lunes, 17 de febrero de 2020

¡¡¡A examinarsusss to quisque!!!


            Me desayunaba hace unas horas con la noticia dominical –los domingos no deben de dar para mucho más que para el fútbol y las gilipolleces– de que VOX se la había vuelto a sacar con una nueva majadería en su carrera de copar los titulares de este cenagal llamado política: hacer pruebas de nivel a los españoles para garantizar que cumplimos con nuestra obligación de conocer el castellano.
            Imagino que a más de uno de sus voceros les parecerá estupenda la ocurrencia, que siempre hay gente dispuesta a aplaudir soplapolleces. A mí no me preocupa demasiado porque creo que sería capaz de pasar el corte, pero le veo alguna pega: ¿os acordáis de los mozárabes? Bueno, pues cuenta la leyenda que algunos de ellos fingieron ser cristianos, pero que, en la intimidad, seguían celebrando sus ritos religiosos. Imaginaos un catalán al que le dices que si no pasa un examen de castellano le vas a sacudir mil euros de receta. Seguro que más de uno, porque gilipollas hay en todos sitios, automáticamente pediría el datafono, pero, claro, habrá quien apruebe el examen con sobresaliente y luego salga a la calle a hacer lo que salga del haba, ahorrándose la multa.
            Me imagino, por otro lado, que más de uno os habréis dado cuenta de que, aunque hagas pasar un examen de castellano a un catalán más independentista que Torra, no puedes prohibirle que luego él hable en el idioma que le salga del orto. Y es que, nuestro querido Santi, aunque no lo sepa, a pesar de ser tan constitucionalista, las lenguas que él aborrece como si fueran el idioma en el que está escrito el Necronomicon, son cooficiales por el artículo 3 y, además, están protegidas en el preámbulo. Pero ya sabemos que, para Santi, la Constitución con la que se llena hipócritamente la boca es como irse de vacaciones a un hotel con buffet libre.
            Y todo esto tiene otro problema añadido: ¿qué hacemos con los infiltrados? Es decir, con esa gente que pase el examen, pero luego quiera seguir hablando en catalán y, además, oprobio, tener ideas independentistas. Digo esto porque en la Edad Media tuvieron a la Santa Inquisición para deshacerse de los infieles, pero en pleno siglo veintiuno, el uso del potro está mal visto. Y, además, a pesar de quemar herejes en vía pública, es bien sabido que hubo algunos que se escaparon al fuego eterno. Si no, en Europa, no habría ni luteranos, ni hugonotes ni calvinistas.
            Además, esto es un arma de doble filo. Como no puedes imponer ese examen sólo en Cataluña y el País Vasco… Perdón, y en Galicia, en Valencia, en Baleares y en Navarra, vas a tener que hacerlo en el resto del país. Imagino que más de uno habreis oído hablar a algún votante de VOX que, alardeando de tener más cojones que nadie para demostrarse como el facha que es, le habrá pegado dos buenas hostias por frase al diccionario. Con esto, Santi corre el riesgo de cascarle mil euros de multa a muchos de los suyos que, como en todo colectivo, les habrá que no sepan hacer la O con un canuto. Así que como para juntar sujeto y predicado anudados en un verbo… Ni de coña.
            Otro problema que vamos a tener es con los ciudadanos que hayan aprendido malamente a escribir, y lo hayan hecho de oídas. ¿Os imagináis las construcciones gramaticales y semánticas de alguien de la Andalucía, Murcia o Extremadura profundas? Todos esos pueden ir aflojando la cartera porque hablan fatal y a lo mejor escriben como suena.
            De hecho, no nos libramos ni los de Valladolid, porque como bien me recordó un amigo de Soria, tenemos serios problemas con el leísmo, el laísmo y el loísmo. Ni te digo ya para identificar y distinguir el complemento directo del indirecto. Amigos vallisoletanos, reservad mil euros anuales: lo que os va a costar no pasar el examen que nos va a poner Santi. Eso, o poneos a estudiar desde ya cuando salgáis de la oficina, entre ayudar con los deberes de matemáticas y preparar la merienda del día siguiente.
            Aunque bien pensado, esto tiene un punto bueno para un rojeras como el que os escribe. Con la ingente cantidad de analfabestias que campan por los berzales españoles, y las sanciones que, en muchos casos, habrá que cobrar con recargo, vamos a solucionar de un plumazo el problema de las pensiones, de la inversión en I+D y la falta de infraestructuras de la España vaciada. Lo siento por los votantes de VOX que se tragaran su argumentario neoliberal, pero, con las ganas que vienen de sancionar a todo quisque que no pase sus baremos de españolismo, van a recibir aplausos hasta de Maduro.

Alberto Martínez Urueña 17-02-2020

viernes, 14 de febrero de 2020

Extremadamente colorido


            Si os habéis asomado a la actualidad en los últimos días, os habréis encontrado con noticias de todo tipo. Las más resultonas vienen a ser las que protagonizan los hooligans de las Cortes Generales, ya sean de un lado o de otro, lanzándose excrementos verbales al más puro estilo de comedor de colegio. Hablan de Cataluña, de Venezuela o de que la abuela fuma. Luego, si os movéis por círculos mediáticos más heterodoxos, sabréis que en España hay problemas de los de verdad. Están los importantes a nivel global, no las tonterías con las que nos inflaman los ánimos esos pirómanos y que a lo único que amenazan es a nuestro ego. Hablo de esas que nos pueden machacar de lo lindo, y no tardando: el medioambiente y el cambio climático, la contaminación de todo tipo, los problemas migratorios derivados de las crisis climáticas o bélicas, el envejecimiento, las superbacterias…
            Y dentro de las reales, también tenemos las que nos afectan en el día a día. La luz ha subido un ochenta y cinco por ciento en los últimos quince años. Esto, al margen de que exista el argumento de que “eso es el mercado, amigo”, se puede explicar desde el punto de vista de que, en realidad, en España no hay un mercado energético que funcione aproximadamente como uno competitivo, sino oligopolístico. Estamos en la terna de precios más caros de Europa y ni se hace nada para evitarlo, ni tampoco se hizo en su momento, ni tiene visos de que vaya a solucionarse.
            Pasa exactamente igual con el mercado de los combustibles, en donde las alzas del precio del petróleo se trasladan automáticamente al precio, mientras que los descensos, ya si eso, para más adelante. La razón viene determinada por un mercado de oligopolio dentro de nuestro territorio, igual que el anterior, teniendo ambas una característica común, y es que su elasticidad precio-demanda es muy baja. Es decir, que da igual que el precio que tengan, que si sube el precio, te va a costar un huevo y parte del otro reducir su consumo. Eso de los oligopolios en sectores estratégicos está muy mal visto en la Unión Europea, pero aquí en España, esas empresas consiguen dos cosas: perder la vergüenza de montarse un oligopolio y políticos que regulan a su favor y a los que contratan cuando salen del Consejo de Ministros. Combo perfecto.
            Otra noticia que vemos con una cierta recurrencia es la evolución de los precios de la vivienda en España. En un afán masoquista totalmente descontrolado por mi parte, se me ha ocurrido buscar datos por internet así, a capón y sin chaleco antibalas. Y he de decir que el gobierno debería contraindicarlo en medios de comunicación de amplio alcance y concluir con lo de “Ministerio de Sanidad, Gobierno de España” con un locutor de voz grave. Hoy nos dicen que los precios de la vivienda han subido un cinco por ciento y nos parece poco porque claro, cinco es un número pequeño y, además, simpático pues te permite hacer rimas graciosas. Pero, sobre todo, porque a principios de siglo, tenemos incrementos cercanos al treinta por ciento por ciento. Si buceamos en los anales históricos de los años ochenta, vemos que, a mediados de década, el precio rondaba los trescientos cincuenta euros por metro cuadrado mientras que en dos mil siete casi alcanzamos los dos mil novecientos euros. El incremento en esos veintidós años es de casi el mil por ciento. El salario anual medio en España en mil novecientos ochenta y cinco era de seiscientos doce euros, y en dos mil diecisiete vienen a ser, netos, unos mil quinientos euros. Tenemos un incremento de los salarios netos en España que no llega al doscientos cincuenta por ciento.
            ¿Veis el dónde está el quid de la cuestión?
            Aquí hay un problema, ¿no? Ves cómo han subido los salarios, lo comparas con los precios de mercados básicos y no admite ningún tipo de debate. Da igual lo que hayas visto en tu micromundo, da igual si ves que los precios de las viviendas aumentan y aun así todavía no tenemos grandes masas poblacionales viviendo en la puta calle. Da igual si hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. La cuestión básica es que los fríos datos dicen que somos más pobres, que tenemos menos margen de maniobra y que esto no tiene visos de mejorar. Esto hay a quien le parece bien, hay a quienes nos parece mal y hay a quien se la suda por completo porque gana más de cien mil al año y no se preocupa del resto (hay quien gana más y sí que lo hace, ojo). Hay de todo. Pero más allá de estas cuestiones, y utilizando las herramientas que me dio estudiar una Licenciatura de Economía y el gusto por la temática, una sociedad que no puede ahorrar es una sociedad comparativamente peor situada que otras que sí que lo hacen. Es una sociedad que no puede crear puestos de trabajo, que no puede invertir y que resiste cada vez peor los problemas sociales derivadas de una población cada vez más tensionada. Es una sociedad incapaz de crear riqueza y consumo, y la excusa de que los bares siguen llenos no vale, porque la caña cuesta dos euros.
            Esto sí que es capaz de romper un país: no pone fronteras físicas, pero crea diferentes tipos de ciudadanos que, por un mecanismo injusto, tienen menos derechos que otros. Y antes de que nadie se me soliviante, todavía no he dicho que haya responsables, eso sería otro debate con otras consecuencias. Aquí lo único que he hecho es plantear una fotografía para decir que sí, es cierto, el mundo está peor que en los ochenta. Ahora, vendrán sesudos tertulianos a explicarnos cómo se hace la o con un canuto y a enfrentarnos los unos con los otros porque yo lo hago de una manera y tú de otra, pero no hace falta ser muy listo para explicarse el porqué del auge de los colores extremos en los parlamentos nacionales que hemos visto en los últimos años.

Alberto Martínez Urueña 14-02-2020

miércoles, 15 de enero de 2020

¿Y a ti cómo te gustan?


            Pues ya tenemos Gobierno, por si le echabais de menos. Gobierno del de verdad, no del que está en funciones y no se sabe qué es lo que puede hacer. Ni qué decir tiene que cada cual tendrá su opinión al respecto, cosas buenas, malas, vaticinios, deseos… Es una de esas cosas que no deja a nadie indiferente. En realidad, a mí es un tema que me da un poco igual ya que he retomado mi antigua fase en la que no acabo de verles las bondades a todos esos políticos que campan por Moncloa, por la Carrera de San Jerónimo, por las Cortes de Castilla y León o por donde sea. Estoy un poco anarquista, un poco inoculado por un sabio que conocí hace tiempo que decía que “¡Todo mentira!” no por saber cuál era la mentira, sino porque sabía que mentían siempre para, fundamentalmente, no decirnos la verdad, sea cual sea ésta.
            Y es que en esta vida hay verdades incuestionables, como por ejemplo que la realidad que vivimos cada uno es subjetiva. Es innegable, por supuesto, que hay hechos concretos que son perfectamente descriptibles por las matemáticas, la física y la química y que ante ellos no hay forma de resistirse. Sin ir más lejos, la ley de gravedad impone que si te tiras desde un edificio de nueve plantas acelerarás a un ritmo de nueve coma ocho metros por segundo por cada segundo transcurrido hasta llegar al suelo, donde el ritmo de desaceleración tenderá hacia infinito. Sin embargo, la forma en la que nos afectan los hechos es muy distinta: no es lo mismo que se caiga un desconocido a que lo haga tu hijo de seis años, por mucho que la muerte de un ser humano sea algo trágico.
            Hoy en día, esta circunstancia que sobre el papel es tan evidente, queda soslayada por una sociedad neurótica en búsqueda continua de unicornios de color rosa. Una costumbre muy divertida cuando lo hacen niñas de tres años, pero que resulta muy peligrosa cuando la llevan a cabo personas adultas. Estoy hablando de encontrar una realidad insoslayable dentro de las apreciaciones del ser humano que permita hablar de una objetividad absoluta. Y todo esto, por el unicornio de color rosa: seguridad absoluta de que las cosas nos van a ir razonablemente bien.
            Cada uno tenemos nuestras propias apreciaciones con respecto a las circunstancias sociales. En primer lugar, no todos tenemos las mismas querencias, ni los mismos gustos ni la misma sensibilidad o empatía con respecto a las cosas que nos rodean. No hay defectos en ello, aun teniendo en cuenta que entramos en territorios donde los calificativos y las definiciones pueden causar estragos. La misma noción de justicia social es endeble desde el primer momento en que no somos capaces de ponernos de acuerdo en dónde está en límite entre los mínimos que un Estado de Derecho debe garantizar y donde hay que empezar a considerar que un ciudadano se está aprovechando del sistema. Igualmente, no somos capaces de tener una idea unívoca sobre cuál es la responsabilidad social exigible a una persona que ha ganado mucho dinero gracias a las inversiones en investigación y desarrollo, infraestructuras, paz social, etcétera, que ha realizado la sociedad en su conjunto y que le ha proporcionado un entorno económico estable.
            Entender algo tan básico es muy sencillo si hablamos de la pareja. Y, por otro lado, es muy sencillo entender el problema que subyace si, igualmente, hablamos de la pareja. No habrá nadie en su sano juicio que se atreva a decirle a un amigo que la mujer que ha escogido para emparejarse –vale lo mismo para hombre con hombre, mujer con mujer o mujer con hombre– no es lo suficientemente guapa, delgada o mentalmente estable. Esa prueba de amor sólo puede resistirla cuando la dice un padre a su hijo –y todas sus variantes– y, además, el padre hace el firme propósito de decirlo una vez y no más, y que luego no se le note demasiado. ¿Por qué nos resulta tan complicado entenderlo en la política? Más allá de que las motivaciones de los líderes de los partidos políticos puedan suscitarnos ciertas dudas –a mí, como víctima ocasional del afán de poder de otros, me las suscitan todas– no es menos cierto que esto no sería un hecho diferencial entre todos ellos. Y que los diferentes criterios no son tanto un propósito diabólico de oprimir a nadie, sino una querencia como que a unos les gusten rubias, a otros morenas y a otros, de su mismo sexo. Lo único que pido a mi alrededor es poder tener una conversación amigable como tuve ocasión hace poco con dos muy buenos amigos que no opinamos lo mismo en materia de política.
            Dicho esto, cuestiones como lo de la nueva Fiscal General del Estado no me gustan, igual que no me han gustado nunca estos manejos los haga quien los haga. No me gustan las pretensiones de ERC, me gusta que Cs haya perdido su posición de partido bisagra, me asquean las miserias dialécticas de VOX y no me gusta cuando Pablo Iglesias utiliza retórica de guerra o habla de expropiaciones. Son cuestiones todas ellas que me dan mucha grima, que no ayudan a construir un edificio común y que producen que la ciudadanía acabe hasta los cojones de esa panda de necios. Por eso, lo de votar a cualquiera de ellos, ya si eso, para otro momento.

Alberto Martínez Urueña 14-01-2020

viernes, 15 de noviembre de 2019

Capitalismo vs fascismo


            Planteaban en uno de los grupos de FaceBook a los que pertenezco cuál es la diferencia entre capitalismo y fascismo. No deja de resultarme curiosa esa pregunta, porque, para alguien que ha estudiado economía, las diferencias son claras. El capitalismo está basado en la libre elección del individuo en su participación en los mercados. Toma sus decisiones conforme a una función que describe, o bien sus deseos o necesidades, llamada función de utilidad; o bien, adopta un comportamiento productivo en base a una función de producción basada en los costes de fabricación y las características del mercado en el que participa. Es una definición bastante grotesca de la microeconomía que vi en la Universidad, pero nos vale. Sobre todo, porque en ninguna de las funciones mencionadas hay ningún tipo de referencia a criterios morales. Para la economía, los participantes son meras máquinas que responden de manera indeleble a sus características, matematizadas en una función. Es decir, nadie les obliga a ser egoístas o empáticos, a tener en sus funciones criterios humanistas o descarnados. Pueden tenerlos, o no tenerlos, cada uno lo suyo, pero la economía no entra. Lo único que exige la economía es maximizar utilidades o beneficios en base a esa función de utilidad o de producción. Pero cada uno elige, o tiene de manera inevitable, la suya.
            El fascismo es otra cosa muy distinta. Desde el punto de vista económico, todos los análisis realizados de manera científica desde la teoría pura, se llega a que las dictaduras se caracterizan por un intervencionismo estatal claramente marcado. Un estado dictatorial pretende controlar todos los aspectos de la vida de sus gobernados, por lo que establecer las directrices básicas de la economía, así como todos los aspectos que de estas se derivan es algo necesario. Pero no suficiente. Por eso, intervienen en todos los aspectos de la vida de las personas hasta el punto de arrebatarles en mayor o menor medida sus derechos fundamentales, y cuando hablamos de derechos fundamentales, podemos escoger cualquier tratado internacional que hable de ellos, o el titulo primero de nuestra Constitución. Ojo, siempre hay un razonamiento para coartarlos, siempre primará el interés público, las necesidades del colectivo por encima de las necesidades del individuo. Y siempre, en última instancia, habrá una persona o pequeño grupo de ellas encargadas de determinar cuáles son esas necesidades, independientemente de lo que puedan decir los miembros de esa colectividad. En definitiva, el Estado ha de tutelar a sus ciudadanos porque ellos son incapaces de determinar en base a la suma de sus necesidades, cuáles son las necesidades del colectivo del que forman parte. Pero es importante el detalle de los derechos fundamentales, porque todos los Estados avanzados intervienen de una manera u otra en esos derechos fundamentales, pero no todos les arrebatan en base a criterios genéricos, sino que se hace un estudio individualizado de los hechos o causas que puedan dar lugar a su restricción. Por ejemplo, no se puede meter en la cárcel a una persona por pertenecer a un grupo genérico como ocurre en los estados totalitarios en los que se persiga de manera sistemática a un colectivo para cortarles sus derechos por el simple hecho de pertenecer a ese colectivo. Es el caso de restringir los derechos de una persona por pertenecer al colectivo de los homosexuales, o por ser mujer, o por ser negro. Los derechos se conceden al individuo y sólo se restringen los casos previstos por las leyes. Claro, si una ley establece que los homosexuales han de ser perseguidos, o si una ley establece que no pueden casarse, estará restringiendo un derecho en base a la pertenencia a un colectivo. Por eso, en España los homosexuales se pueden casar y en Arabia Saudí se les decapita. No, lo siento, en España no somos fascistas. Si lo fuéramos, el simple hecho de tener unas ideas determinadas podría ser motivo de acabar en la cárcel. Otra cosa son las actuaciones que puedas acometer para llevarlas a cabo. Ojo, propagar tus ideas con la intención de impulsar a otras personas a cometer actos delictivos, también es un delito. Inducir a la comisión de un delito.
            ¿Qué tienen el fascismo y el capitalismo en común? Nada. Pero el fascismo tiene una esencia similar al agua. Busca las grietas y se filtra por ellas, y cuando llega la ocasión, se congela, se expande y resquebraja todo el sistema. Cuando en un Estado de Derecho como el nuestro colisionan dos o más derechos fundamentales, toca ponderarlos y determinar cuál es el grado de protección de uno u otro. Es necesaria la ponderación. Sin embargo, el fascismo altera las balanzas y le da mayor peso al plato que convenga a sus intereses. Cuando se altera la ponderación que se da al derecho a la propiedad privada y al derecho a la libertad de empresa por encima de otros derechos fundamentales, obtenemos la dictadura de los principios fundamentales capitalistas. Una dictadura con un dios y con sus seguidores. Un becerro de oro con su doctrina clara, el capitalismo, que a su favor tiene una masa amorfa e inclasificable de seguidores que actuarán fielmente y sin límites en favor de instaurar y defender el sistema en el que creen sin fisuras. Por encima de otros seres humanos y de sus derechos fundamentales. Y surge la dictadura del capital disfrazada con argumentos demócratas.

Alberto Martínez Urueña 15-11-2019

            PD: el diablo está en los detalles, por cierto: ¿cuál es la ponderación que se debe dar a cada uno de los derechos fundamentales que colisionan? Ése es el verdadero debate.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Dicen que sois gilipollas


            Ya estamos con las viejas costumbres. Todos han ganado. Todos, incluso los que no han ganado un carajo, como Ciudadanos, cuyo líder no encuentra motivos para dimitir, por lo que imagino que tener la casa como la tiene tendrá alguna justificación ajena a su liderazgo. Al menos en su cabeza. Lo de la neurosis. Lo mejor de todo es comprobar como los políticos que dirigen este barco sin rumbo consideran a sus rivales como verdaderos enemigos y, todo sea dicho, a sus votantes como completos retrasados mentales, analfabestias capaces de dejarse engañar por cualquier mercachifle que se les cruce. Ya sabéis que es lo que piensan de vosotros aquellos a los que no habéis votado. Que sois peleles necesitados de tutelaje. No sabéis votar. Gilipollas.
            Además, no sólo no sabéis votar, sino que queréis hundir a este país. No es que tengáis una receta alternativa para los retos que se nos presentan como sociedad. No es que no sepáis de economía, o de sociología, o cualquier otra –logía que se os ocurra. No, es que sois mala gente, pseudopersonas que queréis robar al resto sus posibles, que queréis aplastarles, degollarles, matarles. Y luego, orinar sobre tu tumba.
            No hay políticos dispuestos a gestionar la verdadera riqueza de este país, que es su pluriculturalidad, respetar sus características diversas y buscar sus puntos de cohesión para construir un país en el que quepamos todos. Lo dicen, pero hay tantas líneas rojas que parece un juego de cuatro en raya. Antes bien, crean bloques y trincheras desde donde se lanzan sus insultos. De ahí a mandar a sus peones a defender la verdad verdadera –“¡Defendeos, amigos!”, gritarán desde su poltrona– con las herramientas de que dispongan sólo hay un paso. Si llevamos años despojando a la ciudadanía de una mínima cultura, imaginaos cuáles son esas herramientas.
            Sí que he de decir que, con esto, hay unos claros ganadores de esta situación: son los humoristas gráficos, los creadores de memes y, por supuesto, los gaditanos y sus chirigotas. Ah, por supuesto, los artesanos de los ninots. Lo siento mucho por la judicatura; en concreto, por los magistrados del Tribunal Constitucional: si VOX cumple sus promesas, van a tener bastante trabajo, así que olvidaros de obtener respuesta si alguien os ha vulnerado los derechos fundamentales porque el retraso normal de las sentencias nos va a parecer incluso deseable.
            Más allá de todas las coñas que se me ocurren al respecto de la mierda de panorama político que se nos asoma por la ventana, el auge de partidos como VOX, y como sus partidos hermanos europeos tiene un significado básico que no admite discusión: si la gente les vota no es porque esas personas sean gilipollas –que quizá también– sino porque los partidos tradicionales les han abandonado. Estos partidos se ofenden cuando se lo echas en cara, pero la realidad es que, si no te quieren, será por algo; si no te votan, será porque no les convences, no porque el resto de partidos políticos te hayan robado algo. Votantes, verbigracia. Aunque usen datos falsos.
            El tema de la extrema derecha, tanto en España como en Europa, creo que denota el hartazgo de la gente. Gente hasta las pelotas de ver cómo los ricos se lo llevan crudo a sus paraísos, los fiscales, y, cuando no, nos lo detraen al resto mediante exenciones, reducciones, deducciones, reformas y, por último, amnistías. Gente normal con salario bien pillado, hipoteca bancaria y facturas de gas y luz al alza ve todo esto y a la vez no sabe qué va a ser de sus hijos, de sus pensiones o de sus trabajos. Cuando pidieron una respuesta, los partidos tradicionales les dijeron que, básicamente, los ricos son intocables. “Si les miras la cartera, se lo llevan a otro país”, les dicen con cara circunspecta y sosiego académico. Y cualquier destripaterrones mira con cara descompuesta y risa nerviosa, y piensa: “¡pero si el hijueputa ya se lo está llevando!”. Este es el primer paso del hartazgo: cuando alguien que te está reventando la bisectriz, y además lo hace con una sonrisa prepotente en la cara, la primera reacción es querer reventársela de una hostia. Y te dices “¡quieto, soooooo, ponte la correa!”. Y se vota sosegadamente, en función de unos criterios medianamente lógicos.
            Pero cuando has votado un par de veces a diferentes partidos y les ves hacer el gilipollas en el Congreso mientras el rico sigue con su sonrisa prepotente en la cara, ya te empiezas a cansar. Empiezas a pensar que aquí algo no funciona. Que esto no va de tal partido de izquierdas o tal otro de derechas. En casa no llegas a fin de mes, tus hijos te miran como si fueras un fracasado, si se te jode la lavadora y la caldera al mismo tiempo no tienes para irte vacaciones y te han dicho que el bultito que te ha salido te lo mirarán dentro de ocho meses, cuando el pecho se te esté cayendo a cachos y ya sepas el diagnostico sin necesidad de ecografía. Y un señor con cara circunspecta en una rueda de prensa sin preguntas te dice que están haciendo lo posible para solucionar el tema, que tienes que tener un poco de paciencia, que para el año que viene, o el siguiente, a lo mejor la cosa ya va mejor. Y claro, te planteas estar otros setecientos treinta días en las mismas condiciones y se te funden los plomos, y cantas el himno de la legión y después el paquito chocolatero. Poniendo la voz grave y a carcajada limpia. Luchando por ser el que más grita. Y luego la puta historia se repite, y el político con cara circunspecta y sus asesores de salón, a trescientos kilómetros de donde se estén repartiendo las hostias, sacan conclusiones sesudas de cómo hemos podido llegar a esto, sentados ante una chimenea mientras mueven una copa de buen brandi y se fuman un purazo de veinte centímetros, bien colocados, medio a oscuras, para no ver la sangre literal o figurada que les cubre la pechera.

Alberto Martínez Urueña 11-11-2019