miércoles, 15 de noviembre de 2017

Dos opciones


            Supongo que de una forma u otra, todos habéis oído hablar de ellas. De las redes sociales. Y en concreto de la más exitosa, Facebook. Al respecto, me hago eco de una noticia publicada por El País, otrora diario responsable, hoy panfleto al servicio de sus accionistas, en la que hablaban sobre los efectos de estas redes sociales, cómo están montadas y cuáles son los objetivos de sus políticas y actuaciones como corporaciones. Os recomiendo que lo busquéis por Internet, y si no lo encontráis preguntadme que os lo facilito. A modo de titular sensacionalista, una de las declaraciones de su primer presidente, un tipo llamado Sean Parker, decía que “sólo Dios sabe lo que esta tecnología le está haciendo al cerebro de nuestros niños”. Al margen de esta apreciación, Facebook, pero no sólo ellos, utilizan todos los datos que obtienen de sus usuarios y los meten en un procesador de datos inmenso. El llamado Big Data. Con ello, descubren cuáles son las tendencias de consumo de sus usuarios, y de esta forma, llenan las redes de publicidad personalizada –la publicidad que os sale en las páginas web que visitáis está gestionada de esta forma–. El artículo continúa hablando de estudios realizados al respecto sobre cómo esta publicidad personalizada sirve para manipular al gran público sin que éste se dé cuenta. Y os aseguro que todavía no pretendo entrar en el terreno de la crítica, pero cualquier persona que ponga en duda que la publicidad puede ser una herramienta de manipulación merece que la usen en su contra.

            Me gusta mucho el titular, “los pioneros de Facebook critican su deriva hacia la manipulación masiva”, pero más aún el subpárrafo en el que indica que “un nuevo estudio muestra cómo la red usa la persuasión psicológica para explotar debilidades”. La red, dicen. Yo digo que la publicidad en general. Y la publicidad no deja de ser el lenguaje que usa el sistema capitalista para mostrarnos sus productos. Infiero, afirmo sin temor, por tanto, que el sistema capitalista es absolutamente perverso desde el primer momento en que se sustenta en un principio básico: aprovecharse de las debilidades humanas para conseguir sus objetivos. Objetivos muy sencillos, por cierto, como es la maximización de los beneficios de las empresas adheridas a su filosofía. O más bien, producto de esa misma filosofía.

            Ojo, no estoy diciendo que el consumo de masas sea per se perjudicial para el ser humano. No todo el sistema de consumo está podrido. Como suelo decir, la mayoría de nosotros tenemos casas adecuadamente caldeadas y aisladas de la intemperie en las que no morir por el frío y las enfermedades durante los crudos inviernos de Castilla. O de donde sea. Tenemos acceso a una alimentación que nos permite desarrollarnos adecuadamente desde que nacemos hasta que nos vamos. Tenemos infinidad de posibilidades de ocio, de cultura, de multitud de ofertas adecuadas a nuestra forma de ser que nos permiten desarrollarnos como persona. ¿Dónde está el problema?

            Bueno, para el que no tenga problema porque le manipulen, ninguno. Y para el que diga que nos manipulan continuamente y que no podemos hacer nada, tampoco. Que dejen de leer, porque no tienen ningún problema, salvo ellos mismos. Pero no seré yo quien pretenda sacarles de su cómoda visión existencial.

            Lo que pretendo decir con todo esto es que vivimos en un sistema, como dice el estudio, que explota nuestras debilidades. No sólo eso: las acrecienta sin ningún complejo y las utiliza. ¿En nuestra contra? Aquí habrá opiniones, por supuesto. Está la teoría de que adivinar nuestros gustos y presentarnos una oferta adecuada a estos lo que va a implicar es una satisfacción mayor, un crecimiento de nuestra utilidad (guiño a los economistas) al reducir el tiempo que gastamos en nuestras elecciones. Optimizan los mecanismos de nuestras decisiones de consumo, eliminando las opciones superfluas o inadecuadas. Y esto, desde el punto de vista de un ser humano reducido a un factor de consumo, es lo más grande. Como la virgen del Rocío para un sevillano.

            Ahora bien, si lo que están haciendo es persuadirnos para que consumamos algo que en realidad no necesitamos, proceso en el que nos generan un incremento de ansiedad para conseguir algo que en principio no queríamos, la cosa cambia. Nos joden la salud mental, en un primer término, que no es poco. Pero no sólo eso: nos cambian la percepción del mundo. Es decir, no es que cambien el mundo, que sigue siendo el mismo, sino que secuestran nuestra atención para que nos fijemos en algo que no necesitamos y rehuyamos aquello que nos permitiría armarnos con las suficientes herramientas para resistir su asedio. Doble jugada maestra: nos venden aquello que les beneficia a ellos y nos roban aquello que nos ayudaría a nosotros. Pero además, nos quitan la posibilidad de centrarnos en lo importante, en aquello que reduciría esas debilidades, y nos convierten en una versión peor de nosotros mismos, y mucho peor de lo que podríamos llegar a ser si nos centráramos en lo que de verdad construye a una persona. Llamadme loco si queréis, pero al mismo tiempo echad la cuenta de cuántas veces os habéis parado, hasta los mismísimos cojones, y habéis llegado a una especie de certidumbre de que aquí hay algo que no funciona de forma correcta.

            Esto no es una teoría de la conspiración. Entre otras cosas porque no lo es, no hay conspiración alguna. Sólo es una estructura social y económica que abrazamos en mayor o menor medida, sobre todo en Occidente, que por un lado nos ha traído las mayores cotas de bienestar de nuestra historia, pero que tiene claroscuros que no podemos pasar por alto porque, en última instancia, nos estamos jugando algo mucho más importante que un “Me gusta” sobre la primera gilipollez que nos venga a la mente.

 

Alberto Martínez Urueña 15-11-2017

martes, 7 de noviembre de 2017

La escala de valores


            No es lo mismo hablar de los valores de una persona que hablar de su escala de valores. Todos tenemos valores humanos, morales, éticos… Hablar de la bondad, de la honorabilidad, o de la honestidad es algo fácil. Es como lo de la tolerancia: todos tenemos claro el concepto. Todos, salvo aquellos que se dicen tolerantes hasta que les ponen delante algo que se distancie de sus ideas, o incluso que ni tan siquiera entiende, y entonces lo juzga de manera despiadada. Pero aquí cada uno que se mire las piteras.

            Es más complicado el asunto de la escala de valores porque necesita de una reflexión profunda por parte del implicado para realizar una clasificación de tales ideas que permita discriminar entre las más relevantes y las que no lo son tanto. Es decir, aquellas cuyo cumplimiento antepondrías al cumplimiento de las otras. De alguna manera, lo hacemos constantemente desde que nos levantamos por las mañanas con un montón de cosas, muchas de ellas superfluas, como cuando optamos por tomar café o zumo, o las dos cosas. En otras cuestiones es más peliagudo, porque hemos de tener en cuenta multitud de variables. Todos tenemos claro que hemos de cuidar el medio ambiente, y más hoy en día en que nos encontramos en mitad de una sequía que en realidad es lo del cambio climático; sin embargo, todas las mañanas cogemos nuestro coche y conducimos desde casa hasta nuestro puesto de trabajo. Esto, que puede parecer en muchos casos inevitable, entronca con otra cuestión añadida: cuáles son nuestras preferencias a la hora de adquirir una vivienda. Es evidente que la primera de todas ellas es nuestra restricción presupuestaria, pero si consideramos iguales precios, la cosa cambia: la decisión de dónde alquilamos o compramos una casa no viene determinada por nuestras convicciones medioambientales; o al menos, ésta no es la principal de las variables que atendemos en la ecuación que debemos resolver para tomar la decisión.

            Digo que hacemos estas discriminaciones de manera continua y es cierto, pero no lo es menos que la mayoría de las veces nos ocurre de manera inconsciente –o no tan inconsciente, y nos autoengañamos, pero eso ya es problema de cada uno– y el problema de las decisiones que tomamos de manera inconsciente es que no sabemos qué factores están influyendo sobre ellas. No sabemos de dónde nos llega la información que nos perturba, no controlamos los intereses ajenos, y por lo tanto, actuamos no ya sólo con un piloto automático cuyos criterios marcamos nosotros, sino que los marcan otros. Otras personas, corporaciones, instituciones públicas, etcétera, cuyos intereses no tienen por qué coincidir con los nuestros, y en cuestiones de valores y la escala con que los ordenamos –o decimos tener– mucho menos. Con respecto a los intereses de las grandes corporaciones hablaremos en otro momento, pero sí que deberíamos tener claros cuáles son los nuestros para evitar tomar decisiones que nos perjudiquen.

            La realidad a la que nos enfrentamos todos los días nos exige, de hecho, que prioricemos unas opciones sobre otras. Una cuestión tan prosaica como decidir entre el ocio y la obligación nos pone en esta tesitura constantemente, porque tenemos la frase de “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy” contrapuesta a esa palabra tan desconocida y tan misteriosa como es procrastinar, que a mí me descubrió una persona entrañable a la que conozco como Fito. Un tipo interesante. La elección entre ambas posturas, que puede parecer obvia no lo es tanto si consideramos que el ritmo de vida al que nos vemos sometidos de manera inconsciente, por tanto no elegida por nosotros en un acto de voluntad consciente, nos lleva inexorablemente a un perjuicio serio de salud física y mental. De hecho, lo hace, aunque la mayoría de las personas no se den cuenta, e incluso estarían dispuestas a negarlo o a defenderlo con uñas y dientes. Esta resistencia es muy significativa, os lo aseguro, pero es materia para un texto completo.

            Es necesario discriminar y elegir a qué damos importancia, porque si no lo hacemos, nos viene de fuera. Nos hacen creer que una cuestión es importante, o incluso fundamental, cuando en realidad no es así. Detrás de esta cortina de humo nos van ocultando decisiones que sí que nos afectan directamente de manera muy negativa, y ni nos enteramos. Quizá sí, pero de una manera tangencial, como una escena fuera de cámara que no sirve a la trama principal, cuando en realidad ofrece mucha más información de la que inicialmente pensamos. Estamos centrados en lo que ellos quieren, y salirse de ello es complicado, incluso puede estar mal visto. Te pueden llegar a acusar de cosas que no has hecho y a culpar de cuestiones sobre las que nada tienes que ver. Eso de la equidistancia, o lo del populismo.

            Por todo esto, porque yo sí que quiero tener claras mis ideas y la escala que existe entre ellas, aunque haya fuerzas jugando en mi contra, voy a dejar de hablar del tema catalán, porque me tiene hasta los mismos cojones. Cada vez que veo las noticias adyacentes, las que nos han colado en este tiempo, sólo puedo echarme a llorar amargamente por la mierda de democracia que tenemos en este país llamado España al que los españoles se empeñan en apuñalar de manera sistemática con sus gilipolleces, sus orgullos heridos y su infantil visión cortoplacista . Así que he decidido que tengo suficiente, me vale con ser víctima en esta cuestión, pero me declaro en rebeldía con lo de ser verdugo: prefiero dejar mi culo a salvo del mordisco de las hienas que sólo quieren alimentarse de mi conciencia dispersa, dirigida por los grandes canales de comunicación en una dirección interesada, mientras la tragedia sucede a mis espaldas. Allá cada cual con su escala de valores.

 

Alberto Martínez Urueña 7-11-2017

viernes, 3 de noviembre de 2017

Una de Justicia (de la buena), por favor


            Sólo por ponernos un poco en situación de lo que pudiera ir ocurriendo en los próximos días. Imaginaros por un momento que la jugada de Puigdemont va y le sale fetén. La justicia belga decide que eso de imputarle un delito de rebeldía no cabe ni en el forro del uniforme de Franco, y que lo de la sedición, palabra elegante con significado curioso, no se ha producido, porque la mera declaración de intenciones –llevarlo a cabo– no implica hacerla efectiva. El tema de la malversación de fondos públicos podría quedar en el aire en base a la no aceptación de los dos anteriores, e imaginaros que, por arte de magia, el sujeto ése puede quedarse en Bruselas.

            Pero no solo eso –porque ya oigo a más de uno diciendo lo de que “¡pues a tomar por culo en Bruselas!–, porque en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea y en Tribunal Europeo de Derechos Humanos –o de Estrasburgo– podrían decir algo parecido, y entonces, ya no habría Puigdemont a tomar por culo en Bruselas, sino Puigdemont de vuelta en Cataluña como un general romano conquistador de la Galia. No es algo tan estúpido como pueda parecer: la Justicia europea ha demostrado en multitud de ocasiones la necesidad que tiene de recordarle a la Justicia española cual se supone que es su trabajo, es decir, suministrar justicia a sus ciudadanos conforme a una serie de requisitos legales fundamentales. Si no lo veis claro, acordaos de los etarras que salieron a la calle cuando tumbaron la doctrina Parot. Por razones de trabajo, también me sé cuestiones relativas a las normas contractuales españolas y cosas llamadas negociados sin publicidad –adjudicaciones de dudosa transparencia que desde Europa no acababan de entender demasiado bien–. Pero si todo esto os queda muy lejos, podéis acordaos de las llamadas clausulas suelo, y quizá empecéis a ver la luz. No siempre llueve a gusto de todos, ¿verdad?

            Os comento esto porque aquí, en nuestro patio de vecinas, las cuestiones relativas al Derecho, a la Justicia y a la aplicación que nuestro sistema judicial hace de los mismos no es tan imparcial como a veces debería. Teniendo en cuenta esos casos que os menciono, y otros de los que podríamos hablar, no sería demasiado ilusorio pensar que desde Europa vuelvan a recordarnos que ciertas prácticas y ciertas leyes no son muy justas, ni muy garantistas para los acusados, ni muy concordantes con la normativa europea que, por el principio de jerarquía normativa, quedan por encima de las leyes que nuestros queridos diputados se saquen del higo. Además, después de todo el bochornoso espectáculo que llevamos sufriendo en los últimos tiempos, no es descabellado poner en tela de juicio la debida independencia del Poder Judicial con respecto a los otros dos poderes, que en la práctica suelen dormir juntos en la misma alcoba, en un ejercicio endogámico que sólo pare bestezuelas deformes. Como Carlos II el hechizado, inútil para casi cualquier cosa que se le pretendiese usar.

            Otra opción que tenemos es defendernos de ese ataque de la comunidad internacional que, como tan garantista con los delincuentes, y además tan ignorante de la casuística española, es muy fácil verla como un enemigo. Ya sabéis, la culpa siempre es de los otros. Y además, en todos sitios cuecen habas, a ver qué van a venir a enseñarnos. A nosotros.

            Y es que la justicia en España, gracias a nuestros queridos políticos, lleva mucho tiempo puesta en el candelero, sospechosa de ser demasiado afín a los cargos que les nombran, sometida al escrutinio por sus decisiones controvertidas, y siempre cuestionada desde el primer momento en que a sus órganos de dirección les ponen a dedo entre el PP y el PSOE a través de un procedimiento que pretenden que veamos como adecuado. No dejan de ser los señores feudales poniendo a su consejero, el cacique a su cherif, o el obispo a su deán. Siempre podremos ejemplificar el buen hacer de la Justicia acordándonos de casos de gente que acaba imputada en procedimientos judiciales, o incluso en la cárcel, por colgar chistes en las redes sociales, por manifestarse o por tener publicaciones satíricas que ofenden a quienes las sufren. O esperpentos tales como los sesenta millones de euros que te pueden caer por tener una placa solar sin estar debidamente registrado.

            Por eso, cuando veo al sedicioso señor Puigdemont en busca y captura, y la orden la ha dictado un juez de la Audiencia Nacional a instancias de la Fiscalía, pienso que las cosas pueden salir distintas a como las han pensado nuestros queridos dirigentes. Cuando todo queda en casa, es más fácil. Puedes meterle un buen puro a una niña que se ríe de Carrero Blanco en Twitter mientras un ultra del Betis pasea la bandera del aguilucho por Sevilla, porque los delitos les tipifican unos y les persiguen otros, y está todo muy bien atado. Pero en la Europa esa, esa prostituta de tantos siglos, no todo es tan fácil, y quizá a más de uno se le tuerza la sonrisa prepotente cuando el desarrollo de los acontecimientos no sea el esperado. Ojo, yo soy el primero que abogo por el cumplimiento de la ley: el problema es que aquí, en España, hay mucha gente que exige su cumplimiento pero está muy acostumbrada a saltársela, y precisamente por eso, estos tipejos de dudosa catadura moral pueden conseguir que un delito como declarar la independencia de una parte del territorio español quede impune. Y España, esa de la que hablan con el pecho henchido y a la que defienden en según qué casos, otra vez humillada.

 

Alberto Martínez Urueña 3-11-2017

lunes, 30 de octubre de 2017

Dotarnos de contenido



            Parece que lo de Cataluña ha llegado a un punto que, siendo de los peores, no ha sido el peor de todos ellos, y que toma un camino determinado. A ese respecto, he de reconocer lo que en justicia le merece a mi querido Mariano, aunque no sea yo justiciero de nada, ni se requiera de mi participación en modo alguno: su intervención, una vez declarada la independencia de Cataluña, pidiendo calma, tranquilidad y paciencia a los españoles, ha sido de lo más acertado que ha hecho en su vida política.

            Una vez que podemos haber vislumbrado algo de luz al final de este túnel en el que llevamos enfangados durante meses, podemos intentar mirarlo con una cierta perspectiva, indicando como siempre que lo primero de todo es el cumplimiento de la ley. Es más, todos esos delincuentes que, durante este proceso, han abogado por saltársela no entienden que los primeros perjudicados pueden ser ellos: la ley no está pensada para meter en vereda a los rebeldes antisistema, sirve para protegernos del capricho de los poderosos, que son los que tendrían la fuerza para imponerse, por cierto. Hay que recordarles a estos que pierden el culo por llamar fascista a cualquiera que no acepte sus razones que antes de que existieran los parlamentos y los tribunales teníamos algo llamado monarquía absoluta, y que para un caso como el suyo –la simple pretensión de independizarse de su dominio– había jaulas colgando del exterior de las murallas en donde los cuervos se daban auténticos festines. Ahí dejo eso.

            Los españoles somos muy de quejarnos de cómo están las cosas, y esta situación nos lo ha puesto una vez más a huevo. Somos de mentalidad negativa, de que no hay nada que hacer, de que todo seguirá igual por mucho que lo intentemos. No vemos desde dónde llegamos, e incluso he oído decir que España es un estado fallido. Hablar de que España es un estado fallido sería ponerle al nivel de países como Sierra Leona, Somalia o Afganistán, y que yo sepa, todavía podemos irnos al curro por la mañana con una mínima de seguridad de que volveremos a casa por la tarde. No nos secuestrarán, ni nos violarán, ni empezarán una nueva guerra en lo que cumplimos con nuestras obligaciones. Pero no deja de ser menos cierto que en esta piel de toro todavía tenemos muchas cosas que aprender. La primera de todas es aprender a negociar en lugar de tratar de humillar al contrario o de buscar venganzas para satisfacer el orgullo herido. De ahí que la llamada a la calma de Mariano haya sido un acierto. Durante este tiempo, las diferentes facciones no se han preocupado lo más mínimo de alimentar las pasiones, como si estuviéramos en un partido de fútbol. Por desgracia, un golpe de Estado es algo más serio que un simple fuera de juego, aunque en este país a veces no se diferencie. Sólo mediante este aprendizaje, podremos llegar a determinados consensos sociales que llevamos muchos años solicitando, esos acuerdos de Estado que hemos pedido al PP y al PSOE y que de haberse llevado a cabo, no habríamos tenido a los nacionalismos pasando por caja cada cuatro años, salvo en las mayorías absolutas que, por cierto, tampoco visten muy bien en nuestra democracia.

            Otra lección, fundamental a mi criterio, sería la necesidad que tenemos de poder dejar atrás los independentismos de una vez por todas. No hablo de que tengan que renunciar a su legítimo derecho de defender sus ideas, pero el resto de españoles no podemos permitir que sigan condicionando nuestra convivencia. Han de asumir los mecanismos constitucionales para sus pretensiones: necesitarían una mayoría de dos tercios en las Cortes Generales y superar un referéndum de ratificación a nivel nacional: hablo de una reforma de la Constitución mediante el procedimiento agravado del artículo 168. No tienen otro camino, y nosotros no nos podemos dejar liar nuevamente.

            Una tercera lección, derivada de las anteriores, es la necesidad de que se instaure, de una vez por todas, una política de pactos entre los Grupos Parlamentarios que deben dar estabilidad de manera definitiva a esas cuestiones denominadas “de Estado”. No puede ser, resulta inasumible para la razón humana, que la única cuestión de Estado en la que las fuerzas mayoritarias sean capaces de ponerse de acuerdo verse sobre la unidad del Estado español. Y esto por un motivo: esa unidad nacional, vacía de contenidos, es decir, vacía de esos acuerdos, corre el riesgo de convertirse en un continente estéril y vacío, incapaz de aunar efectivamente a todos los ciudadanos. Precisamente por esta incapacidad sobre los asuntos básicos, es muy complicado que todos nosotros tengamos una noción sobre la que podamos sentirnos unívocamente orgullosos, más allá de la bandera y de Rafa Nadal. Necesitamos que nuestros dirigentes nos den esos puntos en común sobre los que podamos sentir la unidad que necesitamos y sobre la que poder construir una noción de España que sea positiva, más allá de las viejas glorias de nuestra historia, y que no se autoafirme por su propia necesidad de subsistencia. Que sea capaz de entender de manera tranquila, por cierto, que haya gente que quiera autoexcluirse, pero sin permitir que sean capaces de secuestrarnos todo el espacio público, tal y como han hecho este último año. Y que hayan sido capaces de hacerlo, no ha sido mérito suyo, sino demerito de nuestros líderes nacionales, incapaces todavía de entender esos tres puntos básicos que planteo.

 

Alberto Martínez Urueña 30-10-2017

miércoles, 25 de octubre de 2017

Año 2036



            Cataluña se declaró independiente a finales de 2017. Rajoy tuvo un lapsus linguae en el Parlamento y ratificó la decisión del Parlament y, en un prodigioso alarde de orgullo personal, se negó a rectificar lo que con su estupidez había confirmado. No sabemos nada de él. Una sombra oscura y siniestra, bajita y con bigote, se alzó sobre él esa misma madrugada, junto con varios de sus arcángeles del Mal y se le llevó a dar un paseo. De la boca bigotuda salían múltiples voces que gritaban “A por ellos”, y que a los abuelos que vivieron los días previos a la Guerra Civil, les resultaron conocidas.

            Los catalanes salieron a la calle a celebrarlo, y el primer día fue cojonudo. El segundo, su nuevo molt honorable president les pidió que volvieran a sus casas y a sus trabajos, pero al tercer día los celebrantes le pidieron que solucionara la otra brecha social en Cataluña. La de los abandonados por aquella cosa que había creado el Estado español. Lo de la crisis del dos mil ocho. Automáticamente, el president, en una rueda de prensa digna de los más altos defensores de la visión una, grande y libre de la nación española, ordenó desalojar las calles por la fuerza. Y esos ángeles del 1-O llamados mossos d’esquadra, sacaron los dientes y se comportaron de la misma manera que se habían comportado en aquella ocasión en que Artur Mas tuvo que llegar al Parlament en helicóptero. Las bolas de goma volaron libres e independientes, aunque tal independencia no fue tan celebrada como la lograda en política. La primera ley del Parlament fue la Ley de Amnistia –al más puro estilo estado postfranquista y opresor– para todos los condenados o investigados por el Estado español opresor. La fiesta celebrada en la masía de la familia Pujol fue la más sonada en Cataluña desde que la selección nacional del Estado español opresor ganara el Mundial de 2010.

            Dos años después, el molt honorable president fue visto en la televisión pública TV3 –a cuyos directivos nombró uno por uno haciéndoles jurar el cargo sobre el cheque de su primera nómina– en una rueda de prensa sin preguntas, justificando la caída del 20% del PIB de la República Catalana por culpa del Estado español opresor, que prohíbe su entrada en cualquier organismo internacional en el que tenga influencia. Asimismo, pide paciencia a sus ciudadanos y asegura que “en el menor tiempo posible” logrará que el IPC catalán baje de las tres cifras. Igualmente, asegura que la tasa de malnutrición infantil que sufren los niños de las zonas rurales, cuyas cifras publicaron las ONG’s internacionales, cómplices del Estado español opresor, son falsas. Y las fotos de los niños catalanes llorando, retocadas. Ya nadie llora en la República Catalana.

            En una, grande y libre España ya nadie se acuerda de Rajoy salvo cuando algún gaditano hace un chiste de gallegos. El PP tiró balones fuera y la culpa de lo de Cataluña fue culpa de la izquierda que quiere romper el país, y el hecho de que fueran ellos los que gobernaban no es relevante, porque fue por “ese señor del que usted me habla” y que ya no pertenece al partido. De hecho, ante el mutis de Mariano, el PP eligió por unanimidad como dirigente del Gobierno y Secretario General, ¡tantachán!, a Rafael Hernando. El nivel de presión sobre el poder judicial fue incrementado cuando Pedro Sánchez fue fotografiado con una menor y, por fin, Susana Díaz pudo salvar al PSOE de sus miserias. No le importó a nadie que la fotografía fuera evidentemente un montaje y que ese cuerpo que le pusieron a Pedro tuviera los pechos de Malena Gracia. Los chistes y memes que se hicieron al respecto eran mucho más graciosos que la fría realidad; y además, todo esto sucedió al mismo tiempo que el indulto de Bárcenas y la decimocuarta Champions ganada por el Madrid, por lo que los hechos referidos pasaron a ocupar una triste columna en la sección de espectáculos en el diario El País. Paco Marhuenda y Eduardo Inda abofetearon de manera reiterada a un contertulio de la Sexta Noche que se atrevió a cuestionar la veracidad de la instantánea y la sanción por agresión que les impusieron salió de la partida de fondos reservados del Ministerio del Interior. Todo muy legal desde la modificación de la Ley General Presupuestaria.

            Gracias al orgullo patrio que generó la caída a los infiernos de Cataluña, la una grande y libre España pudo sobrellevar los casos judiciales que afectaban a su clase política. La coalición parlamentaria Hernando-Díaz por fin pudo aprobar la ley por la que el Gobierno pasaba a nombrar a diez de los doce miembros del Tribunal Constitucional, elegidos de entre miembros de reconocida trayectoria en sus propias direcciones estatales que hubieran tenido algún tipo de contacto con el poder judicial en los últimos treinta años. De esta manera, Pedro Antonio Sanchez, Jaume Matas y Rodrigo Rato tuvieron una nueva oportunidad de congraciarse con el Estado mediante la prestación de sus valorados servicios y obtuvieron tres de los puestos vitalicios del Tribunal. Igualmente pasó con el Consejo General del Poder Judicial y con el Tribunal Supremo. Entre todos ellos obtuvieron el argumento jurídico para que los partidos afectados por casos de corrupción pudieran cumplir sus condenas mediante la prestación de servicios a la comunidad remunerados en cargos de dirección política, una nueva condena judicial de amplia aplicación desde aquellos tiempos. Así, nadie queda impune por delitos de corrupción, aunque eso sí, no entran en la cárcel si declaran sentirse muy arrepentidos. La única condición establecida en el procedimiento reglado en la Ley de Enjuiciamiento Criminal es que lo juren sobre una copia del Antiguo Testamento, o en su defecto, sobre una camiseta de la roja. Hoy en día, tampoco llora nadie en España. Está muy mal visto, porque joder, los catalanes se independizaron, vale, pero están jodidos de la hostia.

 

Alberto Martínez Urueña 25-10-2017