viernes, 18 de abril de 2008

Aprovechando

Lo reconozco, había pensado escribir sobre política, aprovechar el inicio de legislatura y hacer una especie de alegato sobre las virtudes y despropósitos de la gente de Las Cortes Generales, pero como ellos van a seguir ahí, y me van a seguir dando motivos para poder hablar todo lo que quiera, prefiero cambiar de tercio, y que quien quiera vea el telediario.

Antes bien, la verdad es que hoy he tenido una experiencia que necesito contar y que me parece que el mejor modo es éste. He de agradecer a un gran amigo la oportunidad que me ha brindado de poder acudir a la presentación de un libro que espero poder leer cuanto antes, a ser posible con las oposiciones logradas y con todo el tiempo por delante que eso me deje. La verdad es que la temática (El malestar de los jóvenes, por título) es algo que me parece de un interés incuestionable, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de noticias que día sí, día también, nos ofrecen esos pequeños bastardos que graban palizas, queman indigentes y tiranizan compañeros hasta extremos que antes no se nos ocurría a nadie.

Al respecto, sin más peloteo por mi parte, y con el permiso de este amigo mío, sin pretender banalizar ni hacer un excesivo reduccionismo del libro, lo suficientemente largo y trabajado como para que resulte imposible hacer un resumen, me vino una reflexión a posteriori que hilé con otra y que es la que pretendo plasmar aquí, con vuestro permiso.

¿Cuántas veces habremos oído esa frase tan manida que ya casi ha quedado sin contenido, esa especie de guía para desvalidos y desengañados, o para personas que realmente la saben sacar jugo? Digo esto porque en esta vida que nos toca vivir, cada persona hace su propia estructura lógica y luego pasa que tienen poca fiabilidad; pero a la frase que me refería es esa de “Hay que aprovechar al máximo porque la vida es muy corta”.

Esto totalmente de acuerdo con la aseveración, y creo que pocas personas podrían ponerle peros a esta afirmación. Sin embargo, la cuestión a la que hasta hoy no me había dado cuenta que nos lleva esta frase es qué entendemos por aprovechar. Claro, aquí los defensores del pensamiento libre, de la moral a la carta, de que cada uno sabe lo que le conviene y esas cosas saldrán como perro de caza a por la presa; pero lo siento, dentro de que yo soy una persona que creo que lo importante en esa vida no es sólo seguir tu propio camino, sino más incluso encontrarlo, creo que hay determinadas cosas que si bien, no son verdades absolutas, hacen la convivencia un poco más fácil para todos. Me explico con un ejemplo claro: por supuesto que cada uno puede aprovechar el tiempo como le venga en gana, y no seré yo el que le prohíba nada a nadie, salvo si me intentan meter el dedo en el ojo, que quizá lo corte, pero no comparto en exceso la opción de quien considera buena opción beberse todos los días tres litros de cerveza, fumarse diez porros y meterse alguna raya los fines de semana, o ir jaleando a las personas mayores mientras la borrachera te lleva de un lado para otro en la calle Santiago.

Pues eso, según pensaba esto, imaginaos en el autobús, camino a casa, día de lluvia y yo mirando por la ventana, las ideas iban asaltándome la cabeza como griegos contra troyanos, y me di cuenta de que, joder, vivimos en una sociedad del consumo inmediato (no es que me viniera así sin más, es que salió el tema en la presentación del libro), de aquello de que hay que hacer acopio de experiencias, que hay que sacarle el jugo a la vida porque en cualquier momento se te puede acabar, y que lo de la frase es cierto, que hay que aprovechar la vida porque se hace muy corta; y claro, me di cuenta, porque lo he visto, de la cantidad de gente que justifica las mayores autobarbaridades (como las que comentaba antes), por el hecho de que la vida es muy corta y se acaba que parece que no ha empezado. Como la vida se me puede acabar en un instante, pues experimento, hago no sé que otras cosas y tal, y lo que inmediatamente pensé fue: “¿y realmente al muerto le importa lo que ha vivido o no?”. Y después pensé, es cierto que a lo mejor sales a la calle y te pilla el coche y te vas al otro barrio en un decir Jesús, pero, como una lucecita pestañeando, me dije: “¿Y si resulta que no viene el coche, y me toca la bisectriz, y no me atropella, y llego a los ochenta años, o como mi abuelo que este año hace noventa y cuatro?”. Fue cuando me entró la temblequera y el mareo. Porque mira, queda superchulo ir en plan bohemio, arrastrar los pies por la acera según andas y hacer como que no te peinas, pero la verdad, y así os lo digo, creo que la vida tiene mucho más que ofrecer. No es por ofender a nadie, pero pasarte ochenta años con esa actitud tiene que ser realmente aburrido. Y ya, si nos damos cuenta de lo del malestar de los jóvenes (el que diga que es falso, miente más que habla), y que con esas cosas no conseguimos solucionar nada, es para pararse un momento a pensar si con lo que hacemos, realmente obtenemos algo.

La reflexión verdadera a la que llegué fue que es muy probable que estemos estresadísimos de currar durante la semana (yo de estudiar, ya lo sé), que nos estén tocando ahí donde más duele cada vez que te descuidas, que la vida muchas veces es una mierda y todas esas historias que decimos y que nos pasan a todos; ahora bien, ¿qué es lo que hacemos para evitarlo, para salir de eso, o simplemente para aplacarlo? Esa es la cuestión del aprovechamiento, la pregunta que todos deberíamos hacernos alguna vez: ¿cuál es el camino que queremos recorrer? Porque parece una obviedad como un castillo, pero creo que pocas veces nos la hacemos, y sin saber qué es lo que queremos, vamos de un lado para otro, al compás de un viento señalado por otras personas; citando a cierta persona, “como si nuestra atención fuese una luz de discoteca que a cada momento señala un lugar distinto”. Al final no sabemos, no ya donde vamos, si no tampoco lo que queremos, y no recorremos nada; y puede que sea más fácil, más cómodo, más sencillo, pero entonces es cuando no estaremos aprovechando para nada el tiempo que tengamos.

Alberto Martínez Urueña 18-04-2008

martes, 18 de marzo de 2008

Miedo y control

Supongo que muchos de los que reciben estos correos se habrán preguntado en multitud de ocasiones con qué autoridad puedo hablar de determinados temas, o cuál es la experiencia que puedo atesorar para poder ni tan siquiera opinar sobre los textos que os dedico. Puede ocurrir que de lo que ahora hablo me retracte cuando llegue el momento, o no; sin embargo, esto no me impedirá expresarse.

Podría seguir utilizando este tono conciliador y modesto, pero no creo que nos llevase a nada ni a vosotros ni a mí (no podría recortar más la introducción, por otro lado). Hay un tema en el que quizá sí que puedo tener una cierta experiencia, y que no tengo ningún pudor en reconocer, que tiene una doble implicación que ahora desgrano: en primer lugar, un afán desmedido desde hace muchos años por tratar de controlar lo que me rodea, desde las cosas más sencillas a las complejas o irresolubles; en segundo lugar, y derivado de este primero, la obsesión racionalista, la pretensión de pensar los más nimios detalles y tratar de adentrarme por medio de la mente, como si el poder de ésta fuese absoluto, en tales intrincados laberintos.

Bastante absurda pretensión es ésta, es lo que al final he sacado, y lo que me ha demostrado errores de partida en multitud de asuntos en que me he sumido a lo largo de este camino. Claro, habrá quien diga que eso mismo es lo que estoy haciendo ahora, y que lo que voy a poner a continuación no es si no fruto de este proceso racional del que hablo. No pretendo estigmatizar la mente tampoco, pues permite aprobar las matemáticas del colegio, por ejemplo.

Algo que creo poder decir en mi favor: la inquietud que siempre he tenido por observar a las personas. No en un afán obsesivo ni voyerista; hay quien se entretiene mirando las estrellas, otros sienten curiosidad por la música clásica. Yo me he interesado siempre por las personas en sus procesos vitales; no ya sólo mentales, sino sentimentales e impulsivos. Algo tendrá que ver con el intento de controlar de que hablaba antes, pero no sólo eso ha sido el motor de mi inquietud, sino también la propia curiosidad. Eso me ha llevado a concluir cuáles pueden ser las dos motivaciones más importantes de las personas: el deseo, como intento de alcanzar aquello que nos parece más atrayente, y el miedo, como privación de lo anterior.

Es indudable para este simple escritor que las personas humanas nos pasamos la vida por un lado intentando atesorar aquello que conseguimos (otro debate puede ser lo efectivo del ser humano como determinante de los sucesos que le rodean); y por otro lado, tratamos de evitar en lo posible e incluso intentar solucionar los problemas vitales que se nos plantean. Ahora, creo que la pregunta importante es la que pocas veces nos hacemos, y realmente es la medida en que realizar estos dos objetivos es posible. Qué duda cabe que la sociedad postmoderna en la que vivimos, una sociedad cuyo rasgo, entre otros, es el de la consecución del éxito, nos dice que esto es posible. Curiosamente, y esto no sale en los anuncios de la televisión, otro de los rasgos definitorios de nuestra cultura es la frustración; algo que debería hacernos recapacitar, sin duda.

Creo sinceramente que esa pretensión humana de la que hablo en el párrafo anterior no es tanto fruto de la realidad, como de la desmedida soberbia y prepotencia en que se haya instaurada la cultura occidental. Personalmente entiendo, o más bien me esfuerzo en entender, la vida como un flujo constante e indeterminado de cosas buenas y malas, sin recetas mágicas que hagan desaparecer los tonos más oscuros de la multicolorida realidad en que respiramos; y que del mismo modo que siempre se ha dicho que las cosas buenas vienen y van, así ocurre con las negativas. Curiosamente, todo esfuerzo por solucionarlas, en lo que deviene es en perpetuarlas al darlas una importancia no menor o mayor de la que tienen, sino esencialmente errónea.

Un ejemplo palmario de lo que hablo es la muerte, tabú de los tabúes en la sociedad del cuerpo danone. Cada vez con más recurrencia las personas intentan darle respuesta a algo que no la tiene, en lugar de verla como es. La cuestión es que quizá haya más cosas que son igualmente inevitables, pero nos creamos el ficticio esquema lógico y material de que esto no es así, movidos en última instancia por eso que nadie se reconoce a sí mismo (yo incluido por supuesto): no nos gusta el miedo, cosa normal; pero no tanto que nos negamos a aceptar que lo tenemos, subidos en nuestro pedestal de prepotencia y ego desmedido.

Pienso que nacemos a una vida en la que la pretensión de control no es sino una construcción mental que nos aísla de una verdad superior: el ser humano se pasa la vida sin controlar realmente nada, sin ver la inmensidad de ejemplos que le rodean cada minuto del día y engañándose con falacias. Nacemos para morir, dirían algunos, pero la muerte es una etapa más, y aunque parezca una obviedad (hay quien dice que me paso la vida diciendo obviedades) nacemos para vivir, para disfrutar de lo bueno que tenga cada momento y para soportar lo malo que inevitablemente tiene asociado, pero no para intentar controlarlo (inevitable consecuencia de nuestra condición humana), sólo para aceptarlo, pues de otra manera caeremos en un error y una pretensión sin mucho fundamento.

Nacemos para vivir, no para tratar de aferrar las cosas buenas, sino para aprovecharlas el tiempo que duren; no para tratar de solucionar las desgracias que nos caigan, sino para soportarlas con la dignidad que podamos; no para gastar el tiempo pensando mientras la vida se escapa, si no para vivirla el tiempo que se nos brinde.

Da miedo no poder controlar las cosas, pero eso no exime de que sea cierto. Creo en esto sinceramente, y en que es la única forma cierta que conozco para aprovechar el presente sin preocuparme de cuándo se acabará lo que estoy viviendo. Y, aunque haya quien no me creerá, cuando se acepta esto, el miedo desaparece, porque se acepta que antes o después todo es polvo.

Alberto Martínez Urueña 18-03-2008

miércoles, 5 de marzo de 2008

Fidelidad

Se acabó el silencio. Ya sé que llevaba mucho tiempo sin escribir, pero esta espera ha sido intencionada, y bien intencionada. Las últimas revueltas sociales en plan guerrilla entre unos y otros me han mantenido en la trinchera, sin querer participar en lo que considero más un circo que una auténtica demostración de decisión popular, que a fin de cuentas es lo que tenemos en el horizonte. Lo complicado de todo esto será escribir un texto que no caiga en las ideas abstractas de los socialistas utópicos, ni en rigideces propias de los fundamentalismos. Quien me conoce personalmente sabe perfectamente que quizá soy de ideas fijas y hasta cierto punto poco dado al cambio de ellas, pero admito las ajenas como parte del derecho a decidir el camino propio sin más interferencias del respecto a dicha libertad propia.

Tampoco pretendo caer en la realización de un mitin electoral en esta página; eso se les da mejor a los políticos, y tampoco quiero quitarles el papel, del mismo modo que no dejo que ellos me puedan arrancar el mío, que es aportar mi opinión lo más clara y personal que pueda; y eso es lo único que pretendo.

Ahora que llegan ya la elecciones, les hago una propuesta tan clara como sencilla: que todo el mundo vote, que no se busquen excusas para no hacerlo, que no sea por descontento o por desengaño, que no sea porque uno me parece un mentiroso y el otro un ladrón de barrios bajos, que no sea porque simplemente no me apetece andar hasta el colegio electoral que me toca. El derecho de sufragio universal es probablemente ese derecho por el que más sangre se ha derramado en la historia, sangre de gente que estaba más o menos convencida de lo que pretendía al ofrecerla, el derecho por el que los librepensadores fueron a la cárcel (y siguen yendo a lo largo y ancho del mundo, que el que llamamos Occidente es bastante más pequeño de lo que creemos) cuando no les mataban y matan, ese derecho por el que lucharon y soñaron tanto hombres como mujeres, jóvenes y viejos. Habrá quien diga que con Franco se vivía mejor, que los sistemas políticos son todos iguales, que los partidos políticos son un invento marionetístico con unas manos que mueven los hilos… Lo que queráis, incluso admito que quizá tengan razón, no lo sé; pero a fin de cuentas el único sistema político con el que puedes dar tu opinión es éste, y cuando hubo tanta gente que se partió la cabeza por conseguirlo sería porque el que había no merecía la pena. Y ahora no veo más que a cuatro radicales que querrían volver a lo anterior (sin darse cuenta de que estarían prohibidos en la mayoría de los casos), mientras que el resto vive, yo incluido, medianamente mejor que hace cincuenta años.

Por todo esto les digo que vayan a votar. Y dense cuenta de una cosa, que mucha gente se derretirá de coraje cuando oye hablar a Rajoy y a Zapatero porque no les gusta ni uno ni otro. La cuestión es que están en su legítimo derecho de llamar a uno fascista y al otro payaso (otra de las consecuencias de la democracia, antes no se podía), y mandarles a la mierda y votar cualquier otra opción por estúpida que parezca, A fin de cuentas, esa es la esencia de un sistema político representativo y parlamentario, distinto del presidencialista anglosajón, que es el que tienen en esa mierda de país de ultramar (y no hablo ni de América Latina, ni de Canadá) y que pretenden instaurar en nuestro país. Algo así como lo que ocurre en el fútbol, cuando te preguntan que de qué equipo eres, y lleva implícita la obligación de responder que o Barcelona o Madrid. Pues si no les da la gana tener que elegir entre estos dos y no lo hacen, no lo hagan tampoco con PP o PSOE, que no están obligados. Como con lo otro, que pueden decir el equipo de su ciudad y punto, como hacen muchos que yo conozco y no ocurre nada.

Ah, y lo del voto útil es una auténtica gilipollez que se sacaron de la manga para polarizar a un más a un electorado que si se relaja (como a veces pasa, que a fin de cuentas, siempre se ha dicho que masa ni piensa ni quiere hacerlo), se deja engañar.

Y así, parece que tenemos sólo dos elecciones, cuando no es cierto: tenemos la elección de votar en blanco, de que sea voto nulo (metan dos papeletas en el sobre, y verán que rápido se lo anulan), de votar a cualquier otro partido de los que se presentan… Cualquier cosa antes que votar a un partido que no les gusta, y cualquier cosa antes que despreciar la sangre de nuestros antepasados. Y en España no está tan lejos, que todavía sigue machando de refilón algunas conciencias cuando se habla de memoria histórica, iglesia católica y otros recuerdos infaustos de nuestra Historia.

Por todo esto les digo que participen, aunque sea para no hacerlo, pero que vayan a las urnas. Si quieren votar a Izquierda Unida, como si quieren votar a la falange. No en vano, hay que darse cuenta de una cosa: una participación alta se considera un setenta y cinco por ciento de posibles votantes, pero eso significa que una cuarta parte de la población con derecho a voto (no sé cuantos serán, pero sí que serán varios millones) no les importa mucho todo lo que he expuesto en este texto. Pero bueno, una de las consecuencias de la democracia es que se puede opinar sobre lo que quieran, que yo esté equivocado y la razón sea bien distinta.

No quiero decir nada más. En la época que estamos se me podría acusar de partidista, de sectario y otras cosas. Mis opciones son mis opciones, y no las comparto, no las sabe nadie por mucho que haya quien se jacte de ello, y eso lo puedo asegurar. Y además, no escribo sobre otros temas que guardo, como el miedo, o el sistema económico, o vete a saber qué, porque tampoco quiero ser acusado de nada. Sólo les diré: sean fieles a sí mismos, y con eso tendrán ganada al menos su conciencia. ¿Y para qué más?

Alberto Martínez Urueña 5-03-2008

lunes, 14 de enero de 2008

Libres y salvajes

Este es un tema de esos que puedes atacarle de mil formas distintas. Puedes echar espumarajos por la boca y no dejar títere con cabeza en cuanto empieces, o tratar de ser comedido y dar explicaciones que nadie te pida. Unos lo expresan desde el punto de vista de los causantes, y otros se ponen en la perspectiva de la víctima. La verdad es que yo prefiero verlo desde el mío propio, como quien lo ve en tercera persona y no se ha visto involucrado nunca con estos temas, y espero que por mucho tiempo siga todo así.

Ya sabéis que soy un firme defensor de los derechos de eso llamado ser humano, y de todas esas parafernalias de las que se llenan la boca determinados foros y contertulios, y otras alimañas más feroces y también más radicales. No en vano, y siendo así de directo, el peligro de pegarle una paliza a tal o cual sujeto es que quizá te equivoques de destinatario y se lo hagas pagar a quien no debes. No hay que olvidar incluso en el aspecto judicial determinados casos de errores flagrantes que han mandado a inocentes a la cárcel, o a la cámara de gas. Aparte que hay quien puede opinar que para sacarte determinada información, que al final resulta que no sabías, están legitimados para retorcerte los intestinos con unas pinzas de chimenea. En estos casos, luego pueden pedirte perdón con mucha baba bendita, pero nadie va a poder resarcirte realmente de lo sucedido. Gracias a Dios, por mucho que a determinados radicales (autotildados de tolerantes) les pese y gustaríanse de ver colgando del pescuezo a quien ellos determinen, hay determinados derechos que no te pueden quitar, como el derecho a la integridad física (no ser torturado), derecho a la presunción de inocencia (no como con la antigua congregación para la fe y los santos, es decir, la Inquisición que tenías que demostrarla y no al contrario) y otras más que vienen en esa Constitución que muchos no saben para qué fue promulgada.

El problema de esos aspectos unidos en uno es que al amparo de determinados derechos se vulneran otros. Estoy sumamente identificado con la posesión de éstos en el ámbito público de las personas; el sistema, sin embargo, se tambalea cuando esos derechos no van acompañados de correspondientes responsabilidades. Para hacernos una idea, yo tengo derecho a que no venga nadie y me torture, pero también está el aspecto negativo de que yo no tengo derecho a torturar a nadie, y ésa es precisamente de la responsabilidad de la que hablo. Con el objetivo de evitar esos desmanes, que no hace tanto ocurrían en este nuevo paraíso occidental con el que se le cae la baba a más de uno, se promulgaron una serie de preceptos a fin de erradicar esto que antes parecía más una costumbre que una atrocidad.

Pero claro, ¿qué pasa cuando a un menor de dieciocho años se le pone entre ceja y ceja que quiere partirle la cabeza a una mujer de cuarenta y pico en Medina del Campo porque no le gusta lo que le ha dicho, por poner un ejemplo? Véanse también abuelos agredidos en plena calle, maestros que son objeto de practicas pugilísticas en los pasillos de un instituto cualquiera, mendigos que suficiente tienen con el frío del invierno para que vengan determinadas bestias a reclamarles sangre… Y así un largo etcétera de víctimas de personas que por códigos legales son menores, y así se les defiende, pero que por salvajadas son Atila y su ejército.

Claro, es el momento en el que alguien saldrá diciendo tonterías tales como la carencia de responsabilidad, al menos legal, de personas de esa edad, que hay que protegerles de los ataques de los más fuertes, y todas esas cosas que estamos acostumbrados a oír a señores de traje, corbata y sonrisa displicente que algunas veces han conseguido alterarme más de la cuenta. Ya sabéis a lo que me refiero. El problema en este sentido es que a la víctima nunca queda resarcida de las lindezas del mocoso, robándole a mano armada sus propias legitimidades. Y reclamando aquello de “tócame, que soy menor”. Es decir, sabe que es menor, así como reclamar los derechos anejos a tal condición, pero no sabe discernir si quemar viva a una mujer en un cajero está bien o mal.

Aquí se pueden empezar a rebuscar en el fango más podrido miles de retorcidas razones para justificar que un niño de esas edades se parezca demasiado a Hannibal Lecter. Podemos hablar de los peligros del grupo-manada, de las indecencias emitidas en horario infantil, de la violencia de internet; pero la verdad es que no quedo satisfecho con ninguna de ellas. Todavía recuerdo épocas en que las pistolas eran el juguete más deseado, o los militares aquellos del GIJOE, o en las que se buscaba el rato en que los padres no estaban en casa para ver tal o cual película, o cuando buscábamos la forma de ver el interior del cuarto de baño de las chicas. Algo hicimos todos, nadie se libra de la mancha. Pero claro, si te pescaban te caía la que te tenía que caer, y si hacía falta a dos manos, y si chistabas lo más mínimo te caía el reintegro porque protestar cuando te habías equivocado también era falta.

Luego el problema al que llego es a la falta de responsabilidad. Es decir, no me vengan con soplidos en la oreja referentes a las pobres criaturas víctimas de tanta patraña, porque el problema precisamente es ése, que aunque en la televisión salgan soldados americanos pasándoselo en grande en las cárceles irakíes, cuando el niño haga lo que no debe, que la pague toda entera; y que no venga su madre diciendo que es que no puede con él y su padre cagándose en los muertos más frescos del profesor, policía, o quien sea, porque su hijo es un santo y no hace eso. Y mientras tanto, el niño partiéndose la caja porque el otro día le metió mano a una compañera que no quería, siendo el más gallo de su clase, con video formal en teléfono móvil que lo demuestra, y además ha conseguido burlarse del gilipollas que le hace de padre.

No recuerdo a ninguno de los de mi generación y anteriores que hayan salido traumatizados por una bronca de las que hacían temblar los cimientos de las casas, ni porque alguna vez tu padre te cruzase la cara cuando te lo merecías. Pero dejadles, que crezcan libres y salvajes, porque como siempre suelo decir, al final tendremos la sociedad que nos merecemos, y si un día tu hijo te parte la cara porque le sale de la santísima e inocente bisectriz, siempre puedes echarle la culpa al Gobierno.

Alberto Martínez Urueña 13-01-2008

Sabios y niños

Su aspecto era ralo, descuidado, bastante troncotorcido y cuasimódico, como si de una encina retorcida en arabescas posturas no supiese muy bien cómo llegar al cielo. Caminaba a trompicones, tropezando en cada hoyo, raíz o línea del camino, que no veía a pesar de llevar la mirada gacha de humillado cánido. En fin, de aspecto demacrado acentuado por una ropa vieja y sieteada desde cada esquina hacia cada uno de los centros, que de tan caída tela que llevaba parecía que hubiese cientos en los pocos centímetros cuadrados que le quedaban sobre la percha raída que eran sus hombros. Una debacle humana, sin necesidad de ir más lejos.

Le conocían en el gremio de ancianos y sabios de cada uno de los pueblos por los que había arrastrado su desidiosa postura, y ya se había convertido su retahíla en una especie de gemido continuo que unía cada localidad en un suspiro prolongado que podía utilizarse como plano de caminos, aunque nadie quisiese seguirlo. Por cada uno de ellos había pasado, exponiendo sus quejumbrosos problemas sin ningún pudor ni reparo, como mendigo herido en la guerra que hace ostentación y gala de sus muñones mientras reclama algo de misericordiosas limosnas. Así mendigaba él, sin más que manos no podían darle aquel tesoro que anhelaba pero que no conocía por más que hurgaba en las heridas supurantes y pustulosas que le postraban cuerpo a tierra, como si su vida, más que de sendas, estuviese repleta de trincheras.

Pocas eran las ocasiones que encontraba para levantar la vista de los barrizales y estercoleros de aquellos andurriales que frecuentaba. Cada vez que lo hacía, el recorrido visual que dedicaba al paisaje era un continuo de comparaciones en las que salía trasquilado sin remedio. Ya fuese un pájaro de brillante colorido, porque aquel volaba por los cielos azules compitiendo con las nubes en belleza; ya fuese un pez de sinuosos movimientos que remontaba las caídas de agua, porque tenía un sentido encontrado en su monótona y fugaz existencia; ya fuese una mota de polvo que arrancaba destellos al astro solar en su caída desde los firmamentos; todo era sensiblemente mejor que él, cuya existencia era tan grisácea que hasta las graníticas peñas le parecían competencia ese terreno. Los ríos eran afortunados porque con tanto agua podían llorar eternamente, y los desiertos igualmente agraciados por no tener agua que verter en continuo llanto. En fin, que cada comparación que hacía le picaba en la moral como sarna de leproso y los restregones para aliviarse le dejaban surcos tan profundos que parecía ir dejando restos suyos por cada cuneta.

Los sabios escuchaban sus penas con docta mirada y ceño fruncido y serio, tratando de penetrar en cada entresijo del alma de aquel desgraciado, y para cada sabio había una respuesta, había un consejo y una letanía de recetas mágicas para solucionar aquellos males que se cernían sobre la espalda de aquel hombre, que más que espalda parecían alforjas burreras de cargadas que iban. A fin de cuentas, acabó haciendo responsables también a tanto viejo de barba blanca porque no habían encontrado el remedio milagroso que pusiera término a tanta miseria que le lastraba, y dejó de visitarles porque la rabia contra ellos era igual de feroz que contra el pájaro, el pez, la mota de polvo y el resto de existencias terrenales mejores que la suya.

Así lo recapacitaba cuando se sentó en un sucio banco de un parque del extrarradio de uno de los pueblos mugrientos a donde le llevaron los pies sin que él dejara ni un segundo de insultarlos por cansados, persistentes y dañinos. Hablando solo era todo un experto y así le parecía su voz tan agrietada como los rostros matusalénicos que había contemplado en cada supuesto sabio.

Cuando calló durante unos minutos, maldiciendo a la saliva porque ya no regaba su desértica boca, vio frente a sí un grupo de chiquillos que jugaban, corriendo unos detrás de otros, escapando, girando y riendo. Uno de ellos se le acercó y se sentó a su lado, mientras él le miraba con cierto desdén y reticencia, y se miraron durante unos momentos, el primero con una sonrisa, el segundo con la cara más larga que jamás fabricase naturaleza humana.

- ¿Qué le ocurre a su cara, señor? Parece como si la alegría le hubiese pasado de largo en el reparto.

- Todo me pasa, y nada. Porque si tanto sabio como he visitado ha sido un continuo devenir de respuestas encontradas y contradictorias será que tengo todo dentro de mí por cada respuesta; y por otro lado, que nada hay, puesto que ninguno de los remedios consiguió aplacar los males.

Y acto seguido, empezó a contarle cómo durante su vida todo lo que le rodeaba había ido perdiendo su colorido, todo había ido marchitándose y muriendo como si de una vida únicamente otoñal se tratase, restando a su alrededor sólo grises tonos y abismos insondables.

- Pero todo eso ya ha pasado, ¿no? Además, tal pecado no es de los sabios que no han sabido encontrar tu mal. La vida de cada uno es la responsabilidad de cada uno, y de nadie más, de tal forma que si los errores fuesen responsabilidad de otros, también lo serían los méritos que se hubiesen alcanzado. - dijo el niño, sin perder un segundo la sonrisa. - En cualquier caso, y gracias a esa propia responsabilidad de cada uno, ahora, en este momento, empieza el resto de tu vida, y en cada momento, un nuevo comienzo. ¿Para qué pensar tanto en lo ocurrido si ya ha pasado?

- Porque seguirá pasando inexorablemente hasta mi muerte, que espero no sea tardía.

- Todavía resta demasiado ignoto recorrido para el futuro como para pensar en él. Además, ninguno de tales problemas que me has dicho existen, sino en tu cabeza, y se resumen todos ellos en uno: miedo.

- ¿Miedo? - dijo el hombre, y se apresuró a preguntar, pero el chico le puso un dedo en los labios.

- Miedo a conseguir algo para después perderlo; miedo a conseguirlo y que poco a poco vaya perdiendo su colorido, como antes has dicho; miedo a ser feliz y después perder esa felicidad y ser desdichado; miedo a tener que renunciar a esto y quedarte desamparado; miedo a lo que pueda suceder en un indeterminado futuro, cercano o lejano, y que sea pernicioso. A fin de cuentas todo es miedo a perder algo, pero eso nos lleva a un horizonte que es imposible de conocer. Además, resulta raramente contradictorio por otro lado que cuanto más tengas más miedo tendrás.

- ¿Y qué hacer? ¿Cómo vivir sin poseer nada? A fin de cuentas, humana condición inevitable es tratar de aferrar aquello que quiero, tratar de conseguir lo que anhelo y conservarlo.

- Quizá el error sea pensar que alguna vez poseíste algo. Más correcto puede ser comprender que cada instante bueno que puedas tener en esta tan corta e insignificante existencia sea un privilegio que debas aprovechar el tiempo que esté contigo, sabiendo que antes o después se irá. Un privilegio cada instante, que es una nueva oportunidad de vivir un presente que comienza de nuevo el resto de tu vida, y vivir cada presente como una vida entera.

- Un privilegio cada instante de esta vida, y cada instante como una vida entera. Luego la vida entera sería un privilegio. - recopiló el hombre, sintiendo que algo renacía dentro de sí; pero el miedo todavía pugnaba por no ceder aquel reino. - Pero me da pánico pensar que perderé todo.

- Entonces tendrás que aprender lo que he dicho antes: quizá el error sea pensar que alguna vez poseíste algo. Si nada posees, nada perderás, sólo habrás tenido el privilegio de que algo semejante pasase por tu vida.

El hombre miró al chico asustado ante esa posibilidad, y en su cabeza empezaron a dar vueltas cada uno de los conceptos que a lo largo del tedioso y abrumador camino recorrido se habían ido incrustando en sus cimientos como babosas que poco a poco habían ido drenándole la sangre. Fue a seguir con aquella cuestión, pero el niño negó con la cabeza, siempre sonriente.

- Déjalo. Cada pregunta y cada respuesta te llevará a la siguiente en una sucesión interminable de miedos. Entiende que la mente es un punto del camino, no la meta, que termina cuando se convierte en tu enemigo y acaba con ella aquí; y decide si prefieres estar sentado en este banco o venir a jugar con nosotros, porque ese es el presente que ahora se extiende ante tus ojos, y el futuro ya vendrá.

- ¿Cómo voy a ir a jugar con este miedo?

El niño le volvió a poner el dedo en los labios y sólo le dijo “Decide”, y se marchó.

El hombre le miró un instante, y antes de que su mente se pusiese de nuevo en funcionamiento para fabricar indefectiblemente otro miedo, se alzó en pie con energía, se sacudió el polvo de tanto camino y miró adelante, hacia el parque, hacia los niños.

Y los sabios de aquel parque vieron, encantados, que había un niño nuevo jugando, corriendo, girando y riendo. Con ellos.

Alberto Martínez Urueña 5-01-2008