jueves, 9 de noviembre de 2023

Sobre amnistías

De vez en cuando no viene mal volver por estos lares y dejar algún comentario. O quizá una reflexión un poco más profunda y extensa. Con el tema de la amnistía, diré que, al igual que con la DUI y con los indultos, estoy radicalmente en contra de que se produzcan. Por varios motivos. El primero de ellos es porque creo en una democracia real y radical en el sentido más griego del término. Es cierto que vivimos en una democracia representativa y que los cauces están establecidos con una serie de normativa. Esta normativa, no obstante, no rompe con esa idea democrática: la propia Constitución es fruto de un consenso democrático. No estoy diciendo con ello que la amnistía sea inconstitucional. No son experto constitucionalista y no me corresponde determinar tal cuestión: para eso está el Tribunal Constitucional y, del mismo modo que no estuve de acuerdo con la sentencia sobre los estados de alarma, la respeté, no por creer en ella (me convencían más los votos particulares; hay extensos análisis por internet al respecto, no es que yo entienda del tema), sino porque el orden constitucional indica que estas son las normas del juego.

En segundo lugar, estoy en contra de la capacidad del poder ejecutivo para conceder indultos a políticos o personajes públicos o poderosos. Mucho más, para conceder amnistías a políticos o a personajes públicos o poderosos. Estaría a favor, analizando caso por caso, si habláramos de personas desconocidas que cometieron un error, que se han arrepentido y que han rehecho su vida (típico caso de quien roba para dar de comer a sus hijos o errores de juventud que se juzgan diez años más tarde y en los que no hubo delitos de sangre, por poner algún ejemplo).

En tercer lugar, porque, a pesar de que pueda creer que la Constitución ha de ser modificada en determinados aspectos (no soy monárquico, pero mucho menos creo que el heredero de la corona deba ser preferiblemente varón), y a pesar de creer que nuestro Estado de Derecho es susceptible de mejora, ambos forman las dos barreras que nos protegen de la ley de la selva que los neofascistas querrían imponernos. Sólo el imperio de la ley impide que guerrillas urbanas se autoerijan como “defensores” de la patria e instauren un régimen político basado en la imposición y la violencia. Cuando Abascal dice públicamente que se han dictado órdenes ilegales e insta a nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad a elegir qué ordenes consideran ellos ilegales y, por lo tanto, considerarse legitimados para desobedecerlas, está afirmando que ya se han producido y está dado pie a que en el futuro sean funcionarios públicos quienes discriminen de manera arbitraria qué órdenes cumplen y o no. Esto está dentro de nuestras obligaciones, pero sólo en casos palmarios, no en mitad de una algarada callejera.

Pero ojo, no estoy en contra de la amnistía por ninguno de los argumentos que esgrime la derecha española sobre la ruptura del orden constitucional, ni por la ruptura de la nación ni nada parecido. Debo respetar, como así hago, el amor inquebrantable que profesa un grupo de mis conciudadanos por España. Por su noción de lo que es España. Pero, ni yo profeso ese amor inquebrantable por la patria ni tengo la misma noción de España que defienden ellos. Yo siento una gran afinidad por España, pero no por la noción de esa España de la que hablan. No tengo ningún problema en que la organización administrativa cambie, dado que, para mí, las fronteras y distribución de competencias no es más que una forma como otra cualquiera de gestionar la socioeconomía de una determinada región. No tengo ningún problema en que, en tal o cual región, la mayoría democrática decida entenderse en un idioma, en otro o en tres al mismo tiempo: Suiza en su conjunto tiene cuatro idiomas oficiales, unos más hablados que otros en según qué regiones. No siento atacado mi idioma ni mi acervo cultural por estas disquisiciones.

Quizá sea porque considero que la parte relevante no va de fronteras ni de idiomas, ni tampoco de opciones culturales ni morales. Las dos primeras las considero opciones de organización administrativa; las dos segundas las considero opciones individuales en donde nadie debe meterse. Considero que la parte relevante va de personas. Del aspecto material de las personas, que es donde los Estados modernos deben entrar: no en vano, son los aspectos que pueden influir de manera determinante en las posibilidades de cada individuo a la hora de labrarse un futuro. Creo que los Estados modernos están para garantizar que cualquiera de sus ciudadanos, nazca en el barrio de Salamanca, o nazca en un pueblo de montaña, o en una barriada arrasada por la pobreza, tengan las mismas posibilidades de progresar en esta sociedad y, con este progreso, colaborar en hacer una sociedad más cohesionada. Porque, en realidad, creo en el Estado Democrático y Derecho porque es el modelo que de mejor manera garantiza la paz social y la estabilidad económica. Y, además, porque la Constitución obliga a garantizarlos en muchos de sus artículos.


Alberto Martínez Urueña 9-11-2023

jueves, 20 de julio de 2023

La negociación, la imposición y la mentira

  Es triste, pero es así. Los seres humanos hemos de aceptar que la mentira forma parte de nuestra vida. Solamente unos pocos valientes, o necios, o kamikazes, están dispuestos a ser completamente transparentes para las personas que les rodean. Y me explico. La sinceridad que expone el núcleo más íntimo de la persona frente a cualquier persona que se le acerque no es valentía ni coraje: es temeridad. En el ámbito de cualquiera de nosotros hay reductos en donde no debes dejar entrar a nadie, pero en donde que tampoco debe haber nadie que quiera entrar. Miedos, pequeñas incongruencias, vicios personales, pequeñas debilidades (o grandes) no tienen por qué ser expuestas.

Es cosa diferente en la vida pública. Algunas de nuestras decisiones pueden afectarnos a nosotros solos (en realidad esto sería una completa majadería, siempre afectan a alguien), pero otras muchas afectan y condicionan la vida de las personas que nos rodean. Si somos encargados de gestionar una empresa, o un servicio público, nuestras decisiones de carácter económico deberán ser juzgadas, sin lugar a dudas. Y no digo ya si somos elegidos como representantes de otros: nuestra esfera privada se va a ver reducida a la mínima expresión. ¿Por qué? Precisamente por esa representatividad que asumimos. Nadie nos obliga, es una decisión libérrima de nuestra voluntad y debemos asumir sus consecuencias. El escrutinio será feroz.

Por desgracia para los representados, debemos entender dos cosas. La primera de ellas es qué es lo que estamos delegando en estas personas. No estamos delegando, en principio, el poder de imponer nuestras voluntades y modelos sociales al resto de conciudadanos y vecinos; estamos delegando la capacidad para negociar y mediar con quienes opinan diferente. La democracia representativa se configura como un modelo alternativo a la democracia directa por dos motivos: uno de ellos viene de la imposibilidad de negociar todas las materias de gestión y organización del Estado entre 47 millones de personas que somos en España; el segundo motivo es que hay materias en las que se necesita ser experto, o se necesita consultar a los expertos, para poder alcanzar pactos satisfactorios y que no generen más problemas de los existentes.

¿Cuál es la segunda cuestión que, creo, debemos entender los representados? Que nuestros representantes a veces no hacen lo que nos han prometido. A veces mienten, por supuesto. Otras veces, no aplican los contenidos de sus programas electorales.  Es labor nuestra analizar por qué sucede esta anomalía. A mi modo de ver, puede ser porque desde el principio tuvieran decidido no cumplir, y aquí estaríamos hablando de intereses ocultos y mentiras. Otra posibilidad viene determinada porque los procesos de negociación exigen cesiones programáticas para encontrar acuerdos con los representantes de otros ciudadanos que, al igual que nosotros, tienen el mismo derecho de ser representados (o de montar un partido si cree que ninguno de los existentes representa sus ideas fundamentales). No podemos olvidar, y esto lo hacen de manera sistemática todos los políticos, que las personas que se reúnen en el hemiciclo no están ahí para sí mismos, ni representándose únicamente a sí mismos, ni hablando solamente de sus intereses: a través de ellos se está manifestando, tal y como indica la Constitución, la voluntad soberana del pueblo español.

El filtro que debemos aplicar a la hora de elegir quién va a llevar a cabo esa tarea de negociación en nuestro nombre es multivariable, debemos considerar varias cuestiones para poder llevar a cabo un voto adecuado. Pero una de las cuestiones que nadie debería pretender con su voto es lograr que se aplicasen el cien por cien de sus ideas. Eso no es una sociedad, eso es una distopía en la que quedas tú como última persona sobre La Tierra. Y en el caso de que algún partido político lo pretenda hacer de manera efectiva, es un enemigo de la democracia.


Alberto Martínez Urueña 20-07-2023

martes, 11 de julio de 2023

El camino de la democracia

 

            No engaño a nadie si digo que la política es uno de mis temas favoritos. Sí que es cierto que no tengo demasiado tiempo hoy en día para profundizar en los temas, y menos para poder dejarme caer por mi columna con una cierta frecuencia (de hecho casi un año), pero para lo que menos tiempo tengo hoy en día es para encabronarme. Por eso procuro ir con cuidado.

            Creo que la democracia es un buen sistema de gobierno, pero no es perfecto. Lo sería si los ciudadanos que participan en ella lo fueran, pero por desgracia no hay un solo espécimen de nuestra raza que pueda jactarse de ello. Hace tiempo que llevo profundizando en el análisis del ser humano, leyendo, tratando de encontrar realidades más allá de lo aparente y intentando vislumbrar cuál puede ser la mejor manera para vivir una vida plena. Una de las conclusiones más interesantes a las que llegué, discurriendo por este camino, es que las personas podemos tener tres posibles trayectorias existenciales. Puede parecer una simpleza plantearlo, pero tiene consecuencias de una rotundidad y un peso tan estructural que todo parte de ellas. Son trayectorias de crecimiento, de estancamiento o de decrecimiento. De construcción, de paralización o de decrepitud. Sencillo, ¿verdad? Pero saquemos alguna conclusión de ellas. La primera de todas ellas es que el estancamiento mantenido a lo largo del tiempo desemboca inevitablemente en el de la degeneración. Son dos esquemas teóricos, pero que se basan en una realidad tan inapelable como lo es la gravedad: un cuerpo al que no se le aplica ninguna fuerza externa tiende a caer hacia el centro de gravedad más próximo. Llevado a nuestro terreno, si no hacemos ningún esfuerzo por nada, no nos quedaremos estáticos en un punto de equilibrio más o menos satisfactorio, sino que nos despeñaremos hacia los infiernos más profundos de nuestro ser.

            El camino de crecimiento, por lo tanto, requiere de un esfuerzo constructivo. No hay un refugio que te ponga al amparo de la tormenta si no aportas recursos en su construcción inicial y básica; y no hay refugio que pueda convertirse en hogar si no le prestas la adecuada atención día tras día, embelleciéndolo y reparando sus desperfectos con la correcta diligencia. El ser humano que conformamos es nuestro propio hogar, somos nosotros mismos en nosotros mismos, es el único lugar donde se encuentra la paz y la armonía, y somos nosotros mismos desde donde puede partir para poder aportarla a nuestro entorno. No hay verdad más inmutable que ésta: únicamente el que puede descansar en la realidad, que es una e indivisible, puede alcanzar la paz que buscamos todos. Desde allí, si tiene fuerza y sabiduría, encontrar la manera de introducir alguna mejora.

            Por desgracia, la política de hoy en día no busca, en ninguno de sus aspectos, favorecer este tránsito de la persona. No quiere que hagamos ese esfuerzo de construcción y embellecimiento. Nos necesita en otro lugar. Quiere nuestra atención en otras localizaciones. Pretende que pongamos nuestro esfuerzo vital en otros puntos. De esta manera, las personas caen en un embrutecimiento que, por desgracia, incluso se enaltece en ciertos ámbitos en donde sacan verdadero rédito de nuestra decrepitud existencial.

            Ojo, la culpa no es de la política. Ésta no es más que un reflejo de la sociedad en que vivimos. Los políticos sólo ofrecen aquello que la gente pide. Sólo venden el producto que mejor compramos. Ellos persiguen sus objetivos, y para ello necesitan de nuestro voto, y nos ofrecen la mejor composición de fuegos de artificio con que deslumbrarnos.

            La democracia es el mejor sistema, desde mi punto de vista, pero la construcción de la democracia (en realidad, de cualquier sistema social en que pensemos) parte de la construcción de cada una de las personas que conforman esa sociedad y, por desgracia, hay demasiadas personas, quizá una masa crítica, que siguen el camino contrario. De superarla, no sé hasta dónde llegaría la pendiente por donde nos vamos despeñando poco a poco, pero espero que, por una vez en la historia del hombre, no implique más víctimas de las que ya estamos acumulando.

 

Alberto Martínez Urueña 11-07-2023

 

viernes, 16 de septiembre de 2022

Una sonrisa gratis

 

            ¿Cuánto hace que no escribís una carta a alguien? No hace falta que sea una carta manuscrita. Y no me refiero a escribir un mensaje de texto o en algún chat de mensajería instantánea. Hace cosa de veinticinco años, o quizá más, sí que tenía esa costumbre. Luego, perdí la costumbre, aunque después empecé con esto de los correos que os remito, y se parece un poco, aunque no es lo mismo. Resulta que tengo un muy buen amigo, gran escritor, con el que mantengo una relación epistolar desde hace años. La vida no nos permite quedar más que una o dos veces al año, pero la cercanía con la que nos tratamos a través de las cartas le ha convertido en una persona muy especial para mí. Además, no podría ser de otra manera, es una persona muy interesante y con una profundidad intelectual muy rara en los tiempos que corren. Con la capacidad de sintetizar en un texto toda una idea de manera correcta, concreta y estructurada. De vez en cuando, me pregunta mi opinión sobre tal o cual tema, y en una de las últimas cartas, me hacía la siguiente pregunta, y yo le respondía…

 

            Me preguntas por el progreso de mi país... Creo que occidente en general está en un proceso de cambios convulsos. Hay quien opina que el petróleo se acaba, y también el gas, y que vamos hacia otra "cosa", otro sistema diferente. Creo que hay algo de eso. Por un lado, tenemos a mucha gente que vive al día, con pocos ingresos y mucha inestabilidad; pero, por otro, tenemos a mucha gente con tanta comodidad material que vive cansada de todo, y no sabe qué hacer con su vida. Creo que estamos en un cambio de inflexión, y te diría que quizá pueda ser positivo, pero esto es lo que ocurre en occidente. En occidente vive menos del 10% de la población mundial. ¿Qué pasa con el resto? Nos creemos el ombligo del mundo, un ombligo rico, con dinero, pero quizá no lo seamos tanto. Quizá los equilibrios geoestratégicos, pero, sobre todo, las dinámicas migratorias mundiales, nos hagan darnos cuenta de que no somos tan ombligo.

            Creo que occidente consume mucho. Muchísimo. La gente quiere varios coches, comer hasta reventar – sobre todo, carne –, tener el armario lleno de ropa, viajar varias veces al año, cambiar de móvil con injustificable frecuencia... Para ello, se esfuerzan en trabajos que les destrozan, que les convierten en algo que ya no es tanto un ser humano, y todo por consumir cada vez más, porque si consumes eres más feliz. Y, sin embargo, lo que consumen no les hace más felices, y la conclusión a la que llegan es que todavía no han consumido suficiente, y entonces se angustian, se esfuerzan más por ganar más dinero para poder consumir todavía más, y cuando consumen más, todavía no les vale. Y se frustran, son infelices porque no pueden consumir todo lo que quieren, pero incrementar el consumo tampoco les hace un poco – un poquito, aunque fuese – más felices. Y la gente está desconcertada. El sistema capitalista nos ha dicho que consumir es la llave de la felicidad, pero hay una creciente cantidad de personas que se está dando cuenta de que hay algo de trampa en ese mensaje. Porque nos dijeron que trabajando y esforzándonos cada vez más conseguiríamos subir de estatus, eso implicaría consumir más, ser más en ese escalafón que creó el sistema capitalista. Pero la gente consume y consume y no es más feliz. De hecho, cada vez lo es menos. Nuestra sociedad ha visto como se incrementaba el consumo de sustancias antidepresivas, ansiolíticas, etcétera, de manera acelerada. Hay trampa. En todo esto hay algo que no es cierto.

            Y luego llegó la pandemia, y ¿sabes lo que sucedió? Que la gente tuvo tiempo libre. No había que salir a trabajar, había que quedarse en casa y ocupar las horas. Y lo que vislumbraron muchos de ellos no les gustó. Eso demuestra otro de los males de occidente: necesitamos estar continuamente haciendo cosas. Si estás continuamente haciendo cosas cumples con el mantra del capitalismo de esforzarte al máximo para poder tener más dinero que usar en consumir cada vez más bienes y así subir en el escalafón social. Eres un buen ciudadano, cumples con tu papel en la sociedad. Pero, además, si ocupas todo tu tiempo hasta el extremo, puedes permitirte el lujo de no pensar en si tu vida va bien o va mal, en si eso es lo que quieres o tu vida es una mierda. En si te están colando una trampa. ¿Has oído hablar de El gran abandono? La gente está empezando a pensar que quizá merece la pena trabajar menos, ganar menos y tener tiempo para gastarlo en otras cosas. Es decir, no tener más dinero, sino hacer cosas que no requieren dinero, pero que satisfacen. En lugar de salir de copas, o a cenar a un restaurante, irte a dar un paseo por un parque, o por un bosque.

            Me preguntabas por la deriva de mi país. La verdad es que la deriva de los países me queda muy grande para planteármelo. Prefiero preocuparme por la deriva de las personas. Y, sobre todo, por la deriva de las personas que me importáis. Algunos, como tú, sabéis disfrutar de lo bonito de la vida. Sin embargo, a mi alrededor conozco personas que están en esa vorágine de la que te hablaba en el párrafo anterior, y me da pena. No pueden darse un paseo por un parque, como hago yo, y disfrutar del verde de las hojas de los árboles, de la luz del sol filtrada entre las ramas, del crujir de la tierra bajo la suela de mis zapatillas de deporte que suelo llevar desatadas para que los pies vayan más libres. A veces me siento durante un par de minutos o tres y escribo unos versos. O simplemente observo. "¿El qué?", dirás. A veces simplemente el baile de las ramas al compás del viento. Imagino que habrá quien piense que estoy loco. Que por qué malgasto el tiempo de esa manera. Pero yo los veo a ellos, que se pasan días enteros sin sonreír, y sólo espero que, alguna vez, sonrían por sí mismos. Sin necesidad de pagar por ello.

 

Alberto Martínez Urueña 9-09-2022

jueves, 4 de agosto de 2022

Consumo y conciencia

  Hay ciertos temas de los que resulta complicado hablar sin alterarse. Uno de ellos, para mí, es la cuestión de la crisis climática y, en concreto, la gestión del agua. Nuevamente, volvemos a una cuestión fundamental: ¿debemos consumir un producto por el hecho de que podamos pagarlo? Por supuesto que se cumplen las condiciones para que el agua se convierta en el producto de un mercado en el que la oferta y la demanda marquen el precio. Por supuesto que se podría segmentar el mercado en función de los usos que se hagan de él y también es indudable que las tareas de control para verificar que las normas se cumplen se pueden implementar. Según esta teoría, los usos para consumo humano serían los básicos; después irían los consumos industriales y agrícolas, en donde también podríamos segmentar; y, por último, podríamos considerar los usos recreativos, como puedan ser piscinas, parques acuáticos, campos de golf, etcétera. Según la teórica económica capitalista, con esto valdría para regular el consumo de agua y, en principio, que las decisiones de consumo sean racionales y se optimice su uso, evitando despilfarros.

Sin embargo, esta elegante teoría, secundada por ciertas multinacionales y sus portavoces corporativos, lobistas y representantes públicos, se olvida de una cuestión, o más que olvidarse de ella, no se menciona abiertamente: todo mercado, ya sea de competencia perfecta, oligopolista o monopolista, expulsa a los productores que no optimizan los costes, pero también a los demandantes cuya restricción presupuestaria no alcanza para pagar el precio fijado por los mercados. Esta cuestión, aceptada en el mercado de los coches de lujo, en el que sus consecuencias son inocuas, el supuesto mercado del agua traería unas consecuencia devastadoras. De hecho, ya se ha acuñado el termino de migrantes climáticos, un término que engloba a aquellas personas que no tienen acceso al agua.

La gestión del agua no se puede dejar en manos del mercado, porque el mercado podría considerar lógico que en La moraleja se llenen las piscinas a precio de oro mientras estos precios en barrios humildes supondrían un drama. Por eso se interviene estableciendo restricciones cuando se considera necesario. Ahora bien, ¿cuándo se considera necesario intervenir en este mercado? ¿Cuándo estamos legitimados los ciudadanos, a través de nuestros representantes, a establecer unas normas legalmente aprobadas que nos permitan intervenir en el mercado del agua? Como siempre, el diablo está en los detalles, no en los mensajes vociferados vía twitter en los que ni se profundiza en los análisis ni se discrimina entre posibles opciones para las que hay recursos finitos. Huid siempre de los mensajes simplones.

Uno de los grandes avances de la humanidad fueron los almacenes de grano. Durante siglos estuvimos expuestos a las hambrunas provocadas por el capricho de las cosechas hasta que la tecnología nos permitió obtener excedentes de grano y alguien tuvo la idea de meterlos en un granero para los años que vinieran malos. Esta medida, que a nadie puede desagradar, es intervenir el mercado agrario, y a nadie se le ocurriría negar sus beneficios. Con el agua ocurre que, desde hace años, gracias a la dolosa – uso esta palabra sabiendo lo que significa en su primera acepción de la RAE y dejo en barbecho las siguientes – gestión de nuestros políticos, no tenemos excedentes de agua. Los acuíferos se agotan. El cambio climático hace que las lluvias sean escasas y torrenciales, lo que no permite almacenarla en esos acuíferos y, además, desertifica el suelo. Las reservas glaciares de nuestras montañas son cada vez más exiguas y, considerando la deriva térmica en nuestro planeta, no parece que vayan a aumentar.

La crisis climática ya está aquí. Y cuanto más tiempo tardemos en darnos cuenta de que tenemos que cambiar nuestro modo de vida, peores consecuencias dejaremos a nuestros hijos. Más complicado será no ya revertirlo, sino encontrar la forma de sobrellevarlo. La gestión del agua es uno de esos ejemplos, pero tenemos todos los que queramos ver si no nos ponemos delante de la cara las excusas que nos venden los grupos de presión que luchan por aumentar sus beneficios a corto plazo. No es un problema de falta de información: el que no ha querido verlo hasta ahora seguirá encastrado en su ceguera, orgulloso de su rebeldía y de su aguante frente a la corriente que impera. Como si la crisis climática, de la que ya nos advertían en los años 70, fuera una moda pasajera, como los pantalones de campana. En realidad, es un problema de toma de conciencia y de asumir, de una vez por todas que debemos no ya disminuir nuestro nivel de consumo, sino reorientarlo hacia todo aquello que no aumente el deterioro de nuestro planeta. Yo no digo que tengáis que dejar el dinero en la cuenta del banco, o en la cartera; sólo pretendo advertir que la responsabilidad de nuestras sociedades liberales recae sobre el individuo y han de despertar las conciencias para que nuestras funciones de consumo se amplíen, introduciendo en nuestra utilidad de forma masiva los criterios medioambientales. Esto implicaría forzar a los productores a vendernos aquello que consideremos que no daña nuestro planeta presente y que respete el planeta que dejamos a nuestros hijos. Esto aumentaría la oferta de bienes y servicios medioambientales y reduciría su precio a través de las economías de escala. Esto reduciría la demanda de productos dañinos para el medioambiente, bajando su precio, los márgenes de beneficios de esos productores y, por lo tanto, terminaría por eliminar esos mercados, o, al menos, los reduciría. Consumidores concienciados construyen, sin lugar a dudas, un mundo mejor. Y, a lo mejor, descubren cosas nuevas más satisfactorias. Pero eso ya os lo cuento otro día.


Alberto Martínez Urueña 4-08-2022