viernes, 6 de octubre de 2017

Sentimientos


            Las discusiones entre amigos tienen muchas cosas buenas, incluso cuando hay palabras subidas de tono, porque te dan la ocasión de pedir disculpas si has ofendido y demostrar qué consideras importante y qué no. No podemos permitir que cuestiones de índole ideológica o política –no siempre son la misma cosa– nos hagan perder amigos: lo contrario es no tener nada claro lo verdaderamente relevante de la vida.

            Por otro lado, estas discusiones te dan la ocasión de escuchar con paciencia, aunque sólo sea por el respeto que le debes al otro y, de esa forma, poder profundizar y encontrar las inconsistencias del discurso, incluido el tuyo. También, de descubrir que debatiendo no tienes por qué llegar a un consenso, sino a un punto en el que cada uno puede tener visiones diferentes y estar obligado a aceptarlas aunque no las compartas.

            En ese caso, tienes que elegir en dónde pones el foco de atención: en esas diferencias o en los nexos. Las cosas que te separan siempre se ven como algo negativo, pero en realidad convierten a la realidad en algo más amplio, y eso es algo bueno; no es, por lo tanto, un problema de divergencias, si no un problema de tolerancias. Y detrás de la intolerancia, siempre está el miedo. También podemos fijarnos en las cosas que nos unen, y ésas nos sirven para poder compartir esferas comunes. Es decir, tanto las diferencias como las similitudes son positivas en sí mismas, salvo que no sepamos mirarlas de la manera adecuada.

            Comentábamos en uno de esos diálogos que una de las justificaciones con respecto a la independencia de Cataluña habla del sentimiento catalán que tienen esas personas como un hecho diferencial que les impide sentirse español al mismo tiempo. Y piden respeto para ese sentimiento que, por mi parte, lo tienen de manera absoluta. Siempre he considerado que los sentimientos están en un plano diferente a los juicios valorativos, no puedes juzgarlos, están más allá del Bien o del Mal. Otra cuestión diferente serán las consecuencias que de ellos se deriven, y ahí sí que podemos empezar a considerar las bondades o maldades que surjan: suele decirse que no elegimos de quién nos enamoramos, pero sí que podemos elegir quedarnos o no si esa persona nos insulta de manera sistemática. No creo que podamos negar a un catalán la posibilidad y el derecho a sentirse SÓLO catalán, igual que no creo tener derecho a juzgar a un amigo porque se haya enamorado de una mujer determinada, aunque ésta le insulte. Otra cuestión es que le pueda recomendar que se largue. Y otra cosa diferente será que a un catalán le recomiende no vulnerar la legalidad vigente, porque al hacerlo puede estar legitimando que monstruos mucho más peligrosos que su deseo de independencia encuentren la justificación para saltársela igualmente. Tendemos a menospreciar las leyes que no nos gustan, pero eso es un defecto que deriva de no ver la totalidad del ordenamiento jurídico como una entidad única, con las bondades que de ello se derivan, aunque también tenga sus defectos. Y que haya ciertos oscuros personajes que la vulneran no implica que nosotros también nos tengamos que dejar llevar al reverso tenebroso de la fuerza. Porque de ahí sólo pueden salir consecuencias terribles. Para nosotros mismos, margen del daño que podamos causar a los demás.

            Con respecto a los sentimientos digo que merecen mi respeto de manera absoluta, pero precisamente por eso, por su carácter absoluto e insoslayable, no pueden servir ni como argumento ni como árbitro de ningún conflicto. Pensar que un sentimiento catalanista sirva de excusa para la independencia nos lleva a tener que admitir igualmente que un sentimiento de que “mi España es la que es y que no me la toquen” sea igualmente legítimo para impedirlo, y entre dos opciones contrapuestas no hay posibilidad de entendimiento. Sólo de violencia.

            Por desgracia, vivimos en una sociedad en la que no podemos fiarnos de que nuestros dirigentes se pongan en el pellejo del contrario, es decir, que actúen con la suficiente empatía para intentar, al menos, respetar los sentimientos de otras personas que no sean las que les aclaman en los balcones de sus sedes políticas. Para entender que gobiernan para todos, no sólo para sus votantes. Ni siquiera podemos fiarnos de que no se dediquen a exaltar los sentimientos más bajos que puedan bullir en el alma humana con el único objetivo de pescar votos, y por eso, no estoy a favor de aceptar positiva y explícitamente ni un solo caso en el que se admita vulnerar el principio de legalidad, porque al final, enarbolando un sentimiento de la naturaleza que sea, siempre habrá algún salvaje dispuesto a saltarse la ley que le incomode. Por ejemplo, preguntadle a Garcia Albiol, adalid del derecho constitucional español, por los sentimientos que fomenta con su discurso sobre los inmigrantes, porque no es precisamente el respeto a la Declaración de Derechos Humanos, ratificada por el Estado español hace décadas.

            Por eso, respetando las sensibilidades de cada uno, creo que hace falta que todos se aten los machos, que se olviden de las declaraciones llamando a la “guerra” o directamente a la guerra, y que entiendan que todos tenemos sentimientos, cada uno de un palo, pero sólo tenemos un marco en el que poder entendernos todos y construir algo que nos pueda servir para no vivir en el caos de la violencia gratuita.

 

Alberto Martínez Urueña 6-10-2017

miércoles, 4 de octubre de 2017

Una pequeña pausa


            Recuerdo perfectamente cuando decidí dejarme el pelo largo por primera vez. Tenía dieciséis años, corría el año noventa y seis, y los chicos con el pelo largo todavía eran vistos como homosexuales, drogadictos, camorristas y cualquier otro tipo de apelativo poco cariñoso. Luego tendríamos a Pio Cabanillas con su media melena, e incluso Ansar llegó a tener greñas cayéndole por el pescuezo. También tendríamos modas en las que las niñas bien llevaban tachas metálicas en las cazadoras de cuero, e incluso cremalleras, como las chupas de los macarras de los años ochenta. Recuerdo que no a todo el mundo les hizo gracia la idea, y que hubo personas a mi alrededor que me miraron con esa mezcla de desprecio y lástima que da lugar a la palabra prepotencia. Hubo quien incluso llegó a mencionar a Franco y a sus leyes contra vagos y maleantes que, haciendo uso de la arbitrariedad a la que su propia definición recurría, dejaba en manos de otros la interpretación de lo que podía ser eso, abriendo la puerta a que algún policía un poco subido de tono considerara apropiado enseñarle como era la vida por las bravas. Hoy en día a nadie le extraña demasiado ver a un chico con el pelo largo. Hay quien todavía mira con cara de asco, pero ya sabemos que eso es debido a sus propios complejos y problemas mentales subyacentes, y no tenemos que justificarnos demasiado si tomamos una decisión semejante. Os lo digo por propia experiencia. No admiten un razonamiento simple: porque quiero. Y mucho menos si la corriente mayoritaria opina que te queda mejor corto. No se puede, hace falta un razonamiento, o al menos, necesitan que les des un razonamiento para que puedan desmontarlo y hacerte ver el error que comentes. Claro, si les dices que lo haces porque quieres, la peña tuerce el gesto. No tienen posibilidad de meterle mano a tu decisión, salvo que usen la verdad de las buenas costumbres, de la tradición o de lo que es “como dios manda”. Si no entran por ese lado, no les queda más remedio que decir que para gustos, los colores, y entonces es como si te dieran permiso. Te quedas con ganas de sonreírles y decir que no estabas buscando su aprobación, pero en mi caso, siempre he optado por callarme.

            Hablando de estos temas, recuerdo las historias que me contaba mi tío Ramón sobre su maligna inclinación a utilizar su mano siniestra. La zurda, para más referencias, que de algún sitio le viene el nombre. En la época de nuestro bien amado paquito no se dudaba sobre esas cosas, había un protocolo claro de uso de la regla de madera, o incluso de llegar a atar esa mano a la silla para impedir su uso. Los zurdos eran hijos del demonio, era incuestionable, y había que aplicar las medidas correctivas necesarias para encauzar al chaval. Por suerte, eso ya no pasa en la España de hoy en día, a pesar de que todavía hay quien echa de menos aquellos bofetones que repartían los curas cuando te salías del recto camino. Rectísimo.

            ¿Y qué me decís las mujeres? Hasta la muerte del gran caudillo, la legislación patria subordinaba vuestra dignidad como persona a la indisolubilidad sagrada del matrimonio. Es decir, para cualquier actuación necesitabais el permiso de vuestro padre hasta que os casabais, y después, el de vuestro marido. Y éste podía denegároslo por el simple hecho de que no le saliese de los cojones –a lo macho ibérico– permitiros tener un trabajo, una nómina o una cuenta abierta en el banco. No estaba bien visto que trabajarais, y si os lo permitían porque os poníais burras, era a costa de que no descuidarais las labores del hogar. De hecho, si te paras a pensar, esta circunstancia todavía pervive en ciertas casas. ¿Y la manera de hacer cumplir estas leyes? Bueno, pues podéis imaginároslo. Muchas de vosotras me habéis contando las hostias que habéis recibido en casa. Incluso algunas recordabais con una sonrisa triste la dureza de la hebilla del pantalón de algún bastardo demasiado comprometido con la causa.

            Ni que decir tiene, por encima de todo esto, los matrimonios de conveniencia, las parejas rotas por diferencias sociales, las palizas porque no se veía con buenos ojos que la chica saliera con ese desarrapado con pinta de gitano… En aras de los convencionalismos sociales –que no dejan de ser leyes no escritas– algunas han recibido estopa como alfombras. Algunas han visto sus sueños rotos. Algunas tuvieron que aceptar que querían a una persona, pero se la arrebataban por la fuerza.

            Podemos seguir hasta el infinito y más allá con ejemplos en los que la imposición por la fuerza y con violencia –medida y justificada de acuerdo a los parámetros sociales de la época– destruyó a las personas que sufrieron la represión en estos casos. Pero además, podemos seguir hasta el infinito y más allá con casos que en su día fueron legales, pero que además estaban bien vistos, a los que la historia ya ha puesto en su sitio y en los que los verdugos encargados de aplicar las medidas han sido, cuando menos, sancionados desde un punto de vista moral. En nuestra mano está aprender las lecciones que nos va ofreciendo la Historia, o por el contrario, seguir cometiendo una y otra vez los errores que nos llevan una y otra vez a la violencia que el paso de los tiempos deslegitima.

 

Alberto Martínez Urueña 4-10-2017

lunes, 2 de octubre de 2017

¿A quién quieres más?


            ¿Quién tiene razón, a quién quieres más, a los que no quieren dejan celebrar un referéndum bajo ningún concepto o a los que consideran que en un Estado de Derecho cualquier cuestión puede ser sometida a referéndum, sin filtro de ningún tipo, sin matices? ¿Hacen bien los separatistas fiándolo todo a la palabra de un gobierno que tiene por bandera y por orgullo la vulneración de la legalidad constitucional, y que incluso vulnera sus propias leyes secesionistas? Por otro lado, ¿podemos fiarnos de un gobierno que tiene a bien vulnerar la propia Constitución que enarbolan por bandera incumpliendo los trámites constitucionales y legales para retirar competencias a las autonomías que indican el artículo 155 y el Reglamento del Senado; ese Gobierno de la amnistía inconstitucional o el que, si le dejas, usa el Real Derecho Ley sin que medie la urgente necesidad que indica el artículo 86?

            Si hablamos de preferencias cuando estás en un barco que se está hundiendo, la respuesta es clara: salvar la vida como sea, y esta tesitura se han encargado, tanto unos como otros, de que nos encontremos. Otra cosa diferente es cuando te planteas esa opción pero dos meses antes de comprar el billete del barco, y entonces te cuentan que el capitán es un kamikaze suicida, que el jefe de máquinas bebe como si no hubiera un mañana y que además, no se hablan entre ellos. ¿Veis a lo que me refiero? Es fácil pedir que nos decantemos cuando ya está toda la carne vendida, pero hemos llegado a la situación que tenemos por causas que tampoco pueden obviarse. El problema es que las pistas estaban ahí, y no todo el mundo quiso verlas.

            Para redondear el análisis, daos un paseo por la prensa internacional, ved la marca España que han conseguido vender esos patanes. Porque nos dan palos por todos lados. Eso mismo que hacemos nosotros cuando hablamos de Venezuela, de México, de Brasil, de Arabia Saudí, de Polonia, de Ucrania… Si creemos fundamentadas nuestras críticas de la gestión de otros Gobiernos y de otras realidades, deberíamos plantearnos qué es lo que estamos haciendo aquí para que ocupemos las portadas de toda Europa. Ochocientos heridos, y parece que sólo es culpa de Puigdemont. Sólo suya. Que la tiene, ojo, por incendiario y por irresponsable, además de por delincuente que ha dado un golpe de Estado. Pero si el capitán del barco es un irresponsable con ganas de inmolarse y el jefe de máquinas, un borracho, quizá no deberíamos haber subido al barco. Cuando el vigía del Titanic vio el iceberg ya no quedaba más que santiguarse e intentar virar como fuera; si hubieran ido más despacio, respetando los avisos que les decían que esto podía pasar, a lo mejor no habrían muerto mil quinientas catorce personas. Si la reacción del gobierno español al problema catalán no hubiera sido la de un kamikaze suicida, faltón, que insulta y que ningunea, que busca, más que negociar, humillar al rival, quizá no tendríamos a millones de personas queriendo irse de España. Porque gente que se quiera ir de España siempre ha habido y siempre la habrá, pero desde que Mariano abrió su bocaza, la cosa se ha puesto mucho más chunga.

            Sí, es cierto, prefiero que se respete la ley, soy así de facha y conservador. Prefiero que los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad hagan su trabajo y salvando a algún descerebrado, que en todos los sitios les hay, creo que el resto hace su trabajo lo mejor que puede, y que su presencia en las calles, antes de reprimirme –quizá alguna vez lo haga–, me protege de que a algún gilipollas se le ocurra hacerme daño a mí o a los míos. La auténtica represión, ya lo he dicho más veces, es la de Nelson Mandela en Sudáfrica, o la de Rigoberta Menchú en Guatemala, lugares donde te mataban a la familia por motivos de estado. Lugares donde no se respetaban las leyes –o éstas eran manifiestamente injustas – ni los derechos humanos más básicos. Sinceramente, creo que lo de Cataluña es otra cosa.

            Pero más allá de un simplismo semejante –porque el que no lo vea está ciego, o demente–, por encima de todo prefiero tener a dirigentes políticos que no se comporten como retrasados mentales con un bidón, una cerilla y muchas ganas de armarla, incapaces como son, además, de no crear más problemas de los que ya tenemos. Fíjate, en este país, ya no les pido siquiera que nos solucionen los que sufrimos –que ya lo haremos nosotros como podamos, como siempre hemos hecho, a pesar de ellos–, pero que por lo menos que no se dediquen a cabrear al personal, porque aquí saltamos a la mínima y, por desgracia, todavía hay muchos zoquetes nostálgicos de otras épocas a los que saltarse las leyes que no les gustan también se la pone muy dura. Rajoy y sus adláteres, con su actitud de camorristas de patio de colegio a los que sólo les importa ganar votos como sea, se han marcado una maniobra de libro: pescar en esa región indeterminada del electorado español denominada centro que sobre economía no lo tiene muy claro, sobre la iglesia y el concordato tampoco, y que si le hablas de la políticas de ciencia, energética o industrial les da un mareo. Eso sí, siempre han tenido claro que España es lo que es y no se toca, que los catalanes son unos llorones a los que siempre se les ha consentido todo y que, cuando comentan estas cosas en una barra de bar con los amigos, tienen muy claro que lo que se merecen esos cabrones insolidarios son unas buenas hostias, coño. Con dos cojones.

 

Alberto Martínez Urueña 2-10-2017

viernes, 29 de septiembre de 2017

Lo urgente y lo importante


            Os diré que la frase no es mía, sino de Ana, o al menos es la que me la hizo llegar. Un buen resumen para una idea que vagaba, brumosa, por mi cabeza. Lo urgente versus lo importante… Parece una tontería, pero en realidad resume dramáticamente la sociedad en la que vivimos.

            Hay miles de personas, o seguramente millones, ahí fuera muriéndose patéticamente por razones que podrían evitarse sin demasiado esfuerzo. Ya sabéis, lo de las crisis de refugiados que provocan las guerras de África y Oriente Próximo, las limpiezas étnicas de Birmania, los muertos por hambre, las enfermedades del tercer mundo… Lo siento por el resto de causas que me dejo en el tintero: no pretendo menospreciar a ningún muerto ni a ningún marginado. Suficiente tienen con lo suyo. Sí, ya sé que eso no es cosa nuestra, que es cosa suya, que nosotros ya ganamos nuestras guerras y montamos nuestras libertades. Nosotros, digo, en Occidente, porque lo que es aquí en España, siempre a remolque, no sé si ganamos alguna o nos llovió del cielo. Pero por un momento vamos a olvidarnos de esos comentarios más propios de personas –o entes con forma de persona, pero que en realidad son otra cosa– desalmadas y sin gracia, y vamos a aplicar lo de la compasión por el débil y por el que sufre. No os acordéis de que, cuando esa gente dice lo que de “eso es problema suyo”, está justificando que niños de dos o tres años se ahoguen en el Mediterráneo por intentar escapar de una guerra.

            ¿Habéis oído hablar de lo del cambio climático? Sí, ya sé que hay, aproximadamente, un tres por ciento de estudios que niegan la causa antropocéntrica del cambio climático y lo atribuyen a otras causas. Pero vayamos más allá y admitamos la dudas razonables que los no expertos podemos tener con respecto a esta temática. Lo que sí que me parece innegable son los terribles efectos para la salud que provoca estar respirando veinticuatro horas al día mierda que flota en el aire, sustancias químicas cuya causalidad con múltiples tipos de cáncer está más que demostrada, como el benceno que sale por el tubo de escape de tu coche. Cuando pienso nuevamente en los niños, envenenados sistemáticamente desde que nacen por este sistema energético obsoleto, me entran ganas de agarrar un bate e ir rompiendo cabezas. Pero serenémonos, y sigamos con el texto.

            Una de las cuestiones que se derivan de las crisis humanitarias es la trata de personas. Este término es el eufemismo que alguien se inventó para no hablar de esclavismo. Parece que eso de los esclavos es algo del siglo dieciséis, algo que queda muy lejos, algo feo, algo que incomoda en las tertulias y en las conversaciones familiares. Te llaman demagogo y te miran con suficiencia. Se les olvida que cuando hablamos de personas a las que secuestran, extorsionan, violan, maltratan o incluso matan cuando no hacen lo que se les dice, es complicado no llamarlo de otra forma. Y ojo, ni que decir tienen esas conversaciones de machos ibéricos sobre las putas. No las putas que no lo son, pero se las llama. No, no, las putas de verdad. Esas sobre las que alardean haberse follado en alguna habitación llena de chinches. He oído incluso a algún bastardo decir que hay muchas que lo hacen porque les gusta. Así, sin temblarles el pulso. Con una sonrisa en la jeta de gilipollas. La que deberían partirle. Algunos argumentan que esas mujeres que escapan del hambre, la guerra, las violaciones, las mutilaciones genitales y todos los espantos que se os ocurran, deben estar agradecidas por poder ser folladas por el hombre blanco y así poder sacarse unos euros que mandar a sus hijos, y que no se mueran de hambre. Los pobres negritos.

            Pero el mundo occidental no se ocupa de lo importante. Estamos tan cegados por lo urgente que no somos capaces de ver que se desdibujan y se disipan en el aire. Pensamos que no admiten una pausa, o incluso un “¡a la mierda!” bien fuerte. Que suene como un bofetón en la cara de los bufones del espectáculo.

            Imaginaos una rueda de prensa en la que alguno de estos ridículos seres que ocupan la esfera pública pretendiese hablar, por ejemplo, de la opresión del pueblo catalán. O sensu contrario, que pretendiese desmontar la idea de la opresión del pueblo catalán. Y que la primera pregunta de uno de los periodistas amontonados ante el pesebre fuera: “Sí, sí, muy bien la historia, pero ¿qué van a hacer con lo de los refugiados del Mediterráneo?” Siguiente pregunta, diría el político, así como cariacontecido. "Guay lo de Cataluña, muy clarito, pero ¿qué medidas piensan impulsar para evitar la prostitución en España?”. Siguiente pregunta, diría el político, mirando a su jefe de prensa en plan “te mato, cabrón”. “Nos han quedado meridianamente explicadas las medidas que plantea adoptar para el tema de la independencia, pero ¿qué puede decirnos de las medidas que va a implementar su Gobierno para facilitar la transición energética?”. El político de turno miraría a esos periodistas, notando esa gota de sudor frío bajando por la espalda, y con una sonrisa, daría por concluida la rueda prensa. Y a nosotros, los ciudadanos, nos quedaría claro que en realidad, a esta gentuza, las cosas importantes les afectan un carajo.

 

Alberto Martínez Urueña 29-09-2017

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Arbitrariedades

            Al margen de la primera de mis tesis sobre el tema de la independencia de Cataluña –la necesidad de que los ciudadanos dejen de solicitar responsabilidades civiles, o penales en su caso, a los gestores públicos que durante los últimos cuarenta años han convertido el noble arte de la dirección política en un charco de ranas indigno y corrupto – hay cuestiones interesantes que me encuentro en las conversaciones sobre el tema. En estas, se aprecia una tendencia general con respecto a una cuestión importantísima, fruto de nuestros peores e ibéricos defectos: todos creemos entender de derecho y sus procedimientos, de legislación nacional e internacional o de pronunciamientos de los distintos organismos internacionales que puedan tener que ver con este problema. Esto nos lleva, por desgracia, a olvidarnos de consultar a los auténticos expertos: historiadores, economistas, abogados… Todos ellos, que estuvieran alejados del conflicto para poder garantizar la objetividad de sus criterios, por supuesto. Y les hay. En todo caso, en estas conversaciones subyacen dos cuestiones: por un lado, el derecho a decidir versus la legalidad establecida; y por otro, derivado del anterior, la definición de pueblo como ente que legitimaría tal derecho a decidir.
            Si empezamos por este último, por la delimitación de la noción de pueblo, es algo controvertida. De la simple lectura de la entrada que tal palabra tiene en la Wikipedia se puede entresacar bastante información. Sólo a modo de nota, os diré que tal controversia es reconocida en tratados legislativos que llegan desde el siglo XII, así que no estoy hablando de nada nuevo o poco estudiado. No vale despacharlo con un gesto de displicencia como hacen los expertos en banalizar cualquier asunto por el mero hecho de que ellos lo vean muy claro en su oscura cabeza. En todo caso, de las controversias de las que hablan los expertos, cabe plantear si las costumbres, las tradiciones y la idiosincrasia servirían como delimitación. El problema es que estas no obedecen a matemáticas indiscutibles: yo, como castellano, veo claras las diferencias que me separan de los extremeños, de los andaluces, de los canarios… y de los catalanes –también veo las similitudes que me unen a ellos, por cierto–, y no tengo claro que sean tan profundas ni tan claras como para establecer una frontera tan clara como pretenden los independentistas. Puedo argumentar, por mi condición de funcionario, que conozco a muchas personas que han tenido que abandonar su región para integrarse en otras de España, incluida la catalana, y el proceso no ha sido especialmente complicado en ninguno de los casos, como sí que lo ha ido, por ejemplo, para aquellos que han tenido que marcharse a los países nórdicos. La delimitación del pueblo catalán como ente poseedor de un derecho de autodeterminación en base a sus diferencias culturales hace aguas por todos lados, y más aún, teniendo en cuenta que nunca han tenido un apoyo mayoritario de su propia ciudadanía –un 70 o un 80%– favorable a macharse de España. La noción de Cataluña como pueblo independiente es, cuando menos, algo arbitrario.
            Por otro lado, se habla del derecho a decidir como un derecho fundamental, pero no se explica qué es esto ni para qué estaba pensado cuando la ONU lo incluyo en los Pactos Internacionales de Derechos Humanos –no en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ojo–. Me remito a mi colega historiador, David, que fue quien intervino en una de esas conversaciones para recordar que el principal destinatario de estos principios fue el proceso de descolonización que se produjo a finales del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. Es decir, territorios conquistados por las potencias europeas en los siglos anteriores. No es el caso catalán, desde luego, y si alguien quiere considerarlo, ha de explicar qué otros límites tiene ese derecho. ¿Cuestiones culturales, tradiciones o idiosincrasias? En el párrafo anterior ya he dado mi parecer. Y otra cuestión que deberían establecer es sobre qué temas se admite el derecho a decidir. En mi texto anterior ya planteé la posibilidad de aplicarlo a cuestiones diferentes de los procesos independentistas. De la lectura de las leyes aprobadas en el Parlamento catalán se infiere que los políticos catalanes no están por la labor de ampliarlo a otros temas. De hecho, lo cercenan de forma feroz. De nuevo, aquí tenemos a la arbitrariedad.
            Planteaba en el tercer párrafo, y en textos anteriores, la cuestión de la desobediencia al estrato jurídico en favor de un derecho a decidir que ya he determinado, en este caso, como arbitrario en el mejor de los casos. Estrato jurídico que los catalanes, representados en las Cortes Generales españolas, han contribuido a formar durante los últimos cuarenta años de democracia. Ahora plantean su destrucción, y lo hacen en base a dos criterios arbitrarios como es el de pueblo soberano y el derecho de autodeterminación subyacente al concepto anterior, saltándose un criterio objetivo como son las leyes en las que ellos mismos han participado. Los independentistas pueden tener los legítimos deseos que ellos quieran –todos tenemos los nuestros–, pero no creo que sus argumentos tengan la solidez necesaria para justificar una desobediencia civil como la que plantean sus dirigentes, ni mucho menos para manipular a la opinión pública a fin de crear soldados, o mártires, en favor de su causa. Eso ya lo hacían los caciques y señores feudales en la Edad Media, y por suerte nos libramos de su yugo.

Alberto Martínez Urueña 27-09-2017


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