miércoles, 21 de febrero de 2018

La hipereficiencia de la estupidez


            Los viajes en tren, ya no tan frecuentes, dan para poder leer alguna de esas noticias que tienes guardada y para la que no sacas tiempo. Me gusta leer sobre tecnología, y gracias a eso, he podido enriquecer mis criterios sobre estos temas, y descubrir cómo múltiples trabajadores –en realidad, extrabajadores– de compañías tecnológicas como Google, Facebook o Apple, tenían sus reticencias con respecto a esa tecnología que vendían, e incluso, con el tiempo, se arrepintieron de algunos de sus productos o implementaciones de los mismos. Hablo de la función compartir, de la función “Me gusta” y algunas otras que, dicho por ellos mismos, cito, explotaron "una vulnerabilidad de la psicología humana" y añade que trabajaron de forma consciente para que todas las interacciones tuvieran un efecto similar a la dopamina, un neurotransmisor relacionado con la sensación de placer y recompensa en el cerebro. "Teníamos que dar un poquito de dopamina cada rato. O bien porque alguien había dado a me gusta o porque habían comentado tu foto", matiza. Lo dice todo, y el que no quiera verlo, es porque se ha arrancado los ojos. Cuidado, porque esto que pretendieron explotar en este caso es la base de todas las teorías de marketing que se utilizan para que los escaparates te atrapen, para que pagar con tarjeta –o mediante un click en una página web– duela menos que al contado, o para que al entrar en una tienda, el ritmo de la música te atrape con su alienante frenesí.

            Leía, como os digo, noticias de tecnología, y me encontré con varias que quería comentar con vosotros. Varias de ellas hablaban de calendarios y aplicaciones para poder ser más ordenado, o en realidad, como reconocían a lo largo del artículo, ser más productivo con tu tiempo. Seguro que habrá quien piense que esto es objetivamente positivo: la capacidad para ordenar tu vida de una forma en que te dé tiempo para hacer más cosas en el mismo tiempo, y así aprovecharlo y que no se te escape entre los dedos.

            Otra noticia más hacía referencia a esas aplicaciones que te permiten entrenarte sin necesidad de salir de casa, haciendo determinados ejercicios y determinadas rutinas que puedes realizar en solitario, sin necesidad de trasladarte al gimnasio y poder sacar el tiempo necesario para llevar un estilo de vida lo más saludable posible. No en vano, existen multitud de artículos en Internet que abogan por la necesidad de hacerlo, y así poder tener una vida mucho más plena y más sana, y lo positivo que resulta, cuando sales de la oficina, dedicar unas horas de la semana a quemar unas cuantas calorías. Además, si consigues quitarte esos kilitos de más, pues estupendo.

            Continuando por este periplo en la red, me encontré también con aplicaciones de agregados de noticias, los cuales hacen una búsqueda por y para ti, para ahorrarte el tiempo de tener que hacerlo y poder dedicarte a lo importante. Ellos deciden, en base a esos análisis del Big Data que extraen de tu historial de navegación, cuáles pueden ser las noticias que sean de tu interés –añadiéndolas, por supuesto, esos útiles anuncios sobre posibles productos de compra que siguen fielmente las últimas búsquedas que has realizado–, discriminándolas de aquellas que no se ajusten a tus inclinaciones políticas, temáticas o sociales.

            Llegados a este punto, no porque llegase a la estación del Campo Grande, preferí dejar la lectura y relajarme sobre el asiento. Mirar por la ventana, y ver ese paisaje que tantas veces he contemplado, del pinar de Antequera y sus estribaciones por Viana de Cega, y luego los barrios del Sur de mi ciudad. Así, de paso, dejaba de pensar que el mundo se iba a la mierda, cuando en realidad lo que me puede pasar es que me estoy haciendo viejo y no entiendo las nuevas tendencias. Quizá el cambio de paradigma de lo analógico a lo digital no sea tan malo, por mucho que a mí, ciertas cuestiones que leo en Internet me pongan los pelos de punta.

            Ser eficaz con tu tiempo es una cosa estupenda, siempre y cuando el tiempo que luego te sobra lo utilices de forma apropiada. Si para lo único que sirve es para afrontar una nueva actividad que puede retroalimentar esa sensación de que no te da tiempo a nada, y a la necesidad pueril de ser aún más eficiente, es mejor ser un patán y hacer las cosas con calma. Y lo que no de tiempo, se queda sin hacer. No hay nada más importante que el sosiego y la tranquilidad, y lo demás, son mierdas empresariales que nos han metido en la cabeza a golpe de publicidad irresponsable e interesada.

            Llevar una vida sana por supuesto que es fabuloso, siempre que no se convierta en una obsesión de gimnasio que te lleve por la calle de la amargura porque tienes que ir deprisa y corriendo, intentando ser supereficiente con tu tiempo, y que puedas hacer de todo en las veinticuatro horas del día. Lo que ganas por un lado, lo pierdes por otro, y si luego sólo duermes cuatro, o a lo sumo cinco, no importa: eso es muy español y mucho español, y a fin de cuentas, dormir está sobrevalorado y es una pérdida tiempo.

            No te digo ya lo de que los agregadores de noticias te ahorren tener que buscar la información que se ajusta a tu perfil. Te puedes evitar leer o escuchar a personajes que piensan diferente y así poder seguir viviendo en esa arcadia feliz en donde el mundo es justo lo que a ti te parece que debería ser. Y toda esa gente que opina diferente, sólo son imbéciles incapaces de ver la realidad. Y además, seguro que no saben gestionar su tiempo.

 

Alberto Martínez Urueña 21-02-2018

 

PD.: se ha puesto muy de moda eso del Mindfulness para poder ser aún más hipereficiente, y lo están usando incluso las empresas para explotar a sus trabajadores y que no se muevan de sus sillas, pero esto merece al menos un artículo completo. Ahí lo dejo.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Bioquímicamente condicionados


             Hace unos días debatía con mi amigo escritor – un fenómeno, os recomiendo cualquiera de sus libros– sobre la libertad de decisión de consumo de los seres humanos en este mundo occidental en el que nos movemos. Da gusto poder hablar con alguien a quien le gusta recapacitar sobre las cuestiones importantes de la vida, por cierto, porque te impulsa a profundizar en campos en los que puedes andar escaso de cimientos.

            Mi teoría al respecto de la libertad de elección en los diferentes mercados en los que interaccionamos como demandantes es que hay que buscar cuáles son los intereses de los oferentes, es decir, esas marcas que todos tenemos en la cabeza, cuando se gastan un gran porcentaje de sus beneficios en agresivas campañas de publicidad –los anglosajones lo llaman marketing–. Y a este respecto, podemos hacernos las películas mentales que queramos, pero su principal objetivo, su leitmotiv, su razón de ser no es otro que maximizar sus beneficios para garantizar su propia supervivencia. Es decir, pueden buscar, como segunda opción a maximizar, la satisfacción de las necesidades de sus clientes, la estabilidad emocional de sus trabajadores o las buenas prácticas empresariales con respecto al medioambiente, pero la primera de todas sus opciones será sobrevivir, y para eso, necesitan maximizar su beneficio.

            Este objetivo, el de la supervivencia, me parece absolutamente legítimo, y en el caso de los seres humanos, de hecho, me parece el principal de los objetivos, salvo casos extraordinarios en los que antepongas la vida de otros a la tuya propia. ¿Es un objetivo igual de legítimo en el caso de las empresas? La prepotencia del ser humano es infinita, y entre otras barbaridades que nos lleva a cometer, es considerarnos diferentes al resto de los seres vivos que campan por el planeta. Si os hablo de Pavlov a lo mejor os viene a la cabeza aquel experimento que realizó con sus perros en el que, provocados por un determinado estímulo condicionado con la obtención de una recompensa, en ese caso una campana y algo de comida, consiguió que, eliminada la comida, siguieran salivando ríos de babas cada vez que escuchaban el sonido de la campana. Nosotros no somos perros, eso está claro, y tenemos nuestras cabezas pensantes para poder discernir que, por mucho que suene la campana, no le vamos a hincar el diente a la carne si algún principio moral o ético nos dice que no es lo más correcto. Si yo fuera un Pavlov empresarial, lo tendría claro: pondría todos mis esfuerzos en hacer que la campana sonara lo más fuerte posible, y al mismo tiempo, eliminaría todos los obstáculos –por ejemplo, criterios morales– que pudieran producir que mis clientes potenciales vieran mi producto como algo pernicioso. Y además, si eliminar esos criterios morales también fuera visto como algo pernicioso, intentaría ocultarlo como fuera. Me permito citar aquí, por ejemplo, todos los esfuerzos que durante años realizaron las empresas tabaqueras en Estados Unidos para ocultar los informes médicos que establecían una relación causal inequívoca entre el consumo de su producto y las muertes por cáncer. Igual que los estudios sistemáticamente silenciados sobre la relación causal inequívoca entre el azúcar y la diabetes, la obesidad y la hipertensión arterial. O los estudios sobre el diésel y sus perjuicios sobre la salud pública, así como los informes de las grandes automovilistas y las emisiones de sus vehículos. No hace falta irse a las fábricas textiles de indonesia y reclamar mayor control sobre el trabajo infantil, cuestiones puestas en tela de juicio por empresarios por todos conocidos en los que se lavan las manos a través de subcontrataciones en el país de origen.

            El circuito bioquímico que determina los procesos de deseo y placer son ampliamente conocidos y están perfectamente documentados en multitud de estudios. Cómo funciona la dopamina para estimularnos ante algo deseado, y cómo funcionan las endorfinas parar recompensarnos una vez conseguido ese objeto del deseo está más que contrastado. Cuestiones tales como la lucha por el alimento o por la reproducción se basan en esta premisa, y en estas cuestiones, nuestro cuerpo funciona exactamente igual que el de un perro, un gato o un cerdo. El hambre no depende de nuestra cuenta corriente ni de nuestros criterios morales, y las ganas de un vis a vis con alguien que cumpla determinados criterios estéticos tampoco. Imaginaos que las grandes empresas multinacionales de nuestra sociedad capitalista encontrase la forma de sustituir alimento y sexo por sus productos: nos veríamos igualmente inclinados a consumir teléfonos móviles de gama alta, vehículos último modelo, tecnología avanzada, comida procesada, bebidas azucaradas, compras compulsivas, rebajas… Todo, cosas de las que no depende nuestra supervivencia, pero que su carencia puede llevar a generar una auténtica crisis de angustia a determinadas personas: hay quien tiene la firme creencia que su felicidad depende de lograr alguno de los ejemplos expuestos. Y si no es firme su creencia, su angustia se encarga de que no olvide que ha de conseguirlo.

            Todo esto está documentado, no es una teoría de la conspiración que haya publicado Iker Jimenez en Cuarto Milenio. El último estudio que he localizado habla de cómo las redes sociales han convertido la búsqueda de información y la consecución de “me gustas” en alimento y sexo, activando el mismo circuito biológico de deseo y satisfacción. Ante este panorama, seguir argumentado que somos individuos plenamente libres es admisible, por supuesto, pero el titánico esfuerzo que supone no verse condicionado por todo lo anteriormente expuesto puede suponer que la inmensa mayoría de individuos prefieran mirar para otro lado y seguir viviendo en una arcadia feliz bioquímicamente manipulada, viviendo un “Sí a las drogas” inconsciente.

 

Alberto Martínez Urueña 7-02-2018

jueves, 18 de enero de 2018

Lecciones de la vida y de la muerte

            Circunstancias te da la vida para que te plantees lo que es el paso hacia la muerte. Podemos vivir de espaldas a ella todo el tiempo que queramos, que antes o después no te queda más remedio que enfrentarte a ella. No hablo sólo de la propia, que cada uno afrontará con el grado de terror que le pueda suponer, unos más y otros menos, según su nivel de serenidad y de sabiduría al respecto alcanzada, pero no deja de ser un paso al vacío del que, racionalmente, no sabemos un carajo.


            Muertes hay de todos tipos, de gente rica y de la pobre, con o sin violencia, mayores y jóvenes… No hay un punto que puedas considerar libre de ella, por mucho que la ley de los grandes números nos indique cuál es la esperanza de vida según países o según épocas. Hay un montón de soportes racionales sobre los que apuntalar posibles lógicas, pero a la hora de la verdad, la muerte es de una sencillez absoluta. Simplemente dejas de ser; en mayor o menor medida, pero dejas de ser, para convertirte en otra cosa. Los espejismos de la vida nos llevan a pensar que a lo largo de toda la existencia terrena conservamos algo de lo que somos, aunque no sepamos exactamente lo que es. ¿El alma? Pudiera ser, pero os dejo esas disertaciones a los que creáis, pero también sepáis explicarlas, en ellas.

            Lo que sucede después de la muerte ha tratado de ser explicado por todas las religiones que en el mundo son, y las que han sido. Desde las monoteístas con su arrebato ante la presencia de la divinidad a las sucesivas reencarnaciones hindúes, o las budistas. Desde las religiones panteístas y su pléyade de dioses a las naturalistas en las que el ciclo de la vida nos convierte a todos en una misma cosa, antes o después. ¿Qué más da? Creáis lo que creáis, cuando llega la muerte, te enfrentas a ella como buenamente puedes, y los que se quedan en esta tierra, absurdamente llamada por determinados grajos “valle de lágrimas”, lo padecen dentro de sus propias posibilidades.

            Hay de todo. Quienes lo llevan de forma serena y quienes se desesperan. Cada uno hace lo que puede dentro de sus posibilidades, y en estos casos, pocos juicios quedan por hacer. He visto llorar a descendientes por sus padres muertos a los casi cien años y también a los descendientes de padres muertos antes de lo que la estadística decía que debería ser. Dicen que las circunstancias importan, pero más allá de ellas, en todos casos, lo que siempre he visto es dolor. Dolor sincero, del insoslayable y ante el que hay que ser absolutamente respetuoso. No nos corresponde a nadie juzgar cómo se toman los deudos el fallecimiento de alguien cercano. Ni siquiera a ellos mismos.

            El problema que arrastramos por nuestra mente inconformista deriva de nuestra necesidad de explicación. Por qué a mí, por qué tan pronto, por qué de esta manera, por qué… Si en cuestiones totalmente absurdas en las que salimos perjudicados tenemos la prepotencia de considerarnos acreedores de una explicación suficiente, en el caso de la muerte corremos el riesgo de cometer la misma insensatez. De alguna manera, pensamos que nos merecemos una explicación para nuestro dolor, y como no la obtenemos, pero no cejamos en el empeño de obtenerla, generamos un sufrimiento que en ocasiones puede ser terriblemente destructivo. Para nosotros. A veces duele tanto que caemos en el error de buscarle un motivo más allá del propio hecho que nos lo causa, intentando, pobres borregos, encontrar la ecuación matemática que nos lleve a la resolución del problema. De forma inconsciente, por supuesto, el miedo a que ese dolor sea insoportable y además perpetuo, nos lleva a querer solucionarlo como sea, antes de tiempo; sin embargo, así lo alargamos.

            El auténtico camino, el único verdaderamente lógico si me permitís, es aceptar que a veces la vida duele, igual que otras veces es fuente de satisfacción, de placer, de alegría o de felicidad. Es humano tratar de hallar la forma de curarnos un brazo roto, de que no nos duela, de que se cure lo más rápidamente posible y nos permita poder volver a llevar una vida satisfactoria con las dos extremidades superiores a pleno rendimiento. Agradezco infinitamente a la investigación científica los métodos y herramientas hallados a lo largo de la historia médica, y les insto para que sigan haciéndonos la vida más saludable. Sin embargo, el dolor que produce la muerte es otra cosa.

            Es cierto que somos procesos químicos, y que la desazón que nos produce la ansiedad de la pérdida se podrá explicar desde esa perspectiva, y solucionar en mayor o menor medida mediante antidepresivos. Sin embargo, interrumpir el flujo de agua de un desagüe para evitar que nos inunde el garaje durante no impide que siga lloviendo. Ante la lluvia sólo puedes esperar a que escampe, y da igual que sea la tormenta violenta de una muerte repentina a una edad temprana o que sea la lluvia fina de una muerte serena y tranquila, esperada, pero no por ello menos dolorosa. Porque al final, lo que nos duele es la pérdida, ese hueco que queda vacío para siempre y que no se llena, y con el que sólo el paso del tiempo nos enseñará a vivir. Por eso, los auténticamente sabios no se rebelan, sino que aceptan con humildad absoluta que la vida a veces duele, y esperan acurrucados a que se pase ese dolor tan profundo. Saben que, en este caso, las matemáticas o la química no sirven y el único aprendizaje verdadero nos lo trae el tiempo, y sólo cuando la mente, suficientemente abierta, es capaz de aprender la lección que la vida tenga a bien traerte. Y esto ocurre para todo lo importante.

 

Alberto Martínez Urueña 18-01-2018

 

Pd: Sé que aquí todo el mundo tendrá algo que decir. De antemano aseguro que en modo alguno mi intención ha sido ofender.

viernes, 12 de enero de 2018

Información


            No suelo ser demasiado prolijo en expresiones mal sonantes, pero en ciertas circunstancias me entran ganas de acordarme de los muertos más frescos de ciertas personas. Normalmente, tiene que ver con la prensa y sus hienas, aunque como suelo decir, porque cada vez estoy más convencido, la línea entre lo que se ofrece y lo que se demanda es muy fina. La sociedad capitalista se basa en esas dos palabras, oferta y demanda, y si estuviéramos en una situación de mercados perfectos, con una situación de competencia perfecta desde un punto de vista de la oferta y con consumidores racionales en la demanda, todo irá estupendo. Por desgracia, la teorización que la economía hace de los mercados, siendo una aproximación que sirve para mostrar cómo funcionan, no sirve, a mi modo de ver, para explicar el porqué funcionan de esa manera.

            La teorización y construcción de unas matemáticas consistentes con la realidad observable no implican una buena explicación de las premisas. Que los seres humanos puedan reconocerse en cierta medida con el homo economicus no implica que la expresión del ser humano completo sea correcta. La idea que vuela sobre mi cabeza es la siguiente: ¿el sistema económico ha sido construido por el homo economicus, o el ser humano ha sido transformado por el sistema económico capitalista, en un proceso degenerativo, en el homo economicus?

            He hablado en varios de mis textos sobre la importancia de una correcta discriminación de criterios éticos y morales por parte de cada individuo porque ¿la búsqueda del placer es buena o mala? Cualquier persona con dos dedos de frente sabe que la respuesta viene a la gallega: depende. Depende, por supuesto, de la forma en que pretendamos alcanzar ese placer. Sin embargo, algo que sobre el papel está meridianamente claro, cuando observas la realidad en la que vivimos no lo es tanto.

            La economía capitalista ha conseguido trastocar todos los criterios éticos y morales establecidos antes de su llegada. Ojo, lo ha conseguido igual que lo consiguieron antes que ella todos los sistemas sociales que antes fueron: cada sociedad histórica tuvo su propia estructura, con sus dioses y sus demonios. En cada una de las sociedades que antes fueron existieron sus líderes, sus personas que marcaban la tendencia correcta, ya fuera por las armas o de forma pacífica, y también existieron los seguidores que asumían como propias las tendencias e ideas de los líderes. Hoy en día existe una tremenda confusión debido a la exaltación del individuo y de su libertad de elección a la hora de trazar su propia existencia. Al menos en este espejismo llamado Occidente… La supuesta libertad de elección nos hace directamente responsables de nuestras desgracias, pero diluye nuestra responsabilidad con respecto a las desgracias comunes nos hace pensarnos libres de influencias. Pero creernos ese cuento es de necios por mucho que el mensaje sea claro: que somos personas, en teoría, debidamente informadas y tomamos nuestras decisiones en base a esa información y, por lo tanto, no podemos darnos por engañados, porque la información está ahí, disponible para hacer con ella lo que quieras. Por lo tanto, según el sistema capitalista, el individuo adopta sus decisiones de consumo y es responsable último de crear, mediante la suma de todas las decisiones individuales, la entelequia llamada sociedad en la que vivimos.

            Pero, como decía, ¿el homo economicus como consumidor crea esta sociedad capitalista del hiperconsumo, marcada por la ansiedad, la falta de tiempo, la búsqueda de la hipereficiencia, el edonismo, la depresión… o por el contrario, la sociedad capitalista ha creado ese engendro monstruoso llamado homo economicus, en un proceso degenerativo desde un ser humano más o menos completo? El camino de cada ser humano en su proceso evolutivo personal es como el del buen vino. Con los debidos cuidados, podemos conservar un gran vino durante años; sin embargo, en condiciones adversas, se estropea, se degenera, transformado en una triste sombra de lo que podría haber sido. Cada vez más, estoy convencido de que el auténtico truco de esta sociedad consiste en aislarnos del resto y, después, dejar que la oferta genere su propia demanda. Debidamente aislados, con las orejeras de las que hablaba en mi anterior texto, sólo seremos conscientes de la basura que ponen delante de nuestros ojos, basura convenientemente disfrazada bajo la premisa de que ofrece un placer inocuo que no causa daños. Así, por ejemplo, llevamos enfangados varias semanas en el lodo del caso de Diana Quer, en el que la única cuestión relevante debería ser un juicio debidamente realizado, y no el espectáculo mediático que ofrecen en formato precocinado para que sea digerido por las masas. La oferta generando su propia demanda. El ser humano supuestamente racional disfrutando del morbo. Los medios de comunicación que deberían estar información de forma precisa y objetiva, confundiendo a la opinión pública y generando, además, situaciones de innecesaria complejidad.

            ¿Qué fue antes, la oferta o la demanda, el huevo o la gallina? La auténtica cuestión no es esa, la auténtica cuestión es: ¿de dónde sacas la información que determina tus elecciones?

            Feliz viernes.

 

Alberto Martínez Urueña 12-01-2018

martes, 9 de enero de 2018

El valor del tiempo


            Sabéis que suelo despotricar contra la economía en general, y contra la economía neoliberal en particular. Si algo aprendí en mis clases sobre la gestión comercial que realizan las empresas con el objetivo de captar, fidelizar y retener a sus clientes –quizá lo conozcáis con su palabra anglosajona, marketing, que sería algo así como mercadear– es que la economía no es tan aséptica como les gustaría a los defensores del libre mercado. En realidad, eso del libre mercado no deja de ser otra utopía más que han utilizado todos aquellos organismos, empresas y personas físicas para utilizar una información privilegiada de la que disponen y que, por su propia definición, rompe las reglas de esa libertad de mercado perfecta y utópica. En realidad, el libre mercado se ha impuesto sobre otras posibilidades no porque sea más justo, sino porque es el que más beneficia a los poderes económicos sin que las grandes masas se enteren demasiado de lo que les están haciendo. De hecho, haciéndolas creer que fuera de esta doctrina sólo cabe el desastre. Puedo ver a mis amigos defensores de esta teoría diciéndome que, en realidad, es la mejor solución imperfecta que hemos encontrado, como la democracia, pero éste sería un debate interminable. La gestión comercial busca generar una demanda inexistente generando una necesidad en el consumidor, y de esta manera, provocar el consumo, normalmente masivo, de sus productos. Esto que, en principio tiene defensores y detractores, se conjuga con lo de la información privilegiada, que no dejaría de ser, por ejemplo, todos esos estudios sociológicos y psicológicos sobre el comportamiento de los seres humanos como organismos consumidores a los que tienen acceso unos pocos y que utilizan para condicionar el comportamiento de los individuos objetivo del estudio y del mercado en donde se pretenda mover la empresa.

            Pero eso a la gente no le interesa. Lo que sí que está en boca de todos es lo de la privacidad versus seguridad, y hay quien dice que no tiene nada que ocultar, que no le importa que le vigilen las comunicaciones, que le graben con cámaras por la calle o que le puedan parar para pedirle la documentación de manera aleatoria. Todos pensamos que no cometemos delitos, y que por tanto, no tenemos nada que ocultar, y preferimos que nos monitoreen en mayor o menor medida en aras de una mayor seguridad. A pesar de que nadie nos ha dicho cómo una mayor vigilancia evita el delito. Ahora, pensad por un momento en toda esa publicidad que os aparece en vuestro navegador de internet que, curiosamente, son productos que pretenden venderte en función de tu historial de navegación. Desde luego, no cometéis un delito entrando en una página de ventas por internet, verbigracia, para comparar precios, pero cuando los siguientes siete días te bombardean sistemáticamente con productos que no tienes muy claro si comprar o no, es indudable que te están condicionando. Entregas tu privacidad y ellos la utilizan para condicionarte, o lo que es lo mismo, manipularte, en su propio beneficio. Que tú creas que una oferta ajustada a tu personalidad es positivo, puede significar que tienes muy poca personalidad auténticamente propia, sino que más bien sufres la personalidad que te han creado mediante todo el bombardeo mediático sobre el hiperconsumo que sufrimos casi desde que nacemos. Nos pensamos libres, y eso está bien cuando lees una novela sobre realidades distópicas como 1984, de Orwell, y la comparas con la realidad en la que vivimos; sin embargo, la libertad que disfrutamos se parece más a la de las orejeras del burro. La realidad es mucho más amplia de lo que nos permiten ver, y si no hacemos el esfuerzo de mirar hacia los lados –y uno de los pilares sobre los que se asienta la sociedad capitalista es precisamente no ofrecer ningún incentivo para hacerlo– la información de la que dispondremos a la hora de tomar una decisión será más reducida.

            Y suelo hablar mal de la economía en general, y sobre la neoliberal en particular, pero tiene un punto positivo que se imbrica directamente con mi disertación anterior. Como las decisiones se toman de manera individual, pero la sociedad es la suma de sus individuos, esto nos permite comprobar cuál es la escala de valores de una sociedad concreta. No en vano, España está entre los países con el precio de la energía más elevado, mientras que tenemos los precios del alcohol más reducidos de nuestro entorno. Intenta ahora aumentar el precio del alcohol para desincentivar su consumo entre los más jóvenes al tiempo que fomentas el autoabastecimiento energético –como hacen Alemania o los países nórdicos– y comprobarás cuál es la respuesta en las calles. Supongo que sería muy parecida a la que observamos cuando los becerros de oro de la sociedad actual desfilan ante los juzgados por sus prácticas para evadir al fisco.

            En realidad, todo tiene un valor –que no un precio– y dentro de éste se encuentra el valor que tiene el tiempo para nosotros. El tiempo necesario para informarnos adecuadamente y actuar en consecuencia. El tiempo necesario para formarnos y que no nos valga cualquier tipo de distracción arrojada desde la caja tonta, que de tonta no tiene nada. El tiempo necesario para verdaderamente ser libres, y distinguirla de esa ridícula caricatura a la que ha quedado reducida, en la que la sociedad capitalista del hiperconsumo, la palabra libertad.

 

Alberto Martínez Urueña 9-01-2018