martes, 28 de julio de 2020

No hay esperanza


            Llevo varios días intentando sintetizar una idea y no sé cómo hacerlo si no es de forma directa: reniego de la política española. Reniego de cualquiera de sus manifestaciones actuales y rehúyo cualquier pretensión de análisis o fundamento sobre las medidas o decisiones que adopten. Básicamente, he alcanzado tal nivel de hartazgo que todo lo que salga de ellos se me ha convertido en algo ponzoñoso. Por mucho que las medidas adoptadas pudieran acertar por casualidad, las motivaciones son oscuras. No puedo olvidar dónde nos encontramos y por qué hemos llegado hasta aquí.
            No quiero ser un desmemoriado. Esa clase de personas que van por la vida como si nada de lo sucedido hasta ese momento no importara. Pero por encima de todo, no quiero vivir en el rencor. El rencor se basa en vivir anclado al pasado y a sus emociones negativas, incapacitado para seguir avanzando, no ya hacia el futuro, sino de presente en presente, centrado en la vida real. Sintiendo, viviendo y actuando como corresponda en cada momento. Seguir escuchando a los líderes políticos me convertiría en un ingenuo, pero también en un rencoroso, y no voy a permitir que nadie me pervierta de tal manera. Es una cuestión, en fin, de supervivencia existencial.
            Los tumores de la sociedad en que vivimos pueden utilizarse al mismo tiempo como herramienta para la evasión. Hablo de la pseudodemocracia que sufrimos y del capitalismo individualista y neurótico que devora el alma y que ha sido sabiamente instaurado por los poderes fácticos en la epigenética de un ser humano degradado progresivamente a través de sistemas sociales que premian el negacionismo del ser interior. No importa que no me entendáis, pero estos dos factores son la clave de bóveda del verdadero problema que sufren cada vez más personas en el mundo occidental: un sufrimiento que se materializa en la creciente dependencia de medicamentos para el control de la angustia y la depresión y en la verdadera pandemia que nos acosa desde hace lustros: la insatisfacción. En realidad, desde siempre, pero acrecentada exponencialmente por un sistema de organización social que prima la competición y el individualismo, y que nos llevan a una soledad necrosante.
            Gracias a estos dos factores perniciosos, y que no tienen otros sistemas sociales basados en sistemas represivos concretos y personificados en un Estado totalitario, tienes una opción de la que ningún estamento puede obligarte a salir: echarte al monte. Una decisión personalísima y que no me impide escapar de las estructuras mentales que produce aquel sistema vampírico que nos roba la existencia. En el plano político, no es que crea que nos conviene un anarquismo como el que propugnaron otros. Es más, para echarme yo al monte, prefiero que siga existiendo ese sistema: veo demasiadas personas incapaces de gobernarse a sí mismas como para eliminar un sistema doctrinal, aunque sea subliminal, que los mantenga a raya. Prefiero que la bestia esté dormida, alimentándose del adocenamiento de la mayoría, y de esa manera, poder difuminarme en la masa sin riesgo a sufrir sus dentelladas furiosas.
            Y es que no lo soporto más. Ya no puedo seguir escuchando a nuestros líderes políticos con sus discursos vacíos mientras siguen desmontando la sociedad y los lazos que antes nos protegían para dejarnos solos e indefensos frente a la bestia. He presenciado la caída del poder adquisitivo de los salarios, de las condiciones laborales, de los sistemas sanitarios, de las promesas de sistemas educativos modernos, de la inversión en tecnología, de la reestructuración del tejido industrial, de la reforma del sistema fiscal, de la modernización de las administraciones, de la racionalización de los procedimientos… Cuestiones que antes de la llegada de la pandemia podían ser anotaciones que reclamar en según qué momentos, ahora ya no son negociables. Dejaron que la sanidad fuera languideciendo poco a poco, durante décadas, como la rana que cae en la cazuela cuando todavía esta no ha comenzado a calentarse y acaba muriendo sin ser consciente de que está cocinándose lentamente, para después comérsela con sus privatizaciones. Llegaron los aplausos, tratamos como héroes a los que sólo eran currantes que llevaban sufriendo años de precariedad y recortes y, en cuanto pudieron, nos volvieron las terrazas y el fútbol, y volvieron a defenestrarles. Lo siento, pero yo no puedo olvidarlo. No puedo seguir dejando pasar las cuestiones que he mencionado anteriormente: llegaran las catástrofes futuras y nos arrasaran como un tsunami, y ver a los políticos hacerse los sorprendidos no será sino otro insulto más a nuestra dignidad como seres humanos. Tenemos un ejemplo todavía más claro: el cambio climático nos está abrasando como a la rana, poco a poco y, cuando queramos saltar de la olla, ya será tarde. Incluso quizá ya lo sea, y sólo estemos alucinando por los calores de las brasas antes de quedar bien hechos y jugosos.
            Dentro de mes y medio hay que volver a las aulas y todavía ni tan siquiera hemos aplaudido a los profesores, así que como para pensar en conocer cuáles serán las medidas para que el retorno sea seguro. En realidad, si lo pensáis, no sabemos siquiera si se está trabajando realmente en esas medidas o en los mensajes que proferirán unos y otros para esquivar su responsabilidad y evitar la pérdida de votos cuando todo reviente.
            Y en ese momento, lo más triste, sin duda, será escuchar nuevamente a los voceros mayores del reino deglutiendo los discursos prefabricados por expertos en publicidad para que los protagonistas de esta película de miedo los interpreten en sus atriles. Una sociedad que pretenda obtener algún logro del que sentirse orgullosa necesita unos cimientos comunes a todos sus ciudadanos sobre los que poder alzarse. Por desgracia, nuestro sistema sociopolítico sólo es capaz de seleccionar y elevar a sus puestos de responsabilidad a los mejores expertos en demoliciones y voladuras.
            Un saludo a todos. Nos vemos en el monte.

Alberto Martínez Urueña 28-07-2020

martes, 7 de julio de 2020

Por qué no escribo


            En realidad, no escribo porque me he cansado un poco, os lo he de reconocer. Siempre caminando sobre el filo de lo que es la pura opinión basada en mis particulares pálpitos y lo que ha de ser una composición dialéctica que tenga una mínima lógica. Hoy, moviéndote por redes sociales, descubres lo que es la vida en los extremos, con muchos de quienes participan despeñados hacia uno de los dos lados. Por supuesto, hacia el lado que interese a su particular punto de vista. Es curioso como la sociedad se ha ido infantilizando y estupidizando, polarizándose, con los individuos que la conforman en una espiral autodestructiva de enfermiza necesidad de autoafirmación a través del grupo. Es como si se hubieran quedado en esa fase preadolescente en la que la única forma de confirmarse como individuo fuera a través del quienes les rodean. Quizá nunca la abandonaron…
            Fuera del grupo hace demasiado frío. Es vivir en un permanente invierno en el que las tormentas caprichosas aparecen sin previo aviso. Es la escalada de una montaña infinita en donde las ventiscas has de superarlas en soledad. Fuera del grupo, en una situación de pandemia como la que nos ha tocado vivir, parece ser como un paseo por Marte: la sangre hierve en mitad del frío más helador.
            ¿Qué queréis que os diga? Los discursos enfervorecidos que he leído, visto y escuchado los últimos cuatro meses, o quizá sean cinco o seis, sumados a los que ya nos perseguían desde antes, hacen que pierda la fe, no ya en lo que las personas serían capaces de hacer, sino en lo que están dispuestas a llevar a cabo. No es lo mismo, porque creo en la potencialidad del ser humano, creo en las posibilidades que encerramos y, precisamente por ellas, hay verdaderos luceros en la historia que llevamos construyendo entre todos desde hace milenios. Pero también veo el miedo, veo cómo arrastra a personas que podrían ser mejores hacia lugares donde ni ellos mismos se reconocerían, de mirarse al espejo. Verían un rostro oscuro y negativo, repleto del resentimiento que produce un sufrimiento mal digerido por el apego que alimenta el ego; y un rostro repleto del odio que produce el miedo hacia un futuro marcado por la incertidumbre, sin darse cuenta de que la propia naturaleza del futuro es esa, la incertidumbre, la única capaz de darnos la oportunidad de construir algo bueno.
            La crítica marcada por el miedo y por el resentimiento, común en nuestro acervo y arrastrada desde siempre, se magnifica en una situación como la que nos ha tocado en suerte, que no hemos elegido, pero que tenemos la responsabilidad de intentar manejar. Y muchos están fallando. La crítica marcada por el miedo y el resentimiento, amigas íntimas del ego paralizador, les lleva a ser destructivos y no propositivos, y, además, a no responsabilizarse de sus decisiones por un motivo muy sencillo: no quieren ver el alcance completo de sus decisiones; sólo quieren ver, de ellas, las consecuencias que les permita hinchar el pecho –el ego orgulloso– sin darse cuenta de los cadáveres que dejan a la espalda.
            No escribo porque no quiero contribuir a alimentar esa parte de la realidad que enciende las brasas de la hoguera y porque sé que los textos u opiniones del tipo que sea, hoy en día, sólo sirven para que aplaudan los que se sienten identificados y para que busquen los tropiezos dialécticos quienes discrepan. La necesidad de opinar se ha convertido en una urgencia insoslayable para muchos, para casi todos, y así han anulado su capacidad para observar. La verdadera libertad sólo se practica desde la búsqueda de la verdadera naturaleza de las cosas, incluida la nuestra, pero la verdadera naturaleza no está limitada a un campo de la razón o las emociones. La verdadera libertad sólo requiere de un requisito: intentar saber lo que eres para acompasar tu actuación a esa certeza que sólo las tripas saben darte. La verdadera naturaleza, por cierto, únicamente se puede descubrir fuera del grupo, y dado que hace tanto frío ahí fuera, veo pocas ganas de libertad.

Alberto Martínez Urueña 7-7-2020

            PD.: he utilizado a conciencia la tercera persona del plural de forma consciente, porque si no creo en los juicios personales, poco favor me haría juzgándome a mí mismo. Sé que ni cumplo con lo que escribo, ni tampoco dejo de hacerlo, pero si no juzgo a nadie en particular, no tendría sentido hacerlo conmigo mismo. Lo que quiero es averiguar cuáles son las preguntas para tratar de responderlas. O incluso, como decía Neo en esa película extraña, comprender que no hay cuchara. Que en realidad, no hay ni preguntas ni búsquedas.

jueves, 7 de mayo de 2020

Llegaron tarde

            ¿Cuál es mi opinión sobre la gestión de esta pandemia? En este país en el que la estupidez provoca ver el debate ideológico como si de un partido de fútbol se tratase, sé a ciencia cierta que estoy ya catalogado como ferviente defensor del Gobierno, a pesar de no haberles votado, ni a unos ni a otros. Igual que también se me ha dicho que soy comunista y abogo por la intervención directa del Gobierno en la economía para planificarla. Gilipolleces. Yo sólo me he casado una vez en toda mi vida, y fue con mi mujer, y las lealtades las tengo con ella, con mi familia y con mis amigos. Al respecto de los políticos, creo que, dentro de sus motivaciones, hay muchas más que servir al interés general. Al respecto de nuestros políticos nacionales, creo que están convencidos de que, con sus ideas y actuaciones, defienden a la población, pero tienen tal ceguera que no son capaces de ver su propia incompetencia. Y suman esa incompetencia y esa ceguera a una prepotencia superlativa que sobrecompensan por el miedo a no ser tomados en serio. Dicho lo cual, paso a opinar desde mi particular criterio.
            He visto como el Gobierno reaccionaba a una pandemia poniendo en uno de los platos de la balanza el miedo a que le pasara lo de la gripe A y sus noventa millones de vacunas no utilizadas, sufriendo lo que se llama la paradoja de la prevención, y poniendo en el otro que la evolución de los contagios saturase unas urgencias hospitalarias que ya conocían ese fenómeno año tras año durante la época de la gripe estacional. Todo esto, sin que la ciencia todavía pudiera aportar datos ciertos y fiables sobre el CoViD-19. La conclusión es que llegó tarde. Pero no tarde como dicen los taberneros del Congreso por no haberlo declarado una semana antes. Llegó tarde por no declararlo en enero. O quizá incluso antes. En diciembre, quizá. Me explico.
            Con los datos que hoy tenemos, sabemos que en Francia hay un caso confirmado de coronavirus en diciembre. Lo hemos sabido hace un par de días. Además, los análisis de aguas fecales de varias ciudades españolas ya tenían restos en enero del virus que únicamente podían haber llegado a nuestras alcantarillas por un medio. Sabemos también que el primer caso de coronavirus en nuestro país no fue aquel sevillano de finales de febrero. Hoy sabemos que hubo al menos quince casos repartidos por varias localizaciones a principios del mismo mes, y también se está conociendo que los médicos de atención primaria empezaron a ver gripes raras en enero. Se está empezando a hablar que la cumbre del clima que se celebró en diciembre en Madrid ya expandió inicialmente el virus y todavía recuerdo como clamaron a los cielos tertulianos de todo espectro ideológico cuando se canceló el Congreso sobre Tecnología Móvil de Barcelona, a mediados de febrero. Os invito a buscar en San Google qué pasaba en esas fechas.
            En Francia, en diciembre. Sin embargo, en Francia hay menos afectados que en España o en Italia. Francia celebró elecciones después de que España declarase el Estado de Alarma a mediados de marzo. ¿Por qué no se han visto arrasados en igual o mayor medida que nosotros? No lo sé y, a día de hoy, todavía no he encontrado ninguna noticia que me lo aclare. Y os aseguro que la he buscado.
            Pero eliminando lo que hoy sabemos y que desconocíamos entonces, la Organización Mundial de la Salud advirtió a mediados de febrero del riesgo de celebrar actos públicos multitudinarios. En concreto, el catorce de febrero, cuando todavía no sabíamos que ya teníamos el bicho entre nosotros. El Gobierno actuó tarde, eso es indudable. Lo que parece no saber la mayoría de ciudadanos –aunque lo sabéis y os hacéis los locos– es que las advertencias sobre posibles pandemias mundiales como la que estamos sufriendo vienen produciéndose desde hace años. Incluso, advierten de la posibilidad de que llegue un virus que mate mucho más de lo que mata éste, y con su facilidad de contagio. Por cierto: ¿sabéis que ya se han catalogado ciento noventa y ocho mutaciones del CoViD-19 original? Es cuestión de tiempo que aparezca ése que abra la caja de pandora. Ése que, en lugar de matar a la tercera edad, mate a la primera y a la segunda, y con tasas de las que parecen reservadas a los países africanos. Una más: ¿sabéis que la OMS advirtió en su informe "Un mundo en riesgo" de 2019 de la posibilidad de que llegase un virus como el de la gripe de 1918 y matara a ochenta millones de personas? De momento, no llevamos tantas. Y si no, Bill Gates, a través de su fundación, lleva años realizando estudios al respecto y en 2015 ya advirtió que el mundo no estaba preparado para lo que nos ha tocado vivir en 2020.
            El gobierno llegó tarde. Y los gobiernos de países que parece que no lo han hecho, también lo han hecho, pero sus ciudadanos han tenido una suerte que hoy en día la ciencia no puede explicar. Este Gobierno ha llegado tarde y espero que sus votantes le hagan pagar la responsabilidad que les corresponda y que se deberá dilucidar en el momento adecuado y con los métodos previstos en democracia. Pero que nadie se lleve a engaños. ¿Cuántos de nosotros estábamos dispuestos a renunciar a nuestro modo de vida en 2015? ¿Y en 2019? A toro pasado, al bicho se le ven los cojones y se sabe que es macho, pero el problema está en la sociedad, en todos nosotros, que sufrimos del sesgo de la paradoja de la prevención y que no renunciaríamos a nuestro modo de vida aunque nos dijesen de que existe un alto riesgo de que el CoViD y sus tasas de contagio se hubiesen apareado con la letalidad del ébola o del ántrax. Esta vez nos ha pasado con el CoViD-19, pero ¿cuánto llevan avisándonos los científicos sobre esta y otras catástrofes que se ciernen sobre nosotros? Parece, de momento, que la naturaleza nos quiere conceder una oportunidad más, pero quién sabe… Como decían los Héroes del Silencio, no hay nada para siempre, y el ser humano, de momento, sólo es una pequeña mota de polvo en la historia de nuestro planeta.

Alberto Martínez Urueña 7-05-2020

jueves, 30 de abril de 2020

Lo que hacemos


            Pues parece que ya nos hemos ganado algo, aunque no sé muy bien el qué. El derecho a ir retomando las calles y nuestras vidas, supongo. Dicen que ya va siendo hora de que sea seguro volver a salir y que el bicho ya no nos va a contagiar como habría hecho antes. Vemos los datos y escuchamos a Fernando Simón y eso de la curva parece que va para abajo. Eso sí, el bicho sigue estando ahí fuera, esperando, y parece que puede saltar sobre nosotros. No sé si tendréis la misma sensación que yo, esa típica de película de miedo en que el protagonista, o más bien el personaje secundario, negro y gracioso, va a salir del bunker seguro para arriesgarse en la zona mortal, la que sea. Según sea la película de buena o mala, la salida del negro que siempre muere puede parecer estúpida o verdaderamente necesaria. El tiempo dirá, pero creo que la idea no es que el coronavirus se haya ido, sino aprender a convivir con él con la debida protección. Y llorando a los muertos que se vayan sucediendo. Que la sanidad no colapse, no que ya no haya infectados, porque eso parece que va para largo.
            Durante este tiempo de encierro necesario he pensado en varias ocasiones escribiros una columna como ésta hablando del tema, pero cuando me ponía a ello, me he dado cuenta de que tenemos tal grado de información al respecto que lo único que iba a provocar es aumentar la curva de desorientación que cada uno de nosotros tenemos. Y, por supuesto, hablar de política no me apetecía, por mucho que la catarsis emocional de hablar sobre la incompetencia ajena sea psicológicamente recomendable. Lo que sí que he sacado en claro a ese respecto es una visión panorámica de los medios de comunicación, dado que he tenido más tiempo del habitual para poder empaparme de los detalles de cada uno. Y la conclusión que he sacado es que todos dicen informar sobre la verdad; sin embargo, lo que he experimentado leyendo un periódico cualquiera para después pasar al siguiente es que ambas realidades pertenecían a universos separados y completamente distintos. Que la información sobre los hechos sea tan maleable me lleva a pensar que la realidad es un prisma con diferentes caras y cada uno mira la que le interesa. Por desgracia, si esto lo unes a una falta de empatía rampante lo que obtienes son estados de ánimo bélicos.
            También he sacado en claro una cuestión fundamental y es que el ser humano tiene un concepto básico como punto de partida para casi todo: más es mejor, es más bueno, es más recomendable, es más deseable. El sistema capitalista en el que vivimos se basa en la premisa de que todos los individuos tenemos que consumir cada vez más cantidad de muchas cosas, y para eso, han de ser todas ellas baratas. A ser posible, cada vez más baratas para poder diversificar lo más posible nuestro rango de posibilidades de consumo. Eso se ha ampliado a las experiencias: hay que ampliar las experiencias que tenemos, los viajes, las emociones… Consumir eso que te hace sentir cosas buenas, y cuantas más, mejor. Ahora que no tenemos la posibilidad de consumir casi nada, estamos esperando el momento que nos dejen salir para poder hacer todo eso que deseamos. ¿Qué tiene esto de malo? Nada de nada. El sistema capitalista no tiene ningún fallo. Salvo cuando nos planteamos cuánto ganan los productores de todos esos productos que queremos cada vez más baratos: habrá quienes puedan vender más cantidad y cubran el descenso del precio, pero otros… Preguntad a los agricultores. Esos a los que tanto agradecemos su trabajo ahora mismo.
            Esto me lleva a recordar una conversación sobre economía –por mensajería digital, claro– y en la que yo afirmé y sigo afirmando que el sistema capitalista es la mejor forma de organizar la economía que hemos encontrado y esto es porque nos permite una opción que las otras lo cortan de raíz: la libertad de consumir lo que te salga del haba siempre que sea algo que alguien produce y tu restricción presupuestaria sea suficiente.
            Aquí está el quid de la cuestión: la libertad de elección. Dos herramientas fundamentales, el sistema capitalista y un sistema social como la democracia –también es el mejor sistema que, de momento, hemos encontrado–, nos han dado la posibilidad de hacer un mundo más humano o más mezquino en función de las elecciones que cada uno de sus componentes hacen. A través de las elecciones que hacemos cada uno de nosotros vamos construyendo el tipo de sociedad que queremos, y eso lo hacemos llevando la escala de valores que tenemos a nuestras decisiones de consumo. La descripción que la teoría económica hace de las funciones de utilidad individuales como herramienta para describir cómo formamos nuestras decisiones de consumo es acertadísima, y no lo es menos la suma de todas ellas para tener la demanda agregada de una economía en su conjunto.
            Esto no deja de ser la frase que muchas veces habréis pronunciado alguna vez: tenemos la sociedad que nos merecemos. Es más, tenemos la sociedad que hemos construido a través de nuestras decisiones de consumo en el ejercicio de la libertad absoluta que nos da nuestra cartera. Cada uno la suya. Esto lo abarca todo, desde el modelo de ciudades que tenemos hasta la amplitud de nuestro sistema asistencial público. Y también, la elección de los políticos que tenemos, aunque no dependan de nuestra cartera, depende de una elección y eso también determina no sólo su calidad como gestores si no lo tabernarios que puedan llegar a ser.
            En la opinión de muchos de nosotros, la sociedad preconfinamiento era una sociedad que adolecía, en ciertos aspectos, de humanidad. Una sociedad que minusvaloraba determinadas cosas que hemos descubierto que tenían más valor del que creíamos. Y esto es porque estábamos dispuestos a poner el dinero de nuestra cartera en otras opciones de consumo que ahora hemos descubierto que no valían nada. Además, hemos descubierto otra cosa muy importante: que además de restricción presupuestaria, es decir, el límite de la cantidad de dinero que tenemos en nuestra cartera, también tenemos restricción temporal. Y hemos descubierto que estábamos dispuestos a poner el tiempo que tenemos de vida en opciones de consumo que no valían nada, pero que eran muy cómodas. La comodidad como variable para fijar el precio de nuestro tiempo… Cuanto más cómodo, más demandado. El precio de las cosas cómodas no es sólo el dinero que nos cuesta. Es el tiempo que gastamos en ellas, restándoselo de otras que nos suponen mayor esfuerzo.
            El problema es que perderte las cosas auténticas de este mundo porque supongan un esfuerzo nos llevó en la sociedad preconfinamiento a construir, en determinados aspectos, una sociedad con demasiados rincones oscuros. He oído y he leído durante este tiempo a demasiadas personas decir que han aprendido de esta situación de crisis. Por desgracia para ellos, las palabras se las lleva el viento, y son los hechos, lo que hacemos, lo que nos define. La única forma que tienen de demostrar PARA SÍ MISMOS que han aprendido algo, será llevarlo a la práctica a través de sus decisiones de consumo. Un abrazo digital para todos.

Alberto Martínez Urueña 29-04-2020

viernes, 27 de marzo de 2020

Lo que debería ser

            Hoy es uno de esos días en que me levanto con ganas de decir algo que no sea demasiado controvertido. Y me siento delante del teclado con la intención de encontrar la forma de hallar consensos en lugar de ponerme a disparar al primero que se mueva. En días como los que nos ha tocado vivir debería ser fácil poder encontrar esos consensos. Deberían partir de algo tan sencillo como explicar a los ciudadanos desde todas las administraciones están todas ellas luchando por encontrar mascarillas, equipos de protección, test para el coronavirus y que están haciendo lo imposible por lograrlo. Igualmente, no debería ser complicado para nuestros políticos asumir que sus rivales ideológicos en circunstancias normales están peleando igual que ellos para encontrar los recursos y los procedimientos necesarios para luchar contra la pandemia. Y todos ellos deberían tener la suficiente capacidad humana para explicar a los ciudadanos que habrá un número de bajas inevitables independientes de la gestión realizada. Casado defendiendo a Sánchez por haber hecho lo posible por minimizar los muertos, asumiendo que era imposible reducirlos a cero. Sánchez defendiendo a Ayuso en la gestión y en la toma de decisiones sobre las residencias para mayores de la comunidad. Todas las Comunidades Autónomas y el Gobierno batiéndose el cobre en esos mercados internacionales completamente salvajes y desalmados, cubiertos de la ponzoña de la especulación, intentando encontrar todos esos recursos que los sanitarios y expertos necesitan para lograr minimizar los daños y acortar el tiempo de confinamiento que nos toca vivir a los ciudadanos.
            Y qué decir de los ciudadanos… Deberíamos poder decir que asumimos nuestro papel de bienmandados, sumisos y obedientes, tal y como, por cierto, creo que somos la mayoría, intentando no envenenar la escena pública. Por desgracia, hay excepciones: tenemos a los que se saltan el confinamiento y ponen en peligro a la policía y a la guardia civil; pero no solo ellos. Nos encontramos también con esa policía de balcón, con los videos virales de peña que se queja porque no es capaz de soportar tener a sus hijos en casa y con los que comparan todo esto con una guerra, con dos cojones, demostrando que en Europa hace mucho tiempo que no pasamos por una. Quizá por eso existe Lesbos… Hacen esa afirmación como si fuese lo mismo ver venir a un avión y poder correr a ponerte a salvo en un refugio antiaéreo que no saber de dónde te puede venir el puto bichito. En casa, por suerte, sabes que no va a venir un bombardero israelí o un comando sirio y te va a tirar las paredes sobre la cabeza, y que luego no te va a tocar recoger los cachos de tus hijos de entre los escombros. Y todo porque los perros sí que pueden salir y ellos con los niños no pueden. Espero que sus hijos sí que sepan mear en la taza del váter o que no les falte para pañales… En una guerra al disidente no se le multaría:  al sujeto que se le ocurriera disentir de las órdenes del mando supremo, o incluso crear un estado de opinión que desanimase a las tropas, se le aplicar un consejo de guerra sumarísimo y punto. Esa es una guerra. Ahora estamos luchando contra una pandemia mundial y las cosas son distintas.
            Hay que tener una cuestión muy clara, y quienes han trabajado o trabajan en gestión de riesgos o, de forma más general en temas de auditoría, lo tenemos claro, y es diferenciar entre lo que era previsible de lo que no lo era. Para las cuestiones que no lo eran están las revisiones de los procedimientos, la mejora de los protocolos y el establecimiento de medidas preventivas. En Nueva York todavía se pueden ver esos enormes depósitos de agua en las azoteas de algunos edificios, medidas que se idearon de cero cuando sufrieron brutales incendios en una ciudad que era más alta de lo que nunca habían sido, y a cuyos pisos altos no llegaban las mangueras de los bomberos.
            Cosa distinta son los riesgos que sí que eran conocidos. ¿Existía la posibilidad de que surgiera un virus que atacase a la población a nivel mundial? Efectivamente que existía. No hay más que buscar en internet para encontrar noticias de hace no demasiados meses en los que alertaban de la posibilidad de que esto ocurriera. O una interesante charla de Bill Gates que, en su tarea como filántropo, ha estado investigando esta posibilidad desde hace varios años. Digo esto porque cuando acabe el periodo de pandemia, volvamos a la calle y, sobre todo, dejen de morir personas –36% de ellos son ancianos en residencias de ancianos–, tendremos que mirar a ver qué es lo que han estado haciendo todas y cada una de las Comunidades Autónomas durante los últimos años. Esas Comunidades Autónomas que tenían transferidas las competencias de gestión de la Sanidad Pública desde los años noventa y principios del 2.000 y que han sido las responsables de que sus sistemas de gestión no estuvieran preparados con suficientes recursos materiales y humanos para afrontar una crisis sanitaria como ésta. Todo lo que se podía hacer una vez comenzada era poner parches a una rueda con un reventón enorme. Y quiero que quede claro que estoy criticando a los gobiernos de todas las Comunidades Autónomas con independencia de sus colores. No sé si podían haberse preparado suficientemente o era imposible prever esta situación, pero han fallado todos. Y ahora, todos están fallando nuevamente, pero no por evitar la ingente cantidad de muertos con que nos asombramos cada día. Están fallando por su incapacidad para actuar como auténticos líderes sociales. Lo hacen, en cambio, como siempre lo han hecho: como oportunistas y trileros siempre dispuestos a regatear lo que haga falta incluso con el diablo.

Alberto Martínez Urueña 27-03-2020