera. Yo lo haré con las mías. Pero pretender negar la evidencia de que la Iglesia Católica, más que informar y debatir, pretende seguir siendo parte fundamental de la individualidad de cada uno de nosotros, y para ello no conoce más límites que los que no le ha quedado más remedio que aceptar, me parece ridículo. No tengo nada en contra de que se explique religión en los colegios, pero las formas, los contenidos y, sobre todo, las orientaciones no me parecen las más correctas. Si de verdad se acepta que no se pretende adoctrinar a nadie, se deberían explicar el resto de religiones desde una visión lo más objetiva posible y recuperar una asignatura como es Filosofía, lo que supondría aceptar y enseñar la multiplicidad de explicaciones últimas de la existencia humana.

 

Alberto Martínez Urueña 12-03-2015

 

PD.: En todo caso, y después de lo dicho, parafraseo a un buen amigo mío llamado Miguel, que con su jocosa personalidad, después de un debate al respecto de la educación en las aulas, dijo: ¿y qué más da, si al final los chavales van a hacer lo que les salga de los huevos? Lo siento por el catolicismo, pero tiene toda la razón: la evidencia de los hechos demuestra que cada vez tienen menos aceptos, menos sacerdotes y monjas, y que al margen de la decrepitud moral de la sociedad de hoy en día, muchos encuentran esos valores de los que el catolicismo pretende apropiarse por otros caminos en los que no se les exigen tan gravosos peajes como los que desgranó el BOE.