lunes, 13 de agosto de 2018

Querido tocayo


            Son pocas veces las que escribo un texto por petición expresa de alguno de mis lectores. Para este texto, me has sugerido hablar de controversias al respecto de la política. Ideologías por un lado, y cómo se llevan a la práctica por otro. Las incoherencias de los partidos, las pequeñas o grandes contradicciones, las posibles corruptelas, nepotismos, tráfico de influencias, intereses soterrados… De cómo nos acusarnos unos a otros de no ver la viga en ojo propio y fijarnos en la paja del ajeno, en la falta de objetividad, en la ausencia de criterio, o directamente en las guerras emocionales más allá de las razones. Creemos que nuestras ideas son las correctas y que los demás están equivocados, y de ahí pasamos a intentar convencer, en ocasiones de formas poco elegantes, a nuestros rivales dialécticos, y, lo que es peor, arriesgamos amistades, muchas veces por debates que directamente no nos afectan lo más mínimo.

            Con respecto a las ideas, diré que por supuesto que creo que las mías son las correctas. Si no fuera así, no las mantendría, agarraría otras que creyese más acertadas respecto a los valores primordiales que pienso y siento que han de regir la actuación humana. Por supuesto, no todas las ideas me parecen iguales, e incluso sostengo desde hace tiempo que hay ideas que no son respetables, aunque sí lo sean las personas que las defiendan. No quiero dejar de mencionar esto porque una de las principales lacras que observo en nuestro tiempo y que imagino que será común a otros, es la ausencia de prelación entre unas ideas y otras, la falta de estratificación, la no discriminación, haciendo que todas valgan lo mismo. Esto no puede ser así. Para mí, el ser humano y sus derechos, siempre primero; después, el resto de cosas. En base a esto, de manera genérica, la ayuda a los más débiles, a los necesitados, a los marginados, creo que ha de ser el primer principio de cualquier sociedad: estos problemas se han de resolver siempre los primeros precisamente por esa discriminación de que el ser humano y sus derechos han de ser protegidos por encima de todo. Y dentro de sus derechos, los primeros siempre los básicos: alimentación, vivienda, igualdad de oportunidades… Por supuesto, derecho a la protección efectiva en todos sus aspectos. Otras cuestiones quedan relegadas a una segunda posición que, sin pretender que sea irrelevante, sí que considero que está un escalón por debajo. Por eso, cuando leo teorías que implican prologar, o incluso cronificar, el sufrimiento de un ser humano, me opongo, como cuando desde el Gobierno se pedía paciencia para que las medidas económicas fructificasen: no puedes pedir paciencia –durante tiempo indefinido– a personas cuyos hijos no comen tres veces al día, hay que discriminar y poner esto por encima de otras consideraciones. Si esto es ser de izquierdas, lo soy. Luego, podemos hablar de economía y de la mejor manera de gestionar una organización social, pero cualquier debate ha de partir de la premisa de que todos los ciudadanos –o una inmensa mayoría de ciudadanos que no hayan sido excluidos por algún motivo de orden delictivo, o que se hayan autoexcluido– deben tener unas condiciones mínimas cubiertas antes de hablar de otros repartos.

            Luego, después de las ideas, tenemos el tema de los partidos políticos y si ponderamos de igual manera las incoherencias de unos o de otros. Hablo de las incoherencias, porque con respecto a hechos delictivos probados no hay un pase. Aquí es donde entra la otra parte de la controversia, porque indefectiblemente, todo lo que tiene que ver con el ser humano está sujeto a un grado de incongruencia, de inconsistencia, de incoherencia, de contradicción. Primero, porque puede haber objetivos que colisionen entre ellos y haya que elegir –de ahí la importancia de saber discriminar y ya he dejado claras mis prioridades–; y, después, porque las decisiones las toman personas con sus intereses personales y sus propias contradicciones. Y esto es común a todas ellas, y también a partidos políticos, religiones, asociaciones o empresas. Es inevitable que se produzcan.

            Pero claro, de las incongruencias de cada persona, o de cada agrupación, se pueden colegir motivaciones, y entonces entramos en las posibles interpretaciones, y aquí entra el problema de la falta de objetividad, así como en la gradación que cada uno haga de esas incoherencias, en la importancia de sus efectos y en las posibles responsabilidades por ellas. Responsabilidades políticas, en este caso, más allá de las penales, que son diferentes y van por otro vía. Por desgracia, como tú y yo sabemos, vivimos en un país en donde los líderes políticos ponen poco esfuerzo en parecer escrupulosamente honestos y coherentes. No puedes elegir alguien que brame por la honestidad y no tenga fantasmas en el armario. Más allá de esto, respondiendo a la controversia sobre la arbitrariedad o subjetividad de mis comentarios en los debates que mantenemos, sucede que los partidos de derechas son los que más vulneran abiertamente, a veces incluso premeditadamente, los principios que he puesto de manifiesto en un párrafo anterior, y por lo tanto, sus actuaciones me parecen más graves. Además, de todos los escándalos con los que nos desayunamos día sí, día también, el mayor de todos, a mi modo de ver ha sido la Gürtel. Tanto por todas sus innumerables ramificaciones que abarcan a casi toda España, como por la defensa durante años de personas cuyas conductas, afirmaciones y comportamientos –lo de los coches de lujo en el garaje era de traca– eran del todo menos claros. Lo cual no quita para que no sea capaz de ver la rampante corrupción de casos como los ERE de Andalucía, hecho delictivo que espero que paguen judicialmente, o el incongruente modo de vida que han elegido Pablo Iglesias e Irene Montero en los últimos tiempos, que no es delito, pero que debería haber supuesto su destitución, y así habría sido si de mí dependiera; no porque yo lo considere reprobable, sino porque ellos acusaron a otros de inmorales por hacerlo. Punto que no comparto con la izquierda, por cierto.

 

Alberto Martínez Urueña 13-08-2018

 

            PD: Lo que no voy a permitir nunca, bajo ningún concepto, es que partidos políticos revestidos de ideologías a las que mancillan cada vez que las mencionan, me hagan tener enfrentamientos con amigos, perder relaciones o incluso hacer que yo mismo pueda perder el objetivo de honestidad personal que persigo. Sé que tú también, todas nuestras amistades comunes, y otras muchas. Por eso, más allá de las ideas, estoy orgulloso de mis amigos a los que tendré siempre por encima de pequeñas veleidades que no pueden ocultar las grandes verdades internas que contenéis y que comparto.

 

viernes, 10 de agosto de 2018

Egocentrismo


            Llevo toda la semana queriendo escribir sobre ello y no lo consigo. No me sale un texto adecuado. Puede que sea imposible. Un video de Facebook compartido por mi admirado José Luis Garayoa, profesor de religión y misionero. Cerrad el texto si no queréis seguir leyendo.

            Se ve un camino recorrido por personas con el gesto impertérrito unos; vacío, otros. Cuatro personas en fila, tres mujeres. Una de ellas porteando a su espalda un niño pequeño que no reacciona demasiado, se le ve como perdido. Las otras son, una, madre de edad indeterminada, ajada y con la mirada ida; la otra, una niña pequeña con una falda de color marrón, quizá por el polvo del camino, un polvo rojizo que se ve que se pega a la tela, arcilloso. Tres o cuatro árboles famélicos a los lados del camino. La niña camina a un paso demasiado presuroso. Se ve que tendrá unos cinco o seis años, aunque dependerá de cómo haya sido su alimentación. El cielo se ve grisáceo.

            Van rodeadas por un grupo de hombres que parecen medianamente alegres. O, al menos, despreocupados. El andar presuroso de la niña pequeña lo determinan ellos. Con sus cortas piernas no es capaz de seguirles el paso si no es con esas pequeñas carreritas que todos hemos visto a veces en los niños. A su madre, uno de esos hombres la coge del cuello y la empuja, la obliga a ir más rápido. Se escucha alguna risa. El hombre que abre el grupo, va armado con un rifle de asalto.

            Es este hombre el que sale del camino, y los demás le siguen entre las piedras, rojizas, en una leve ascensión.

            Les tapan los ojos, les van colocando en la escena, arrodilladas. Suenan los disparos. En primera persona, el cámara te va mostrando como los cuerpos se estremecen. La madre y la niña caen al suelo. El niño porteado, todavía vivo, es arrastrado al suelo por el cadáver que todavía le lleva. De todos los que disparan, el que está más cerca, le remata. Su cabeza cae contra el suelo. Más galope de gatillos. Más estremecimientos. Alguna risa.

 

            Sé cuáles son los discursos para no dejar que la gente que quiere llegar a Europa lo haga. Hay razonamientos de todo tipo: económicos, históricos, culturales, otros que inflaman el miedo, otros que aprovechan el odio siempre dispuesto a quemar las entrañas… Los conozco, todos les conocemos, los hemos oído en algún sitio.

            Hay uno que es particularmente llamativo: el que habla del efecto llamada. El que argumenta que, si aquí relajamos las restricciones fronterizas, los migrantes africanos tienen un incentivo para intentar asaltar nuestros países. De todos los razonamientos, puede que éste sea el más insensato, y además, el que porta una mayor ceguera occidental. Porque los razonamientos económicos les puedo entender: hay teorías que explican los posibles efectos nocivos de aceptar a esas personas dentro de nuestros mercados laborales. Los históricos con respecto a la conservación de nuestro acervo cultural. Y luego los del miedo a la delincuencia, o los del odio contra aquellos que son diferentes y a los que no comprendemos. Todos ellos son perspectivas de quien tiene contra el que no tiene, de quien quiere conservar algo que dice que es suyo contra el que –supuestamente– viene a quitárselo. Pero lo del efecto llamada…

            El efecto llamada implica una visión egocéntrica que denota una gran ceguera. Implica que estas personas se ven influidas de manera determinante por nuestras decisiones. Una muestra de ese egocentrismo occidental, de ese imperialismo colonial, de ese tutelaje. Puede que influyamos sobre ellos cuando extraemos las materias primas que requerimos para mantener este estilo de vida desbocado y a ellos no les queda nada. O cuando nuestros gobiernos hacen negocios de armas para vender el estocaje de armas obsoletas que no podrían dar salida en ningún otro mercado. O cuando los líderes fácticos desestabilizan regiones enteras con sus decisiones empresariales. Pero no en este caso. Eso sólo es una visión egocéntrica, sin más motivo, como si Occidente fuera el sol respecto al que giran estas personas.

            Esas personas no inician un viaje repleto de incertidumbre y muerte, endeudándose hasta con su propia vida para poder llegar a las costas del Mediterráneo, porque haya Gobiernos que sean más o menos duros en su política migratoria. Quien crea eso es un necio. Esas personas inician ese viaje porque han visto la escena que os he descrito en primera persona, en directo, se lo han hecho a sus hermanas, a sus madres, a sus hijos… Porque hay lugares en el mundo en donde pasan esas cosas –y otras muchas– y quieren salir de allí como sea. No es por las luchas ideológicas y electoralistas de nuestros dirigentes, ni por las conversaciones más o menos encendidas que nosotros mantengamos por Whatsapp. Es porque si no, les matan.

            Que cada cual viva el espejismo que quiera.

 

Alberto Martínez Urueña 10-08-2018

lunes, 9 de julio de 2018

Mi derecho a decidir


            Querido amigo independentista. Hoy copas las portadas de los medios de comunicación con la región de Pedro y Joaquín. Reunión de alto copete. Toda la nación parada, todos los medios opinando del tema. Ojo, siempre he creído que el diálogo es mejor que la de la unilateralidad y de la violencia, eso de lo que acusaste de manera sistemática a los españoles y que aplaudiste alegremente cuando la tomaron tus políticos. Incoherencias de la vida, ¿verdad? Por otro lado, ya sabes que yo soy un firme defensor de la libertad individual inalienable de las personas. Nadie puede quitarte esta libertad, y no seré yo quien lo haga. Otra cosa es que el ejercicio de esa libertad no tenga consecuencias. Además, yo también ejerzo mi libertad individual, la reclamo, y la ejecuto en mi opción a defenderme de tus gilipolleces. Espero que respetes mi libertad a utilizar un lenguaje que no sea de peleles y meapilas, y te restriegue por esa jeta de cemento tres o cuatro verdades.

            Pero lo del derecho a decidir de las regiones está ya muy manido, lo he tratado aquí varias veces, siempre he dicho que en vuestro caso, no tiene un pase. Esta bobada no cuela cuando eres una de las regiones más ricas de Europa y a lo que huele tu pretensión es a lo de siempre cuando hablamos de dinero: la insolidaridad del desalmado con posibles. Ahí escuece, ¿verdad? Sobre todo a esos imbéciles que se dicen de izquierdas –es evidente que no tienen ni puta idea de lo que eso significa–, pero se autosubsumen en un proyecto que rompe por completo cualquier noción de redistribución interterritorial o internacional o interpersonal. Un proyecto evidentemente egoísta. Porque si se quejase Asturias por el maltrato sufrido por el gobierno central tendría sentido. Pero que os quejéis vosotros… Manda huevos.

            Y digo Asturias por no mencionar mi región, Castilla y León. ¿Sabes?, ayer volvía de unas cortas vacaciones en el Norte, en Cantabria, y lo hacía por la A-67, vital para dar salida a un posible puerto de mar como es Santander y, junto con la A-62 y la A-66, para unir Salamanca, Zamora, León, Valladolid, Palencia y Burgos. La A-601 une Valladolid con Segovia. Ávila está conectada con la A-6 y con Salamanca. Hay otra que une León con Burgos, cortando a la que baja de Santander. Como ya te habrás dado cuenta, si acaso en el colegio te dieron algo de geografía –sé que viste algo de Historia, pero es poco fiable lo que te hayan contado–, me falta una capital de provincia, ciudad de un buen amigo, que se llama Soria. Ésa, autovías no tiene ni se las espera. Autovías, ésas de las que tenéis varias en tu región entre las cuatro capitales de provincia. No una como Segovia o Ávila, o ninguna como Soria. No de esas incidentales como la A-6 o la A-1, y en vuestro caso la A-2, fruto del centralismo radial. Varias para las ciudades, para unir pueblos, para hacer llegar productos y ciudadanos, desde hace muchos años… Para lograr ésa más que estudiada causalidad –ya sabes, no es correlación, es causalidad– entre la inversión en infraestructuras y el crecimiento económico de las regiones. Pues además, algunas de esas autovías de mi región, como la que transitaba ayer, tienen el firme que parece que haya sufrido el paso de la escuadra de elefantes con que Aníbal invadió la península itálica hace más de dos milenios. No es coña, los viajeros vamos por el carril de la izquierda de manera sistemática: el de la derecha convierte la sensación de ir en tu coche a ir en una diligencia. Tú no sabes lo que es un auténtico déficit en infraestructuras. Ni de coña.

            Y hablo de mi región. Si le echas un vistazo al mapa de Extremadura, por poner un ejemplo, te percatas de que más allá de cuatro autovías, dos de ellas circunstanciales, dejan al resto convertido un desierto. Escribo esto sin saber cuáles serán los resultados de la charla que mantendrán en La Moncloa Pedro y Joaquín, pero en realidad, hace tiempo que me la trae al pairo. Entrar al debate sobre el contenido esas negociaciones supone negar verdades tan evidentes que intentarlo únicamente sacaría bilis negra y ganas de que os independicéis, pero de verdad, como hace todo aquel que se independiza: se marcha de la casa de sus padres, la que le han puesto ya construida, de la que han mamado toda su infancia, y se largan a encontrar la suya. Podéis organizar un viaje y llamarlo diáspora, como los judíos –y otros muchos pueblos–, que queda elegante, o directamente iros a la mierda. Pero éste que te escribe se niega, una vez más, a entrar a ese debate del que los medios no hacen más que largar sin ningún tipo de rubor, siendo cómplices de la importancia que os dais. Un debate, en el que siempre has hecho trampas, jugando a la extorsión del que más tiene y clavándosela a los que, por mala suerte, o quizá más bien por mala planificación gubernamental y malos políticos, tienen una situación mucho más desfavorable que la tuya. Imbécil.

 

Alberto Martínez Urueña

 

            PD: si me dirigiese a esos amigos míos de derechas a los que tanto quiero, les diría que no les estoy dando la razón en nada. Los hechos ejecutados por sus líderes parecen mucho más enérgicos e imperativos, pero en la práctica, la España que ha necesitado efectivamente de su protección sigue viviendo como un trozo de merluza expuesto al sol del mediodía. Y espero que no utilicéis los argumentos de solidaridad interterritorial, porque la defensa de un sistema tributario regresivo y escaso como a veces planteáis supone la insolidaridad interpersonal, amén de ser contrario al artículo 31 de la Constitución que con tanto fervor agitáis en otras ocasiones.

 

            PD2: En resumen, aquí, en gran parte del interior de España, estamos un poco hasta los cojones, y reclamamos nuestro derecho a decidir defendernos, tanto de los que no nos pueden ni ver desde Cataluña como de los que nos ningunean desde Madrid.

viernes, 29 de junio de 2018

Orgullos de distintos tipos


            Este fin de semana vamos a tener esas celebraciones que las carga el diablo, lo del orgullo gay y eso… Ya sabéis: carrozas llenas de gente bailando, medio desnudos, algunos borrachos, dando el espectáculo. Personas del mismo sexo, o del contrario, o del que sea por lo ambiguo, dándose morreos por la calle, metiéndose la lengua hasta la garganta e, incluso, quizá, metiéndose mano en público. Si hubiera algo más apropiado, ahora mismo no se me ocurre.

            Hay un continuo debate sobre la procedencia o no de esta efeméride y, sobre todo, sobre la procedencia de celebrarlo de una manera u otra. Es curioso que se metan al debate personas a las que este tipo de cuestiones no debería irles en nada porque, ¿qué sentido tiene que yo, que nunca he sentido la presión social por mi orientación sexual, empiece a soltaros aquí argumentos para decir si estoy a favor o en contra de que lo hagan? Bueno, en realidad, es lo que voy a hacer, pero por un motivo muy sencillo: no entiendo las reticencias al respecto. Básicamente, por una razón: a usted, señor heterosexual, católico y conservador, ¿qué derecho se le está limitando permitiendo que los homosexuales celebren su día del orgullo gay? De hecho, si lo comparo con otras fiestas que usted celebra, ésta es alegre, divertida, hay música para bailar, para festejar…

            Que sí, que usted no le ve ningún sentido a eso de sentirse orgulloso, y que ya puestos, ¿por qué no celebramos el día del heterosexual? ¿O el día de…? Pues mire, porque a usted como heterosexual, o más bien al colectivo heterosexual al cual pertenece, no le han perseguido por la calle para darle de hostias, ni le han señalado y le han intentado vejar, no le han prohibido la entrada en establecimientos… Los Gobiernos de turno no han dictado leyes en su contra, ni tampoco les han metido en una celda por vago y maleante, ni les han acusado de ningún tipo de delito derivado de su gusto particular por lo que sea. Tampoco han sufrido el ataque de las religiones monoteístas, esas que se apropiaron en su día de la bondad, la humanidad y la fraternidad, pero que sólo se la aplican a las personas que cumplen con sus anacrónicas normas. Creo que el hecho de no sufrir toda esa violencia es un buen motivo para celebrarlo. Usted se piensa que eso de salir en carrozas medio desnudos, bailando música de mierda y dándose morreos con lengua es para escandalizarle. Para tocarle los cojones en sentido figurado –no es usted tan guapo como para que quieran tocárselos de otra manera–. Pero lo siento por su autoestima: usted no es tan importante como para que esa gente pierda el tiempo pensando en su malestar. Y puede acusarles de depravados, de inmorales, de concupiscentes, de libertinos, de lo que quiera… Por suerte, los códigos éticos y morales no son ley en este país, ni en muchos otros de Occidente. Por desgracia, en otros lugares a los que nuestros Gobiernos no tienen problemas en vender armas, se les mata. Y no estoy hablando de Venezuela donde, por cierto, siempre ha sido legal, aunque no siempre socialmente aceptada.

            Lo de la homosexualidad y la actitud que usted mantiene no es sino un vértice más de lo que se conoce como represión en su más amplio espectro. Estos días se debate en nuestras Cortes lo de la eutanasia, igual que en otros tiempos se debatió lo del matrimonio homosexual y los derechos que de este se derivaban, o lo de las adopciones por parejas homosexuales, o lo del acceso a la gestación programada por parte de parejas de homosexuales… Lo que me parece extraordinario es que eso se debata, ¿sabe usted? Porque hasta donde yo he leído, a usted nadie le va a robar ningún derecho, ni le van a imponer más obligación que dejar al resto hacer con su vida lo que le salga del haba. Vamos, que no le van a dejar tocar más los cojones a esos seres humanos a los que considera enfermos e inferiores. Porque bien que dieron guerra con lo del matrimonio: llegaron a decir que podría poner en cuestión la sostenibilidad de la raza humana… Si no fuera por lo trágico de su miseria mental, podríamos incluso hacer un chiste al respecto.

            No, lo del orgullo lo entiende usted mal. Se sienten orgullosos de ser homosexuales pero de una forma diferente a como usted se siente orgulloso cuando pone la voz grave para cantar los goles de su equipo. O para chillarle al árbitro y llamarle de todo camuflado entre los cincuenta mil espectadores del estadio. O cuando lo hace con el árbitro de los partidos de su hijo… No están hablando de ese orgullo agresivo de quien se siente muy atestoteronado. Están hablando de otra cosa, pero yo no le voy a decir de qué manera es. Porque no soy gay, pero que haya gente a mí alrededor ni me pone nervioso, ni me pone garrulo. Simplemente me parece bien que la gente que hay a mi alrededor sea como le dé la gana, sin la necesidad de que un cuervo negro sobrevolando desde el púlpito le condene al fuego eterno. O un ser humano al que, por supuesto, respeto, aunque sus ideas sean anacrónicas, casposas y vetustas, y pretendan aleccionar a quien no necesita de su tutela.

            Ale, vaya usted con su dios, y deje a cada cual con su orgullo.

 

Alberto Martínez Urueña 29-06-2018

viernes, 15 de junio de 2018

Más allá de un caso concreto


            Escribir sobre inmigración es muy complicado. La absurda realidad que nos rodea clasifica burdamente a las personas en grupos que, en demasiadas ocasiones, simplifican en demasía esa misma realidad a la que tratamos de poner orden. Hace unos días hablaba con un buen amigo sobre otro tema distinto, pero que me sirve para introducir este tema: él, insensato, me preguntaba si me fío de los políticos a lo que yo respondí, sorprendentemente para mí, que sí. Me fío de los políticos del mismo modo que me fio de los curas, porque no creo que la mayoría sean unos pederastas ni tampoco que pretendan arruinarle la vida a los pecadores; me fio de los funcionarios porque la mayoría hacen su jornada laboral cumpliendo a rajatabla con las obligaciones que les imponen sus jefes; confío en los empresarios y no me creo que sean todos unos esclavistas que no tengan en consideración a sus trabajadores. En fin, me fio de que la gente no avanza por la tierra como los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, trayendo voluntariamente la desgracia a sus vecinos. Y no veo tanto problema como lo ven otros en que cada cual mire por sus intereses, porque con esta afirmación ocurre como con lo de que todos los políticos son iguales: necesita demasiadas matizaciones como para aceptarla como premisa absoluta. Confío en que la gente intenta hacerlo lo mejor que puede en base a unas ideas que pueden gustarme más o menos, pero que son las suyas y que le llevan a intentar conseguir unos objetivos que considera los mejores. Sólo valora lo que le gustaría que fuese esta realidad, mira a ver qué se puede conseguir de todo ello, y por último propone. Somos todos muy parecidos.

            Dicho esto, podemos entrar a valorar cuáles son las ideas que nos convencen más o que nos convencen menos. Cuando hablamos de inmigración no nos enfrentamos entre bobos que nos olvidamos de los riesgos de la inmigración y desalmados que miran con indiferencia a la tumba más grande de nuestro entorno: el Mar Mediterráneo. No creo que mis amigos de derechas ignoren el sufrimiento ajeno o que, incluso, disfruten viendo a esa gente corriendo frente a las alambradas de las fronteras con sus hijos en brazos. Del mismo modo, espero que ellos no crean que estoy a favor de una inmigración descontrolada en donde cualquier delincuente pueda pasar las fronteras sin la mejor vigilancia por parte de las autoridades en las que hemos delegado la tarea de protegernos. Pero sí que es cierto que hay diferencias de visión, y esto no deja de estar repleto de connotaciones: las que nos diferencian a unos u otros, pero todos como personas.

            Donde una persona contraria a una política de inmigración que acoja a las personas venidas de otras tierras ve riesgos y peligros, yo veo nuevas oportunidades para España con los mismos riesgos que ahora tenemos. La delincuencia ya estaba en este país antes de venir ellos: ya tenemos asesinatos, tenemos robos, tenemos violaciones… Acepto que la inclusión de capas sociales marginales trae problemas ya que estas capas sociales marginales aglutinan mayores índices de delincuencia, pero esto no es menos cierto que incluir nuevas personas con ánimo emprendedor, de consumo y con índices de natalidad muy superiores a los nuestros, nos puede solucionar de un plumazo muchos de los problemas que hoy en día sufrimos. Por supuesto, con una inmigración bien organizada y con unos mecanismos de inclusión adecuados. ¿Eso supone un coste inasumible? Habría que analizarlo, pero las bondades de una migración ordenada son ampliamente aceptadas por la mayoría de los expertos económicos.

            No digo con esto que haya que retirar los esfuerzos de control en las fronteras, pero no podemos cerrarlas e ignorar lo que ocurre fuera entre otras cosas porque, del mismo modo que aceptar que una inmigración descontrolada sería imposible de gestionar, frenar la avalancha que nos llega de otros países es igual de irrealizable. Hablo de organizar mejor el sistema completo, pero además, darle una perspectiva diferente. Abordar los problemas. Porque pretender actuar de acuerdo al refrán “muerto el perro se acabó la rabia” es una ceguera semejante a dejar descontroladas las fronteras.

            Al margen de una consideración fundamental: ¿qué proponen los que no quieren inmigrantes en sus países? Qué proponen en última instancia, me refiero, no vale lo de poner una valla de doce metros electrificada y con concertinas, amén de un foso repleto de cocodrilos a sus pies. ¿Qué hacemos con las víctimas de las hambrunas? ¿Con los niños soldado? ¿Con las niñas vendidas como esclavas sexuales? Para entendernos, el planteamiento es muy sencillo: ¿qué hacemos con las personas que vivían una vida pacífica y tranquila como tú y como yo en Somalia, Chad, Sudán, Nigeria, Argelia, Sudán del Sur, Libia, Camerún, República Centroafricana, Burundi, Yemen, Afganistán, República Democrática del Congo, Tailandia o, por supuesto, Siria? Personas que no eran de ningún bando y a las que, si se quedan en su país, sólo les queda morirse. A ellos y a sus hijos. Por supuesto, podemos intentar por todos los medios que no vengan hasta nuestros países cerrándolos a cal y canto y preocupándonos por ellos únicamente cuando comerciemos con gas, con petróleo y con armas. Pero, sinceramente, no creo que seamos ese tipo de personas.

 

Alberto Martínez Urueña 15-06-2018