lunes, 12 de septiembre de 2011

Todo llega

Placer canino para el cazador avezado, os lo aseguro. Hoy vengo con lo puesto y el machete de picos para hacer carnaza, y me da igual el resto: aquí no se hacen prisioneros. Llevo mucho tiempo esperando algo parecido y claro, con la espoleta cargada y el cebo bien seco, con esta escopeta se dispara de vicio. No ha pasado ni seis meses, que en términos administrativos no son nada, para empezar a ver la calidad humana de algunos de esos fascistas recalcitrantes disfrazados de pseudodemócratas. Pero “fuego a discreción, mis bucaneros”, grito desde el puente de mando, sembrando de temibles carcajadas el océano.
Lo dije hace ya tiempo varias veces, y por supuesto, no se me ha hecho caso, en primer lugar por el escaso foro y la inexistente autoridad que mantengo, en segundo lugar, porque no habrían hecho caso ni a la Virgen María si se les hubiera mostrado, persignándose ante ella con la diestra y firmando decretazos con la siniestra. Lo dije, no me toquen lo que es importante, los pilares básicos de cualquier sociedad, eso que hace de sustento al crecimiento presente, pero sobre todo al futuro, es decir: las infraestructuras, la I+D+i y la Educación. Ha sido llegar al gobierno en ciertos lugares, y con la escusa de la crisis (que no es que no exista, pero así no se soluciona), le han pegado tal hachazo al pilar mismo de nuestra sociedad que me lo han dejado mocho.
De las infraestructuras ni hablaré: en una situación en que las empresas constructoras miden sus beneficios con regla escolar, la de los centímetros, en ocasiones negativos, se cargan de la noche a la mañana la inversión (ojo, hay una distinción entre gasto e inversión: uno se recupera, el otro no, pero aquí esta gente todavía no lo sabe) en obra pública. No esperaba que la clase eliticofascioide gaviotera y carroña de este patio de vecinas tuviera en cuenta al currito, salvo cuando es en plan “uno para ti, diez para mí”. Pero bueno, el tema de la construcción requiere de muchas más explicaciones, como por qué el señor del bigote fomentó el crecimiento económico en el ladrillo cuando no requería más impulso y el de la ceja no lo cortó nada más llegar.
Pero la Educación no, eso sí que no. La gente afectada por este recorte hecho además con prepotencia cacique no está en condiciones de coger por la solapa a la lideresa y a su secuaz manchega, entre otros, y pedirles convenientes explicaciones de por qué están jugando con su futuro, porque son los niños de hoy en día. Ojo, sólo los que van a escuelas públicas: a las concertadas y privadas de sus amigos no les han tocado un pelo. En resumen, lo de siempre: los heraldos del sector privado cogen por el cuello al sector público y lo recortan allí por donde les da, sin acabar de entender que hay cosas que no se tocan, pase lo que pase. Y cuando tendrían que estar pensando de dónde sacar más fondos para que la educación se encaminase hacia la excelencia, la dejan bajo mínimos con excusas, cuando menos, dudosas.
Es que es cierto, lo que más vende en esta caricatura de Estado, junto con esa entelequia salida de una cueva mugrienta que es la inmersión lingüística del señor Mas y compañía (otro señor de indudable calidad autoritaria), es meterse con esos colectivos ya de por sí vilipendiados. Y en los maestros y profesores públicos tenemos un dos por uno que no conseguimos con los médicos, por ejemplo: los maestros son envidiados por tener unas vacaciones de la leche y además porque son funcionarios. Es decir, que en esas Comunidades Autónomas donde los señores (y señoras, que también ellos se apuntan de vez en cuando ese tanto sin que les tiemble el frenillo de la lengua) del Pepé han obtenido esas victorias que deben saber a teta de novicia, las personas encargadas de educar a los hijos de sus ciudadanos, por si no lo tenían ya complicado con lo hijoputas que vienen los niños hoy en día, les ha tocado el gordo. Primero les bajó el sueldo un cinco por ciento ese ZP que tanto daño ha hecho al país (por ponérselo tan en bandeja de plata a esa derecha tan distinta de la europea por lo casposo y despótico) y después les han insultado llamándoles vagos porque sólo dan dieciocho horas lectivas. Además, para solucionar el paro, van a mandar a la cochina calle a esos interinos que ganan una miseria, porque las cifras del paro se las come el gobierno de turno aunque las competencias de empleo están cedidas - garrulada meidinespein.
Pero no os preocupéis, porque vienen tiempos peores, con esta gente que ni sabe hacer la o con un canuto, ni aprenderá en su puta vida, porque no quiere. Sólo saben hablar con mucha pompa, lo cual me saca de mis casillas, porque no saben hacerlo, durante dos horas sin decir nada. Se irá intuyendo como desmontan poco a poco el Estado del Bienestar, algo que ya quedo claro que pretenden hace tiempo con sus histerias neocon, para forrarse con sus amigos a costa de los nichos de mercado que deje el abandono gubernamental. Pero yo me estoy relamiendo ya que, de prestado por un Gobierno inoperante, me van a poner en bandeja una de las cosas que más placer me da la vida: sacudir una tras otra a una derecha, hoy hiperincompetente, que cuanto más poder tiene, más se le ve el pelaje.


Alberto Martínez Urueña 10-09-2011

viernes, 2 de septiembre de 2011

Sátrapas y tiranos

Resulta complicado intentar mandaros esta columna y no empezar a echar esputos por la boca a costa del escenario político que tenemos. Del económico ni hablo, porque no tiene mucho sentido intentar explicar lo inexplicable; menos de intentar solucionarlo, cuando sería tan sencillo como coger las grandes fortunas y expropiarles el noventa y cinco por ciento de su riqueza, poniéndoles a currar en una cadena clasificadora de huevos. Veríamos entonces si hay para servicios públicos o no.
Durante muchos años pensé que las democracias y los sistemas participativos habían sido creados para defendernos de los sátrapas y los tiranos, en un intento de que fueran los pueblos los que controlaban su propio destino. Se hablan de las revoluciones de cada país, tratando de liberarse del yugo de una pequeña minoría que acaparaba todas las riquezas mientras los demás vivían despojados de todo: de la comida lo primero, pero también de sus derechos y de la dignidad que una persona merece. No voy a negar lo evidente, y esto es que vivimos mejor hoy en día en una casa aislada de las inclemencias ambientales y pudiendo comer tres veces al día que en una de adobe sin calefacción y mirando al cielo para ver si llueve o no hiela. Sin embargo, en cuanto a que hayamos conseguido lo primero, creo que hemos errado bastante.
Con respecto a los tiranos, de hecho, lo que hemos conseguido ha sido todo lo contrario; esto es: caer en sus redes a través de un sistema socioeconómico de consumo que ha conseguido hacerles cada vez más ricos, aumentando las diferencias con respecto a ellos. Esto les ha otorgado más poder aún de lo que nunca tuvieron, y les ha proporcionado oleadas de trabajadores serviciales, o zombis adiestrados, que necesitan de las migajas que les van soltando para poder seguir consumiendo de manera cada vez más compulsa, retroalimentando el sistema. Esto, en nuestro primer mundo; con respecto a los otros dos, el segundo se lo cargaron y en el tercero, suficiente tienen con comer.
Con respecto a los sátrapas, se aliaron con los anteriores y se ofrecieron como imagen pública para controlar a las masas. Hoy en día tenemos una clase dirigente totalmente aislada de la ciudadanía, enfrentada con ella en lugar de estar a su servicio, que nos amenaza si tratamos de protestar reclamando nuestros derechos más elementales. Gente demasiado acostumbrada a estar donde está, a mandar y a tomar decisiones desde su torre de marfil, aislados de la vida real a través de sueldos desproporcionados, prebendas injustificables y herramientas de marketing para limpiar toda la capa de suciedad que dejan sus actos. Se convirtieron, a cambio de una cuota de poder, en la cabeza de lanza de los tiranos, en la barrera de contención entre los patricios y los plebeyos.
Lo montaron bien entre los dos, intentando además que pareciera que no había compartimentos estancos y que se pudiera fluir de un grupo a otro. Sin embargo, la homogeneización que se da cuando te trasladas de uno a otro, exige que tu esencia cambie y dejes de pertenecer a un grupo para ser del otro. Esto se llamó desde un principio corrupción, únicamente penada cuando el caso es tan flagrante que podría desestabilizar la estructura del sistema.
Así que perdonadme esta visión tan negativa, pero creo que vivimos en el gran teatro del mundo, y que la democracia entre comillas en la que vivimos sólo es un montaje que oculta la realidad. Y ésta es que siguen existiendo clases sociales contrapuestas, pero a una de ellas le han manipulado la conciencia de tal forma que se piensa que vive en los medios, cuando las diferencias entre los que más tienen y el resto no hace más que aumentar sucesivamente. La realidad es que hay una pertinaz y consciente cortina de humo ocultando los problemas reales que por supuesto existen, ocultos tras otros problemillas que no sabemos muy bien de donde salen. Ya no es una cuestión de izquierdas o derechas, que no fue otra cosa que otro maquillaje para esconderse elaborado sagazmente durante el pasado siglo.
Lo siento, no quería decirlo de esta manera, pero el sistema en el que vivimos es mentira desde la cabeza hasta los pies. Tiene verdades a medias introducidas en su seno para evitar que la incoherencia que supondría lo contrario hiciera que esto colapsase. Han tenido muchos siglos para ir probando uno tras otro sistema y hemos llegado a éste, pero sigue siendo una construcción ilusoria para que nadie se mueva demasiado. Se quedaron con lo que valía para controlar a las masas, la religión mal entendida, por ejemplo, y después fueron añadiendo más detalles como la participación ciudadana en un sufragio que le da la sensación de participar en algo, o la sociedad de consumo que aporta una sensación de abundancia que no vale absolutamente para nada. Esto no quita que hayamos conseguido cosas buenas, os dejo que penséis sobre ellas, pero sólo serán partes aceptables de una mentira más grande y que, ojo, sólo sirve para esclavizarnos porque no existe la forma de cuestionar auténticamente al sistema. ¿O acaso no estáis pensando si este tío se habrá vuelto tarumba?


Alberto Martínez Urueña 2-09-2011

jueves, 25 de agosto de 2011

Recuerdos

Aquí estamos de nuevo, casi con la vuelta al cole, los deberes vacacionales hechos (comer bien, descansar mucho, desconectar…) y con ganas de dar qué pensar desde un punto de vista propio. Hoy, desde este foro, quiero hablar de los recuerdos.
Según dicen los expertos, y también los ancianos, a medida que te vas haciendo mayor, cumpliendo años y perdiendo estatura, vas perdiendo también en algunos casos la retentiva de los sucesos próximos, o lo que se conoce como la memoria a corto plazo, conservándose aquellas imágenes vividas en la infancia. De ahí que haya quien aconseja que durante la vida adquieras experiencias interesantes para cuando sólo puedas vivir de ellas, perspectiva un tanto difusa cuando tienes treinta y uno, pero que imagino irá cobrando consistencia dentro de unos años. También el ser humano recuerda, tanto de manera consciente como de manera inconsciente. Puedo afirmar, sin lugar a dudas, que cuando me acerco a un enchufe me pongo en guardia antes de darme cuenta, fruto de un par de calambrazos que me lleve de niño por tocar donde no debía. Cosas de la subsistencia. De manera consciente también vamos adquiriendo conocimientos, conciencia y demás datos, algunos inservibles, como la biología de COU, y otros un poco más útiles, como las habilidades sociales.
Sin embargo, con el tiempo, me he ido dando cuenta de que el tema de los recuerdos tiene bastante de caprichoso, e igualmente de selectivo. Así, rápidamente “olvidamos” lo que nos conviene, o si no, teñimos de colores extraños una realidad que en su momento fue muy distinta. De esta manera, a la chita callando, que no es hacer que la mona de Tarzán dejase de hacer ruidos, de lo que en un momento fue, hay quien hace algo que acaba siendo muy distinto. Vestimos de gala aquellos detalles pasados que nos interesa resaltar y condenamos a un ostracismo memorístico lo que no hace falta que nadie saque de la hemeroteca.
Esto lo hemos visto hacer muy a menudo, pero el campo por excelencia es la política, y no queda mucho para que volvamos a ver a los políticos en su salsa: es decir, esa prostitución estadística de utilizar los datos según te convenga, las mentiras para convencer, la sonrisa perfectamente estudiada o el mitin electoral con aplausos “espontáneos”. Y es que el veinte de Noviembre volveremos a ver uno de los ejemplos más claros de la debacle social en la que estamos inmersos: las elecciones generales.
Tendremos una cantidad ingente de medios de comunicación que representan esa derecha asquerosamente arcaica y casposa como sólo en España puede darse, materializados aquellos en esos nuevos canales de la TDT creados para manipular de manera más o menos vergonzosa, entremezclados con otras cadenas más asentadas, algo más sutiles y quizá por eso más peligrosos. Habrá ridículos intentos de la izquierda para parecer al mismo tiempo rumbosos cual cantante salsero y serios como dirigente de banca, ellos con menos medios porque la pasta está claro quien la maneja. Eso sí, todos ellos recordarán lo que les convenga y olvidarán lo que les venga en gana, y cuando alguien quiera hacerles recordar, ningunearán los datos, o sino al interlocutor.
Por desgracia, la izquierda y la derecha en estos tiempos está entreverada como grasa en chuletón de Ávila, lo que hace que se nos olvide la constante histórica que es la lucha entre quien lo tiene todo y quiere más y los que tienen bastante poco y ya no saben cómo conseguir una vida más o menos decente. ¿Que las formas han cambiado, y los escenarios, y las personas? Claro que sí, pero la realidad sigue siendo ésta: unos poquitos que tienen casi todo, y el resto. Los primeros hoy en día han puesto en la diana el Estado del Bienestar y, una vez enterrado el cadáver, ocuparán los nichos de negocio que dejará el vergonzoso abandono de los poderes públicos; los segundos tratando de explicar que una sanidad pública y bien dotada, una educación asequible e igualitaria, una vivienda digna, etcétera, no son meros caprichos de unos desarrapados que no quieren currar, sino una reivindicación absolutamente legítima. Nada de discursos comunistas que no valen un ápice, sino la realidad de que no pasa nada porque haya ricos (es hasta lógico), siempre y cuando no haya pobres.
La crisis que, en principio iba a ser una herramienta para poner fin a los desmanes de banqueros, mercados y demás entelequias, y conseguir de esa manera un mundo mejor, se ha convertido en la excusa perfecta para demoler pieza a pieza auténticos logros pasados, ganados con mucho esfuerzo y mucha sangre. El 20-N no solucionará nada, pero será un ejemplo más de que los recuerdos se volatilizan pasado cierto tiempo, de que aquí todo el mundo es apolítico pero luego pasa lo que pasa, y al día siguiente, éste que os escribe, que no puede olvidar otras ocasiones asquerosamente similares, volverá a tener la sensación de que alguien, no sé muy bien quién ni cómo, nos la ha vuelto a meter doblada. Gente que nos dice que este Estado del Bienestar no se sostiene al mismo tiempo que hace de la evasión fiscal su principal pasatiempo. Pero claro, es el problema de no recordar la historia de siempre.


Alberto Martínez Urueña 25-08-2011

jueves, 21 de julio de 2011

Mañanas de exquisita rutina

La hora de levantarse era las ocho de la mañana. Sonaba el despertador con insistencia y el chico soltaba un bostezo aleonado al tiempo que silenciaba la temible máquina enemiga. Observaba desde la atalaya de la almohada la incipiente claridad que se asomaba por debajo de la ventana en un pequeño rayo de luz irisada. A esas horas el mundo ya se ha puesto en marcha, las calles se encuentran sembradas de pequeños puntos humanos que acuden ágiles, algunos cabreados, a su puesto de trabajo. O a lo mejor ya se encuentran sentados en su mesa, recibiendo crípticos correos electrónicos, elaborando hojas Excel interminables, acudiendo a reuniones tediosas, recibiendo órdenes exasperantes… Para él no había jefe que le rebuscase la entrepierna para tocársela, y no porque fuese uno de esos valerosos autónomos; lo suyo era otra cosa bien distinta, con una incertidumbre diferente: la de tener casi treinta y no poder llenar media hoja del curriculum. Tenía que agarrarse del estómago y alzarse de la cama, ir hasta el lavabo para quitarse las legañas y el miedo, para desperezarse del sueño y evadirse hacia el único presente de un número de tema. Todo eso sin una conciencia ajena y en ocasiones bastante puñetera que quisiera hincarle la suela en el cuello, exigiendo pleitesía. Era el despertar del opositor.
A las ocho y cuarto ya estaba sobre la mesa, dejado, tirado como una colilla, con sueño del de acabar de levantarse, del que se queda pegado en la cabeza durante más de media hora como una toalla mojada. Del que te cierra los ojos antes del primer párrafo y te somete a la tortura de una primera hora de amor no correspondido con el folio. En invierno buscando con los pies las zapatillas de estar por casa, sobre la alfombra que ella le compró para evitar que pasase frío en los pies, una alfombra de varios colores, algo alegre para que parezca que anima. En verano con un calor del carajo desde bien prontito, con el ventilador en la nuca, sintiendo los escalofríos, como amenazado por un francotirador certero.
Eran ya dos años y pico de rutina diaria, de temblores en las entrañas cada vez que tenía que hacer el esfuerzo de no ver el abismo del fracaso en cada esquina, de alguna que otra discusión familiar cuando la angustia se volvía insoportable, de los arrebatos en que fantaseaba con la catarsis de arrojarlo todo por la ventana y respirar por fin una bocanada de descanso, de esfuerzos sobrehumanos para no ver en el rostro de los que quieres el mismo miedo que de vez en cuando se asoma a tus pupilas.
A las nueve empezaba a escuchar los ruidos típicos de que su madre se levantaba. De manera casual, por supuesto, el tiempo que estuvo de baja. De forma rutinaria, a las nueve y cuarto, más o menos, solía llegar hasta la cocina y en pocos momentos se podía oler por toda la casa el ahora ya delicioso café solo que antes detestaba. Estaría comiendo su pieza de fruta de la mañana con su cuchara sopera, de las de la cocina, de aluminio opaco, mientras disolvía alguna medicina en un vaso grande de agua, de los de Duralex, de los de toda la vida. En el mismo vaso, un chorro no demasiado generoso de café amargo, sin azúcar, mezclado con abundante leche semidesnatada, girando el mejunje al contrario de las agujas del reloj para darle la homogeneidad correcta.
El chico salía entonces de su habitación para desayunar, mientras veían un rato Los desayunos de la primera, con un par de tostadas con mantequilla, quizá, el café solo amargo, también sin azúcar, y el debate de sus ideas entreverado con las noticias y los comentarios de los tertulianos. No siempre de acuerdo, cada uno con sus ideas, compartiendo. Después, antes de las diez, vuelta a la postración ante el altar de los apuntes.
Normalmente a las once y media o doce, aunque a veces antes, sonaba el teléfono. Sempiterno, preocupado, pendiente dentro de su propio concepto, siempre servil y siempre despistado al mismo tiempo, siempre dispuesto a algún comentario de chanza para alegrarle la rutinariamente aciaga mañana. Dispuesto a perdonar las salidas de tono provocadas por tensiones inevitables, dispuesto a no permitir que se deteriorase más de lo necesario, dispuesto a hacer lo que estuviera en su mano, y dispuesto a saber que a veces no se daba cuenta de cuál era lo debido. Siempre dispuesto aunque tuviera sus propios fantasmas acechando.
Fueron mañanas de oposición, pocas, las que pudo pasar con su madre en casa, pero siempre llamaba cuando tenía que estar al pie del cañón, currando. Todas, o casi todas, las que su padre animaba desde el burladero como un buen apoderado, pendiente a la faena, presto al aplauso.
Si no hubiese sido por ellos dos en concreto, ahora no estaría donde estoy; aunque el esfuerzo lo hiciera yo, los ánimos les dieron ellos. Sólo el que pasa por esto sabe dos cosas: el valor de los que te apoyan con sinceridad, y la catadura moral de los que se ensañan con los funcionarios.


Alberto Martínez Urueña 21-07-2011

lunes, 18 de julio de 2011

La ambivalencia

Cada vez que miro la irisada constelación de características que esta sociedad porta, me doy cuenta de que la libertad que hemos conseguido nos ha llevado hacia una deriva de ambivalencia. Esta característica nos ha llevado de la mano hacia un mundo misterioso y en ocasiones con grandes peligros, al que muchas veces asistimos perplejos. Hace tiempo hablé sobre las falsas seguridades, esos pequeños soportes que nos ponemos en nuestra estructura mental para ir tirando, como quien dice, en una realidad que por muchos motivos, nos aterra.
La mayoría diréis que esto es falso, que eso de que el mundo nos aterra no es cierto y que vivimos en una sociedad con suficientes ventajas como para no tener miedo. Pensad sin embargo, que uno de los cánceres de nuestra sociedad son las depresiones, las crisis de angustia y otras enfermedades de esa tipología, derivados de miedos inclasificables, misteriosos. De hecho, una de las características de esta sociedad occidental en que vivimos es una cierta prepotencia ciega hacia los inevitables obstáculos que nos van surgiendo en el camino que generan secuelas de las anteriores. Muy distinto esto de un reconocimiento consciente, pero con el suficiente entrenamiento como para, a pesar de saber que están ahí, poder enfocar nuestra atención en otro estímulo de los miles que recibimos al cabo del día. Si nos quitamos la venda de los ojos y nos damos cuenta de lo mucho que tenemos que perder, de lo mucho que nos pueden arrebatar, empezamos a sentir esa angustia de la que, en lugar de afrontar (perspectiva adulta y madura), huimos como conejillos asustados hacia distracciones inútiles. Hay quien incluso no puede superar esa angustia en toda su vida, ni huyendo ni aceptando el riesgo conocido con la suficiente entereza.
Pero no va de esto este texto. La ambivalencia, y el miedo que conlleva, puede pasar de ser un ogro que observa desde el fondo de una cueva oscura, al que llamamos “incertidumbre”, a ser un pequeño duende gracioso vestido de color verde, conocido como “aventura”. Os lo aseguro. Esto cambia la perspectiva de una misma circunstancia y podemos contemplar el reverso de la moneda, el prisma que es la realidad en una cara distinta. Además, para cada rigidez que nos impide la correcta adaptación a nuestro entorno (una de las claves de nuestra felicidad), si tuviéramos, ya no la capacidad para cambiar de ideas, si no para verlas de una manera más amplia, incrustadas en una realidad más grande, podríamos ver esas cadenas que nos atan a conceptos que no nos dejan respirar.
El mundo que vivimos es cada vez más cambiante, tenemos más posibilidades, muchas más que en otras épocas, a pesar de esta crisis económica que nos hace buscar seguridades que en realidad no vamos a conseguir (aunque quizá sí como construcción mental ilusoria). Estas posibilidades van cambiando día tras día y que dejan obsoleto lo que ayer parecía cierto, lo que demuestra por un lado que quizá ninguna de las dos cosas era verdad (o las dos lo eran, cada una en su plano temporal), y por otro, la distinta (ni menor ni mayor) importancia que tiene lo que ahora nos acontece.
Me gusta la ambivalencia que permite cambiar conceptos oscuros por otros bellos, que nos deja ver que no hay tantas seguridades falsas, si no más posibilidades inciertas. Hoy en día aceptamos que los renglones no tienen por qué ser rectos: el raro no es que sea malo sino sólo diferente, el homosexual no quiere pervertirnos sino sólo vivir su vida como le plazca, lo importante para llegar a la espiritualidad no es el camino que emprendas sino intentar recorrerlo. Ayer, las miradas timoratas y las moralinas represoras nos mantenían reclusos en unos criterios sociales; hoy, podemos alzar la voz y decirle a aquél que quiere imponernos su modo de vida que preferimos otro, sin necesidad de partirnos los cuernos en una guerra civil. Me gusta poder elegir ir en contra de las normas preestablecidas, única y exclusivamente por el hecho de conocer qué es lo que hay más allá de esas fronteras, como hicieron los conquistadores en otras épocas. Acepto que haya quien quiera mantenerse en ideas conservadoras que den seguridad a su existencia, pero también respeto a quien se pasa de vueltas al otro lado. Me gusta este mundo, porque podemos salir un día de fiesta y que no nos llamen depravados y ligeros de moral, y al mismo tiempo me gusta porque puedo decir que eso no puede llenar a nadie, sólo llevarle de un evento a otro sin solución de continuidad, como un yonki sin su dosis. Lo sé porque lo he visto desde el burladero y también porque lo he vivido. El problema de la libertad no es que la haya, sino otras dos cuestiones: qué hacemos responsablemente con ella, y que hacemos con los que, en base a la primera cuestión, resoluble sólo por uno mismo, nos la quieran quitar. Me gusta este mundo porque a pesar de lo horrendo que tiene y que parece que va cada vez peor, al ser flexible también es mejor y puede serlo más, porque te encuentras con gente que vive mejor con esa libertad, con plenitud y de manera responsable, porque permite los sueños, y porque alguien tan aparentemente pesimista como yo puede sorprender un día y hablar de lo bello con esperanza.


Alberto Martínez Urueña 18-07-2011