viernes, 31 de mayo de 2013

Más allá de las ideas

            Me planteaba escribir mi artículo desde hace días, y me está resultando muy complicado. Soy una persona enganchada a las noticias, lo reconozco, me gusta saber qué es lo que está ocurriendo en el mundo, ya sea cerca de mi puerta o en Corea. Y es que hay tantas cosas que decir… Reconozco que la globalización de la información consigue abrumarme tantas veces que no tengo capacidad para exponer en dos folios cómo me conmueven las entrañas tantas tragedias que suceden cada día. Sin embargo, no quiero convertir esta columna en un ejercicio de plañidero, y tampoco quiero que sea un lugar ponzoñoso en donde verter todo el veneno que me hacen vomitar las injusticias. Hace años, escribir era más sencillo, porque la actualidad estaba plagada de matices en cada una de las múltiples temáticas que ofrecía; en cambio, gracias a la crisis, hoy todas aquellas cuestiones quedan deslucidas por la inmediatez de la tragedia en donde vidas que antes fueron dignas se ven condenadas a la miseria y la limosna.
            En estas circunstancias tenemos tendencia a buscar responsables de nuestros males, y es algo que, en un Estado de Derecho en el que vivimos, como nos place pensar, resulta casi obligado. Así, nos vemos atrapados en un sumidero sin fondo de reproches de unos a otros, de unas facciones a otras, de unas ideologías a otras, sin darnos cuenta de lo fundamental, y es que no podemos permitir el sufrimiento que nos rodea. Dan igual los motivos, los responsables o las cifras que sustenten teorías: lo único que de verdad debería importar es frenar el río de lágrimas en que se han convertido los ojos de demasiados niños pequeños condenados a ver cómo sus padres son humillados, como son expulsados de sus casas, de la sociedad y de su futuro a una marginalidad creciente que dejará unas cicatrices imposibles de borrar. ¿Qué más da si sus padres vivieron por encima de sus posibilidades o si ese razonamiento es, además de una completa barbaridad, un discurso demagogo e incorrecto? ¿Qué más da si sus padres abandonaron los estudios por un salario fácil y jugoso en la construcción? ¿Qué más da cualquier otra idea que nos introduzcan en la cabeza? Son niños pequeños, ni siquiera preadolescentes condenados al alcoholismo de fin de semana por una sociedad que les abandona en cuanto cumplen los doce años. Son niños de los que, la inmensa mayoría de ellos, todavía no han roto un plato de manera consciente.
            Oímos hablar a los comisarios europeos, entre otros a todo un socialista como el señor Almunia, de medidas de ajuste, de recortes y de aplicaciones de procedimientos de déficit excesivo. Medidas todas ellas seguramente bien razonadas y plagadas de un humanismo pragmático para sentar las bases económicas de nuestras sociedades en un futuro no demasiado lejano. Puede ser cierto que debamos realizar los planes requeridos para que en los próximos treinta o cuarenta años podamos tener una estabilidad económica y social que sustente nuestros proyectos vitales. Puede ser cierta, incluso acertada, la buena intención de nuestros dirigentes. Yo pienso que, en el mejor de los casos, viven aislados del mundo real; en otros supuestos que me planteo, salen peor parados, y eso sin que yo sea ningún amante de las teorías conspiranóicas. No me hace falta más que acudir a teorías económicas de las que algunos de vosotros habéis oído hablar, e incluso otros domináis con destreza, para aplicar en ellas cualquier supuesto en que los intereses de nuestros dirigentes no se dirijan hacia el interés general que dicen proteger para obtener un mundo muy parecido al que hoy tenemos.
            Podemos aceptar, por tanto, la buena fe de quienes sean todos ellos. Pero, entonces, ¿qué hacemos con los niños que están siendo literalmente condenados al ostracismo? ¿Qué significado podemos encontrar a esa solicitud de confianza y tiempo dirigida a padres que ven como sus hijos no pueden comer tres veces al día si no es por la ayuda de otros conciudadanos? Cuando surtan efecto todas las medidas planeadas vivirán sometidos por muchas consecuencias que no podrán solucionarse.
            Os aseguro que hay días en que leo los textos económicos de unos y de otros y trato de orientarme un poco en este océano de noticias y de declaraciones. Trato de encontrar el sentido a este mundo ambiguo en el que partidos que se dicen neoliberales suben los impuestos e intervienen en los mercados, y en el que partidos que se dicen socialdemócratas agachan la cerviz ante los poderes fácticos sin el menor sonrojo. Intento darle forma a todo lo que ocurre, y a veces incluso tengo ideas de qué es lo que considero más o menos acertado en todo este desastre que nos rodea, tratando de huir de ideas y declaraciones demagógicas que sólo desvían la atención de lo importante.
            Sin embargo, otros días pienso en los padres que se han suicidado ante la idea el desahucio, en otros que van todos los días a Cáritas y a la Cruz Roja para poder pagar la factura del gas en invierno o para poder llevar medio kilo de garbanzos a casa, en los que se han tenido que refugiar con sus padres pensionistas, cargados con unas deudas que es fácil que les persigan toda su vida… Y sobre todo, pienso en aquellos que no entienden nada, sólo que un buen día apareció un señor en la puerta con un papel y él tuvo que agarrar el primer juguete que se encontró y salir con lo puesto, expuesto para toda su vida al miedo, a la vergüenza y a la desesperanza.


Alberto Martínez Urueña 30-05-2013

jueves, 9 de mayo de 2013

Huérfano


            Corrían mediados de los ochenta, una época en la que un ciento veintisiete con un aparato de radio de los de entonces recorría las carreteras españolas en una versión totalmente ibérica de lo que esta imagen suponía en aquellos años. En la mayoría de aquellos viajes solían sonar los de antaño: Julio, Perales, Mocedades, alguna de Juan Pardo … También en aquella época se incorporó a la pequeña maleta portacasetes uno de los discos de La guardia, como reducto del modernismo que no acababa de consolidarse. Antes de aquello, en casa, habían llegado ya discos como Descanso dominical, Música es, El hombre del traje gris y algunos otros que sonaban en la radio, en casa de primos mayores o que surgieron sin saber muy bien de dónde.
            Había en esta historia una casa, la de unos amigos de mis padres en donde había una cadena musical, y en cuyos bajos sobresalía un disco de su hijo, amigo también, con cuatro tipos sentados en el suelo mirando a la cámara desde un fondo blanco enigmático. En aquellos momentos, mediados de los ochenta también, no era consciente de lo que tenía en mis manos, pero me enamoré de la primera canción del disco y no hacía más que ponerla, no me cansaba. En casa de mis padres también había una cadena, con aquel adelanto maravilloso que fue el disco compacto. El primer disco de todos, creo recordar, fue el Concierto de Aranjuez, aunque con ese me atreví un poco más adelante. Recuerdo que ponía alguno de aquellos primeros discos y me sentaba en el sofá, maravillado de poder escuchar aquellos sonidos, aquellas personas, aquel arte que se me brindaba a través de un sencillo cableado y unas cajas de madera. Llegaron los Beatles y sus cajas roja y azul, y descubrimos que también había otros dos que eran blanco y negro y que recogían las caras B de muchos de sus sencillos. Quizá entonces en que mis derroteros musicales se encaminaron más hacia la música extranjera.
            Fue a mediados de los años noventa cuando esta historia que os cuento comenzó a cobrar una intensidad y un sentido nuevos, incrementados de una manera exponencial, mágica. Ocurrió en unas navidades: llegaron a mi poder dos recopilatorios que fueron básicos desde entonces, fundamentales. En primer lugar, llegó a mis manos un recopilatorio de un grupo que después reconocí como aquellos cuatro sujetos sentados en el suelo: un doble disco que venía en una cajita de cartón dorado con el símbolo del grupo en la carátula; en segundo lugar, por mediación de aquel amigo, el recopilatorio de otro tipo con vaqueros y chupa de cuero, dado la vuelta y con una guitarra colgando del hombro. A éstos hay que añadir que, cierta noche de verano, rondando aquellos años, tuve la ocasión de escuchar el tema “Telegraph Road”.
            De aquellos discos puedo aseguraros que sólo conocía la canción que escuché de pequeño, “Radio Ga Ga”, y otra que se había puesto de moda gracias a la película Philadelphia. Para todos aquellos que améis la música como puedo hacerlo yo entenderéis que esos años trastocaron algo por dentro de éste que os escribe. Antes de dos años había adquirido todos los discos que hubiera de aquellos genios, y mi vocabulario se engrosó con nombres como Pulse, Rock transgresivo, Waking up the Neighbours y un sinfín de títulos, órdenes de canciones, duraciones y curiosidades.
            Lo vivido en aquellos días descubriendo aquel mundo, empapándome de aquellas letras, respirando aquellas sensaciones, alimentándome de aquellas emociones es algo que no puedo expresar con palabras, pero me gustaría. Porque sería la única manera de hacer entender lo que vino después, del horror que supuso y de los crímenes que cometimos. No quiero entrar en disertaciones sobre la naturaleza del ser humano y sus miserias, ni juzgar y condenar actitudes y sucesos, ya que por un lado, fuimos todos un poco cómplices, pero creo que sobre todo fuimos víctimas. Ni tan siquiera pretendo aseverar que fuera bueno o malo, pero fue, y desde entonces yo me siento algo huérfano y algo traicionado. Llegaron las nuevas tecnologías de la información, las redes de banda ancha y la proliferación de medios de comunicación que transformaron aquellas fábricas de emoción en unos y ceros susceptibles de ser transmitidos a un coste casi nulo, y el valor de todo aquello se trastocó, no sé cómo, de forma trágica.
            No sé si llamarlo pirateo, o simplemente derecho universal de acceso a la información: ése es un tema que trataremos en otra ocasión, y la verdad es que, comparado con lo otro, me importa un ardite. No hablo del precio que deban costar, sino del valor que tiene la concepción, elaboración y transmisión de un trozo de espíritu asido a unas notas musicales. Sólo sé que cuando me costó conseguir aquellos discos, mereció la pena intentarlo y amamantar mi alma con ellos; hoy en día, sin embargo, tengo discografías completas que ni tan siquiera he vuelto a mirar desde que las grabé en un disco compacto. No es nostalgia de un tiempo pasado, os lo aseguro, ni tampoco defenestrar a la tecnología y las grandes utilidades que nos ha conseguido; sin embargo, no puedo evitar reconocer en lo más profundo de mi ser que echo de menos algo de aquel entonces, y ahora, consciente de la pérdida, lo busco, anónimo como un viejo pescador en una playa desierta, en las cada vez más exiguas tiendas de música.

Alberto Martínez Urueña 09-05-2013

martes, 30 de abril de 2013

Un día de mierda en Iberia


            Os juro por la gloria de madre que normalmente estoy muy tranquilo. Soy una persona que lucho, como algunos sabéis, porque mi equilibrio mental se mantenga dentro parámetros relativamente normales. Siempre tengo presente a hombres, o más que a éstos, a sus palabras y enseñanzas, para inspirarme en el quehacer diario y alcanzar la proximidad a una utopía personal que a veces propugno en estos textos. Sin embargo, hay días, y éste es uno de ellos, en que el ritmo cardiaco se convierte en una samba brasileña y tengo sueños en los que enloquezco y alcanzo un placer cuasiorgásmico causando el mal a personas humanas. A determinadas. Os explico.
            Todo empezó más o menos normal a eso de las ocho de la mañana, recogiendo un poco la casa, desayunando tranquilamente unos copos de avena con leche de trigo y escuchando las noticias en el medio de comunicación por excelencia: la radio. Fue más o menos a eso de las ocho y veinte, imprimiendo unos papeles en casa (burocracia doméstica), en que al lobo estepario que llevo dentro se le escapó un colmillo por fuera de los labios y brilló en la oscuridad de mi mente. Hoy era el día en que a cierto torero se le iban a leer los cargos y la sentencia. Antes de proseguir, me remito a textos pretéritos en los que expreso con suma precisión los desajustes orgánicos que me produce la gente de la farándula española.
            Salí de casa, enganchados los cascos al móvil mientras escuchaba a Pepa Bueno contarnos una nueva confirmación de las premoniciones de más de cuarenta millones de españoles: donde el Gobierno dijo “no habrá más recortes, ni tocaremos los impuestos”, ahora retorcían la dialéctica del mensaje y lo trastocaban a “no queremos, pero el futuro…”. Ya lo decían los griegos, que las lecturas de los oráculos no siempre eran precisas, y dependían de múltiples factores; el problema es cuando los políticos empiezan a comportarse como seres mitológicos y a fiar sus previsiones en los hados: mis tripas empiezan a querer salírseme por el ombligo. Hoy no ha sido menos, claro.
            En estas estaba yo, dándole al coco para aceptar la variabilidad del sino, cuando la perra del saber estar cristiano y defensor de la fe verdadera en España nos hacía saber, el muy hijo de puta, haciéndonos un favor, a nosotros, la miserable plebe, que la ley del aborto que tiene en mente sería más restrictiva incluso que la que adoptaron los sociatas de mierda en el año ochenta y cuatro (no iba a ser él menos). Que los plazos esos que aceptan los infieles europeos no tienen cabida en un código legislativo que defienda la pureza doctrinaria de la Biblia y que de los supuestos para abortar, fuera los problemas físicos y las malformaciones del feto. Sólo faltaba. Reconozco, a fe mía, que ese fue el momento en que la digestión se me cortó y estuve a punto de vomitarme por encima.
            Pero no contentos con joderme la mañana, escucho al títere del Opus Dei aseverar que, para defender la dignidad y prosapia del castellano (como si hiciera falta, con más de quinientos millones de jumentos hablándolo), lo correcto sería inyectar dinero público en colegios privados de Cataluña que lo garanticen. Más dinero para sus amiguetes, más chorreo y baba bendita para los sacrílegos del Catecismo que dicen defenderlo. Y para los que son capaces de vender a su madre por cuatro perras.
            Andaba yo arrastrado (mi hermana de testigo), pensando en la de sorpresas que nos van a dar en los próximos Consejo de Ministros que, dentro de poco, conseguirán desbancar al fútbol en las parrillas de audiencia. El siguiente paso debería ser conseguir que la adrenalina cotizase en bolsa, y os aseguro que con tres o cuatro viernes de los que nos tiene acostumbrados nuestra vice sacaríamos al país de la ruina y nos acercaríamos en riqueza per cápita a cualquiera de los paraísos árabes donde las mujeres llevan joyas bajo los turbantes y, de los nacionales, sólo curra el tonto de la familia. Ya veo venir las próximas semanas en donde todo lo dicho hasta ese momento quedará devaluado por los acontecimientos y empezará a llovernos sal sobre las heridas… Los saltos van a ser apoteósicos, y el ingenio ibérico con respecto a nuestra bien servida mesa de insultos, quedará más que contrastado.
            Eso sí, la fiscalía, el brazo judicial del Gobierno, ha comunicado a todos los medios, tachán, tachán… ¡Qué no está de acuerdo con la sentencia a la Pantoja! En ese momento, la risa histérica me convirtió en el Joker y casi me estampó contra un gilipollas que no señalizó correctamente un giro a la izquierda en la salida de una rotonda.
            Maravilla española, gloria de la Historia europea, el Imperio donde no se ponía el sol… Hoy en día no sale, y de ello se encargan a conciencia todos aquellos que tengan un mínimo de treinta segundos en cualquier espacio televisivo, dejando el orgullo patrio tan arrastrado que de un tiempo a esta parte no lo reconoce ni su madre. Sin embargo, parece que siempre ha sido así. Leyendo El Quijote te sorprendes escuchándole como cuenta a Sancho todas las triquiñuelas de cada comendador, cacique o terrateniente, y de cómo el pueblo, oprimido, permanece sumido en la incultura más cerril y, por desgracia, más querida. Hoy, os lo aseguro, es un día de mierda en Iberia.

Alberto Martínez Urueña 30-04-2013

viernes, 19 de abril de 2013

Dignidad


            Es más fácil meterse con quien está en el Gobierno, eso está más claro que el agua. Sobre todo cuando queda tan patente que es un Gobierno clasista que lleva en su ideología el diferente rasero con que se ha de medir a unas personas y a otras, extremo demostrado por reiteración después de menos de dos años de Legislatura en donde se ha dedicado a sangrar a las clases media y baja para evitarle disgustos a la alta, que es donde están aquéllos a los que quieren pegarles un buen lametazo entre pierna y pierna.
            No es menos sencillo, por desgracia, entrarle al grupo mayoritario en la oposición, porque su inoperancia de no hacer nada en el Congreso, únicamente mirar los periódicos y sumarse a las iniciativas ciudadanas con más tirón mediático en un intento de hacer eso que han bautizado con “conectar con la calle” es bochornoso. Esto, unido a la incompresible decisión de no dar la patada al señor de barbas presente en el Gobierno que mareó la perdiz durante tres años de crisis, convierte todo en plasta alimentaria de digestión. Sobre todo porque durante los tres años de crisis que le pilló en el Ministerio de Interior, tuvimos más ración de esa “nada de nada”. Nada de nada de la reforma fiscal de la que ahora se llenan la boca, ni de organismos independientes de fiscalización de la gestión pública, ni de auténticos esfuerzos para meterle mano a la tómbola inmobiliaria… Yo no voy a hacer ese juego mugriento de la derecha española de apelar a la herencia recibida (malditas frases hechas), pero me cuesta mucho creer que, de llegar a los puestos de responsabilidad a los que tanto les gusta amorrarse, fueran a hacer algo para lo que harían falta, sobre todo, un par de cojones bien puestos.
            Por eso, y a pesar de que el fascio español, camuflado en la presunta derecha centrista, se pasa las horas muertas buscando la manera de desprestigiarles, tienen tanto mérito todas esas personas que se han comprometido de manera activa con sus semejantes. Estoy hablando de varias asociaciones que, de una forma u otra, están luchando por conseguir que esta sociedad sea más humana, enfrentándose contra los enemigos evidentes que son los políticos de mierda que tenemos en las cúpulas de sus partidos, esa especie nueva que no tardará en ser catalogada dentro de la rama de los réptiles cuya forma de subsistencia consiste en joder al prójimo maximizando una función que incluye su sufrimiento y su pérdida de dignidad.
            Pueden llamarlo de cualquier manera, porque al final, a cualquier persona con un mínimo de sensatez, y sobre todo, de empatía, no le pueden colar el gol que pretenden. Aseverar con el gesto serio y una media sonrisa de prepotencia que estas organizaciones son proetarras, filonazis y otras lindezas que se están llevando sólo pueden ser proferidas por personas sin ningún tipo de inteligencia, memoria histórica o vergüenza torera, al margen de que defienden la afirmación que he realizado en el tercer párrafo acerca de a quiénes tienen en sus filas. España, como nación, tiene muchas heridas abiertas, y entre ellas, una de las más importantes es que no hemos conseguido librarnos de esa casta sucia y rastrera que gasta su tiempo en intentar imponer su doctrina a sangre y fuego, mientras nos roban la semanada condenándonos a la subsistencia y a vivir de su limosna. Mientras que en el resto del mundo los países guillotinaban a sus reyes y demás sanguijuelas, impuestas por la mano divina, separando de una vez por todas del poder civil a esa casta sacerdotal con las manos manchadas de sangre inocente, nuestro país era el reducto de los Borbones y del clero, y de una nobleza empecinada en que nadie se les subiera a las barbas, más allá de cualquier otro razonamiento, aunque este fuera la auténtica gloria y progreso de esta nación.
            Así que, dejando a un lado el repaso histórico que esos bastardos amanerados se merecen (todos ellos, desde los que llevaban peluca hasta los que iban en faldas), me alegro de que haya ciudadanos que se atrevan a agruparse y asociarse y les toquen bien los cojones, con todo merecimiento. Todo ello a pesar de que, con esa miserable labia que gastan, se atrevan a atrincherarse en el Congreso, en edificios oficiales o en su casa, y cambien el espíritu, o directamente el texto, de cuantas leyes hagan falta para seguir teniendo al “Estado de Derecho” de su parte. Y antes de que nadie diga eso de que “las razones son evidentemente justas, pero las formas no”, yo afirmo que el problema es que los hijos de puta de la cúpula ya se lo han montado suficientemente bien para que sea la única solución auténticamente viable que les dejan a los más débiles y desprotegidos (esos por los que tenían que estar luchando a brazo partido) puedan hacer oír su voz.
            Este texto quiere ser un homenaje a todas esas personas, la mayoría anónimas, que han decidido luchar por… No usaré la palabra derechos o algo parecido, todo ello tan manido que ya carece de contenido claro. Esto es un homenaje por aquellos que saben que les están robando y están haciendo todo lo posible para que esta sea una sociedad donde cada persona, y no sólo únicamente ellos, también cada uno de nosotros, pueda ir con la cabeza merecidamente alta.

19-04-2013 Alberto Martínez Urueña

miércoles, 10 de abril de 2013

La auténtica noticia (y el verdadero espejo)


            Hay veces en que me quiero desquitar un poquito y soltar a los perros en esta crisis que tenemos, es cierto. Además, tengo la insana costumbre de creer que la ideología (ojo, ideología, no los partidos que la representan en este país, en particular uno que ha tenido responsabilidad de Gobierno hace no mucho) en esta sociedad en la que vivimos cuenta, y mucho, y que no es lo mismo ser de derechas que ser de izquierdas. Digo esto, porque hoy me encantaría revolcarme en el lodo como un gorrino castellano y soltar improperios a costa de la decisión de nuestro querido alcalde vallisoletano de inyectar ciento cincuenta mil euros del ala a nuestro querido equipo de baloncesto al tiempo que dejaba de pagar diez mil euros a una asociación vecinal dedicada a ayudar a gente que no tiene ni para comer tres veces al día. Cuando haya quien me diga que ahora la ciudad está mejor, más bonita y cuidada, gracias a la gestión de nuestro león particular, le recordaré esta noticia y añadiré que, del mismo modo que en las personas, la estética puede que sea lo primero que llega a la vista, pero las acciones más o menos humanas son las importantes, y las que llegan al corazón.
            Una vez que ya he dejado mi tarascada particular, la cual me guardo en el tintero para cuando lleguen elecciones y haya quien opine que votar al tocaconchas de siempre es lo más inteligente, regreso con las orejas gachas a mi covacha mental de estar hasta la flauta de Amelín de hablar de tragedias económicas y lindezas de la actualidad. Hoy quiero reivindicar una cuestión fundamental que me parece que son las noticias que tendrían que estar saliendo en la televisión, y no esas que nos envenenan en las que salen los puercos gubernamentales chupando cámara en un intento de convencernos de que lo que están haciendo es por nuestro bien y no por su particular servilismo con los verdaderamente poderosos del mundo que no quieren pagar un mísero céntimo de impuestos (auténtico sentido de las SICAV).
            La noticia importante, la que teníamos que tener todos en mente, y que no quieren que tenga relevancia por si acaso se nos ocurre tomar ejemplo y se generaliza, es la que hace referencia a la ingente cantidad de personas anónimas que se han levantado del sofá donde tenían el culo marcado y han empezado a plantearse el colaborar en esta sociedad que parece cada día más asquerosa. Por un lado tenemos a nuestros “representantes” empeñados en vendernos una mentira emperifollada con galas verbales (ya sabéis, lo de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, lo del esfuerzo de currar más y cobrar menos, las que suelta de vez en cuando el señor Rosell, amiguete de juergas dialécticas de la Merkel, y otra sarta de incongruencias), cuando lo que piensan está más acercado a aquella gran frase de Margaret, de que un joven de veintiséis años que todavía va en autobús es un fracasado.
            Sin embargo, por otro lado, tenemos una masa cada vez más crítica de personas que han comprendido que el mar está compuesto de pequeñas gotas de agua, todas ellas igual de importantes para componer un todo relevante. Así, la contribución de todas esas pequeñas personas cada vez más numerosas está consiguiendo hitos importantes que, aunque pocas veces salgan en los medios de comunicación y solo después de tocar mucho los machos, están ayudando a muchas personas a soportar y en algunos casos aplacar con hechos concretos el sufrimiento que los desalmados les sirven cada día.
            Sé que hay quien piensa que el fruto de su trabajo es sólo suyo, que está en su derecho de ganar cuanto más dinero mejor y que la propiedad privada es inviolable en cualquier situación y bajo cualquier supuesto, en pro de una seguridad jurídica que da tranquilidad a cada uno de nosotros.      Sin embargo, hay personas ahí fuera que su dinero lo está aportando a los bancos de alimentos y a las ONG’s, tanto de manera pecuniaria como en alimentos y productos necesarios. Incluso hay quien considera que su tiempo tiene valor, pero no precio, y colaboran de manera desinteresada en esas organizaciones, desde gente joven y de una riqueza de corazón espléndida (me viene a la cabeza Calor y café de la red Íncola) hasta jubilados que, en lugar de estar gastando su bien merecido tiempo de descanso, lo utilizan en el Banco de Alimentos. Y todo de manera anónima, desinteresada, sin más que una sonrisa y desde luego, sin ninguna búsqueda de fama.
            Cuando escucho la frase de que la sociedad es una mierda, tengo la tentación de secundarla dando saltos como un orangután descerebrado; sin embargo, después pienso en todas esas personas que consiguen dar un bocadillo a un sin-techo en mitad de una noche de invierno castellana, que visitan a ancianos y a moribundos en sus casas para que se sientan queridos, o simplemente en los que gastan su tiempo delante de una mesa ordenando papeleo necesario sin cobrar ni un céntimo como el que el egoísta no quiere dar vía impuestos. Pienso en ellos y entonces creo que hay algo verdadero y que es mucho más grande que las cifras macroeconómicas. Ésas son las auténticas noticias que tendríamos que estar escuchando todos los días, olvidándonos de los pocos hijos de puta que controlan la economía y la deshumanizan, y quizá así la perspectiva cambiara; quizá, viendo una y otra vez el maravilloso ejemplo que nos dan estas personas, y no tanta miseria humana, viéramos que no es tanta la mierda como parece y que depende directamente de cada uno de nosotros que así sea.

Alberto Martínez Urueña 10-04-2013