jueves, 21 de mayo de 2009

El aconsejador

Al final, ni progreso, ni apertura de mente, ni nada por el estilo. Acaba resultando que todas esas patrañas que nos cuentan son mentira y no vale un carajo vivir o no vivir más o menos: o estás dispuesto a aprender algo o seguirás viviendo en la maldita ignorancia. Al respecto, hablo de cómo poco a poco voy conociendo más gente que va cumpliendo esta sentencia de forma exacta y se despeñan por esos derroteros sin ningún tipo de pudor ni vergüenza; haciéndolo además a gritos, para que todo el que esté cerca, quiera o no quiera, pueda participar de su truculencia.

Como ya sabéis todos, o la mayoría al menos, ahora estoy viviendo en Madrid, cerca de Puerta de hierro, allí donde los campos de golf crecen como setas entre mansiones de película. Como ya me dijeron hace unos meses, me encontraría de todo, y es totalmente cierto: gente interesante y los del otro lado, a los que no pongo calificativo, porque cada uno llevaría el suyo personalizado, como los móviles. La cuestión a la que me refiero es que he conocido gente que ha vivido lo suyo, que ha visto y ha pasado por diversos lugares, diversas situaciones y conocido multitud de personas. Siempre había pensado que eso daba un conocimiento más amplio de la situación vital, de entendimiento a cosas diferentes, de apertura de mente y aceptación de las cosas que son distintas a lo nuestro. Pero he visto que tampoco depende de esas circunstancias. Al final te da lo mismo si has viajado a dos o a cien países distintos: si sólo has sido capaz de ver lo superficial del lago, no podrás hablar nunca de lo que había en las profundidades. No sé muy bien de qué depende, pero esto es así.

Me resulta curioso, porque en esta vida que tenemos en la actualidad en la que parece que reine la libertad y lo diferente entre las personas, es una época en la que más se condena la posible divergencia. No es que se pegue a nadie por ser de tal o cual forma de ser, y salvo raras excepciones, hace tiempo que no escucho en las noticias las peleas que había en mi adolescencia a este respecto. Sin embargo, las personas tienen esa extraña prepotencia de pensar que su opción es la más válida y los demás están equivocados; son ellos los que han encontrado la manera de vivir más adecuada y a aquéllos que no siguen ese modo de vida se les trata con una hiriente condescendencia. No son ya aquellas ansias de marginar que había hace años; ahora lo que se hace es utilizar esa melodía chirriante en que se convierte la frase: “Ahí cada uno con su vida…”, pero dicho con ese beneplácito que perdona, cuando no es ni por asomo una cuestión de perdonar a nadie.

Hay posibilidad de conocer, desde luego, todos podemos mirar hacia fuera y ver lo que hace el vecino. Y si no lo ves, te lo imaginas, que la libertad actual no ha curado eso, y según ves andar a una persona por la calle ya sabes no del pie que cojea, sino casi la manera que tiene de dormir sobre su colchón. En todo caso, al ver esto, rápidamente surge la figura del aconsejador, de la persona encargada de velar por los demás y tratar de solucionar los males que azotan a todos los que, al contrario que él, no saben, no entienden, no han vivido, etcétera. Acude sin que nadie le haya solicitado consulta y rápidamente se pone a advertir a sus semejantes de los terribles peligros a los que deberá enfrentarse si continúa en su actitud equivocada. Por supuesto, cuando no aceptas su visión, sus palabras y sus recomendaciones, monta en cólera y carga sobre ti, sobre tu ignorancia y sobre la madre que te parió. Eso, o simplemente adopta esa postura de mirarte con pena, y decirte lo de “Bueno, cada uno con su vida…”, mientras le ves que se te está carcajeando en la jeta, esperando el momento en que te caigas del burro para venir a levantarte con esa actitud heroica del que, a pesar de lo cabrón que eres por no hacerle caso, no se separó de tu lado en este trance de gilipollismo que te nubló la vista. Por desgracia he visto ya a alguno que otro, y haciendo de tripas corazón, les he escuchado y después, sin ni tan siquiera dar mi opinión (para qué), me he ido con toda la educación del mundo. No seré yo el que caiga en lo mismo, acepto su realidad con total respeto, pero yo viviré mi vida como quiera.

La figura paternalista no pedida es algo tan extendido que no hace falta irse al Congreso de los Diputados para tener que sufrirlo, ni poner la televisión a eso de las cinco de la tarde para que salga la panda de víboras del tomate que desvelan todos los secretos del saber hacer vital que todos necesitamos. Porque todo es cuestión de modelos en esta sociedad de ganado paciendo en calma en sus rediles, ya que cuanto más copias, más absurdamente seguro estás del rol que asumes en esta estratificación grupal.

Por eso me gusta la gente distinta, la que hace lo que cada momento le sugiere sin abrazarse a clichés prefabricados que no satisfacen a nadie. Todos al final tenemos algo de copia, es inevitable, no somos vasos estancos, y aprendemos muchas veces, si no la mayoría, por repetición. Sin embargo, admiro a esos que se saltan las reglas y hacen cosas que en teoría no deberían hacer (siempre que no hagan daño a nadie, obviamente, ni tan siquiera a sí mismos, que hay mucho de eso), a los que no quieren pasar por demasiados caminos trillados y tratan de encontrarse a sí mismos (aunque esto no lo hagan de forma consciente es a lo que lleva si le pones un poquito de atención), a los que antes de que los demás den su opinión ya han tratado de formarse la suya (aunque no la expresen o la cambien una vez valoradas otras). Por eso admiro a los que son raros (sinónimo por ejemplo de extraordinario), porque es mucho más complicado eso que ser una persona ordinaria y anodina, es más valiente ser creativo y marchar campo a través, es más productivo generar oportunidades que ver cómo se pasan por delante una a una de manera continua sin ser capaz de levantarse del sofá de la desidia. Los que aceptan la figura del aconsejador, aceptan su divergencia como algo natural, pero son fieles a sí mismos sin miedo, sabiendo que la realidad se ve desde múltiples vértices por naturaleza.

Alberto Martínez Urueña 21-05-2009

miércoles, 6 de mayo de 2009

Teorizando

Después de escribir un texto como el de “Trechos”, nos ha venido bien a todos un ligero descanso. Sé que a veces esta columna se puede hacer demasiado extraña, por no utilizar palabras más gruesas, pero constatable resulta que este tipo de literatura se utiliza tanto para despellejar gente a mansalva como para hablar de experiencias personales, y a mí nunca me gustó demasiado la peletería. Sé que cuando reduces el estilo no entran todos los posibles lectores: para algunos será demasiado árido, para otros carecerá de base, para otros simplemente será estúpido, pero habrá alguno que disfrute o incluso le valga de algo. Al final sólo puedes elegir y yo elijo. No es que me esté disculpando, claro; sólo es otra introducción que he orientado desde una especie de justificación no requerida.

Supongo que en esta vida hay quienes estamos todo el día teorizando y pensando en abstracto, y yo tengo bastante de eso. Aquellos que me conocéis lo suficiente lo habréis sufrido en vuestras carnes en algún momento; e incluso algunos me lo habréis recordado, mirándome con cara de incomprensión. Mis padres siempre me decían de pequeño que me pasaba el día con pájaros en la cabeza, y que así no se hacían las cosas, y hasta cierto punto imagino que tendrían razón. Sin embargo, no deja de resultar una necesidad por muchos motivos, empezando por una mentalidad excesivamente dada al cuento y a la historia irreal y ficticia, de esas que buscan los mundos paralelos y las realidades alternativas, primero en los cuentos y después en los bares.

Otro motivo para hacer esto lo explicaré razonablemente a mí manera y a ver qué tal efecto hace: si ya de primeras, según ves determinado tipo de actitudes o cuestiones en muchas personas, que te sugieren que no es tan malo odiar la raza humana y todo lo que ello conlleva, quizá necesitas un buen reseteo de cabeza y empezar de nuevo. No es todo tan extremo lo que me ocurre, pero no se deja llevar tanto por la fábula, y quien no lo crea, que le eche un vistazo a mis primeras poesías, o a mis primeras canciones, y verá de lo que hablo. Incluso ahora mis versos tienden bastante a ser negros y oscuros, y a veces también un poco a dar pábulo a la desgracia y a la tragedia. No es que tenga una rara inclinación que me lleve a empantanar todo lo que veo, pero sólo con un vistazo superficial es como se me han aparecido muchas realidades ante los ojos. Si miras hacia la vida pública ves la lujuria desbordada de poder que algunos detentan, ya sean políticos, tertulianos o futbolistas, y lo primero que me viene a la cabeza es que hay gente que sobra. Si sales de parrandeo los fines de semana y ves determinadas actitudes de los jóvenes y de los no tan jóvenes, directamente rezo un rosario por los años futuros y les encomiendo a San Pancracio. Si veo a las religiones pugnando entre ellas por tener la Santísima Verdad en su agrupación de santos, no me queda más remedio que propugnar una purga a lo soviético (pero sin el fallo posterior de querer imponer la mía, que es lo que siempre acaba pasando). Al final, de tales pensamientos lo único que sacas es amargura y resentimiento, y nunca he tenido muy claro eso de que una sola persona se convierta en juez y verdugo de sus semejantes (por mucho que cada vez que veo entrevistas de determinados personajes, o apariciones en público como salvador de salvadores, me bailen las opiniones y se me quiten las ganas de salvarles el pescuezo a algunos de ellos, bajitos y con bigotes, por ejemplo, y no hablo de Chaplin o Cantinflas). No en vano, justificando eso, ya tendríamos sobrevolando nuestras cabezas los mismos errores que pretendemos evacuar de este planeta.

Pero por otro lado hay cosas que me hacen renegar de tales violencias. No me gusta eso de pensar que el ser humano es malo por naturaleza o cosas similares, ni quiero que porque haya gente a la que los conceptos sociales que nos rodean la tilden de deplorable, tengamos que hacerla en un sofrito, como en el Medievo. No me malinterpretéis, no dejaría en la calle a todos esos que pueblan las cárceles, creo que las agrupaciones sociales tienen derecho a protegerse de aquellos que salen rana del seno de sus madres.

Es por esto que me da a mí por teorizar y pensar en abstracto, para intentar encontrar la forma de poder vivir más tranquilo sin tener siempre la hiel en la garganta. Pero no sólo por eso, sino porque creo que la naturaleza del hombre no está tan clara como está la del resto del mundo animal. Creo que quien hace ese reduccionismo se equivoca ya que, por lo que he podido ir observando, cada uno de nosotros tenemos nuestros afanes y nuestros miedos, y nuestra propia forma de vivir; es decir, que cada uno de nosotros tenemos una naturaleza que nos lleva de un lugar a otro, y a mí me asignaron la mía. Y no sólo por eso tampoco, sino porque me apetece vivir tranquilo y en paz sin tener el engorro de agobios y comidas de tarro (excúsenme los puristas del lenguaje), y eso es algo que se puede alcanzar, muy poco a poco, aunque escépticos digan aquello de “es que yo soy así”. Como todo en esta vida, sólo hay que saber qué estás dispuesto a hacer para ello.

Quizá todo esto sólo sean castillos en el aire, el texto “Trechos” una bonita alegoría de algo ingenuo y otras cosas simples brillos en un electroencefalograma. A lo mejor el reduccionismo sea la respuesta y el pragmatismo más material tenga que ser la estrella polar hacia donde caminemos; no en vano, múltiples filósofos, antropólogos, y no digamos ya científicos, se han esforzado durante años para tratar de robarnos el mundo de las hadas y de los alientos. Dentro de poco tendremos al alcance de la mano todo lo que necesitemos con una simple pastilla, y podremos enamorarnos a la carta, por poner un ejemplo. Pero en lo que eso llega y nos convertimos en robots con interruptores, prefiero seguir pensando que hay cosas a las que sólo llegaré por caminos que no se descubren ni en probetas ni mediante problemas de matemáticas, ni mediante la razón única. Que gracias a quien haya que dárselas, por ejemplo Dios, mis miedos no son las cosas que no puedo comprender, ni lo que a lo mejor no llego a conocer nunca; mis miedos no son los secretos ni las cosas escondidas. Sólo me da miedo el día en que los hombres crean que ya saben todo lo que tienen que saber. Y de esos todavía quedan.

Alberto Martínez Urueña 6-05-2009

domingo, 19 de abril de 2009

Trechos

Fue uno de esos días, no recuerdo cuál de todos, en que salgo por la campiña que me gusta visitar en mis ratos de sosiego y tranquilidad, en que me puedo entregar por completo a ese arte de observar la vida que tanto me gusta. Normalmente subo la enhiesta rampa que deja atrás el pequeño riachuelo donde solía bañarme de pequeño y me encamino entre las pequeñas encinas hasta la abierta cima desde donde puedo ver la meseta entera dedicada a las artes ancestrales de labranza. Hay viñedos, algunas parcelas de cebada y normalmente trigo, cada una de su color particular, en una diáfana acuarela de esa tierra que tanto he llegado a amar en los años que llevo hollándola con absoluto respeto a los cientos de años atesorados en cada mota de polvo que, suspendida, me ofrece quedos bailes extraños en el calor del verano.

Caminaba con parsimonia en dirección a la cumbre, aspirando con fruición el olor del verde romero que, agitado por el tenue viento, ofrece sus dádivas, cuando les volví a ver, como tiempo atrás, cuando sus pasos se encontraron con los míos. Estaban bajo la sombra de una alta encina de tronco grueso y fuerte y ramas verdes que bailaban sobre ellos, ya en la parte más despejada cercana a lo alto, hablando silenciosamente al compartir un trozo de queso y un pellejo de agua, con la mirada acuosa de quien lleva en la retina espectáculos más profundos de los que los incontables horizontes que, materiales, se le han ofrecido en sus viajes.

Al contrario de la otra vez en que mi camino tuvo la ocurrencia de cruzarse con el mío, no me quedé al margen suyo, observándoles, sino que me aproximé con sumo cuidado, para evitar sobresaltarles. Sin embargo, casi antes de que yo mismo me hubiera oído, ellos volvieron su vista hacia mí y me observaron con delicadeza: por un instante me sentí como se han de sentir los cuadros de un museo ante los ojos expertos del crítico avezado que descubre por primera vez una Última cena, o una Gioconda: desnudo ante quien mira un paso por delante de la gente ordinaria.

El mayor me ofreció con un gesto que me sentase a su lado, y me ofreció rápidamente un pedazo de queso y un trago de agua limpia y fresca. Yo, por mi parte, saqué de mi bolso un cacho de pan que llevaba conmigo y un trozo de jamón recién curado, tierno, que se lo presenté con igual simpleza que la gratitud que asomó a sus ojos. También saqué un vaso de tinto que había comprado en la venta de la carretera antes de salir al paseo y lo bebieron con calma, saboreándolo con deleite, y agradeciéndolo con una inclinación de cabeza.

“Hacía ya tiempo que te aguardábamos”, dijo el hombre mayor, después de beber, mientras el joven seguía con la vista una paloma torcaz que revoloteaba al ras de las encinas. “Te vimos hace tiempo, y sabíamos que antes o después nuestros pasos se volverían a encontrar, de una manera u otra” añadió, partiendo un trozo del jamón con el cuchillo que le tendí.

“Por lo que veo han sabido seguir su camino.”

“Eso siempre es inevitable” repuso el joven con una sonrisa limpia, inocente, sin perder de vista la paloma. “No en vano, el camino de cada uno es allí por donde elige transitar.”

“¿Y tú encontraste el tuyo?” dijo el anciano, después de unos instantes de reflexión.

Le miré un instante sin saber qué responder, sorprendido. Primero porque había supuesto que mi presencia en aquel inicial encuentro había pasado desapercibida; pero según revelaban sus palabras, su capacidad de percepción era superior a lo que yo había supuesto. Sin embargo, ni entonces ni en aquel momento habían hecho nada al respecto de mi presencia más que actuar con absoluta naturalidad. Y segundo, con respecto a mis inquietudes… eso era algo más desconcertante, pues ni tan siquiera a mi perro le había confesado tales interiores de mi alma. Negué con la cabeza, mirando al frente, sin poder cruzar mis ojos con los suyos. Busqué las palabras mientras tamizaba algo de tierra negra entre mis dedos, y cuando creí tenerlas, el hombre apoyó su manos sobre mi brazo, llamando mi atención, casi sobresaltándome. Le vi que me miraba con comprensión absoluta, como si él mismo hubiera estado antes en el lugar donde me encontraba yo.

“Son demasiados los que ante esa inquietud que ahora mismo tú sientes, no son capaces de llegar más allá de la desazón y el vacío que produce, y rehúyen como si de un veneno se tratase eso que no es más que un impulso” me dijo, leyéndome el pensamiento como si de un libro abierto se tratase y pudiese penetrar en mis entrañas. “No es ni bueno ni malo, cada persona ha de escoger, cada uno de nosotros tiene su propio momento, y nunca sabemos, en la infinidad de los tiempos, cual será ese en que nos atreveremos a dar un paso adelante en la dirección que nos llama”.

“Veo la sociedad”, le dije, “veo que cada vez es más materialista, más vacua, con la gente más perdida en mitad de millones de cosas que adquiere para hacerse la vida más cómoda, pero que le hacen más esclavo, más apegado a algo que es como bruma en la realidad. Cosas que pretenden afirmar y definir su personalidad, pero que lo único que hacen es esconderle de sí mismo y ocultarle quién es en realidad. Cada vez siento más la necesidad de abandonarles y dejar esas ciudades, de huir hacia los lugares que todavía no han sido mancillados por toda la vorágine de esperpénticos absurdos en los que veo abocados a esos deshumanizados.”

El anciano asentía ante mis palabras sin perder un instante aquella sonrisa beatífica, al tiempo que el joven observaba el vuelo de los pájaros en el cielo.

Miramos durante unos minutos que no sé cuántos pudieron ser el bosquecillo que teníamos delante antes de que el joven se atreviese a romper el hechizo, casi con una carcajada.

“La vida es la vida, tal y como la tenemos ante nuestros ojos”, aseveró, divertido. “La cuestión no está en qué parte de la vida quieres ver o no ver; la auténtica cuestión deriva en si somos capaces de ver la vida, de si nuestros ojos pueden ver lo que se nos ofrece ante nosotros, y no solamente aquello que nuestra propia vanidad nos impone. ¿Cómo ibas a ser capaz de superar esa cultura si ni siquiera puedes aprender de ella e integrarla en ti mismo?”

El joven calló después de soltar otra carcajada alegre, que no iba dirigida a mí, ni al anciano. Simplemente rebotó en el aire mientras se iba perdiendo a lo lejos, suave, como si de una brizna de hierba movida en la tormenta se tratase. Daba la sensación de que se podía tocar con los dedos. Y ante nosotros la naturaleza, que ante mis ojos iba cambiando, siendo la misma en cada instante de tiempo, como aquella frase que oyese hace tiempo sobre cierto hombre sabio que siglos antes recapacitó sobre la vida y la comparó con un río que se contemplaba desde un puente.

“Todo lo que nos rodea está impregnado de algo”, dijo mientras frotaba el suelo con las manos, como lo haría un niño que quiere jugar con la tierra. “Hay algo que se desprende y que se te ofrece y que sólo si quieres mirar con atención te será dada la dicha de poder alcanzarlo. Puedes pasar la vida entera sumido en la ceguera, pero merece la pena aprender a mirar hacia tu alrededor sin la cansada necesidad de juzgarlo todo. Quizá las cosas no sean buenas o malas.”

Le observé durante unos instantes, asimilando como se asimila el agua que bebes lo cambiado que estaba desde aquel camino en que les encontré entonces, y cómo ahora parecía otro, pero al mismo tiempo la misma persona. Fue entonces cuando hombre anciano empezó a hablar con su voz profunda que parecía llenarlo todo y detener el tiempo, como si pudiera suspender ante sí el tiempo mismo, de nuevo leyéndome la mente casi antes de que los pensamientos que, vaporosos, trataban de alcanzar forma se alzasen entre el humo.

“Haces bien en iniciar el camino entonces, pero date cuenta de una cosa”, me advirtió con un instante de seriedad: “del mismo modo que pretendes encontrar los fallos de la sociedad que te rodea, has de encontrar también al final de trecho la crítica a la propia crítica”, calló un momento antes de seguir hablando, y después con un gesto de su mano que abarcaba el cielo entero, añadió: “sólo aquel que está dispuesto a encontrar aquello de lo que ha de desprenderse el mundo, ha de estar dispuesto a desprenderse de sí mismo.”

El hombre se levantó acto seguido, dejándome con un reguero como de sangre que repudia el cuerpo gravemente herido plagado de preguntas que trataban de aportar luz a aquella frase. Iba a pronunciar una palabra que comenzase los interrogantes, pero entonces entendí que los lugares a los que debería dirigirme a partir de aquel momento no permitían ser definidos mediante la vanidad humana. Esos lugares estaban más allá de lo que la mente era capaz de construir mediante frases y verbos, palabras y formas gramaticales, y entendí cosas que hasta ese momento no había comprendido. Justo en ese momento se volvió un momento el joven, extrañamente alborozado, y me habló con otras palabras, también enigmáticas: “trata de solucionar un sistema de infinitas ecuaciones con infinitas incógnitas”. Y me descolocó por completo.

Subí a la cima de la colina, y desde allí les volví a ver como les vi antaño, y vi que sólo eran uno, y lo que entonces no pude entender, en aquellos momentos quedó claro en mi mente.

Alberto Martínez Urueña 16-04-2009

martes, 7 de abril de 2009

Licencias ensayísticas

No suelo aventurarme demasiado entre las páginas de columnistas de internet como yo por demasiados motivos. Como ejemplo introductorio arguyo que a la hora de escribir, la originalidad es uno de los factores más importantes cuando te lanzas a escribir y a plasmar una opinión o pensamiento. Además, me desagrada bastante (me ha ocurrido alguna vez en el pasado, con cierta razón para pesar mío) que me digan que me parezco a tal o cual escritor cuando no pretendo parecerme a nadie más que a mí mismo, y por eso tiendo quizá a mirarme demasiado y olvidarme de otras cosas que quizá sean más importantes.

Pero otro de los motivos principales por los que no me gusta demasiado andar por páginas ajenas es porque no me gusta el tono irreverente y violento que muchos adoptan en el texto. No me cabe la menor duda de que los lectores están esperando su ración semanal de improperios e insultos contra el desventurado objetivo, y que alimentar la inquina humana, común por otro lado a todos nosotros, vende bastante más que el comedimiento y la mesura. No en vano, el ser circunspecto y educado está cada vez más en desuso: se lleva más la personalidad agresiva del que no soporta que se vulneren un ápice los principios rectos que dicta el conocimiento y la prosapia que el escritor pretende transcribir entre líneas; y que, fiel a las doctas costumbres sacadas no se sabe muy bien de qué educación, se lance cual caballero andante a denunciar la deriva que han tomado esos aspectos de la novedad informativa que le atormentan.

Comienza a sonarme demasiado habitual la cuestión de cómo, en una sociedad que cae de manera casi constante en aquello de que la verdad depende del prisma con el que se mira, y en la que todo el mundo defiende su derecho a opinar, hay quien se atreve a mandar al cadalso literario a alguien, por muy buenas razones que se pretendan tener. Y no me importaría lo más mínimo ver tales demostraciones bárbaras (como sinónimo de actuaciones similares a las de las bestezuelas campestres) si no tuviese que verlas en personas que pretender aportar a esa tan noble arte que para mí es la literatura.

Claro, entre los siglos nos encontramos con que la sátira y la ironía han sido utilizadas por las grandes almas de nuestra cultura. Como ejemplo no tenemos más que acercarnos a esos sonetos que se dedicaban Quevedo y Góngora, que me han hecho partir de risa en más de una ocasión. La diferencia estriba, a mi modo de ver, en que insultar lo puede hacer cualquier niño de colegio, pero ya que te pones a ello, intenta hacerlo medianamente bien. Al margen de que lo que saco de tales sonetos no es querer matar a uno de los dos contendientes, si no leer el siguiente para volver a disfrutar de un momento solaz y entretenido con las inimaginables rutas que puede llegar a adoptar la poesía.

Al margen de este razonamiento tan prosaico y que no nos llevaría a nada (siempre habrá quien defienda el derecho que tenemos todos a ensuciar las nobles herramientas de Cervantes y Lope de Vega, por poner un ejemplo; no en vano, la lengua castellana es patrimonio de todos) está otra cuestión más práctica que todas esas, y es la mala baba que produce en las gentes de bien que les estén poniendo los flancos doloridos con las metafóricas espuelas que sueltan, al tiempo de la pretensión ingrata de subir a nuestra chepa las ideas más folclóricas, irreverentes y bastardas que surgen en mitad de las noches frías. No en vano, partos tan desnutridos sólo pueden ser vomitados en ausencia de humanidades descansadas.

Y claro, nos acercamos ya al engendro pusilánime más encantador de nuestra fauna ensayística: esos políticos a los que podríamos introducir en ese grupo de películas de serie B sin presupuesto que por el hecho de que son algo más famosos que otros, se creen ya con las prerrogativas necesarias para que su opinión sea tenida como válida, pero con la frustración que se les vislumbra por no jugar en primera división. Claro, diréis que ahora estoy haciendo lo mismo que he denunciado anteriormente; sin embargo matizo, pues lo único que hago es poner de manifiesto una cosa muy sencilla: las opiniones carniceras a lo único que llevan es a pensamientos carniceros, a exaltar los ánimos, a provocar excesivas subidas de tensión. No me parece que eso sea lo más responsable, y menos cuando estamos hablando de personas con un mínimo grado de representatividad. Porque el hecho de que lo haga yo, y alguna vez suelte alguna opinión algo más controvertida contra los de la gaviota, no implica lo mismo. Al margen de la persistente insistencia en que suelo caer al indicar que no critico personas, sólo doy mi opinión sobre ideas, y la diferencia es bastante sustancial, ya que siempre he propugnado el respeto que me merece toda persona por el mero hecho de serlo.

A lo que iba y concluyo: como columnista que me siento desde hace años (no pienso utilizar en este texto, más que ahora para dejarlo claro, esa palabra carente de sentido para mí que es blog pudiendo usar una castellana) siento que, cada vez que alguien utiliza el escarnio y la mordacidad sin pretender nada más que elevar los ánimos de los borregos que asienten con la voluntad hipotecada, me roba algo. Voy a dejar fuera de esto a los que como Espronceda enriquecieron hasta cotas inexpugnables este arte usando las figuras literarias que ahora otros mancillan (hoy en día todavía quedan algunos a los que también dejo fuera); pero que no se piensen otros que, por tener la boca más grande y menos sentido de la vergüenza, y haberse atrevido a ser personas públicas (algunas mujeres también son públicas y sus actividades merecen más respeto por mi parte), tienen licencia en este reducto en que hubo quien se ganó el respeto con elegante forma y rotundo arte y en que otros tratamos de hacernos un hueco sin caer en el fácil requiebro mil veces utilizado y el contenido inicuo del insulto.

Alberto Martínez Urueña 7-04-2009