martes, 30 de abril de 2019

Elecciones generales 2019


            Hemos celebrado elecciones en España. Las celebraremos dentro de un mes. Últimamente guardo silencio porque todo es leído en términos de vencedores o vencidos, de ideologías que se contraponen dispuestas a tumbar al rival incluso a costa de poder quedar lisiado, o de dejar lisiados a los tuyos. El reinado de las ideas. Ya sabéis cuál es mi tendencia, no la he escondido nunca. No lo hice cuando Mariano ganó sus elecciones, así que no voy a hacerlo ahora. Pero siempre he defendido lo mismo, por mucho que en España esto sea leído en términos de rendición inasumible: el diálogo. Ahora hablo de diálogo y la derecha piensa automáticamente en derecho de autodeterminación; hablo de diálogo y se identifica con cesión a los asesinos; hablo de diálogo y se presupone la ruptura de la Constitución. Nadie más constitucionalista que yo. Nada más constitucionalista que el diálogo. Dentro de la Constitución. Yo siempre he defendido la necesidad de entenderse con quien piensa distinto a mí. Solo hay que fijar el marco, y en el tema de la política, para eso tenemos las leyes.

            Hemos celebrado elecciones en España y todos los españoles con derecho a voto hemos valorado las opciones y hemos dado nuestra opinión materializada en el acto de introducir un sobre en una urna. Algo tan superfluo representa una victoria aplastante sobre algo mucho más relevante y que a veces olvidamos: la de la dialéctica sobre la violencia. Es decir, la de distintas visiones que se contraponen en un único espacio común, pero que renuncian a las armas para imponerse. Un paso de gigante en la Historia de la Humanidad en la que todo se resolvió durante siglos a las bravas. Pero no sólo significa eso: también implica el reconocimiento del otro, de quien piensa diferente y, por derivación, la existencia de una realidad común compuesta por distintas realidades personales y grupales. Reconocimiento de una realidad más compleja que la propia, y por tanto, una realidad más completa.

            Los españoles hemos hablado, hemos dicho cuáles son nuestras preferencias. De los consensos han de encargarse ellos, los políticos a los que hemos elegido, y, por mi parte, cuanto más amplios sean esos consensos, más me satisfarán, aunque supongan renunciar a parte de mis postulados individuales porque mi principal ideología es la humana. Eso significa que quiero una sociedad lo más amplia posible, en la que se maximice el número de personas que se encuentren razonablemente a gusto y en la que las diferencias personales se consideren un motivo del que sentirse orgulloso, no algo de lo que tener miedo. Por eso es humana, porque no hay especie con mayor variabilidad entre especímenes que la nuestra, pero también con la mayor potencial capacidad para entender algo tan sencillo.

            Por supuesto, yo también elegí a mis posibles representantes y seguí un proceso muy sencillo que respetara mi idea básica y fundamental: rechazo cualquier tipo de violencia y sólo la admito cuando se trata de la única posibilidad de evitar una violencia superior, gratuita e injusta. En cualquier otro aspecto creo en el reconocimiento del otro y en su única manifestación posible: el diálogo y la negociación, siempre dentro del marco asumido. Sé que el mundo está repleto de violencia, y la política es parte de este mundo, lo que me lleva a entrar en la segunda mejor opción porque no hay ningún partido con visibilidad, al menos en mi circunscripción electoral, que no actúe como si la sociedad estuviera a punto de colapsar y ellos fueran la única solución. Así que pensé descargarme los programas electorales de los diferentes partidos para leérmelos y ver qué proponen, pero luego me acordé de las promesas incumplidas de manera sistemática, y claro… Necesitaba más criterios que esos.

            Me fui a los grandes debates mediáticos y pensé en lo de que España se rompe, pero ya se lo escuché a Ansar hace veinte años y no ha sucedido. Eso, unido a que cuando alguien me quiere imponer algo suelo ponerme de mala hostia, hizo que me acordase de aquel personaje siniestro llamado Wert con lo de españolizar catalanes, y entendí nuevamente que la principal fábrica de independentistas fueron aquellos que quisieron eliminarlos en lugar de aceptar que siempre habrá independentistas. También pensé en lo del respeto a las víctimas del terrorismo y me acordé de Mariano y su elenco de hooligans acusando a ZP de mentir sobre los autores del 11M, y que el PSOE también tuvo sus muertos, y entonces recordé que la principal aspiración de la ciudadanía vasca era vivir sin mirar debajo del coche. Sin oír explosiones o disparos. Y que eso ya sucede, más allá de altercados puntuales, y deplorables, como lo de Altsasua, y que ETA anunció su final definitivo el año pasado. Debates del pasado. Debates fraudulentos. Clichés y argumentaciones irreales. Negación de que en España hay más ciudadanos que los que quieren una España unívoca. Negación de la necesidad de un diálogo con quien piensa diferente, siempre dentro del marco de la legislación vigente.

            Así que eliminados los imposibles y los discursos falaces o estériles, busqué más hechos diferenciales y, ya que no me queda más remedio que aceptar la realidad aunque no me guste, miré a ver quiénes son los enemigos de cada partido, a quiénes quieren marginar, quitar derechos, o a quiénes ningunean con su discurso. A quiénes olvidan con sus actos. Y además, como quiero propuestas en positivo y para el futuro, a sabiendas, como ya he dicho, de que los programas electorales son pañuelos de usar y tirar para quienes han gobernado en democracia, me leí qué proponen sobre las dos cuestiones, a mi modo de ver, más relevantes para el futuro. Elegí esas dos cuestiones por dos motivos: soy economista y soy un ser humano con dos hijas. Las dos cuestiones más relevantes para mí –las más relevantes, no las únicas– son las políticas en I+D+i y las políticas energéticas y medioambientales.

            Éste fue mi proceso para darle importancia a las elecciones y éste fue el camino que seguí para elegir mi opción política. Un proceso, como ya he defendido en alguno de mis textos, de discriminación y elección entre diferentes posibilidades. Mi pirámide de prioridades. Que no prime las mismas que vosotros por encima de las mías no implica que ningunee las vuestras y, por supuesto, no nos convierte en enemigos: nos convierte en seres humanos que han de llegar a entendimientos para vivir en un espacio común como es nuestra España. Para poder tener una casa con un poco de lo mío y un poco de lo vuestro, que no será absolutamente de ninguno, pero que será de todos.

 

Alberto Martínez Urueña 30-04-2019

miércoles, 20 de marzo de 2019

Barbaridades democráticas


            Normalmente, cuando recapacitamos sobre hechos truculentos de la historia reciente, nos preguntamos cómo pudieron suceder determinadas barbaridades. El siglo veinte está plagado de atrocidades monstruosas que, en aras de unas determinadas ideas, convirtieron personas en sacos de materia orgánica parcialmente deshecha. Me da igual la ideología, yo nunca he tenido una suficientemente clara como para decir que soy de tal o cual partido, y desde luego, no me caso con ningún régimen totalitario de los que antes fueron. El siglo veinte es un ejemplo paradigmático, pero atrocidades las ha habido siempre, desde que el hombre es hombre. ¿Por qué sucedían esas atrocidades? Cada una por un motivo y en un momento determinado de la historia, pero siempre había una idea, un bien común, la búsqueda de un objetivo que se consideraba legítimo por quien ordenaba llevarlo a cabo y por quien lo aplicaba directamente. No lo olvidéis nunca: para las mayores atrocidades siempre ha habido alguna cabeza pensante que le ha otorgado la limpieza de un razonamiento lógico impecable.

            Estaban los ejecutores ideológicos y los prácticos, como vemos. Y luego estaban los demás. El caso más palmario lo tuvimos en la primera mitad del siglo veinte. En Alemania, más de seis millones de personas votaron democráticamente al partido nazi en las elecciones del treinta. En el año treinta y dos, fueron casi catorce millones. En el año treinta y tres, pese a perder dos millones de votantes, siguieron siendo el partido más votado del Reichstag. En enero del treinta y tres, mediante negociaciones en el marco de la democracia alemana de entonces, Hitler fue nombrado Canciller. En Marzo del treinta y tres, el partido nazi con Hitler y su discurso a la cabeza, consiguió más de diecisiete millones de votos. Por supuesto, conociéndose las ideas supremacistas, antisemíticas y pangermanas de Adolf Hitler, expuestas en su libro Mi lucha. Luego, las pretendieron llevar a cabo como todos sabemos, legitimados por millones. O quizá es que ya era imposible frenar al monstruo, quién sabe.

            Otro ejemplo de barbarie fue llevada a cabo en la Unión Soviética por Iosif Stalin. Es evidente que las circunstancias políticas entre este país y Alemania en aquel momento histórico son totalmente distintas, pero los resultados no tanto. En todo caso, el ascenso al poder de Stalin también se produjo mediante mecanismos políticos democráticos en el seno de una organización como fueron aquéllas con las que se pretendió hacer la transición desde los zares a la elección social por la que optaron. Luego, llegaron las hambrunas, las purgas y las deportaciones. Siempre, con una idea superior justificando las decisiones.

            En ambos casos, Hitler y Stalin, lograron escribir dos de las historias más negras de nuestro pasado reciente. Comunismo y nacionalsocialismo. Fascismo en definitiva. Poder obtenido inicialmente, no obstante, mediante mecanismos democráticos. Cosa, por cierto, que no puede decir nuestro querido Paquito, pero esto es otro tema para más adelante, porque, no en vano, España también tiene su idiosincrasia.

            En la actualidad hay movimientos políticos que han radicalizado su mensaje. No nos vayamos a latitudes como las de Maduro, Bolsonaro, Xi Jinping, Trump o Kim Jong-un –cada uno con lo suyo y a su nivel: les hay dictadores, genocidas, xenófobos y maleducados–. Aquí, en Europa, tenemos a Le Pen, Salvini, Orban, Abascal y eso de la “primavera europea”. Todos ellos, democráticos, todos ellos respetan las leyes y los consensos parlamentarios. Sólo tienen sus ideas por las que algunos seres humanos son tachados de enemigos a combatir, unas veces por no compartir sus ideas sobre la nación, otras veces por no estar conformes con su forma de afrontar problemas como la inmigración, otras por no defender los valores éticos y morales que consideran adecuados. Todas ideas democráticas, defendibles mediante la palabra. Lo que no sé muy bien es cómo las llevarían a cabo sin menoscabar los derechos de miles de personas.

            No puedo evitar hablar de partidos como Podemos, populistas de algo que llaman izquierda aunque no lo sea. Ellos convirtieron en enemigos a directores de sucursales bancarias, a inversionistas honrados, a capitalistas generosos, a empresarios abnegados. Gente que no ha querido aprovecharse de nadie en su vida, sólo montar su negocio y participar en un mercado que, ojo, lo componen productores, pero también consumidores. Estas personas lo único que hicieron fue participar en esta sociedad en el lado que les correspondía y de acuerdo a unas normas que no marcaron ellos. Podemos, en sus propuestas, aplica soluciones maximalistas a problemas complejos, pero sobre todo, crea bandos, y no fomenta ese interés de construir una sociedad en la que quepamos todos. Entiendo que canalizaron el hartazgo contra el PPSOE, pero sus propuestas también son excluyentes y provocaron, por ejemplo, que hubiera madres que sufrieron escraches en sus casas con sus hijos dentro, llamaron gente de paz a personas como Otegi y criminalizaron a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Funcionarios con un papel esencial en nuestro ordenamiento jurídico.

            Luego estamos los otros. Los que podemos aceptar que nuestro vecino es un enemigo o sólo una persona que piensa diferente, o vive diferente o tiene intenciones vitales distintas. Por mucho que nos queramos confundir en la masa, la libertad individual tiene un precio: la elección. Existen muchas formas de llegar a esa opción escogida, y cada uno tiene la suya: el voto útil, el mal menor, la costumbre… Lo que jamás debemos permitir, ya sea por tergiversaciones, por pragmatismo o por simple comodidad, es que nuestras elecciones legitimen ideas tan peligrosas como pueda ser que cualquier ser humano de nuestro entorno sea considerado alguien a quien sacar del tablero común de la sociedad, realidad que promueven de forma directa o tácita, todos los populismos, ya sean de derechas o de izquierdas.

 

Alberto Martínez Urueña 20-03-2019

viernes, 15 de febrero de 2019

No-se-cómo-llamarlo-sin-insultar



            No-se-cómo-llamarlo-sin-insultar


 


            Recuerdo una anécdota curiosa de cuando era pequeño. Tendría unos cuatro o cinco años y estaba en la panadería con mi madre. No sé si sería un fin de semana, o quizá un día de diario, porque en aquella época lo de la jornada intensiva ni nos lo imaginábamos como algo posible. De todas formas, seguramente sería verano, porque se me ocurrió decir en voz alta que nos íbamos de vacaciones la semana siguiente. Creo que nadie atendió a lo que un niño con tendencia a esconderse detrás de las faldas de su madre dijo, pero sí que recuerdo perfectamente la bronca que me echó mi madre. Bien echada, por supuesto, como la mayoría de las que me llevé y a veces me llevo hoy en día. Por suerte para mí, mi madre suele dar una explicación de por qué te mereces el rapapolvo, y el de entonces me pareció muy sensato: si al salir de la panadería alguien se hubiera fijado en dónde vivíamos, habrían sabido que esa casa iba a estar varios días desocupada. Barra libre para ladrones.


            Imagino que alguno torcerá el gesto con un poco ironía, como diciendo que mi madre tenía una cierta tendencia neurótica. Aparte de ciscarme en sus muertos más frescos por pensar mal de mi madre, recuerdo que en aquella época, y también más adelante, robaron en algún piso del barrio. O en más de uno. El método consistía en sacar toda la información posible de los inquilinos: horarios, número de personas, edades… Todo lo necesario para tener una imagen clara de cuáles eran las viviendas más vulnerables y, entonces, aprovechar las circunstancias. Uno de los vecinos, comisario de policía, nos avisó de que dejaban pequeñas marcas en los bordes de las puertas, y el significado de cada una de ellas, instándonos a borrarlas, o a alertar a los vecinos en donde viéramos alguna. Por suerte, a nosotros no nos tocó, pero las personas que han visto vulnerado el sacrosanto altar de su domicilio no lo describen como algo agradable. Siempre ha sido importante conservar la intimidad de tus hábitos y, por ejemplo, además de dejar a alguien encargado de regarte las plantas, le indicabas que te recogiera las cartas del buzón. En aquella época era diferente, no había Internet, ni correo electrónico ni banca online. El buzón se te llenaba en un par de días y, con un vistazo, podías averiguar quién llevaba un tiempo sin pasar por casa. El tema de la intimidad en aquella época no dependía de que no tuvieras nada que esconder, sino de que no te apetecía que la información sobre tu vida estuviera expuesta y al alcance de quien te quisiera, por hache o por bé, dar por el saco.


            Uno de los miedos que se extendió en aquellos años de mi infancia, o que al menos nos dijeron a varios de los niños con los que me relacionada, era que se sabía que había personas que envenenaban los caramelos y después se los daban a los niños. Unas veces te decían que era para transmitir enfermedades. Otras, para drogarte y secuestrarte. El resultado no fue millones de niños españoles traumatizados, sino que no hablábamos con desconocidos ni aceptábamos dádivas de quienes no conocíamos. Por si acaso. Y es que, para los que piensen que vivimos en tiempos más peligrosos, hace ya tiempo que el ser humano inventó los raptos infantiles, la pederastia y el asesinato.


            Lo que sí que es cierto es que vivimos tiempos más kamikazes. Por cuestiones personales, básicamente porque me sale del higo, tengo una cuenta en Facebook. La idea, en primer lugar, es encontrar información diversa de distintos medios además de la búsqueda personal que suelo hacer por otros diarios de todo el arco mediático, desde eldiario.es hasta el abc digital. La segunda idea es compartir estos textos por vías diferentes al correo electrónico. Participando de la red social indicada reconozco que no dejan de sorprenderme ciertos comportamientos poco cuidadosos sobre los que, además, te advierte la policía. Por ejemplo, publicar información de tus vacaciones durante las propias vacaciones. O informar de cuáles son tus hábitos y costumbres, verbigracia, la hora a la que sales a correr y tu casa está vacía. No entro en temas de airear tus tendencias o gustos para que Facebook te haga un Cambridge analítica en toda regla y ofrezca tu información a cualquier compañía que quiera venderte sus mierdas. Hablo de que, como no tienes nada que esconder, ese trabajo que antes a los ladrones les llevaba su tiempo y esfuerzo se lo pones en bandeja de plata. Con dos cojones.


            Uno de los esfuerzos suicidas que más me sorprende, sobre todo en días como hoy en que sabemos lo que ciertos sujetos quieren hacerle a nuestros vástagos y vástagas, consiste en sacarles fotos en los parques a los que sueles ir, o al colegio donde les llevas, o incluso fotografías dentro de tu casa con una magnífica perspectiva de la calle desde una ventana, para que puedan identificar incluso el piso. No hablo sólo del problema de que esa foto que al padre le hace gracia al resto se la puede soplar por completo, es que algunos bastardos cuelgan fotos de sus hijos que les humillan.


            Pero más allá de eso, mucho más allá de eso, y por lo que alucino en colores, me imagino al típico personaje sudoroso en camiseta de tirantes metido en su habitación, treinta y tantos, con todo revuelto a su alrededor, ambiente semioscuro y con su madre gritándole que la cena está lista, mientras va pasando fotos en la pantalla de su supermóvil último modelo mientras va buscando y contemplando esas caritas que los padres ven tan ricas y bonitas, y que a él le ayudan a dedicarse una buena sesión de onanismo por todo lo alto. Por supuesto, también contemplo la posibilidad de que el duende de su cabeza enferma le esté insistiendo en que pase a la acción, y así vaya seleccionando, de entre toda la oferta, la que le pueda resultar más fácil adquirir. Por todo esto, creo que es mejor dejar a los niños fuera de nuestras movidas estúpidas de internet y las redes sociales, porque si a ti te roban por tu estupidez, te jodes y punto, pero que tus hijos tengan que pagar tu increíble falta de “no-se-cómo-llamarlo-sin-insultar-a-nadie”, me parece algo más serio.


 


Alberto Martínez Urueña 15-02-2019

miércoles, 13 de febrero de 2019

Arengas vacías


            Llevo un tiempo pensando en cómo contarlo y gracias a un par de conversaciones con buena gente he conseguido ordenarme un poco la sesera. La idea básica es argumentar el motivo por el que los políticos que surcan los oscuros mares de la actualidad no me ofrecen el más mínimo crédito. No es una cuestión de qué ideas defienden, o dicen defender, porque, a fin de cuentas, no sabes muy bien dónde está la delgada línea roja entre el discurso y los principios. Es una cuestión algo más profunda.

            Respecto a la delincuencia, siempre he sido claro y sintético: fuera de la Constitución, en un Estado de Derecho, no hay nada. No quiero que nadie se salte la Constitución porque gracias a ella, a un tipo como yo no le han aplicado nunca una ley como la de vagos y maleantes que el infame dictador se sacó de la chistera. Gracias a ella, defender la redistribución de la renta y la riqueza desde quienes más tenemos a los que menos tienen es lícito y defendible sin correr el riesgo de que te partan la cara los que no están de acuerdo.

            Sin embargo, por encima de la ley, está la ética que me dice que lo primero es el respeto a todo ser humano. Esto tiene una consideración fundamental y es rechazar todo tipo de violencia salvo la inevitable. Si una mujer maltratada ve que el hijo de puta de su marido la va a acuchillar, me parece éticamente defendible que le prenda fuego. No sé si luego la van a buscar las vueltas en un Tribunal, pero si ve que huir de él es imposible, la ánimo encarecidamente a tomar una medida que lo aleje definitivamente, que ya vendrán luego los honrados miembros del Gobierno para indultarla.

            Hoy en día me siento democráticamente huérfano, profundamente abandonado. Como el perro del anuncio que miraba como se alejaba el coche mientras le cascaban al anuncio el segundo movimiento de la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak. Para ver si le sacaban una lagrimita a esos bastardos que son capaces de maltratar animales. Mi primer principio básico es que el ser humano es lo primero de todo, pero además, también tengo otro principio, y es el de la diversidad de ideas. Cada uno tiene las suyas, y salvando esperpentos anacrónicos como los de Abascal y sus adláteres del brazo en alto que le jalean envueltos en la bandera del pollo, todas me parecen aceptables. Pero sobre todo por un motivo fundamental que voy a exponeros.

            Es bien sabido que el Partido Popular no defiende el modelo de sociedad en el que creo, ni tampoco el modelo económico que me parece más adecuado para la sociedad que creo que formamos los españoles. Sin embargo, no es menos cierto que tengo amigos y familiares que les votan o les han votado. Cuando escucho a determinadas personas tratarles de estúpidos, o de ignorantes, o incluso de malas personas, me cabreo. Estas personas cercanas son buenas personas que quieren un mundo mejor para sí y para sus hijos, y que consideran que la forma de lograrlo es votando al PP. Pero además, sé tampoco quieren que los niños sirios se mueran en el Mediterráneo, ni que los que antes no estudiaron una carrera se mueran de hambre ellos y sus hijos. Es decir, no les considero eso que me dicen los de la izquierda que tengo que considerarles.

            También tengo amigos y familiares bastante rojillos, de esos que hablan de la colectividad del sistema y de crujir a los ricos y poderosos a base de impuestos. Esos también son buenas personas buscando lo mejor para sus hijos y sus amigos, y consideran que la mejor manera de llevarlo a cabo es votar a los del otro lado. No son malas personas tampoco, no buscan el mal de nadie, o al menos no directamente, igual que mis amigos de derechas. Simplemente tienen una idea de justicia social distinta, una concepción de cómo hay que estructurar la sociedad que difiere sustancialmente de lo que preferirían los votantes del PP.

            Tengo amigos a ambos lados, y si hiciera caso a alguno de los cantamañanas del Congreso, consideraría a unos o a otros, o a todos, no como personas con opiniones distintas, sino que les vería como gilipollas, como obtusos, como traidores, como buenistas, o como felones. Es decir, les vería no como alguien con quien ponerme de acuerdo para hacer algo en común, sino como un enemigo al que abatir lo antes posible. Es decir, el discurso de todos estos disidentes de la auténtica democracia, estos felones con carné de antisistema, pretenden que a muchos de vosotros os vea como unos enemigos a quienes vencer. Quieren que os vea como a malas personas, y no lo sois. Sólo sois personas con criterios diferentes a los míos.

            Por esto, últimamente no hablo de política, ni mando mis textos al respecto. O no hay discusión, como con lo del delito, o no quiero ver cómo se nos olvida que los seres humanos se merecen algo más de respeto de lo que nuestros políticos ejemplifican en sus discursos. No hay posibilidad de ahondar en sus ideas, porque sus ideas no son profundas, sólo son arengas para los suyos, para enfervorizar a sus votantes y para ofrecer titulares a sus correveidiles.

 

Alberto Martínez Urueña 13-02-2019

miércoles, 16 de enero de 2019

La aburrida actualidad


            Me recordaba un buen amigo de la oficina, compañero de carreras, que hacía tiempo que no escribía mi columna. Y es cierto. La idea era modificar un poco los conceptos y la trayectoria, intentar cambiar las temáticas y los tonos, y dejar ver de forma clara las ideas fundamentales que intento aplicar en cada momento. Son dos muy básicas, pero muy sencillas: la primera supone la negativa a cualquier tipo de violencia en cualquier caso, salvo cuando sea para evitar males mayores y siempre midiendo para que esa violencia sea la imprescindible; la segunda implica el respeto absoluto a cualquier ser humano bajo cualquier situación, pero aprendiendo a diferenciar el ser humano de las ideas que defiende: no creo que cualquier idea sea respetable, eso es imposible y rompería la premisa inicial de respetar a cualquier ser humano.

            Llevo todas estas semanas sin practicar esto de lanzaros mi opinión a bocajarro porque en realidad hay muy poco que aportar si miramos la actualidad inmediata. La actualidad era interesante cuando había esquinas que doblar, vericuetos que explorar, laberintos en los que perderse y a los que estudiar… Las noticias que tenemos en los últimos tiempos son de una claridad tan borrega que no permiten ningún análisis mínimamente profundo. Te puedes lanzar a explicar que quitar un impuesto como el de sucesiones en Andalucía puede parecer muy neoliberal, pero en realidad sólo lo pagaban los que tenían un patrimonio de más de un millón de euros. Sin embargo, este ejemplo es muy tonto y cualquier imbécil puede llegar a él con sólo leer la hemeroteca. Hay cuestiones más candentes, sobre todo cuando entra en la escena política un partido netamente conservador, porque lo que quieren conservar no es que a ellos no les quiten nada, sino que sólo valga lo suyo, porque no son capaces de ver el sentido poliédrico de la vida. Dicen no ser homófobos, que no quieren quitar derechos a nadie; sin embargo, cuando por otro lado argumentan que la familia tradicional es la única moralmente correcta, lo que implica un juicio moral que deja en mal lugar a los homosexuales. Y además, haces parecer sospechosos a quienes prefieren estar solteros. Por supuesto que respetas sus derechos, faltaría más: están en la constitución y no puedes quitárselos, pero que les juzgues como algo negativo hace que tus ideas den verdadero asco.

            Lo de la mujer… Yo no tengo nada en contra de la familia tradicional, pero si no me entramos al detalle de lo que es tradicional es un discurso vacío –sinónimo de populismo, por cierto, para los que enarbolan ese sustantivo sin saber de lo que hablan–. Para evitarlo, me voy a retrotraer a los usos y costumbres que los anales de la historia nos enseñan. De mi generación a la de mis abuelos sólo hay una generación entre medias, y las anteriores a la de mis abuelos se parecen unas a otras de manera muy evidente, así que nos puede valer. Recuerdo que mi abuelo –y mi abuela exactamente igual– tenía por orgullo que su mujer no hubiera tenido que seguir trabajando una vez que se casaron. Ella en casa, ocupándose de la fregona y los fogones, y él, todas las mañanas al tajo. Salvo el fin de semana: ella en casa, fregona y fogones; él, a la puta y fría calle, de vinos. Y que decir del sexo. De esas cosas ni se hablaba, pero para eso estaba… lo que hubiera antes de la guerra civil, que no sé lo que podría ser, pero me puedo hacer una ligera idea si hasta hace bien poco en términos históricos la única postura correcta era la del misionero, y el sexo fuera del matrimonio y para algo que no fuera aumentar la prole, era pecado. Ni que decir, si hablamos de aquella familia tradicional, que las mujeres os largáis a la cocina, no podéis currar, no podéis opinar sobre nada que no sea la casa y, si rechistáis, la moralidad social nos obliga a los hombres a corregir vuestros defectos con algún que otro cachete. Por suerte, yo jamás vi eso, y me imagino que muchos de vosotros argumentareis lo mismo, pero no por ello es menos cierto que el código penal no contemplaba los malos tratos como un hecho agravante de la propia violencia y que, además, la sociedad culpabilizaba a la mujer que obligaba a su marido a tener que pegarla. Todo un malabarismo dialéctico. Así que, mujeres votantes de VOX: que sepáis que si estáis en el paro, no os van a conseguir un puesto de trabajo, lo que os conseguirán será un marido que os eduque.

            No voy a entrar en lo de la inmigración porque hace poco, en Inglaterra, han pegado a la gente por hablar en español que, como bien se sabe más allá de los Pirineos, es un idioma que huele a africano. No voy a entrar en la cuestión porque los datos sobre cómo beneficia la inmigración a un país están tan al alcance de cualquiera que si no los ves es porque no te da la gana mirar. Además, desmentir todas las noticias falsas que se lanzan contra la inmigración en general es un trabajo infinito y me da pereza, entre otras cosas, porque tampoco curaría la ignorancia del que se las cree. La gente no ve que, en realidad, lo que se está denunciando no es la inmigración como fuente de problemas: lo que se denuncia la pobreza como fuente de delincuencia. Pero solucionar la pobreza es más complicado y exige mayor compromiso que salir en un mitin a ladrar barbaridades, como acusarles de ser los responsables de abrir la caja de Pandora.

            Para lo que sí que nos ha servido la nueva actualidad es para que podamos ver quiénes quieren solucionar los problemas reales de una realidad muy compleja y quienes utilizan las emociones más bajunas para simplificar burdamente esa realidad; y, ya que estamos, enardecer a la población y crear bandos con soldados dispuestos a todo por sus líderes. Soldados que se olvidan, como siempre, de que lo importante, por encima de otras consideraciones, son los seres humanos.

 

Alberto Martínez Urueña 16-01-2019