martes, 30 de julio de 2013

Ese algo

            Aseguraré antes de nada que no pretendo ser morboso, ni tampoco aprovechar la coyuntura mediática para soltar una parrafada sin aportar gran sustancia a cambio; sin embargo, pretendo referirme a hechos luctuosos que mejor habría sido que no sucedieran. Hablo de dos tragedias cercanas que, teniendo una dimensión diferente, no dejan por ello de ser dos mazazos para quien lo han sufrido: el accidente de tren gallego y la pérdida recurrente y porfiada de montañeros en las cumbres del planeta.
            Es tedioso escuchar, o incluso declamar como un oráculo griego, sobre las miserias humanas y, de paso, los miserables que las comenten. Me canso muy a menudo de salir a la palestra de mi columna para denunciar conductas desalmadas cometidas por coetáneos más o menos cercanos a mi ordenador. Es muy deprimente rebuscar con pertinaz insistencia entre los diferentes blogs temáticos sobre economía esperando ver alguna columna de los doctos que en ellos escriben que aporte algo de luz y de esperanza al respecto de la crisis económica, pero sobre todo moral, en la que vivimos. Y sobre todo me canso de escuchar los cínicos comentarios de quienes se pretenden al margen de la sociedad en la que viven y critican a diestro y siniestro a todo el que se cruce en su camino, como si las miserias que existen a su alrededor no les afectasen. Odio esos comentarios universales sobre la indecencia humana y sus arrabales basados, en la mayoría de las ocasiones, en que quienes les rodean no han cumplido las expectativas que se tenía de ellos, en que no les han favorecido como consideran que deberían haber hecho, o que se han aprovechado de las circunstancias para bregar en su propio favor.
            Evidentemente no voy a negar que una persona puede volverse una criatura muy egoísta. De hecho, en los últimos años de evolución tecnológica que nos permiten comunicarnos con personas al otro lado del mundo, muchos humanos han perdido la conexión con sus semejantes más cercanos. El espejismo de independencia fruto de estos avances han hecho que muchas personas se crean al margen del resto y, en cierta medida, superiores a quienes aceptan la dependencia inevitable del grupo. Eso ha propiciado individuos capaces de traicionar, manipular –aunque ya existieran con carácter previo a lo largo de la historia—que sirven ahora como mal ejemplo para los críticos.
            Entonces, si todo esto es cierto, ¿cómo introducimos en la ecuación planteada lo sucedido en otras ocasiones? Hay veces en que el ser humano se olvida de sí mismo y corre en pos de otros para ayudarles en situaciones extremas. En unos casos, se enfrentan a las temibles fuerzas de la naturaleza, desatadas con toda su potencia, para intentar llegar a un campamento improvisado a más de siete mil metros, en un desesperado intento por salvar a un compañero del que quizá no hayan siquiera oído hablar. O quizá sí, e incluso pueda ser admirado por ellos; pero mirar hacia arriba, ver la ventisca indomeñable y, aun así, agachar la testa y seguir caminando requiere de muchas dosis de humanidad que, con los comentarios que desprecian la naturaleza humana, queda degradada. En otros casos, cuando los azares del destino –aunque los azares sean un maquinista imprudente o unos terroristas enloquecidos— provocan una matanza, hay individuos que arriesgan todo por ayudar a los que se han quedado imposibilitados de ayudarse a sí mismos. Porque estamos hablando de trozos de cuerpos repartidos por el interior de un vagón, o dentro de un autobús accidentado, o un edificio envuelto en humo con serios riesgos de desplomarse sobre sí mismo. No hablo tan solo de bomberos o policías; hablo también de ciudadanos normales y corrientes que en mitad de la noche salen corriendo hacia las vías del tren y, pretendiendo ayudar a sus semejantes, registran de por vida imágenes que les perseguirán incansables.
            Quizá en situaciones de perentoria urgencia sale algo de nuestro interior. Una especie de zarpazo en las tripas que, antes de pretender protegerte a ti mismo, te lleva a correr hacia unas llamas, o a dejar atrás la seguridad de la playa y adentrarte en el océano. Habrá quien diga que ese gesto irracional no significa nada, pero yo creo todo lo contrario. El ser humano es un ente complejo y en muchas ocasiones retorcido por la ingente cantidad de mensajes que ha recibido a lo largo de su vida; está formado por un animal que somos, una mente construida por la sociedad que nos envuelve y “ese algo” —al que no pondré nombre— que todos llevamos dentro y del que han sido consciente múltiples hombres de todas las épocas y de todas las culturas, por lo que negarlo sería de ciegos: no haber vivido, visto o experimentado algo, no significa que no exista. Me arriesgo a afirmar que “ese algo” es el verdadero ser que somos y que, cuando huimos de las trampas de la mente y la razón, sale con toda su potencia y hace que veamos a nuestros semejantes como parte de algo que formamos todos. Como parte de algo que SOMOS todos.
            Y al margen de toque personal que acabo de dejaros, creo que viene bien una voz honesta que mande al banquillo a todas esas aves carroñeras que se dedican a lanzar peroratas hablando de la indecencia del resto si hacer absolutamente nada por nadie y, a la vez, rendir un pequeño homenaje a la inmensa cantidad de personajes anónimos que, con pequeños detalles individuales, hacen de nuestra raza algo digno a lo que pertenecer.


Alberto Martínez Urueña 28-07-2013

domingo, 21 de julio de 2013

Bochorno

            Se contabilizan cada vez más pruebas de que nos encontramos, en este glorioso país, ante una situación tan esperpéntica que me hace pensar si España es un teatro como el de aquella famosa película llamada “El show de Truman”, en el que el protagonista vivía en un mundo prefabricado para ser emitido las veinticuatro horas del día. En este caso, el plato sería esta España; los protagonistas, ignorantes de su condición irreal, todos nosotros, ciudadanos absortos y anonadados ante el espectáculo; los realizadores, una esperpéntica mano negra dispuesta a robar incluso la vida de los figurantes a fin de sacar el máximo rédito.
            Ha llegado un momento en este bien montado entretenimiento en que las responsabilidades penales no valen para nada porque prescriben, se cambian leyes o se hacen amnistías fiscales. Los hechos más relevantes, a mi juicio, no sustentan ya, ni es necesario, ninguna causa legal que sea punible o -quizá sí-, pero son irrelevantes. Cuando personas a las que se supone inteligencia, honorabilidad, saber hacer y gestionar, altruistas con respecto a los intereses generales de los ciudadanos, se dejan envolver en el circo mediático de los últimos meses, están demostrando una incapacidad tan supina que no resultan necesarios códigos escritos para demostrar nada; antes bien, es suficiente el simple sentido común para que quede rotundamente clara la inconveniencia e incapacidad para continuar en ningún cargo. Personas con un mínimo
raciocinio serán capaces de entender que, aunque una enormidad de pruebas circunstanciales como las que desbordan los medios de comunicación no demuestren una culpabilidad a efectos jurídicos, dejan suficientemente clara la culpabilidad, cuando menos, de estupidez manifiesta e incapacidad para puestos de tamaña responsabilidad.
            Todo ello, sin contar la imagen bochornosa que se destila de nuestro país hacia los medios de comunicación extranjeros: tierra de grandes virtudes e igualmente grandes escándalos. Porque quien no sea capaz de entender que este circo vergonzoso es inasumible, deja claro también que la mayoría de edad y el pleno uso de las capacidades humanas no implican irremediablemente un correcto uso de los mismos, ni el merecimiento de determinados derechos públicos como el sufragio. Evidentemente, no abogaré por retirar éstos en ningún caso, ya que la tentación sería demasiado grande para tanto fascista autotildado de demócrata de atar con cuerda corta a la ciudadanía.
            Os aseguro que me faltan las palabras para explicar el asco que me produce todo el asunto Bárcenas. Relaciones probadas de altos cargos, entre ellos el de nuestro Presidente del Gobierno, con alguien de la catadura su extesorero y exgerente implican una incorrección democrática que debería poder ser sancionada de inmediato y sin posibilidad de recurso. Tener que visionar día tras día la película de miedo que nos están ofreciendo sin que exista ningún mecanismo democrático para poder romper una mayoría absoluta envuelta en semejantes despropósitos nos convierte en rehenes a todos nosotros, ciudadanos de una colectividad cada vez más atónita ante la marcha de una situación a la que permanecemos ajenos a su control e influencia, pero de la que sufrimos cada vez más terribles consecuencias.
            Al margen del plano eminentemente humano, que es el fundamental y que queda cada vez más relegado, ya da igual todo lo que no sea un borrón y cuenta nueva en esta democracia española que se preocupa de lo supletorio y se olvida de lo fundamental. Todo son discursos sobre los asuntos que preocupan a personajes que nadan en la abundancia y se permiten el lujo de hablar de problemas que a nadie interesan realmente, obviando la desesperanza, el sufrimiento e incluso -quién lo diría, entrados ya en el siglo veintiuno- el hambre y la malnutrición infantil. Y ahora, cuando les crecen los enanos y se les evidencian las vergüenzas, pretenden usar su demagogia y su pervertida dialéctica para intentar desviar una atención general que cada vez con más persistencia les asaetea con poderosos y fundados motivos, llegando a argumentar que un presidente no puede estar continuamente hablando de tales jácaras, aunque le afecten directa y sustancialmente.
            Así que de tal manera lo digo: ya no tienen crédito en mi particular banco de elecciones, políticos de hoy en día. No habéis sido capaces de ofrecer absolutamente nada bueno a este país; de hecho, lo habéis vendido al capital, os habéis repartido las migajas y, no contentos con ello, humilláis y hundís en la más absoluta de las miserias a muchos de mis conciudadanos. Si despreciamos esos discursos aprendidos y ególatras donde, interlocutores, os gustáis con aplausos de vuestros adláteres y sin derecho a preguntas de los medios, se percibe con claridad que ya no quedan excusas ni justificaciones, ni tampoco retorcidas fórmulas lingüísticas que puedan limpiar vuestro enlodado nombre. No tenéis honor, y habéis dejado patente que tampoco compasión por el débil; así pues, jamás obtendréis de mí más que lo inevitable -el respeto, por supuesto, os queda ya demasiado lejos-. Lo único que os resta por hacer es marcharos. Y los que vengan, que primeramente cambien leyes electorales y de funcionamiento de partidos políticos, o recibirán por mi parte, y por parte de toda persona que así merezca llamarse, el mismo desprecio que sus antecesores.


Alberto Martínez Urueña 21-07-2013

viernes, 21 de junio de 2013

Educación

            Al respecto del último texto que os he hecho llegar, profundizaré sobre uno de ellos, a mi parecer, el más importante por lo injusto de hacer pagano a quien no tiene culpa de nada y por coartar el futuro de todo nuestro país.
            El intento, una vez más, es demostrar cómo las medidas que se han adoptado en estos últimos años de crisis para lo único que están sirviendo es para arrasar con lo poco dejó que la burbuja inmobiliaria. En concreto, una de las cuestiones más controvertidas es como está afectando a la Educación, la cual, además de estar siendo desmantelada por nuestro querido señor Ministro, está siguiendo derroteros claros y precisos para que el que quiera estudiar reúna el requisito previo de que sus padres sean adinerados capitalistas. Me refiero, evidentemente, a la Educación Pública; la Educación Concertada sufrirá en mayor o menor medida las resoluciones tomadas desde el Gobierno, como por ejemplo la falta de sustitución de bajas laborales hasta los quince días de producirse (imaginaos que, verbigracia, coge la baja el profesor de Matemáticas un mes antes de la Selectividad…), pero otras muchas las podrá ir solventando sobre la marcha como se hizo siempre. Es más evidente aún que las escuelas privadas, que todavía existen aunque no las veáis fácilmente, no sufrirán en modo alguno ese problema. No voy a tocar ni de refilón, porque no merece respuesta, el tema de recortar horas de asignaturas importantes para la formación académica a fin de que entren con calzador las extorsiones de nuestra querida conferencia episcopal.
            Más sangrante resulta el hachazo propinado por nuestro estimado señor Wert en la Enseñanza Superior. En base a la realidad estadística de que en España hay una proporción superior a la europea de universitarios, se propone solucionar ese aparente problema succionando del sistema los recursos para becas y subiendo las tasas universitarias. Es decir, de todas las medidas que se podían adoptar como barrera para limitar en algún modo el acceso a la Universidad, elige aquella que dejará a quienes tengan rentas más bajas sin la posibilidad de cursar esos estudios: toda una demostración de democracia social. Y después del sarcasmo, en mi opinión, creo que cada vez es más complicado defender aquella palabrería barata de que el Partido Popular es el partido de las clases obreras. O quizá sí: quiere garantizar que los obreros de base tengan en sus hijos una adecuada sucesión en sus puestos laborales.
            Se calcula, para los menos avezados en estos temas, que alrededor de treinta mil estudiantes universitarios ya matriculados en sus carreras corren el riesgo de tener que abandonar sus estudios por la imposibilidad de hacer frente a unas matrículas cada vez más caras y con subvenciones geométricamente más exiguas. Dentro de estos treinta mil no se habla para nada de cuáles son los expedientes académicos de ninguno de ellos, lo que me lleva a pensar que ese discurso acerca de la excelencia en la enseñanza, de los mejores preparados y de los alumnos más inteligentes sólo es baba bendita para justificar el atropello.
            Cuando se habla de igualdad de oportunidades, algo que a estos señores opusdéicos, fascistas y defensores a ultranza de las clases sociales y sus fronteras les suena a discurso marxista, hay que pensar en su utilización para quedar bien cuando llegan elecciones. Lo que más me preocupa de todo este asunto es que utilizando la situación de crisis, nos están colando un sistema que, disfrazado de inevitable y unívoco, nada tiene que ver con la crisis ni tampoco con el modelo de Estado que reclama la mayoría de ciudadanos y que defiende la Constitución. Arremetiendo contra todos, según sea el recorte a practicar, han ido culpando uno por otro a todos los estratos sociales y laborales del país de la catástrofe y hundimiento del Titanic español, aprovechando el chocolate del loro y el discurso facilón para ir dando vueltas de tuerca en el garrote vil que tenemos colocados todos y cada uno de nosotros en la nuca.
            La Educación, probablemente el mejor medio para que un país avance social, cultural y económicamente, paga el pato por unos cuantos miserables y cochinos millones de euros. Además de recortar en algo que no sea su propio sillón ministerial, aprovechan para intentar retrotraer este país a la etapa nostálgica que ellos vivieron, de cuarenta y tantos alumnos en clase, asistencia despersonalizada y dejación de los más débiles en la miserable cuenta. Y sobre todo en la que sus estirpes y galones se aseguraban los sillones relevantes de la sociedad en base a unos dudosos estudios sólo al alcance de unos pocos.
            Señor Wert, si hay demasiados universitarios, promueva la I+D+i que se están cargando a la vieja usanza inquisitorial, y de esa manera mataríamos dos pájaros de un tiro: nuestros mejores jóvenes no se largarían espantados a otros países donde se les considera como lo que son y el progreso tecnológico español no se vería retrotraído a los estándares de los años noventa. Pero sobre todo, deje de tratar a la generación más preparada de nuestra democracia como a estúpidos, que ya no cuela.


Alberto Martínez Urueña 21-06-2013

lunes, 17 de junio de 2013

Elección social

            Fue hace varios años ya, cuando la crisis económica que vivimos hoy en día era sólo una mísera quimera que ni tan siquiera se barruntaba, que escribí un artículo sobre los preferibles destinos de la inversión, sobre todo la pública, criticando las políticas que utilizaban el dinero de todos en actuaciones cuya reversión no tenían un impacto apreciable sobre la sociedad en su conjunto, que es la que paga los impuestos. Hoy en día, acuciados por una situación que está dejando a muchas personas tiradas en la cuneta, se antoja más importante si cabe la correcta elección de las prioridades públicas.
            En todas las elecciones que se hacen en la vida hay que tener en cuenta el factor
tiempo. Quiere esto decir que es importante saber cuándo vas a recibir el fruto de tu inversión y la rentabilidad que ésta te va a dar. La primera de estas variables es la más arriesgada a la hora de ser juzgada, sobre todo en una realidad en la que los resultados inmediatos y urgentes priman sobre las promesas a largo plazo. Aquellos encargados de realizar las elecciones tienen un gran incentivo a valorar aquellas medidas en las que la reversión no sea muy apreciable pero sí inmediata; puede esto suponer que al elegir queden menospreciadas ciertas opciones que fueran realmente efectivas en el largo plazo. No en vano, esto ha pasado en nuestro país durante largos años: la burbuja inmobiliaria, no es sino un ejemplo claro de este silogismo que planteo.
            Es realmente importante en la tesitura en la que nos movemos, y aquí engarzo con el texto que recordaba al principio, en el que defendía, no por mí mismo, sino en base a mis estudios de Economía, que las inversiones más rentables son, básicamente, tres: la Investigación y el Desarrollo, las Infraestructuras y la Educación. Estas variables que, erróneamente, tienden a ser consideradas como gasto improductivo, son en el largo plazo las inversiones que tienen una mayor correlación con el crecimiento económico y la satisfacción social. Habrá quien piense que quizá esto me lo estoy inventando, pero hay múltiples estudios, entre otros, alguno que realicé en mi periplo universitario, que demuestran mediante datos irrefutables esta correlación.
            Ahora trasladar estas cuestiones a la realidad que vivimos en España desde hace tantos años, no sólo desde que comenzase la crisis, para ver qué es lo que ha sucedido en nuestra piel de toro. El producto interior bruto de nuestro país se ha ido invirtiendo sistemáticamente en actividades que nada tienen que ver con estas cuestiones, salvando algunos primeros años del socialismo zapateriano en que aumentaron las partidas presupuestarias destinadas a la I+D+i a través de los organismos científicos vinculados al Estado tales como el CSIC, CIEMAT y otros. En todo caso, en la mayoría de años, el porcentaje de nuestra riqueza invertido en estas actividades ha estado sistemáticamente por debajo de los estándares de los países más desarrollados, desoyendo las continuas recomendaciones de organismos sin aparentes tendencias partidarias. En estas recomendaciones queda bastante clara la influencia de estas inversiones con el desarrollo de actividades económicas de alta concentración tecnológica y, por tanto, de alta productividad, unas actividades capaces de hacer de un país un foco relevante en este mundo globalizado.
            Para poder realizar estas actividades de investigación, desarrollo e innovación son necesarias varias generaciones implicadas en el proyecto, y esto únicamente se puede lograr a través de dos vías fundamentales: premiar el esfuerzo investigador de expertos de reconocida valía a través de un reconocimiento social, pero sobre todo, salarial, unido a una formación universitaria y posterior a ésta de gran calidad que nutra todos los organismos encargados de llevar a cabo estas actividades. En nuestro país, lejos de solucionar estos problemas, se ven agravados: por un lado, se establecen cada vez más barreras para el acceso a unos estudios universitarios de calidad, reduciendo al mismo tiempo los fondos destinados a esa educación, y por otro lado, se expulsa de nuestro mercado de trabajo tecnológico a personas sumamente preparadas para realizar estas actividades.
            Por último, como mención, el plano de las Infraestructuras. No es lo mismo, aunque tenga que ver con el cemento y la construcción, burbuja inmobiliaria que Infraestructuras; del mismo modo, no es lo mismo edificios faraónicos destinados a palacios de las artes o de las ciencias, con todos sus gastos de construcción y mantenimiento, que Infraestructuras que sirvan para vertebrar de forma coherente un territorio como la Península Ibérica.
            Todo esto no es fruto de un discurso ideológico, sino de un comentario basado en estudios científicos. Si bien, personas emocionalmente vinculadas a partidos políticos estarán pensando lo contrario, eso no evitará su equívoco, igual que hace quien defenestra una obra de arte porque no la comprende. Una vez tras otra, cualquier análisis que hago de la realidad que nos envuelve me lleva a encontrar, de manera sistemática, responsables de la situación en que nos encontramos, y no son sino los políticos encargados de orientar las elecciones sociales de una comunidad nacional que no se merece a tales ineptos, movidos por intereses que, a los hechos me remito, distan mucho del tan cacareado Interés General.


Alberto Martínez Urueña 16-06-2013

viernes, 31 de mayo de 2013

Más allá de las ideas

            Me planteaba escribir mi artículo desde hace días, y me está resultando muy complicado. Soy una persona enganchada a las noticias, lo reconozco, me gusta saber qué es lo que está ocurriendo en el mundo, ya sea cerca de mi puerta o en Corea. Y es que hay tantas cosas que decir… Reconozco que la globalización de la información consigue abrumarme tantas veces que no tengo capacidad para exponer en dos folios cómo me conmueven las entrañas tantas tragedias que suceden cada día. Sin embargo, no quiero convertir esta columna en un ejercicio de plañidero, y tampoco quiero que sea un lugar ponzoñoso en donde verter todo el veneno que me hacen vomitar las injusticias. Hace años, escribir era más sencillo, porque la actualidad estaba plagada de matices en cada una de las múltiples temáticas que ofrecía; en cambio, gracias a la crisis, hoy todas aquellas cuestiones quedan deslucidas por la inmediatez de la tragedia en donde vidas que antes fueron dignas se ven condenadas a la miseria y la limosna.
            En estas circunstancias tenemos tendencia a buscar responsables de nuestros males, y es algo que, en un Estado de Derecho en el que vivimos, como nos place pensar, resulta casi obligado. Así, nos vemos atrapados en un sumidero sin fondo de reproches de unos a otros, de unas facciones a otras, de unas ideologías a otras, sin darnos cuenta de lo fundamental, y es que no podemos permitir el sufrimiento que nos rodea. Dan igual los motivos, los responsables o las cifras que sustenten teorías: lo único que de verdad debería importar es frenar el río de lágrimas en que se han convertido los ojos de demasiados niños pequeños condenados a ver cómo sus padres son humillados, como son expulsados de sus casas, de la sociedad y de su futuro a una marginalidad creciente que dejará unas cicatrices imposibles de borrar. ¿Qué más da si sus padres vivieron por encima de sus posibilidades o si ese razonamiento es, además de una completa barbaridad, un discurso demagogo e incorrecto? ¿Qué más da si sus padres abandonaron los estudios por un salario fácil y jugoso en la construcción? ¿Qué más da cualquier otra idea que nos introduzcan en la cabeza? Son niños pequeños, ni siquiera preadolescentes condenados al alcoholismo de fin de semana por una sociedad que les abandona en cuanto cumplen los doce años. Son niños de los que, la inmensa mayoría de ellos, todavía no han roto un plato de manera consciente.
            Oímos hablar a los comisarios europeos, entre otros a todo un socialista como el señor Almunia, de medidas de ajuste, de recortes y de aplicaciones de procedimientos de déficit excesivo. Medidas todas ellas seguramente bien razonadas y plagadas de un humanismo pragmático para sentar las bases económicas de nuestras sociedades en un futuro no demasiado lejano. Puede ser cierto que debamos realizar los planes requeridos para que en los próximos treinta o cuarenta años podamos tener una estabilidad económica y social que sustente nuestros proyectos vitales. Puede ser cierta, incluso acertada, la buena intención de nuestros dirigentes. Yo pienso que, en el mejor de los casos, viven aislados del mundo real; en otros supuestos que me planteo, salen peor parados, y eso sin que yo sea ningún amante de las teorías conspiranóicas. No me hace falta más que acudir a teorías económicas de las que algunos de vosotros habéis oído hablar, e incluso otros domináis con destreza, para aplicar en ellas cualquier supuesto en que los intereses de nuestros dirigentes no se dirijan hacia el interés general que dicen proteger para obtener un mundo muy parecido al que hoy tenemos.
            Podemos aceptar, por tanto, la buena fe de quienes sean todos ellos. Pero, entonces, ¿qué hacemos con los niños que están siendo literalmente condenados al ostracismo? ¿Qué significado podemos encontrar a esa solicitud de confianza y tiempo dirigida a padres que ven como sus hijos no pueden comer tres veces al día si no es por la ayuda de otros conciudadanos? Cuando surtan efecto todas las medidas planeadas vivirán sometidos por muchas consecuencias que no podrán solucionarse.
            Os aseguro que hay días en que leo los textos económicos de unos y de otros y trato de orientarme un poco en este océano de noticias y de declaraciones. Trato de encontrar el sentido a este mundo ambiguo en el que partidos que se dicen neoliberales suben los impuestos e intervienen en los mercados, y en el que partidos que se dicen socialdemócratas agachan la cerviz ante los poderes fácticos sin el menor sonrojo. Intento darle forma a todo lo que ocurre, y a veces incluso tengo ideas de qué es lo que considero más o menos acertado en todo este desastre que nos rodea, tratando de huir de ideas y declaraciones demagógicas que sólo desvían la atención de lo importante.
            Sin embargo, otros días pienso en los padres que se han suicidado ante la idea el desahucio, en otros que van todos los días a Cáritas y a la Cruz Roja para poder pagar la factura del gas en invierno o para poder llevar medio kilo de garbanzos a casa, en los que se han tenido que refugiar con sus padres pensionistas, cargados con unas deudas que es fácil que les persigan toda su vida… Y sobre todo, pienso en aquellos que no entienden nada, sólo que un buen día apareció un señor en la puerta con un papel y él tuvo que agarrar el primer juguete que se encontró y salir con lo puesto, expuesto para toda su vida al miedo, a la vergüenza y a la desesperanza.


Alberto Martínez Urueña 30-05-2013