jueves, 26 de febrero de 2015

Los nuevos


            Reconozco que algunas veces la retroalimentación con vosotros me deja un poco perplejo, aunque los que nos movemos por determinados foros, sobre todo los que tratan sobre política y economía, estamos acostumbrados a ver cómo las opiniones se pueden sacar de contexto y hacer una buena degollina con el resultado.

            Por todo esto, a veces no queda más remedio que puntualizar determinadas cuestiones. En primer lugar, cuando se habla de economía en los medios de comunicación se me cierran los oídos: es todo una vulgar manipulación de lo que algún experto dijo, retorcido a conciencia para intentar engañar a los posibles votantes. Los políticos y periodistas afines a los partidos ni entienden de economía ni lo pretenden: sus objetivos son otros, más serviles con el poder económico que les mantiene en sus puestos. Prefiero leer a los catedráticos y a los nóbeles que, a pesar de no ponerse de acuerdo, pueden argumentar con toda seriedad sus comentarios y no suelen pretender metérnosla doblada para robarnos las nóminas y entregárselas a sus jefes, los accionistas. Ya si hablamos del matrimonio tácito PPSOE, me pongo enfermo. Se me sube la mala hostia y comienzo a verlo todo de color rojo, me congestiono y el único razonamiento que me sirve es ver lo que han ido haciendo durante todos estos años. Y con eso me vale para mandarles a tomar por el culo.

            Otra cosa distinta es cuando salen a la palestra otros grupos políticos novedosos como el de Rosa Díez, el de Juan López de Uralde y Rosa Martínez, el de Albert Rivera, el Partido X donde milita Falciani, y también, porque está dentro de este grupo, el de Pablo Iglesias.

            Con estos nuevos partidos, antes de ponerme a vociferar en contra suya, intento ir a la fuente de donde sacan sus ideas, me leo sus programas, analizo sus propuestas y entresaco conclusiones. Y por supuesto, no me creo lo que dicen de ellos El País o El Mundo; y ni mucho menos, La Razón, ABC, TV 13, Intereconomía o Telemadrid. Y los medios de comunicación a los que no mencione, no se salvan de esta medida, antes de que nadie pueda argumentar que tengo favoritismos. De hecho, los más representativos llevan toda la legislatura preocupándose de envenenar todo lo que no salga de los partidos tradicionales, dedicándose con pertinaz contumacia en darnos escusas para seguir votando a los mismos caciques que llevan sojuzgando al ciudadano español desde antes de que Cervantes los describiera en su Quijote.

            El tema de PODEMOS es algo que merece una mención aparte por la repercusión mediática que ha alcanzado, por su relevancia en todas las encuestas publicadas y, sobre todo, porque me lo mencionáis tantas veces que ya voy a empezar a pensar que no me leéis nada de lo que escribo.

            De los nuevos partidos surgidos de la crisis –TODOS los que he mencionado, y TAMBIÉN los que me faltan–, lo que me gusta, sobre todo, es que quieren darle una buena patada en el velo del paladar a todos los hijos de puta que nos llevan robando durante estos cuarenta años de democracia. Otros muchos más, durante la época franquista, ya que no podemos olvidar que algunos de los partidos que campan a sus anchas en el hemiciclo tienen sus orígenes en los dirigentes del régimen, son financiados por sus descendientes y por las fortunas que se amasaron gracias al golpe de Estado del treinta y seis y añoran con nostalgia tiempos mejores.

            De los nuevos partidos, me gustan algunas de sus ideas, no todas, pero creo que recuperar la utopía política es un deber obligatorio en este tiempo de pragmatismo mercantil y de sumisión al poder de los mercados. Más allá de esto, soy economista, licenciado por la Universidad de Valladolid y tengo el suficiente capote teórico como para saber, por ejemplo, que una economía como la que dicen los medios de comunicación hostiles que plantea Pablo Iglesias no tiene futuro. Otra cosa distinta es leerte a Vicenç Navarro –su curriculum está en Internet– y el programa económico estructurado que plantea. También puedo leerme el programa económico de Ciudadanos que, independientemente del origen territorial del partido, lo ha hecho un paisano, Luis Garicano, otro con un curriculum sensacional, y no por ello tengo que ser tachado de centralista, conservador o lo que le digan a los de Albert Rivera

            ¿No queréis que hable bien de otros nuevos partidos políticos? En primer lugar, no recuerdo haber hecho o dicho ni una sola proclama a favor de ninguno de ellos en concreto, ni tampoco haber intentado convenceros de que les votéis. En segundo lugar, cuando hago algún tipo de afirmación, ya sea a favor o en contra de algo o alguien, lo argumento, aunque a lo mejor la conclusión devengue en un insulto –justificado según definición de la RAE–. En tercer lugar, argumentar que proponen cosas imposibles es meterlos en el mismo saco que a sociatas y peperos, con la diferencia de que los nuevos todavía no las han incumplido. Y en cuarto lugar, cuando incluyo a alguien en mi lista de contactos, siempre digo que no hay obligación de leerme, que me lo digáis y os saco del reparto, o que me incluyáis en vuestra lista de spam, porque yo en mi columna, como en la vida, hablo de lo que me sale de los huevos.

Alberto Martínez Urueña 26-02-2015

viernes, 13 de febrero de 2015

A carcajadas


            Andaba aquí trajinando con el texto que os iba a mandar esta semana. Algo tranquilo para compensar las rajadas que se me han colado en los últimos tiempos, pero ha sido imposible. He cogido el teclado y casi lo reviento contra la mesa, leyendo las noticias de los últimos días; y con el colmillo revirado que la prosa me ha otorgado, me he tirado a morder con saña, en plan perro viejo y sarnoso. Con más calle de la debida.

            En realidad, la gente que me conocéis desde hace tiempo sabéis que soy un tipo tranquilo que a veces se exalta con ciertos detalles que considera injustos. Normalmente se relacionan con la insana costumbre que tienen ciertos vertederos existenciales con forma humana de querer pisarle el cuello al vecino. Unas veces es para sacarles hasta las muelas sin que rechisten demasiado, en plan monto una crisis económica, reviento las condiciones laborales de los trabajadores y me quedo con todo tipo de beneficios económicos que hayan acumulado con los años. Y les cobro por los sociales. Otras veces, más complicadas de ver pero con iguales efectos para el hígado de quien lo sufre, deriva de la simple necesidad enferma de sacudir hostias para demostrar quién manda aquí, en este patio de vecinas que alguien llamó España. En definitiva, por la mala costumbre que tienen ciertos cabrones de querer demostrar su más absoluta ignorancia al respecto de lo que supone pertenecer a la raza humana.

            Así que me llegan por el aire, en forma de impulsos electromagnéticos, un par de noticias. La primera de ellas, el twitter de la Cospe congraciándose con los enfermos de cáncer en el día Mundial de la enfermedad, y la sabia respuesta (y a lo mejor delictiva, por lo de las nuevas leyes peperas) de cierto anónimo recordándola el cierre de la planta de oncología infantil del hospital de Toledo. Medida que puede ser muy eficiente desde un punto de vista económico, pero para los padres es todo un rejonazo en la nuca. Y antes de que nadie me salte al cuello sobre si es cierto o no lo del cierre, o incluso conveniente para la colectividad manchega, diré que la reacción de estos últimos me ofrece más credibilidad que la ampulosa prepotencia con que los responsables políticos pretendieron salir del paso. Y hasta ahí puedo leer. Por aquello de las leyes.

            Otra de las pomposas gracias con las que han querido engalanarme la semana han sido las declaraciones de la lideresa del PP madrileño. Sí, sí, otra de esas grandes señoras que no saben lo que sucede en su propia casa, como la infanta. En este caso, hablamos de la casa política, con toda la Comunidad Autónoma puesta de largo con la trama Gurtel y ella escaqueándose justo antes de que saltara la liebre. Y dando lecciones a los que se han quedado de cómo hay que hacer las cosas. No es que Mariano me caiga mejor que ella, ojo. También hay que echarle huevos de que te pillen con lo de “Luis, se fuerte”, y no se te tuerza el gesto cuando sales en una pantalla de plasma sin derecho a preguntas para explicar el porqué se te fue el dedo al mandar el mensaje.

            La cuestión. Las declaraciones echando un “poquito” la bronca, así como hace ella, con gracia y salero, a empresas privadas de comunicación por dar cancha a los desarrapados perroflautas de PODEMOS, partido al que acusan de todo lo que pueden en cuanto se descuidan. Entre otras cosas, al margen de llevar el pelo largo, lo hacen por prometer cosas que luego no van a poder cumplir. Yo, cada vez que les oigo con esta carraca, es que me disloco la quinta lumbar a carcajadas. Deporte nacional, lo de incumplir promesas…

            No sé, con el panorama que me ponen sobre el tapete se me quitan las ganas de explicaros historias económicas, como aquella de los bancos que consiguieron que les pagáramos sus deudas a escote. O la de aportar cifras y hechos medianamente objetivos con que respaldar mis afirmaciones. También la de la demostración econométrica derivada de la teoría de los ciclos presupuestarios de cómo unas elecciones a la vista afecta a la planificación de los Presupuestos Generales del Estado. El espectáculo bochornoso que nos ofrece la clase casposa y beligerante de nuestro país hace que cualquier razonamiento sea baldío ante la demostración palmaria y flagrante de que nos toman el pelo y se lo ríen en sus juntas generales. Esa clase política adocenada en sus escaños y representada por ese partido conservador para sus derechos y propiedades y esquilmador de los ajenos –hoy les ha tocado a ellos–, y por una socialdemocracia desfigurada por sus escarceos teoricoprácticos con los poderes fácticos –culo hacia la luna sobre marcha militar–. No me venga nadie, cuando lleguen las elecciones, a contarme sobre el tema del voto útil, los partidos responsables que no hacen aspavientos raros o lo de que es una ínfima minoría los que se ven afectados por los casos de corrupción. Si alguno se salvara de la necesaria quema –metafórica, putas leyes–, no sería de las direcciones de tales familias que, como poco, miraban hacia el tendido cuando llegaban los beneficios de negocios poco controlados y mantenían en el cargo a los matones. No voy a olvidar que las promesas electorales son el aspaviento más usado, caricias electorales que se vuelven tortazos administrativos cuando toca cumplirlos, independientemente de la bocaza que las escupiese. Y ojito con tocarme el voto, porque aunque hay quien me diga que esto no vale de nada, después de tanto tocamiento innoble en las partes bajas, es la única herramienta efectiva y real que me han dejado para decirles que se pueden ir a tomar por el culo. 

Alberto Martínez Urueña 10-02-2015

jueves, 29 de enero de 2015

Retroalimentándome a vuestra salud


            Uno de los aspectos más gratificantes de ponerme delante del teclado y mandar mis pensamientos por el éter electrónico hasta vosotros es la retroalimentación de ideas que a veces se produce. Alguno, de vez en cuando, me envía una respuesta dando su opinión sobre el texto y sobre su contenido, y le da un sentido más amplio a todo esto. Hay quien incluso escribió en algún momento en la página de internet donde están todos mis escritos desde dos mil siete, y así el debate se hace público y todos podemos participar.

            La mayor parte de las veces, trato temas sobre economía y política, eso está claro, igual que mis tendencias ideológicas que nunca he pretendido ocultar. Conversando con una de las nuevas incorporaciones a las listas de correo que utilizo, hizo un comentario pergeñado de interesantes matices, indicando que lo importante ya no es tanto las ideologías como las consideraciones sociales que se tengan. Leía una reflexión parecida en algún medio sobre cómo los nuevos movimientos sociales surgidos a raíz de la crisis, tanto los nuevos partidos como los movimientos ciudadanos, se orientan en un plano transversal en el que tienen cabida distintas concepciones políticas, primando por encima de éstas las nociones de ser humano, con sus consideraciones sobre dignidad y derechos, y de participación colectiva en la sociedad común. Esto, a su vez establece una nueva distinción maniquea entre las élites que han dirigido la sociedad desde su torre de marfil y el pueblo que ha sufrido tal dirección descarnada, independientemente de su tendencia más o menos conservadora o liberal. En resumen, estoy de acuerdo con esta visión que nos permite sublimar las arcaicas estructuras en donde los intereses particulares de tales élites nos introdujeron con su dialéctica perversa y desde donde nos han manipulado durante demasiado tiempo.

            Otra cuestión que quiero responder es mucho más prosaica, y por lo tanto, más interesante. Hace referencia al problema de los desahucios y como éste implica la necesidad de plantear a su vez qué sucede con una empresa privada que ve cómo un dinero prestado no va a ser devuelto. No en vano, la función de un banco es hacer negocio dentro del circuito de intereses económicos privados vulgarmente llamado mercados. En base a esto, presta un dinero y se establece un seguro de garantía en caso de impago, que es la hipoteca.

            Lo que la mayoría de la gente ignora, porque cada uno entiende de lo que maneja, es que en este movimiento existen dos hechos que pueden estar o no conectados. Estos son el negocio jurídico por el que se presta el dinero y el contrato de garantía que supone la hipoteca. Y en nuestro ordenamiento jurídico están separados, por lo que las consecuencias de uno y otro van cada una por su lado. Precisamente, de esta concepción legislativa deriva el disparate de que te quiten la casa pero aun así tengas que seguir pagando la deuda: son dos cuestiones jurídicas independientes. Sin embargo, pesar de las gilipolleces que dicen nuestros legisladores y sus acólitos, los dueños de los bancos, esto no es inevitable. Como todo en Economía. En esta época de ideas únicas.

            Haciendo un interesante ejercicio de comparativa internacional podemos ver cómo economías que no tienen ningún viso de sospecha comunista como pueda ser la estadounidense, en caso de impago, el banco se queda con la casa, pero la deuda queda saldada automáticamente. Esto, evidentemente, puede suponer una perdida comparativa de los bancos frente a los clientes, pero es un sistema que funciona y que no deja tan desamparadas a las víctimas. No tanto como este sistema nuestro, cruel, en donde una persona que vive debajo de un puente puede tener además una deuda con una entidad bancaria que nunca va a poder pagar. Con lo que esto conlleva.

            Pero los bancos reclaman sus derechos como acreedores en base a las nociones de seguridad jurídica en el tráfico mercantil –que da estabilidad a los negocios privados y por tanto a la economía general de un país o de un entorno económico– y de derecho a la propiedad privada. Los becerros de oro de la economía capitalista.

            No pretendo extenderme acerca de las medidas que se articulan en estos otros países en donde el cumplimiento de las condiciones del contrato de garantía salda la deuda sobre la que nace tal derecho. Es decir, la dación en  pago, esa noción que la casposa y retrograda derecha española denuesta porque ha salido de boca de un enemigo sin saber que se aplica en la cuna del liberalismo económico con muy buenos resultados. Las medidas para solventar esta encrucijada están ahí para el que quiera leerlo, y seguro que mejor explicadas de lo que pueda pretender yo aquí. Cuestiones como la separación obligatoria de la banca de inversión respecto de la banca comercial, o la posibilidad de trasladar los riesgos de las operaciones directamente al tipo de interés exigido por la prestación del dinero son debates que todavía están abiertos y son sumamente interesantes.

            La cuestión, en todo caso, que subyace por debajo de toda esta amalgama de ideas, desde mi punto de vista, es la prelación entre dos problemas sustantivos. Y sinceramente, comparar las pérdidas de un banco – sé que esto puede suponer problemas reales para gente real – con las reales y trágicas consecuencias de sacar a un niño de su casa por la fuerza, mandato judicial mediante y con la legitimidad de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, me parece uno de los mayores insultos que se han infligido al ser humano en toda su historia, incluyendo holocaustos, inquisiciones y esclavitudes. No en vano, es otra manera de degradar el incalculable valor de una vida humana a las cuestiones prosaicas de una cuenta de resultados.

 

Alberto Martínez Urueña 29-01-2015

viernes, 23 de enero de 2015

Para empezar bien el año


            Diréis dónde he estado todo este tiempo sin mandar ningún texto de los míos, pero razones poderosas me han tenido ocupado. En primer lugar, que cuando cojo vacaciones laborales también me las tomo de estos temas, para poder desconectar. En segundo lugar, que se me agota la paciencia con determinadas cuestiones, y me resulta muy complicado tratarlas en esta columna sin que se me vayan de las manos y esto se convierta en un gigantesco esputo de veneno literario. Y claro, ese veneno tengo que soltarlo cuanto antes, así que aviso para navegantes, porque esto es un auténtico tsunami de mierda, nada de riqueza literaria en las esquinas: de eso no queda, salvo por accidente, cuando nos adentramos por los suburbios mentales de este menda. El que no quiera verse salpicado, que cierre el correo y siga con sus cosas.

            En esta vida todo está entremezclado, a pesar de que la razón científica desenhebre la madeja de las circunstancias para poder hacer una lectura más o menos sintética de la realidad que nos circunda. El problema es que la realidad es una gran amalgama de circunstancias que se interrelacionan unas con otras, las causas se convierten a su vez en efectos, y estos en causas y muchas veces hace falta una visión de conjunto para que no se nos escapen los detalles. Mezclo churras con merinas, y al final me queda una mezcolanza deslavazada con la que cualquier mentecato puede acusarme cuanto menos de caótico, y siempre de radical demagogo o antisistema. Cojo el atentado de Francia, el precio del petróleo, el Estado Islámico, la venta legal de armas en África, el derrocamiento de líderes a lo largo del globo terráqueo y me quedo tan ancho. Luego, como en aquella película, “Una mente maravillosa”, me dedico a interconectarlo todo con hilillos de color rojo sangre, creando un tupido tapiz en mi mente en el que la sociedad occidental y civilizada en que vivimos tiene de todo menos humanidad, civismo y empatía, y me entran ganas de ciscarme en la madre que parió al que tuvo la idea.

            Todo esto viene a colación por la cada vez más alarmante e increíble insensibilización que los medios de información han conseguido crear en la conciencia colectiva, así como la escasa capacidad para interrelacionar unos hechos con otros para ver las consecuencias últimas de las políticas llevadas a cabo por los gobiernos occidentales y sus implicaciones en la situación geoestratégica global. O algo así.

            Me preocupa sobremanera ver la capacidad que tenemos para vivir de espaldas al tinglado que nos rodea. Esa facilidad para cambiar de canal mental si el que tenemos sintonizado nos ofrece la miseria que hay cada vez más cerca del portal de nuestras casas. Ni qué decir, la capacidad que tenemos para darnos importancia en nuestros tronos de cristal sustentados por el sufrimiento que campa a sus anchas por todo el globo terráqueo.

            Al final, es todo como lo de los mercados y la crisis, y otros ejemplos más en los que la responsabilidad está tan sumamente diluida que la cuota que toca a cada uno es irrisoria, y con eso nos quedamos tan contentos. Se habla, como digo, de los mercados, de la situación geopolítica, del estatus quo imperante… Todo palabrejas raras inventadas por políticos y otros artistas del arte del engaño que nos brindan la oportunidad de mirar a la realidad a base de eufemismos, y así no sobrecogernos hasta la médula con lo que hay ahí fuera.

            La gente muere, es cierto. Pero no es lo mismo morir en una cama de hospital rodeado de los tuyos que en un campo de refugiados comido por las moscas. Ni es lo mismo recibir cristiana sepultura en un cementerio elegante previo embalsamamiento que ver cómo te van cayendo paladas de tierra encima, arrojadas por algún enloquecido de Boko Haran. Cuando veo la absoluta indiferencia de la comunidad internacional al respecto de estos temas os puedo asegurar que se me sale el diablillo que tenemos dentro y me dice cosas al oído que no puedo transcribir con palabras educadas.

            Así que he estado unos días en barbecho, en lo que las Navidades pasaban con su alegría y su jolgorio callejero mientras el diablo seguía haciendo de las suyas por los arrabales de Occidente. Viendo cómo Mariano canta saetas porque las cifras le cuadran mientras sigue siendo legal que los bancos puedan echar a la gente de sus casas o que se permita que un niño no coma tres veces al día. Cómo el odio sigue expandiéndose por todo un Sahel muerto de hambre al que nadie quiere ayudar más que a sacar sus riquezas del subsuelo (y luego robárselas). Cómo la tragedia sigue estando donde siempre, y a la vez más cerca, y cómo crecen las escusas para hacer como que no las vemos.

            Ale, ya avisé al comienzo de que me iba a quedar a gusto en este texto, para empezar el año con fuerzas. Ya habrá tiempo de análisis pormenorizados, de explicarme cuando digo que la economía es la nueva herramienta de los señores feudales para someter al pueblo y de cagarme en los muertos más frescos de nuestros representantes públicos, y también mentar a la madre que parió a todos esos ibéricos porcinos que ya le están buscando la escusa al tema para volver a votar una vez más a los hijos de puta que nos han traído a la mierda de lugar en donde estamos.


Alberto Martínez Urueña 23-01-2015

viernes, 19 de diciembre de 2014

La herramienta


            No creo que nadie en su sano juicio, hoy en día, pueda negar la importancia y el poder de los medios de comunicación, y su relación directa e instrumental con los grandes poderes fácticos y económicos existentes en nuestra sociedad. Las denuncias al respecto de su falta de objetividad son cada vez más frecuentes, así como la dejación de su principal función, la informativa, en pro de una algo más oscura como es el adoctrinamiento. Digo esto a sabiendas de que las generalizaciones burdas como la que acabo de hacer siempre comenten el error de meter a todos en el mismo saco, pero me sirve como introducción a este nuevo paseo por los lóbregos rincones de mi mente. Existen todavía honrosas excepciones de medios, o de periodistas que sobreviven a duras penas en mitad de la vorágine de las grandes corporaciones que, con su músculo financiero, intentan ahogar a las voces que discrepan de su dogma, utilizando para ello todas las herramientas posibles, porque en la guerra todo vale. Se pueden ver desde los ataques más absurdos al mensaje como los más bestias al mensajero, conscientes de que hoy en día, cuenta más la imagen y el cómo, que el contenido concreto de lo que se pretende debatir. En esta sociedad atropellada y estresante en que vale más cantidad que calidad, cuentan más los titulares grandilocuentes y las proclamas apasionadas –sobre todo si confirman nuestras creencias, por absurdas que sean– que el desarrollo de contenidos concretos. En un lugar como el que vivimos en que hay que tener tiempo para todo aunque no se acabe de concretar nada, la táctica que promueva las emociones –cuanto más bajas, mejor– son las que mejores resultados acaban produciendo.

            Los medios de comunicación no están al margen de esto. Desde los que admiten abiertamente sus colores ideológicos hasta los que pretenden ocultarlos detrás de una capa de seriedad bobalicona, todos juegan en un equipo determinado, según la facción de poder que controle los puestos de dirección. Para defender esto se han argumentado todo tipo de explicaciones, otorgando a los periodistas, sobre todo a los que escriben editoriales de opinión, la consideración de expertos del tema sobre el que se hable. Y en ciertas ocasiones esto es cierto: no en vano, la profesión de periodista no excluye su especialización en determinados campos como la política o la economía. Otra cosa distinta son las formas y las intenciones con que se dediquen a juntar palabras en párrafos, del contenido más o menos peyorativo que otorguen a unos u otros, o las informaciones sobre las que pasen de soslayo. En definitiva, de si pretenden construir una verdad que el lector pueda consumir completita, de un bocado, con sus dejes y chascarrillos incluidos, o si por el contrario, pretenden ofrecer una particular visión, otorgando no obstante las herramientas y los inicios para que quien lo lea pueda discurrir por sus propias conclusiones.

            Y todo esto viene a colación por el esfuerzo, cada vez más intenso, de instaurar un pensamiento único social, político y económico por parte de las élites en el que caigan como causas inamovibles lo que sólo son consecuencias de sus tiránicas imposiciones, más o menos veladas. Últimamente, es cierto, realizadas con mayor descaro público, impunidad y desvergüenza, privatizándose para si las virtudes de este sistema económico deshumanizado y socializando las culpas de su actual debacle, materializado en ese mantra kafkiano de “TODOS hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Las variables que se salen de la ecuación preestablecida se eliminan, a pesar de que sean fundamentales para explicar una realidad tozuda que se empeñan en ocultar en esta vertiginosa sucesión de noticias que impide centrarse en ninguna.

            Por último, han conseguido que cualquier noción medianamente positiva en que no salguemos trasquilados sea considerada una utopía ridícula, además de ser tildada de antisistema y denostada como el camino más seguro hacia la debacle. Como si ellos no hubieran conseguido meternos en la que ahora estamos… No hablo del paraíso comunista ni nada parecido, pero las corrientes intelectuales que abogan por un mayor reparto de los beneficios entre los distintos actores participantes de este sistema son automáticamente eliminadas de los medios de comunicación mayoritarios; y si acaso obtienen unos segundos de gloria, son tratadas con prepotencia benévola –como le hacían a Sampedro– o tachadas de imposibles, como las de todos los partidos alternativos que han surgido en los últimos tiempos, de los que PODEMOS sólo es uno de tantos que ha tenido mayores aciertos en su capacidad para llegar a más personas.

            El cuarto poder del estado, como ya fue denominado en el siglo dieciocho, es en realidad la herramienta que utilizan quienes mueven los hilos desde bambalinas para moldear las mentes de una sociedad que, en esta supuesta libertad en que vivimos, es cada vez más ignorante, en una especie de Edad Media moderna en donde la información veraz y la cultura está controlada por cada vez menos manos, lejos del alcance de las masas, a las que únicamente arrojan las migajas que a ellos les interesa.

 

Alberto Martínez Urueña 19-12-2014