jueves, 21 de septiembre de 2017

Llegué a estas conclusiones hablando


            La principal virtud que tienen ciertas redes sociales y ciertos avances tecnológicos es que pueden ayudar a hacerte pensar. En esas estoy después de haber tenido una buena conversación por Whatsapp en uno de los grupos a los que pertenezco con respecto al monotema catalán.

            En primer lugar, y antes de todo, os remito a mi texto anterior en el que defiendo que en Cataluña no se da un estado de opresión tal como para que Tarda, Rufián, Puigdemont y compañía estén legitimados para desobedecer la legislación establecida. Pero sigo. La principal conclusión a la que se llega hablando sobre el tema, mayoritaria, casi absoluta, es que todos estamos hasta las pelotas de este asunto. Y esto demuestra que el problema no viene de ahora, sino que llevamos sufriéndolo varios años, lo que a su vez indica que nuestros políticos, tan hábiles en lo suyo como siempre, no han querido solucionarlo en décadas. Así, nos dan un poco de entretenimiento machirulo para que, en lo que hablamos de fútbol, de Gran Hermano y del independentismo catalán, no nos demos cuenta de que siguen metiéndonosla hasta la garganta. Ya sabéis, lo de la corrupción y demás asuntos para los que ahora no hay tiempo. Demuestran insistentemente que aquí no hay élites políticas ni económicas responsables y amantes de la patria; aquí hay criminales llevando ambos barcos. Les interesa que hablemos de Cataluña, porque así pueden seguir manteniendo un estatus quo que les permite seguir medrando de nuestras arcas públicas y perpetuando una noción de Estado monolítica que se autoperpetua por propia necesidad de supervivencia. Es decir, la única manera de que ellos sigan chupando del tarro es que exista esa noción que necesita de ellos para mantenerse con vida. Un círculo perfecto.

            Otra de las conclusiones a las que yo personalmente llego, derivada también de esa noción monolítica de la que hablo en mi primer párrafo, es a que en España, una vez más, la idea no es la de, entre todos, encontrar una definición de lo que es España. Aquí, la definición de España ya la tienen hecha una serie de sujetos desde hace siglos y si quieres, te la comes, y si no, te la tragas. O te la hacen tragar. Y es tan encorsetada que deja demasiadas cosas fuera. Demasiados ciudadanos. Ése es el principal problema en el que nos encontramos, no sólo los catalanes, sino muchos españoles a los que envolvernos en el trapo rojigualdo no nos apetece no porque no nos sintamos españoles, sino por todas las connotaciones que le han impuesto esos señores del “como dios manda”. Es decir, nos sentimos españoles, pero no creemos que el españolismo pase necesariamente por tener que ser un españolito. No consiste en parecer un gañán con el pecho hinchado y la bandera en el llavero mientras proclamas una grande y libre, unívoca y centralizada, de un solo idioma y guiada con mano firme desde la Moncloa, la Zarzuela y el Bernabeu. No es la humillación a otras regiones que han de aceptar esa guía indeleble, ni tampoco el ninguneo que sufrimos en otras que casi no salen ni en la información del tiempo. España son, en primer lugar, y porque así lo dice la Constitución, los españoles, y de esos hay muchos y muy diversos.

            Este problema con la noción de España nos lleva también a otro de los problemas que se pueden encontrar cuando escarbas, y que a su vez, se entronca con uno de los principales rasgos de nuestra idiosincrasia ibérica: la necesidad de humillar al contrario. Ya lo hemos hablado muchas veces, y en el tercer párrafo se sobreentiende, pero hay que explicitarlo: en España está mal visto entenderse. Se ve como un rasgo de debilidad. Incluso se han inventado un insulto de algo que en realidad puede ser una virtud: la equidistancia. Aquí hay que dejar las cosas claras, poner los cojones encima de la mesa, a ser posible con un buen golpe aunque se te salten las lágrimas del dolor. Y aunque te los puedan aplastar de un martillazo. Hay que estar dispuesto a ser el que más grita defendiendo una postura que no sabes si es la correcta, o si hay otra posible. Pero es la tuya. Son los tuyos, hay que defenderlo a muerte. Es la familia. No hay diálogo en ningún sitio porque el diálogo perturba el orden establecido: es el pater familia, es decir, ahora el padre y la madre los que han de imponer su voluntad como sea; en las oficinas, tenemos el jefe cacique que quiere verte en tu puesto aunque sea jugando al solitario; en el Estado, la noción que hay que imponer como sea es ésa de España, aunque te perjudique. Es decir, como pasa en las dos Castillas, en Aragón, en Canarias, en Extremadura, en Asturias y en el resto de regiones que, por no tener la visibilidad del País Vasco o Cataluña, llevan siendo perjudicadas desde hace décadas por los gobiernos centralistas que les hacen promesas que nunca cumplen para poder hacer frente al chantaje sistemático de los nacionalistas. En el sufrimiento tendremos nuestra autoafirmación. No hay nada más castellano que esto. Lo dice la Salve.

            En resumidas cuentas, aquí el problema le tenemos todos, eso es cierto, pero unos más que otros. Porque yo no quiero que nadie ponga en tela de juicio ese Estado de Derecho que me permite mantener a mis hijas a salvo del mordisco de las fieras, pero tampoco tengo demasiado problema porque alguien tenga una consideración de la nación diferente a la mía. De hecho, empiezo a tener problemas cuando alguien me dice cómo han de ser las cosas sin explicármelas antes, sin una razón coherente y, además, pidiéndome una pleitesía que choca frontalmente con mis sentimientos, a sabiendas de que sólo es por poder seguir metiéndome la mano en la cartera. Es decir, lo que llevan haciendo el PP y CiU desde hace cuarenta años.

 

Alberto Martínez Urueña 21-09-2017

jueves, 14 de septiembre de 2017

Para que no quepan dudas


            No es que sea una cuestión que me importe demasiado. Viviendo en Valladolid, que gane el Madrid o el Barsa me deja particularmente frío, no me veo en la necesidad de tener que posicionarme entre ambos. Me sirve, eso sí, para soltar un par de chascarrillos con los amigos antes de pasar a otra cosa. Os lo juro, una vez que tomas distancia con el tema, te das cuenta de que pierde la importancia, se diluye como un azucarillo. O como un cadáver en ácido fluorhídrico. Me pasa igual con lo de la playa y la montaña, pero al revés: me gustan ambas, he aprendido a estar a gusto tanto cubierto por la arena que levantan los niños cuando juegan en la orilla e igual de satisfecho sudando como un pollo mientras jadeo al subir una cuesta de Picos de Europa.

            Con el tema de Cataluña hay un par de puntos que siempre hay que dejar claro: la desobediencia civil contra una legislación y sus órganos institucionales encargados de hacerla cumplir es muy necesaria cuando están en riesgo los derechos humanos fundamentales, como puede ser el derecho a la vida y a la dignidad humana, el derecho a una vivienda o el derecho a la libertad de expresión. Gracias a esa desobediencia civil, hoy en día las mujeres tienen derecho a voto, ya no son ciudadanos de segunda categoría; gracias a eso, las minorías raciales han conseguido iniciar un camino hacia la igualdad social en determinados países; gracias a esa desobediencia civil, hay personas en este país que han conseguido conservar su casa, han conseguido que sus hijos no duerman en albergues.

            Es evidente, al menos para mí, que esto no ocurre en Cataluña como consecuencia de pertenecer al Estado español; por lo tanto, cuando escucho a los poderes públicos instar a la ciudadanía a la resistencia y a la desobediencia, y a vulnerar el Estado de Derecho en su máxima expresión, no puedo estar menos de acuerdo. Todos aquellos que escuchan cantos de sirena y están dispuestos a seguirlas, les diré que, en la mitología, los barcos se estrellaban contra las rocas y no había supervivientes. Es decir, ¿qué garantías les ofrecen esos dirigentes que hoy reclaman desobedecer las leyes que vayan a cumplir su palabra con otras cuestiones que, en realidad, sí podrían afectar a sus derechos más fundamentales? Pero más allá de esta cuestión que obvian los mentecatos, desobedecer el orden establecido no es una medida proporcionada con respecto a los problemas que tienen los catalanes. En definitiva, no creo que Cataluña tenga motivos para buscar la independencia de una forma semejante. Pueden pretenderla, pero querer una cosa y conseguirla son cuestiones diferentes, cosa que se aprende desde niños. Y por supuesto, creo que el Estado español debería evitar ese referéndum que pretenden celebrar de no sé qué manera. Ésta es mi opinión si he de posicionarme: respeto a las leyes en casi todas las circunstancias –ésta es una de ellas–, porque si no lo hacemos, estamos legitimando a que otros monstruos más terribles dejen de hacerlo, y no creo que debamos darles excusas.

            Otra cuestión diferente es que esto me ciegue a la hora de analizar los motivos de por qué el porcentaje de personas a favor del independentismo haya pasado en década y media del 15% a un empate técnico. ¿Quién es el responsable del cabreo que ha provocado que personas que antes estaban más o menos cómodas perteneciendo a España ahora se quieran largar?

            Por otro lado, vivo en una región de España, la llamada Castilla la vieja, ahora Castilla y León, que, independientemente del gobierno central que haya pasado por Madrid, e independientemente del gobierno que haya pasado por la Generalidad catalana, ha sido sistemáticamente olvidada durante las últimas décadas, incluidas las décadas en las que Paquito campaba a sus anchas por la piel de toro. Y esto lo digo desde Valladolid. Tendríais que escuchar a algún amigo que tengo de Soria, o más que escucharle a él, comprobar el estado de absoluto abandono que sufren ciertas zonas de mi región, y no sólo éstas, en algunas partes de esa España de la que tanto se llenan la boca los hipócritas que sólo reclaman el cumplimiento de un Estado de Derecho cuando les beneficia. Este abandono no lo ha solucionado ni los que abogan por una mayor independencia de las regiones, ni tampoco lo han solucionado los que quieren un estado centralizado y fuerte frente a los secesionistas. Ojo, no digo que el declive del interior de España sea culpa de ninguno de ellos, pero desde luego sí lo son cuando hablamos de la falta de soluciones al respecto.

            Por todo esto, me posiciono a favor de los que consideran que uno de los baluartes fundamentales para conseguir una sociedad moderna y civilizada es una legislación clara con unas instituciones que la cumplan y que estén dotadas de las herramientas necesarias para hacerla cumplir. Por cierto, esto no lo opino por amor a la patria, ni por esa noción de España de la que habla la derecha en la que no creo. Tampoco lo hago porque crea en un imperialismo, ni en una tradición común, ni tampoco en una historia. Sí que tengo una noción de España, pero es muy diferente de la que enarbolan esos que hinchan el pecho cuando suena el himno –que sí que me representa– y se envuelven en la bandera como si fuera una toga, pero que no tienen problemas en justificar razones de mercado para dejar a niños españoles sin un techo que les cobije. Tengo una noción de España en la que la gran ciudadanía que conformamos ha conseguido sobrevivir y sacar esto adelante muy a pesar de los bochornosos sátrapas y caciques que nos han agarrado del cuello y de la cartera en los últimos siglos.

 

Alberto Martínez Urueña 14-09-2017

martes, 12 de septiembre de 2017

Sociópatas


            Podía elegir hablaros de lo del tema del territorio ése que pertenecería a la corona de Aragón y que anda con ínfulas secesionistas; sin embargo, aquí, en este país, si no te posicionas de forma agresiva, violenta y brutal sobre a quién quieres más, papá o mamá, Barsa o Madrid, playa o montaña, te llaman algo así como equidistante, y me la sopla que ahora algún papanatas venga decirme lo que tengo que pensar. También podía hablaros del huracán Irma, del cambio climático provocado por el hombre y sus mierdas atmosféricas, de las muertes en el sudeste asiático que produce, de los negacionistas y cómo les rebaten los científicos cada uno de sus postulados, de cómo el sistema capitalista puede ser causa de que el planeta reviente, o de cómo se puede convertir en su solución si los consumidores optasen por un consumo responsable. Podría hablaros de otras muchas cosas, unas con mi opinión formada y otras, que me la trae al pairo, pero hoy quiero hablaros de la crueldad humana y una de sus expresiones más bajunas: el juicio de los sentimientos.

            Ha dado la casualidad de que este verano, en lo que llevamos de él, he conocido la muerte de seres integrantes de varias familias, y he visto cómo esas muertes afectan a sus miembros. Hablo de la muerte de perros, esas cosas con cuatro patas, pelo más o menos largo y tamaño determinado mayormente por la raza. A fin de cuentas, animales con los que algunas familias eligen compartir su vida, es decir, su tiempo, su economía, su planificación y, por supuesto, sus sentimientos. Para aquellos menos versados en el tema, os diré que los perros no son como programas informáticos, ni tampoco como robots salidos de una película de ciencia ficción. Son animales, acordaos, de los que forman parte del reino animal, seres vivos de los que nos explicaban en el colegio. Y aquí ya entramos en la controversia sobre la importancia que se merecen.

            A este respecto, hay opiniones para todos los gustos. Conozco antitaurinos que aplauden cada cornada mortal que sacude el toro y se ciscan en la madre que parió al difunto, deseándole grandes sufrimientos a la familia. Sinceramente, me parece una posición desalmada que no comparto en modo alguno. Esas personas no entienden que sus actos y opiniones les definen y que desear la muerte de un ser, humano o no humano, y alegrarte por ello, les pone en el mismo plano que aquellos a los que critican. También conozco a personas que quieren más a sus mascotas que a los seres de su misma raza, es decir, personas como ellos, y se escudan en argumentos cínicos tales como la maldad intrínseca del ser humano, que somos la única raza capaz de maltratar a una cría y cuestiones parecidas. No entienden que detrás de su rechazo, lo único que hay es miedo a los riesgos que conllevan las relaciones personales, y que muchas de las supuestas agresiones que puedan haber cometido contra ellas, sólo han sido situaciones en las que alguien no ha hecho lo que ellos querían. Es decir, hablo de personas egoístas y miedosas que se han refugiado en el aislamiento, en lugar de crecer como personas equilibradas y sanas que aceptan los reveses de la vida.

            Por norma general, las familias quieren un huevo a sus mascotas. Quizá no tanto a los peces, que tienden a morirse con mucha facilidad y tampoco interaccionan demasiado con sus dueños, pero cuando empezamos a hablar de gatos, perros, caballos, cerdos vietnamitas, la cosa cambia. Y cuando se mueren, les duele el otro huevo como si se lo estuvieran mordiendo. Por desgracia, hay personas que olvidan que el dolor es dolor aquí o en la China, y en lugar de empatizar con ellos, juzgan los sentimientos de pérdida que el deceso ha traído. Ya estamos, una vez más, con la navaja del juicio agarrada del verbo en un espectáculo de absoluto onanismo mental. Esa necesidad de enjuiciarlo todo, como si la muerte del perro fuera un hecho que hubiera que vivirse de manera estandarizada como un proceso productivo y regulada como una constitución.

            Aunque me esté posicionando, diré que si por norma general rehúyo de la obligación de tener que opinar sobre cosas que no me afectan –me la suda si la hija de la Esteban se come el pollo o se la come a quien sea–, me parece de una osadía insultante pretender juzgar a una persona por los sentimientos que le produce la muerte de su chucho. En general, me parece inhumano juzgar los sentimientos de nadie, que quede claro. Que cada uno sienta lo que le digan sus tripas, porque a fin de cuentas, por suerte, los sentimientos están más allá del bien y del mal. Lo que no veo en ninguno de esos jueces es un autoanálisis lo suficientemente profundo como para que puedan autojuzgarse a sí mismos –el único análisis humano medianamente razonable y útil– a fin de descubrir las carencias personales que les producen esa necesidad de apretarles las tuercas al resto, esa mala hostia de tener que poner el último clavo de un ataúd, esa prepotencia de la última palabra y el último matiz. Yo digo que cada cual se busque sus piteras y no las del resto, y que busque ayuda quien no pueda hacerlo por sí mismo, pero esa búsqueda de la justicia –lo que está bien y lo que está mal no deja de ser eso– es enfermiza y habla mucho más de quien la busca que de quien la sufre. A fin de cuentas, los verdugos que disfrutan de su trabajo no dejan de ser, simple y llanamente, sociópatas incapaces de compadecerse del sufrimiento ajeno.

 

Alberto Martínez Urueña 11-09-2017

 

PD.: ojo, no tardando, hablaré de lo de la secesión. Y también de lo del Barsa y el Madrid, y de lo de playa y la montaña. Aunque no os guste demasiado mi equidistancia.

martes, 5 de septiembre de 2017

La dialéctica y sus cortinas


            Uno de los regalos que nos han dejado fiestas como el nazismo, el fascismo, el franquismo, el comunismo, la revolución cultural, la Kampuchea democrática, el Régimen Militar de Pinochet, el Proceso de Reorganización Nacional argentino, y así otras muchas barbaridades que se les han ido ocurriendo a hijos de puta de gran calado durante las últimas décadas, han sido unas construcciones dialécticas magistrales. Todas ellas tenían un componente argumental perfectamente definido desde las oficinas en donde se utilizaban las mentes preclaras de cada régimen para justificar el porqué de hacer las cosas de una manera y no de otra. Aunque a veces parece sencillo, montar un jaleo tal como el de Franco, que dejó las cunetas sembradas de vecinos –somos el segundo país del mundo con más fosas comunes sin identificar después de Camboya– y convenció a un gran número de gente de que eso de las Leyes del movimiento era algo estupendo, requiere de un esfuerzo intelectual adecuado para poder hacer chistes sobre muertos sin que se te muevan los higadillos. Amén de silenciar todas aquellas actuaciones de sus comandos de psicópatas pasándose por el arco del triunfo cualquier convención de derechos humanos. Ya sabéis, eso que se empeñan en ocultar, negar o incluso defender algunas de las viejas –y no tan viejas– glorias del PP.

            Sé que algunos podéis estar pensando que estoy sacando los pies del tiesto, pero para que no os sintáis incómodos, os diré que los extremos se besan en las alcobas, y que Pol Pot fue un bastardo con todas las letras, Mao Zedong un psicópata, Maduro es imbécil y Lenin fue ese hijo de puta que dijo que la muerte de un hombre es una tragedia, pero la de millones una estadística. Y lo aplicó a conciencia.

            ¿Qué es lo que tienen en común la mayoría de estos regímenes dictatoriales y criminales? Como os decía antes, todos estaban soportados por una lógica intachable, perfectamente argumentadas y justificadas. Todas tenían detrás grandes ideales, símbolos grandilocuentes y la indudable capacidad de arrastrar a las masas y así sustentarse bajo la sangre de los enemigos comunes. Pero no sólo esas ideologías: a fin de cuentas, esto pone de manifiesto una verdad que se aprende en las clases de filosofía cuando estás atento o cuando ministros amantes de la verdad unívoca no te la quitan del plan de estudios: toda conclusión tiene por detrás una sucesión dialéctica que la sustenta. Únicamente tienes que hallarla. O inventártela, que a fin de cuentas da lo mismo. No en vano, tenemos la dirección deductiva o la inductiva, de atrás adelante o al revés, y podemos vestir el santo que queramos para que nos quede guapo.

            A fin de cuentas, todas las barbaridades que en este mundo han sido tienen una característica en común, desde la muerte de millones deportados a Siberia hasta el abuso escolar –¡fijaos, lectores, hay algo en castellano que nos permite no usar el anglicanismo bullying!–, y es que quien la comete siempre aporta razones para hacerlo, desde la necesidad de una limpieza étnica hasta que el rarito ése se merece que le maten a collejas. A fin de cuentas, el ser humano, ya sea por la inseguridad, por el miedo, por la curiosidad o por lo que sea que nos ocurre, siempre tiene la imperiosa necesidad de justificar sus actos, desde los más nimios como puede ser por qué le gusta más carne o el pescado hasta por qué prefiere acostarse a una hora y no a otra.

            Es la dialéctica y la mala hostia que tienen algunos que con los atentados terroristas que nos han llegado a suelo español han sido incapaces de no caer en la tentación por la que rezan. Aparte de gastarse los dientes en puntualizar lo innecesario, que consiste en que la culpa de los atentados la tienen los asesinos que los cometieron, se han dedicado a mezclarlo todo con temas políticos, a ver qué pescaban. Así, tenemos a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, compuesta mayoritariamente por funcionarios dispuestos a jugarse la vida por ti y por mí cuando llega el caso, enfangadas en cuestiones políticas que manchan esa tarea tan encomiable. Y todo gracias, como siempre, a esos dirigentes políticos que tenemos, tan expertos ellos en cabrear al personal y utilizarlo de cabeza de lanza para sus propios intereses. Sinceramente, da asco, y cada vez que alguien me saca el tema y me quiere hacer comulgar con ruedas de molino para que asienta como un burro a las verdades que le han puesto en la boca los políticos y tertulianos de su cuerda, con mucho respeto le digo que me deje de tocar los cojones.

            Es como lo del tema catalán. Hasta en la sopa, os lo juro. Todo el mundo en las tertulias hablando del asunto, opinando sobre el artículo 155 de la Constitución o sobre el derecho a decidir de los pueblos, haciéndoles la merienda a unos dirigentes que sólo producen vergüenza ajena cada vez que salen en la tele farfullando discursos escritos por manos ajenas. Todavía estoy esperando ese momento en que algún periodista levante la mano en mitad de una de esas ruedas de prensa y le suelte a Mariano o a Puigdemont que sí, que todo eso está muy bien, pero que qué opina de las ITVs, de los Gürteles, de las pujoladas, de lo de Murcia, de lo de la perla negra… Porque no deja de resultarme curioso como los dos partidos más corruptos de la democracia española –esa que les patina en la lengua siempre que les interesa– han conseguido que hablemos de la primera cortina de humo que se han encontrado y no estemos preguntándoles día tras día que dónde está todo ese dinero que nos han estado esquilmando en las últimas cuatro décadas de bendita democracia.

 

Alberto Martínez Urueña 5-09-2017

viernes, 25 de agosto de 2017

Ni venganzas ni buenismos


            El tema del terrorismo es uno de esos en los que hay que andar con muchos pies de plomo y, siempre, con absoluto cuidado. Sobre todo porque cuando escribes sobre algo –y en la era de las redes sociales, de mensajes a vuelapluma que arden en las pasiones, hay que incrementarlo– corres el riesgo de no matizar convenientemente todas y cada una de tus afirmaciones. El problema es que el análisis sosegado no vende, es mejor tener a varios bocachanclas entre los tertulianos y columnistas para encender aún más unas llamaradas que corren libres y salvajes en esta época de sequía humana. Yo no quiero caer en ese fallo, y por eso únicamente plantearé dos cuestiones muy sencillas.

            La primera de esas es que los problemas tienen diferentes planos desde los que actuar, y a los fanatismos que enarbolan la mayoría de los necios que hablan sin la necesaria espita en los morros se les olvida. No conseguiremos librarnos de que nos maten mandándoles miles de cartas de amor para que sepan que no tenemos nada en contra de ellos; pero tampoco conseguiremos nada enviando a todas las tropas del mundo para realizar una limpieza étnica. Cualquiera que proteste porque la policía abra fuego contra un sujeto enloquecido que tiene una serie de paquetes pegados al cuerpo y que grita palabras en árabe es muy corto de entendederas. Por otro lado, cualquiera que argumente que esto lo solucionamos con sólo mandar maestros y diplomáticos a Oriente Próximo no entiende que los procesos sociales y culturales necesitan de varias generaciones para implantarse.

            Sin embargo, negar una de estas dos posibles perspectivas de actuación porque pueda arrebatar posibles venganzas es actuar con una miopía intelectual sólo reservada a los borricos calzados con orejeras. Orejeras asumidas con alegría y fanfarria: no podemos obviar el chorro de adrenalina que les provoca esa catarsis emocional de gritos, miradas torcidas e insultos. Y sobre todo, olvido de una humanidad de la que hablan o rezan en otras ocasiones más propicias. Sin olvidar tampoco las orejeras opuestas: esas actitudes de falso buenismo con que algunos se atribuyen una superioridad moral que en realidad no poseen, negando la evidencia de que ahí fuera – y también aquí dentro – hay descerebrados que quieren meterte la metralla por donde te quepa. O por donde no te quepa. Y sin más razones que el odio, allá de donde salga.

            La segunda de las apreciaciones que me gustaría hacer no es tanto sobre las posibles soluciones como sobre las causas. Del mismo modo que antes indicaba que los procesos sociales necesitan de varias generaciones, el nivel de odio que estos pueblos han desarrollado hacia nuestro acrisolado Occidente no puede ser fruto de un día –aunque la ley de la gravedad indica que se va más fácil hacia abajo que hacia arriba–. Hay que aceptar y entender que cuanto más extremas son las pasiones, y más drásticas las medidas que de ellas se derivan, mayores son los deseos de afrontarlas y muchas menos las cosas que perder. Que me digan a mí, occidental tipo medio, trabajo bien remunerado, vida aceptablemente cómoda y con familia a la que proteger que me lie un símbolo religioso a la cabeza y me lance a una guerra santa es bastante más complicado que si se lo dicen a un chaval que ha visto morir a su familia bajo las bombas de una guerra que no entiende, que sus perspectivas de futuro es intentar comer al menos una vez al día y que, cuando intenta salir del infierno, le encierran en un campo de concentración a las puertas de Grecia. Pero no sólo eso, porque hablaba de que este odio no se cultiva sólo en una generación.

            No soy experto en geoestrategia, pero la que hay montada en la zona del Golfo Pérsico y aledaños es el drama por excelencia. Desde que se descubrieron los yacimientos petrolíferos más importantes de la historia en suelo saudí, toda esa zona ha estado revuelta. Pero no sólo eso: si nos remontamos hasta los anales de la historia, todo el crisol de civilizaciones europeas, indias, judaicas y protoarábigas han estado zurrándose de lo lindo en ese cruce de caminos que tiene por capital a Jerusalén. Las injerencias de los diferentes imperios han sido constantes, y los grupos clandestinos organizados para sembrar el terror, incansables. Desde los zelotes hasta los nizaríes, pasando por cualquiera otra organización que se opusiera a la ocupación extranjera, han tenido por herramienta el asesinato y por ideología el odio, y por mucho que nos joda el orgullo, no somos demasiado especiales en este siglo veintiuno, no hay nada nuevo bajo el sol, sólo la sucesión histórica de un desastre bélico cada vez más globalizado.

            En conclusión, espero que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado sigan tirando a matar en ciertas circunstancias, pero no puedo evitar sentir una cierta empatía por la madre que ve morir a su hijo de hambre, o por el padre al que su hija de tres años se le escapa entre las manos y cae por la borda de una patera. En definitiva, por pobres de la tierra, por los marginados y los oprimidos, por los que mueren en mitad de un conflicto sin pretender ser parte de ello –el 80% de los muertos de esta guerra santa son musulmanes– completamente olvidados por el mundo rico. Una cosa no quita la otra, y no voy a posicionarme a favor o en contra de cada uno de los descerebrados que pueblan las redes sociales con mensajes que para lo único que sirven es para definir a quienes los ladran, con independencia de color, credo, sexo o religión.

 

Alberto Martínez Urueña 23-08-2017