martes, 17 de marzo de 2020

Cosas básicas


            Resulta complicado escribir de algo que no sea el coronavirus; pero, al mismo tiempo, resulta complicado hacerlo. Tenemos a todos los medios de comunicación ocupados en ello, tanto hablando directamente de ello como intentando darnos un rato de evasión entretenida que indirectamente nos lo recuerda. Además, considerando el tiempo que pasamos con el móvil, podemos añadir a todas esas redes sociales infestadas de mensajes al respecto, desde los apocalípticos, los conspirativos, los humorísticos, los críticos, los funestamente negativos… Y eso sin entrar en las noticias falsas, de las que deberíamos cuidarnos mucho. Todas ellas cubren tan amplio espectro que es probable que todo haya sido dicho ya y sólo estemos repitiéndonos. Si miramos el aspecto económico de todo esto nos puede dar un chungo porque las cosas están bien complicadas. La incertidumbre es el principal enemigo de los mercados financieros. El miedo al futuro. Y en una economía como la que impera en occidente desde hace lustros, sostenida en la refinanciación de productos y derivados, si se empiezan a caer los valores que sustentan el castillo de naipes, todo se va al cuerno. Es lo que, básicamente, pasó hace diez años y ya sabéis como acabó todo.
            Además, ha sido la propia economía la que ha conseguido que el virus se expanda como lo ha hecho, sin lugar a dudas. Hay una tautología innegable: parar la economía significa parar la vida social, por eso ha costado tanto tomar las medidas draconianas en las que estamos ahora mismo. Y, seguramente, por eso no se han podido tomar antes. Pensadlo: si al comenzar esta epidemia en China se hubieran cerrado las fronteras y nos hubieran metido en nuestras casas, lo más fino que se habría llevado el Gobierno habrían sido las columnas de opinión de los periodistas de ideología contraria. Si por cosas más sencillas oímos a los políticos utilizar las mismas estructuras semánticas que a cualquier tabernero del siglo dieciocho, suponeos qué se habría escuchado en la Carrera de San Jerónimo al paralizar toda la actividad productiva no imprescindible del país. Por desgracia, tomar esas medidas sólo han sido posibles cuando el miedo se ha instalado en el pecho de los ciudadanos. E incluso en esas circunstancias, hemos visto como los aficionados del Atlético de Madrid se metieron todos hacinados en el estadio de fútbol del Liverpool. O como ciudadanos italianos de Bérgamo, ciudad de la Lombardía, se vinieron a Valencia hace justo una semana.
            ¿Estupidez? ¿Negligencia? ¿Irresponsabilidad? No lo sé, pero ¿de quién? ¿De los aficionados o de los políticos? En realidad, ¿necesitamos que nos digan lo que tenemos que hacer o somos personas versadas? Son muchas preguntas las que surgen, sin duda. No todo es tan sencillo como parece en un hilo de FaceBook. No lo es, salvo cuando lo valoras a toro pasado y yo no tengo la respuesta, sólo alguna opinión quizá demasiado tangencial.
            Resulta complicado escribir de algo que no sea el coronavirus, no obstante. Es prácticamente lo único que ocupa nuestra cabeza en estos momentos, condicionando las veinticuatro horas del día de una forma u otra. No obstante, se puede decir que la inmensa mayoría del mundo –no conozco la realidad africana– está ocupada en una misma cosa, un mismo pensamiento, un mismo objetivo, y eso no había sucedido desde hacía mucho tiempo. Quizá ni siquiera había sucedido en la historia del ser humano. No deja de resultar, en cierto modo, descorazonador que haya tenido que ser algo tan luctuoso lo que consiga unir nuestras mentes humanas en un único objetivo. Sin embargo, como le comentaba a mi amigo irlandés, soy un optimista compulsivo, y creo que el hecho de estar unidos por un mismo pensamiento y un único objetivo nos puede enseñar cosas que antes desconocíamos. Hay que estar atento a las posibles lecciones que nos lleguen. No es mal momento para recapacitar sobre todas esas cosas que antes considerábamos básicas y por las que sufríamos y que, en circunstancias como éstas, nos enseñan que pueden ser interesantes, pero no imprescindibles. No pasa nada por darle vueltas a dónde pasar las vacaciones, qué reforma quieres hacer de tu casa o a qué restaurante te apetece salir el fin de semana. Los seres humanos necesitamos momentos de esparcimiento, de disfrute. Una cierta dosis de hedonismo.
            Sin embargo, tenemos que entender una cuestión muy simple: hay muy poquitas cosas básicas que deban ser las que nos roben el aliento y nos produzcan angustia real. Todo lo demás es igual de tangencial que preocuparnos en estos momentos de quién ha tenido la culpa de que hubiera grandes concentraciones de personas cuando en China ya estaba en pleno apogeo la pandemia. Ahora que hemos de planificar qué hay en la despensa, que nos preocupamos por no tirar basura el más mínimo resto de comida, que procuramos guardar unas medidas de higiene básicas y que no podemos ver a nuestras personas más queridas, tenemos que analizar cuáles son las cosas que nos hacen simplemente disfrutar –algo muy importante– y cuales son aquellas por las que deberíamos perder el sueño. Por suerte, nos va a sobrar tiempo para hacerlo en los próximos días.

Alberto Martínez Urueña 17-03-2020

martes, 18 de febrero de 2020

Dos opciones


            Lo siento en el alma por mandar dos textos en tan corto espacio de tiempo, pero como últimamente he mandado muy pocos, me veo un poco perdonado. Iba a contaros la mala leche que se me puso ayer por la noche cuando escuche las noticias y las declaraciones de Pablo Casado y Pedro Sánchez al respecto de la reunión que habían mantenido y en la que habían vuelto a poner de manifiesto su falta de acuerdo. Eso, con educación. A mí, en la cabeza se me repetía una y otra vez que habían puesto de manifiesto otra cosa diferente, y me debatía entre dos opciones.
            La primera cosa que podían haber puesto de manifiesto es su absoluta incompetencia para alcanzar unos mínimos logros en su trabajo, que no deja de ser, ni más ni menos que alcanzar acuerdos para algo tan básico como el funcionamiento normal de las instituciones de nuestro Estado de Derecho. El Consejo General del Poder Judicial debería haber sido renovado en dos mil dieciocho, pero estos dos pagafantas todavía no han encontrado la manera de llevarlo a cabo. Podrían haber planteado un porcentaje de miembros para cada uno, aunque fuera en función del número de gilipolleces que se atreven a vomitar en las redes sociales. Pero no llegan ni a eso.
            La segunda cosa que podían haber puesto de manifiesto es que sus diferencias personales o doctrinales o ideológicas están por encima de los intereses generales de los ciudadanos. No podemos esperar que Pablo Casado y Pedro Sánchez se pongan de acuerdo en cuestiones relativas a la economía, a la estructura impositiva o a qué hacer con la enseñanza religiosa en España. El primero es un redomado neofascista incapaz de dialogar ni con su sombra y el segundo es un versado chaquetero capaz de dialogar con quien ya ha dicho que lo único que le interesa es saltarse la ley una vez más, y las que hagan falta. Y hablo de ellos, no de sus votantes, y lo digo antes de que nadie se me ponga bravo en Internet: he criticado a dos políticos no a vuestras madres. Que lo traguen estos en los sorbos que les toque.
            En cualquiera de los dos casos, lo que obtenemos nosotros, esos a los que deberían garantizar el derecho a una justicia óptima, es un sistema judicial arcaico, decimonono, inspirado en los principios de Fernando séptimo como poco y que funciona con recursos digitales de hace treinta años. Cuando funcionan…
            Iba a explayarme un poco más en esto, pero en esta España que funciona a pesar de nuestros políticos sería volver a hablar de lo que todos sabemos. Aunque luego actuemos como los aficionados al fútbol de un equipo de alevines: siempre dispuestos a ir a la guerra contra el árbitro y contra los contrarios, aunque el primero tenga dieciséis años y le hagan perder la fe en el ser humano y los segundos tengan diez y puedan irse su casa con la cara llena de lágrimas. O con el corazón lleno de odio.
            Esto es lo que se consigue cuando las cosas se llevan al terreno personal, por cierto. Esto es lo que ganamos cuando hablamos de quien opina diferente en términos de neofacha o de chaquetero, de egoísta y ladrón o de traidor y vendepatrias. Pero también cuando consideramos que nuestra razón es la única y pensamos que dialogando no se va a arreglar nada o creemos que aplicar la ley a quien delinque es contraproducente. Los huérfanos de ideología vemos con estupor como la sociedad se organiza de manera inconsciente en dos grupos que se yuxtaponen el uno junto al otro con una frontera completamente impermeable completamente inconscientes, no ya solo del verdadero significado de las palabras que utilizan, sino del estado de ánimo que provocan en la gente.
            Como hace tiempo que me negué a echar leña al fuego cuando me doy cuenta de que puedo hacerlo y decidí hacerme responsable de mis palabras y de mis textos, me decido conscientemente por la primera de las anteriores opciones, la de la incompetencia. La falta de aptitud para desarrollar una función no hace demasiado culpable a nadie y, además, abre la puerta a que pueda llegar otros que tengan las suficientes luces como para ejercer de verdaderos líderes. Unos líderes que ejerzan como tales; es decir, que sirvan de verdadero ejemplo al resto de la ciudadanía para que ésta vea que puedes sentarte con un rival ideológico sin tener que sacártela del pantalón para ver quien mea más lejos.
            Sí, considero a nuestros líderes unos incompetentes, deberían darse cuenta de que son unos completos ignorantes incapaces de comprender el terrible daño que le hacen a nuestra sociedad –también es la suya– al actuar como dos mandriles metidos en la misma jaula. Nosotros, los ciudadanos, podemos elegir entre seguir haciendo caso a esta bronca de taberna en la que se han instalado desde hace meses, o años, o exigirles, al menos, que sepan comportarse con la honorabilidad del cargo que ocupan. Esto va de oferta y de demanda, y aquí nosotros formamos parte de la segunda, con todas las obligaciones y responsabilidades que ello implica. No exijamos lo que no estamos dispuestos a cumplir.

Alberto Martínez Urueña 18-02-2020

lunes, 17 de febrero de 2020

¡¡¡A examinarsusss to quisque!!!


            Me desayunaba hace unas horas con la noticia dominical –los domingos no deben de dar para mucho más que para el fútbol y las gilipolleces– de que VOX se la había vuelto a sacar con una nueva majadería en su carrera de copar los titulares de este cenagal llamado política: hacer pruebas de nivel a los españoles para garantizar que cumplimos con nuestra obligación de conocer el castellano.
            Imagino que a más de uno de sus voceros les parecerá estupenda la ocurrencia, que siempre hay gente dispuesta a aplaudir soplapolleces. A mí no me preocupa demasiado porque creo que sería capaz de pasar el corte, pero le veo alguna pega: ¿os acordáis de los mozárabes? Bueno, pues cuenta la leyenda que algunos de ellos fingieron ser cristianos, pero que, en la intimidad, seguían celebrando sus ritos religiosos. Imaginaos un catalán al que le dices que si no pasa un examen de castellano le vas a sacudir mil euros de receta. Seguro que más de uno, porque gilipollas hay en todos sitios, automáticamente pediría el datafono, pero, claro, habrá quien apruebe el examen con sobresaliente y luego salga a la calle a hacer lo que salga del haba, ahorrándose la multa.
            Me imagino, por otro lado, que más de uno os habréis dado cuenta de que, aunque hagas pasar un examen de castellano a un catalán más independentista que Torra, no puedes prohibirle que luego él hable en el idioma que le salga del orto. Y es que, nuestro querido Santi, aunque no lo sepa, a pesar de ser tan constitucionalista, las lenguas que él aborrece como si fueran el idioma en el que está escrito el Necronomicon, son cooficiales por el artículo 3 y, además, están protegidas en el preámbulo. Pero ya sabemos que, para Santi, la Constitución con la que se llena hipócritamente la boca es como irse de vacaciones a un hotel con buffet libre.
            Y todo esto tiene otro problema añadido: ¿qué hacemos con los infiltrados? Es decir, con esa gente que pase el examen, pero luego quiera seguir hablando en catalán y, además, oprobio, tener ideas independentistas. Digo esto porque en la Edad Media tuvieron a la Santa Inquisición para deshacerse de los infieles, pero en pleno siglo veintiuno, el uso del potro está mal visto. Y, además, a pesar de quemar herejes en vía pública, es bien sabido que hubo algunos que se escaparon al fuego eterno. Si no, en Europa, no habría ni luteranos, ni hugonotes ni calvinistas.
            Además, esto es un arma de doble filo. Como no puedes imponer ese examen sólo en Cataluña y el País Vasco… Perdón, y en Galicia, en Valencia, en Baleares y en Navarra, vas a tener que hacerlo en el resto del país. Imagino que más de uno habreis oído hablar a algún votante de VOX que, alardeando de tener más cojones que nadie para demostrarse como el facha que es, le habrá pegado dos buenas hostias por frase al diccionario. Con esto, Santi corre el riesgo de cascarle mil euros de multa a muchos de los suyos que, como en todo colectivo, les habrá que no sepan hacer la O con un canuto. Así que como para juntar sujeto y predicado anudados en un verbo… Ni de coña.
            Otro problema que vamos a tener es con los ciudadanos que hayan aprendido malamente a escribir, y lo hayan hecho de oídas. ¿Os imagináis las construcciones gramaticales y semánticas de alguien de la Andalucía, Murcia o Extremadura profundas? Todos esos pueden ir aflojando la cartera porque hablan fatal y a lo mejor escriben como suena.
            De hecho, no nos libramos ni los de Valladolid, porque como bien me recordó un amigo de Soria, tenemos serios problemas con el leísmo, el laísmo y el loísmo. Ni te digo ya para identificar y distinguir el complemento directo del indirecto. Amigos vallisoletanos, reservad mil euros anuales: lo que os va a costar no pasar el examen que nos va a poner Santi. Eso, o poneos a estudiar desde ya cuando salgáis de la oficina, entre ayudar con los deberes de matemáticas y preparar la merienda del día siguiente.
            Aunque bien pensado, esto tiene un punto bueno para un rojeras como el que os escribe. Con la ingente cantidad de analfabestias que campan por los berzales españoles, y las sanciones que, en muchos casos, habrá que cobrar con recargo, vamos a solucionar de un plumazo el problema de las pensiones, de la inversión en I+D y la falta de infraestructuras de la España vaciada. Lo siento por los votantes de VOX que se tragaran su argumentario neoliberal, pero, con las ganas que vienen de sancionar a todo quisque que no pase sus baremos de españolismo, van a recibir aplausos hasta de Maduro.

Alberto Martínez Urueña 17-02-2020

viernes, 14 de febrero de 2020

Extremadamente colorido


            Si os habéis asomado a la actualidad en los últimos días, os habréis encontrado con noticias de todo tipo. Las más resultonas vienen a ser las que protagonizan los hooligans de las Cortes Generales, ya sean de un lado o de otro, lanzándose excrementos verbales al más puro estilo de comedor de colegio. Hablan de Cataluña, de Venezuela o de que la abuela fuma. Luego, si os movéis por círculos mediáticos más heterodoxos, sabréis que en España hay problemas de los de verdad. Están los importantes a nivel global, no las tonterías con las que nos inflaman los ánimos esos pirómanos y que a lo único que amenazan es a nuestro ego. Hablo de esas que nos pueden machacar de lo lindo, y no tardando: el medioambiente y el cambio climático, la contaminación de todo tipo, los problemas migratorios derivados de las crisis climáticas o bélicas, el envejecimiento, las superbacterias…
            Y dentro de las reales, también tenemos las que nos afectan en el día a día. La luz ha subido un ochenta y cinco por ciento en los últimos quince años. Esto, al margen de que exista el argumento de que “eso es el mercado, amigo”, se puede explicar desde el punto de vista de que, en realidad, en España no hay un mercado energético que funcione aproximadamente como uno competitivo, sino oligopolístico. Estamos en la terna de precios más caros de Europa y ni se hace nada para evitarlo, ni tampoco se hizo en su momento, ni tiene visos de que vaya a solucionarse.
            Pasa exactamente igual con el mercado de los combustibles, en donde las alzas del precio del petróleo se trasladan automáticamente al precio, mientras que los descensos, ya si eso, para más adelante. La razón viene determinada por un mercado de oligopolio dentro de nuestro territorio, igual que el anterior, teniendo ambas una característica común, y es que su elasticidad precio-demanda es muy baja. Es decir, que da igual que el precio que tengan, que si sube el precio, te va a costar un huevo y parte del otro reducir su consumo. Eso de los oligopolios en sectores estratégicos está muy mal visto en la Unión Europea, pero aquí en España, esas empresas consiguen dos cosas: perder la vergüenza de montarse un oligopolio y políticos que regulan a su favor y a los que contratan cuando salen del Consejo de Ministros. Combo perfecto.
            Otra noticia que vemos con una cierta recurrencia es la evolución de los precios de la vivienda en España. En un afán masoquista totalmente descontrolado por mi parte, se me ha ocurrido buscar datos por internet así, a capón y sin chaleco antibalas. Y he de decir que el gobierno debería contraindicarlo en medios de comunicación de amplio alcance y concluir con lo de “Ministerio de Sanidad, Gobierno de España” con un locutor de voz grave. Hoy nos dicen que los precios de la vivienda han subido un cinco por ciento y nos parece poco porque claro, cinco es un número pequeño y, además, simpático pues te permite hacer rimas graciosas. Pero, sobre todo, porque a principios de siglo, tenemos incrementos cercanos al treinta por ciento por ciento. Si buceamos en los anales históricos de los años ochenta, vemos que, a mediados de década, el precio rondaba los trescientos cincuenta euros por metro cuadrado mientras que en dos mil siete casi alcanzamos los dos mil novecientos euros. El incremento en esos veintidós años es de casi el mil por ciento. El salario anual medio en España en mil novecientos ochenta y cinco era de seiscientos doce euros, y en dos mil diecisiete vienen a ser, netos, unos mil quinientos euros. Tenemos un incremento de los salarios netos en España que no llega al doscientos cincuenta por ciento.
            ¿Veis el dónde está el quid de la cuestión?
            Aquí hay un problema, ¿no? Ves cómo han subido los salarios, lo comparas con los precios de mercados básicos y no admite ningún tipo de debate. Da igual lo que hayas visto en tu micromundo, da igual si ves que los precios de las viviendas aumentan y aun así todavía no tenemos grandes masas poblacionales viviendo en la puta calle. Da igual si hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. La cuestión básica es que los fríos datos dicen que somos más pobres, que tenemos menos margen de maniobra y que esto no tiene visos de mejorar. Esto hay a quien le parece bien, hay a quienes nos parece mal y hay a quien se la suda por completo porque gana más de cien mil al año y no se preocupa del resto (hay quien gana más y sí que lo hace, ojo). Hay de todo. Pero más allá de estas cuestiones, y utilizando las herramientas que me dio estudiar una Licenciatura de Economía y el gusto por la temática, una sociedad que no puede ahorrar es una sociedad comparativamente peor situada que otras que sí que lo hacen. Es una sociedad que no puede crear puestos de trabajo, que no puede invertir y que resiste cada vez peor los problemas sociales derivadas de una población cada vez más tensionada. Es una sociedad incapaz de crear riqueza y consumo, y la excusa de que los bares siguen llenos no vale, porque la caña cuesta dos euros.
            Esto sí que es capaz de romper un país: no pone fronteras físicas, pero crea diferentes tipos de ciudadanos que, por un mecanismo injusto, tienen menos derechos que otros. Y antes de que nadie se me soliviante, todavía no he dicho que haya responsables, eso sería otro debate con otras consecuencias. Aquí lo único que he hecho es plantear una fotografía para decir que sí, es cierto, el mundo está peor que en los ochenta. Ahora, vendrán sesudos tertulianos a explicarnos cómo se hace la o con un canuto y a enfrentarnos los unos con los otros porque yo lo hago de una manera y tú de otra, pero no hace falta ser muy listo para explicarse el porqué del auge de los colores extremos en los parlamentos nacionales que hemos visto en los últimos años.

Alberto Martínez Urueña 14-02-2020

miércoles, 15 de enero de 2020

¿Y a ti cómo te gustan?


            Pues ya tenemos Gobierno, por si le echabais de menos. Gobierno del de verdad, no del que está en funciones y no se sabe qué es lo que puede hacer. Ni qué decir tiene que cada cual tendrá su opinión al respecto, cosas buenas, malas, vaticinios, deseos… Es una de esas cosas que no deja a nadie indiferente. En realidad, a mí es un tema que me da un poco igual ya que he retomado mi antigua fase en la que no acabo de verles las bondades a todos esos políticos que campan por Moncloa, por la Carrera de San Jerónimo, por las Cortes de Castilla y León o por donde sea. Estoy un poco anarquista, un poco inoculado por un sabio que conocí hace tiempo que decía que “¡Todo mentira!” no por saber cuál era la mentira, sino porque sabía que mentían siempre para, fundamentalmente, no decirnos la verdad, sea cual sea ésta.
            Y es que en esta vida hay verdades incuestionables, como por ejemplo que la realidad que vivimos cada uno es subjetiva. Es innegable, por supuesto, que hay hechos concretos que son perfectamente descriptibles por las matemáticas, la física y la química y que ante ellos no hay forma de resistirse. Sin ir más lejos, la ley de gravedad impone que si te tiras desde un edificio de nueve plantas acelerarás a un ritmo de nueve coma ocho metros por segundo por cada segundo transcurrido hasta llegar al suelo, donde el ritmo de desaceleración tenderá hacia infinito. Sin embargo, la forma en la que nos afectan los hechos es muy distinta: no es lo mismo que se caiga un desconocido a que lo haga tu hijo de seis años, por mucho que la muerte de un ser humano sea algo trágico.
            Hoy en día, esta circunstancia que sobre el papel es tan evidente, queda soslayada por una sociedad neurótica en búsqueda continua de unicornios de color rosa. Una costumbre muy divertida cuando lo hacen niñas de tres años, pero que resulta muy peligrosa cuando la llevan a cabo personas adultas. Estoy hablando de encontrar una realidad insoslayable dentro de las apreciaciones del ser humano que permita hablar de una objetividad absoluta. Y todo esto, por el unicornio de color rosa: seguridad absoluta de que las cosas nos van a ir razonablemente bien.
            Cada uno tenemos nuestras propias apreciaciones con respecto a las circunstancias sociales. En primer lugar, no todos tenemos las mismas querencias, ni los mismos gustos ni la misma sensibilidad o empatía con respecto a las cosas que nos rodean. No hay defectos en ello, aun teniendo en cuenta que entramos en territorios donde los calificativos y las definiciones pueden causar estragos. La misma noción de justicia social es endeble desde el primer momento en que no somos capaces de ponernos de acuerdo en dónde está en límite entre los mínimos que un Estado de Derecho debe garantizar y donde hay que empezar a considerar que un ciudadano se está aprovechando del sistema. Igualmente, no somos capaces de tener una idea unívoca sobre cuál es la responsabilidad social exigible a una persona que ha ganado mucho dinero gracias a las inversiones en investigación y desarrollo, infraestructuras, paz social, etcétera, que ha realizado la sociedad en su conjunto y que le ha proporcionado un entorno económico estable.
            Entender algo tan básico es muy sencillo si hablamos de la pareja. Y, por otro lado, es muy sencillo entender el problema que subyace si, igualmente, hablamos de la pareja. No habrá nadie en su sano juicio que se atreva a decirle a un amigo que la mujer que ha escogido para emparejarse –vale lo mismo para hombre con hombre, mujer con mujer o mujer con hombre– no es lo suficientemente guapa, delgada o mentalmente estable. Esa prueba de amor sólo puede resistirla cuando la dice un padre a su hijo –y todas sus variantes– y, además, el padre hace el firme propósito de decirlo una vez y no más, y que luego no se le note demasiado. ¿Por qué nos resulta tan complicado entenderlo en la política? Más allá de que las motivaciones de los líderes de los partidos políticos puedan suscitarnos ciertas dudas –a mí, como víctima ocasional del afán de poder de otros, me las suscitan todas– no es menos cierto que esto no sería un hecho diferencial entre todos ellos. Y que los diferentes criterios no son tanto un propósito diabólico de oprimir a nadie, sino una querencia como que a unos les gusten rubias, a otros morenas y a otros, de su mismo sexo. Lo único que pido a mi alrededor es poder tener una conversación amigable como tuve ocasión hace poco con dos muy buenos amigos que no opinamos lo mismo en materia de política.
            Dicho esto, cuestiones como lo de la nueva Fiscal General del Estado no me gustan, igual que no me han gustado nunca estos manejos los haga quien los haga. No me gustan las pretensiones de ERC, me gusta que Cs haya perdido su posición de partido bisagra, me asquean las miserias dialécticas de VOX y no me gusta cuando Pablo Iglesias utiliza retórica de guerra o habla de expropiaciones. Son cuestiones todas ellas que me dan mucha grima, que no ayudan a construir un edificio común y que producen que la ciudadanía acabe hasta los cojones de esa panda de necios. Por eso, lo de votar a cualquiera de ellos, ya si eso, para otro momento.

Alberto Martínez Urueña 14-01-2020