viernes, 16 de septiembre de 2022

Una sonrisa gratis

 

            ¿Cuánto hace que no escribís una carta a alguien? No hace falta que sea una carta manuscrita. Y no me refiero a escribir un mensaje de texto o en algún chat de mensajería instantánea. Hace cosa de veinticinco años, o quizá más, sí que tenía esa costumbre. Luego, perdí la costumbre, aunque después empecé con esto de los correos que os remito, y se parece un poco, aunque no es lo mismo. Resulta que tengo un muy buen amigo, gran escritor, con el que mantengo una relación epistolar desde hace años. La vida no nos permite quedar más que una o dos veces al año, pero la cercanía con la que nos tratamos a través de las cartas le ha convertido en una persona muy especial para mí. Además, no podría ser de otra manera, es una persona muy interesante y con una profundidad intelectual muy rara en los tiempos que corren. Con la capacidad de sintetizar en un texto toda una idea de manera correcta, concreta y estructurada. De vez en cuando, me pregunta mi opinión sobre tal o cual tema, y en una de las últimas cartas, me hacía la siguiente pregunta, y yo le respondía…

 

            Me preguntas por el progreso de mi país... Creo que occidente en general está en un proceso de cambios convulsos. Hay quien opina que el petróleo se acaba, y también el gas, y que vamos hacia otra "cosa", otro sistema diferente. Creo que hay algo de eso. Por un lado, tenemos a mucha gente que vive al día, con pocos ingresos y mucha inestabilidad; pero, por otro, tenemos a mucha gente con tanta comodidad material que vive cansada de todo, y no sabe qué hacer con su vida. Creo que estamos en un cambio de inflexión, y te diría que quizá pueda ser positivo, pero esto es lo que ocurre en occidente. En occidente vive menos del 10% de la población mundial. ¿Qué pasa con el resto? Nos creemos el ombligo del mundo, un ombligo rico, con dinero, pero quizá no lo seamos tanto. Quizá los equilibrios geoestratégicos, pero, sobre todo, las dinámicas migratorias mundiales, nos hagan darnos cuenta de que no somos tan ombligo.

            Creo que occidente consume mucho. Muchísimo. La gente quiere varios coches, comer hasta reventar – sobre todo, carne –, tener el armario lleno de ropa, viajar varias veces al año, cambiar de móvil con injustificable frecuencia... Para ello, se esfuerzan en trabajos que les destrozan, que les convierten en algo que ya no es tanto un ser humano, y todo por consumir cada vez más, porque si consumes eres más feliz. Y, sin embargo, lo que consumen no les hace más felices, y la conclusión a la que llegan es que todavía no han consumido suficiente, y entonces se angustian, se esfuerzan más por ganar más dinero para poder consumir todavía más, y cuando consumen más, todavía no les vale. Y se frustran, son infelices porque no pueden consumir todo lo que quieren, pero incrementar el consumo tampoco les hace un poco – un poquito, aunque fuese – más felices. Y la gente está desconcertada. El sistema capitalista nos ha dicho que consumir es la llave de la felicidad, pero hay una creciente cantidad de personas que se está dando cuenta de que hay algo de trampa en ese mensaje. Porque nos dijeron que trabajando y esforzándonos cada vez más conseguiríamos subir de estatus, eso implicaría consumir más, ser más en ese escalafón que creó el sistema capitalista. Pero la gente consume y consume y no es más feliz. De hecho, cada vez lo es menos. Nuestra sociedad ha visto como se incrementaba el consumo de sustancias antidepresivas, ansiolíticas, etcétera, de manera acelerada. Hay trampa. En todo esto hay algo que no es cierto.

            Y luego llegó la pandemia, y ¿sabes lo que sucedió? Que la gente tuvo tiempo libre. No había que salir a trabajar, había que quedarse en casa y ocupar las horas. Y lo que vislumbraron muchos de ellos no les gustó. Eso demuestra otro de los males de occidente: necesitamos estar continuamente haciendo cosas. Si estás continuamente haciendo cosas cumples con el mantra del capitalismo de esforzarte al máximo para poder tener más dinero que usar en consumir cada vez más bienes y así subir en el escalafón social. Eres un buen ciudadano, cumples con tu papel en la sociedad. Pero, además, si ocupas todo tu tiempo hasta el extremo, puedes permitirte el lujo de no pensar en si tu vida va bien o va mal, en si eso es lo que quieres o tu vida es una mierda. En si te están colando una trampa. ¿Has oído hablar de El gran abandono? La gente está empezando a pensar que quizá merece la pena trabajar menos, ganar menos y tener tiempo para gastarlo en otras cosas. Es decir, no tener más dinero, sino hacer cosas que no requieren dinero, pero que satisfacen. En lugar de salir de copas, o a cenar a un restaurante, irte a dar un paseo por un parque, o por un bosque.

            Me preguntabas por la deriva de mi país. La verdad es que la deriva de los países me queda muy grande para planteármelo. Prefiero preocuparme por la deriva de las personas. Y, sobre todo, por la deriva de las personas que me importáis. Algunos, como tú, sabéis disfrutar de lo bonito de la vida. Sin embargo, a mi alrededor conozco personas que están en esa vorágine de la que te hablaba en el párrafo anterior, y me da pena. No pueden darse un paseo por un parque, como hago yo, y disfrutar del verde de las hojas de los árboles, de la luz del sol filtrada entre las ramas, del crujir de la tierra bajo la suela de mis zapatillas de deporte que suelo llevar desatadas para que los pies vayan más libres. A veces me siento durante un par de minutos o tres y escribo unos versos. O simplemente observo. "¿El qué?", dirás. A veces simplemente el baile de las ramas al compás del viento. Imagino que habrá quien piense que estoy loco. Que por qué malgasto el tiempo de esa manera. Pero yo los veo a ellos, que se pasan días enteros sin sonreír, y sólo espero que, alguna vez, sonrían por sí mismos. Sin necesidad de pagar por ello.

 

Alberto Martínez Urueña 9-09-2022

jueves, 4 de agosto de 2022

Consumo y conciencia

  Hay ciertos temas de los que resulta complicado hablar sin alterarse. Uno de ellos, para mí, es la cuestión de la crisis climática y, en concreto, la gestión del agua. Nuevamente, volvemos a una cuestión fundamental: ¿debemos consumir un producto por el hecho de que podamos pagarlo? Por supuesto que se cumplen las condiciones para que el agua se convierta en el producto de un mercado en el que la oferta y la demanda marquen el precio. Por supuesto que se podría segmentar el mercado en función de los usos que se hagan de él y también es indudable que las tareas de control para verificar que las normas se cumplen se pueden implementar. Según esta teoría, los usos para consumo humano serían los básicos; después irían los consumos industriales y agrícolas, en donde también podríamos segmentar; y, por último, podríamos considerar los usos recreativos, como puedan ser piscinas, parques acuáticos, campos de golf, etcétera. Según la teórica económica capitalista, con esto valdría para regular el consumo de agua y, en principio, que las decisiones de consumo sean racionales y se optimice su uso, evitando despilfarros.

Sin embargo, esta elegante teoría, secundada por ciertas multinacionales y sus portavoces corporativos, lobistas y representantes públicos, se olvida de una cuestión, o más que olvidarse de ella, no se menciona abiertamente: todo mercado, ya sea de competencia perfecta, oligopolista o monopolista, expulsa a los productores que no optimizan los costes, pero también a los demandantes cuya restricción presupuestaria no alcanza para pagar el precio fijado por los mercados. Esta cuestión, aceptada en el mercado de los coches de lujo, en el que sus consecuencias son inocuas, el supuesto mercado del agua traería unas consecuencia devastadoras. De hecho, ya se ha acuñado el termino de migrantes climáticos, un término que engloba a aquellas personas que no tienen acceso al agua.

La gestión del agua no se puede dejar en manos del mercado, porque el mercado podría considerar lógico que en La moraleja se llenen las piscinas a precio de oro mientras estos precios en barrios humildes supondrían un drama. Por eso se interviene estableciendo restricciones cuando se considera necesario. Ahora bien, ¿cuándo se considera necesario intervenir en este mercado? ¿Cuándo estamos legitimados los ciudadanos, a través de nuestros representantes, a establecer unas normas legalmente aprobadas que nos permitan intervenir en el mercado del agua? Como siempre, el diablo está en los detalles, no en los mensajes vociferados vía twitter en los que ni se profundiza en los análisis ni se discrimina entre posibles opciones para las que hay recursos finitos. Huid siempre de los mensajes simplones.

Uno de los grandes avances de la humanidad fueron los almacenes de grano. Durante siglos estuvimos expuestos a las hambrunas provocadas por el capricho de las cosechas hasta que la tecnología nos permitió obtener excedentes de grano y alguien tuvo la idea de meterlos en un granero para los años que vinieran malos. Esta medida, que a nadie puede desagradar, es intervenir el mercado agrario, y a nadie se le ocurriría negar sus beneficios. Con el agua ocurre que, desde hace años, gracias a la dolosa – uso esta palabra sabiendo lo que significa en su primera acepción de la RAE y dejo en barbecho las siguientes – gestión de nuestros políticos, no tenemos excedentes de agua. Los acuíferos se agotan. El cambio climático hace que las lluvias sean escasas y torrenciales, lo que no permite almacenarla en esos acuíferos y, además, desertifica el suelo. Las reservas glaciares de nuestras montañas son cada vez más exiguas y, considerando la deriva térmica en nuestro planeta, no parece que vayan a aumentar.

La crisis climática ya está aquí. Y cuanto más tiempo tardemos en darnos cuenta de que tenemos que cambiar nuestro modo de vida, peores consecuencias dejaremos a nuestros hijos. Más complicado será no ya revertirlo, sino encontrar la forma de sobrellevarlo. La gestión del agua es uno de esos ejemplos, pero tenemos todos los que queramos ver si no nos ponemos delante de la cara las excusas que nos venden los grupos de presión que luchan por aumentar sus beneficios a corto plazo. No es un problema de falta de información: el que no ha querido verlo hasta ahora seguirá encastrado en su ceguera, orgulloso de su rebeldía y de su aguante frente a la corriente que impera. Como si la crisis climática, de la que ya nos advertían en los años 70, fuera una moda pasajera, como los pantalones de campana. En realidad, es un problema de toma de conciencia y de asumir, de una vez por todas que debemos no ya disminuir nuestro nivel de consumo, sino reorientarlo hacia todo aquello que no aumente el deterioro de nuestro planeta. Yo no digo que tengáis que dejar el dinero en la cuenta del banco, o en la cartera; sólo pretendo advertir que la responsabilidad de nuestras sociedades liberales recae sobre el individuo y han de despertar las conciencias para que nuestras funciones de consumo se amplíen, introduciendo en nuestra utilidad de forma masiva los criterios medioambientales. Esto implicaría forzar a los productores a vendernos aquello que consideremos que no daña nuestro planeta presente y que respete el planeta que dejamos a nuestros hijos. Esto aumentaría la oferta de bienes y servicios medioambientales y reduciría su precio a través de las economías de escala. Esto reduciría la demanda de productos dañinos para el medioambiente, bajando su precio, los márgenes de beneficios de esos productores y, por lo tanto, terminaría por eliminar esos mercados, o, al menos, los reduciría. Consumidores concienciados construyen, sin lugar a dudas, un mundo mejor. Y, a lo mejor, descubren cosas nuevas más satisfactorias. Pero eso ya os lo cuento otro día.


Alberto Martínez Urueña 4-08-2022


miércoles, 27 de julio de 2022

Ética y utilidad


  Ya hacía tiempo que no volvía por aquí. Durante muchos años he estado hablando de política en general, o de política en concreto cuando algún político cometía la imprudencia de convertirse en una verdadera herramienta propositiva al servicio del interés general. Normalmente, los políticos son herramientas de mercadotecnia al servicio de los grupos de presión que les otorgan la visibilidad necesaria para poder estar en el candelero. No hay mejor ejemplo de cómo funcionan estas cosas que Ciudadanos, que de la noche a la mañana pasó de ocupar grandes campañas publicitarias a convertirse en un producto de deshecho político, lo que implica ostracismo mediático (rae: (1) entre los antiguos atenienses, destierro político, o (2) apartamiento de cualquier responsabilidad o función política o social). Un partido que nació con la finalidad de ser bisagra cometió el error por todos conocido cuando se afilió oficiosamente al PP, y más aún cuando tuvo la pretenciosa idea de sustituirles en el panorama nacional.

Da igual, hablar de política se ha convertido en un deporte de riesgo; hablar de economía, un concurso de panfletos con argumentos pobremente hilvanados; profundizar serenamente en un análisis de matices, una utopía imposible de llevar a cabo en La Tierra. Como el paraíso cristiano.

La edad que nos ha correspondido vivir en occidente a nuestras generaciones tiene una característica fundamental: la abundancia. En todos los aspectos de la vida. Es ampliamente aceptado, por otro lado, que la historia de la humanidad se caracterizó anteriormente, para la gran mayoría de la población, por la escasez material. La escasez material es evidente, pero la implicación de esta es clara: inseguridad. Es decir, miedo. Y el ser humano, armado con su herramienta divinizada, la razón, tiene alergia al miedo. ¿Qué camino nos indicó la razón para poder minimizar la inseguridad? Encontrar una seguridad física instrumentada a través de una seguridad socioeconómica. Y hemos alcanzado cotas de evolución humana espectaculares. Misión cumplida, y creo que de manera sobresaliente.

Sin embargo, esta abundancia nos ha generado un problema básico que antes no nos acuciaba, en la época de la escasez: el dilema de la elección. Y para analizar este problema, la teoría económica tiene buenas herramientas, como es la teoría microeconómica de las curvas de indiferencia. Esta teoría nos indica que los seres humanos tenemos una restricción presupuestaria – eso lo tenemos claro – y después establece una hipótesis: ante una variedad de productos posibles para consumir, teoriza que los seres humanos pueden alcanzar una mayor satisfacción material consumiendo un poco de todos ellos que si consume mucho de uno solo y nada o casi nada de los restantes. Y si nos miramos a nosotros mismos, veremos que tiene bastante razón: a fin de cuentas, consumimos una gran pluralidad de productos. No obstante, también considera que pueden existir bienes por los que tengamos aversión y que, por lo tanto, a mayor consumo, menor satisfacción. Pensemos, por ejemplo, en recibir un servicio especializado en propinar palizas: salvo que seas una persona masoquista, a mayor consumo, peor. Creo que está claro.

¿Qué consideraciones contiene, por lo tanto, la teoría económica, a la hora de establecer que productos son deseables y cuales nos provocan aversión? Evidentemente, no entra en estas cuestiones. Una cosa te gusta o no te gusta, y si te gusta, a mayor consumo, mayor satisfacción. Por esto, las drogas o sexo de pago son productos demandados y en el caso de que fueran legales, no habría más cortapisa para su consumo que la moralidad del propio individuo. Pero la economía no va de moralidad. Salvo que el propio individuo la quiera introducir en su función de consumo. Por eso, el mercado de la prostitución – mercado alegal de momento – no alcanza las cotas que tiene, por ejemplo, el mercado audiovisual de eventos deportivos.

¿Cuál ha sido el verdadero acierto del capitalismo en que vivimos a la hora de abrir mercados y generar cada vez más riqueza? Eliminar de los criterios de elección la mayor cantidad de reticencias éticas y convertir las elecciones de productos en meras opciones, quitándonos las necesarias pirámides éticas de la elección. Poniendo todas las opciones de consumo al mismo nivel y restringiendo el criterio de oportunidad al simple precio.

Por eso, al individuo occidental le da igual de donde vienen los productos que consume. No le interesa saber las condiciones en las que se producen. Y habrá quien diga que esto no es cierto, pero no hay mejor juez que los hechos consumados. En realidad, tenemos suficiente información para poder elegir de manera ética, pero no lo hacemos. Si analizamos cuáles son los criterios que analizamos en nuestra función de consumo, nos daremos cuenta que son elecciones basadas en la obtención de una satisfacción inmediata, en una emoción automática y cuyos efectos son de cortísimo plazo. Analizando esas variables que utilizamos para la toma de decisiones de consumo podemos determinar qué cosas son a las que realmente damos valor y cuáles otras cosas relegamos a un segundo plano. El acierto de la sociedad de consumo en la que vivimos, precisamente ha sido afectar a nuestras funciones de consumo convenciéndonos de todas las maneras posibles de qué cosas son las que debemos considerar relevantes y cuáles no. Y esto se hace mediante herramientas de mercadotecnia con las que nos bombardean de manera continua.

Sólo por terminar cerrando el círculo de este texto, llevemos esto al campo de la política y entenderéis por qué no quiero hablar de ella: los individuos que consumen un producto llamado política se mueven en un mercado condicionado por factores que no buscan una elección basada en principios éticos, sino que se mueven en un mercado de oferta realmente degradado y de demanda condicionada por elementos que nada tienen que ver con la ética o el humanismo. En realidad, nada diferencia a la política de los peores mercados de la actual situación del capitalismo. No buscan informarnos para que tomemos una decisión orientada por unos principios humanistas; buscan condicionarnos para que nuestra elección se base en otros criterios más cercanos a las pulsiones más bajas del ser humano. Pero como la moralidad se ha convertido en algo subjetivo, sólo necesitan, por ultimo, convencernos de que, en realidad, esas pulsiones no son tan bajas. Algunas son, nos dicen, incluso razonables.


Alberto Martínez Urueña 27-07-2022


viernes, 8 de abril de 2022

No os agobiéis

  Yo os recomiendo que no os agobiéis demasiado. Los problemas que tenemos sobre la mesa son importantes, es indudable, pero uno de los principales detonantes de nuestras angustias es la incertidumbre. Lo que nos preocupa lo hace, en parte, porque no conocemos por dónde irán los derroteros que nos lleven, indefectiblemente, al siguiente problema. Porque siempre, cuando resolvemos uno, aparece otro. Es inevitable. ¿Es inevitable?

No os agobiéis, no es necesario. La inmensa mayoría de las cosas que parece que nos suceden, en realidad, no nos suceden a nosotros, sólo suceden y nosotros nos vemos en medio. Somos como sombras en mitad de un escenario que no nos pertenece. Pensad en el tema recurrente en estos últimos dos años, la pandemia: ¿cuántas veces os habéis sentido desconcertados, como si en realidad no supieseis qué es lo que deberíais hacer? Ahora, nos llega la guerra, allí en Ucrania – aunque antes también había conflictos, estaban al sur, después del Mediterráneo, y ya sabéis… –, y tampoco sabemos muy bien cuáles son nuestras opciones. Quizá es que pensamos que tenemos alguna opción y es falso… Ojo, no voy a despreciar toda la ayuda humanitaria que hemos brindado, todos los esfuerzos de esa gente absolutamente maravillosa que se agarró el coche desde España y se plantó en la frontera con alimentos, medicinas, y dispuesta a traerse a quien lo necesitara. Son muchos los que se han beneficiado de esa ayuda. Pero ya, lo de parar la guerra y que esa gente vuelva a su país no es cosa nuestra. Porque no nos engañemos, esas personas quieren volver a su pueblo. Y os voy a contar un secreto: a los inmigrantes que tienen la piel negra y que vemos en las playas, durante el verano, les pasa lo mismo.

No os agobiéis porque no tiene sentido. La solución a este problema, así como a otros muchos, es muy sencilla, pero no la vamos a adoptar. Es mejor, como dice el refranero, malo conocido que bueno por conocer. Y además, los estudios sobre neurociencia indican que el cerebro humano, de hecho, funciona así, resistiéndose a los cambios, por muchas bondades que pudiéramos obtener. ¿Por qué digo esto? Porque es evidente. Pensemos por un momento, en algo muy sencillo, y que,. además, se incardina con los problemas que nos acucian en estos momentos. Imagino que todos nos acordaremos de cómo eran antes las bombillas que usábamos en nuestras casas. Las bombillas de los árboles de navidad, las bombillas de las iluminaciones callejeras… Efectivamente, bombillas de incandescencia. Una bombilla tipo en una habitación, podía ser de 40 vatios, o de 60, en una lámpara con tres o cuatro de ellas. Sumadas, 160 vatios por habitación. Ahora mismo, con una bombilla led de 6 o 7 vatios haces el mismo trabajo. Y ya sé por dónde van a ir los argumentos: en realidad, en casa lo que más gasta es el frigorífico, la vitro, etcétera. Por supuesto que sí, pero no deja de ser menos cierto que la innovación en iluminación – hay datos que lo demuestran – no ha servido para consumir menos luz: ha servido para poder encender más bombillas.

Las sociedades occidentales están firmemente asentadas sobre unos principios que perfectamente podríamos denominar antisocráticos. Nos hemos aprendido las frases elocuentes de nuestros sabios, pero las tenemos como exotismos que mencionar cuando nos emborrachamos y pasamos por la fase de la eterna amistad. “No es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita”, decía el griego. Ya después, nos sacamos de la manga lo de que “el dinero no da la felicidad, pero ayuda”. Sólo por contradecirle. Y lamento disentir, admitiendo siempre, por supuesto, una base que es indiscutible: hay que cubrir un consumo mínimo que viene determinado por la dignidad de la persona; por debajo de ese nivel mínimo, no hay discusiones. Pero cubiertas estas necesidades, el consumo se convierte en otra cosa: una huida hacia ninguna parte, interminable, que nunca finaliza, porque las cosas que consumimos nunca nos dan lo que prometen.

Y más allá de que esta realidad – por mucho que os empeñéis, esto es una realidad; otra cosa es que sea la realidad en la que queramos ahogarnos –, en la situación que nos encontramos, no queda más que ponernos frente al espejo. La sociedad sobre la que nos hemos montado y cabalgamos enloquecidamente no está dispuesta a reducir su consumo, cualquiera que sea éste, bajo ningún concepto. Sólo cuando no nos queda más remedio, lo hacemos, y siempre forzados por algún imperativo que se impone. Da igual que sea una guerra en la que estamos financiando al homicida, o que sea un ritmo de consumo que convierte el aire que respiran nuestros hijos en veneno. Es el cuento de la rana que se cayó en una marmita. Si hubiese caído en agua ya muy caliente, habría saltado fuera, pero tuvo la mala suerte de hacerlo cuando el agua estaba todavía fría. Ésta se fue calentando poco a poco y la rana, acostumbrada al paulatino aumento del calor, terminó cocinada en sus propios jugos.

Como nosotros. Acostumbrados al lento devenir de la debacle, somos incapaces de saltar de la cazuela. Siempre hay una explicación plausible para explicar por qué el agua está cada vez más caliente y, en lugar de aprovechar los avances tecnológicos para consumir cada vez menos energía – que es lo que deteriora el medio ambiente y lo que financia los tanques de Putin – buscamos la manera de aumentar nuestro nivel de consumo en la búsqueda de un techo de felicidad absoluta que en realidad no existe.


Alberto Martínez Urueña 8-04-2022


jueves, 4 de noviembre de 2021

Un futuro cada vez menos incierto

  Hace unos días hemos tenido la correspondiente reunión de jefes de Estado o de Gobierno, según el caso, con respecto a lo del cambio climático. Hoy no vengo aquí a tratar de convencer a nadie del tema: según van avanzando los años, ya no es que los negacionistas científicos hayan ido desapareciendo, es que las propias empresas de extracción, distribución y explotación de combustibles fósiles han confirmado, por la vía de los hechos, que sus productos son venenosos. Ya ha quedado constatado que, igual que hicieron las tabacaleras décadas antes, las empresas de hidrocarburos se gastaron ingentes cantidades de dinero en promocionar informes falsos y retrasar la financiación de estudios serios que les perjudicaban.

En esta ocasión, hemos tenido, como siempre, una ración de discursos en los que, quienes los hayan redactado, han demostrado que saben construir oraciones complejas con sujeto y predicado, e incluso con frases subordinadas. Creo que es lo único que vamos a sacar en claro del tema. Porque, no nos engañemos: el sistema capitalista no funciona en base a empatía, solidaridad, colaboración o cualquier otra consideración que nos pudiera llevar a solucionar el futuro de nuestros hijos. O el de los hijos de otros países. Pensar en algo diferente sólo es un ejercicio de onanismo mental que únicamente lleva a obtener una catarsis momentánea que relaje el cargo de conciencia que nos entra a todos cada vez que arrancamos el coche. Ya sé que hay personas que no tienen ese cargo de conciencia, pero eso significa que, asumido el perjuicio del cambio climático, se la suda el futuro de las generaciones venideras.

Más allá de la ignorancia de las personas incapaces de ver el largo plazo, ahora mismo el debate está en cómo de radicales han de ser las medidas que se adopten para evitar que dentro de cincuenta años Barcelona, Cádiz, Benidorm, Singapur, etcétera se puedan visitar en actividades de buceo. Medidas para evitar que la mitad de España sea como el desierto de Almería. O para evitar tormentas que se lleven por delante barriadas enteras. O, si nos cuesta mirar a tan largo plazo, para evitar que nos toque ser uno de los 50.000 muertos anuales que la contaminación deja en España.

Hay un discurso, en mi opinión equivocado, según el cual las medidas adoptadas no pueden suponer un deterioro de la economía dado que esto produce también un perjuicio social evidente que, empíricamente se constata, afecta sobre todo a las clases sociales más débiles. Ahora, con el precio de la luz, es palmario: si no tienes dinero para poner la calefacción vas a estar más jodido que si puedes tener el salón de casa a veinticuatro grados. Pero esto adolece de una falta de perspectiva a largo plazo: si no solucionamos el tema medioambiental, el deterioro económico se va a producir de manera inexorable. Y va a ser mucho más bestia, hecho advertido desde hace años pro medios heterodoxos, pero admitido ya por los medios generalistas. A pesar de ello, se insiste en ese concepto de no putear a la economía… Esto vuelve a denotar, nuevamente, una falta de empatía con las generaciones venideras igual de constatable que lo de la calefacción que explicaba un poco más atrás. Es decir, no ver a largo plazo. Y todo esto viene determinado por una verdad aún más profunda: ese deterioro material que sufrirían las clases sociales más desfavorecidas no es condición indispensable; basta con hacer una cosa muy sencilla: crear una sociedad más justa en línea con lo que, por ejemplo, las grandes fortunas americanas han reclamado en los últimos años – esos socialcomunistas peligrosos –, y que pasa porque les recauden más impuestos a ellos.

Todo tiene que ver con la economía, eso es indudable. La economía, como ya he dicho en multitud de ocasiones, es la suma de decisiones de consumo individuales por parte de los participantes en los mercados. Nos liberamos del yugo de las monarquías absolutas, de los totalitarios nacionales, pero todavía nos tenemos que liberar de un yugo mucho más sibilino. Pretender que, en esta economía de mercado, el individuo – nosotros, yo incluido – tomamos decisiones libres es un mantra estúpido que sólo se creen los muy convencidos de su ignorancia. A los hechos me remito: las empresas que más dinero gastan en publicidad son las empresas con mayores beneficios. Y, para el que no lo sepa, la publicidad no es información aséptica, sino un esfuerzo dirigido a que consumamos, independientemente de la naturaleza del producto. En realidad, los estudios de mercadotecnia están orientados a cómo forzar la voluntad del consumidor a favor de un determinado producto.

El cambio climático es fruto de nuestras decisiones de consumo. Tanto de las decisiones individuales como de la noción general de consumo; es decir, cuánto consumir independientemente de qué consumamos. Hoy en día, este sistema ha conseguido que el límite de nuestro consumo no venga determinado por nuestras necesidades, sino por la nómina que nos llega cada mes. Más es mejor, mantra inexorable. Sin embargo, con el cambio climático hemos topado con un inconveniente: consumir más nos lleva a un escenario sobre el cada vez hay menos incertidumbres.


Alberto Martínez Urueña 4-11-2021