jueves, 7 de noviembre de 2019

Colectivo e individuo


            Siempre que hacemos un juicio de valor en el que atribuimos a un grupo en general las características de una parte, nos equivocamos. Es lo que me explicaron en filosofía, con dieciséis años. Lo de hacer planteamientos sobre la generalidad de un grupo nos pone, hace que se nos salgan por la boca los exabruptos más graciosos. Salvo cuando nos golpean de lleno. Dicen que los funcionarios somos unos vagos con puesto fijo inmerecido; los maestros, unos jetas con demasiadas vacaciones; los autónomos, unos defraudadores llorones; los empresarios, unos ladrones sin escrúpulos; los curas, amantes de los niños; los heavys, unos guarros sin estilo; los pijos, unos niñatos con demasiada pasta; las señoras de más de sesenta, unas marujas conservadoras; los abogados, unos chupatintas siempre dispuestos a tergiversar los hechos; la policía, unos perros carniceros palmeros del sistema; los médicos, unos clasistas repletos de corporativismo… Así, un suma y sigue. Y, por supuesto, según la Europa Central y del Norte, los españoles somos unos vagos que montamos jaleo en sus países cuando vamos de turisteo. Por supuesto que nada de esto nos gusta; sobre todo, si pertenecemos a alguno de estos colectivos. Sin embargo, es bastante frecuente encontrarte con personas a las que no les gusta que les definan por su grupo, pero que después no tienen ningún reparo en catalogar al resto en función de sus más perniciosos prejuicios. Es el discurso ese de que todos los gitanos son ladrones, y yo no tengo nada en contra de la raza, pero la mayoría, ya sabemos… O el de que los negros que vienen de África nos quitan los puestos de trabajo, aunque en Huelva tengan problemas para encontrar jornaleros. O el de que los manteros nos joden el mercado audiovisual, aunque las descargas de música y cine las hiciéramos con el eMule desde casa. Y, por cierto: el soporte digital para las copias nunca salió de ninguna factoría sudanesa.
            Los prejuicios son basura por un motivo: no permiten ver la realidad tal cual es. Todos tenemos prejuicios, eso es cierto, pero hay dos tipos de ceguera al respeto. Está la ceguera con respecto a los prejuicios que tenemos; es decir, que no conocemos exactamente cuáles son, pero asumimos que están ahí. Y luego está la necedad del que cree que no les tiene o del que lo sabe, pero con la boca pequeña y no hace nada al respecto, que es otra clase de no saber algo bastante frecuente.
            Suelto toda esta retahíla porque en el debate del otro día, el de los candidatos, se soltaron varias mentiras, falsedades todas ellas. Yo me centraré en una concreta porque ésta es mi columna, y el que quiera puede escribir la suya. En este debate se destaparon un par de miserias del barbitas: si entramos al discurso, resulta curiosa la facilidad que tiene el sujeto para coger un grupo, el de los inmigrantes, o un subgrupo de estos, los menas, y tildarles de delincuentes. ¿Hay delincuentes entre los inmigrantes? Por supuesto que sí. ¿Existe una correlación entre delincuencia e inmigración? Por supuesto que no. Hay correlación entre miseria y delincuencia. Desde que el hombre es hombre, pero eso al rico le jode la conciencia.
            Resulta que la costa mediterránea está repleta de inmigrantes que se han venido a España a vivir y no se dedican a robar ni a violar ni a asesinar. Están los inmigrantes con mayor poder adquisitivo, los que tienen su negocio, los que cobran sus pensiones y los que no tienen ni para comer. De estos últimos, les hay que trabajan bajo plásticos en condiciones infrahumanas, están los que cuidan a nuestros mayores por cuatro perras, los que hacen las camas de los hoteles, los que limpian los negocios, los que tienen los suyos, los que trabajan en la construcción… Y luego están los que delinquen. Unos pocos. Este discurso de ir contra el inmigrante, además de ser estúpido, es contraproducente porque la economía española se beneficia de su aportación singular. Y para el que delinca, Código Legislativo. Pero restarnos todo lo que suman los inmigrantes buenos por los delitos de los malos, sería de gilipollas. Por cierto, los datos, los de verdad, no los que sacó Santi en la tele, me dan la razón. Basta con buscarlos.
            Es más, fijaos lo que os digo: si la solución para que en España dejara de haber robos, asesinatos, violaciones, etcétera, fuera ésa, lo me plantearía. Pero esta gente no se ha percatado de una gran verdad: estas medidas ya se han intentado a lo largo de los siglos y nadie ha conseguido nunca evitar los flujos migratorios ni evitar los delitos. Lo que sí que hemos conseguido han sido personajes que prometieron hacerlo por cualquier medio: echadle un vistazo al siglo veinte. Por supuesto que tiene que haber policía, jueces y cárceles para esta gente. Pero aplicarles pena de prejuicio a todos por los delitos de unos pocos pondría de mala leche a Sócrates y nos convertiría en estúpidos. Y esto, además, nos demuestra el poco respeto que tiene Santi por la Constitución Española. O el desconocimiento.
            El artículo 13 dice que los extranjeros gozarán en España de las libertades públicas que garantiza el Titulo I en los términos que establezcan los tratados y la ley así que, en principio, eso del artículo 14 de que todos somos iguales ante la ley sin que pueda prevalecer discriminación de ningún tipo, hace que el discurso de nuestro amigo de VOX sea más propio de un antisistema que de un demócrata. Y para los que quieran hacer distinciones entre inmigración legal o ilegal, diré, por ejemplo, que el artículo 39.4 dice que los niños gozarán de la protección prevista en los acuerdos internacionales que velan por sus derechos, es decir, la declaración de los derechos del niño. Lo digo por lo de los menores extranjeros no acompañados. Una de las características del fascismo es esa retórica inflamada en contra de una colectividad social desfavorecida y desprotegida. Santi ya tiene otro punto para que, como individuo, y no como colectividad, podamos aplicarle la definición que se merece.

Alberto Martínez Urueña

P.D.: estáis en vuestro derecho de votar derechas, no faltaba más; pero no perdáis vuestra humanidad por miedos que no se sujetan.

martes, 5 de noviembre de 2019

Por qué no votaré a la derecha


            Por qué no votaré a la derecha

            ¿Por qué no voy a votar este domingo a la derecha? Es muy sencillo. De todo lo que se podía hablar en el debate de ayer –que, por supuesto, no me tragué entero porque llevo escuchándoles hablar demasiados meses como para hacer como el españolito desmemoriado que se traga las falacias de un discurso sin preguntas– únicamente me interesaban un par de temas. Para debatirlos en detalle. Hay otras que no debato porque las considero básicas. Estas cuestiones sobre la que sólo hay certezas intelectuales son, verbigracia, el marco legal en el que nos movemos todos, la inversión en I+D+i en Educación, en Pensiones o en Sanidad. También meto en este tema la eutanasia –a ver por qué va a tener que decirme nadie hasta cuándo estoy obligado seguir vivo–, el aborto –no estoy a favor del aborto, pero menos de decirle a nadie lo que hace con su vida– o la prostitución y la gestación subrogada –curiosamente a estos trabajos sólo se apuntan las que no pueden dedicarse a otra cosa–. El tema del machismo ni lo comento: yo puedo salir a correr al pinar a la hora que me da la gana, sin miedo, y las mujeres no pueden. ¿Hay un código penal que condenaría a un posible agresor de igual manera si me toca a mí sufrirle que si le toca, por poner un ejemplo, a vuestra madre? Sí, pero estadísticamente ella tiene más riesgos de que le pase. Por eso estoy a favor de buscar la forma de protegeros especialmente a vosotras, y no a mí. Además, y esto es tan evidente que no entiendo a quien lo niega, yo he vuelto borracho a casa algunas noches, y nunca me sentí en peligro; por lo que parece, si a una mujer que va borrachísima le asaltan por la noche, no es tan grave que si le ocurre de día estando sobria. Pero vamos al turrón.
            Los temas que me interesan, allí donde veo algo de interés más allá del zasca para deficientes mentales y palmeros, son en el tema económico y en el tema medioambiental. Si empiezo por este último, sin necesidad de hablar del cambio climático antropogénico–te puedes creer que es mentira o hacer caso a la práctica totalidad de los científicos que se encargan del tema–, tenemos la cuestión de las muertes causadas por la contaminación. Aquí hay un posicionamiento fundamental que hacer al inicio, antes de empezar a hablar de medidas: hasta qué punto es importante la salud con respecto al sistema económico. Y una vez que te posicionas con respecto a esto, se determina el esfuerzo que consideras necesario para cambiar de un modelo económico contaminante a uno menos contaminante. Es un esfuerzo económico, por supuesto. Puedes considerar que la salud no se ve afectada por la contaminación –y seguramente, tengas algún problema mental– y entonces serás un palmero de Trump, seguramente tus padres sean hermanos, o quizá primos, y estés convencido de que La Tierra es plana y de que las vacunas están pensadas para matarnos a todos. Puedes considerar que el esfuerzo económico a realizar tiene que sopesar las consecuencias sobre los mercados de trabajo y de capitales, los costes para las empresas y cómo compensarlas, las distorsiones negativas para las familias… Entonces, estarás en la línea del PP y Cs, que abogan por advertir a las empresas de que dentro de unos años se limitarán las emisiones –plazos que luego suelen prorrogarse sine die–, por incentivar fiscalmente a las empresas que menos contaminen –que paguen menos impuestos, aunque el tipo efectivo ya sea ridículo–, y todo ello sin perjudicar a los empresarios que decidan seguir en el tren que nos ha traído hasta donde estamos. Respeto absoluto a esta opción, pero yo no la veo. No creo que las empresas vayan a realizar una reconversión industrial muto proprio, no creo que deban pagar menos impuestos por una reconversión que también beneficiaria a sus pulmones, y, además, considero que una reconversión industrial hacia economías menos contaminantes supondría un aumento de nuestra capacidad industrial y de nuestras potencialidades y eficiencias, así como a las productividades de la que tanto se hablan. Como no veo que el poder económico vaya a ser capaz de comportarse mínimamente con respecto a este tema –es muy útil para otras cuestiones–, prefiero empezar desde ya y establecer un marco legal claro que les meta en vereda y exigir un esfuerzo importante para levar a cabo esa reconversión hacia un modelo menos contaminante –sustentable ecológicamente– lo antes posible.
            Lo del tema económico, un par de apuntes. Cuando el PP y Cs hablan de bajar los impuestos, es necesario decir que Cs nunca lo ha hecho porque no ha gobernado y que el PP, gobernando, nunca les ha bajado los impuestos a las clases medias. Cualquiera interesado en el tema, que me lo diga, que le mando los datos. No lo digo yo, lo dicen economistas neoliberales que acusan al PP de decir ser neoliberal y luego aplicar medidas que nada tienen que ver con esas tesis. Además, añado una cuestión especialmente dirigida a cualquiera de vosotros que no ganéis más de ciento cincuenta mil euros al año. Cuando hablan de bajar los tipos del IRPF a los que benefician fundamentalmente es a los que ganan más. Cuando quieren quitar el impuesto de sucesiones o el de patrimonio, estos ya estaban bonificados y reducidos de tal manera que nosotros no lo pagábamos, lo pagaban los ricos. Cuando aplican todas esas medidas, les bajan los impuestos a los que ganan más de ciento cincuenta mil al año, pero luego lo compensan subiéndoles los impuestos a la clase media, a ti y a mí, y, en caso de que no lo hagan, no recortan para que el sector público sea más eficiente, lo recortan para que sea más pequeño, por lo que te recortan en Pensiones, Sanidad, en Educación –incluso el dinero que pagas si llevas a tu niño a un concertado– en infraestructuras y en I+D+i; es decir, cargándolo igualmente sobre las clases medias y, de paso, cargándose de un plumazo a las generaciones mayores, a los adultos y el futuro de nuestros hijos.
Alberto Martínez Urueña (4-11-2019)

            PD: no sé lo que voy a votar, y no soy palmero de nadie, y no soy enemigo ni de Rivera ni de Casado, ni de sus votantes; tengo mis ideas y mis tesis, y las confronto con las suyas. Por eso no considero que ningún español sea mi enemigo. Tampoco ningún extranjero. Ni ningún ser humano, por cierto.

jueves, 24 de octubre de 2019

Indigestiones


            No es que me haya vuelto más caótico, o más anárquico. Quien me conoce sabe que esas son dos de mis principales características. Tampoco es que la actualidad, o la política, o ambas al mismo tiempo hayan conseguido aburrirme. La actualidad no me aburre, me aburren quienes deberían estar planteando soluciones a los problemas en lugar de estar encastrados en mostrar sus diferencias y sus divergentes puntos de vista. A mí no me interesa saber en qué se diferencian, la verdad. O más bien, ya conozco desde todas las perspectivas posibles sus diferencias: lo que me gustaría es conocer cuáles son los puntos comunes. Porque, en caso de que estos no existan, los que sí que estaremos bien jodidos somos los ciudadanos: es la única manera de construir un país para todos.
            Pero no pretendo seguir con análisis sesudos sobre lo que esto significa la tarea de estos cantamañanas que deberían liderar a la nación. Lo que me ha sacado de mi letargo literario ha sido la posibilidad de hablar de algo diferente al tema de Cataluña y, además, que me permite hablar de economía. Hablo de un reciente informe en el que se destaca que el número de ricos, perdón, de millonarios –en dólares– que hay en España se ha multiplicado por 5,7 en los últimos diez años. Ya sabéis, durante la crisis económica. Son 979.000 personas adultas, más o menos, que acumulan entre todos el 47,19% de la riqueza financiera nacional. Según vas subiendo en riqueza, el tema se va acumulando más y más. Hasta aquí, la descripción de los hechos. Por cierto, y antes de que se me olvide, el informe ha sido emitido por el banco Credit Suisse. Hago hincapié en la autoría del informe porque si escribo que el autor es Oxfam Intermon, Ayuda en Acción, Save the children, o incluso Cáritas, se me va a acusar de rojerío por darles voz y a ellos se les acusaría de ser parciales, interesados y tendenciosos. Los datos utilizados han salido, por ejemplo, del Banco de España; es decir, tienen ciertos visos de credibilidad cuando los elaboran sus técnicos y no sus directivos.
            Estos son los hechos, como digo. Otro dato interesante del informe nos dice que la riqueza española ha pasado de 431.293 millones de euros del año 2000 a 2,37 billones del año 2019. Son más hechos. Podemos cuestionar la metodología para obtenerlos, pero si han mantenido una mínima homogeneidad a la hora de elaborarlos, podemos considerarlos, al menos, algo acercados a la realidad objetiva.
            Una vez que tenemos los datos, ahora hay que decidir qué hacemos con esto. Qué consecuencias tiene una acumulación de este tipo. Qué puede significar, dicho de manera más o menos llana, el incremento de riqueza. Qué podemos sacar de este informe para las cuestiones que nos interesan: elegir modelo de país, modelo económico, estructura fiscal, etcétera. Suelen decirnos que no hay demasiado margen de acción –ojo, estos datos son los oficiales, aquí no hablan sobre economía sumergida, evasión y elusión de impuestos, desvíos de fondos, paraísos fiscales…, lo que nos daría para otro debate superior–, pero podemos volvernos populistas y hablar de esas cosas sobre las que nuestros partidos políticos serenos, sensatos, centrados, centristas y responsables sólo hablan cuando se sientan en una mesa redonda y, con cara de circunstancias, reconocen con la boca pequeña ciertas cositas. Como esta semana, que Juncker ha reconocido que la UE se pasó por el forro la dignidad a toda la población griega, sus instituciones y sus intereses. Ojo, no ha dicho que vayan a hacer nada al respecto, pero está muy bien eso de reconocer que has puteado a conciencia. Y que a lo mejor lo sigues haciendo…
            Ahora, haced un ejercicio de introspectiva interesante: juntad estos datos que os he dado con el problema de las pensiones, la Sanidad y la Educación públicas, el déficit de inversión en I+D+i y al mismo tiempo analizarlo con la sucesiva bajada de los tipos de gravamen que han experimentado las rentas del capital, los tipos efectivos de impuestos como el de las grandes empresas junto con la existencia de figuras como las SICAV, y unidlo ahora con las promesas de bajadas de impuestos a las rentas altas, la supresión de impuestos como el de patrimonio y sucesiones y donaciones –que en la práctica solo pagaban sustancialmente los más ricos– y con los sueldos y condiciones laborales cada vez más precarizados. A mí personalmente, me sale un chicharro bastante complicado de tragar.
            Pero lo más complicado de tragar de todo esto es ver cómo personas que no están incluidas entre esas 979.000 personas adultas defienden que los privilegios fiscales de éstos se mantengan o incluso se incrementen, sabiendo que ellos saldrán perjudicados como siempre ha sucedido: los esfuerzos fiscales se los tragan los de la clase media, que cada vez es más pobre. Sí, sí, personas que no ganan más de cien mil euros al año están en contra de que les suban los impuestos a los que se calzan quinientos mil, o un millón, y esto es algo que no comprendo. Porque entiendo perfectamente que esos 979.000 adultos defiendan sus derechos, pero que la defensa se la demos hecha los de abajo es algo incomestible.

Alberto Martínez Urueña 24-10-2019

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Desesperanza


            ¿Escribir sobre política? Tendría que estar loco. Si queréis leer sobre actualidad política tenéis suficiente metralla en cualquiera de los medios de comunicación, digitales o analógicos, y podéis elegir quien os pone en el disparadero. A mí me han bastado quince minutos de radio para saber que algo más de tiempo pueden provocarme un agujero en el cerebro. Es como esa bacteria comecarne tan exótica que mata a la gente necrosándola por dentro. Me han quedado preguntas, eso sí, a las que no sé cómo responder. ¿Nuestros políticos tenían suficientes incentivos para llegar a un acuerdo que satisficiera a los ciudadanos a los que representaban, o más bien sus incentivos de actuación eran otros que no conocemos? ¿Nuestros políticos tienen suficiente capacidad para realizar el trabajo para el que les pagamos, o en realidad les pagamos para hacer un trabajo, pero su objetivo es otro? ¿Nuestra democracia está preparada para salvar este tipo de bloqueo?
            La más importante: ¿nuestros políticos son un reflejo de la idiosincrasia de esta sociedad que conformamos?
            Otra cuestión que me ha quedado claro es que los discursos políticos no valen un ápice. Primero, por mutables. Después, por agresivos. Y, por último, por interesados. Lo único que salva a los políticos que los profieren es la escasa memoria de sus votantes y, por supuesto, su gregarismo. Un gregarismo exacerbado en este mundo de redes sociales y titulares rápidos. Un borregismo alimentado por frases fáciles –zascas nos ha dado por llamarles– que hacen las delicias de los electores cerriles que hacen grupo entorno al líder.
            Básicamente, pan y circo. Básicamente, Sálvame Deluxxe con un escenario más elegante, como son las Cortes Generales. Y Twitter.
            ¿Qué nos puede salvar de este desastre? No tengo ni idea. Pero lo que sí que tengo claro es que yo no hago caso ni a la incompetencia autocomplaciente ni a los trileros interesados. Lo que estoy buscando es cuál es el mejor modo de llevarlo a cabo. Por supuesto, lo que no voy a hacer es gastar mi tiempo y mi teclado en demostraros las falacias y las incongruencias de estos tiparracos: si no sois capaces de verlas, las de todos ellos, tenéis un problema severo. Un sesgo dialéctico del que no está en mi mano, ni tampoco en mi interés, sacaros. Sólo recordaré como Sócrates y alguno de sus discípulos como Platón pelearon hace dos mil cuatrocientos años contra los sofistas y sus trampas dialécticas. No les fue demasiado bien, sobre todo, al primero. Si no pudieron ellos, ¿cómo voy a pretenderlo yo? Por eso, no voy a caer en la trampa de retorcer la lógica con mi retórica para demostrar nada.
            Me he planteado muchas veces cuál puede ser la solución para este tipo de cuestiones, pero he de confesar que me hallo totalmente perdido. A veces me da la sensación de que las soluciones que se plantean lo único que hacen es intentar tapar una vía de agua que, como sucedía en los dibujos animados que veíamos de pequeños, provocaba otras dos o más en otras zonas del casco. La verdad es, como en otras muchas cosas, no soy experto en nada y menos en derecho constitucional. Imagino que en esto os pasará como a mí. Pero hay catedráticos de la materia, gente que hace derecho comparado y demás historias que se me escapan, así como sociólogos y demás estudiosos. No soy partidario de fascismos, ni mucho menos defensor de ideas únicas y unívocas; mucho menos, que quien las tiene, tenga la capacidad de imponerlas. Pero hacer caso a los que se han pasado media vida dedicados al estudio de algo en concreto me parece bastante sensato. Y si se tiene que poner de acuerdo alguien, prefiero que sean cuatro o cinco, o diez, de ellos, a volver a ver el esperpento público que hemos presenciado desde las últimas elecciones generales. Pero esto suena mucho a la república platónica de los sabios, la sofocracia, y no está exenta de críticas.
            Un último mensaje: volver a pedir el voto a los ciudadanos, tal y como ha hecho Pedro Sánchez, pidiéndonos mayor claridad es un insulto como no me había imaginado escuchar en pleno siglo veintiuno. Puede tener un programa político excelente, unas ideas maravillosas y una capacidad de gestión absoluta, pero mis dudas de si dejar el Gobierno de España a una persona que nos insulta no es un poco… –poned vosotros el adjetivo–. Exactamente igual que ocurría antes, cuando lo que pasaba con los líderes políticos que además de mentirnos, nos robaban.
            Volveremos a vernos ante la tesitura de escoger al menos malo, y eso de por sí pervierte bastante el sistema. La verdad es que cada vez me entran más ganas de echarme al monte. Me imagino que no soy el único.

Alberto Martínez Urueña 18-09-2019

            PD: En mi opinión, y por darla, el principal responsable de esta situación de bloqueo y de nuevas elecciones es Pedro Sánchez, y después, ya si eso, hablamos, porque cada uno tiene lo suyo.

lunes, 16 de septiembre de 2019

La ciencia afirma


            El método científico y la comunidad científica no habla de opiniones. Eso es para el bar y los amigos. La ciencia plantea hipótesis y las demuestra utilizando un método fiable. Afirma cuestiones demostradas, pero también admite que hay cuestiones sobre las que no ha podido encontrar evidencia. Es decir, la ciencia no demuestra que algo no es cierto, eso es imposible, sino que indica que no ha encontrado evidencias científicas de su veracidad. Por lo tanto, puede ser verdad, pero no ha encontrado evidencias de su veracidad, lo que viene a ser diferente. Otra cuestión es cuando, una vez aplicado el método científico, puede afirmar que una hipótesis es cierta y, por lo tanto, irrefutable. O al menos, si quieres refutarla, tienes que demostrar que no es cierta utilizando el mismo método. De hecho, el método consiste en que más de un científico alcance los mismos resultados y pueda refutar o confirmar la demostración. Avancemos.
            La práctica totalidad de los estudios científicos demuestran los efectos beneficiosos de las vacunas y su mínimo riesgo, que La Tierra es redonda y el sistema solar heliocéntrico y que los procesos de conservación alimentaria no son dañinos per se y no conviene beber leche cruda. Por desgracia, los antivacunas están causando un gran problema de salud pública y se están intentando encontrar las fórmulas para neutralizar sus perniciosos efectos. A la inmensa mayoría de personas, normalmente con dos dedos de frente o más, no se nos ocurre ninguna causa para negar a nuestros hijos una protección científicamente demostrada contra enfermedades que han matado, y mucho, a lo largo de la Historia, y todos nosotros estamos de acuerdo en que la salud es un bien a proteger. Un derecho al que no deberíamos renunciar bajo ningún concepto. Entiendo que a la mayoría de vosotros esto os parece más que razonable. Sigamos.
            Los estudios científicos también afirman con esa rotundidad suya que:
·        El cambio climático existe desde siempre, pero el que estamos sufriendo en la actualidad es el más acelerado del que se tengan datos y los indicadores afirman con un alto grado de fiabilidad que el origen de este tiene un origen antropogénico.
·        La contaminación reduce de manera lenta, pero inexorable, los años de vida.
·        Los ritmos circadianos afectan a la salud y varían según la etapa de la vida.
·        La soledad no buscada es tan perjudicial como fumar quince cigarrillos al día.
·        El estrés mantenido durante un periodo excesivamente prolongado produce graves y variados trastornos de salud.

            Y así puedo seguir durante varios párrafos. Da la casualidad que me gusta leer las secciones de ciencia de los diarios digitales y también me descargo programas de radio de temática científica. Simplemente por saber cosas. Placer por el conocimiento. Esto me ha servido para entender una cuestión básica: no soy ningún experto así que lo mejor que puedo hacer es leer a los que sí que lo son y corroborar la información por diferentes fuentes para evitar en la medida de lo posible que me la cuelen. Por eso me fio de quienes afirman los anteriores enunciados, tanto los de las vacunas como los del cambio climático o los del estrés.
            ¿Por qué no se hace nada al respecto cuando la ciencia habla? Por desgracia siempre hay alguna justificación para mirar hacia otro lado cuando hablan los científicos. Son señores con ese aspecto de raros, hablan entre ellos en términos que la mayoría no entendemos y en no pocas ocasiones nos miran por encima del hombro como si fuésemos retrasados mentales con los que no mereciera la pena gastar ni un minuto de su tiempo. Por suerte, cada vez hay más de ellos que entienden la necesidad de hacer llegar el resultado de su trabajo al resto de la ciudadanía, tanto para concienciarnos de la importancia de los pequeños gestos como para cuestiones crematísticas con las que poder desarrollar su trabajo. No podemos obviar que llegar a los fines del sistema solar o descubrir vacunas contra el cáncer requiere de unos instrumentos que suelen ser bastante caros. Además de un equipo de investigadores que tiene la costumbre de comer todos los días.
            ¿Por qué no se toman decisiones contundentes para solucionar todos estos problemas? Más allá de lógicas elaboradas, creo que quienes podrían tomar decisiones que atajasen los problemas que la ciencia afirma que tenemos no tienen verdadero interés ni incentivos en llevarlas a cabo. Sus verdaderos intereses no pasan por salvaguardar nuestro derecho a la salud, pasan por otras cuestiones. A partir de aquí, que cada cual juzgue por sí mismo.

Alberto Martínez Urueña 16-09-2019

            PD. No quiero entrar en consideraciones políticas porque veo a todos los representantes públicos queriéndome ganar para su causa, una causa que me supondría ver enemigos en lugar de ciudadanos con los que ponerme de acuerdo, y esto me produce una tristeza que no soy capaz de trasmitir en mis textos.