miércoles, 29 de julio de 2020

Ratificación



            Me asaltan al mismo tiempo dos noticias que ejemplifican los motivos por los que el día 28 de julio de 2020 mandé un artículo que me costó dios y ayuda concluir con una reflexión coherente sobre lo que pensaba de la realidad actual. Si no solucionan los problemas que arrastramos desde hace décadas, y se enzarzan en problemas inventados, ¿por qué vamos a confiarles la gestión de lo público? Es más, si ni tan siquiera hacen por ponerse a solucionarlos de manera decidida, ¿por qué vamos a pensar que están poniéndose a solucionar los que ahora tenemos? No me cogerán vivo en ésta.
            La primera de las noticias es una bronca en el hemiciclo, hoy mismo, debido a que el PSOE se ha saltado las normas de no acudir más del 50% de diputados y de respetar la distancia de seguridad. Y todo para aumentar los decibelios de los aplausos a su líder todo poderoso y bienamado. Normas elaboradas por el hemiciclo a propuesta del Gobierno vulneradas en el hemiciclo por el partido del Gobierno. Maravilloso equilibrismo. Por supuesto, la tabernera pepera Cayetana no ha tardado en apoyar el codo en la barra de Twitter para denunciar con su ruda voz y sus rudos modos tal infamia. Olvidando que es algo que su grupo parlamentario hace cada vez que le sale del arco del triunfo parlamentario. Resumiendo, para que le quede meridianamente claro al lector: gastándose nuestro dinero pagado en impuestos o en deuda pública en debatir cuál es el sexo de los ángeles.
            Por otro lado, la segunda noticia es de ayer. Al parecer, Moreno-Bonilla, felizmente casado de manera oficial con Ciudadanos y oficiosamente con VOX para poder ser presidente de la Junta de Andalucía –queridos niños, hay que aprender a leer cuidadosamente el contexto para evitar que Pablo y Santi nos cuelen sus añagazas– ha declarado que el botellón es una actividad insalubre y peligrosa, para prohibirlo en su totalidad –hoy por la tarde, se han subido al carro otras Comunidades Autónomas, imagino que al olor de las feromonas del éxito–. Y me quedado como las vacas viendo pasar el tren: ¿el consumo compulsivo de alcohol ya no era un actividad insalubre y peligrosa antes de la pandemia por motivos diferentes al mantenimiento de la distancia de seguridad? Es más, ¿no se supone que beber en la vía pública ya estaba prohibido? Seguramente no, es una normativa municipal, o autonómica o diputacional o clerical, o la madre que parió a la administración territorial española.
            El tema del botellón es una cuestión que lleva en la palestra española desde hace lustros: esto es, la correlación que existe entre ocio de los jóvenes y el consumo abusivo de alcohol. Los datos de la Delegación del Gobierno sobre la drogadicción, así como de diferentes asociaciones relacionadas con el tema, llevan poniendo de manifiesto realidades tales como que los jóvenes se inician en el alcohol a una edad en la que el mínimo consumo ya es inadmisible: con trece años. Considerando, además, que su consumo está prohibido hasta los dieciocho. Y yo digo: si se conocen los efectos perniciosos del alcohol, ¿por qué se permite, en la práctica, su consumo entre los menores de edad? Sólo hay uno: los productores y distribuidores de bebidas alcohólicas verían disminuir sus ventas.
            Ahora, con la pandemia, hay quien se hace la picha un lío dándole vueltas a cuál de todos los políticos vela mejor por la salud pública antes que por la economía. Y viendo la actitud de esos políticos con respecto a la pandemia, o con respecto a esos aspectos básicos de los que he hablado en este texto o en el anterior, lo de esos ciudadanos no tiene un pase. Hablo del botellón de los jóvenes que no se ha querido solucionar durante años, manteniendo ese falso equilibrio entre libertad individual, salud pública y economía, pero podríamos hablar de otras cuestiones relevantes como la contaminación acústica en las zonas de ocio nocturno –eufemismo para hablar de bares abiertos hasta las cinco de la mañana con sus clientes dando berridos a las puertas– o la sobreexplotación turística de las costas españolas –pensemos por un momento en el Mar Menor, dentro de poco convertido en el Mar Muerto–. Detrás de todas ellas encontraréis el mismo denominador común: empresarios de sector reclamando sus derechos a hacer negocio, irresponsables por supuesto, de las consecuencias de los mismos. Ellos no son responsables de que de sus botellas acaben en manos de niños de trece años, edad a la que nuestros hijos empiezan a consumir un veneno que les altera la estructura cerebral para convertirles en enfermos. Y a lo mejor ese empresario, esa bodega, o esa productora de licores tiene razón; por lo tanto, los responsables de evitarlo deberían ser los poderes públicos. Nuestros políticos. Esos señores con traje elegante e incapaces de hacer mínimamente honorable el cargo que ocupan. ¿Cómo van a poner a policías en los parques de manera sistemática para perseguir una actividad ilegal? ¿Cómo van a usar su potestad sancionadora para cascarles 600 euros a los adultos que beban en lugares no permitidos? ¿Cómo van a meterle un rejonazo de 1.500 euros al padre cuyo hijo menor de edad esté en la vía pública bebiendo, o ya borracho y semiinconsciente?
            No esperéis que esta ralea de incompetentes estén trabajando en solucionarnos los problemas: están esperando a que aparezca la siguiente noticia para soltar un zasca en redes sociales y meter bajo la alfombra lo que está sucediendo hoy, 29 de julio de 2020. Así, sucesivamente, sin solución de continuidad.

Alberto Martínez Urueña 29-07-2020

PD.: Cuando llegue el momento, aunque me diréis que estáis de acuerdo, seguiréis votándoles. Y sólo por el miedo a que salgan los otros, los que no son de vuestra supuesta cuerda ideológica.

martes, 28 de julio de 2020

No hay esperanza


            Llevo varios días intentando sintetizar una idea y no sé cómo hacerlo si no es de forma directa: reniego de la política española. Reniego de cualquiera de sus manifestaciones actuales y rehúyo cualquier pretensión de análisis o fundamento sobre las medidas o decisiones que adopten. Básicamente, he alcanzado tal nivel de hartazgo que todo lo que salga de ellos se me ha convertido en algo ponzoñoso. Por mucho que las medidas adoptadas pudieran acertar por casualidad, las motivaciones son oscuras. No puedo olvidar dónde nos encontramos y por qué hemos llegado hasta aquí.
            No quiero ser un desmemoriado. Esa clase de personas que van por la vida como si nada de lo sucedido hasta ese momento no importara. Pero por encima de todo, no quiero vivir en el rencor. El rencor se basa en vivir anclado al pasado y a sus emociones negativas, incapacitado para seguir avanzando, no ya hacia el futuro, sino de presente en presente, centrado en la vida real. Sintiendo, viviendo y actuando como corresponda en cada momento. Seguir escuchando a los líderes políticos me convertiría en un ingenuo, pero también en un rencoroso, y no voy a permitir que nadie me pervierta de tal manera. Es una cuestión, en fin, de supervivencia existencial.
            Los tumores de la sociedad en que vivimos pueden utilizarse al mismo tiempo como herramienta para la evasión. Hablo de la pseudodemocracia que sufrimos y del capitalismo individualista y neurótico que devora el alma y que ha sido sabiamente instaurado por los poderes fácticos en la epigenética de un ser humano degradado progresivamente a través de sistemas sociales que premian el negacionismo del ser interior. No importa que no me entendáis, pero estos dos factores son la clave de bóveda del verdadero problema que sufren cada vez más personas en el mundo occidental: un sufrimiento que se materializa en la creciente dependencia de medicamentos para el control de la angustia y la depresión y en la verdadera pandemia que nos acosa desde hace lustros: la insatisfacción. En realidad, desde siempre, pero acrecentada exponencialmente por un sistema de organización social que prima la competición y el individualismo, y que nos llevan a una soledad necrosante.
            Gracias a estos dos factores perniciosos, y que no tienen otros sistemas sociales basados en sistemas represivos concretos y personificados en un Estado totalitario, tienes una opción de la que ningún estamento puede obligarte a salir: echarte al monte. Una decisión personalísima y que no me impide escapar de las estructuras mentales que produce aquel sistema vampírico que nos roba la existencia. En el plano político, no es que crea que nos conviene un anarquismo como el que propugnaron otros. Es más, para echarme yo al monte, prefiero que siga existiendo ese sistema: veo demasiadas personas incapaces de gobernarse a sí mismas como para eliminar un sistema doctrinal, aunque sea subliminal, que los mantenga a raya. Prefiero que la bestia esté dormida, alimentándose del adocenamiento de la mayoría, y de esa manera, poder difuminarme en la masa sin riesgo a sufrir sus dentelladas furiosas.
            Y es que no lo soporto más. Ya no puedo seguir escuchando a nuestros líderes políticos con sus discursos vacíos mientras siguen desmontando la sociedad y los lazos que antes nos protegían para dejarnos solos e indefensos frente a la bestia. He presenciado la caída del poder adquisitivo de los salarios, de las condiciones laborales, de los sistemas sanitarios, de las promesas de sistemas educativos modernos, de la inversión en tecnología, de la reestructuración del tejido industrial, de la reforma del sistema fiscal, de la modernización de las administraciones, de la racionalización de los procedimientos… Cuestiones que antes de la llegada de la pandemia podían ser anotaciones que reclamar en según qué momentos, ahora ya no son negociables. Dejaron que la sanidad fuera languideciendo poco a poco, durante décadas, como la rana que cae en la cazuela cuando todavía esta no ha comenzado a calentarse y acaba muriendo sin ser consciente de que está cocinándose lentamente, para después comérsela con sus privatizaciones. Llegaron los aplausos, tratamos como héroes a los que sólo eran currantes que llevaban sufriendo años de precariedad y recortes y, en cuanto pudieron, nos volvieron las terrazas y el fútbol, y volvieron a defenestrarles. Lo siento, pero yo no puedo olvidarlo. No puedo seguir dejando pasar las cuestiones que he mencionado anteriormente: llegaran las catástrofes futuras y nos arrasaran como un tsunami, y ver a los políticos hacerse los sorprendidos no será sino otro insulto más a nuestra dignidad como seres humanos. Tenemos un ejemplo todavía más claro: el cambio climático nos está abrasando como a la rana, poco a poco y, cuando queramos saltar de la olla, ya será tarde. Incluso quizá ya lo sea, y sólo estemos alucinando por los calores de las brasas antes de quedar bien hechos y jugosos.
            Dentro de mes y medio hay que volver a las aulas y todavía ni tan siquiera hemos aplaudido a los profesores, así que como para pensar en conocer cuáles serán las medidas para que el retorno sea seguro. En realidad, si lo pensáis, no sabemos siquiera si se está trabajando realmente en esas medidas o en los mensajes que proferirán unos y otros para esquivar su responsabilidad y evitar la pérdida de votos cuando todo reviente.
            Y en ese momento, lo más triste, sin duda, será escuchar nuevamente a los voceros mayores del reino deglutiendo los discursos prefabricados por expertos en publicidad para que los protagonistas de esta película de miedo los interpreten en sus atriles. Una sociedad que pretenda obtener algún logro del que sentirse orgullosa necesita unos cimientos comunes a todos sus ciudadanos sobre los que poder alzarse. Por desgracia, nuestro sistema sociopolítico sólo es capaz de seleccionar y elevar a sus puestos de responsabilidad a los mejores expertos en demoliciones y voladuras.
            Un saludo a todos. Nos vemos en el monte.

Alberto Martínez Urueña 28-07-2020

martes, 7 de julio de 2020

Por qué no escribo


            En realidad, no escribo porque me he cansado un poco, os lo he de reconocer. Siempre caminando sobre el filo de lo que es la pura opinión basada en mis particulares pálpitos y lo que ha de ser una composición dialéctica que tenga una mínima lógica. Hoy, moviéndote por redes sociales, descubres lo que es la vida en los extremos, con muchos de quienes participan despeñados hacia uno de los dos lados. Por supuesto, hacia el lado que interese a su particular punto de vista. Es curioso como la sociedad se ha ido infantilizando y estupidizando, polarizándose, con los individuos que la conforman en una espiral autodestructiva de enfermiza necesidad de autoafirmación a través del grupo. Es como si se hubieran quedado en esa fase preadolescente en la que la única forma de confirmarse como individuo fuera a través del quienes les rodean. Quizá nunca la abandonaron…
            Fuera del grupo hace demasiado frío. Es vivir en un permanente invierno en el que las tormentas caprichosas aparecen sin previo aviso. Es la escalada de una montaña infinita en donde las ventiscas has de superarlas en soledad. Fuera del grupo, en una situación de pandemia como la que nos ha tocado vivir, parece ser como un paseo por Marte: la sangre hierve en mitad del frío más helador.
            ¿Qué queréis que os diga? Los discursos enfervorecidos que he leído, visto y escuchado los últimos cuatro meses, o quizá sean cinco o seis, sumados a los que ya nos perseguían desde antes, hacen que pierda la fe, no ya en lo que las personas serían capaces de hacer, sino en lo que están dispuestas a llevar a cabo. No es lo mismo, porque creo en la potencialidad del ser humano, creo en las posibilidades que encerramos y, precisamente por ellas, hay verdaderos luceros en la historia que llevamos construyendo entre todos desde hace milenios. Pero también veo el miedo, veo cómo arrastra a personas que podrían ser mejores hacia lugares donde ni ellos mismos se reconocerían, de mirarse al espejo. Verían un rostro oscuro y negativo, repleto del resentimiento que produce un sufrimiento mal digerido por el apego que alimenta el ego; y un rostro repleto del odio que produce el miedo hacia un futuro marcado por la incertidumbre, sin darse cuenta de que la propia naturaleza del futuro es esa, la incertidumbre, la única capaz de darnos la oportunidad de construir algo bueno.
            La crítica marcada por el miedo y por el resentimiento, común en nuestro acervo y arrastrada desde siempre, se magnifica en una situación como la que nos ha tocado en suerte, que no hemos elegido, pero que tenemos la responsabilidad de intentar manejar. Y muchos están fallando. La crítica marcada por el miedo y el resentimiento, amigas íntimas del ego paralizador, les lleva a ser destructivos y no propositivos, y, además, a no responsabilizarse de sus decisiones por un motivo muy sencillo: no quieren ver el alcance completo de sus decisiones; sólo quieren ver, de ellas, las consecuencias que les permita hinchar el pecho –el ego orgulloso– sin darse cuenta de los cadáveres que dejan a la espalda.
            No escribo porque no quiero contribuir a alimentar esa parte de la realidad que enciende las brasas de la hoguera y porque sé que los textos u opiniones del tipo que sea, hoy en día, sólo sirven para que aplaudan los que se sienten identificados y para que busquen los tropiezos dialécticos quienes discrepan. La necesidad de opinar se ha convertido en una urgencia insoslayable para muchos, para casi todos, y así han anulado su capacidad para observar. La verdadera libertad sólo se practica desde la búsqueda de la verdadera naturaleza de las cosas, incluida la nuestra, pero la verdadera naturaleza no está limitada a un campo de la razón o las emociones. La verdadera libertad sólo requiere de un requisito: intentar saber lo que eres para acompasar tu actuación a esa certeza que sólo las tripas saben darte. La verdadera naturaleza, por cierto, únicamente se puede descubrir fuera del grupo, y dado que hace tanto frío ahí fuera, veo pocas ganas de libertad.

Alberto Martínez Urueña 7-7-2020

            PD.: he utilizado a conciencia la tercera persona del plural de forma consciente, porque si no creo en los juicios personales, poco favor me haría juzgándome a mí mismo. Sé que ni cumplo con lo que escribo, ni tampoco dejo de hacerlo, pero si no juzgo a nadie en particular, no tendría sentido hacerlo conmigo mismo. Lo que quiero es averiguar cuáles son las preguntas para tratar de responderlas. O incluso, como decía Neo en esa película extraña, comprender que no hay cuchara. Que en realidad, no hay ni preguntas ni búsquedas.

jueves, 7 de mayo de 2020

Llegaron tarde

            ¿Cuál es mi opinión sobre la gestión de esta pandemia? En este país en el que la estupidez provoca ver el debate ideológico como si de un partido de fútbol se tratase, sé a ciencia cierta que estoy ya catalogado como ferviente defensor del Gobierno, a pesar de no haberles votado, ni a unos ni a otros. Igual que también se me ha dicho que soy comunista y abogo por la intervención directa del Gobierno en la economía para planificarla. Gilipolleces. Yo sólo me he casado una vez en toda mi vida, y fue con mi mujer, y las lealtades las tengo con ella, con mi familia y con mis amigos. Al respecto de los políticos, creo que, dentro de sus motivaciones, hay muchas más que servir al interés general. Al respecto de nuestros políticos nacionales, creo que están convencidos de que, con sus ideas y actuaciones, defienden a la población, pero tienen tal ceguera que no son capaces de ver su propia incompetencia. Y suman esa incompetencia y esa ceguera a una prepotencia superlativa que sobrecompensan por el miedo a no ser tomados en serio. Dicho lo cual, paso a opinar desde mi particular criterio.
            He visto como el Gobierno reaccionaba a una pandemia poniendo en uno de los platos de la balanza el miedo a que le pasara lo de la gripe A y sus noventa millones de vacunas no utilizadas, sufriendo lo que se llama la paradoja de la prevención, y poniendo en el otro que la evolución de los contagios saturase unas urgencias hospitalarias que ya conocían ese fenómeno año tras año durante la época de la gripe estacional. Todo esto, sin que la ciencia todavía pudiera aportar datos ciertos y fiables sobre el CoViD-19. La conclusión es que llegó tarde. Pero no tarde como dicen los taberneros del Congreso por no haberlo declarado una semana antes. Llegó tarde por no declararlo en enero. O quizá incluso antes. En diciembre, quizá. Me explico.
            Con los datos que hoy tenemos, sabemos que en Francia hay un caso confirmado de coronavirus en diciembre. Lo hemos sabido hace un par de días. Además, los análisis de aguas fecales de varias ciudades españolas ya tenían restos en enero del virus que únicamente podían haber llegado a nuestras alcantarillas por un medio. Sabemos también que el primer caso de coronavirus en nuestro país no fue aquel sevillano de finales de febrero. Hoy sabemos que hubo al menos quince casos repartidos por varias localizaciones a principios del mismo mes, y también se está conociendo que los médicos de atención primaria empezaron a ver gripes raras en enero. Se está empezando a hablar que la cumbre del clima que se celebró en diciembre en Madrid ya expandió inicialmente el virus y todavía recuerdo como clamaron a los cielos tertulianos de todo espectro ideológico cuando se canceló el Congreso sobre Tecnología Móvil de Barcelona, a mediados de febrero. Os invito a buscar en San Google qué pasaba en esas fechas.
            En Francia, en diciembre. Sin embargo, en Francia hay menos afectados que en España o en Italia. Francia celebró elecciones después de que España declarase el Estado de Alarma a mediados de marzo. ¿Por qué no se han visto arrasados en igual o mayor medida que nosotros? No lo sé y, a día de hoy, todavía no he encontrado ninguna noticia que me lo aclare. Y os aseguro que la he buscado.
            Pero eliminando lo que hoy sabemos y que desconocíamos entonces, la Organización Mundial de la Salud advirtió a mediados de febrero del riesgo de celebrar actos públicos multitudinarios. En concreto, el catorce de febrero, cuando todavía no sabíamos que ya teníamos el bicho entre nosotros. El Gobierno actuó tarde, eso es indudable. Lo que parece no saber la mayoría de ciudadanos –aunque lo sabéis y os hacéis los locos– es que las advertencias sobre posibles pandemias mundiales como la que estamos sufriendo vienen produciéndose desde hace años. Incluso, advierten de la posibilidad de que llegue un virus que mate mucho más de lo que mata éste, y con su facilidad de contagio. Por cierto: ¿sabéis que ya se han catalogado ciento noventa y ocho mutaciones del CoViD-19 original? Es cuestión de tiempo que aparezca ése que abra la caja de pandora. Ése que, en lugar de matar a la tercera edad, mate a la primera y a la segunda, y con tasas de las que parecen reservadas a los países africanos. Una más: ¿sabéis que la OMS advirtió en su informe "Un mundo en riesgo" de 2019 de la posibilidad de que llegase un virus como el de la gripe de 1918 y matara a ochenta millones de personas? De momento, no llevamos tantas. Y si no, Bill Gates, a través de su fundación, lleva años realizando estudios al respecto y en 2015 ya advirtió que el mundo no estaba preparado para lo que nos ha tocado vivir en 2020.
            El gobierno llegó tarde. Y los gobiernos de países que parece que no lo han hecho, también lo han hecho, pero sus ciudadanos han tenido una suerte que hoy en día la ciencia no puede explicar. Este Gobierno ha llegado tarde y espero que sus votantes le hagan pagar la responsabilidad que les corresponda y que se deberá dilucidar en el momento adecuado y con los métodos previstos en democracia. Pero que nadie se lleve a engaños. ¿Cuántos de nosotros estábamos dispuestos a renunciar a nuestro modo de vida en 2015? ¿Y en 2019? A toro pasado, al bicho se le ven los cojones y se sabe que es macho, pero el problema está en la sociedad, en todos nosotros, que sufrimos del sesgo de la paradoja de la prevención y que no renunciaríamos a nuestro modo de vida aunque nos dijesen de que existe un alto riesgo de que el CoViD y sus tasas de contagio se hubiesen apareado con la letalidad del ébola o del ántrax. Esta vez nos ha pasado con el CoViD-19, pero ¿cuánto llevan avisándonos los científicos sobre esta y otras catástrofes que se ciernen sobre nosotros? Parece, de momento, que la naturaleza nos quiere conceder una oportunidad más, pero quién sabe… Como decían los Héroes del Silencio, no hay nada para siempre, y el ser humano, de momento, sólo es una pequeña mota de polvo en la historia de nuestro planeta.

Alberto Martínez Urueña 7-05-2020

jueves, 30 de abril de 2020

Lo que hacemos


            Pues parece que ya nos hemos ganado algo, aunque no sé muy bien el qué. El derecho a ir retomando las calles y nuestras vidas, supongo. Dicen que ya va siendo hora de que sea seguro volver a salir y que el bicho ya no nos va a contagiar como habría hecho antes. Vemos los datos y escuchamos a Fernando Simón y eso de la curva parece que va para abajo. Eso sí, el bicho sigue estando ahí fuera, esperando, y parece que puede saltar sobre nosotros. No sé si tendréis la misma sensación que yo, esa típica de película de miedo en que el protagonista, o más bien el personaje secundario, negro y gracioso, va a salir del bunker seguro para arriesgarse en la zona mortal, la que sea. Según sea la película de buena o mala, la salida del negro que siempre muere puede parecer estúpida o verdaderamente necesaria. El tiempo dirá, pero creo que la idea no es que el coronavirus se haya ido, sino aprender a convivir con él con la debida protección. Y llorando a los muertos que se vayan sucediendo. Que la sanidad no colapse, no que ya no haya infectados, porque eso parece que va para largo.
            Durante este tiempo de encierro necesario he pensado en varias ocasiones escribiros una columna como ésta hablando del tema, pero cuando me ponía a ello, me he dado cuenta de que tenemos tal grado de información al respecto que lo único que iba a provocar es aumentar la curva de desorientación que cada uno de nosotros tenemos. Y, por supuesto, hablar de política no me apetecía, por mucho que la catarsis emocional de hablar sobre la incompetencia ajena sea psicológicamente recomendable. Lo que sí que he sacado en claro a ese respecto es una visión panorámica de los medios de comunicación, dado que he tenido más tiempo del habitual para poder empaparme de los detalles de cada uno. Y la conclusión que he sacado es que todos dicen informar sobre la verdad; sin embargo, lo que he experimentado leyendo un periódico cualquiera para después pasar al siguiente es que ambas realidades pertenecían a universos separados y completamente distintos. Que la información sobre los hechos sea tan maleable me lleva a pensar que la realidad es un prisma con diferentes caras y cada uno mira la que le interesa. Por desgracia, si esto lo unes a una falta de empatía rampante lo que obtienes son estados de ánimo bélicos.
            También he sacado en claro una cuestión fundamental y es que el ser humano tiene un concepto básico como punto de partida para casi todo: más es mejor, es más bueno, es más recomendable, es más deseable. El sistema capitalista en el que vivimos se basa en la premisa de que todos los individuos tenemos que consumir cada vez más cantidad de muchas cosas, y para eso, han de ser todas ellas baratas. A ser posible, cada vez más baratas para poder diversificar lo más posible nuestro rango de posibilidades de consumo. Eso se ha ampliado a las experiencias: hay que ampliar las experiencias que tenemos, los viajes, las emociones… Consumir eso que te hace sentir cosas buenas, y cuantas más, mejor. Ahora que no tenemos la posibilidad de consumir casi nada, estamos esperando el momento que nos dejen salir para poder hacer todo eso que deseamos. ¿Qué tiene esto de malo? Nada de nada. El sistema capitalista no tiene ningún fallo. Salvo cuando nos planteamos cuánto ganan los productores de todos esos productos que queremos cada vez más baratos: habrá quienes puedan vender más cantidad y cubran el descenso del precio, pero otros… Preguntad a los agricultores. Esos a los que tanto agradecemos su trabajo ahora mismo.
            Esto me lleva a recordar una conversación sobre economía –por mensajería digital, claro– y en la que yo afirmé y sigo afirmando que el sistema capitalista es la mejor forma de organizar la economía que hemos encontrado y esto es porque nos permite una opción que las otras lo cortan de raíz: la libertad de consumir lo que te salga del haba siempre que sea algo que alguien produce y tu restricción presupuestaria sea suficiente.
            Aquí está el quid de la cuestión: la libertad de elección. Dos herramientas fundamentales, el sistema capitalista y un sistema social como la democracia –también es el mejor sistema que, de momento, hemos encontrado–, nos han dado la posibilidad de hacer un mundo más humano o más mezquino en función de las elecciones que cada uno de sus componentes hacen. A través de las elecciones que hacemos cada uno de nosotros vamos construyendo el tipo de sociedad que queremos, y eso lo hacemos llevando la escala de valores que tenemos a nuestras decisiones de consumo. La descripción que la teoría económica hace de las funciones de utilidad individuales como herramienta para describir cómo formamos nuestras decisiones de consumo es acertadísima, y no lo es menos la suma de todas ellas para tener la demanda agregada de una economía en su conjunto.
            Esto no deja de ser la frase que muchas veces habréis pronunciado alguna vez: tenemos la sociedad que nos merecemos. Es más, tenemos la sociedad que hemos construido a través de nuestras decisiones de consumo en el ejercicio de la libertad absoluta que nos da nuestra cartera. Cada uno la suya. Esto lo abarca todo, desde el modelo de ciudades que tenemos hasta la amplitud de nuestro sistema asistencial público. Y también, la elección de los políticos que tenemos, aunque no dependan de nuestra cartera, depende de una elección y eso también determina no sólo su calidad como gestores si no lo tabernarios que puedan llegar a ser.
            En la opinión de muchos de nosotros, la sociedad preconfinamiento era una sociedad que adolecía, en ciertos aspectos, de humanidad. Una sociedad que minusvaloraba determinadas cosas que hemos descubierto que tenían más valor del que creíamos. Y esto es porque estábamos dispuestos a poner el dinero de nuestra cartera en otras opciones de consumo que ahora hemos descubierto que no valían nada. Además, hemos descubierto otra cosa muy importante: que además de restricción presupuestaria, es decir, el límite de la cantidad de dinero que tenemos en nuestra cartera, también tenemos restricción temporal. Y hemos descubierto que estábamos dispuestos a poner el tiempo que tenemos de vida en opciones de consumo que no valían nada, pero que eran muy cómodas. La comodidad como variable para fijar el precio de nuestro tiempo… Cuanto más cómodo, más demandado. El precio de las cosas cómodas no es sólo el dinero que nos cuesta. Es el tiempo que gastamos en ellas, restándoselo de otras que nos suponen mayor esfuerzo.
            El problema es que perderte las cosas auténticas de este mundo porque supongan un esfuerzo nos llevó en la sociedad preconfinamiento a construir, en determinados aspectos, una sociedad con demasiados rincones oscuros. He oído y he leído durante este tiempo a demasiadas personas decir que han aprendido de esta situación de crisis. Por desgracia para ellos, las palabras se las lleva el viento, y son los hechos, lo que hacemos, lo que nos define. La única forma que tienen de demostrar PARA SÍ MISMOS que han aprendido algo, será llevarlo a la práctica a través de sus decisiones de consumo. Un abrazo digital para todos.

Alberto Martínez Urueña 29-04-2020