martes, 9 de julio de 2019

Es tan evidente que me disculpo por escribirlo


            Es una mala costumbre, pero se está convirtiendo en una costumbre necesaria: nada tengo en contra de los votantes de Ciudadanos y guardo un respeto absoluto al respecto de que ese partido político represente de forma más o menos cercana la forma de pensar de sus votantes. Incluso respeto que represente la totalidad de sus ideas, aunque esa simbiosis mental y emocional me pueda resultar chocante. Por supuesto, respeto a sus dirigentes, estoy convencido de que la intención consciente que tienen a la hora de llevar a cabo sus actuaciones está guiada por la convicción de sus ideas. El hecho de que las critique significa que considero que su actuación no es correcta, pero no es una definición de su calidad como personas, ni tampoco una definición sobre las personas que siguen sus postulados. Esto es aplicable a todas las personas en general, a las de los demás partidos políticos también.
            Creo que el panorama político actual es tremendamente violento, está cargado de agresividad y de polarización. De extremismo en las formas y en las declaraciones, aunque no en las ideas, por supuesto. O no en las ideas de la mayoría. Precisamente, me parecen ideas extremas, aunque sólo sea por el extremo insulto que suponen, las declaraciones de los dirigentes de VOX en Madrid con respecto al colectivo LGTBI. Disculpas por si se me olvida alguna palabra de la sigla. Más disculpas. Más gente que puede sentirse ofendida…
            Al turrón. Rocio Monasterio afirmando que en la educación pública se fomenta la zoofilia por culpa de este movimiento. Ortega Smith dándoles permiso para manifestarse… pero donde no se les vea mucho. Estas dos cosas, ya, per se, suponen una intolerable demostración de pretensión de ostracismo. Eso, en mi opinión, debería estar contemplado como una restricción de derechos fundamentales y defendido como tal por el Tribunal Constitucional en base al artículo 14 que propugna la igualdad de los españoles ante la ley; pero es que, además, la ley no puede producir discriminaciones entre españoles que les supongan una pérdida de derechos fundamentales como los que propugnan los artículos 15, 16, 18 y algunos otros que seguro que me olvido. Disfrazar una discriminación inaceptable con el apellido de “es mi opinión” no solo es una bajeza moral –califico la acción, no a la persona que la comete– sino que también debería ser delito. Como he dicho en multitud de ocasiones, no todas las opiniones son respetables. Entre otras argumentaciones que defienden esta tesis, tenemos la paradoja de la tolerancia, de Karl Popper. VOX no es un partido asimilable a ninguno otro precisamente porque pretende la discriminación no de cualquier grupo social, sino de los más desfavorecidos. ¿Cuáles son los grupos históricamente más atacados? Mujeres, homosexuales y niños. Estos últimos por simple debilidad, pero los anteriores son machacados sistemáticamente por la cultura judeocristiana desde los primeros capítulos de la Biblia. Son estos colectivos los que deben ser especialmente protegidos. Habíamos llegado a un consenso social en los últimos años, pero los encargados de hacer de la excepción la regla, costumbre arraigada en mentes de perspectiva estrecha –llamar a la violencia contra las mujeres violencia intrafamiliar es, además de un insulto contra la inteligencia, otra forma de violar derechos fundamentales consolidados–, han encontrado la forma de falsear los datos para conseguir seguidores. O para conseguir que sus seguidores encuentren el respaldo mediático para decir en voz alta lo que antes se iba poco a poco extirpando. Como un cáncer social. Precisamente por ser los dos colectivos más atacados de la historia, les hace ser los colectivos cuya violencia está más arraigada en el acervo cultural, y precisamente por eso es más complicado erradicarla. Y es donde más esfuerzo hay que hacer.
            Dicho esto, no acabo de entender la sorpresa cuando estos colectivos, ante el brujuleo constante de Ciudadanos con respecto a VOX, no quieren saber nada de Ciudadanos. Es más, entiendo que necesiten defenderse de Ciudadanos. Entiendo que no les quieran en el día del Orgullo porque, si aparecen en la cabalgata, tendrían entre ellos no a quienes les insultan, pero si a quienes coquetean con VOX para alcanzar poder. Digo brujuleo o coqueteo con pleno conocimiento de lo que suponen las artes amatorias del ligue: decir sin llegar a decir, insinuar sin llegar a nombrar, el juego del tira y del afloja, del yo voy si tú dices que vas… Toda una novela de Austen en las que, después de insinuaciones, idas y devaneos, el amor triunfa. Y el amor, en el siglo XXI, no siempre se concreta en papeles o capitulaciones matrimoniales: a veces hay parejas que se van a vivir juntas en condiciones poco ortodoxas.
            Entiendo que Ciudadanos tiene dentro de sus objetivos lograr una gran representatividad ciudadana para lograr implantar sus ideas en el ordenamiento jurídico español, y respeto que ir a la cabalgata del Orgullo, a pesar de negarse a firmar el manifiesto que exigía no negociar nada con VOX, les ofrezca la oportunidad de lograr ese objetivo. Sin embargo, creo que se equivocan brujuleando con VOX y creo que se equivocan yendo a una manifestación a la que no han sido invitados, o como en ésta, que se les informó debidamente que no eran bien recibidos. Respeto su opción, incluso después de saberse que no hicieron caso de la policía cuando les indicó que era una situación de riesgo. Respeto su opción política, pero igual que no estoy de acuerdo con los botellazos, no lo estoy con su actitud de tener que ser la novia en una boda en la que no están aceptados ni como camareros. Quizá deberían plantearse la incompatibilidad de brujulear con un partido que atenta en cada comentario que hace contra los dos colectivos más masacrados de la historia por la práctica totalidad de las culturas y pretender ir a las fiestas que éstos organizan.

Alberto Martínez Urueña 9-07-2019

PD.: Ahora esto se lo podéis aplicar a negociar con Bildu, con Arabia Saudi, con Venezuela, con empresas orgullosas de ser contaminantes y negacionistas de cambio climático o con la madre que les parió a todos ellos. Lo único es que me produce un poco de tristeza la necesidad de tanta disculpa y tanta puntualización.

miércoles, 3 de julio de 2019

Por desgracia



            Hablo sin pretender convencer a nadie, esto es lo que pienso.
            No estoy a favor de EH Bildu. Considero que un partido político que sólo ha condenado la violencia de ETA en comunicados necesarios para entrar a formar parte de gobiernos autonómicos, como en el año 2015, no merece crédito.
            No estoy a favor de ERC ni de JxC. No quiero que Cataluña se independice de España. Directamente, no quiero que nadie vulnere las leyes salvo cuando sean leyes que atenten contra la dignidad humana, y no creo que sea el caso.
            ¿Así se acaba con el debate en la política española? Buscad en Internet “PP pacto Bildu”. Hay sorpresas, curvas y derrapes sorprendentes. Básicamente, quiero que no nos perdamos en los titulares que de manera continua y con intereses espurios lanzan los líderes políticos. ¿El PP defiende los intereses de las víctimas de ETA? Buscad las declaraciones de Consuelo Ordóñez al respecto de Pablo Casado. ¿Qué Bildu vote lo mismo que el PSOE en Navarra deslegitima al PSOE? Si votase en contra, saldría beneficiado el PP. Iríamos a la investidura de Navarra Suma. Pero para que Navarra Suma logre formar gobierno, necesita la abstención de Bildu o de Geroa Bai (que defiende la integración de Navarra en el País Vasco y la independencia de éste). Ojo, o el voto favorable del PSN, legitimando el argumento de que gobierne la lista más votada. Eso, automáticamente, debería hacer presidente del Gobierno a Pedro Sánchez.
            ¿Y con el tema de Cataluña? Más curvas. Buscar “Pacto del Majestic”. Buscad, sino, información sobre los traspasos competenciales a las comunidades autónomas desde el año 79. Buscad cómo se aprobaron, en según qué momento, presupuestos nacionales o vascos, qué cesiones presupuestarias se otorgaron a Cataluña o el País Vasco para infraestructuras del siglo XXI mientras otras regiones de España tratan de sobrevivir con infraestructuras de mediados del XX. Esto me afecta personalmente, sobre todo, cuando quiero ir a Cantabria y tengo que ir por una autovía como la A-67. O si quiero ir a Gijón por la A-66. No digamos, llegar a Soria. Por supuesto, esto es culpa tanto del PP como del PSOE. La cuestión es que España está rota por mediación de los acusados, pero también por mediación de los acusadores.
            El principal problema que tenemos en España es que tenemos partidos como PNV, ERC, JxC, BNG y, por supuesto, Bildu, que son votados por cientos de miles de ciudadanos. Se propone cada cierto tiempo, en plan Guadiana, ilegalizar partidos que tengan en sus estatutos la idea de la independencia, incluso si lo defendieran de forma legal. También se ha propuesto desde la derecha que gobierne la lista más votada. ¿Por qué no ha legislado el PP estas cuestiones cuando ha tenido mayoría absoluta? ¿Por qué digo el PP y no el PSOE? Porque el PSOE aboga por el diálogo con todos los representantes de ciudadanos españoles. Diálogo dentro de las leyes. Y, por lo tanto, no va en su programa ni en su ideario ilegalizar ideas. Si no te gusta esto, no les votes.
            Lo siento, pero el discurso tanto del terrorismo como el del autonómico no permite encontrar diferencias entre los dos partidos mayoritarios. Podría plantearme el tema de Ciudadanos, pero del partido de la regeneración, de la ruptura de los bloques políticos o de la tendencia económico-liberal ya no queda nada. Por todos esos principios, debería estar dispuesto a dejar gobernar a Pedro Sánchez para evitar el condicionamiento independentista. Lo que le demanda el sector crítico de su partido o independientes como Manuel Valls y por lo que se han largado algunos de sus mejores hombres. Ha asumido como propio el discurso del PP y después de haber sostenido por responsabilidad al Gobierno de Rajoy, crea coaliciones como Navarra Suma, sostiene gobiernos como el de Mañueco en Castilla y León y se dispone a sostener al de Madrid o el de Murcia. Sólo VOX les puede torcer el gesto, porque los fachas a lo mejor no regalan gobiernos a cambio de nada.
            Lo siento, pero el discurso del terrorismo no me vale, y que España se vaya a romper tampoco (ya está bien rota y no hay visos de que nadie quiera zurcirla), así que tengo que sacarme las castañas del fuego por otros derroteros. Por desgracia para mí, además, estos partidos políticos no hablan con ninguna concreción de mis prioridades: nada de medioambiente, nada de transición ecológica, nada de ciencia, nada de Educación o Sanidad. Miento, alguna vez lo hacen, y sus ideas no me gustan.
            Además, por desgracia para mí, utilizan un lenguaje y unas formas que rompen por completo las dos únicas ideas de mi propio argumentario, el núcleo básico de mis propias ideas como ser humano: rechazo absoluto de cualquier forma de violencia innecesaria (y su lenguaje y sus formas son visceralmente violentas) y respeto al ser humano sea quien sea ese ser humano. Ya sé que la realidad es complicada, que los ricos dicen que no hay dinero para todo y que si la abuela tuviera pedales sería una bicicleta. Por desgracia para mí, esta falta de respeto y este lenguaje agresivo e incendiario lo utilizan todos los partidos políticos, porque, por desgracia para la inmensa mayoría de la ciudadanía, eso es lo que más vende. Los nuevos dirigentes políticos, con ayuda de las redes sociales y los medios de comunicación, han convertido la escena pública en un plató de Sálvame Deluxe, y esto es por culpa de quien lo compra. Lástima que los temas de que se trata en este caso no se solventen con un par de gritos de los tertulianos y los aplausos de quienes les compren la moto.

Alberto Martínez Urueña 3-07-2019

martes, 7 de mayo de 2019

Ideologías


            Escribir sobre temas de actualidad, relacionados con la economía y con sus derivadas como la desigualdad, la pobreza, la capacidad productiva, el tejido industrial o la estructura de los diferentes mercados nacionales es fácil. Puedo cogerme un artículo de los que llevo escribiendo desde hace veinte años y calzarlo aquí, que pocos se darían cuenta. Además, hablar de economía, por mucho que le pese a los racionalistas y positivistas, es hablar de ideología. Ideología, una palabra que en la actualidad se utiliza como arma arrojadiza: si tus opiniones tienen sesgo ideológico ya no son válidas. Y esto es falso: la economía, en varias de sus ramas, está basada en la elección del individuo sobre sus propias preferencias, y las preferencias están basadas en prioridades, gustos y caprichos. Aquello que nos conmueve más o menos. No hay nada más ideológico que el ser humano en cada uno de sus individuos, dado que cada uno tenemos nuestras preferencias. El problema es la necedad de los representantes del maximalismo intelectual para los que las opciones son absolutas, no tienen grado, es un sí o un no. Así, efectivamente, conseguimos un mundo de bandos contrapuestos en el que los políticos que quieran sacar redito del enfrentamiento lo tienen sencillo.

            La economía, además, no ha encontrado una respuesta inequívoca a las preguntas fundamentales que se hace: ¿cuál es el grado de desigualdad razonable?, ¿cómo la medimos?, ¿en qué punto vital, igualdad de oportunidades, o transferencias compensatorias presentes?, ¿qué modelo hace crecer más la economía?, ¿el crecimiento económico ha de ser la variable suprema? Además, el crecimiento económico produce puestos de trabajo, pero ¿de qué manera se reparte ese crecimiento entre los diferentes factores de producción? No obstante, hay un cierto consenso sobre tres o cuatro cuestiones básicas que he repetido varias veces a lo largo de los años: investigación y desarrollo, infraestructuras, educación, diversificación industrial… Seguro que me olvido de alguno, y hay otras cuestiones que afectan de manera tangencial, pero directa, como la sanidad. Sobre todas estas cuestiones se habla mucho, pero no se solucionan. Preguntad a los expertos científicos cuál es el estado de la investigación científica en España, o a los profesores, o a los expertos sobre tejido industrial y nuestra dependencia peligrosa de tres o cuatro sectores que, para más ende, son de un bajo valor añadido. No es que España esté hecha un desastre, pero la dejadez política al respecto es flagrante, la tendencia es regresiva y si no nos hemos ido al cuerno es gracias a los propios españoles.

            Pero las preferencias personales, más allá de estos consensos, existen, y por lo tanto, las ideologías que, en democracia, se materializan en las preferencias políticas. A mí lo de Cataluña me preocupa desde el punto de vista de un grupo de personas saltándose la ley, pero ya se les está juzgando. Para mí es un punto y aparte. En la balanza hay otras cuestiones, y mis preferencias políticas y mi ideología hacen que me decante por ellas. A saber, en primer lugar, la cuestión medioambiental, el veneno que respiramos cada vez que salimos a la calle y sobre el que nos alertan los médicos, pero que todavía hay gente que cuestiona o que pone al mismo nivel que otras problemáticas que para mí están por debajo, aparte de que son problemáticas que tenemos hoy porque los políticos con capacidad de mando no se ocuparon de ellas ayer. Los problemas sobre la contaminación en las ciudades, algo que parece que nos ha pillado por sorpresa, es algo que sabíamos que tendríamos aquí desde hace lustros, y no se hizo nada. Además del veneno que respiramos, está el problema de los acuíferos, la desertización del territorio, la pérdida de biodiversidad y sus consecuencias, etcétera.

            Pero si queréis hablar de Cataluña, permitidme hablar de la organización territorial española. Tendríamos que hablar de la cuestión que me afecta directamente: el de la España vaciada. Entiendo, o más que entenderlo –no entiendo la insolidaridad–, lo asumo, que para quienes viven en la España rellenada este tema se le sude por completo, o que incluso se empeñen en desmentirlo, o en ningunearlo como si fueran llantos de vieja. A fin de cuentas, es complicado para las mentes pequeñas entender que la economía no es un juego de suma cero.

            Vivo donde vivo, una región que se despuebla porque “¡¡Es la economía, estúpido!!” y aquí no hay de donde sacar más que si eres funcionario o trabajas en alguna empresa como Renault. Las oportunidades son mínimas y precarias. Así que cuando oigo lo de que España se rompe, y a bufones rasgándose las vestiduras por ello, me sangran los tímpanos y la inteligencia. Porque España ya está rota y bien rota, y gracias a los que han gobernado hasta ahora. A ellos les gritaría bien alto y de cerca porque sólo escuchan la mierda esa de Cataluña, avisándonos de que España se rompe, que se la cargan los otros. Pero es que España ya está rota. Ya la rompieron ellos.

            Así que no me pidan que me desprenda de mi ideología porque hacerlo es ridículo además de imposible. Y no me pidan que anteponga el tema catalán a los consensos reales, a la ecología o al desequilibrio real entre territorios españoles porque lo primero sólo sirve para que gallos saquen pecho y a mí el ego de esos gallos me la suda, pero además, lo segundo es importante de verdad. Al menos desde mi ideología.

 

Alberto Martínez Urueña 7-05-2019

martes, 30 de abril de 2019

Elecciones generales 2019


            Hemos celebrado elecciones en España. Las celebraremos dentro de un mes. Últimamente guardo silencio porque todo es leído en términos de vencedores o vencidos, de ideologías que se contraponen dispuestas a tumbar al rival incluso a costa de poder quedar lisiado, o de dejar lisiados a los tuyos. El reinado de las ideas. Ya sabéis cuál es mi tendencia, no la he escondido nunca. No lo hice cuando Mariano ganó sus elecciones, así que no voy a hacerlo ahora. Pero siempre he defendido lo mismo, por mucho que en España esto sea leído en términos de rendición inasumible: el diálogo. Ahora hablo de diálogo y la derecha piensa automáticamente en derecho de autodeterminación; hablo de diálogo y se identifica con cesión a los asesinos; hablo de diálogo y se presupone la ruptura de la Constitución. Nadie más constitucionalista que yo. Nada más constitucionalista que el diálogo. Dentro de la Constitución. Yo siempre he defendido la necesidad de entenderse con quien piensa distinto a mí. Solo hay que fijar el marco, y en el tema de la política, para eso tenemos las leyes.

            Hemos celebrado elecciones en España y todos los españoles con derecho a voto hemos valorado las opciones y hemos dado nuestra opinión materializada en el acto de introducir un sobre en una urna. Algo tan superfluo representa una victoria aplastante sobre algo mucho más relevante y que a veces olvidamos: la de la dialéctica sobre la violencia. Es decir, la de distintas visiones que se contraponen en un único espacio común, pero que renuncian a las armas para imponerse. Un paso de gigante en la Historia de la Humanidad en la que todo se resolvió durante siglos a las bravas. Pero no sólo significa eso: también implica el reconocimiento del otro, de quien piensa diferente y, por derivación, la existencia de una realidad común compuesta por distintas realidades personales y grupales. Reconocimiento de una realidad más compleja que la propia, y por tanto, una realidad más completa.

            Los españoles hemos hablado, hemos dicho cuáles son nuestras preferencias. De los consensos han de encargarse ellos, los políticos a los que hemos elegido, y, por mi parte, cuanto más amplios sean esos consensos, más me satisfarán, aunque supongan renunciar a parte de mis postulados individuales porque mi principal ideología es la humana. Eso significa que quiero una sociedad lo más amplia posible, en la que se maximice el número de personas que se encuentren razonablemente a gusto y en la que las diferencias personales se consideren un motivo del que sentirse orgulloso, no algo de lo que tener miedo. Por eso es humana, porque no hay especie con mayor variabilidad entre especímenes que la nuestra, pero también con la mayor potencial capacidad para entender algo tan sencillo.

            Por supuesto, yo también elegí a mis posibles representantes y seguí un proceso muy sencillo que respetara mi idea básica y fundamental: rechazo cualquier tipo de violencia y sólo la admito cuando se trata de la única posibilidad de evitar una violencia superior, gratuita e injusta. En cualquier otro aspecto creo en el reconocimiento del otro y en su única manifestación posible: el diálogo y la negociación, siempre dentro del marco asumido. Sé que el mundo está repleto de violencia, y la política es parte de este mundo, lo que me lleva a entrar en la segunda mejor opción porque no hay ningún partido con visibilidad, al menos en mi circunscripción electoral, que no actúe como si la sociedad estuviera a punto de colapsar y ellos fueran la única solución. Así que pensé descargarme los programas electorales de los diferentes partidos para leérmelos y ver qué proponen, pero luego me acordé de las promesas incumplidas de manera sistemática, y claro… Necesitaba más criterios que esos.

            Me fui a los grandes debates mediáticos y pensé en lo de que España se rompe, pero ya se lo escuché a Ansar hace veinte años y no ha sucedido. Eso, unido a que cuando alguien me quiere imponer algo suelo ponerme de mala hostia, hizo que me acordase de aquel personaje siniestro llamado Wert con lo de españolizar catalanes, y entendí nuevamente que la principal fábrica de independentistas fueron aquellos que quisieron eliminarlos en lugar de aceptar que siempre habrá independentistas. También pensé en lo del respeto a las víctimas del terrorismo y me acordé de Mariano y su elenco de hooligans acusando a ZP de mentir sobre los autores del 11M, y que el PSOE también tuvo sus muertos, y entonces recordé que la principal aspiración de la ciudadanía vasca era vivir sin mirar debajo del coche. Sin oír explosiones o disparos. Y que eso ya sucede, más allá de altercados puntuales, y deplorables, como lo de Altsasua, y que ETA anunció su final definitivo el año pasado. Debates del pasado. Debates fraudulentos. Clichés y argumentaciones irreales. Negación de que en España hay más ciudadanos que los que quieren una España unívoca. Negación de la necesidad de un diálogo con quien piensa diferente, siempre dentro del marco de la legislación vigente.

            Así que eliminados los imposibles y los discursos falaces o estériles, busqué más hechos diferenciales y, ya que no me queda más remedio que aceptar la realidad aunque no me guste, miré a ver quiénes son los enemigos de cada partido, a quiénes quieren marginar, quitar derechos, o a quiénes ningunean con su discurso. A quiénes olvidan con sus actos. Y además, como quiero propuestas en positivo y para el futuro, a sabiendas, como ya he dicho, de que los programas electorales son pañuelos de usar y tirar para quienes han gobernado en democracia, me leí qué proponen sobre las dos cuestiones, a mi modo de ver, más relevantes para el futuro. Elegí esas dos cuestiones por dos motivos: soy economista y soy un ser humano con dos hijas. Las dos cuestiones más relevantes para mí –las más relevantes, no las únicas– son las políticas en I+D+i y las políticas energéticas y medioambientales.

            Éste fue mi proceso para darle importancia a las elecciones y éste fue el camino que seguí para elegir mi opción política. Un proceso, como ya he defendido en alguno de mis textos, de discriminación y elección entre diferentes posibilidades. Mi pirámide de prioridades. Que no prime las mismas que vosotros por encima de las mías no implica que ningunee las vuestras y, por supuesto, no nos convierte en enemigos: nos convierte en seres humanos que han de llegar a entendimientos para vivir en un espacio común como es nuestra España. Para poder tener una casa con un poco de lo mío y un poco de lo vuestro, que no será absolutamente de ninguno, pero que será de todos.

 

Alberto Martínez Urueña 30-04-2019

miércoles, 20 de marzo de 2019

Barbaridades democráticas


            Normalmente, cuando recapacitamos sobre hechos truculentos de la historia reciente, nos preguntamos cómo pudieron suceder determinadas barbaridades. El siglo veinte está plagado de atrocidades monstruosas que, en aras de unas determinadas ideas, convirtieron personas en sacos de materia orgánica parcialmente deshecha. Me da igual la ideología, yo nunca he tenido una suficientemente clara como para decir que soy de tal o cual partido, y desde luego, no me caso con ningún régimen totalitario de los que antes fueron. El siglo veinte es un ejemplo paradigmático, pero atrocidades las ha habido siempre, desde que el hombre es hombre. ¿Por qué sucedían esas atrocidades? Cada una por un motivo y en un momento determinado de la historia, pero siempre había una idea, un bien común, la búsqueda de un objetivo que se consideraba legítimo por quien ordenaba llevarlo a cabo y por quien lo aplicaba directamente. No lo olvidéis nunca: para las mayores atrocidades siempre ha habido alguna cabeza pensante que le ha otorgado la limpieza de un razonamiento lógico impecable.

            Estaban los ejecutores ideológicos y los prácticos, como vemos. Y luego estaban los demás. El caso más palmario lo tuvimos en la primera mitad del siglo veinte. En Alemania, más de seis millones de personas votaron democráticamente al partido nazi en las elecciones del treinta. En el año treinta y dos, fueron casi catorce millones. En el año treinta y tres, pese a perder dos millones de votantes, siguieron siendo el partido más votado del Reichstag. En enero del treinta y tres, mediante negociaciones en el marco de la democracia alemana de entonces, Hitler fue nombrado Canciller. En Marzo del treinta y tres, el partido nazi con Hitler y su discurso a la cabeza, consiguió más de diecisiete millones de votos. Por supuesto, conociéndose las ideas supremacistas, antisemíticas y pangermanas de Adolf Hitler, expuestas en su libro Mi lucha. Luego, las pretendieron llevar a cabo como todos sabemos, legitimados por millones. O quizá es que ya era imposible frenar al monstruo, quién sabe.

            Otro ejemplo de barbarie fue llevada a cabo en la Unión Soviética por Iosif Stalin. Es evidente que las circunstancias políticas entre este país y Alemania en aquel momento histórico son totalmente distintas, pero los resultados no tanto. En todo caso, el ascenso al poder de Stalin también se produjo mediante mecanismos políticos democráticos en el seno de una organización como fueron aquéllas con las que se pretendió hacer la transición desde los zares a la elección social por la que optaron. Luego, llegaron las hambrunas, las purgas y las deportaciones. Siempre, con una idea superior justificando las decisiones.

            En ambos casos, Hitler y Stalin, lograron escribir dos de las historias más negras de nuestro pasado reciente. Comunismo y nacionalsocialismo. Fascismo en definitiva. Poder obtenido inicialmente, no obstante, mediante mecanismos democráticos. Cosa, por cierto, que no puede decir nuestro querido Paquito, pero esto es otro tema para más adelante, porque, no en vano, España también tiene su idiosincrasia.

            En la actualidad hay movimientos políticos que han radicalizado su mensaje. No nos vayamos a latitudes como las de Maduro, Bolsonaro, Xi Jinping, Trump o Kim Jong-un –cada uno con lo suyo y a su nivel: les hay dictadores, genocidas, xenófobos y maleducados–. Aquí, en Europa, tenemos a Le Pen, Salvini, Orban, Abascal y eso de la “primavera europea”. Todos ellos, democráticos, todos ellos respetan las leyes y los consensos parlamentarios. Sólo tienen sus ideas por las que algunos seres humanos son tachados de enemigos a combatir, unas veces por no compartir sus ideas sobre la nación, otras veces por no estar conformes con su forma de afrontar problemas como la inmigración, otras por no defender los valores éticos y morales que consideran adecuados. Todas ideas democráticas, defendibles mediante la palabra. Lo que no sé muy bien es cómo las llevarían a cabo sin menoscabar los derechos de miles de personas.

            No puedo evitar hablar de partidos como Podemos, populistas de algo que llaman izquierda aunque no lo sea. Ellos convirtieron en enemigos a directores de sucursales bancarias, a inversionistas honrados, a capitalistas generosos, a empresarios abnegados. Gente que no ha querido aprovecharse de nadie en su vida, sólo montar su negocio y participar en un mercado que, ojo, lo componen productores, pero también consumidores. Estas personas lo único que hicieron fue participar en esta sociedad en el lado que les correspondía y de acuerdo a unas normas que no marcaron ellos. Podemos, en sus propuestas, aplica soluciones maximalistas a problemas complejos, pero sobre todo, crea bandos, y no fomenta ese interés de construir una sociedad en la que quepamos todos. Entiendo que canalizaron el hartazgo contra el PPSOE, pero sus propuestas también son excluyentes y provocaron, por ejemplo, que hubiera madres que sufrieron escraches en sus casas con sus hijos dentro, llamaron gente de paz a personas como Otegi y criminalizaron a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Funcionarios con un papel esencial en nuestro ordenamiento jurídico.

            Luego estamos los otros. Los que podemos aceptar que nuestro vecino es un enemigo o sólo una persona que piensa diferente, o vive diferente o tiene intenciones vitales distintas. Por mucho que nos queramos confundir en la masa, la libertad individual tiene un precio: la elección. Existen muchas formas de llegar a esa opción escogida, y cada uno tiene la suya: el voto útil, el mal menor, la costumbre… Lo que jamás debemos permitir, ya sea por tergiversaciones, por pragmatismo o por simple comodidad, es que nuestras elecciones legitimen ideas tan peligrosas como pueda ser que cualquier ser humano de nuestro entorno sea considerado alguien a quien sacar del tablero común de la sociedad, realidad que promueven de forma directa o tácita, todos los populismos, ya sean de derechas o de izquierdas.

 

Alberto Martínez Urueña 20-03-2019