miércoles, 20 de febrero de 2013

Ciudadanos-persona


            ¿Qué nos acongoja a los ciudadanos como personas? Bueno, a cada uno lo suyo, por supuesto. Quizá debería replantear la pregunta al revés, y adoptaría un cariz algo distinto: ¿qué nos acongoja a las personas como ciudadanos? Parece que es distinto, y desde luego, gramaticalmente puedo aseguraros que así es. Sin embargo, esa distinción gramatical es algo que viene a ser bastante triste, pues estaríamos haciendo una especie de subdivisión de un universo en el que cada componente depende de todos los restantes. Estoy hablando del universo que es un ser humano.
            Vivimos en un mundo convulso, eso está claro, un mundo en el que hay demasiados intereses en que esas preguntas nos las hagamos por separado y así disgreguemos lo que somos. Esto trae como consecuencia una pérdida total de rumbo, de nuestro Norte, como una nave antigua en un mar desconocido en mitad de una noche sin poder ver las estrellas. Todo ello unido a la falta de seguridad en nosotros mismos, en lo que somos, por simple desconocimiento, y nos hace presas fáciles de los escualos que acechan en ese océano. Puedo aseguraros sin miedo a equivocarme que esto es así.
            Nos preguntamos continuamente qué podemos hacer en este mundo desastroso que nos está llegando de manera, en apariencia, inevitable. Reducimos las soluciones a las viejas respuestas que durante siglos nos han hecho avanzar, que nos han permitido evitar el aspecto cíclico de las cosechas, que nos han evitado morir de frío en invierno por la mala calidad de nuestras casas y que nos han dado un nivel de conocimientos y de intercomunicación humana más allá de los sueños de quienes iniciaron el camino con el teléfono o con la electricidad. Sin embargo, las viejas respuestas materiales nos llevan continuamente a situaciones paradójicas en el plano personal en las que solucionando un problema, generamos otro diferente; en el que para conseguir un avance, hemos de realizar un retroceso. Un ejemplo paradigmático de esto es pretender humanizar nuestras relaciones sociales en un contexto de competencia creciente en el que cada uno de nosotros somos un contrincante. Necesitamos enfoques nuevos, un salto cualitativo: si hemos avanzado hacia delante en este camino, necesitamos un salto hacia arriba que nos eleve a niveles diferentes de los que aprendimos.
            Muchos de vosotros estaréis a punto de llamarme utópico, soñador, iluso o incluso demasiado crédulo y confiado. Está claro que en el mundo el que vivimos poner tu confianza en la agrupación social es algo ingenuo y tenemos suficientes casos como para saber que todo esto es cierto, es así. Discrepo: yo digo que estamos contaminados seriamente por un veneno llamado cinismo que nos hace asumir la presunta maldad de las personas circundantes como un hecho, antes de ser incluso comprobado, exceptuando, por supuesto, a aquellas personas que te caigan bien.
            Y sin embargo, yo os digo que está sucediendo. Hay algo por detrás de los movimientos de protesta y revolucionarios, puede que conectados con ellos, pero que es algo diferente. Todo este movimiento social ciudadano que protesta y que está tan cabreado siente, por otro lado, una empatía con sus semejantes que está suponiendo un cambio en nuestra sociedad. La indignación por las situaciones sociales sobrevenidas de miseria en nuestro tan orgulloso primer mundo está haciendo brillar la solidaridad con nuestros coetáneos. Si bien no es algo de persona a persona, los bancos de alimentos, por ejemplo, recolectan cada vez más y más ayuda que llega de ciudadanos-persona comprometidos con sus semejantes; incluso empresas movidas por criterios de maximización de beneficios donan parte de sus existencias a estas corporaciones sin ánimo de lucro. ¿Por un motivo de publicidad, de estrategia empresarial? Eso cuéntaselo al hombre de cuarenta años en paro con dos hijos a su cargo y a punto de ser arrojado de su casa a la fría calle. Le dará igual el motivo por el que sus hijos comen ese día.
            Organizaciones no gubernamentales, por no mencionar a Cáritas, y otros acrónimos por todos conocidos, reciben día tras día el apoyo de personas que no buscan más que tener una existencia más humana al tener en cuenta en sus actuaciones a personas que no conocen de nada, pero que lo necesitan. ¿Os preguntáis qué podemos hacer los ciudadanos para cambiar este mundo, o al menos para mejorarlo?
            La conciencia humana es algo inherente a todos, aunque todo el materialismo circundante orientado a satisfacer deseos inmediatos haya provocado que esté adormecida y autojustificada en la apatía. ¿Queremos un mundo mejor? No hace falta subirse a un atril en mitad de un mitin electoral y soltar un elocuente discurso, enfervorizando los ánimos de los participantes como lo haría William Wallace antes de una batalla. Los líderes-gestores son necesarios para una colectividad grande como pueda ser un país, y no hay que desterrar a la política por culpa de políticos que no saben estar a la altura. Pero el camino se inicia dentro de uno mismo, ampliando la conciencia adormecida para ser capaces de discernir ese algo que te está indicando un camino correcto que haría de tu vida algo pleno. Las antiguas respuestas nos dieron instrucciones que nos llevaron a lo que ahora tenemos. Sin embargo, una ciudadanía compuesta de ciudadanos-persona plenos podría suponer ese cambio cualitativo que nuestra conciencia, tanto personal como colectiva, está deseando en su fuero interno. Y la responsabilidad de esa transformación está dentro cada uno de nosotros.

Alberto Martínez Urueña 20-02-2013

martes, 19 de febrero de 2013

¿Dónde estamos?


             Han pasado ya más de cuatro años desde que Lehman Brothers iniciara la crisis económica más brutal de los últimos ochenta años (desde la del 29). Que la iniciara públicamente: evidentemente estas cosas se van gestando con el tiempo, con bastante tiempo, no en dos o tres meses. A cada país de este mundo le ha afectado de una forma u otra, en todo caso, desastrosas. Todavía recuerdo aquella época del crecimiento económico, del superávit fiscal, del paro por debajo del nueve por ciento…
            En estos últimos años han sucedido tantos hechos tan extraordinarios que no sabes por dónde empezar a hablar si quieres sacarle algún juguillo al tema. He estado escribiendo al respecto desde antes la quiebra de aquella compañía, y al final se seca la tinta metafórica, y también la de la impresora. Creo que todo este tsunami de sucesos, de informaciones, de rebote ciudadano, cabreo social e indignación monumental al final no deja de ser un hilo ininterrumpido de un guión concebido por una mente malévola, un guión de lo que viene a ser una constante perfectamente identificable: un completo desastre a todos los niveles. ¿Que dónde nos encontramos? Buena pregunta.
            Los ciudadanos hemos visto como nos han ido dando una tras otra puñalada entre la columna vertebral y las escápulas, justo en el lado izquierdo, manejados por entes que desconocemos y que ordenan sin escrúpulos a políticos incapaces de defendernos las medidas a adoptar. Salvando ciertas hienas ideológicas, mediáticas, periodísticas, muy interesadas en mantener este status quo, haciendo un poco de limpieza de cara y dejando el cadáver insepulto, creo que la inmensa mayoría de ciudadanos nos hemos dado cuenta de que nos están tomando el pelo a conciencia. No en vano, los políticos han corrido a hacer reformas en todo tipo de sectores mientras que se resisten, espartanos, a hacer las reformas que realmente necesita este país.
            El problema que hay ya no es de ideología. No es tampoco un problema sobre las medidas económicas (que también, pues nos quieren hacer creer que sólo hay una posibilidad en este campo, mientras que cualquiera con un poquito de lucidez sabe que en eso de la economía se puede elegir entre varias opciones). Todo eso está muy bien y son temas importantes. Sin embargo, el problema que hay en este país es que no hay nadie con la posibilidad y capacidad de organizar toda esta ruina que quiera hacerlo, o que haya querido. ¿O acaso os pensáis que llegamos a esta crisis en las mejores condiciones? No, y el que diga lo contrario que salga de la casa porque no nos sirve. En España llevamos un montón de años con políticos que lo único que hacen es ir matando la araña, dejando pasar las cuestiones importantes esperando a ver si no les pilla a ellos en el ajo y bregar poco a poco para tener un señorío dentro de este reino de taifas. En fin, ese discurso que sabemos todos y que deslegitima de raíz cualquier otro que nos quieran vender ahora: al menos, para mí, ya es demasiado tarde para que se quieran justificar. No quiero entrar ya en los temas más manidos, pero muy clarificadores como por ejemplo los desahucios: demuestran todos ellos que la capacidad de nuestros dirigentes para ponerse en nuestro pellejo es igual que la de una hiena del Serengueti.
            En España tenemos una clase empresarial que cada vez que salen sus máximos representantes parece que ha llegado el circo. En muchos e importantes casos, empresarios de palabra fácil, beneficio inmediato y artes de bucanero somalí, incapaces no ya de tener un mínimo sentido social, si no de entender conceptos como el de empresa en funcionamiento, que si bien para los neófitos en economía no significa nada, para los que nos movemos un poco en el tema, sabemos que los negocios se hacen pensando en que la empresa va a durar un poco más de dos meses, y que quizá hay que sacrificar un poco el beneficio inmediato para favorecer la solidez a largo plazo.
            Y luego en España tenemos una ciudadanía que parece que quiere despertar y no sabe cómo hacerlo. Por un lado, la sensibilidad crece, y por otro lado, en lugar de ciudadanía avanzada somos el vulgo de la Edad Media, inculto, analfabeto y además orgulloso de serlo. Tened clara una cosa: la sociedad sólo cambiará a algo que nos guste un poquito más (no mucho, todavía quedarán muchos sátrapas a los que derrocar) cuando cada uno de nosotros deje de mirar al sujeto que sale en la tele, dispuestos todos a despellejarlo vivo, y nos miremos algo más a nosotros mismos. Que nos miremos no como una agrupación que somos, inevitablemente, sino como individuos que la formamos, y con la inherente responsabilidad de tener una conciencia cada vez más amplia. Vamos, que siempre habrá bastardos de los que protegernos, pero que cada uno de nosotros ha de trabajarse a sí mismos y de esta manera, convertirnos en mejores ladrillos para construir ese edificio que cohabitamos todos juntos. ¿Que dónde estamos? En el momento de hacer esto, en el momento en que cada uno de nosotros ha de transformarse a sí mismo como único medio para que nuestro entorno sea un poco más amable.

Alberto Martínez Urueña 18-02-2013

De película


            Y andaba yo queriendo empezar el año escribiendo sobre las cuestiones importantes de la vida, sobre la evolución personal y las elecciones fundamentales de nuestra existencia… Maldito Bárcenas… “Malditos bastardos”…
            Hasta hace no demasiado tiempo, hasta que Zapatero empezó a sufrir de ceguera económica (no está claro cuando comenzó la enfermedad), coleaban todavía, como áspides de “Cleopatra”, los asuntos aquéllos de los fondos reservados de González, el terrorismo de Estado, las imputaciones de determinados altos cargos… Corrían los primeros noventa y apareció el adalid de la nueva derecha en España bramando como un personaje de “El señor de los Anillos” contra esos sociatas de mierda que se dedicaban a esquilmar el país al modo “Ichi the Killer”, y ofrecía sus servicios a la ciudadanía para hacer de nuestro país, un país como Dios manda. Todo parecía una epopeya como la de aquellos bastardos que se dedicaron a uniformizar España hace siglos, y si ahora no se puede tirar a nadie nacido en nuestra tierra al mar, se quedaron con las ganas.
            Mientras tanto, una alga negra crecía en el seno de aquellos prístinos lagos, bregando y alimentándose entreverado con aquella pureza. Oculta entre ellos, fue aprovechándose y creciendo. Se llamaba Bárcenas. Furtivo entre la luz inmaculada que expelían por los poros aquellos que le rodeaban, consiguió hacer su ilícita fortuna y, desagradecido después de años, señaló con el dedo y con sobres a sus escudos humanos.
            O algo así es lo que pretenden hacernos creer.
            Al mismo tiempo, o un poco más tarde, el señor bajito y con bigote que hablaba como si España fuera suya y que sabía lo que había que hacer en cada situación, ponía de excelentísimo señor Ministro de su Gobierno a un tal Jaime Matas que, inmerso en su desconcierto mental, no recordó que la derecha española no soporta sedicionismos y se transfiguró en Jaume. Más aún, no recordó que la derecha española no se corrompe y, al frente de uno de los reinos de taifas de nuestro país, queridos por los gallegos, vascos y catalanes y mantenidos por los pérfidos acrónimos PPSOE, hizo un elegante ball de bot al estilo “Mensajero del miedo” y para ello le fabricó un traje a medida a su partido insular. Un traje a base de euros de los que seguramente algunos caerían en sus alforjas.
            Esa es, grosso modo, la historia que han contado.
            También existió en tierras de “El Cid” otro excelentísimo señor de irreprochable sonrisa digna de la mejor pasta de dientes. Encaramado en su cordel de popularidad cual folclórica evasora de Hacienda, nos dejó los últimos ramalazos de su luz bucal mientras escuchábamos aquellas grabaciones en las que departía con un señor, o algo que se le parecía, salido de la película de “El enemigo público”, de Cagney. Aquellas hilarantes frases entre amiguísimos, más de la posterior “Un, dos, tres” del mismo actor, no fueron suficientes para “Doce hombres (y mujeres) sin piedad”, pero sí para millones de ciudadanos anonadados ante la contaminación en el hotel donde estaba el jurado.
            Esta fue la película, y así la resumieron.
            No falta, por supuesto, quien no mire de cerca al centro de España. Capital ilógica, nombrada tal en una época en que éstas se colocaban al lado de un río accesible por mar, como pudiera ser Londres o Roma, aquí la metieron enclaustrada en el monasterio formado por el Sistema Central. Y aquí, posteriormente, la metieron en el lodo a costa de tramas Gurtel, o más bien sekspirianas, y adjudicaciones contractuales dignas de “La tómbola”. La niña de la película, cantando lo hacía fetén, pero la letra era una auténtica cloaca de desechos lógicos. No te digo ya cuando al vice de la expresi, ahora presi cual “Julio César” le dio por elevarse a los cielos en un altar de quinientos metros cuadrados en la Costa del Sol que, primero intentaron que no fuera investigado, y después fue obviado como lógico hasta que “El cuarto poder” le metió mano.
            En ellas estamos, a ver qué desenlace grotesco nos deja cual montaña helada (Cold Mountain).
             Como veis, sin necesidad de hablar de economía, nos sale un texto de película; eso sin contar lo que haya oculto, igual que hacían Dustin Hoffman y Robert deNiro en aquella “La cortina de humo”. Porque no olvidéis una cosa importante: si esto es lo que sabemos, ¿qué será lo que nos están ocultando?
            No pretendo hacer un alegato a favor o en contra del Partido Popular. A favor, después de todo lo anterior me parecería igual de grosero que la niña del exorcista orinando delante de los amigos de su madre. En contra, por desgracia, en este país, habría mucho individuo con lo peor de Rain Man y de Darth Vader que me acusaría de ser el Pluto del PSOE. Al final, no es una cuestión de ideologías como en “Rojos”, es que nuestros políticos parecen los protagonistas de “Brother” pretendiendo negociar con Gordon Gekko.
            Ahora, el que quiera que me diga que si los ERE’s de Andalucía. Todo aquel que pretenda defender este guión mediante la contraposición con el otro, demostrará que estamos abocados a teleseries de los del mediodía de fin de semana. Y que es un poco cómplice, por cierto.

Alberto Martínez Urueña 21-01-2013

jueves, 20 de diciembre de 2012

Un inciso (o lo que pienso de ciertos temas)


            Hoy voy a hacer un inciso, y a lo mejor hasta os dejo descansar un poco en la longitud habitual de estos textos. Necesito decir algo que me está quemando en los labios, y como gritar me dejaría sin voz, lo traslado al teclado a través de mis dedos.
            A nadie nos gustan las hipocresías, o al menos a las personas con un cierto nivel intelectual: seguramente si rebuscamos entre los estercoleros de agrupaciones políticas y otras guaridas de bucaneros y piratas habrá quien justifique, utilice y haga gran pompa y zarandaja de su uso. Hay quien utiliza el arte de la dialéctica para descender al infierno de la tergiversación; hay quien habla con grandilocuencia y buen lenguaje, y no esconde más que demagogia y frases fáciles para masas amorfas o malintencionadas y egoístas. Podríamos estar discutiendo noche y día y viceversa sobre por qué hay una parte de la sociedad en la que vivimos que pretende imponer sus criterios sobre la otra parte, y porque esta otra parte lo único que quiere es que cada cual viva según sus criterios sin meterse en la manera del prójimo. Podríamos discutir una y otra vez donde se encuentran los límites a la imposición de criterios económicos sobre criterios humanos, es decir, hasta cuando es ético y lícito que los criterios de maximización del beneficio empresarial o accionarial primen sobre la indignidad de un niño desahuciado o de un hombre de cincuenta años condenado a la subsistencia.
            Todos estos temas estarían expuestos a los usos fraudulentos que antes exponía; también podrían estar expuestos a la argumentación egoísta. La argumentación egoísta es mucho más sencilla que el juego de manos que algunos pretenden colarnos; la argumentación egoísta es tan sencilla de explicar como decir que el dinero que gano con mis negocios es mío y de nadie más, y que en mi “lícito” afán por enriquecerme hasta traspasar todo límite no tengo porqué tener cortapisas en mi esfuerzo. De igual manera que yo me esfuerzo en ganar todo el dinero que pueda, el prójimo puede esforzarse igualmente y conseguirlo antes que yo, y de esta manera hacer que todo el sistema funcione. No en vano, ya quedó explicado de acuerdo a la teoría de la mano invisible de Adam Smith, teoría sobre la que levanta sus pilares la mayoría de la estructura neoliberal. En ocasiones ocurre que los usos fraudulentos son utilizados como herramienta en el camino para conseguir ese lícito afán de enriquecimiento. También es cierto que la frontera de esa licitud nunca queda clara cuando se argumentan estos extremos, si a la reducción de salarios a niveles de subsistencia, si al expolio de grandes cantidades de terreno en países del tercer mundo, a la venta de armas a dictadores africanos, a la venta de estupefacientes o a la trata de personas.
            Y con toda esta lucha retórica, seguramente una de las más antiguas de la Historia, hemos llegado a la Sanidad. Desde que empezaron a surgir diferencias en la capacidad de renta de cada persona siempre hubo un grupo que defendía su derecho a conservar lo suyo y otro grupo que argumentaba su contribución en la creación de esa riqueza. No es un argumento baladí, pero no voy a secuenciar aquí el desarrollo de, por ejemplo, Marx, entre otros motivos, por dos básicos: existe la posibilidad de ser rebatido por quienes sepan más que yo de economía y el principal intento de este texto es argumentar que los criterios económicos no valen en algunos campos, como es el derecho a una Sanidad universal de calidad. No sé si la Sanidad pública es más o menos eficiente que la privada; de hecho, este debate tan actual ha dejado claro que no existen estudios lo suficientemente contrastados para sostener tal afirmación. Lo que sí que ha quedado contrastado es que el coste individual de una sanidad como la que todos necesitamos es superior a las posibilidades de renta que tienen algunas personas y que, al no poder costearse los tratamientos, quedan dejados a su suerte, en muchos casos una muerte recubierta de indignidad y abandono. No creo que haya nadie que, preguntado directamente, esté de acuerdo con dejarles morir como perros callejeros.
            Pero todo esto sería si realmente pensase que detrás de todo este proceso de desvergüenza gestora estuviera motivado por criterios de eficiencia pública. Sin embargo, creo que nos enfrentamos a otro problema más serio y, como ésta es mi columna, doy mi particular opinión. Más allá de cuestiones económicas, creo sinceramente que existen ciertas personas u organizaciones dispuestas a hacer de esa necesidad sanitaria que todos tenemos un negocio lucrativo guiado por el criterio de maximización de beneficios de la que antes hablaba. Creo que estas personas antepondrían un gasto excesivo a la necesidad de un tratamiento adecuado y además, valorarían la posibilidad, no de que la persona muriera, sino la posibilidad de enfrentarse a una demanda y perderla. Creo firmemente que esas personas que quieren hacer negocio con la sanidad son personas ricas, conservadoras y derechas, directa o indirectamente relacionadas con los gestores que, haciendo un uso fraudulento del poder que los votos les otorgaron, planean entregársela en bandeja. Estos que estos gestores que se amparan en la legitimidad democrática por la que tienen una mayoría absoluta no tienen claro que esos votos para lo que habilitan es para gestionar lo público, no para vender algo que no es suyo. Creo firmemente que hay lobbys detrás de estas intenciones, creo que la intención no es hacer más eficiente la sanidad, sino que estos lobbys ganen aún más dinero. Y precisamente, en base a este razonamiento y a esta creencia, proclamo que estos actos demuestran la catadura moral de quienes les comenten.

Alberto Martínez Urueña 20-12-2012

martes, 18 de diciembre de 2012

Posibilidades


            Cuando empecé la serie de textos que llevan por título La pregunta, pretendía insistir en varias ideas que venían motivadas por una cuestión primordial, y que cada día se repite de manera insistente: ¿qué es lo que podemos hacer, de manera individual, cada uno de nosotros en esta sociedad en la que vivimos?
            Son varias las conversaciones que he podido tener a este respecto en los últimos meses, y entre todas ellas, pude sacar varias conclusiones que me llevaron a considerar un patrón más o menos fijo: todos y cada uno de nosotros mezclamos en las posibles soluciones más o menos utópicas una idea de venganza contra aquellos que consideramos responsables, no ya de la crisis económica que ahora nos ahoga, sino contra los que convierten esta sociedad en un lugar donde prima la dirección de unos pocos movidos por sus intereses egoístas; intereses que, generalmente, suponen que ellos ganen para que nosotros perdamos, ya sea en aspectos monetarios o en otros como puedan ser los derechos sociales.
            Sinceramente, creo que la solución que pretendamos aportar debería estar limpia de valoraciones negativas. No hablo de dejar impunes las injusticias que puedan suceder, pero el sistema actual de condenas y sanciones no está estructurado para que la defensa de la propiedad privada, ya sea un simple piso de cincuenta metros cuadrados y una cuenta corriente exangüe o un palacio de mil quinientos con inversiones financieras de varios millones, sea vulnerada por valoraciones de justicia equitativa que lleve al expolio de los más ricos. Al margen de que el hecho de ser rico no es lo mismo que ser indecentemente rico, y es algo que está sujeto a demasiadas valoraciones.
            Además, el análisis de la Historia nos lleva a darnos cuenta del descrédito que tienen tanto los liderazgos como las revoluciones más o menos violentas. No porque tanto con los primeros como con las segundas no se haya llegado a mejoras sustanciales: no caeré yo en la hipocresía de argumentar que las distintas revoluciones no consiguieron la abolición de la esclavitud, el sufragio universal o el derecho a la libertad de expresión. Tendemos a minusvalorar avances pretéritos porque no nos tocó vivir lo que suponían los estados anteriores, y porque nos dejaron a nosotros papeletas sin vender de esta fiesta; sin embargo, no podemos entender lo que sucedió entonces, sólo disfrutar lo que de ello devino.
            La pretensión del hombre, desde hace mucho tiempo, ha sido transformar el mundo para intentar hacerlo más amable, más humano; sin embargo, da la sensación de que siempre ha habido alguien intentando que esto no sucediera. Una y otra vez nos hemos topado con una muralla de intereses de unos pocos con capacidad para imponerse al resto; unos pocos que, además, han considerado justo la diferente condición que puede suponer su existencia comparada con la de padres en el paro y niños con hambre en casa. Ni que decir también de las circunstancias que se pueden dar en África, a pesar de que para esa clase de personas suponga igual de justo lo anterior.
            Es complicado no querer vengarse de aquellos que limitan nuestro potencial como sociedad para poder alcanzar cotas de bienestar que alcancen a la totalidad de sus miembros. No entro ya en la opresión que puede sufrir un oficinista que tiene a su jefe subido a la espalda, el cual considera que es más justo (y además es su función, y para eso le pagan) llevar al subordinado a límites que rayan el deterioro físico y psíquico en un afán de aumentar la productividad. Hablamos de opresión, en genérico, y después que cada uno se ponga su ejemplo. Es complicado no querer destruir las bases de un sistema económico que no admite que quieras tener un puesto de trabajo más o menos tranquilo, sin grandes aspiraciones laborales, y que cuando no entras por ese estrecho aro, te pone calificativos de vago cuando menos. En fin, es complicado no querer vengarse de quien quiere arrebatarle a nuestro entorno la humanidad que todos necesitamos, cubriéndola con y anteponiendo criterios de economía y eficiencia, cuando todos ellos deberían ser subordinados al primero, al primordial.
            Como siempre, cuando se habla en estos términos, queriendo transformar la realidad hacia una utópica visión que, de alguna manera, todos tenemos, vemos lo inalcanzable del intento. Así pues, la propuesta acaba siendo siempre la misma: intentar mejorar el pequeño entorno en el que te muevas, intentando hacerlo cada vez más habitable y, quizá, indicando con tu ejemplo simplemente la posibilidad de llevarlo a la práctica. La cuestión es que el “hecho inexorable” de que con esto no cambiaremos la gran realidad se impone y nos derriba una y otra vez. Quizá, y digo sólo quizá, deberíamos dejar de intentar cambiar el mundo, y simplemente intentar hacer que nuestro pequeño entorno, hasta donde llegue en cada uno de nosotros, hacerlo un poco más habitable. Quizá, y digo sólo quizá, la solución para este mundo que parece cada vez más corrompido sean los pequeños gestos que tampoco cuesta tanto hacer, como puede ser ceder el paso a una persona mayor, regalar una sonrisa a quien te cede el paso. Y cuando nos topemos con aquel que no corresponde, si no somos capaces de sonreírle igualmente, al menos no revolcar a sus muertos en una montaña de estiércol.

Alberto Martínez Urueña 18-12-2012