miércoles, 18 de abril de 2018

Los dos bandos


            Lo pensaba el otro día con motivo del esperpéntico espectáculo en que se ha convertido el fútbol profesional. La encendida controversia sobre si fue o no penalti, como si a todos los disputantes les fuera el comer en ello, como si les fueran a subir el sueldo quinientos euros al mes en función del resultado, la energía en España fuera a convertirse en algo razonable o las tasas universitarias de sus hijos se hubieran reducido al diez por cierto del sablazo que nos cascan hoy en día. El problema en España no es el de las dos Españas, sino que las dos Españas son una consecuencia de nuestra verdadera tragedia: la necesidad de pertenecer a algún grupo inamovible y titánico, y la necesidad de que el grupo prevalezca por encima de otras consideraciones. Es una visión un tanto marxista, lo siento por los neoliberales que abogan por la libertad del individuo; no tanto por la visión economicista, o histórica, sino por la sociológica. O quizá la genética.

            Aquí, en España, todo el mundo puede opinar lo que quiera, siempre y cuando puntualice con precisión cada una de las afirmaciones, no sea que le casquen un delito de enaltecimiento del terrorismo, o cualquiera de sus variantes legales. Ya argumenté que no tengo problemas con que alguien me desee la muerte, o incluso la visualice con toda clase de adornos: por suerte, no creo que exista, pero, además, no está probada científicamente, ninguna relación causal que conecte el deseo de algún imbécil con que yo después la espiche. El problema de las opiniones radica no en sus efectos indirectos, o imaginados, sino en que han de construirse con un fundamento que las respalde. Sin embargo, cuando ladramos al aire lo que otros han dicho sin pensar en su contenido, sólo movidos por la necesidad de pertenencia a algún grupo concreto que reafirme nuestra identidad, tenemos un problema: no sabemos lo que estamos defendiendo.

            Hay personas que se sienten españoles y punto. Son patriotas desde el fondo de su corazón, y nada de lo que les digas va a cambiar eso. No necesitan darle un par de hostias a quien se siente de otras formas; menos español, por ejemplo, o español pero de manera distinta. Sin embargo, otros muchos necesitan saberse españoles, y para ello recubren ese sentimiento con la melaza incomestible del patrioterismo; y, además, tienen la absurda necesidad de defenderlo enseñando los dientes. Ojo, igualmente, hay personas que no se sienten españoles –esto ocurre incluso fuera de Cataluña–, pero entienden los sentimientos de quien quiere agruparse bajo una misma bandera, y los respetan sin enfrentarse a ellos. Claro, luego están esos que no saben de qué va la vaina de las emociones, y les llaman de todo a los que llevan su españolidad bien dentro, pero sin clavártela en la testa a cada palabra que dicen.

            Pasa con los partidos políticos. Todavía quedan personas que tiemblan ante el mínimo escándalo, y entonces defienden lo indefendible. Y cuando la lógica del delito les aplasta, matan al mensajero y argumentan el delito de sus contrarios. Como si esto fueran matemáticas y un menos multiplicado por otro menos nos fuera a dar un más. Lo de los estudios de nuestros políticos es de traca valenciana, y quien pretenda excusarlo, se merece que le roben, ya sean los de su propio partido o los del otro, rivales a muerte en horario de máxima audiencia televisiva y colegas de negocios cuando tocaba firmar las actas de los consejos de administración de las cajas de ahorros.

            Los dos bandos en España han provocado que, para que no pierda el mío, yo esté dispuesto a legitimar las tropelías de mis líderes, tanto las de in vigilando, como las de responsabilidad política como, si hace falta, las de responsabilidad penal. Legitimamos durante años la dejadez en los temas relevantes como la modernización de la justicia, la dotación de recursos en la lucha contra el fraude fiscal, la creación de organismos de control verdaderamente independientes. Y lo hicimos porque nuestros líderes siempre tenían la excusa en la punta de la lengua para no hacerlo cuando pudieron. O para ponerse de acuerdo y llevarlo a cabo entre todos. Así que ahora, que nadie se sorprenda si Cifu no dimite: a pesar de las mentiras, hay varios cientos de miles, sino de millones, de madrileños dispuestos a votarla nuevamente para que no pierdan los suyos.

            La no existencia de estos dos bandos, para aquellos que me nieguen la mayor, habría hecho que ya tuviéramos un pacto por la Educación para los próximos veinte años, no la LOMCE, y todas las que fueron anteriormente. Tendríamos una política científica estructurada y eficaz, no la que está expulsando a nuestros mejores científicos de España. Y tendríamos el telearbitraje en la Liga de Fútbol Profesional para evitar no que el Madrid o el Barsa ganaran o perdieran, sino para tener una herramienta que ayudase a hacer, sin llegar a ser perfecto, algo más justo el sistema.

            Y ésa es la cuestión: anteponemos cualquier dialéctica suicida a los principios básicos como son la honradez, la justicia y la buena educación, única y exclusivamente para que no pierdan los míos, sin darnos cuenta de que, en realidad, esos que pensamos nuestros están a bastante más distancia que el colega con el que nos encalabrinamos, y a veces perdemos, en la barra del bar.

 

Alberto Martínez Urueña 18-04-2018

lunes, 9 de abril de 2018

Respeto siempre


            Andaba trasteando por Internet en esos ratos en que la vida me lo permite y me he encontrado con una noticia que, por afinidad artística, me ha calado profundo. Resulta que ciertos colectivos de rap, de ciudades diversas, se han unido para realizar una canción sobre la libertad de expresión, hilando ésta con temática real y cómo las opiniones y metáforas utilizadas en sus temas han conseguido meter en la cárcel a más de uno de ellos. No voy a colgar aquí el enlace porque no pretendo difundir ideas que puedan ser delictivas, pero, como siempre, lo que San Google nos da, queda bendecido en la red para siempre. Que cada cual decida sobre sus actos.

            Os voy a contar una historia muy interesante, porque en estas épocas oscuras en las que el borreguismo trata de imponer sus leyes fundamentales a base de discursos demagogos y publicidad confusa tenemos el sentido común para defendernos. Y una herramienta muy interesante que aplicar en nuestra faceta reflexiva y expresiva. Hay un libro muy interesante al que deberíamos recurrir con más frecuencia de lo que hacemos, aunque sólo sea por cubrirnos las espaldas. Os hablo del Diccionario de la Real Academia de la Lengua. Ahí tenemos una infinidad de palabras, suficientes para poder expresarnos con la debida propiedad y que nadie nos hinque una patada en la bisectriz por haber traspasado ciertos límites. Porque, si en algo hay que dar la razón a la sabiduría popular, es en que el castellano es una lengua riquísima que, entre muchas de sus acepciones, tiene los insultos. Ya sabéis, esas palabras que son lo primero que se aprenden los extranjeros cuando vienen aquí a robarnos el trabajo y las divisas. Como los futbolistas. Yo no lo digo: lo he leído en Internet.

            Además de las palabras que tenemos, varias decenas de miles de ellas, está la sintaxis, es decir, cómo mezclar esas palabras en frases coherentes. No es lo mismo usar la palabra cabrón como adjetivo calificativo que usar la palabra necio, o la palabra estúpido, porque significan cosas distintas. Y en el campo de las calificaciones personales, teniendo en cuenta lo fino que hilan nuestros magistrados, tenemos que coser las frases como un buen sastre inglés: con elegancia. No es lo mismo hacerlo utilizando una frase dubitativa que afirmativa: no llegues y afirmes que tal político es un hijo de puta, entre otras cosas, porque te van a cascar una multa. Puedes utilizar una frase dubitativa en la que plantees la duda de que, por tal o cual hecho no probado judicialmente, si fuera cierto, un político determinado es un delincuente. O cuatrero, o cortabolsas, o directamente ladrón. Pero no le llames hijo de puta, porque su madre sólo tuvo la indecencia de no saber educarle correctamente; y de ahí, a ser puta, hay un trecho. Únicamente sería una incompetente, una ignorante o una torpe. Y siempre, desde tu punto de vista. Twitter, ahora con doscientos ochenta caracteres te lo permitirá, y también te lo agradecerá el sobresaturado sistema judicial español.

            Por supuesto, los deseos son imposibles de controlar. Lo que controlas, en realidad, es lo de llevarles a cabo, pero si deseas que te revienten la cara con una vara de hierro, no tienes la culpa de nada. No obstante, si lo llevas a cabo, eres, cuando menos, una persona extraordinaria. Fuera de lo corriente, vamos. No pasa nada, o no debería pasar nada, por desear eso, o por desearle la muerte a alguien: a fin de cuentas, los pecados capitales fueron descritos hace siglos, por lo que podemos colegir que existen desde que el hombre es hombre, consustancial a su naturaleza, y dentro de estos siete pillos tenemos a la ira como una expresión descontrolada del odio. Personalmente, si mis padres hubieran sido estafados por un banco y les hubiesen robado los ahorros con unas buenas preferentes, además de interponer la correspondiente denuncia, es probable que pudiera sentir un odio profundo hacia ese director de oficina que les engañó con el producto. Y si en ello les va el comer, que hay a quien le ha pasado, debería utilizar una frase desiderativa y al mismo tiempo condicional, siempre matizada por un comentario en el que hicieras constar públicamente que lo que estás haciendo es utilizar una hermosa metáfora que nada tiene que ver con la realidad subyacente en la que, como buena persona, respetas toda vida. Sería algo así como: en el caso de que se demuestre que el señor director de la oficina conocía los riesgos de la operación y aun así se los ofreció a mis padres, siempre desde el más profundo respeto por su persona, el odio que esto me produce me lleva a imaginarme –solamente dentro de mi cabeza y sin pretender que nadie utilice mis palabras para planificar su asesinato, y también debido a que la avaricia es un pecado–, cómo la espada de Dios devora su carne al modo que Moisés dejó por escrito en el Deuteronomio, y sin que esto pretenda ser una ofensa contra el sentimiento religioso de nadie, disculpándome de antemano y en todo momento si con este sentimiento o con estas palabras he ofendido a nadie. Tengo serias dudas de si en este caso podemos considerar extrapolable el sentimiento de odio descontrolado, y por tanto, el deseo de que Dios, en la aplicación de sus propios códigos, usase esa misma espada contra el político que ha permitido que los bancos realizasen determinadas prácticas, o en ese caso, hay que pedirle que se la envaine. Habría que consultar jurisprudencia. Ojo, y siempre en sentido metafórico: no queremos que nadie se piense que rezamos todas las noches siete padres nuestros para que esto ocurra. No estamos ideando ningún atentado ni pretendemos que nadie lo haga en nuestro nombre. Tampoco queremos inflamar la llama del odio entre todos los afectados por las posibles situaciones que sean asimilables. Hemos de dejar claro este extremo, no sea que, por ejemplo, algún psicópata de manual sobreentienda algo que no pretendemos, como que él mismo sea ese Dios del que hablaba Moisés en su texto. Lástima para esos raperos que las canciones no suelan durar de diez a quince minutos y estén sujetas al rigor del ritmo y de la lírica: ha dado la casualidad de que no han encontrado la forma de rimar las palabras “respeto a toda vida humana” que el rap español siempre ha propugnado, más allá de las metáforas utilizadas, con “AK-47”.

 

Alberto Martínez Urueña 09-04-2018

 

PD.:

Yo respeto al ser humano siempre,

incluso al más delincuente,

por mucho que crea que hay personas que no entienden

qué significa la palabra respeto

y el alcance que tiene.

Lo que parece y lo que es


            Una de las diatribas en las que me sumerjo con frecuencia es en intentar discernir la diferencia entre lo que parece y lo que realmente es. Esto, que inicialmente puede parecer sencillo, se ha convertido en el día de hoy en un auténtico problema. Unido a la estratificación a la que nos someten las corrientes ideológicas y sus necesidades de clasificación nos llevan a estar más a las apariencias y sus prejuicios que a las realidades subyacentes, y esto, en determinadas cuestiones, es muy peligroso.

            No voy a engañar a nadie si me declaro como un tipo bastante anticapitalista, bastante anticonservador y bastante antirreligioso –tal y como se ha vendido la religión a sí misma desde hace siglos–. No obstante, también podría decir que no soporto la miseria con que las leyes de mercado carga a muchas personas, mientras que a otros les permite verlo desde la cubierta de su yate; o que cuando pienso en conservadurismos, algo inmune al paso del tiempo, me viene a la cabeza una charca con agua bien estancada y repleta de verdín; o que la religión que excluye y condena al ostracismo a quienes “pecan”, me parece uno de los inventos más crueles de la Historia de la humanidad, además de un arma de manipulación masiva. Por suerte para mi inteligencia, mi definición política no me exige ser rehén o vocero de la prensa de una única tendencia: soy asiduo lector de periódicos como Abc o La Razón, abiertamente conservadores y capitalistas, por mucho que tengan tertulianos cuya moralidad les llevaría de cabeza al infierno, de acuerdo a la doctrina católica. De hecho, hay días en que me encantaría que se confirmara como científicamente cierta tal creencia, para que algunos de sus más fervorosos y avaros seguidores se consumiesen en el fuego eterno que les desean a personas que, en realidad, no han hecho daño a nadie. Aunque a lo mejor, por estos comentarios me condenan penalmente por delitos de odio o de terrorismo y por ofender los sentimientos religiosos. Así que, donde he dicho cristianismo o catolicismo, poned mitraísmo, zoroastrismo, o la religión que os dé la gana y así diversificamos: puestos a ofender, ofendamos a todas las que se dejen.

            Leyendo periódicos de diferentes tendencias he sacado dos conclusiones básicas: hay energúmenos en todos ellos, tanto entre los escritores como entre los lectores que escriben sus opiniones en los foros; y jamás he encontrado algún medio de comunicación que siempre diga lo que yo quiero en cualquier circunstancia o noticia. Y os lo digo con total naturalidad: me he sentido aliviado. Me he sentido aliviado porque eso dice que no soy ninguna cerril cabeza de ganado tragando el forraje que un periodista me lance al pesebre. Me he sentido aliviado porque no me caso con ningún partido político, soy capaz de reconocer las luces y sombras de cada uno de ellos, sin ningún forofismo estúpido. Pero el principal motivo por el que me siento aliviado es porque me doy cuenta de una verdad fundamental y axiomática: el espacio que nos separa a la mayoría de ciudadanos es mínimo, pero entre los políticos y sus medios afines han conseguido que parezca que hay que medirlo en unidades astronómicas. Por algo lo harán, porque lo hacen de forma consciente y deliberada.

            Debido a este alivio, yo me permito discutir con quien haga falta de lo que haga falta, no me considero agredido, ni tampoco agresor. No considero que un votante del PP que sea obrero le guste el sadomasoquismo, y no considero que alguien que vote al PSOE tenga acciones en una empresa de cal viva. De los votantes de Ciudadanos o de Podemos, no tengo nada que decir, porque sus dirigentes, en contra de lo que muchos soplagaitas intentan hacernos creer, todavía no han demostrado su capacidad de gestión, pero sobre todo, no han demostrado hasta la saciedad que les guste salpicarse de mierda.

            Entre los amigos, hablamos de muchos temas, de la prisión permanente revisable o de Cataluña, y siempre hay varias opiniones, lo cual hace que me sienta orgulloso de los círculos en los que me muevo, en donde cada uno tiene sus particulares puntos de vista sin pretender hacer sangre, y en donde espero haber sido absolutamente respetuoso con mis apreciaciones. Me he dado cuenta que sólo necesitaría conocer fehacientemente la opinión mayoritaria para aceptarla. Si de mí dependiera, me encantaría hacer un referéndum y aplicar lo que saliese. Y esto lo digo a sabiendas de que perdería muchas de las votaciones, entre ellas la de la prisión permanente revisable. Una vez conocida la opinión mayoritaria sobre este tema –o del que fuese–, tomada ésta como dirección fundamental a recorrer, se podría entrar al detalle y a las negociaciones transaccionales – por ejemplo, a qué delitos se aplicaría y de qué manera–. Digo esto porque a mí, lo que me atrae de la democracia no son las diferencias maximalistas y su imposición grotesca mediante y sistema de mayorías, sino los mecanismos de acuerdo para lograr nexos comunes entre opiniones divergentes. Prefiero asumir la opinión mayoritaria y después negociar los detalles particulares a esta ridícula guerra sin matices tan ibérica que nos convierte en conjuntos disjuntos. En vecinos buscando una nueva excusa para volver a partirnos la cara, en humillar en lugar de convenir, en saldar cuentas pretéritas, negándonos de forma crónica la posibilidad de construir un edificio social que pueda dar cabida a la inmensa mayoría de personas que, en realidad, en las cosas más básicas, no nos diferenciamos tanto.

 

Alberto Martínez Urueña 26-03-2018

lunes, 19 de marzo de 2018

Eso de las víctimas


            En los últimos tiempos, se ha puesto muy de moda hablar de ese grupo aparentemente tan homogéneo como es de las víctimas. Hemos asistido espeluznados a un par de casos seguidos como han sido los de Diana Quer y el niño Gabriel, y no queda más remedio –al margen de la asquerosa forma de informar de algunos medios–, aunque sucesos de este tipo llevan ocurriendo desde los albores de la humanidad. Violaciones y asesinatos, digo, y otras truculencias, son descritas por las culturas primigenias, lo que indica que no hay nada nuevo bajo el sol. Por supuesto, las sociedades tienen que protegerse, sólo digo que seguirán sucediendo hagamos lo que hagamos.

            Y, por lo tanto, seguiremos hablando de las víctimas. Del mismo modo que la condición humana lleva impresa en su leitmotiv las emociones más profundas, y a la violencia como una de sus representaciones más genuinas –aunque sea necesario reprimirla–, también podemos mencionar de otra representación genuina de esas emociones: la de hablar en nombre de otros, y también la de hacer grupos y clasificaciones, y meter a todos en el mismo saco. Sin embargo, aunque parece complicado de entender para esos clasificadores, no todas las víctimas reaccionan de la misma manera ni con las mismas emociones. Así que, al hablar de las víctimas, habría que saber de qué víctimas estamos hablando: si nos de las que confían en la justicia, de las que no, de los que piden venganza, de los que piden cadena perpetua o pena de muerte, de los que no la piden, o incluso, que también les hay, aunque no son muchos, de los que hacen el esfuerzo de perdonar a sus verdugos. No nos olvidemos, si hablamos de emociones, que la búsqueda de la venganza es igual de vieja que nuestra raza, pero no por ello, todas las víctimas la exigen.

            En nombre de las víctimas se hacen muchos comentarios. Todos nos hemos puesto –o más bien, hemos pretendido– ponernos en su pellejo, y elucubrar lo que haríamos si nos tocan a un hijo, o a un cónyuge. La mayoría planteamos soluciones propias de una película de vaqueros, pero en la realidad, nadie hace nada más que convertirse en un ser que sufre y se desmorona, y con el paso de los años, aprende a reconstruirse de alguna manera. Únicamente me viene a la cabeza el caso de la mujer que quemó al violador de su hija, y que se ha pasado unos años entre rejas, y seguramente eso no le haya librado de reconstruirse.

            Con el tema de las víctimas, como digo, salen las personas ajenas a hablar en su nombre. No me refiero a la marabunta que se reúne delante de una comisaría a pegarle gritos al criminal, sino a nuestros representantes políticos. “Mensaje recibido”, dicen, y entonces surgen ideas como lo de la prisión permanente revisable, o la cadena perpetua, o como queráis llamarlo. Que puede estar muy bien, pero yo no tengo las cosas demasiado claras lo reconozco. Sí que tengo claras cuáles son las directrices que deben guiar cualquier tipo de decisión: ¿cuál es el objetivo?, y si con las medidas planteadas, se puede conseguir. ¿La prisión permanente revisable evita el delito? En algunos casos, evitará la reincidencia, pero no el delito inicial. Derivado de lo anterior: ¿estamos dispuestos a pagar el precio de dejar en la cárcel a personas que pueden cometer un nuevo delito, pero que no tenemos claro que lo vayan a repetir? Yo no voy a medir nada, ni el valor de unos u otros, y no voy a responder a estas preguntas; únicamente planteo las que, creo, son cuestiones fundamentales a la hora de afrontar el tema.

            Si aceptamos tomar en consideración la voluntad de las víctimas a la hora de legislar –cuestión no demasiado clara– se nos plantean dos problemas: el primero, deriva, como hemos visto, de toda una casuística de ellas; el segundo plantea otra cuestión que me parece de igual relevancia: ¿a qué víctimas hacemos caso para legislar y que así la sociedad les resarza del daño sufrido? Esto implica otra serie de preguntas nada fáciles de resolver: ¿sólo resarciríamos en los casos en que hoy haya tipificado un delito por ese daño o abrimos la puerta cualquier víctima?, ¿en qué tipo de daños debemos hacerles caso, y por qué en otros casos no?, ¿qué diferenciaría a unas víctimas de otras, la gravedad del delito sufrido?, ¿por qué ese criterio? No podemos olvidar que la palabra víctima no se refiere únicamente a quienes han perdido un hijo a manos de un desalmado. La RAE contiene cinco acepciones de la palabra. La última de todas reza “persona que padece las consecuencias dañosas de un delito”, mientras que la tercera abre la mano y determina que es víctima aquella “persona que padece daño por culpa ajena o por causa fortuita”. ¿A qué víctimas escuchamos a la hora de legisla?

            Os confieso que yo no lo tengo claro. Los casos más truculentos son fáciles, ¿no? Un hijo de puta que mata a sus dos hijos para hacer sufrir a la madre que se quiere separar de él y lo vemos sencillo. Pero en este supuesto, en cuya condena las tripas nos pedirían participar activamente, a ese hombre no le detuvo la perspectiva de pasar cuarenta años a la sombra, y desde luego, salvo que se haya dedicado a la procreación como hobby, el riesgo de reincidencia es prácticamente nulo: cuando salga de la cárcel con setenta, ya no le va a dar tiempo a engendrar a otros dos hijos, maltratar a su madre y, cuando ésta le mande al infierno, volver a matarlos para darle su merecido. Quizá cuando hablamos de prisión permanente revisable tengamos que recapacitar qué es lo que perseguimos con ella, porque a lo mejor lo que queremos es un sistema penitenciario en donde prime la venganza, y entonces tendríamos que reformar la constitución, porque hoy por hoy, aunque lo pintemos de verde, con esta no se puede.

 

Alberto Martínez Urueña 19-03-2018

martes, 13 de marzo de 2018

Eso de los derechos


            Hay dos conceptos que están indisolublemente unidos, por mucho que nos pese a todos, sin excepción. Hablo de los derechos, ya sean derechos humanos, derechos civiles, derechos constitucionales, derechos laborales o los que os den la gana, que están directamente relacionados con una dicotomía fundamental como es la que se traza entre los que luchan por los derechos de todos y los que sólo son capaces de luchar por los propios. Iba a clasificarnos entre los que los roban y los que nos tenemos que defender del robo, pero hay quien, sin pretender robarles conscientemente los derechos a quienes les rodean, la defensa de los propios se convierte en algo tan amplio que se trastoca en una lucha de suma cero en la que su ganancia supone la pérdida por parte del resto.

            Efectivamente, hay personas cuya sensibilidad es tan grande que ver a otros disfrutar de sus derechos les resulta insufrible. La homosexualidad es el ejemplo más claro: hay personas con una piel tan sensible que ver a dos personas del mismo sexo dándose un beso, o incluso yendo de la mano por la calle, les supone una terrible infección en su moralidad ya previamente enferma. No digamos ya, hombres que ven a mujeres tomar sus propias decisiones. Son personas controladas por sus miedos, ven peligros donde no les hay, o directamente, alguna secta religiosa les tiene comidos el coco, ya sea secta musulmana, hebrea, católica o gitana. Son todas iguales, restringiendo lo que sus mujeres pueden hacer, convirtiéndolas en meras herramientas de las principales actuaciones que siempre son ejecutadas por los hombres. Y por supuesto, han de ser virtuosas, ya sabéis, o si no, son putas.

            Los derechos, del tipo que sean, han sido objeto de lucha durante siglos, han costado sangre, sudor y lágrimas, y quienes empezaron la lucha, en multitud de ocasiones, no vieron los resultados. Por eso, cuando hoy veo a personas miccionando sobre sus nombres y desvalorizando los resultados de su sufrimiento, me entran ganas de cometer algún disparate.

            Así que, lo siento, voy a cometerle: me disculpo de antemano por herir la sensibilidad de quien se sienta identificado con la siguiente tarascada, pero igualmente voy a escribirla. Tengo que hacerlo. Quede claro que respeto a las personas, pero no tengo por qué opinar igual que ellos, ni ellos igual que opino yo. Todas estas personas que hoy en día critican la lucha obrera –desde fuera, por supuesto, sin afiliarse a un sindicato ni secundar una sola protesta– no tienen ningún reparo en disfrutar del descanso dominical –no digamos ya del sábado–, de las pagas extraordinarias, del sufragio femenino, de la jornada semanal de cuarenta horas, de la sanidad universal, de la seguridad social o incluso de la abolición de la esclavitud. No digo que todos estemos obligados a la lucha activa, cada cual tiene su vida y sus obligaciones, pero al menos, deberíamos tener el sentido común de no denigrar el trabajo realizado por quienes han permitido que hoy en día no tengamos que rendir pleitesía a la iglesia ni pagarles el diezmo, que podamos expresar nuestras ideas, que tengamos derecho a una tutela judicial efectiva, que la extensión de la educación sea prácticamente absoluta –aunque la educación recibida pueda ser una mierda en algunos casos– o que no exista la posibilidad, como decía anteriormente, de que podamos convertirnos en un objeto propiedad de otra persona.

            Es muy fácil identificar al movimiento obrero con la ideología comunista, o la marxista, o la socialista, o la anárquica, y que cualquier persona que crea ser de derechas y conservadora no quiera oír ni hablar de la lucha sindical o de la dialéctica de clases. Respeto a la persona que haga esto, porque lo primero es el respeto a la persona, sin paliativos. Sin embargo, me permito afirmar en este texto que los derechos de huelga, el salario mínimo, las pensiones no contributivas, los derechos laborales, el derecho al descanso, el nuevo derecho a la desconexión, los permisos de maternidad y paternidad, los derechos de excedencia por el cuidado de hijos o a personas mayores, las figuras de las incapacidades temporales o permanentes para las personas que así se determine, los permisos por ingreso hospitalario o enfermedad grave, el permiso para acompañar a un hijo al médico o algo tan sencillo como poder tomar un café a mitad de mañana, todos estos derechos, digo, no fueron concedidos graciosamente por los dueños del capital y del poder, no fueron concedidos un día de borrachera en que se les ocurriera la idea al señor obispo y al señor feudal, no fueron ideados por Ford o Taylor mientras buscaban la forma de aumentar la producción. Todos estos derechos fueron conseguidos después de las reivindicaciones legítimas, dolorosas, sufridas y a veces muertas por parte del trabajador. Fueron duramente negociadas, arriesgándose no sólo a perder un día de salario, sino a perder el trabajo, y a veces hasta la vida. Hoy en día, en países no demasiado lejanos, siguen muriendo personas que quieren dignificar la figura del obrero. Del asalariado. De gente como tú y como yo. Por algo será.

            Por eso, aunque puedas considerar que los sindicatos dan asco, que están vendidos y que no valen para nada –que en algunos casos puede ser cierto–, puedes echar la vista atrás y ver lo que conseguimos gracias a la lucha obrera.  Y además, recapacitar sobre lo que puede suceder en los próximos años en este tiempo en que la gente no es que ha perdido la perspectiva y no luche por conseguir nuevos derechos, sino que ni siquiera lo hace por no perder los que ya tiene. Como si fueran inamovibles y hubieran llovido del cielo. La fuerza del individuo reside en su capacidad para agruparse y, por desgracia, nuestros enemigos han conseguido convertirnos en satélites desconectados a los que, en muchos casos, han logrado convencer de sus doctrinas. Pensad en lo que viene y si no queréis hacerlo por vosotros, mirad a vuestros hijos y pensadlo por un momento.

 

Alberto Martínez Urueña 9-03-2018