viernes, 18 de mayo de 2018

Esa trágica izquierda actual


            Os lo juro por la madre de Snoopy que cuando leí la noticia me froté las manos con fruición y empecé a barruntar este texto. Por fin metralla de la buena, carnaza para los tiburones, metida de pata hasta el corvejón. Porque no me podréis negar que, después de haber escrito ríos de tinta sobre la moralidad y la decencia económica, indicando cuáles han de ser los principios de todo ser humano o cosa que se le parezca, lo de Pablo e Irene no tiene ni medio pase. Enhorabuena, amigos de la derecha española, habéis conseguido la prueba para demostrar en qué no se diferencian de vosotros esos de PODEMOS. A todos, izquierdosos o derechones, nos gusta la buena vida, los coches caros, las casas grandes y las cuentas corrientes abultadas.

            Os voy a contar un secreto: la contención o no del consumo impulsivo, del gasto, el consumo responsable, o dicho de otra manera, la supresión de las necesidades superfluas, vulgarmente llamadas caprichos, no depende de la ideología. Eso es una convicción a la que algunas personas, pocas, llegan a lo largo de una vida recorriendo un camino muy especial. El resto de los mortales, en el que nos podemos incluir la mayoría, nos complace el simple hecho de consumir, sea lo que sea, cada uno lo suyo. Pasamos de un producto a otro pensando que hacemos algo nuevo, pero en realidad, únicamente nos movemos de forma compulsiva manipulados por estímulos externos que nos convierten cosas fugaces en espejismos permanentes. Por desgracia, vivimos en la cueva de Platón, y utilizo ese símil para expresar que esto es propio del ser humano desde que existimos. Dicho de otra manera, querer ser rico no es de izquierdas o de derechas; para bien o para mal, es humano.

            El charco en el que se han metido estos dos bocachanclas ha sido precisamente por pretender ser lo contrario. Que yo sepa, no son eremitas, no son monjes de clausura ni han hecho voto de pobreza. Esa presunta ejemplaridad que pretendían tener cuando denunciaron a De Guindos por comprarse una casa cara es ridícula, seas de derechas o seas de izquierdas, solamente era la pretensión de hacer ruido para tener visibilidad entre la gente que lo estaba pasando mal. Ahí radica, de hecho, el gran problema de la izquierda en el siglo veintiuno: todavía no han entendido que para ser de izquierdas no tienes por qué vivir en el arroyo, ser pobre de pedir o un misionero que da su vida por los demás. El problema de la izquierda en el primer mundo es que pretende seguir siendo la del tercero, pero eso es imposible. Tiene que redefinirse, pero no lo consigue, acomplejada precisamente por sí misma, por ser como es.

            No engaño a nadie si os digo que me considero rojo casi negro, eso está claro, pero también sabéis que no me caso con ningún partido de izquierdas de los que veo en la actualidad. Veo a esa izquierda como una ideología reaccionaria a la que si le quitas el enemigo de derechas no sabría qué programa político plantear. Construyen su mensaje en negativo, agrediendo al contrario, y eso repele a mucha gente que, sin ser terrateniente o dueño del capital, ha alcanzado un estatus social que no es el de una persona que vive en el arroyo y no tiene para dar de comer a sus hijos tres veces al día. La gente ya no tiene ganas de lanzarse a las barricadas, entre otras cosas, porque ya nadie se muere de hambre en Occidente. Esa izquierda no entiende a una sociedad que no tiene ganas de ser agresiva.

            No me canso de decirlo: ser de izquierdas no significa rehuir de la riqueza. Un tipo emprendedor que monta una empresa y se forra puede ser de izquierdas o de derechas; de hecho, desde mi punto de vista, puede ser lo que le dé la gana. La diferencia entre la izquierda y la derecha desde un punto de vista económico es otra, y afecta no a la existencia de ricos, sino a una pregunta muy sencilla: ¿qué hacemos con los pobres? Siempre he dicho que no tengo problemas con que haya gente rica; lo que no quiero es que haya gente a la que la pobreza le robe su dignidad como ciudadano.

            Esto se desgrana en dos preguntas más: la primera es ¿qué entendemos por pobre?; y la segunda, ¿hasta qué punto estamos dispuestos a redistribuir?, es decir, ¿hasta qué punto estamos dispuestos a ayudar a los que menos tienen? De aquí se derivan otro par de cuestiones muy interesantes para las que hay respuestas encontradas: ¿ayudar a los necesitados puede ser económico? Hay ciertas corrientes ideológicas que argumentan que la existencia de una capa social marginada y excluida genera una inestabilidad social y un problema sobre el consumo que contrae a toda la estructura económica, por lo que tener ciudadanos con un mínimo de capacidad económica sería incluso positivo para los que más tienen, más allá de los reparos que puedan tener en ayudar a alguien que consideran vago, haragán y que no se lo merece. Otra pregunta interesante apelaría a la mayor o menor humanidad de una sociedad en su conjunto para con sus débiles, marginados y necesitados. Es una elección social que se compone de las elecciones individuales de cada uno de nosotros.

            En todo caso, la izquierda debería entender que en el siglo XXI ya no sirve la misma dialéctica de la revolución industrial, y a los hechos me remito. Mucho menos en una sociedad globalizada e hiperconectada como la de hoy en día. Debería dejar de construir discursos en contra de nadie y empezar a fabricar una dialéctica que sea atrayente no sólo por lo que promete quitar a los ricos, sino por lo que puede aportar para todos. Pasar de una dialéctica de guerra social anacrónica a otra que sea inclusiva, positiva y constructiva en la que puedan integrarse diferentes estratos sociales.

 

Alberto Martínez Urueña 18-05-2018

viernes, 11 de mayo de 2018

La jaula


            Si algo de lo que te da una empresa, página web, o quien sea es gratis, ten claro que el producto con el que comercian eres tú.

            “Saber que una ardilla se muere delante de tu casa en este momento puede ser más relevante para tus intereses que el hecho de que la gente se muera en África”, Zuckerberg, fundador de Facebook.

            La publicidad es la fuerza que guía la manera en la que los algoritmos son construidos y ya existe un mercado de miles de millones de euros que se basa en la recolección de data personal a través de cookies y en su venta, en cuestión de microsegundos, al mejor postor.

            Sandy Parakilas, Director de Operaciones de Facebook ha decidido no solo renunciar a la compañía, sino al estilo de vida que promueve, uno en donde tu atención, ese bien cada vez menos atento, es disputado por un sinfín de notificaciones de likes, de vídeos recomendados que se reproducen automáticamente, y de alarmas indicándote que ya has caminado 10mil pasos o que tienes que tomar más agua.

            “Facebook es un problema para la salud pública y la democracia”, Chamath Palihapitiya, exvicepresidente de Facebook.

            “Los ciclos de retroalimentación a corto plazo impulsados ​​por la dopamina [se refiere a los likes e interacciones emocionales en Facebook] que hemos creado están destruyendo el funcionamiento de la sociedad […]. No hay discurso civil, no hay cooperación; hay desinformación, falsedad. Y no es un problema estadounidense, no se trata de anuncios rusos. Este es un problema global”, Chamath Palihapitiya, exvicepresidente de Facebook.

            “Los creadores de Facebook explotaron una vulnerabilidad de la psicología humana", Sean Parker, primer presidente de Facebook.

            “Estábamos en el interior. Sabemos lo que miden las empresas, sabemos cómo hablan, y sabemos cómo funciona la ingeniería […]. Los superordenadores más grandes del mundo están dentro de dos compañías, Google y Facebook, ¿y a donde los apuntamos? A los cerebros de las personas, a los niños”, Tristan Harris, ex especialista en ética de Google.

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            Estos comentarios son los que he ido leyendo en los últimos meses al respecto de las redes sociales, de Facebook, Instagram, Twitter, pero también con respecto a Google, Amazon y otras tecnológicas. Internet, que en un principio fue concebida como un lugar de libertad y de intercambio de información, se ha corrompido hasta el punto de convertirse en una jaula de barrotes invisibles de la que se empiezan a acuñar términos como el efecto burbuja de filtro. Esto significa que únicamente aparecen en tus buscadores, redes sociales y navegador principal aquellas noticias que “optimizan” tu satisfacción como consumidor, es decir, te dan aquello que te hace tu experiencia de internet más satisfactoria. Esto viene determinado por tu historial de búsqueda, pero no sólo por eso. Hoy en día Internet, con Facebook y Google a la cabeza, lo saben todo sobre ti y, gracias a los superordenadores con los que cuentan y los procesos de Big Data, personalizan tu experiencia. Te aíslan de todo lo que pueda resultarte desagradable. Optimizan tu experiencia. Y todo esto, además, gratis. Google no cuesta dinero. La cuenta de Facebook no cuesta dinero. Deberían encenderse todas las alarmas.

            Pero habrá quien diga que cuál es el problema. No en vano,  no deja de ser un modelo de negocio. Dejemos de lado el hecho fundamental de condicionarte hasta extremos insospechados para que gastes dinero en cosas que no necesitas para retroalimentar el círculo de la economía, círculo que hay quien ve como un engaño de las élites extractivas, y hay quien lo ve como simplemente un modo más de organizar la sociedad en la que vivimos. Cuestionémonos si el uso de estas tecnologías puede estar deteriorando a las personas en sí mismas.

            Las redes sociales provocan una conducta adictiva, al punto de que en imágenes del cerebro se observa un claro deterioro en las mismas zonas que afectan a los drogadictos. “En el cerebro disminuye la cantidad de materia blanca en las regiones donde se controlan las emociones de las personas, la toma de decisiones y la capacidad de concentración y atención”. Susan Greenfield, neurocientifica, rectora de la Universidad Heriot-Watt y con un currículum imposible de exponer en tan pocas líneas.

            “Cerca del 70% de los usuarios de Facebook visita el sitio a diario y cuando deja de hacerlo siente ansiedad”, estudio realizado por investigadores de la Universidad de Bergen (Noruega).

            Ahora que cada cual saque sus propias conclusiones. Es cierto, y yo lo he defendido en esta columna, que las herramientas no son ni buenas ni malas, todo depende de cómo se usen. Sin embargo, la evidencia científica nos está golpeando con la evidencia de que, curiosamente, la inmensa mayoría de las personas perdemos la batalla cuando tenemos que decidir de qué manera usarlas. Y esto es consecuencia del diseño e implementación que han llevado a cabo sus creadores. Punto. Así es como funciona la economía, y cuando alguien me habla de ciudadanos (en realidad consumidores) libres, bien informados y responsables me echo a temblar porque la jaula de barrotes invisibles cumple con su cometido con una eficiencia endiablada.

 

Alberto Martínez Urueña 11-05-2018

viernes, 4 de mayo de 2018

Hacéoslo como queráis


            Sobre este tema se han escrito ríos de tinta, porque atañe a una cuestión que no deja de resultar fundamental. Para todos. El que lo niegue tiene un problema mental severo. Os hablo de la muerte.

            En días como hoy en que nos ocupan la cabeza con cuestiones de todo tipo, unas importantes como la disolución de ETA, y otras completamente superfluas como los ejercicios de onanismo político que acometen con entusiasmo nuestros dirigentes, se nos pasa por alto que en las Cortes Generales están otra vez con lo de la muerte digna. Ya os podéis imaginar el panorama… El gallinero todo revuelto, la peña diciendo sandeces para salir en la foto, insultos, miradas agresivas… Nuestros políticos y sus esfuerzos por estar a la altura de la ciudadanía son encomiables. Aunque no lo consigan.

            El tema de la muerte es algo mucho más sencillo que todo esto. A mí modo de ver. En primer lugar, el suicidio no es delito. Hace un tiempo tuve las dudas al respecto, pero ya las solventé adecuadamente. Sólo faltaba… Otra cosa será lo que tenga que decir la conferencia episcopal al respecto, pero hoy en día podemos responderles que nos la suda sin tener dudas de si nos meterán en la trena. Lo único, procurad no acompañarlo con un “putos cuervos”, o un “que os den”, porque se ofenden, y ofenderlos a ellos es un delito contra la sensibilidad religiosa, o algo así que se inventaron para que te puedan meter la mano donde ellos quieran. Yo, personalmente, no tengo demasiado problema con el suicidio en sí; me preocupa más una sociedad desalmada que lleve a algunos de sus ciudadanos a querer terminar así su vida, sin darles las opciones de solucionar el problema que les lleve a ello.

            La muerte digna, de todas formas, es otra cosa. Tiene que ver con que se te agota la pila, llegas al final del calendario, y aquí, hay quien tiene la suerte de que viene de forma súbita, sorpresiva y, además, rápida. Pero hay otros a los que se les complica el tránsito, y lo que debería ser un tranquilo devenir por una autopista, se convierte en una tortuosa carretera de montaña. Pero no acaba aquí el símil, sino que imaginaros que, además, esa carretera no llegase a ninguna parte, sólo a un precipicio como el que tienes a tu derecha, pero después de muchas más vueltas y muchos más vómitos por el mareo. Una especie de nadar y nadar para morir en la orilla.

            Yo no tengo claro qué haré cuando me toque. Primero hay que ver de qué manera me sucede. Si resulta que, conduciendo mi coche, me destazo contra un árbol y me dejo los sesos expuestos sobre el volante, el debate se me acaba. Pero si resulta que me quedo tetrapléjico, vegetal y enganchado a una máquina de respiración asistida, no estaría demás poder elegir que me dejen de tocar los cojones. Exhalar un “iros a tomar por culo, degenerados” a esos a los que les gusta ver momias humanas enchufadas a un artilugio mecánico que alarga de manera artificial una vida que esa persona no quiere seguir viviendo. Y digo esto, como puedo hablar de cáncer terminal o cualquier otra marranadita de las que nos acaban torciendo el pico. Porque está muy bien eso de la religión de que nuestra vida no es nuestra, que es de Dios que nos la dio, y sólo él decide cuando nos toca espicharla. Pero precisamente por eso opino que si el cuerpo ya no es capaz de albergar el alma –y se le conserva mediante tecnología– eso es que Dios ya le haya llamado a su casa y el médico que le enchufa, más el obispo que lo bendice, más el político que lo permite se están comportando en contra de la voluntad de Dios. Además, de comportarse como unos completos hijos de puta. Porque encuentro dónde viene el plazo mínimo de agonía para determinar que eres buen cristiano.

            Al margen de consideraciones católicas, apostólicas y romanas, hay que tener en cuenta que, en este siglo veintiuno, ese tipo de premisas son aplicables a quienes quieran cogerlas. Al resto, a los que decidimos pasar de tales doctrinas, esas cosas nos quedan lejos. Dicen que la vida no es nuestra, pero los protagonistas de ese relato de terror se consideran con la suficiente legitimación moral como para tutelarnos en nuestras decisiones. A protegernos de nosotros mismos. No estamos hablando de que seamos unos psicópatas, o unos violadores, o unos ladrones agresivos que pretendamos llevarnos por delante a otras vidas humanas. No, no es eso. Es que no nos apetece sufrir más de lo necesario. Habrá quien acepte sufrir un poco, otros que quieran sufrir un poco más y otros que no quieran sufrir una mierda. ¿Quién ha de determinar dónde está el grado óptimo de sufrimiento que salvaguarde la rectitud ética y moral de una persona? Es más, ¿por qué una persona tiene que ser ética y moral en el comportamiento que le afecte a sí misma?

            Yo tengo claro cuál ha de ser el régimen legal de la muerte digna: que cada cual se lo haga como le guste. Como se vea con ganas de aguantar. No critico al que quiera estar enganchado a la máquina hasta que a ésta se le acaben las pilas, o hasta que la Seguridad Social decida que ya vale de hacer gasto, y tampoco critico al que no quiere verse convertido en una sombra de lo que antes fue. No es una cuestión de buscar razones para permitir esto: es que no hay una sola razón para impedirlo. Por eso, ya dejo dicho de antemano que, si me llega el momento en que no pueda curarme de lo que tenga, dejadme morir con quiera acompañarme en esos momentos; y, si puede ser consciente, pues casi mejor. Y, una vez muerto, a todos los que se opongan, les podéis decir que ésta no pienso guardársela.

 

Alberto Martínez Urueña 04-05-2018

viernes, 27 de abril de 2018

Sobre violaciones


            Con lo del tema de los abusos sexuales, hay argumentos que resultan muy complicados de digerir. El hombre, o más bien el macho hijo de puta sin escrúpulos y carente de cualquier tipo de empatía, se pasa la vida buscando excusas para saciar sus impulsos sexuales. Que se le ponga el mango duro como las piedras graníticas de los Pirineos le lleva a pensar que ahí hay algo que justifica que deba dar rienda suelta a sus deseos, y les convierte en deseos irrefrenables por obra y gracia de su dios. Su propio ego, vamos. Todos hemos visto en la televisión esos documentales de animales en los que la parte masculina revienta a hostias, mordiscos, o a lo que sea a sus contrincantes, y después se lleva el premio dulce del orgasmo. El macho dominante usando la violencia para conseguir sus propósitos de procreación. En el caso humano, como hemos conseguido independizarnos del fin último de la transferencia de nuestra progenie, esto se traduce en que si me pica, me la rasco y punto. Da igual si es con la mano, o contra las paredes de una vagina. A fin de cuentas, es un impulso animal y los documentales nos han demostrado que esto es algo tan natural como el comer.

            Pero vamos a lo que nos interesa, no a esas mentes deformadas, vamos a esa parte de la humanidad que ha desarrollado su personalidad de una forma más o menos social, y en concreto, a las sociedades avanzadas occidentales que, sin que esto suponga un menosprecio para las otras, es donde yo me muevo y de las que puedo hablar. En primer lugar, diré que un hombre que no es capaz de controlar sus impulsos sexuales tiene un problema, y como tal ha de hacérselo mirar. Si alguno de vosotros piensa que no puede dejársela dentro del pantalón, es mejor que se la corte. Así, sin paliativos. Incluidas las gónadas, que también tienen que ver en el asunto. No hay ninguna justificación para no controlarse, no traslademos nuestra responsabilidad a que la abuela fuma, o a que las niñas de dieciséis van con poca ropa, o a que se me han insinuado, me han calentado, o me han guiñado un ojo. No seré yo el que niegue que hay cosas que te pueden poner muy cachondo, caliente hasta el punto de ebullición, pero colegir que ese punto de ebullición convierte a tus impulsos sexuales en algo irrefrenable, o incluso que puede justificar o atenuar una violación, es un paso que yo no estoy dispuesto a dar.

            Es más, existen circunstancias que van más allá de estas cuestiones. Existe, dentro de nuestra sociedad, incluso aplicable a todo nuestro planeta, la posibilidad de cambiar de opinión. A nadie le extraña que quieras ver una película de miedo y que, a los primeros acordes de la banda sonora que anuncian la aparición del psicópata, quieras cambiar de canal. Si estas acompañando al miedoso, te puede frustrar un huevo de pato quedarte con la intriga. Le puedes incluso exigir que se pire de la sala y que te deje ver la película. Pero a nadie se le ocurriría amarrar a la víctima al respaldo del sofá, engancharle los párpados con alfileres y obligarle a ver el resto de la película porque antes dijo que quería verla. Pues con el sexo pasa lo mismo: puedes tener un rato de tontería, de flirteo inocente o supersexual, pero si llega un momento en que a la otra persona se le pasan las ganas, cambia de opinión o lo que sea, tienes que respetar su decisión. Aunque ya estés con la gomita puesta y a punto de caramelo para la fiesta. Ojo, que nadie te está negando la opción del cabreo, la frustración, o que incluso te vayas al cuarto de baño a concluir la faena, pero, igual que con la película de miedo, a nadie le parece aceptable atarla a la cama y hacer lo que has visto en los documentales. Ya puestos, siguiendo el ejemplo del león, algo muy natural según cierta gente, puedes comerte a sus hijos después de acabar el trabajo.

            A ver si me explico con claridad: el delito sexual consiste en que una persona se aprovecha de otra para satisfacer sus deseos sexuales SIN SU CONSENTIMIENTO. Todo lo demás, lo de la intimidación, la violencia, o incluso el asesinato, son otros delitos que se cometen antes, durante o después, pero no pueden ser utilizados como herramientas para graduar el delito de violación. La violación no es graduable, es violación, punto. Y veinte años al talego. Luego, después, le has de juzgar por intimidar, o por pegar una paliza, o por rajarle el cuello a la víctima para que no hable, y en aplicación de la doctrina Parot, que cumpla de manera sucesiva y no acumulada todas las penas que le correspondan. Porque lo contrario, traslada a la víctima la necesidad de demostrar el miedo que sentía cuando se vio rodeada por cinco delincuentes sexuales, miedo que, según los expertos, suele paralizar a la persona violada de tal manera que no es capaz de reaccionar. Entra en estado de shock. Y eso, por desgracia, hay jueces que lo interpretan como ausencia de resistencia. Otros, muchas gracias por emitir sus votos particulares y retratarse como persona, son capaces de ver incluso excitación.

            No sabemos lo que pasará por su cabeza, pero la sociedad no puede estar expuesta a que los legisladores hagan diferencias tan vulgares como las que recoge nuestro código penal. Y mucho menos podemos exponernos a jueces capaces de ver excitación en una mujer bloqueada por un trauma. Entre otras cosas porque cualquier persona mínimamente inteligente desde un punto de vista emocional sabe que, en una relación sexual sin consentimiento, es imposible que no haya intimidación, del tipo que sea. Y trasladar el juicio por violación a cuál ha sido el comportamiento de la víctima nos lleva al comienzo del artículo: tal actitud sólo demuestra la necesidad que tienen algunos hijos de puta de justificar sus debilidades y su execrable depravación sexual.

 

Alberto Martínez Urueña 27-04-2018

viernes, 20 de abril de 2018

Una gran noticia


            Es un tema que no he tocado demasiado durante todos estos años. No creí que hacer valoraciones personales sirviese de nada, más allá de explayarme sobre el ascazo terrible que siempre me provocó. Hay pinturas que se salvan con un par de trazos, con un boceto rápido, y no necesita más adornos. Otra cuestión para mencionar podría ser el espectáculo político, bochornoso y en ocasiones canallesco, que se ha logrado hacer políticamente con este tema. De una cuestión que debería haberse resuelto dejando actuar al Gobierno de turno, vigilando únicamente que no se retornase a implantar algo parecido a la mafia de los GAL, y haciendo un bloque único del Estado de Derecho frente a los criminales, se pasó a criticar la acción del Gobierno intentando obtener un rédito político que, por desgracia, en ciertos grupos de esta sociedad caló muy hondo, poniendo en cuestión la responsabilidad de los políticos que lo llevaron a cabo.

            Pero más allá de estas críticas sobre las que no puedo evitar hacer un comentario, prefiero ver la parte positiva de este hecho: la disolución de la banda terrorista ETA. No soy tan joven como para no recordar muchos de los coches-bomba, los tiros en la nuca, las pintadas de dianas con nombres y rostros en el centro, las amenazas a los ediles en los pueblos, las llamadas a las tantas de la madrugada, el impuesto revolucionario, los exiliados, los funerales, las lágrimas, la rabia, las manifestaciones… Viviendo en una ciudad como Valladolid la cosa se veía un poco desde lejos: aquí no escuchabas las explosiones como en Madrid. Recuerdo a mis amigos de Usera cómo relataban los estampidos y las columnas de humo, y no era algo aséptico, por mucho que no afectase a nadie conocido. Fue una época complicada en esta piel de toro. La parte positiva que imagino será más complicado de ver cuanto más cerca tengas alguna víctima es que el Estado de Derecho ganó la guerra. Y la ha ganado no sólo porque ETA se disuelva, sino porque además, no se disolvió ella misma, no se disolvió nuestra sociedad cediendo a su extorsión y admitiendo sus premisas. Pero además, no se disolvió en otro sentido: no permitimos que nos llevaran a la desesperación y a la rabia y quisiéramos, precisamente, volver a la época de los GAL, o a otras más pretéritas, que nos hubieran degradado a nosotros mismos como sociedad y como personas.

            La violencia no consiguió sus objetivos. Ése es otro de los aspectos, fundamental, que hemos sacado de positivo de todos estos años, décadas, en los que pudimos llegar a dudar de una verdad: a largo plazo, la violencia nunca ha conseguido nada. No soy ningún ingenuo: hay veces en que la violencia es inevitable. No creo en esa frase estúpida de que en la guerra no hay ni buenos ni malos, porque cuando la violencia se desata contra ti, tienes que defenderte. Cuando llega el conflicto, hay que procurar solventarlo mediante vías pacíficas, pero no soy de los que se la cogen con papel de fumar: cuando empiezan las agresiones físicas contra las personas, cuando incluso empiezan los muertos, ya no hay más espacio que defenderse. Ya no hay excusa para pedirle a nadie que se convierta en víctima. Todas esas guerras que hoy en día desangran a muchas naciones no tienen justificación, no hay evasivas que expliquen la indiferencia de Occidente, siempre presta a participar en aquellas que influyan en su política geoestratégica. O en sus negocios de venta de armas. Pero en lo que nos atañe, ETA no logró imponer, mediante su violencia, los postulados que defendían. A pesar de los casi mil asesinados, cuyo listado completo está en Internet, y cuya lectura sobrecoge. Acabo de llevarla a cabo, y sobrecoge.

            Por eso, el comunicado de ETA es una gran noticia. Es cierto que las asociaciones de víctimas están muy ofendidas, con razón, por los términos concretos de ese comunicado. Términos en los que hacen distinción entre unos muertos y otros. No tiene el más mínimo sentido. Podrían tener sus razones para estar en desacuerdo con España, con la idea de España o con la forma de gestionar España; sin embargo, de ahí a matar a todas las personas que mataron, los heridos que dejaron y aquéllos a los que aterrorizaron hay un trecho muy largo: el trecho que supone el valor de cada una de las vidas humanas que destrozaron. Infinito, por cierto.

            España es un país que ha conocido perfectamente las miserias humanas entre vecinos, las que se llevan a cabo con rostros conocidos, con familiares cercanos y con otros que antes fueron amigos. La Guerra Civil tuvo mucho de todo eso. Y también hemos conocido la miseria del terrorismo, el fascismo rapaz del nacionalismo que pretende imponerse con violencia y sangre, supeditando ideas a personas, el peor crimen que puede cometer un ser humano contra otro. Somos un país con mucha historia detrás. Debería servirnos, tanto la miseria bélica entre hermanos como el terrorismo fascista de ETA, para entender el auténtico valor del entendimiento, del consenso y de la palabra; y acatar de una vez por todas la responsabilidad de los discursos, renunciar a la manipulación de las emociones y dejar de utilizar y retorcer las leyes para acomodarlas a nuestros caprichos. El terrorismo de ETA se acaba, pero hay muchas lecciones que aprender del rincón más oscuro de nuestra historia reciente.

 

Alberto Martínez Urueña 20-04-2018