miércoles, 13 de febrero de 2019

Arengas vacías


            Llevo un tiempo pensando en cómo contarlo y gracias a un par de conversaciones con buena gente he conseguido ordenarme un poco la sesera. La idea básica es argumentar el motivo por el que los políticos que surcan los oscuros mares de la actualidad no me ofrecen el más mínimo crédito. No es una cuestión de qué ideas defienden, o dicen defender, porque, a fin de cuentas, no sabes muy bien dónde está la delgada línea roja entre el discurso y los principios. Es una cuestión algo más profunda.

            Respecto a la delincuencia, siempre he sido claro y sintético: fuera de la Constitución, en un Estado de Derecho, no hay nada. No quiero que nadie se salte la Constitución porque gracias a ella, a un tipo como yo no le han aplicado nunca una ley como la de vagos y maleantes que el infame dictador se sacó de la chistera. Gracias a ella, defender la redistribución de la renta y la riqueza desde quienes más tenemos a los que menos tienen es lícito y defendible sin correr el riesgo de que te partan la cara los que no están de acuerdo.

            Sin embargo, por encima de la ley, está la ética que me dice que lo primero es el respeto a todo ser humano. Esto tiene una consideración fundamental y es rechazar todo tipo de violencia salvo la inevitable. Si una mujer maltratada ve que el hijo de puta de su marido la va a acuchillar, me parece éticamente defendible que le prenda fuego. No sé si luego la van a buscar las vueltas en un Tribunal, pero si ve que huir de él es imposible, la ánimo encarecidamente a tomar una medida que lo aleje definitivamente, que ya vendrán luego los honrados miembros del Gobierno para indultarla.

            Hoy en día me siento democráticamente huérfano, profundamente abandonado. Como el perro del anuncio que miraba como se alejaba el coche mientras le cascaban al anuncio el segundo movimiento de la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak. Para ver si le sacaban una lagrimita a esos bastardos que son capaces de maltratar animales. Mi primer principio básico es que el ser humano es lo primero de todo, pero además, también tengo otro principio, y es el de la diversidad de ideas. Cada uno tiene las suyas, y salvando esperpentos anacrónicos como los de Abascal y sus adláteres del brazo en alto que le jalean envueltos en la bandera del pollo, todas me parecen aceptables. Pero sobre todo por un motivo fundamental que voy a exponeros.

            Es bien sabido que el Partido Popular no defiende el modelo de sociedad en el que creo, ni tampoco el modelo económico que me parece más adecuado para la sociedad que creo que formamos los españoles. Sin embargo, no es menos cierto que tengo amigos y familiares que les votan o les han votado. Cuando escucho a determinadas personas tratarles de estúpidos, o de ignorantes, o incluso de malas personas, me cabreo. Estas personas cercanas son buenas personas que quieren un mundo mejor para sí y para sus hijos, y que consideran que la forma de lograrlo es votando al PP. Pero además, sé tampoco quieren que los niños sirios se mueran en el Mediterráneo, ni que los que antes no estudiaron una carrera se mueran de hambre ellos y sus hijos. Es decir, no les considero eso que me dicen los de la izquierda que tengo que considerarles.

            También tengo amigos y familiares bastante rojillos, de esos que hablan de la colectividad del sistema y de crujir a los ricos y poderosos a base de impuestos. Esos también son buenas personas buscando lo mejor para sus hijos y sus amigos, y consideran que la mejor manera de llevarlo a cabo es votar a los del otro lado. No son malas personas tampoco, no buscan el mal de nadie, o al menos no directamente, igual que mis amigos de derechas. Simplemente tienen una idea de justicia social distinta, una concepción de cómo hay que estructurar la sociedad que difiere sustancialmente de lo que preferirían los votantes del PP.

            Tengo amigos a ambos lados, y si hiciera caso a alguno de los cantamañanas del Congreso, consideraría a unos o a otros, o a todos, no como personas con opiniones distintas, sino que les vería como gilipollas, como obtusos, como traidores, como buenistas, o como felones. Es decir, les vería no como alguien con quien ponerme de acuerdo para hacer algo en común, sino como un enemigo al que abatir lo antes posible. Es decir, el discurso de todos estos disidentes de la auténtica democracia, estos felones con carné de antisistema, pretenden que a muchos de vosotros os vea como unos enemigos a quienes vencer. Quieren que os vea como a malas personas, y no lo sois. Sólo sois personas con criterios diferentes a los míos.

            Por esto, últimamente no hablo de política, ni mando mis textos al respecto. O no hay discusión, como con lo del delito, o no quiero ver cómo se nos olvida que los seres humanos se merecen algo más de respeto de lo que nuestros políticos ejemplifican en sus discursos. No hay posibilidad de ahondar en sus ideas, porque sus ideas no son profundas, sólo son arengas para los suyos, para enfervorizar a sus votantes y para ofrecer titulares a sus correveidiles.

 

Alberto Martínez Urueña 13-02-2019

miércoles, 16 de enero de 2019

La aburrida actualidad


            Me recordaba un buen amigo de la oficina, compañero de carreras, que hacía tiempo que no escribía mi columna. Y es cierto. La idea era modificar un poco los conceptos y la trayectoria, intentar cambiar las temáticas y los tonos, y dejar ver de forma clara las ideas fundamentales que intento aplicar en cada momento. Son dos muy básicas, pero muy sencillas: la primera supone la negativa a cualquier tipo de violencia en cualquier caso, salvo cuando sea para evitar males mayores y siempre midiendo para que esa violencia sea la imprescindible; la segunda implica el respeto absoluto a cualquier ser humano bajo cualquier situación, pero aprendiendo a diferenciar el ser humano de las ideas que defiende: no creo que cualquier idea sea respetable, eso es imposible y rompería la premisa inicial de respetar a cualquier ser humano.

            Llevo todas estas semanas sin practicar esto de lanzaros mi opinión a bocajarro porque en realidad hay muy poco que aportar si miramos la actualidad inmediata. La actualidad era interesante cuando había esquinas que doblar, vericuetos que explorar, laberintos en los que perderse y a los que estudiar… Las noticias que tenemos en los últimos tiempos son de una claridad tan borrega que no permiten ningún análisis mínimamente profundo. Te puedes lanzar a explicar que quitar un impuesto como el de sucesiones en Andalucía puede parecer muy neoliberal, pero en realidad sólo lo pagaban los que tenían un patrimonio de más de un millón de euros. Sin embargo, este ejemplo es muy tonto y cualquier imbécil puede llegar a él con sólo leer la hemeroteca. Hay cuestiones más candentes, sobre todo cuando entra en la escena política un partido netamente conservador, porque lo que quieren conservar no es que a ellos no les quiten nada, sino que sólo valga lo suyo, porque no son capaces de ver el sentido poliédrico de la vida. Dicen no ser homófobos, que no quieren quitar derechos a nadie; sin embargo, cuando por otro lado argumentan que la familia tradicional es la única moralmente correcta, lo que implica un juicio moral que deja en mal lugar a los homosexuales. Y además, haces parecer sospechosos a quienes prefieren estar solteros. Por supuesto que respetas sus derechos, faltaría más: están en la constitución y no puedes quitárselos, pero que les juzgues como algo negativo hace que tus ideas den verdadero asco.

            Lo de la mujer… Yo no tengo nada en contra de la familia tradicional, pero si no me entramos al detalle de lo que es tradicional es un discurso vacío –sinónimo de populismo, por cierto, para los que enarbolan ese sustantivo sin saber de lo que hablan–. Para evitarlo, me voy a retrotraer a los usos y costumbres que los anales de la historia nos enseñan. De mi generación a la de mis abuelos sólo hay una generación entre medias, y las anteriores a la de mis abuelos se parecen unas a otras de manera muy evidente, así que nos puede valer. Recuerdo que mi abuelo –y mi abuela exactamente igual– tenía por orgullo que su mujer no hubiera tenido que seguir trabajando una vez que se casaron. Ella en casa, ocupándose de la fregona y los fogones, y él, todas las mañanas al tajo. Salvo el fin de semana: ella en casa, fregona y fogones; él, a la puta y fría calle, de vinos. Y que decir del sexo. De esas cosas ni se hablaba, pero para eso estaba… lo que hubiera antes de la guerra civil, que no sé lo que podría ser, pero me puedo hacer una ligera idea si hasta hace bien poco en términos históricos la única postura correcta era la del misionero, y el sexo fuera del matrimonio y para algo que no fuera aumentar la prole, era pecado. Ni que decir, si hablamos de aquella familia tradicional, que las mujeres os largáis a la cocina, no podéis currar, no podéis opinar sobre nada que no sea la casa y, si rechistáis, la moralidad social nos obliga a los hombres a corregir vuestros defectos con algún que otro cachete. Por suerte, yo jamás vi eso, y me imagino que muchos de vosotros argumentareis lo mismo, pero no por ello es menos cierto que el código penal no contemplaba los malos tratos como un hecho agravante de la propia violencia y que, además, la sociedad culpabilizaba a la mujer que obligaba a su marido a tener que pegarla. Todo un malabarismo dialéctico. Así que, mujeres votantes de VOX: que sepáis que si estáis en el paro, no os van a conseguir un puesto de trabajo, lo que os conseguirán será un marido que os eduque.

            No voy a entrar en lo de la inmigración porque hace poco, en Inglaterra, han pegado a la gente por hablar en español que, como bien se sabe más allá de los Pirineos, es un idioma que huele a africano. No voy a entrar en la cuestión porque los datos sobre cómo beneficia la inmigración a un país están tan al alcance de cualquiera que si no los ves es porque no te da la gana mirar. Además, desmentir todas las noticias falsas que se lanzan contra la inmigración en general es un trabajo infinito y me da pereza, entre otras cosas, porque tampoco curaría la ignorancia del que se las cree. La gente no ve que, en realidad, lo que se está denunciando no es la inmigración como fuente de problemas: lo que se denuncia la pobreza como fuente de delincuencia. Pero solucionar la pobreza es más complicado y exige mayor compromiso que salir en un mitin a ladrar barbaridades, como acusarles de ser los responsables de abrir la caja de Pandora.

            Para lo que sí que nos ha servido la nueva actualidad es para que podamos ver quiénes quieren solucionar los problemas reales de una realidad muy compleja y quienes utilizan las emociones más bajunas para simplificar burdamente esa realidad; y, ya que estamos, enardecer a la población y crear bandos con soldados dispuestos a todo por sus líderes. Soldados que se olvidan, como siempre, de que lo importante, por encima de otras consideraciones, son los seres humanos.

 

Alberto Martínez Urueña 16-01-2019

martes, 11 de diciembre de 2018

Esa gilipollez del estrés


            Os pongo un par de frases para reflexionar un momentito y ahora vuelvo:

            "Nos estamos acostumbrando al estrés y lentamente nos mata".

            "El 70% de las enfermedades están relacionadas con el estrés y si no lo están, las agrava. El estrés es cinco veces más perjudicial que el alcohol o el tabaco".

            Como punto de inflexión para iniciar un artículo de estos que os suelo mandar no está nada mal, ¿verdad? Ahora, que levante la mano quien piense que sí, que vive estresado, pero que es lo normal, que las exigencias del día a día son inevitables, y la única opción que nos queda consiste en llegar al final de cada jornada a punto de cometer algún asesinato, sin fuerzas más que para consumir alguna mierda televisiva de esas que nos arrojan desde los grandes estudios y luego meterse en la cama para no ser capaz de conciliar más que tres o cuatro horas de sueño inservible.

            ¿Qué nos ha pasado? El ser humano se pasó los siglos intentando encontrar un mínimo de seguridad y algo de tiempo libre para poder disfrutarlo, y cuando lo tuvimos, lo rellenamos de nuevas obligaciones. Hay tres opciones hoy en día: la primera sería la del curro que empieza a las ocho de la mañana y no sabes cuándo acaba. Su justificación se basa en la ambición personal, en la mejora social y económica, y, si los tienes, en ofrecer un futuro mejor a tus hijos. Conozco gente para la que el trabajo se ha convertido en una huida hacia delante a pesar de las señales de advertencia que pueblan el camino.

            La segunda opción es la del que no tiene más remedio que coger lo que le toca, aceptando un salario de mierda que no le da más que para sobrevivir. El número de horas y su estabilidad es aleatorio, y que te las paguen todas, un privilegio. Vives reventado en el curro y cuando sales, vives reventado haciendo números. Como para no estar estresado…

            La tercera opción: un trabajo que te permite vivir con más o menos holgura y que te da para tener unas horas libres. Ojo, con este tampoco se sale ganando porque, aunque los de las otras dos categorías no lo entiendan, se ha convertido en un enemigo: primero, el curro es fuente de disgusto, y segundo, esas horas libres se convierten en un no parar frenético de tener que aprovechar el más mínimo espacio que nos queda del calendario. Como sea y al precio que sea.

            ¿Veis el problema? En todos ellos salimos perdiendo. Si las dos frases, más todo el estudio que hay por detrás, son ciertos, al ser humano tal y como lo conocemos están a punto de saltársele las costuras. No hago más que escuchar a izquierda y derecha –esta vez no va de política– que hay que aprovechar la vida, pero ese aprovechar la vida supone salir de un trabajo que te exprime a unas obligaciones que te sacan el poco jugo que te queda para llegar a unas miserables horas de pseudoocio, normalmente marcado por algún tipo de comportamiento adictivo y dañino. El resultado nos lleva a que la cabeza está tan enloquecida que es incapaz ni tan siquiera a veces de dormirse. Y esto es más que evidente cuando tenemos en cuenta que el consumo de medicamentos destinados a paliar los efectos del estrés –el estrés malo, hay de dos tipos– se ha triplicado en poco tiempo: en lugar de buscar la causa del problema y solucionarla, los enfermos de este tremebundo mal se autoconvencen de que son víctimas incapaces de solventarlo y con la única opción de matar los síntomas a base de drogas.

            Por supuesto que todo esto suena catastrofista, y muchos de vosotros estaréis pensando que sólo es un mensaje carente de criterio. Pudiera ser, pero vamos añadir a esto los estudios sobre estrés infantil. Los niños, esas personitas inocentes y moldeables, lo sufren a través de sus padres: ya sabes, después de ese curro que te pone de los nervios, habiendo atendido a mil obligaciones cuando sales, de un lado para otro, llegas a casa con el estado de ánimo licuándote las tripas y eso, los niños, lo notan nada más verte el careto. Les da miedo. Sin contar, por supuesto, lo de las extraescolares. Lo que les pasa a los adultos, eso de no poder dejar tiempo a no hacer nada, lo de tener que ocupar cada segundo del horario, pues para ellos, con la particularidad de que sus capacidades de atención y concentración son menores. Ala!, el niño corriendo de acá para allá, al deporte de equipo que le forma, a las clases de inglés porque son fundamentales, por supuesto la música que le convertirá en un ser empático y le despertará la meninge izquierda… Y a las ocho de la tarde, corriendo a casa para hacer los deberes del colegio. Sé lo que estáis pensando: el mundo de hoy en día no te da margen, hay que convertirles en seres supereficientes y preparados para que el día de mañana sepan desenvolverse en un entorno hostil que convertirá su vida en esa mierda que tú hoy eres incapaz de manejar sin tener que justificar como normal tener reacciones propias de la niña del exorcista.

            Ahora, una vez que todo esto te ha parecido una gilipollez y una llamada de atención sin sentido, plantéate la vida como si las frases del principio fueran de verdad. Es decir, que te estás jodiendo la vida para no vivirla, y además, estás convirtiendo a tus vástagos, si les tienes, en seres humanos enfermos desde la misma infancia. A mí, personalmente, la perspectiva no me gusta un pelo.

 

Alberto Martínez Urueña 11-12-2018

 

            PD.: Para los que quieran saber de qué va el rollo, buscad en internet al doctor Víctor Vidal Lacosta, médico del Trabajo e inspector de la Seguridad Social. Hay muchas más sorpresas en sus estudios.

martes, 4 de diciembre de 2018

No quiero hablar de enemigos


            Ya veis como viene la actualidad. Cargadita. Yo, desde mi templo del rojo casi negro puedo retratar un poco todo este maremágnum porque, gracias a lo que quiera que gobierne el Universo, ya me casé con mi propia conciencia y no tengo más colores que los del ser humano.

            A mí los debates políticos me resultar muy interesantes porque me permite conocer a mis amigos, sus contradicciones y motivos, sus opiniones sobre temas relevantes y también, por qué no, sus querencias emocionales. Trato de verlo todo desde una cierta distancia y todos ellos saben, o al menos lo intento, que cuando yo doy mi opinión lo hago desde el más absoluto respeto a sus personas, porque las personas son sus ideas políticas, eso es indudable, pero son mucho más que sus ideas políticas expresadas en mitad de una conversación acalorada en la que muchas veces no tienes tiempo de profundizar demasiado. Y otra cosa que creo que saben es que odio la violencia por encima de todo, tanto en las acciones, como no puede ser de otra manera, como en las expresiones, porque con ellas también se golpea, se daña y se generan situaciones muy desafortunadas. Soy un firme defensor de que cada cual haga lo que quiera, sin cortapisas, pero siempre teniendo en cuenta el criterio de minimizar los daños en la medida de lo posible. Intentar no hacer daño siempre que se pueda, y cuando es inevitable, aceptar las consecuencias.

            Me gustan los debates políticos, y más en situaciones como las de esta semana, después de las elecciones andaluzas, porque te das cuenta de que las quejas y las reclamaciones de las personas, de los seres humanos llamados ciudadanos de una entelequia llamada España, que cada uno considera y quiere a su manera, son esencialmente las mismas. Y éstas no cambian ni han cambiado en los últimos cuarenta años. Da igual que haya gobernado el PP o el PSOE, tanto monta monta tanto, da igual que estés en Castilla y León a que estés en Andalucía, Murcia o Madrid. No es tan complicado, y que esas reclamaciones sigan siendo las mismas durante tantos años habla muy bien de mis vecinos y muy mal de nuestros políticos.

            Todos hablamos de las listas de espera en la Sanidad, y en todas las regiones de esta piel de toro sacamos a relucir esos casos en los que una resonancia magnética tarda seis o siete meses, o hasta un año. Hemos visto las mareas blancas de los trabajadores del sector sanitario y sabemos que hay un déficit estructural de recursos materiales y humanos, además de unas condiciones laborales cuestionables.

            Todos hemos visto las reclamaciones en Educación, las protestas de los maestros, los malos tratos que reciben en demasiadas ocasiones de los padres, y se nos abren las costuras. Todos, al margen de la asignatura de religión, cuestión que da para un texto entero, sabemos que queremos que nuestros hijos reciban la mejor educación posible y que haya, de una vez por todas, un modelo educativo más o menos estable. Y, por cierto, que para hacerlo, pregunten a los responsables de implantarlo y ejecutarlo.

            Salvo algunos ciudadanos en España, minoritarios en el total del territorio, queremos que se respeten las leyes, sobre todo la Constitución, con lo de la unidad del Estado español, sus derechos y obligaciones y todo lo demás. TODO LO DEMÁS, a saber: igualdad de todos los españoles, acceso a la justicia efectiva – no a sentencias dictadas seis o siete años de presentada la demanda –, un empleo y una vivienda digna, etcétera, etcétera, etcétera.

            Todos los españoles sabemos que queremos una Administración Pública que vigile los usos del dinero público, que persiga el fraude, que no se despilfarre, que se luche contra la corrupción, que se respete a los funcionarios, tanto a los científicos del CSIC, como a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, porque a pesar de que a ciertos anarcocapitalistas que son una vulgar minoría no les guste su presencia en las calles, al resto nos gusta disfrutar de calles seguras, libres de altercados, robos y demás historias.

            Todas estas reclamaciones las hacen los fachas y los rojos, los de la gaviota y los de la rosa, los de la nueva política y los de la vieja. Y lo hacemos todos, independientemente de quien nos gobierna, lo que me lleva a pensar en un par de cosas: quizá las diferencias que parece que nos separan no son tantas, no somos tan angelicales los unos –quienes sean esos unos– ni tan hijos de puta y crueles los otros. No me creo que los once o doce, o veinte millones de españoles que votan diferente a lo que yo haría sean unos desalmados que sólo quieren chuparnos la sangre a los contrarios. Creo que todos queremos lo mismo, pero nuestros políticos se empeñan en convencernos de lo contrario. O mejor, para permitirles a ellos también el derecho de la duda: creo que deberían dejar de pensar que son la ÚNICA solución posible a los problemas de España y tendrían que empezar a intentar ponerse de acuerdo en una solución que nos convengan a todos. Porque los problemas ya les conocemos.

 

Alberto Martínez Urueña 4-12-2018

martes, 20 de noviembre de 2018

El mensaje


            Cuando criticas las novedades tecnológicas te expones a que aparezca quien opine te estás haciendo un carca. Creo, a modo de respuesta, que cumplir años no es algo negativo: adquirimos unos determinados hábitos y costumbres porque, después de haber pasado por varios y haber conocido opciones, nos hemos decantado por unos y no por otros. Por supuesto que tiene su lado negativo: nos hacemos más rígidos y apegados a ellos, lo que se puede convertir en un lastre. Digo todo esto porque voy a entrar a saco con las nuevas tecnologías, con un aspecto de ellas, pero quiero dejar claro una vez más que no estoy en contra de su existencia, salvo si nos dejamos convertir en sus esclavos y corrompernos por ello como seres humanos. Soy un fervoroso creyente de la libertad del ser humano, pero también un fervoroso creyente de la asunción de las responsabilidades derivadas del uso de esa libertad.

            Respecto a la tecnología, me ha llegado una noticia sobre cómo el avance en salas de cine está convirtiendo la experiencia de visionado de una película en algo más parecido a la visita a un parque de atracciones, con chorros de aire, salpicaduras de agua, niebla, vibraciones, juegos de luces… Dicho de esta manera, de primeras, el tema suena estupendo: una experiencia sensorial amplia y dirigida a una inmersión absoluta en la escena que te permita flipar durante un par de horas como si realmente estuvieras metido en el desembarco de Normandía, o en un parque repleto de dinosaurios. Una gran fiesta de fuegos artificiales, un divertimento cien por cien recomendable, sin duda. Nada en contra. Pero tengo que decir también que quizá eso no sea para todos.

            Los días tienen veinticuatro horas, las semanas siete días y los años también tienen una cifra fija salvo los bisiestos. Al final, tienes que elegir qué haces con tu tiempo, no queda otra. Cuando vives en casa de tus padres y lo único que tienes que hacer es estudiar –unos lo llevaban al día, y otros hacíamos otras cosas– es más sencillo cogerte cualquier basura, llamarlo arte y enamorarte del primer burdo intento para sacarte un par de emociones ligeras y pasar a otras cosas. No desprecio esas edades, que quede bien claro: yo tuve menos veinte, me dejé zarandear por esa droga psicoalucinogena que es la adolescencia y me enamoré de un montón de películas que el paso del tiempo ha ido dejando atrás con un buen halo de recuerdo, pero que no resistirían un visionado actual sin algún que otro bostezo. Es inevitable. Igual que pensaba que estaba genial eso de subirte a una montaña rusa y dar un par de vueltas de campana, pero ahora mismo echaría la pota.

            Ahora mismo tengo menos tiempo, otras prioridades y otras perspectivas. Además, tengo dos buñuelos en el horno a los que las levaduras del tiempo van fermentando, y tengo que vigilar la temperatura para que no se me quemen. Cuando tengo la suerte de poder sentarme en el sofá y ponerme delante de un largometraje –cómo me gusta ese arcaísmo– elijo entre pasar el rato insustancial, pero frenético, de ver una montaña rusa a la que ya no se me ocurriría subirme, pero de la que disfruto desde la barrera, o selecciono cuidadosamente el tranquilo y pausado viaje en el que un buen director de cine junto con todo el equipo de producción generador de buenas historias me quiera embarcar. Ambas opciones son lícitas, pero no saco lo mismo de ellas y he de reconocer que cada vez soy más egoísta con las horas que me dan los días, los meses, los años…

            Algún día os hablaré de qué considero una auténtica obra de arte y qué la diferencia de otras cosas que, mereciendo mi respeto como no podía ser de otro modo, no considero que deba ser calificada de tal. Y sin que eso tenga un contenido peyorativo ya que la creación de esas otras cosas también tiene un enorme esfuerzo por detrás y un gran mérito de elaboración, aunque sean otras cosas… Me esfuerzo enormemente en conservar el respeto sobre todo lo que me rodea porque perderlo es el primer paso en el camino de la vomitiva violencia, del enfrentamiento, de que alguien se pueda sentir atacado y reaccione ante mis comentarios. No pretendo que las opiniones diferentes me condicionen, pero del mismo modo no quiero generar reacciones negativas a mí alrededor si puedo evitarlo.

            Con respecto al cine, he disfrutado mucho con películas como Transporter, Independence Day o Los Vengadores, no tengo problema en decirlo; sin embargo, cuando quiero ensimismarme y recibir un pulso de energía que me haga vibrar durante días, me sumerjo en mi videoteca y elijo cosas como El padrino, Casablanca, Rio bravo, Blade runner, Dersu Uzala, En un lugar solitario, El silencio de los corderos, etcétera…

            Es evidente que a cada uno le llega una cosa y ése es el mejor criterio para elegir en qué gastar tu tiempo porque buscar lo correcto en materia de lo que te hace vibrar es una pérdida de ese tiempo tan limitado. Lo que quiero reivindicar en este texto, no obstante, es el valor de la historia, del desmenuzamiento de un guion para contar algo, de la importancia del mensaje y la profundidad de éste que se quiera transmitir y con el que se quiere hacer recapacitar al receptor del mismo y, sobre todo, que los fuegos artificiales de que se rodee esa historia, no distraigan del verdadero sentido de la creación artística.

 

Alberto Martínez Urueña 20-11-2018