miércoles, 19 de septiembre de 2012

Aprender a mirar


            Las puertas de la tasca se abrieron con un chirrido, dejando entrar un haz polvoriento de luz crepuscular. Había llegado hacía sólo diez minutos y la cerveza que había pedido al tabernero no había tenido tiempo ni de templarse; las plantas de mis pies todavía me ardían dentro de las botas de cuero. Los diez o doce hombres silenciosos que estábamos allí alzamos la mirada ligeramente para observar al nuevo, pero únicamente yo mantuve la mirada después de medio segundo, pues la cara de aquel joven me resultó familiar: era el aprendiz con que había coincidido en otras ocasiones igual de fortuitas.
            Observándole de soslayo le vi pedir agua para un par de cantimploras, y unos pedazos de pan seco y carne en salazón, y en dos minutos salió del local. Yo tardé cinco segundos en beberme el medio litro de un trago y salir detrás de él. Bajo la luz mortecina, pude descubrir dos figuras polvorientas y andrajosas, una de ellas encorvada, dirigiéndose hacia las afueras de la ciudad. Ni qué decir tiene que fui tras ellos.
            Según me acercaba, furtivo, al corral donde se guarecieron sentados contra una tapia, les escuché en una de sus extrañas conversaciones, misteriosas para mí, pero atrayentes. El anciano escuchaba, mientras el joven argumentaba con ardor cómo las distintas corrientes de pensamiento que han poblado la historia del ser humano, a lo largo y ancho del globo, habían intentando establecer cuáles eran los parámetros de la búsqueda humana.
            - Es decir, - argumentaba el chico. - después de tantos hombres buscando una misma cosa, al final ¿cuál es la conclusión? Es decir, cada corriente se centró en aquello que suponía fundamental: los griegos en la búsqueda de su sophia, las distintas religiones han buscado la prueba de Dios, la ciencia trata de llegar a principios sencillos, básicos, que rigen la realidad física que habitamos… No hago más que preguntarme qué es lo importante en la vida, y no acabo de alcanzar una conclusión. Vamos, yo creo que hablo de la búsqueda de la Verdad con mayúsculas.
            Observé por un pequeño agujero como el anciano escuchaba con una sonrisa benevolente en el rostro hasta que llegado ese punto, levantó la mano derecha y su alumno acalló la verborrea, sorprendido.
            - Cierra los ojos. - indicó el anciano. - ¿Qué ves?
            - Nada de nada, claro. - aseveró el chico, confuso.
            - Ahora, ábrelos y dime qué es lo que ves.
            - Bueno, es casi de noche, pero todavía puedo distinguir el pueblo, las montañas a lo lejos, hay unas granjas y…
            - Esa es la única Verdad. - cortó el anciano, suavemente, pero con rotundidad.
            - ¿Qué? ¿La naturaleza? ¿Un grupo de ciudadanos?
            Pero el anciano únicamente sonrió, sin decir nada más, críptico. Me pasé un rato abriendo y cerrando los ojos, sin comprender muy bien lo que pretendía el anciano con aquel juego, y reconozco que casi me mareé, así que me recosté también contra la tapia, por el otro lado, y casi me quedé dormido.
            - No sé si he comprendido, maestro. - dijo el chico al rato, desvelándome. - ¿Qué quieres decir con eso? - puse toda mi atención, a ver si decía algo coherente.
            - ¿Por qué te haces todas estas preguntas? - replicó el anciano, con su paciencia infinita, haciendo que me desesperase un poco.
            El chico se le quedó mirando sin atreverse a responder, hasta que balbuceó un par de respuestas.
            - Supongo que es el objetivo que me he marcado en la vida. No me gustaría descubrir con los años que he malgastado mi tiempo en cosas fatuas mientras lo importante se me escapaba sin darme cuenta.
            - Es decir, por el ego y su germen: el miedo. - aseveró el anciano. - El miedo es el velo más espeso que tapa nuestros ojos, que fabricamos nosotros mismos y al asidero que se agarra el ego para quedarse en su trono. Da igual lo que sea que busques: si el miedo te domina, no encontrarás nada de lo que hablas. Has de encontrar la raíz de tu miedo, y extirpar esa mala hierba de tu alma para poder encontrar lo que buscas. - dijo el maestro haciendo un gesto como si arrancase algo, y después miró hacia la penumbra, o quizá incluso más allá de ella, antes de seguir. - He conocido a muchos hombres a lo largo de mi vida que hablaban de ella, o querían encontrar la verdad de cada cosa. Había unos que se pasaron la existencia descubriendo a las personas su verdad, y cuando murieron nadie recordó sus discursos. Había otros que se pasaron la existencia recapacitando profundamente sobre esa Verdad de la que hablas, y cuando murieron, al mirar hacia atrás, solamente vieron palabras estériles jalonando una vida poco fructífera. Y hubo otros, muy pocos, uno de ellos mi maestro, que cuando le pregunté cuál era la Verdad, me dijo una cosa: ¿para qué quieres saberla? Vive absolutamente, ama absolutamente y mantén los ojos abiertos, por si acaso algún día aparece.
            - ¿Y qué hizo usted?
            - Desde entonces intento aprender a vivir y amar absolutamente, y a mirar.

Alberto Martínez Urueña 19-09-2012

jueves, 26 de julio de 2012

Cuestioncillas


            Es obvio e innegable que, cada vez que encendemos la televisión, conectamos la radio, leemos las noticias de prensa escrita y digital, o nos ponemos a conversar con el codo apoyado en la barra de un bar, el tema acaba siendo el mismo. Curiosamente, todos parecemos coincidir en lo básico, lo que me lleva a pensar, cada vez con más recurrencia y seguridad que la gente empieza a entender que el principal problema de España no está en la orientación del partido político en el Gobierno, ni en el ritmo de vida de la clase media, ni en los extranjeros que se aprovechan de la Sanidad pública y gratuita, ni en la Educación universal… Simple y llanamente en unos dirigentes cobardes incapaces de gobernar a todos por igual, sino que exprimen a la mayoría de los ciudadanos para evitar verse las caras con el hombre del saco, o propietario del capital, que viene a ser lo mismo para los dos barbas, el anterior de la ceja y el previo a éste, que tenía pinta de Hitler morenito. Esos, y sus acólitos, todo sea dicho, que alrededor de los perros siempre nos encontramos con sus correspondientes piojos, garrapatas, chinches y demás chupópteros del género latino y la familia hispánica.
            Pero no quiero este texto que sea igual a los anteriores, un derroche de verborrea literaria en la que decir lo que todos pensamos y que se ha escrito ya por activa y por pasiva. Como todos pensamos lo mismo, pero los que están ahí arriba no nos hacen caso y demuestran que se la suda mucho lo que podamos pensar aquéllos que, o les hemos votado, o tenemos representantes con los que han de ponerse de acuerdo a la hora de tomar decisiones. Por otro lado, a lo largo de unos días y semanas, he estado recopilando frases o preguntas que me sugiere todo esto y que querría compartir con vosotros, y que, si queréis o podéis, las respondéis por mí.
            En primer lugar, hablan de recuperación económica, con un crecimiento del uno y medio o quizá algo superior en dos mil catorce; por otro lado, está comprobado que en España se empieza a crear empleo a partir del dos o dos y medio por ciento de crecimiento. Es decir, prevén mantener el sufrimiento de los parados hasta dos mil quince, como poco.
            Nos hablan de medidas inevitables sin explicar el porqué de esa inevitabilidad; sin embargo, no nos hablan de medidas alternativas que en Economía siempre existen y en lugar de informarnos de ellas, nos piden un acto de fe. La confianza se gana, y de momento, vamos jodidos en ese partido.
            Nos hablan de que los mercados impersonales son los mejores jueces, y por eso nos aplican medidas neoliberales; sin embargo, al mismo tiempo sueltan a los vientos que los intereses que pagamos por financiarnos no son justos. Llevan sin ser justos cuatro años, al parecer. Además, decían que estos mercados son los mejores medidores: eso deja a nuestros gestores a la altura del betún. O del fango que pisan los zapatos que llevan el betún.
            Nos aplican medidas de recortes que hacen sufrir a las capas más desfavorecidas, dejando libres a las capas altas, argumentando que, de aplicarles medidas fiscales más fuertes, se llevarían su dinero a otra parte. Sin embargo, la mayor parte de ese dinero es especulativo, que no productivo, y no pasaría nada si se marcha a otro lugar. Es más, los análisis comparativos con otros países de nuestro entorno demuestran que las rentas del capital pagan mucho menos en España que en otros países, lo que nos da un margen para poder aumentar su carga impositiva.
            Justifican los aumentos de IVA en base a las recomendaciones internacionales; sin embargo, esas recomendaciones también hablan de otras dos cuestiones que no aplican, entre otras: el tipo impositivo sobre la renta de los trabajadores es sensiblemente más alta que en otros países, y esto estrangula el consumo y la recuperación, y recomiendan disminuirlo (aquí nos pidieron un esfuerzo impositivo transitorio, sinónimo de hachazo); la otra es que el tipo de gravamen general de las grandes empresas es del treinta por ciento, pero con las deducciones y bonificaciones, la media está en menos de la mitad de ese porcentaje (dicen que son para incentivar ciertas actitudes, pero desde luego la de contratar trabajadores no debe ser).
            Sólo por terminar, y ya puestos en materia biliar, están tratando de evitar ante todo que nos intervengan los llamados hombres de negro. Esto supone que no podríamos financiarnos en los mercados, pero por otro lado, piden la intervención del Banco Central Europeo, y estas dos cosas son lo mismo. Viendo el desaguisado en el que nos han metido estos inútiles, no tengo miedo a ninguno de esos hombres de negro, casi deseo que vengan. Por un lado, nos aplicarían racionalidad económica en este país de pícaros y sodomitas políticos a los que gusta que sus representantes se codeen con mafiosos bigotudos; por otro lado, ya que nosotros al parecer no podemos, quizá dieran un poco por el culo a esos hijos de puta que han dilapidado nuestro dinero público. A lo mejor no conseguimos que lo devuelvan, pero por lo menos, les quitarían la cuota de poder que ahora tienen y que, ha quedado demostrado, es lo único capaz de motivarles un comportamiento dedicado y decidido. O quizá un rato de excitación sexual.

Alberto Martínez Urueña 26-07-2012

martes, 17 de julio de 2012

Basta de lindezas


            Llevo un tiempo decidiendo cómo afrontar esta nueva entrega de la caidita de Roma, o más bien España. No sé de qué manera expresar mi propia opinión, que viene a ser la de una gran mayoría de personas que se enfrentan a la coyuntura de estar siendo literalmente violados en las callejuelas oscuras de nuestro podrido sistema socioeconómico. Os juro por la gloria de la madre de esos hijos de la política que viven aferrados a la bancada del Congreso (el Senado simplemente es un lugar donde cobrar y engordar de manera anónima en lo que te llega la jubilación millonaria) que he intentado no ser agresivo o demagogo en esta nueva columna, pero me resulta total y absolutamente imposible ver el panorama y no reptar por las paredes, o en este caso, por el teclado, como una víbora asesina buscando cobrar su venganza.
            Vivimos secuestrados en un sistema político que desoye por completo el clamor de la ciudadanía, y cuando uso estas palabras, lo hago a sabiendas de cuál es la definición que nuestros catedráticos les aplican. Tenemos las manos tan atadas después de tantos años viviendo en la inopia creada para silenciar nuestra conciencia que no nos queda ninguna posible reacción más allá de la pataleta callejera. Y lo saben. Después de haber sobrevivido intelectualmente hablando durante todos estos años, delante de las mamachico, después la telebasura, los seriales para adolescentes, los anuncios de coches para jóvenes inexistentes y toda la porquería que se os ocurra, ahora nos falta la creatividad e imaginación, y también la capacidad de reacción auténtica, para no dejar que nos asaeten con sus burdas leyes nacidas de un Parlamento deslegitimado. Y sí, digo bien, porque cuando se votó a esa panda de corsarios que ahora gallean en La Carrera de San Jerónimo, se hizo con la condición de que cumpliesen lo prometido en campaña, y de eso, ya no queda un ápice. Primero nos cogieron por los huevos con las ilusorias vacas gordas, y en las vacas flacas, fueron incapaces de tomar las medidas que les dictaban los sabios de la economía, e incapaces también de ejercer su labor de Gobierno y mandar a tomar por culo a todos los que se estaban hinchando cual garrapatas en lomo de perro vagabundo. Los únicos responsables son ellos.
            Ahora, a las puertas de un supuesto abismo, nos agarran del cuello, nos empujan contra la pared y nos dicen con gesto serio que se acabó eso de tener derechos; que, a partir de ahora, calladitos y con buena cara, o nos meterán la tranca del negro tan adentro que no podremos ni articular gañido. Y digo lo de supuesto abismo por un motivo: quizá esos hombres de negro de los que hablaba el infame Montoro sean el hombre del saco, pero a lo mejor toman TODAS las medidas adecuadas que recomiendan desde los organismos internacionales. A saber: quizá es cierto que hubiera que subir el IVA, pero no es menos cierto que recomiendan subir los impuestos sobre el capital y a las grandes fortunas, reducir el IRPF, hacer que el tipo de interés que pagan las grandes empresas no sea la rechifla legislativa de un teórico treinta por ciento se quede en el once efectivo y, entre otras más, liquidar las entidades financieras cuyo coste de rescate sea superior al coste de liquidación. Y es que es imposible hacerlo peor, os lo aseguro, y todo por evitar que sus amiguetes Rosell y compañía, deudos de sus campañas electorales, sigan llenándose el bolsillo mientras exigen que a los de siempre continúen exprimiéndonos metódicamente como a limones resecos, metiendo el cuchillo para sacar todo el juguillo que reste.
            Hay multitud de ejemplos de todo esto que todos sabemos, de cómo durante los diez o doce años precedentes a la crisis que nos está destrozando la sociedad se inflaron a meterse pasta al bolsillo y después pretenden seguir haciendo lo mismo sin repartir lo que se llevaron, diciendo que sus ganancias son lícitas según el principio de propiedad privada, que no se les puede exigir impuestos y que, en caso de que se nos ocurriera, se llevarían el dinero del país (cosa ya hacen con la elusión y evasión fiscal). Tengo yo un par de medidas disuasorias para esos casos, pero mientras tanto, iremos a lo realista. Está estadísticamente comprobado que las crisis son precedidas por una creciente desigualdad de renta que se prolonga hasta más allá de la salida de la misma, concentración de rentas provocada por medidas de política fiscal y monetaria que se basan en ideologías neoliberales de reducción de impuestos a las clases altas, disminución de los tipos de interés en épocas de bonanza económica, desregulación de los mercados financieros... Si queréis, sigo, pero vamos, que al que no le quede claro que todo esto es porque los políticos nos han vendido al capital es, o bien retrasado mental, o bien uno de los pocos beneficiados (y propulsores) de todas esas medidas.
            Así que, después de toda esta perorata, ahora nos toca mirar, pensar y decidir qué medidas podemos adoptar, cada uno en sus propias circunstancias, no ya para evitar que nos jodan vivos como lo están haciendo, sino para dar por culo todo el tiempo que podamos, para resultar incómodos en todo lo que nos dejen, para dar gritos en la calle y hacer una insumisión en toda regla a toda esa panda de tarados y faltos de vergüenza. Porque no es un problema de unos ciudadanos contra otros, sino el problema de siempre, el de toda la vida desde hace siglos y siglos: el de cuatro hijos de puta que quieren quedarse con todo, incluidos tú y yo, nuestras vidas y nuestro futuro.

Alberto Martínez Urueña 17-07-2012

jueves, 28 de junio de 2012

Una nueva última oportunidad


            Una nueva cumbre europea. Barra libre en el hotel y canapés para todos en los descansos de los debates. Fotografías de guiñoles sonrientes con un fondo azul celeste con estrellas de cinco puntas. Discursos leídos ante las cámaras de grandes palabras huecas que ocupan tiempo sin concretar nada. Subida de la prima de riesgo y bajada de la bolsa el mismo lunes. Portadas atónitas y descreídas en todos los medios de comunicación. Intentos de justificar el viaje y las dietas que se han marcado con la reunión. Si siguiésemos la regla estadística de los grandes números, aquella que, de una forma un tanto chabacanamente descrita, nos dice que suele suceder lo que ha sucedido antes (como dar vueltas alrededor del sol montados en una roca que viaja a ciento ocho mil kilómetros por hora), el lunes nos estaremos llevando nuevamente las manos a la cabeza al ver la zafiedad argumental con que unos señores, y por supuesto señora, defienden sus intransigentes y nacionales posiciones, en lugar de ir a la solidaridad transnacional de la que hablan los tratados de la Unión Europea. Eso es lo que llevamos viendo desde hace cuatro años con palmaria rotundidad temporal, y lo que se llevaba barruntando desde hace bastantes más años, observando como Alemania y Francia se pasaron por su Arco del Triunfo, o por su Puerta de Brandeburgo, los criterios de convergencia en cuanto al déficit público y a la deuda pública. Efectivamente, esos heraldos de la economía restrictiva y de la disciplina fiscal se olvidan ahora de que ellos los infringieron allá por los primeros años del siglo veintiuno, además de negarse a aplicar los mecanismos de sanción que ellos mismos habían creado.
            Pero a lo que íbamos. Una nueva cumbre en la que los ciudadanos ponemos la cama a modo de dinero público para ver si hacen bien su trabajo y en la que después nos convertiremos en trabajadores sexuales, porque acabaremos jodidos a base de reformas estructurales. E insisto, no es por ser catastrofista, pero llevamos cuatro años con las mismas zarandajas.
            Aunque cabe la posibilidad de que por una vez esas mentes maravillosas de nuestro mundo occidental se pongan de acuerdo y decidan de una vez por todas seguir hacia delante todos juntos, articulando desde la Unión Europea dos aspectos fundamentales. El primero, a medio y largo plazo, consistiría en estructurar de una vez por todas una arquitectura política y económica común, no este cuadro abstracto pintado a brochazos que hoy en día es Europa; un mastodonte terciario incapaz de moverse a la velocidad que le exige la realidad circundante y que amenaza con llevarse por delante todo lo que le rodea con su paso torpe y desacompasado. El segundo aspecto sería a corto plazo, y consistiría en dar una salida en el plazo de tiempo más reducido posible a todos esos millones de personas que viven en la desesperanza y la angustia; ese grupo social que debería ser la verdadera medida evolutiva de una sociedad, y no un agregado macroeconómico llamado PIB que mezcla churras con merinas y permite ocultar las miserias inhumanas que crea un sistema económico autómata y desalmado. No por sí mismo, pues un sistema económico no piensa, pero cuando se les deshumaniza, se convierte en el primer causante de todos los problemas.
            Cabe esta posibilidad, decía, y sería la más aplaudida por el que os escribe, pero eso me plantearía una nueva cuestión y motivo para romper más de una cabeza enhiesta entre cuello blanco almidonado. Habría que exigir ciertas cuentas y facturas a esos robots del Consejo Europeo, la Comisión y el Parlamento, cuentas que serían los números acumulados durante cuatro años, a un tipo de interés de mercado, y que responderían a la cuantía amontonada durante este tiempo de personas que han perdido la ilusión por vivir, añadida al número de depresiones laborales derivadas de la crisis, sumada a los problemas mentales irreversibles provocadas por situaciones insostenibles y multiplicada por los casos de malnutrición infantil que se han acaecido en este tiempo. En este caso, a estos señores sí que les saldría una hipoteca que tendrían que pagar varias generaciones sucesivas a la suya, como una mala hipoteca concedida en España en el año dos mil seis. Quizá, si tuvieran algún tipo de incentivo, al margen de su honorabilidad y búsqueda del interés público, sobre los cuales llevan haciendo sus necesidades todos estos años, no habríamos llegado a una situación como la que tenemos.
            A nosotros, como ciudadanos, nos quedan varias tareas pendientes. En los textos precedentes he dejado algunas ideas. Otras irán surgiendo. Sobre todo, y con carácter previo a las demás, dos cuestiones sencillas: por un lado, hacernos responsables de nuestra vida pública de una vez por todas; y por otro, fundamental, huir de toda esta agresividad que nos tiraniza y encadena, provocada por ellos con intereses retorcidos para que no nos unamos entre nosotros, y que nos impide ver que sólo tenemos que intercambiar opiniones para ver de qué manera podemos ser una sociedad cohesionada y conjunta, y no varios millones de personas incapaces de verse y de convivir entre sí.

Alberto Martínez Urueña 28-06-2012

miércoles, 13 de junio de 2012

Rehumanización


            Escribía la semana pasada, en el texto titulado  “¿Qué nos queda?”, la que creo mejor opción de comportamiento en nuestra vida cotidiana, sobre todo, teniendo en cuenta la que nos está cayendo por culpa de cuatro políticos cobardes incapaces de proteger al ciudadano, y por culpa de otros cuatro políticos hijos de puta que están corrompidos por el sistema y por los señores feudales que pagan la factura de sus campañas electorales fraudulentas y de sus modos de vida desvergonzados. Lo orientaba desde un punto de vista económico, para hilarlo con la situación en la que nos encontramos, con un bombardeo continuo al respecto de ese tema tan importante. Qué duda cabe de que si falta una nómina todo lo demás sobra, y esas cosas. Pero también para mostrar que vivimos en una sociedad economizada en todas sus instancias, y que el dinero contante y sonante es la medida de cada cosa, de cada objeto, de cada vida…
            El objetivo de la ciencia (social) económica fue, desde su nacimiento, e incluso cuando había una serie de conceptos dispersos, de dos tipos: por un lado, hacer que los sistemas económicos, como pueda ser una empresa, consigan un funcionamiento ordenado y, por otro lado, describir el funcionamiento y comportamiento del ser humano en cuanto principal agente del sistema. El problema llega cuando una ciencia social se convirtió en otras dos cosas: en primer lugar, se convirtió en la herramienta que utilizaron algunos para acaparar esos recursos escasos de los que habla la propia noción de Economía; en segundo lugar, para la gente normal, dejó de ser una herramienta para convertirse en el sistema que marca los objetivos. Ella misma se convirtió en el objetivo primordial, en la máquina de medir, convirtiendo un sistema de precios relativos, útil para hacer comparaciones entre objetos, en un mecanismo para medir incluso la valía de las propias personas, según su capacidad para generar beneficios. Beneficios económicos, claro. Pensad una cosa, la economía no utiliza los precios como medida absoluta y última de los objetos: lo que hace es utilizar un concepto llamado utilidad y un sistema de precios relativos para comparar utilidades entre distintos productos. Por eso, hablaba de la capacidad que tenemos para cambiar incluso la producción que nos rodea, a través de la valoración de la utilidad que hagamos de cada producto que podamos conseguir, más o menos ético o moral.
            Pero me preocupa en este texto la perversión que ha supuesto el establecimiento de la Economía como forma de medir a las personas. Quizá de manera directa no hablamos de que las personas tengan un precio mayor o menor. No lo hacemos con precios monetarios, eso está claro, y fue todo un logro la erradicación de la esclavitud; sin embargo, desde luego que valoramos más o menos a unas personas en función de una serie de parámetros. ¿O acaso no admiramos más o menos a unas personas que a otras en función de aspectos o resultados que, mirados de manera aséptica, no son del todo honestos? ¿Quién no ha admirado la capacidad de tal o cual empresario en función del éxito económico de su empresa? ¿No son noticia los contratos multimillonarios de ciertos deportistas? Utilizamos un sistema muy parecido al de la microeconomía y su teoría de las utilidades marginales decrecientes (quien pueda, que me siga) para aplicarlo directamente a las personas, utilizando precios relativos entre individuos que, si bien no son medibles en euros, sí que pueden ser igual de perversos. Por ejemplo, desde un punto de vista egoísta, la utilidad que me puede reportar tener tales o cuales conocidos, o adoptar tal o cual comportamiento con unos o con otros.
            Yendo un poco más lejos, tenemos conceptos como la competencia entre trabajadores, la consecución de aspiraciones, la obtención de resultados, la fijación de objetivos que impregnan nuestra manera de ver la vida. Una vida que, cuando menos, aceptamos como un mal menor para conseguir una serie de cosas que una y otra vez no hacen más que defraudarnos.
            Yo nunca he negado las bondades intrínsecas de ningún tipo de conocimiento, y la Economía es uno de tantos, como la Filosofía, la sabiduría del refranero popular, la Meteorología o la fisión nuclear. Sería una estupidez lo contrario por un motivo muy sencillo: el mundo, la evolución humana y el conocimiento avanzan hacia delante, no hacia atrás. Sin embargo, por una serie de motivos que deberían ser investigados (sería un estudio sumamente interesante), hemos otorgado a la Economía un lugar en los altares que no le corresponde, hemos economizado al ser humano. El camino a seguir desde este momento debería ser dar un paso más allá.
            Uno de los motivos por los que la elevamos de tal manera fue porque, de manera innegable, un cierto grado de satisfacción material era indispensable para el ser humano: comer todos los días, calefacción en invierno, etcétera. Sin embargo, una vez alcanzado, ha de ser el tiempo de devolver a la Economía a su lugar y, siguiendo esa evolución humana que nos llevó a convertirnos en el Homo Economicus, intentar humanizarla de una vez por todas. Y eso, como decía en el texto de la semana pasada, únicamente se puede hacer desde el plano individual de cada uno, y desde su propia responsabilidad.

Alberto Martínez Urueña 12-06-2012